Corriente Marxista Internacional

Con alborozo se recibía en Washington el anuncio de tregua que a finales de junio anunciaban los grupos palestinos opuestos a la Hoja de Ruta (Hamas, Yihad, Mártires de Al-Aqsa…). Parecía que los planes del imperialismo tenían vía libre. En sólo dos Con alborozo se recibía en Washington el anuncio de tregua que a finales de junio anunciaban los grupos palestinos opuestos a la Hoja de Ruta (Hamas, Yihad, Mártires de Al-Aqsa…). Parecía que los planes del imperialismo tenían vía libre.

En sólo dos meses los hechos, siempre tozudos, han desmentido estas optimistas previsiones.

La Hoja de Ruta es el enésimo plan de EEUU para tratar de estabilizar la zona. Un plan sin ningún tipo de solución, cuyo objetivo básico es acabar con la Intifada. A cambio, ninguna concesión seria israelí. El objetivo último: llegar a unas futuras negociaciones con los palestinos derrotados dispuestos a aceptar la ficción de estado que Washington está dispuesto a reconocer.

El fin de la tregua

Evidentemente, una cosa son los planes por escrito y otra la realidad de la lucha. Israel parece tener su propio plan. Considera que la mejor forma de obligar a claudicar a los palestinos es forzar una guerra civil interna y así poder aniquilar los restos de la Autoridad Palestina. Sólo así se entiende el continuo sabotaje a la tregua desde que ésta fue declarada.

Durante julio, el ejército continuó sus operaciones de castigo, detenciones y asesinatos selectivos. Siguió demoliendo viviendas en los territorios ocupados. De los más de 6.000 presos políticos palestinos, no se liberó ni un 10%; el repliegue militar israelí se ciñó a áreas de Gaza y Belén; apenas se desmontaron un puñado de asentamientos sin valor y, sobre todo, continuó la construcción del muro que separa Israel de los territorios ocupados y que roba buena parte de su extensión a los palestinos. Es el llamado muro del apartheid.

En estas condiciones de provocación, cuando realmente no se podía hablar de tregua pues para Israel nunca existió, era inevitable alguna acción de los grupos armados palestinos o de sectores de ellos.

Así ocurrió el 12 y 20 de agosto con nuevos atentados suicidas, especialmente brutal el segundo con veinte muertos en un autobús en el centro de Jerusalén. Fue la excusa para una nueva ofensiva israelí que asesinó al líder de Hamas en Gaza (curiosamente del sector moderado) el 21 de agosto. Esta acción demostraba como Israel está encantado con el fin de la tregua, pues ni siquiera dieron 24 horas a Mazen para ver qué medidas tomaba contra los autores del atentado.

Esta estrategia israelí choca con los deseos americanos que atisban el riesgo que supondría la eliminación total de la Autoridad Palestina y su sustitución por sectores dirigentes de la Intifada, menos manejables y reacios a la claudicación.

La dimisión de Mazen

Durante estos dos meses hemos asistido a continuos enfrentamientos entre Arafat y Mazen. A primeros de julio Mazen amenazó con dimitir para, finalmente, llegar a una nueva componenda con Arafat.

Los medios de comunicación se empeñan en presentar estas diferencias y enfrentamientos como fruto de las maquiavélicas maniobras de Arafat, renuente a abandonar el poder. Estas simplistas explicaciones, de buenos y malos, buscan ocultar el verdadero carácter de Mazen.

Mazen es el hombre de la CIA y el imperialismo en el gobierno palestino. Su misión es la de desarmar la Intifada y preparar el terreno para vender las aspiraciones nacionales y democráticas del pueblo palestino. Esto lo entiende bien la población. Arafat mantiene un 27% de popularidad; el jeque Yasim, de Hamas, un 25%; Barguti, líder de Al-Fatah y la Intifada encarcelado, un 20% y Abu Mazen un pírrico 3%.

Con este panorama el margen de actuación de Mazen era muy limitado. El control de las fuerzas de seguridad palestinas se convirtió en el caballo de batalla entre Arafat y Mazen.

Arafat es el Bonaparte de la situación, oscilando continuamente entre los sectores partidarios de mantener la Intifada y los liquidacionistas. Sus vínculos con el movimiento le hacen comprender que plegarse sin más a los designios de USA significaría ponerse la soga al cuello, política y personalmente. Por esto Arafat no es de fiar para Israel.

Estas contradicciones tenían que acabar estallando y así ha sido con la dimisión de Mazen. Ahora la patata caliente la tiene Arafat. Israel ya ha declarado que la expulsión de Arafat de Palestina es algo inevitable. Es probable que cumplan su amenaza si EEUU no los frena por miedo a las consecuencias de semejante acción. Arafat está en un callejón sin salida, él es el responsable de la actual situación. Su política en la última década es lo que ha fracasado rotundamente. Depositó las aspiraciones palestinas en manos del imperialismo USA y así le ha ido. Abu Mazen no es sino una criatura y una consecuencia lógica de su política.

Ahora no tiene salida, si apoya la Intifada Israel lo echará; si propone un nuevo primer ministro moderado que cuente con el visto bueno occidental, lo sucedido con Mazen tarde o temprano se reproducirá. De hecho parece que el designado es Abu Alá; baste señalar que es dueño de una empresa que vende cemento para la construcción de asentamientos.

A diez años del proceso de Paz de Oslo una conclusión es evidente. La liberación nacional y social del pueblo palestino no vendrá de la mano de componendas diplomáticas, ni de presuntas presiones americanas a Israel. Diez años han transcurrido y la realidad es una: se está otra vez en el punto de partida.

La continuación de la Intifada no es suficiente para avanzar en la situación. Los métodos del coche u hombre bomba, la perspectiva estrechamente nacionalista o peor aún islamista, son una receta para el fracaso. No hay liberación nacional posible sin liberación social, solo una Intifada genuinamente de masas armada con un programa socialista podrá acabar con la pesadilla. Sólo hay salida en la perspectiva de una Federación Socialista de Palestina e Israel.


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