AFGANISTÁN, BIN LADEN Y LA HIPOCRESÍA DEL IMPERIALISMO ESTADOUNIDENSE
Doctor Zayar
Quetta
Pakistán
26/9/2001
El papel de EEUU como policía mundial ahora ha afectado directamente a su propio país. Fueron los EEUU quienes suministraron los recursos económicos para el movimiento contrarrevolucionario en Afganistán en 1979, entonces, las niñas podían ir a la escuela y las mujeres trabajar. El imperialismo estadounidense es directamente responsable de la reacción talibán en Afganistán. Osama Bin Laden y sus muyaidines fueron armados y entrenados por la CIA y el MI6 británico, en colaboración con los servicios secretos paquistaníes (ISS), para derrocar el régimen pro-moscovita de Kabul.
Durante los últimos 21 años hemos presenciado la matanza de hombres, mujeres y niños en Afganistán. Ahora el país asolado por la guerra y en ruinas se enfrenta a una situación horrible. Las sanciones impuestas por EEUU han intensificado la miseria y el dolor; el deterioro de las condiciones de vida ha añadido una dimensión trágica a la situación. La extensión del hambre y la malnutrición se ha agravado por la continua guerra de rapiña protagonizada por las potencias extranjeras. Éstas luchan entre sí para conseguir el control de Asia Central y su inmensa riqueza petrolera, y Afganistán ocupa un lugar estratégico como posible ruta de los oleoductos.
El resultado es que Afganistán se ha convertido en un terreno desolado. Cuando por fin los talibán tomaron Kabul se vengaron cruelmente de sus enemigos: Najibullah ¾el presidente anterior¾, fue colgado de un poste de la luz de Kabul con los genitales en la boca. Gracias a estos métodos, el “occidente civilizado” y sus agentes a sueldo consiguieron sus principales objetivos en esta desafortunada tierra.
Muchas personas han quedado impactadas al ver las imágenes de la interminable tragedia afgana en los medios de comunicación. El régimen talibán ha implantado un reino de terror: la limpieza étnica en Bamyan y Mazar-e-Sharif, una brutal represión contra las nacionalidades oprimidas y los miembros de otras religiones, la destrucción de las estatuas de Buda, la ejecución pública de mujeres en Kandahar, los azotes... El aullido de las mujeres oprimidas en Afganistán ha resonado por toda Asia.
La pregunta es: ¿quién es el responsable de esta sangrienta guerra civil, de las muertes, el hambre, la limpieza étnica y la barbarie? La respuesta es muy simple. Fue el imperialismo estadounidense quien empujó a Afganistán a la Edad Media y destruyó completamente la civilización.
El régimen estalinista instaurado por los oficiales de izquierdas del ejército afgano en 1978, llevó a cabo varias reformas, entre ellas la reforma agraria y otras medidas progresistas con relación a las mujeres y la educación, intentaron que Afganistán entrara en el siglo XX. Este régimen era una amenaza mortal, no sólo para los intereses de los terratenientes afganos, los usureros y mulás, también para la monarquía reaccionaria de Arabia Saudí y otros Estados vecinos. Por esta razón y por su proximidad a Moscú (que no jugó papel alguno en la revolución de 1978), el imperialismo estadounidense se opuso implacablemente al nuevo régimen de Kabul, que, aunque de una forma distorsionada, significaba una revolución. Por eso el imperialismo estadounidense deliberadamente armó, financió e instigó una coalición reaccionaria contra la revolución afgana.
La CIA y sus aliados movilizaron grandes cantidades de dinero y armas para apoyar la contrarrevolución afgana. En Oriente Próximo, la hermandad musulmana ¾la Liga Mundial Musulmana¾, junto con el jefe de la inteligencia saudí ¾el príncipe Turki al Faisal¾, se unieron para conseguir dinero para la yihad. Se convirtió en el centro de reclutamiento y entrenamiento de los muyaidines de todo el mundo musulmán. El ISS y el Jamat-e-Islami crearon comités de recepción para recibir a los jóvenes de clase media desesperados y que se unían voluntarios a la yihad. El ISS creó cientos de campos de entrenamiento militar. El general Hamid Gul (antiguo jefe del ISS) comentó a un periodista: “Estamos librando una yihad y ésta es la primera brigada internacional islámica de la era moderna. Los comunistas tienen su Internacional [¡], Occidente tiene la OTAN, por qué los musulmanes no podemos tener un frente común y unido”.
