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Por Lal
Khan1
Escrito en
octubre 1994 y publicado en la revista teórica Marxismo Hoy nº1, de la
Fundación Federico Engels
El colapso
de la Unión Soviética ha provocado uno de los períodos más agitados y
turbulentos de la historia de la humanidad. Lo que estamos presenciando no es
“el fin de la historia”, sino una crisis sin final del capitalismo. No hay una
sola región del planeta que no esté sumida en una crisis social, económica o
política. El capitalismo ha demostrado su incapacidad a escala mundial para
resolver esta crisis y para seguir desarrollando la sociedad.
En los
horizontes políticos de la mayoría de los países han surgido fenómenos nuevos
como reacción a esta crisis, y algunos no tan nuevos. En la mayoría de los
países islámicos del llamado Tercer Mundo se está dando un resurgimiento del
fundamentalismo islámico. Desde la posibilidad de que los fundamentalistas del
Frente Islámico de Salvación (FIS) tomen el poder en Argelia, pasando por el
llamamiento de los fundamentalistas al asesinato de Taslima Nasreen en
Bangladesh, apenas hay un país islámico en el que este resurgimiento no se haya
convertido en una tendencia política importante. Sus efectos se están notando
en China y se ha convertido en un peligro incluso en los Estados Unidos, donde
los musulmanes son una pequeña minoría.
La reacción
del capitalismo occidental es hipócrita y engañosa. En cierta medida, los
medios de comunicación occidentales están exagerando la amenaza del fundamentalismo.
En primer lugar porque el temor a que el fundamentalismo acceda al poder,
especialmente en Argelia, produce un estremecimiento en los dirigentes
imperialistas. La experiencia de Irán, Líbano y otros sitios en el pasado
reciente fue un golpe bajo. En la mayoría de los países islámicos pobres, las
democracias y cuasi-democracias burguesas (capitalistas) patrocinadas por el
imperialismo han fracasado. Las economías están hundidas en el caos y siguen
empeorando debido sobre todo a la superexplotación por parte del imperialismo.
Los fundamentalistas tienen el terreno abonado debido al vacío creado por el
colapso de la izquierda estalinista y al fracaso del reformismo. La llegada al
poder de los mulás deja al imperialismo occidental con menos posibilidades
de controlar estos países debido al fanatismo y al carácter impredecible de los
fundamentalistas.
En segundo
lugar, después del colapso de la Unión Soviética, se eliminó la carta de la
“amenaza exterior” que había utilizado el imperialismo. De aquí que el
bombardeo informativo sobre el espectro del fundamentalismo también es
utilizado para fines internos por la clase dominante occidental. Por todas
estas razones, la imagen del fundamentalismo no sólo está exagerada, sino
también deformada y distorsionada por los EEUU y el imperialismo mundial.
El
fundamentalismo islámico moderno fue obra del secretario de Estado
norteamericano John Foster Dulles. Inmediatamente después de la derrota de los
británicos y franceses en el conflicto del Canal de Suez en 1956, el
imperialismo estaba alarmado. La subida al poder de Nasser en Egipto y de otros
líderes populistas de izquierda en el Oriente Medio y otros países islámicos
representaba una amenaza directa a los intereses imperialistas en relación al
petróleo. Durante casi tres o cuatro décadas, EEUU alimentó, patrocinó y
fomentó el fundamentalismo islámico. En la mayoría de los países, aunque con
excepciones como la de los chiítas en Irán, estas organizaciones
fundamentalistas sirvieron como fuerzas de choque de dictaduras y otros
regímenes represivos patrocinados por los americanos. En Indonesia, los
militantes de Sarakat-a-Islam jugaron el papel de chivatos y agentes del estado
en las brutales ejecuciones de cerca de un millón de comunistas a manos de la
dictadura de Suharno en 1965.
En Egipto,
Siria y otros países islámicos se utilizaron organizaciones fundamentalistas
como Akhwan-ul-Muslimeen para desestabilizar regímenes izquierdistas. En
Afganistán jugaron el papel más sucio. Durante catorce años declararon la jihad (guerra santa). En Pakistán, el principal
partido fundamentalista, Jamaat-a-Islami, fue la principal herramienta del
imperialismo y del estado para reprimir a las fuerzas de izquierda. Durante el
régimen de ley marcial del general Zia-ul-Haq, hicieron el trabajo sucio del
estado persiguiendo a los activistas que luchaban contra la dictadura.
