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Joinville es la mayor ciudad del estado de Santa Catalina (sudeste del Brasil) y el tercer polo industrial del sur del país. Para comprender el peso que tiene el proletariado industrial de Joinville, basta con saber que en esta ciudad hay 760 fábricas metalúrgicas de máquinas herramienta.

 

Joinville es la mayor ciudad del estado de Santa Catalina (sudeste del Brasil) y el tercer polo industrial del sur del país. Para comprender el peso que tiene el proletariado industrial de Joinville, basta con saber que en esta ciudad hay 760 fábricas metalúrgicas de máquinas herramienta.

En el pasado, fue un importante centro textil y el sector plástico estaba muy desarrollado. Hoy, Joinville pasa por una transformación en la que se combinan cierres y concentraciones.

En esta situación, los trabajadores se han visto en la necesidad de tomar el control de dos grandes empresas, Cipla SA e Intrafibra SA. Sus objetivos: mantener los 1 000 puestos de trabajo, cobrar los salarios atrasados y los atrasos de cargas sociales.

En enero de 2002, se produjo un intento de huelga. Pero, falto de dirección, no pudo impedir 140 despidos.

El 24 de octubre de 2002, cuando la huelga estalla de nuevo, todo se organiza de otro modo. Tras varias asambleas, los 1 000 trabajadores de esas dos empresas del grupo HB van a la huelga. Faltaban tres días para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. La víspera, una delegación de 90 obreros que participaban en el mitin de cierre de campaña en Florianópolis, le entregó personalmente una carta al candidato a la presidencia, Lula. Esta carta pedía a Lula que ayudara a resolver la cuestión salvando los puestos de trabajo y se solidarizaba con su candidatura.

En la asamblea que decidió la huelga, la dirección del sindicato de los plásticos, que había "cedido", bajo la presión de los obreros, el local para realizar las asambleas, presentó un dictamen "jurídico" que afirmaba que la huelga era ilegal y no podía ser apoyada oficialmente por el sindicato. Ignorando esta advertencia "pelega" ("amarilla") de la dirección sindical, la asamblea, absolutamente masiva, votó por unanimidad iniciar la huelga a las 5 de la mañana. La dirección del sindicato declaró entonces su apoyo a la "decisión de los trabajadores" y se dispuso a acompañar las actividades.

Durante ocho días, en los piquetes de huelga, hombres y mujeres sufrieron todo tipo de presiones: intento de introducir rompehuelgas a sueldo, violencia policial con gases lacrimógenos, porras, etc. Pero los piquetes no cesaban de aumentar en número y en actividades. Y la solidaridad popular crecía a través de manifestaciones diversas, en particular aportaciones a la caja de resistencia.

Durante las negociaciones, el comité de huelga y el sindicato obtuvieron el apoyo de los concejales, del ministerio público federal y estatal, del alcalde y del gobernador electo, y de los diputados del PT.

Tras innumerables e interminables rondas de negociaciones, los patronos declararon que no podían pagar los salarios y las deudas sociales y fiscales. Propusieron entonces ceder a los trabajadores todas las acciones de las dos empresas, traspasándoles a cambio la titularidad de las deudas sociales. En asamblea, los trabajadores decidieron asumir el control administrativo y financiero por un período transitorio de 90 días. Durante este período, se haría un estudio para evaluar la situación real de ambas empresas. Se eligió una comisión de transición para dirigir la empresa. La finalidad del comité de huelga no era transformar a los obreros en obreros-patronos, sino ganar tiempo para definir, junto con los trabajadores, una orientación clara, con tres objetivos:

Los trabajadores eligieron entonces una comisión de cuatro miembros para dirigir cada una de las dos empresas, y reiniciaron la producción.

Decidieron luchar para que el gobierno nacionalizase las empresas, único camino para salvar los 1 000 puestos de trabajo.

Diputados, concejales y sindicalistas fueron invitados a visitar las empresas para ver cómo funcionaban. Se formó un consejo de empresa con delegados elegidos y revocables en todo momento por los diversos sectores de la fábrica. Asambleas por equipos, asambleas generales y reuniones por sectores organizaban permanentemente a los trabajadores.

La lucha continúa en toda la ciudad

Toda la ciudad sabía que los trabajadores ocupaban la Cipla y la Interfibra. Y en los barrios, las escuelas, plazas, autobuses, todos discutían sobre esto con un impresionante espíritu de solidaridad con los obreros. Prácticamente todas las familias de los trabajadores de Joinville habían tenido o tenían a alguien que trabajaba en una u otra de esas empresas.