El ISS —guiado por su maestra, la CIA— y al Faisal se encargaron de la parte saudí de la operación, para demostrar a los contrarrevolucionarios (los “muyaidines”) el compromiso de la familia real saudí con el Islam y la yihad, contra el régimen “comunista ateo” de Kabul.
Sólo entre 1980 y 1992 se unieron a los muyaidines afganos más de 35.000 fundamentalistas islámicos de 43 países diferentes. Pakistán dio instrucciones a todas sus embajadas en el extranjero para que concedieran visados sin hacer ninguna pregunta a todo aquel que entrara para luchar en Afganistán. Entre los miles de reclutas extranjeros estaba Osama Bin Laden.
En 1986 Osama Bin Laden construyó la base de Khowst ¾en las profundidades de las montañas próximas a la frontera paquistaní¾, utilizada por la CIA como un gran depósito de armas y campo de entrenamiento de los muyaidines. Bin Laden llegó a decir que: “para contrarrestar la revolución en Afganistán, el régimen saudí me eligió como su representante en Pakistán y Afganistán. Conseguí voluntarios de muchos países árabes y musulmanes que respondieron a la llamada. Creé los campos donde lo oficiales paquistaníes, estadounidenses y británicos entrenaban a estos voluntarios. EEUU suministraba las armas, el dinero procedía de los saudíes”.
Es una realidad que después de catorce años de guerra civil sangrienta, al final los muyaidines tomaron Kabul. Pero también es una realidad que no lo consiguieron con una victoria militar. El gobierno de Kabul colapsó porque Moscú retiró su ayuda militar después de llegar a un compromiso con el imperialismo estadounidense. Mientras, Pakistán y Arabia Saudí continuaban con la ayuda militar a los muyaidines.
Sin la traición de la burocracia rusa, los muyaidines nunca habrían podido tomar Kabul u otra ciudad importante, durante catorce años fueron incapaces de hacerlo. La caída de Kabul fue una victoria para el fundamentalismo islámico. El imperialismo estadounidense gastó miles de millones de dólares y concedió una generosa ayuda militar a los muyaidines para que derrocaran el régimen de Kabul. Sin embargo, incluso después de la retirada de las tropas moscovitas, las fuerzas de Najibullah aún consiguieron repeler los ataques de los muyaidines.
Pero la retirada de la ayuda puso al régimen en una situación imposible. La destitución de Najibullah con un golpe planificado por la CIA y el ISS, preparó el camino para la captura de Kabul. El nuevo régimen liquidó la mayoría de las reformas progresistas del gobierno anterior. Pero este nuevo gobierno desde el principio era muy inestable. Inmediatamente apareció la lucha entre las fuerzas del Hizbe-Islami, encabezado por Gulbadin Hitmatyar, y el Jamat-e-Islami, dirigido por Ahmed Shah Massud. Estos bandos rivales de contrarrevolucionarios lucharon sin piedad entre sí, en 1994 todavía ninguna de las partes había conseguido una victoria decisiva ante el otro, entonces, se abrió el terreno para una nueva oleada de reacción fundamentalista, en esta ocasión representada por los talibán.
Los talibán fueron la creación del ejército y los servicios de inteligencia paquistaníes, con el apoyo activo de la CIA. Fueron reclutados entre los estudiantes de las escuelas islámicas (madrasas) en Pakistán, financiados, armados y entrenados por los servicios de inteligencia paquistaníes: el ISS. En 1994 el mulá Omar surgió como el principal líder de los talibán. Con la ayuda del ISS, en un breve espacio de tiempo, los talibán tomaron el control de las principales ciudades de Afganistán. Primero capturaron Kandahar, después Herat, Mazar-e-Sharif y por último Bamyan. Pero nada de esto habría sido posible sin la participación activa de Islamabad —y Washington—. Se calcula que los talibán recibieron unos diez mil millones de dólares de EEUU y los continuaron financiado hasta hace bien poco. El régimen saudí envió la misma cantidad de dinero.