Organizaron bandas armadas neofascistas financiadas por el estado para
desbaratar y romper manifestaciones, asambleas y concentraciones en contra de
Zia. En todo el período posterior a la II Guerra Mundial, se podrían citar
ejemplos parecidos en la mayoría de los países islámicos con regímenes
respaldados por los EEUU.
Al mismo
tiempo, sería una gran equivocación definir el fundamentalismo islámico como
una fuerza homogénea. Tanto desde el punto de vista de sus fundamentos
teológicos, como desde el de su práctica política y social, se pueden
distinguir varias corrientes. Las distintas sectas tienen diferencias básicas
de naturaleza histórica, regional y nacionalista. El conflicto entre ellas y
las divergencias en la teología islámica empezaron ya en los primeros días del
Islam. Las principales sectas han sido los chiítas y los sunnitas. Pero esto no
es más que la punta del iceberg.
El Islam
fue uno de los principales movimientos revolucionarios contra la esclavitud en
el siglo pasado. Pero con la aparición del poder estatal, la mayoría de las
tribus nómadas se convirtieron en las nuevas élites dominantes. Fue esta lucha
por el poder la que originó las diferentes tendencias teológicas, que más tarde
adoptaron la forma de las sectas de hoy en día. En los primeros días del Islam
se hicieron grandes progresos en el campo de las ciencias, el arte, la
arquitectura y otros terrenos. La profunda penetración del dominio islámico en
Europa y el consiguiente intercambio social jugaron un papel importante en el
renacimiento de Europa en los siglos posteriores. Al mismo tiempo, las clases
dominantes recurrieron a la represión y al conservadurismo para retener el
poder y los privilegios. De este modo, se retrasó el desarrollo de la ciencia y
la técnica que había sido originado por la revolución islámica. El proceso se
convirtió en su opuesto.
En los
últimos cincuenta años, el desarrollo peculiar del capitalismo ha abonado el
terreno para la cultura y la sicología fundamentalistas. El dominio del capital
financiero en la mayoría de estas sociedades no consiguió desarrollar la
infraestructura necesaria para una sociedad y una industria modernas. Este
desarrollo desigual y combinado del capitalismo bajo el yugo del imperialismo
mundial creó una sociedad muy distinta a la occidental. En estos países pobres,
aunque se produjo una importante industrialización en los años 50 y 60, no se
dio un desarrollo simultáneo de los servicios públicos como agua potable,
alcantarillado, electrificación, viviendas en condiciones, educación, sanidad y
otros servicios. Por ejemplo, entre 1982 y 1992 la población de Pakistán creció
un 33% mientras que los servicios básicos aumentaron un 6,9%. Por otra parte,
la afluencia de capital tuvo un efecto devastador en el sector agrario. Como
resultado empezó un éxodo masivo de población del campo a las ciudades. Pero en
vez de ser absorbidos por la industria y la sociedad urbanas, la falta de
desarrollo social provocó una expansión generalizada de los barrios de chabolas
con condiciones de vida espantosas. En su período inicial, esta rápida
afluencia creó un proletariado virgen.
Las
condiciones brutales e injustas producidas por este desarrollo desigual,
produjeron enormes contradicciones que resultaron en grandes estallidos
sociales. En los años 50, 60 y 70, en unas condiciones internacionales
relativamente favorables, hubo enormes movimientos del naciente proletariado.
No obstante, su incapacidad para transformar la sociedad en líneas socialistas,
debido principalmente a la traición de la dirección política y de los
sindicatos de “izquierda”, tuvo consecuencias desastrosas. Los prejuicios
religiosos, nacionales, étnicos, comunales, lingüísticos, de casta, se pusieron
en el orden del día. La mayoría de estos poblados de chabolas se convirtieron
en sumideros de suciedad, enfermedades, pobreza, droga y prostitución. La lumpenización,
el crimen y el gangsterismo se convirtieron en epidemias sociales. Las
condiciones de vida en estos barrios de chabolas urbanos eran peores que las de
los pueblos.