Tras la elección de Lula, los trabajadores decidieron enviarle una nueva carta -esta vez como presidente-, con miles de firmas recogidas por los obreros en sus barrios. Esta carta pedía a Lula que nacionalizase las dos empresas para que el gobierno enjuagase sus deudas y salvase los 1 000 empleos. Pedía también que recibiese a una delegación para discutir sobre la situación.

También decidieron y realizaron un gran mitin con miles de trabajadores en el centro de la ciudad, el 13 de diciembre de 2002. Con inagotable energía, los obreros organizaron en toda la ciudad la recogida de firmas, en las terminales de autobuses, en innumerables reuniones, debates en los que explicaban su lucha, en asambleas de barrio, encuentros en las escuelas, reuniones religiosas, en la puerta de las demás empresas. Fue una acción de masas que encontró un impresionante eco de solidaridad de clase en la ciudad obrera. Sólo en Joinville se recogieron 60 000 firmas de esta carta. Otras 10 000 firmas llegaron de todo el Brasil, obteniéndose en total más de 70 000 firmas a escala nacional.

Toda la diferencia entre "antes" y "después" estribó en la organización. Es lo que permitió la acción y la orientación políticas firmes que, un año y medio después, permite aún que esos trabajadores continúen su lucha, no como mendigos, sino como trabajadores orgullosos de lo que han hecho y de lo que hacen. Y esos trabajadores, que nunca antes habían "hecho política", y que, en su mayoría, ni siquiera estaban sindicados, para salvar sus empleos tuvieron que levantarse como gigantes no sólo frente a los patronos, sino también frente al poder judicial, y enfrentarse al principal poder político de la nación: el gobierno que ellos mismos habían elegido.

Las multinacionales: Volvo ataca

Cuando los trabajadores asumieron el control de las empresas, la práctica totalidad de los ingresos de Cipla los proporcionaban clientes industriales. Fábricas como Mercedes Benz, Volvo, Scania y otras multinacionales como Electrolux, Multibras (Cônsul), etc. En diciembre de 2002, Cipla tuvo conocimiento de un comunicado de Volvo-Brasil declarando que, a la vista de la situación en la fábrica, Volvo-Suecia, la matriz mundial, había decidido retirar su utillaje (moldes) y parar las compras.

El 20 de diciembre de 2002, un viernes a las 18 h., un oficial de justicia se presentaba en Cipla provisto de un mandato judicial que autorizaba a Volvo a retirar todas sus herramientas (moldes) de la fábrica Cipla. Le acompañaba un abogado de Volvo y una patrulla de policías armados. En el mandato judicial, podía leerse la razón por la que Volvo demandaba al juez la retirada de sus moldes: "En Cipla, los obreros han tomado literalmente el poder."

Inmediatamente, la fábrica fue paralizada por la comisión de transición y los obreros, que bloqueaban los dos accesos. Llevaron raíles para cortar la entrada; y, para reforzar la barricada, se colocaron dos camiones interceptando los accesos. Advertidos por teléfono, empezaron a acudir trabajadores de los barrios. Llegaban al local parlamentarios del PT y tomaban posición en la misma línea: impedir la retirada de los moldes. Militantes de Juventud Revolución se unían al bloqueo y ayudaban a aplicar todas las medidas adoptadas. La policía vacilaba y no actuaba. La situación parecía sin salida.

A las 23'30 h., en una reunión en la jefatura de policía de Joinville, constatando que no había medio de entrar pacíficamente en la fábrica, el jefe de la policía, sometido a una gran presión, aplazó la ejecución de la orden hasta las 14 h. del día siguiente, "para ver lo que hacemos".

Durante la noche, la movilización crecía; por la mañana el patio estaba cubierto de tiendas de campaña y la llegada de trabajadores y familias no tenía fin. La movilización era impresionante. Todo el mundo encontraba algo que hacer, todos se preparaban para defender los puestos de trabajo hasta el final. Nadie dormía. Los que ya habían participado en otras luchas contaban historias de huelgas, de manifestaciones, de enfrentamientos con la policía. Los jóvenes de Juventud Revolución contaban las recientes movilizaciones de miles de estudiantes por el transporte gratuito, y los enfrentamientos con la policía. Viejos obreros y obreras que nunca habían participado en nada semejante escuchaban con atención, mientras que sus arrugados ojos iban del narrador a la puerta guardada por sus compañeros. La noche era larga, cálida y solidaria.