Los talibán entraron en Afganistán con la excusa de la paz, pero pronto iniciaron una represión violenta. Cerraron escuelas —en concreto las de niñas— y prohibieron a las mujeres trabajar fuera de casa. Destrozaron las emisoras de TV, quemaron bibliotecas, saquearon los museos históricos, prohibieron deportes y ordenaron que los hombres llevaran la barba larga. Para consolidar su poder cultivaron la adormidera —la producción de opio y heroína— que ahora es su mayor fuente de ingresos.
Hasta 1997 los estadounidenses guardaron silencio sobre la violación de los derechos humanos en Afganistán. El imperialismo estadounidense hizo oídos sordos cuando los talibán asesinaban mujeres y niños en Mazar-e-Sharif y cuando ejercían la limpieza étnica contra las mujeres de Kabul, Herat y Kandahar, cuando cerraban escuelas, hospitales, prohibían la música y los juegos, el imperialismo estadounidense no sólo guardó silencio, también apoyó al régimen de Kabul.
Desde el principio, EEUU apoyó a los talibán en su propio interés. Como es habitual, los intereses empresariales estaban implícitos. Las grandes empresas estadounidenses están muy interesadas en construir un gaseoducto y un oleoducto desde los Estados de Asia Central a través de Afganistán. Esto condicionó la actitud de EEUU hacia el régimen talibán. Unocal, la gigantesca multinacional estadounidense, llegó a un pacto con los talibán. Cuando éstos no consiguieron tomar todo Afganistán —en concreto el norte— y no consiguieron derrotar a la Alianza del Norte, el proyecto del oleoducto entró en crisis. Los “oídos sordos” del imperialismo estadounidense de repente empezaron a oír los llantos de las mujeres y entonces fueron conscientes de la represión contra las masas.
Para demostrar su “solidaridad” con las masas afganas oprimidas y malnutridas, Washington lanzó un brutal ataque aéreo, lanzó sus misiles crucero contra Afganistán y utilizó su herramienta, las “Naciones Unidas”, para imponer sanciones económicas contra el país. Estas sanciones no afectaron a los talibán sino a los sectores más pobres de la población. Estos ataques y sanciones simplemente han servido para fortalecer a los talibán, lo mismo ocurre con el criminal bloqueo contra Irak, ha provocado la muerte de más de un millón de iraquíes, pero no ha conseguido derrocar a Sadam Hussein.
Osama Bin Laden jugó un papel clave en la guerra de los contrarrevolucionarios islámicos contra el régimen estalinista de Kabul y recibió el apoyo entusiasta de la CIA. El ex director de la CIA, William Casey, comentó este apoyo a Bin Laden en sus escritos. Pero muchos perros se han vuelto contra sus amos y les han mordido. Después de que la Unión Soviética se retirara de Afganistán, Bin Laden puso su interés en EEUU y organizó el bombardeo de las embajadas estadounidenses en África.
De la noche a la mañana el héroe de la CIA y el “luchador por la libertad” en Afganistán, se convirtió en el principal “enemigo de la civilización”. ¿Qué ha ocurrido entre estos antiguos aliados? ¿Qué diferencias surgieron entre ellos? Cuando él participó en el derrocamiento del régimen pro-moscovita de Afganistán, Bin Laden era el mimado de la clase dominante estadounidense y un fiel confidente de la familia real saudí. De repente se convirtió en el mayor terrorista y criminal del mundo. Es verdad que es un criminal y un terrorista reaccionario. Pero esto no es reciente: fue así desde el principio cuando lanzó la guerra asesina contra las masas trabajadoras y campesinas de Afganistán.
Lo que irritó a los estadounidenses fue el hecho de que, después del final de la Guerra Fría, estos gansters y bandidos contrarrevolucionarios escaparan a su control. No cambió el fundamentalismo islámico. Era el mismo perro rabioso que antes, ¡pero se había soltado de la correa! Las diferencias con los estadounidenses salieron a la luz en 1991, cuando el imperialismo estadounidense atacó Irak y algunos de estos fundamentalitas islámicos, en particular la organización de Bin Laden —Al Qaeda—, se opuso a la presencia de las tropas estadounidenses en Arabia Saudí. Los mismos fanáticos fundamentalistas que lucharon contra las tropas soviéticas como “extranjeros en un país musulmán” (Afganistán), ahora se volvían contra EEUU, utilizando la misma lógica.