El crimen y
la lumpenización masivos crearon un sentimiento de inseguridad y alienación. En
ausencia de una alternativa revolucionaria definida, esto condujo a la
desmoralización a determinados sectores de esta población recientemente
urbanizada y de la pequeña burguesía. Un amplio sector de la juventud de las
zonas rurales que iba a estudiar a las ciudades se contagió también de esta
crisis. En una sociedad que dejaba poco margen para el desarrollo y el avance,
la asfixia les empujó hacia atrás, hacia la nostalgia de un supuesto período
glorioso de la historia del Islam, que se enseñaba en las escuelas de los
estados teocráticos. La sed de poder, la presunción y el privilegio son parte
integrante de la mentalidad pequeño burguesa. En Pakistán, los fundamentalistas
liderados por Jamaat-a-Islami les proporcionaron todos estos prerrequisitos.
Empezaron con estudiantes de sicología semicampesina y feudal. A mediados de
los 70, cuando el PPP (Partido del Pueblo de Pakistán) de este período fue
incapaz de ofrecer ningún tipo de reformas, el Jamaat-a-Islami extendió sus
tentáculos en los sindicatos y entre el campesinado. Desde entonces, el
fundamentalismo islámico ha tenido un impacto sobre un sector minoritario pero
vital de la población urbana. Por consiguiente, se convirtieron en una fuerza
motriz sostenida por el imperialismo para reprimir la revolución.
La
ideología de los fundamentalistas pretende crear un estado islámico basado en
los principios teológicos. La principal corriente de esta ideología descansa sobre
todo en ejemplos nostálgicos de la sociedad nómada, en la que la forma más
elevada de economía era el capitalismo mercantil. Algunos eruditos islámicos
(ulemas) han intentado interpretar los fundamentos de la teología coránica en
las sociedades y economías dominantes en los últimos 1.400 años. Aunque hay
marcadas diferencias de aproximación e interpretación entre ulemas de
diferentes sectas, ninguno tiene una alternativa bien definida al sistema
capitalista. Una teología de más de un milenio de antigüedad puede
interpretarse de muchas maneras. Los capitalistas y terratenientes han
utilizado a los mulás reaccionarios y su teología islámica en beneficio
de sus intereses de clase.
Algunos
clérigos, radicalizados durante la lucha antiimperialista en el subcontinente
indio, hicieron una interpretación izquierdista del Islam. El impacto de la
revolución bolchevique fue enorme, incluso en el subcontinente indio. Durante
los primeros años de la revolución, Maulana Obaid-u-llah Sindhi viajó a la
Unión Soviética para ver a Lenin. En 1924, Maulana Hasrat Mohane, otro clérigo,
llegó a ser secretario general del Partido Comunista de la India. Igualmente,
el poeta islámico-nacionalista de derechas Iqbal, escribió largos poemas
alabando a Lenin y los bolcheviques. En uno de sus versos persas dijo que Marx
era un profeta que tenía un libro, pero no carácter profético. Cualquier
interpretación islámica de la economía y la política modernas queda incompleta
a causa de la naturaleza materialista de las relaciones sociales, económicas y
políticas de la sociedad. El derecho a la propiedad privada, la empresa
individual y el derecho al beneficio son aceptados en los dogmas básicos del
Corán. Paradójicamente, también llama a la igualdad y la fraternidad. En las
actuales relaciones económicas esta contradicción es insoluble.
En Irán,
donde el estado islámico se formó después de una sangrienta revolución
“islámica” forzada, la situación no es muy diferente. Después de 15 años de
revolución islámica (chiíta) la economía está en una situación desastrosa. Las
exportaciones de petróleo en 1992 fueron de 18.000 millones de dólares y
constituían el 90% de las divisas por exportaciones. Ahora, han caído al 12%. A
pesar de los continuos subsidios para alimentos básicos como trigo o arroz, la
inflación es de un 60% anual. El peso de la deuda externa es opresivo. Se
estima entre 15.000 y 30.000 millones de dólares. No está claro que el gobierno
iraní tenga recursos suficientes para pagar los intereses de la deuda de 8.000
millones de dólares renegociada a finales de este año con los bancos europeos y
japoneses.