Al día siguiente, sábado, a las 10 h. de la mañana, mientras la movilización seguía creciendo en la fábrica, el abogado de los trabajadores se reunía con el juez de Joinville que había dado la orden autorizando la utilización de las fuerzas policiales. El abogado, un militante obrero, exponía la situación al juez, explicando que si mantenía la orden, iba a "pasar la Navidad con las manos manchadas de sangre de los obreros que habían decidido no entregar los moldes a Volvo". El juez, con un sentido de la justicia estimulado por la proximidad de la Navidad, decidía aplazar la aplicación del mandato, "para ver, en enero, lo que hacemos".

Volvo era presa del pánico. La no entrega de las piezas iba a empezar a paralizar sus fábricas en seis países. Volvo aceptó entonces un acuerdo: a cambio de la entrega de los moldes efectuaría un pago equivalente a 15 meses de beneficios netos de la producción contratada por Volvo. La fábrica explotaba de alegría. Todo el mundo celebraba el acontecimiento. Ese dinero se utilizaría para la comprar materias primas que harían posible relanzar la línea de construcción y, además, ayudarían a pagar los salarios del mes, justo la víspera de Navidad.

Otras fábricas son ocupadas después

El 12 de junio, a la vuelta de la audiencia con Lula en Brasilia, los 350 trabajadores de Joinville fueron a ayudar a los 70 trabajadores de Flasko -fábrica de plásticos, también del grupo HB, situada en Sumaré (estado de São Paulo)- a tomar el control administrativo y financiero de la empresa. Con la ocupación de Flasko, el objetivo de la lucha pasaba a ser salvar 1 070 puestos de trabajo.

En diciembre de 2003, los 70 obreros de las fábricas de jabón JB Costa, de Recife (estado de Pernambuco) y los 143 obreros de Flakepet, en Itapevi (estado de São Paulo), al tener conocimiento de la ocupación de Cipla, de Interfibra y Flasko, fueron a la huelga y ocuparon ambas empresas, incorporándose a la coordinación de las fábricas ocupadas. También en Recife los metalúrgicos de la fábrica Esquadrimental intentaban hacerse con la fábrica cerrada y ponerla de nuevo en funcionamiento con la ayuda de los trabajadores de JB Costa, del sindicato de los trabajadores de la industria química de Recife y del Sinpro de Pernambuco. Pero el sindicato de los metalúrgicos, orientándolos hacia las cooperativas, es decir, encerrándoles en un impasse, como mostraremos más adelante, rompió la lucha y los trabajadores tuvieron que apelar a la justicia.

En marzo de 2004, entró a su vez en huelga la fábrica de cocinas Oly, en Hortolandia (estado de São Paulo).

A finales de marzo de 2004, se incorpora al movimiento la fábrica de botones Diamantina, en Curitiba (estado de Paraná). A las 14 h., ocupaban la fábrica. A las 16 h., Cipla recibía un comunicado enviado por la CUT del Paraná pidiendo ayuda, y se ponía inmediatamente a su disposición.

Todas esas empresas ocupadas eran dirigidas por consejos de empresa agrupados en la Coordinación de Consejos de las Empresas Ocupadas y en Lucha, constituida el 16 de febrero de 2004 en una reunión en la sede nacional de la CUT, en São Paulo.

"Economía solidaria": cooperativas y autogestión

En una época en la que todos los gobiernos y muchos sindicatos hablan de "economía solidaria", la autogestión y las cooperativas se presentan como la solución para salvar los puestos de trabajo.

Las cooperativas son, básicamente, un acuerdo entre los trabajadores que se apropian judicialmente (en general renunciando a sus propios derechos sociales) de los medios de producción (máquinas, talleres, herramientas, etc.), ante la amenaza de cierre de una empresa, y empiezan a producir. Pasan así a depender de la legislación sobre cooperativas.

La primera legislación brasileña que menciona las cooperativas data de enero de 1903. El decreto 799/03 permitió a los sindicatos organizar cajas rurales de crédito y formar cooperativas agrícolas y de consumo.

Un nuevo decreto n° 22 239, el 19 de diciembre de 1932, fue la primera ley orgánica sobre cooperativas en Brasil.

El 16 de diciembre de 1971, el dictador Emilio Garrastazu Médici hizo aprobar la ley n° 5 764, que definió el régimen jurídico de las cooperativas, su constitución y su funcionamiento, el sistema de representación y los órganos de apoyo (ley aún hoy en vigor). Uno de los principales puntos de la legislación en vigor es:

"El cooperativismo, que obedece a un régimen jurídico propio, no tiene obligación en lo que respecta a las cargas sociales y fiscales, que no tienen incidencia en las actividades de la sociedad cooperativa" (Maria Lucia Arruda, Cooppark).