La presencia de las tropas estadounidenses en suelo árabe aceleró la polarización entre los fundamentalistas. Los dirigentes mercenarios de los grupos fundamentalistas, controlados por la CIA, se mostraron pasivos ante la presencia de las tropas estadounidenses, por eso perdieron rápidamente el apoyo de su base. El resultado fue el surgimiento de tendencias fundamentalistas más radicales fuera del control estadounidense y de sus Estados lacayos en el mundo musulmán.
Washington sembró vientos y recogió tempestades. Utilizando el dinero y las armas que les habían dado los estadounidenses y saudíes, los grupos fundamentalistas mejor organizados y más ricos como Al Qaeda, crearon campamentos en países islámicos como Argelia, Sudán, Egipto, Irak, Siria, Turquía, Tayikistán y Cachemira. El 23 de febrero de 1998, en una reunión en el campo Khwost, el Frente Islámico Internacional publicó un manifiesto en el que anunciaba una yihad contra EEUU. La declaración acusaba a EEUU de ocupar durante más de siete años la tierra del Islam en la Península Arábiga. La reunión publicó una fatwa (decreto sagrado) en el que se decía que el deber de todos los musulmanes era asesinar a estadounidenses. El bombardeo de las embajadas estadounidenses en África formaba parte de esta yihad.
Al ver la traición de su antiguo aliado, la furia de los imperialistas estadounidenses no conoció límites. Desahogaron su frustración sobre el indefenso pueblo afgano, primero con el bombardeo y después con la imposición de unas sanciones económicas brutales que han provocado más hambre y malnutrición para millones de hombres, mujeres y niños ya traumatizados por décadas de guerra. Según la ONU, antes de la crisis actual, más de cuatro millones de personas estaban al borde del hambre en Afganistán. A Osama, por supuesto, esto no le afecta. Simplemente se ha trasladado del campo de Khowst a un lugar seguro en Kandahar junto con su “amigo espiritual” y líder talibán: el mulá Omar.
El reciente ataque terrorista a EEUU ha introducido un elemento completamente diferente en la situación. El terrorismo es un método de lucha reaccionario y es ajeno a la lucha de clases. Los marxistas y el movimiento obrero de todo el mundo debemos condenar incondicionalmente el terrorismo, ya sea el terrorismo individual o el de Estado. Los recientes ataques terroristas en EEUU pavimentan el camino para la reacción y para más terrorismo, creando un ciclo infernal de acción y reacción. A corto plazo, fortalecerá a la clase dominante reaccionaria de EEUU, que tendrá más facilidades para implantar una política brutal fuera y una política antiobrera dentro de su país. Van a responder al terrorismo individual con el terrorismo de Estado.
La clase dominante siempre ha utilizado el terror cuando lo ha necesitado. Ahora no es una excepción. Bush ha calificado los acontecimientos del 11 de septiembre “no como un acto de terrorismo, sino como un acto de guerra”, en otras palabras, es una amenaza de nuevos ataques no ya con misiles crucero, sino una guerra abierta. ¿Quién va a ser el objetivo en esta guerra? Bush ya ha respondido: “No haremos distinción entre los terroristas que cometieron estos actos y aquellos que les cobijan”. Esto significa que EEUU está considerando el ataque a las bases militares de aquellos países que pueden cobijar a Bin Laden: empezando por Afganistán y es posible que continúen con Irak, Sudán, Siria e Irán, y quizá Pakistán, si se niega a colaborar con sus planes.