Rafsanjani
y su camarilla están intentando cumplir las condiciones de desregulación,
privatizaciones, apertura a la inversión extranjera y liberalización del
comercio. Sin embargo, el recorte de los subsidios ha chocado con una fuerte
resistencia de los mulás de la línea dura liderados por Jamenei. Esto
podría acarrear medidas rígidas para recortar las importaciones, que ya se han
reducido a la mitad en el último año, provocando escasez de materias primas
para las fábricas iraníes. Artículos como la pasta de dientes y los
antibióticos se han convertido en un lujo. Como consecuencia, existe un
fermento en la sociedad iraní. Después de una prolongada guerra “externa” con
Irak y otros intentos de desviar la atención de la población ahora tienen que
enfrentarse de nuevo con la realidad doméstica. En la reciente insurrección de
Qazvin, una ciudad del Norte de Irán, las fuerzas armadas recibieron órdenes de
bombardear despiadadamente la ciudad por aire y tierra. Esta acción ha
provocado disensiones internas en las Fuerzas Armadas que podrían explotar en
un momento dado. Podría darse una repetición a mayor escala de la rebelión
contra las brutalidades del Sha en un futuro no muy lejano. Por encima de todo,
esto refleja el creciente resentimiento y desilusión de la sociedad debido al impasse
socio-económico.
La
experiencia del fundamentalismo en Irán muestra la evidente contradicción entre
una economía moderna y los mitos teológicos metafísicos. Por encima de todo, la
contradicción fundamental está en la aplastante dominación del imperialismo a
través de las fuerzas del mercado. Jomeini dijo una vez que “viviríamos de la
leche de las cabras para mantener nuestra independencia”. Esto es más fácil de decir
que de hacer. Esta retórica se estrella contra las realidades de la vida
cotidiana.
En Arabia
Saudí, Irán, Pakistán y otros países islámicos, la electricidad, la pasta de
dientes, los antibióticos, el agua corriente, etc. se han convertido en parte integrante
de la vida de la amplia mayoría de la población. Muchos de estos productos se
fabrican en las industrias modernas dominadas por el imperialismo. Cerca de 500
multinacionales dominan el 85% de la producción mundial directa o
indirectamente. La gran mayoría de estas son propiedad de las principales
potencias capitalistas. Las condiciones impuestas por el FMI, el Banco Mundial
y demás instituciones están orientadas a exprimir todavía más las economías de
estos países pobres en beneficio del imperialismo mundial. El sufrimiento que
ocasiona esta superexplotación es soportado por los sectores más pobres de
estas sociedades.
Sin una
ideología totalmente científica de transformación social de las relaciones de
propiedad, cualquier otra doctrina económica en última instancia beneficiará al
capitalismo y al imperialismo. Bajo la ley islámica que defienden los
fundamentalistas, la única “salvaguardia” contra el atesoramiento, el mercado
negro, la explotación del trabajo humano y la esclavitud son los valores
morales y el miedo al “juicio final”. Sin embargo, las necesidades básicas de
un sistema económico que se basa en los beneficios, hace que todas estas
“salvaguardias” no sirvan para nada. En Pakistán y en muchos otros países
islámicos, esta loca búsqueda de beneficios ha desgastado el tejido social,
moral y humano de la sociedad. De aquí, que en la práctica, la mayoría de los comerciantes y pequeños hombres de
negocios utilizan una doble moral engañosa e hipócrita.
La
experiencia ha demostrado que la “economía islámica” no es un sistema económico
alternativo al capitalismo ni puede frenar la corrupción y explotación del
capital financiero. La mayoría de los eruditos islámicos plantean que la
organización de la economía debe dejarse a las fuerzas del mercado. Los
problemas de la economía de mercado están agravados por la evasión de impuestos
y la economía sumergida paralela en sus distintas variantes. El tráfico de
drogas patrocinado por los mulás y la mayoría de las organizaciones
fundamentalistas, es un ejemplo evidente de la doble moral y el carácter
hipócrita del Islam como teología y en su práctica en los asuntos económicos.
Las
organizaciones fundamentalistas de hoy están lejos de tener aparatos y
estructuras organizativas anticuados y ortodoxos. Utilizan ordenadores y otros
mecanismos tecnológicamente avanzados para organizar y controlar sus
actividades políticas, de agitación e, incluso, terroristas. Tanto los equipos
de impresión modernos como el uso de técnicas audiovisuales, son ahora parte
integrante del funcionamiento de la maquinaria de partido de los
fundamentalistas. Operan por medio de conferencias, congresos, comités
centrales, ejecutivas, etc. aunque con nombres islámicos. Su base ideológica y
su red operacional están basados principalmente en líneas fascistas y
neofascistas. Esto tiene un profundo impacto en sus tácticas referentes a
organizaciones juveniles, estudiantiles, de trabajadores, de mujeres y
campesinas. En las últimas décadas han puesto en práctica la intimidación, el gangsterismo y el asesinato,
especialmente entre los estudiantes y la juventud. Para justificar esta
violencia y crueldades han intentado utilizar los prejuicios religiosos
combinados con el miedo.
