Corriente Marxista Internacional

En el año 1991 el imperialismo americano utilizó a sus aliados para pagar la factura de la intervención. Consiguió que la mayor parte del pago de la guerra lo asumieran otros países, principalmente Arabia Saudí, Kuwait, Alemania y Japón, mientras que Según datos de Unicef en 1991, con 2.500 millones de dólares (dos días y medio de guerra) se reduciría en un 50% la mortalidad infantil y se lograría escolarizar al 80% de los niños del tercer mundo. Según el mismo organismo, con lo que costaba un avión de combate F-15 se podrían producir 62 millones de litros de leche en polvo, mientras que con un misil Patriot se comprarían 117.270 botiquines de primeros auxilios.

La nueva factura

En esta ocasión EEUU tampoco se olvidará de sus aliados a la hora de pasar la gorra para hacer frente a la guerra y, sobre todo, al coste de la reconstrucción de Iraq.

Bush ya ha anunciado la factura de esta nueva guerra: 200.000 millones de dólares (alrededor del 2% del PIB estadounidense), que se incrementará hasta 15.000 o 20.000 millones de dólares más al año si se tiene en cuenta que EEUU pretende la ocupación militar de Iraq (El País, 2/12/02). Los gastos exclusivamente militares, incluyendo el despliegue de 250.000 tropas estadounidenses, estarían alrededor de los 60.000 millones de dólares. Sin embargo, según los expertos del Comité Presupuestario del Congreso de EEUU, el presupuesto se cuadriplicará si se tienen en cuenta los gastos de la ocupación posterior de Iraq. A esto habría que sumarle las consecuencias para la economía de la subida del precio del petróleo, que ya ha superado los 30 dólares por barril e incluso puede llegar a los 60 dólares. Según los economistas Warwick McKibbin y Andrew Stoeckel, El Mundo, 21/02/03, “sumando los gastos del previsible aumento del petróleo, el crecimiento de los presupuestos militares y los efectos negativos en la economía (...) la guerra conllevaría pérdidas de 173.000 millones de dólares” a la economía mundial en el 2003. Esto en el mejor de los escenarios: una guerra corta, de lo contrario esta cifra se podría triplicar.

En Gran Bretaña el ministro del Tesoro, Gordon Brown, cifró el pasado 12 de febrero los costes de la guerra para su país en 2.725 millones de euros, casi el doble de lo que tenían previsto en el mes de noviembre. Sin embargo, según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) el coste de la guerra para Gran Bretaña, con los 42.000 soldados que ha movilizado, oscilará entre los 4.800 y los 5.300 millones de euros, mientras que EEUU se gastará 31.000 millones de euros (El País, 13/01/03). Según el Informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) acabar con el hambre y la desnutrición, garantizar la educación, proporcionar asistencia médica básica a toda la población mundial, luchar contra la falta de agua potable,... costaría 40.000 millones de dólares al año, durante diez años. Es decir, prácticamente lo mismo que el presupuesto del Pentágono, de 345.000 millones de dólares. Aquí vemos la hipocresía de los gobiernos capitalistas. Para la guerra siempre hay dinero, para cubrir las necesidades más básicas de la población, nunca. La única razón es que no es rentable.

El gasto en el Estado español

En el Estado español, la implicación del gobierno Aznar en esta guerra ya está teniendo consecuencias prácticas. Ya se ha autorizado, en la base de Morón, el despliegue de hasta 25 aviones para reabastecer en vuelo a los aviones. El gobierno del PSOE en 1991 se gastó en el combustible para abastecer a toda la flota estadounidense que pasó por las bases americanas en territorio español más de 75.000 millones de pesetas. Evidentemente volveremos a pagar esta factura al alza. En la base militar de Rota se están construyendo 44 barracones para el alojamiento de más de 600 militares que van de paso al Golfo, en unas obras que costarán alrededor de 500.000 dólares (El País, 17/02/03). Además, también en Rota, están haciendo obras por valor de 200 millones de dólares que incluyen la construcción de 16 aparcamientos para grandes aviones de transporte. Desde el 9 de febrero se ha puesto en marcha la operación Strog Escort (Escolta en el Estrecho) en la que a la Armada española, para regocijo del señor Trillo, se le ha encomendado la misión de proteger todos los buques cargados con material militar estadounidense y en la que participa la fragata española Numancia, varios patrulleros, un avión P-3 Orión y la información de los radares del Mando de Artillería de Costa, del Ejército de Tierra y el Sistema Integral de Vigilancia del Estrecho. Es más, tras la visita de Aznar al amo Bush, las presiones para una mayor implicación militar española no se habrán hecho esperar. Países como Rumania o la República Checa ya han ofrecido unos 300 militares cada uno para este conflicto. De hecho, ya se baraja la posibilidad de enviar el portaaviones Príncipe de Asturias a la zona del Golfo. También se está discutiendo el envío de otras dos fragatas o dos cazaminas y el despliegue de un escuadrón de cazabombarderos F-18 y un batallón de infantería. Lo que ya es seguro es el desplazamiento de 39 oficiales y suboficiales del Ejército del Aire en los aviones AWACS que la OTAN va a desplegar en Turquía.

El presupuesto de Defensa se está incrementando espectacularmente. En la actualidad el gasto militar diario es de 45 millones de euros (7.400 millones de pesetas). Es escandaloso que en el Estado español se destinen 1.500 millones de euros al año en investigación militar, lo que significa once veces más que el gasto del gobierno para investigación sanitaria y 300 veces más que lo destinado a la mejora del sistema educativo.

No podemos permitir que mientras el PP nos racanea el dinero para hacer frente a la marea negra en Galicia y la costa cantábrica, mientras se recortan los gastos sociales, se quita dinero para la enseñanza pública, se recortan las prestaciones por desempleo, etc. se utilice ese dinero para una guerra en la que sólo se dilucidan los intereses de las grandes multinacionales del petróleo. Mientras éstas vuelven a hacer el negocio del siglo, las familias trabajadoras pagaremos la factura en un país tras otro.


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