Aunque Washington no ha presentado ninguna prueba que implique a Bin Laden en esta atrocidad, continúa amenazando a Afganistán. Esto ha provocado una situación caótica en toda la región. Después de la de facto declaración de guerra de EEUU contra Afganistán, la ONU evacuó a todo su personal y también se fueron los miembros extranjeros de las ONG. Cientos de miles de afganos han comenzado a huir del país hacia la frontera con Tayikistán, Irán y Pakistán. La mayoría se dirige a Tayikistán e Irán porque creen que, en caso de una guerra contra Afganistán, Pakistán también puede ser objetivo de los estadounidenses. Mientras tanto, China ha cerrado sus fronteras con Pakistán y Afganistán. Se ha evacuado al personal de la embajada paquistaní en Kabul. El ejército paquistaní ha reforzado la seguridad a lo largo de la frontera para frenar la entrada de afganos. En la frontera afgano-paquistaní han aumentado las tensiones entre el ejército afgano y el paquistaní, la tensión está alcanzando un punto crítico y en cualquier momento puede empezar la lucha. En Afganistán los precios de los productos esenciales se han disparado, el combustible ha subido un 50%, el precio del trigo ha pasado de 80.000 afganis (la moneda afgana) los siete kilos, a 120.000 afganis.
Los talibán están preparando su fuerzas y miran muy de cerca la situación en la región. Este año el desfile militar en Kabul reveló que todavía tienen al menos 50 lanzamisiles Stinger, un número desconocido de tanques soviéticos T-59 y 55, también están equipados con armas MI del calibres 12,7 y 14,5 mm. Tienen también varios misiles antitanque, algunos MIG y aviones de caza Sukoi.
Los imperialistas estadounidenses tienen dudas porque temen hundirse en un conflicto que pueda tener serias consecuencias para ellos.
La situación en Pakistán es ahora muy tensa, sobre todo en la frontera nororiental y en Baluchistán. Los principales aeropuertos paquistaníes están ocupados por el ejército, las embajadas europeas y estadounidenses están fuertemente protegidas. Todos los trabajadores estadounidenses y europeos han sido evacuados de Pakistán y también los de las empresas multinacionales.
El régimen militar —y en especial el establishment militar paquistaní— se encuentra dividido con relación al apoyo a las fuerzas estadounidenses y la OTAN. El 15 de septiembre el Consejo Nacional de Seguridad de Pakistán y el Gabinete Federal anunciaron que Pakistán cooperaría con EEUU en caso de un ataque sobre Afganistán. El mismo día, el secretario de Estado estadounidense Colin Powell, confirmó que Pakistán estaba de acuerdo con todas las condiciones estadounidenses. Éstas son las siguientes: el cierre de la frontera con Afganistán, la interrupción del suministro de combustible a Afganistán y el permiso para utilizar las instalaciones aéreas y terrestres de Pakistán. Esta situación obligará a Pakistán a caminar sobre un alambre entre dos fuegos. Pero Islamabad no tiene otra elección: si niega la cooperación a EEUU significaría un posible ataque del ejército estadounidense o nuevas sanciones económicas y el apoyo a EEUU a la India con relación a la cuestión cachemira.
EEUU sospecha que el ISS está detrás de los grupos terroristas islámicos. Por otro lado, si Pakistán apoya una guerra estadounidense contra Afganistán, entonces habría una violenta reacción interna que podría llevar a una guerra civil, con la posibilidad de que un sector fundamentalista del establishment militar —alineado con los talibán— intentara tomar el poder. Hay un sector poderoso dentro de la inteligencia paquistaní, el ISS y el ejército, —su tamaño actual es difícil de medir— con ideas políticas y religiosas que no difieren de las ideas de los talibán.
Estos grupos fundamentalitas paquistaníes hasta ahora han disfrutado del apoyo de estos sectores del establishment militar. Es evidente que Pakistán utilizó estos grupos fundamentalistas (que tienen el mismo mando central y están vinculados a los talibán) en el conflicto Kargil con la India en mayo y julio de 1999. Harakat-ul-Ansar (HUA) es la organización fundamentalista, que también está “en guerra” con EEUU, que ha asesinado a estadounidenses en Cachemira. Ahora quieren controlar a estos grupos.
Hay aproximadamente 5.900 escuelas religiosas en todo el país, sólo en el Punjab están funcionado 2.500 y en Lahore 80. El ministro del Interior ha dicho que la mayoría de estas escuelas del Punjab pertenecen a la escuela deobandi de pensamiento, con fuertes lazos políticos con los talibán. Para Pakistán, la prohibición de Laskar-e-Tayyba (LT), Karkat-ul-Muyahidin (HUM) y otros grupos fundamentalistas no es tarea fácil. Prohibir estos grupos podría provocar un conflicto dentro del ejército. Otro problema es que esta organización fundamentalista tiene sus cuarteles generales en regiones dominadas por el ejército paquistaní, por ejemplo, Rawalpindi.