En los
últimos años, los fundamentalistas han intentado utilizar el método del palo y
la zanahoria para ganar una base de masas más amplia. Han tratado de combinar
los métodos neofascistas con la demagogia populista. Por ejemplo, en el pasado
condenaban las actuaciones musicales y otras actividades de entretenimiento.
Recientemente han utilizado música y entretenimientos de cariz islámico en sus
propias reuniones y mítines de masas para dar una especie de imagen liberal y
populista. En Pakistán han creado organizaciones juveniles para realzar esta imagen
populista. Aunque estos giros tácticos varían según las diferentes corrientes
del fundamentalismo islámico, se puede observar una orientación general. Sus
juventudes y otras organizaciones bajo su control han adoptado la estrategia de
organizarse en base a la agitación diaria sobre los problemas a los que se
enfrentan las masas. Por ejemplo, explotan el aumento de la criminalidad
(asesinatos, bandolerismo, violaciones, raptos, etc.), dando publicidad al acto
de condolencia con la familia y amigos de la víctima y ponen en marcha una
campaña de agitación en torno al funeral u otros actos religiosos. Incitan
contra la policía y los demás cuerpos represivos del estado consiguiendo una
respuesta inmediata. También, a una escala más amplia, utilizan una retórica
anticapitalista y consignas contra los señores feudales. Ahora a todo esto han
añadido la verborrea antiimperialista. Al mismo tiempo explotan los problemas
de carencias sociales como la falta de agua potable, electricidad, sanidad,
educación, transporte, vivienda, alcantarillado, etc.
En las
elecciones de Pakistán de 1993, el frente electoral de Jamaat-a-Islami, el PIF
(Frente Islámico de Pakistán, formado a imagen del FIS en Argelia), utilizó
esta retórica semisocialista para impulsar su campaña. Pero con el PPP en la
oposición y el contraste ideológico entre sus tácticas populistas, su retórica
socio-económica y los fundamentos teológicos, la mayoría de los partidos
fundamentalistas, incluido el Jamaat-a-Islami, fueron derrotados. Sin embargo,
muchos votos fundamentalistas fueron para la Liga Musulmana de Sharif. Estos
cambios tácticos han causado divisiones y desavenencias en el propio
Jamaat-a-Islami y un agravamiento de las divisiones sectarias entre las
diferentes tendencias fundamentalistas.
Los fundamentalistas
no se han quedado al margen de la profunda penetración del dinero de las drogas
y de la corrupción en toda la sociedad. La mayoría de estas agrupaciones se han
convertido en mafias sectarias. Los líderes y el ala dura utilizan las mezquitas
como centros de adoctrinamiento religioso y para meter prejuicios sectarios en
las cabezas de los niños. Durante la dictadura de Zia en los años 80, la
afluencia de dinero de la heroína proporcionó un apoyo económico sustancial a
estas prácticas de los mulás. La participación de estas organizaciones
sectarias en la jihad afgana les dio un acceso sin precedentes a armas y
arsenales. Uno de los grupos más en auge es el Sipah-a-Sahabah Pakistán, que
representa al fundamentalismo sunnita. Sus “cuadros” son producto
principalmente de los madraisah (escuelas de las mezquitas) y de la
experiencia de la guerra afgana. Con la intensificación de la crisis
socio-económica en un momento de cierta calma del movimiento de la clase
obrera, los terroristas de estas organizaciones se han vuelto más y más
fanáticos. Esto ha originado cerca de 20 grupos escindidos de sus
organizaciones originales en el Punjab. Sus tácticas son cada vez más violentas
y más permisivas con el crimen.