Sin duda la clase dominante paquistaní se encuentra entre la espada y la pared. Por un lado, sufre la presión despiadada de EEUU. Por otro lado, está la amenaza de los sectores del establishment militar paquistaní inclinados hacia el fundamentalismo islámico. El antiguo jefe del Estado Mayor, Mirza Aslam Baig, ha dado un serio aviso a Musharraf, si permite a las tropas estadounidenses entrar en Pakistán será una catástrofe para toda la región y Pakistán. El general Musharraf va a visitar China pronto y se sabe que China es muy cauta con relación a las acciones de las tropas estadounidenses y de la OTAN en esta región. Lo más probable es que el general Musharraf encuentre una recepción bastante fría en Pekín.
La perspectiva de una guerra es una pesadilla para Pakistán. Los talibán han declarado que si Pakistán apoya a EEUU entonces ellos declararán la guerra contra Pakistán. Los talibán tienen estacionados muchos misiles Scud a lo largo de la línea Durand (la línea impuesta por los británicos que demarcaba la frontera entre la India controlada por los británicos y Afganistán), y que apuntan directamente a Pakistán. Esta es la recompensa de Islamabad por su política traidora durante décadas y su apoyo encubierto a la reacción fundamentalista en Afganistán.
La situación puede resultar catastrófica para Pakistán. En Pakistán viven millones de refugiados afganos diseminados por todo el país. Además, en ambas partes de la línea Durand —1.400 millas de frontera afgana— vive la misma etnia: los pashtun. Los efectos de un ataque estadounidense sobre Afganistán van a perturbar no sólo a los pashtun de Pakistán, también a los refugiados afganos. La cuestión nacional en Pakistán sigue sin resolverse y es un polvorín en potencia.
Si el régimen militar en Islamabad coopera con las fuerzas estadounidenses y la OTAN, los pashtun de ambos lados de la frontera sufrirán más que cualquier otra nacionalidad y se desatará una oleada de furia. Esto podría provocar revueltas contra el Estado paquistaní que se extenderían a otras nacionalidades. En Pakistán se reprime brutalmente a las nacionalidades oprimidas, en particular al sur de Baluchistán. Es incluso posible que la agresión estadounidense en Afganistán pueda desatar las fuerzas que pudieran provocar la desintegración de Pakistán. Esto sería una pesadilla para los trabajadores y campesinos paquistaníes.
Las masas todavía están confusas y desorientadas, pero crece la oposición al régimen militar y a EEUU. Entre las masas crece la hostilidad hacia el imperialismo estadounidense. La dirección del PPP y Benazir Bhutto se han comprometido a apoyar al régimen. Los grupos fundamentalitas por ahora están haciendo mucho ruido y juegan con el sentimiento antiimperialista de las masas. En los bazares de Karachi y otras ciudades del país, se han desplegado fotografías de Bin Laden al que presentan como el “gran muyaidin” (luchador religioso). Pero una vez la clase obrera comience a luchar con su propia bandera y consignas, todo cambiará. El ambiente antiimperialista confuso que reina entre las masas, rápidamente puede dirigirse contra el régimen y convertirse en un movimiento anticapitalista y antiimperialista. Para que esto ocurra es necesaria una dirección.
El régimen militar paquistaní cada vez muestra más síntomas de desesperación. Una delegación encabezada por un jefe del ISS se desplazó de Islamabad a Kandahar para reunirse con los talibán y discutir la entrega de Bin Laden a los estadounidenses. El jefe del ISS les dio tres días para que lo entregaran. Pero resultó un fracaso.
El régimen talibán lo utilizó para ganar tiempo y niegan constantemente que tengan cualquier implicación en los acontecimientos del 11 de septiembre. Era obvio que los talibán no iban a aceptar la condición de entregar a Bin Laden. La única posibilidad de capitulación sería una escisión, lo que provocaría un conflicto abierto entre los líderes talibán. El consejo de clérigos (ulemas) se reunió en Kabul para discutir el tema, pero fue sólo otra táctica dilatoria, presumiblemente para permitir a los talibán sacar a los suyos fuera de Kabul. Al final, Bush perdió la paciencia y dio un ultimátum claro, en realidad una declaración de guerra.
Incluso ahora, quizá pueda haber algún movimiento sorpresa que evite el conflicto. En el lodazal de la traición política de Afganistán y Pakistán, casi todo es posible y todo tiene un precio. Pero la gran pregunta es si los EEUU están dispuestos a pagar cualquier precio. La respuesta es no. Washington, que aupó a los talibán al poder, ahora está decidido a desalojarles. Mientras los talibán controlen la mayor parte de Afganistán no van a negociar.
Pakistán ha comenzado a bloquear el envío de mercancías a Afganistán y ha suspendido el tráfico comercial. Según algunos informes, las divisiones aerotransportadas estadounidenses 82 y 101, casi la mitad de las fuerzas de combate aéreas a la inmediata disposición del presidente Bush, están ya en las bases de Pakistán. El grueso de estas fuerzas se dirigirá hacia el norte del Punjab y tomará posiciones cerca de la ciudad de Dara Ismail Khan.
Si los estadounidenses comienzan una guerra con Afganistán se enfrentarán a muchas dificultades. Como señalaba la revista Time: “La victoria estadounidense en Afganistán rápidamente se puede convertir en una derrota catastrófica si la guerra convierte a Pakistán, con 145 millones de personas y armas nucleares, en un Estado fundamentalista islámico”. La aventura afgana está plagada de problemas. Para empezar, es una pesadilla logística, porque la infraestructura de Afganistán está completamente destrozada después de 21 años de guerra. No hay ferrocarriles ni carreteras que merezcan ese nombre. Para las fuerzas estadounidenses y la OTAN va a ser muy difícil operar desde lejos y tener que utilizar bases aéreas fuera del país.
Afganistán es una tierra montañosa con enormes barreras naturales, en absoluto idóneas para un ejército moderno y con alta tecnología como el de EEUU. Si Washington quiere cumplir sus objetivos no le bastará sólo con bombardeos. Para eliminar a los talibán probablemente será necesaria una invasión por tierra para ocupar Kabul y las principales ciudades afganas. Pero los campamentos de los fundamentalistas quedarían más allá del control militar estadounidense.
Desde la guerra de Vietnam, EEUU ha sido reticente a enviar tropas de tierra. Será una tarea muy difícil para sus topas ganar una guerra en Afganistán. El simple control de Kabul no equivale a dominar el resto de Afganistán. El pueblo afgano está muy bien entrenado en las tácticas de guerra de guerrillas. Dicen que EEUU, cuando expulse a los talibán, planea instalar en el poder a Zaher Shah, el antiguo rey de Afganistán. Según un diplomático: “Zaher Shah es necesario para que Afganistán siga siendo un país viable y unido después de los ataques estadounidenses”. ¡Qué gran idea! Después de la aniquilación total del país quieren que un rey de 86 años de edad construya un país nuevo.
Washington también intenta basarse en la Alianza del Norte. La guerra entre los talibán y la Alianza del Norte se ha intensificado después del asesinato del dirigente de la alianza, Ahmed Shah Massud. Éste resultó gravemente herido después de un ataque suicida y murió el 13 de septiembre. Fue ministro de Defensa del gobierno del presidente Burhanuddin Rabbani, que todavía es reconocido formalmente por todos los países —excepto Pakistán, Arabia Saudí y los Emirato Árabes Unidos—. La Alianza del Norte acusó al ISS y a los talibán del asesinato.
En su última entrevista antes del ataque, Massud señaló correctamente que sin Pakistán “los talibán no durarían seis meses”. En su última visita a Europa, Massud declaró —también correctamente— que “el ejército paquistaní y el ISS están detrás del régimen talibán”. Massud avisó a EEUU que esta vez la guerra no se limitaría sólo a Afganistán.