Según un
informe del Departamento del Interior del Punjab, los arsenales en manos de
estos grupos, son mayores que los de la Policía del Punjab. El Sipah-a-Sihabah
gasta cerca de 2,5 millones de rupias cada mes en propaganda para incitar al
odio religioso. Su gasto en armas es mucho mayor. La transformación de estas
organizaciones en mafias criminales ha sido inevitable. El aumento de la
miseria social y el desempleo ha dado a estas mafias sectarias la posibilidad
de reclutar a amplias capas de jóvenes. La aparición de Sipah-a-Muhammad
representa el mismo proceso en el fundamentalismo chiíta. El aumento de los
choques sectarios también refleja conflictos en el terreno criminal en la
medida en que estas mafias están implicadas en secuestros para pedir rescate y
en asesinatos. En realidad la religión se usa como tapadera para justificar las
actividades criminales de estos grupos.
En la
actualidad los medios de comunicación burgueses están prestando cada vez más
atención a la “amenaza” del fundamentalismo. Amplios sectores de las clases
dominantes en muchos países del Tercer Mundo también están poniendo el grito en
el cielo sobre la creciente amenaza del fundamentalismo. Pero en realidad el
crecimiento del fundamentalismo es un subproducto del fracaso de la clase
capitalista para llevar a cabo sus tareas históricas. Si tomamos la India, por
ejemplo, después de 50 años, teniendo el mayor mercado capitalista del mundo,
la burguesía ha sido incapaz de llevar a cabo ni una sola de las tareas de la
revolución democrático-nacional. Esta clase fue considerada progresista,
nacionalista, etc. durante décadas por parte de la izquierda estalinista. Pero
después de todo este período, la burguesía india, secular, liberal,
nacionalista, democrática y progresista, ha arrojado a la India a un sumidero
de violencia religiosa y resurgimiento del fundamentalismo. No solo eso, esta
clase históricamente atea ha recurrido al fundamentalismo para servir a sus
propios intereses. Sectores importantes de la burguesía en la India se han adherido
al fundamentalismo y están apoyando y financiando al BJP (Bhartia Janata Party
- el principal partido fundamentalista hindú) para obtener beneficios
políticos, económicos y financieros. Pero esto no es nada nuevo.
La
burguesía de muchos países ex-coloniales tienen una larga tradición de
utilización de los fundamentalistas y otras fuerzas reaccionarias para disolver
la lucha de clases y preservar su sistema de explotación. En muchos países
ex-coloniales, después de una pseudoindependencia, la clase dominante intentó
imitar a la clase dominante de Occidente para llevar a término la revolución
nacional democrática. Dado el retraso de su aparición en la arena histórica, el
desarrollo distorsionado de estas economías y la aplastante dominación de la explotación
imperialista impidieron esta revolución. En el período posterior a la II Guerra
Mundial, a pesar de una relativa calma en los países capitalistas avanzados,
una ola revolucionaria asoló todo el mundo colonial. En algunos países como
China, Vietnam, Cuba, Mozambique, Angola, Etiopía, etc., estos movimientos
consiguieron derrocar el feudalismo y el capitalismo.
De hecho,
estos acontecimientos hacen pedazos la teoría estalinista de las dos etapas.
Esta teoría llamaba a apoyar la denominada burguesía nacional, liberal y
secular para llevar a cabo la revolución democrático nacional y poder afrontar
más tarde la fase de la revolución proletaria. Pero debido a la ausencia de una
dirección genuinamente marxista, estas revoluciones adquirieron una forma distorsionada.
Se basaron en el modelo de Moscú, pero no en el de Lenin sino en el de Stalin.
A pesar del desarrollo sin precedentes de estas sociedades, no es posible una
transformación socio-económica total dentro de los límites de las fronteras
nacionales. Sin embargo, los regímenes de bonapartismo proletario dieron
enormes pasos adelante, con una rápida reforma agraria y otras medidas para
romper con las cadenas del pasado y acabar con la aplastante dominación del
imperialismo. Esto provocó una dura reacción del imperialismo, los
terratenientes y los mulás (en los países islámicos).
El ejemplo
más significativo es el de Afganistán. En la primavera de 1978 los oficiales de
izquierdas, organizados en el Partido Khalk, tomaron el poder por medio de un
golpe de estado contra el régimen reaccionario de Daud. Llevaron a cabo este
golpe sin el consentimiento ni el visto bueno de la burocracia rusa. Esta se
vio forzada a aceptar el nuevo régimen bonapartista proletario de izquierdas
como un hecho consumado. El nuevo régimen izquierdista, bajo la dirección de
Tarakai, abolió el tráfico de mujeres, las propiedades de los terratenientes y
otros rasgos reaccionarios corrientes en la sociedad. El imperialismo americano
“pseudodemocrático” formó una alianza impía con los mulás, los
terratenientes y otros elementos reaccionarios empezando una insurrección
contra el régimen de izquierdas de Afganistán. Se inyectó en Afganistán ayuda
militar y económica valorada en miles de millones de dólares para organizar la
contrarrevolución fundamentalista. Después de catorce años, el régimen cayó,
más por sus contradicciones internas que por la jihad de los mulás.
Como resultado de la caída del estalinismo en la Unión Soviética, muchos otros
regímenes bonapartistas proletarios se hundieron de un modo más o menos
parecido. En este proceso, Afganistán se convirtió en un baluarte del
fundamentalismo islámico. La acumulación de armas, dinero y tráfico de drogas
proporcionó una fuerte base económica a los fundamentalistas.
Sin
embargo, la situación actual en Afganistán demuestra el potencial reaccionario
del fundamentalismo. Ha muerto más gente en los últimos cuatro años en choques
sectarios entre diferentes grupos fundamentalistas, que durante la guerra entre
los mulás y el régimen estalinista de Kabul. Los fundamentalistas han
obligado a Afganistán a retroceder a la Edad Media en los albores del siglo
XXI. Más del 80% de los edificios de Kabul, que en otro tiempo fue una ciudad
bonita, han sido destruidos. La inmensa mayoría del pueblo afgano vive en
cuevas. Este “bastión” de los mulás está exportando ahora mercenarios
fundamentalistas a otros países de la región: desde el Sur de China y Cachemira
hasta los países del Magreb. Un gran número de fanáticos religiosos fueron a
Afganistán desde varios países árabes y musulmanes para participar en la jihad
contra los infieles (comunistas). Ahora los están enviando de vuelta a casa
sobre todo desde Pakistán. La situación en el noroeste de Pakistán y en
Afganistán está lejos de ser controlada realmente por el Estado paquistaní.
En el
período posterior a la II Guerra Mundial también hubo movimientos que adoptaron
la forma de movimientos populistas liderados por demagogos que llegaron al
poder utilizando una verborrea socialista para conectar con los sentimientos
del movimiento de las masas. En Indonesia y en Pakistán, los regímenes de
Sukarno y Z. A. Buttho, en la medida en que no fueron capaces de satisfacer las
aspiraciones de las masas, dieron un impulso al resurgimiento del
fundamentalismo.
La única fuerza
que puede detener la amenaza fundamentalista es el movimiento revolucionario de
la clase obrera. En Pakistán, en cada punto de inflexión de la historia en que
resurgió la lucha de clases, los fundamentalistas fueron acorralados tanto en
la arena política como en la social. Durante las elecciones de 1970, que fueron
convocadas justo después de un movimiento revolucionario de masas, el
fundamentalismo fue derrotado. Esto sucedió a pesar del hecho de que todos los
partidos de derechas formaban una estrecha alianza y de que las elecciones
fueron presentadas como una lucha entre los infieles y el Islam. Todos los ulema,
desde el imam (líder religioso) de la Kaaba (La Meca), hasta el líder
religioso de la más vieja universidad islámica de Al Azar en el Cairo, dieron
su bendición oficial a la alianza islámica “antisocialista”. Pero a pesar de
todo, las masas votaron al PPP, que se presentó a estas elecciones con un
programa revolucionario.
En la
situación actual los fundamentalistas insisten en su verborrea antiamericana y
antiimperialista de reciente adquisición. Las masas se dan cuenta de la enorme
explotación por parte de los estados imperialistas bajo los auspicios del FMI y
del Banco Mundial. Al mismo tiempo, muchas de las fuerzas “seculares”,
“liberales” y nacionalistas defienden el sistema democrático (burgués) que el
imperialismo americano está patrocinando a nivel mundial. Si el fundamentalismo
es una amenaza para las masas, el imperialismo no es el mal menor. De aquí que
plantear las políticas “democráticas”, “liberales” y seculares con las bases
socioeconómicas existentes como antídoto contra el fundamentalismo tiene poco
sentido. Son las masas oprimidas las que tienen que soportar el peso de la
explotación imperialista y no los defensores de la “democracia”, el
“secularismo” y el “liberalismo” que pertenecen a las clases explotadoras y
que, en última instancia, se convierten en títeres del imperialismo.