La Alianza del Norte controla sólo el cinco por ciento del territorio afgano —el resto está bajo el control talibán—. El 11 de septiembre después de los ataques terroristas a EEUU, la Alianza del Norte utilizó lanzacohetes para disparar misiles a Kabul. Rusia ha concentrado sus tropas cerca de la frontera tayika, Irán también ha incrementado sus tropas cerca de la frontera afgana. La fiebre bélica está alcanzando su punto culminante en toda la región.
El movimiento obrero debe condenar el terrorismo individual, independientemente de quién sea el responsable. Pero hay que dejar una cosa clara: el imperialismo estadounidense es responsable de la reacción talibán en Afganistán. Ellos armaron y financiaron a los fundamentalistas en su lucha contra el Estado obrero deformado de Afganistán.
Los marxistas condenamos el terrorismo individual, pero también condenamos el terrorismo de Estado, los efectos de este último son incluso más crueles y completamente inhumanos. Las masas afganas se enfrentan ahora a una situación terrible. Después de las sanciones de la ONU que provocaron una miseria inenarrable, ahora se enfrentan a la amenaza de las bombas y los misiles. ¿Qué es esto sino terrorismo de la peor clase? De esta clase de terrorismo “oficial” las Naciones Unidas, los grupos de derechos humanos, las ONGs y los dirigentes reformistas socialdemócratas guardan silencio. Demuestra la hipocresía de estos expertos que no pierden la oportunidad de expresar su voluntad de luchar contra el terrorismo, pero que apoyan las acciones terroristas del imperialismo estadounidense en Irak, Afganistán y en todas partes.
En realidad, la intención de los imperialistas estadounidenses no es luchar contra el terrorismo, sino reafirmar el dominio de EEUU sobre el mundo e intimidar a las masas de Oriente Próximo, África, Asia y América Latina.
Cuando el pueblo estadounidense dice que se opone a la brutalidad terrorista y a la barbarie, debemos creerles. Pero cuando estos discursos proceden de Bush y el establishment estadounidense, no podemos hacerlo. El ataque terrorista del 11 de septiembre fue un acto desnudo de brutalidad, pero no podemos quitar la responsabilidad que de este crimen tiene la clase dominante estadounidense, que es culpable de crímenes aún mayores.
La primera tarea de la clase obrera estadounidense es intentar comprender las verdaderas razones de la situación actual. Los orígenes del problema no están muy lejos de EEUU, ni en Afganistán, sino dentro de los propios EEUU. La clase dominante de EEUU y del resto del llamado mundo civilizado (capitalista), en última instancia, es la responsable de crear las condiciones que provocaron esta horrible masacre. Pero con sus acciones están preparando nuevas y peores atrocidades.
Cuando se recuperen de la profunda conmoción provocada por la catástrofe del 11 de septiembre, la clase obrera estadounidense comenzará a comprender la verdadera naturaleza del problema al que se enfrenta, dentro y fuera de su país, y comenzará a luchar contra su propia clase dominante. Los efectos de la maquinaria propagandística de la clase dominante estadounidense no van a durar para siempre. Cuando la clase obrera de EEUU entre en acción, cambiará toda la situación mundial.
Los enemigos de la clase obrera estadounidense no son las masas oprimidas de Afganistán, que ya se enfrentan a la horrorosa represión del monstruoso régimen talibán. Su verdadero enemigo está en casa: es el imperialismo estadounidense. La tarea histórica de la clase obrera estadounidense es romper con la clase dominante, con su brutal política y su hipocresía. Es necesario oponerse a la agresión estadounidense contra Afganistán y luchar contra el sistema capitalista que es la verdadera causa de la guerra, la muerte, el terrorismo, el racismo, el hambre, el desempleo y la explotación en todo el mundo.
Sólo hay una salida para poner fin a estas guerras, al terrorismo y al fundamentalismo: la clase obrera debe tomar el poder y llevar adelante la transformación socialista de la sociedad.
Nosotros, los trabajadores de Afganistán y Pakistán, condenamos enérgicamente cualquier agresión del imperialismo estadounidense y la OTAN en esta parte del mundo. No sólo condenamos los ataques, también haremos todo lo que esté en nuestras manos para movilizar a la clase obrera bajo la bandera del movimiento sindical y obrero para resistir la agresión imperialista, para luchar contra el capitalismo y utilizaremos la crisis del sistema para levantar bien alta la bandera del socialismo.