La llegada
de los fundamentalistas al poder, por ejemplo en Argelia, haría que fuesen considerados
como una opción seria para ciertos sectores del aparato del estado y de la
clase dominante. En Pakistán, la creciente presión por parte del imperialismo
para reducir el tamaño del aparato militar está creando cierta tensión entre
ciertos sectores de la cúpula del ejército y el imperialismo. El gobierno de
Benazir puede perder su popularidad y su apoyo entre las masas de una manera
bastante rápida. La derecha y los fundamentalistas pueden construir un
movimiento de masas en un momento determinado, que podría tener un carácter
bastante reaccionario. La posibilidad de que los fundamentalistas lleguen al
poder como una fuerza cohesionada a través de una victoria electoral está
lejana, pero continuarán avivando la violencia y procurando desestabilizar el
gobierno de Benazir.
Por el
camino del capitalismo, el gobierno de coalición del PPP dirigido por Benazir
puede hacer bien poco contra los fundamentalistas. Su peso social se debe
principalmente al subdesarrollo y al deterioro de las condiciones socioeconómicas,
que Benazir no puede solucionar con su política actual. Es esta debilidad del
liberalismo democrático de Benazir lo que le obliga a intentar apaciguar a los mulás.
Sus desesperados intentos de hacer guiños a los islámicos demuestran la fragilidad
de su política contra las fuerzas de la reacción negra. El aumento de los
disturbios y el crecimiento del tamaño del ejército llevado a cabo por el
gobierno del PPP para controlar la situación ha empeorado las cosas.
En una
situación de conflagración, la utilización del ejército para aumentar la
represión podría provocar escisiones mayores en el aparato militar. Esta
situación podría llegar a un punto crítico en que los sectores de la casta de
oficiales que están a favor de una dictadura militar conquistasen un apoyo
mayor. Igualmente, con una intensificación del conflicto entre el imperialismo
y el ejército, sectores importantes de la casta reaccionaria de oficiales se
podrían inclinar en la dirección del fundamentalismo. Esto podría precipitar un
sangriento golpe fundamentalista y antiimperialista. Un acontecimiento
semejante también podría conducir a una guerra civil, en la que unos sectores
del ejército se enfrentarían a otros. Por otra parte, algunos generales del
ejército podrían imitar a Sadam y Zia, basando sus regímenes dictatoriales en
los sectores más primitivos de la sociedad utilizando la retórica del Islam.
Pero el ejemplo de Afganistán demuestra que un acontecimiento semejante sería
catastrófico para toda la región.
Esta
perspectiva depende de varios factores y de la dirección de los acontecimientos
en un futuro próximo. Por ello, para combatir el fundamentalismo es necesario
atacar y destruir las condiciones socioeconómicas que lo alimentan. Dentro de
los límites del capitalismo y del feudalismo, es imposible proporcionar las
bases sociales y económicas que eliminen la pobreza, la miseria, el crimen y
las enfermedades y que transformen la vida de las masas.
De un modo similar, para combatir seriamente el fundamentalismo es necesario un programa político que ataque la explotación imperialista y el feudalismo y el capitalismo. Este movimiento solo se puede construir bajo la dirección del proletariado que es la única clase capaz de unir a los diferentes grupos religiosos, nacionales y los diferentes estratos de la sociedad en un movimiento unificado. Pero el objetivo final de este movimiento debe ser la transformación socialista de la sociedad. De otra manera no tendría significado. En última instancia sólo la revolución socialista puede salvar a la humanidad de la amenaza del fundamentalismo. Estos movimientos han surgido en el pasado y volverán a surgir en un futuro no muy lejano. Lo que hemos aprendido de la historia reciente es que intentar combatirlos en el marco de un sistema corrupto con las ideas del liberalismo, la “democracia” y el secularismo burgueses en los tiempos explosivos que se avecinan sólo puede llevar al desastre. La tarea histórica es transformar la sociedad en la línea del socialismo democrático, que es la única salida para la humanidad hoy en día.
1 Lal Khan, es miembro del Comité de Redacción del periódico marxista paquistaní The Struggle (La Lucha) y destacado dirigente del ala de izquierdas del PPP en Pakistán. Está en una posición privilegiada para entender en profundidad los nuevos desarrollos del resurgimiento actual de las ideas del fundamentalismo islámico.