La cooperativa no es más que la principal forma de lo que se llama la "autogestión". Existen otras. Por ejemplo, los trabajadores pueden asumir la empresa convirtiéndose en accionistas especulativos. Las cooperativas más organizadas, si logran sobrevivir, llegan a tomar parte en los beneficios (cuyo nombre legal en las cooperativas es "los restos") para pagar primas como el mes 13º, los permisos pagados, etc.

Pero el problema central para las cooperativas es el mismo que lleva a la crisis a todas las empresas en el sistema capitalista.

La mano amiga que empuña el cuchillo

En el sistema capitalista, todos los días quiebran y desaparecen empresas debido a la competencia, a la fuerza de los monopolios, de las multinacionales, del capital financiero, que lo engulle todo. El medio para evitar la quiebra es bajar el coste de la producción o aumentar la productividad. Pero esto conduce a la famosa "reducción de efectivos", que es la única variable de ajuste (los gastos de capital variable, los salarios directos o diferidos). Así, la búsqueda del mantenimiento de los niveles de beneficio lleva inevitablemente a una situación en la que hay que realizar más trabajo, pagando el mismo precio a la fuerza de trabajo. En una empresa capitalista, la organización obrera, el sindicato, afronta esta situación e impide el aumento de la jornada laboral o hace que al patrón le cueste tanto que no le merece la pena. En la cooperativa, la organización independiente de la clase obrera queda de hecho disuelta, puesto que los trabajadores son supuestamente "propietarios" y, al mismo tiempo, su propia fuerza de trabajo. Esto lleva a los trabajadores a "organizarse" finalmente contra ellos mismos, no para resistir a la explotación, sino, por el contrario, para organizar su propia explotación. Por eso, en la "economía solidaria", es común ver la desreglamentación total de la jornada laboral, la ruptura permanente del descanso semanal remunerado, etc. Ya que ahora, se les dice a los trabajadores, "el negocio es nuestro".

La economía capitalista, por sus propias leyes internas, obliga a las empresas a aumentar permanentemente la inversión en automatización, en nuevas máquinas y herramientas, a hacer "replanificaciones de la producción", buscando una mayor productividad, etc. Lo que acaba por hacer que "sobren" obreros. Entonces, hay que comenzar por "redimensionar el negocio", con despidos incentivados o no. El resultado de esta lógica infernal es que, constituyendo una cooperativa, una parte de los trabajadores acaba, tarde o temprano, por verse obligada a elegir a qué compañeros va a despedir. Por eso, enseguida se forman grupos, para elegir a los dirigentes de la cooperativa que protejan a los miembros de "su grupo", organizando el despido de "los otros".

El origen de las cooperativas

El pope de las cooperativas en el Brasil es el conocido profesor y economista Paul Singer, que pretende dar una justificación "teórica" a la acción, muy política, de crear cooperativas en lugar de defender los puestos de trabajo y salvar el tejido industrial. Paul Singer es el secretario nacional de Economía Solidaria (SNAES), órgano del Ministerio de Trabajo del gobierno Lula. A partir de ahí, mezcla conceptos, deforma otros y compone una increíble y ecléctica mixtura con apariencia de teoría.

Veamos lo que dice Paul Singer sobre la "economía solidaria": 

«La economía solidaria fue inventada por los obreros en los comienzos del capitalismo industrial, como respuesta a la pobreza y al paro, resultantes de la invasión "desreglamentada" de la maquinaria industrial y de las máquinas de vapor, a comienzos del siglo XIX. Las cooperativas eran intentos, por parte de los trabajadores, de recuperar trabajo y autonomía económica, aprovechando las nuevas fuerzas productivas. Su estructuración obedecía a los valores básicos del movimiento obrero de igualdad y de democracia, sintetizados en la ideología del socialismo. En la Gran Bretaña, la primera gran oleada de cooperativismo de producción fue contemporánea a la expansión de los sindicatos y a la lucha por el sufragio universal.»

El profesor debería rescribir su texto, diciendo que las "cooperativas", y no la "economía solidaria", fueron constituidas por los obreros como vanos intentos de dar una respuesta a la pobreza y al paro resultantes de las grandes crisis económicas vividas por el capitalismo, que se consolidaba aún, a principios del siglo XIX, como fuerza dominante. Y que nada tienen que ver con el socialismo moderno, sino con el pasado de la economía y con el socialismo utópico. Paul Singer debería decir también que la aparición y reforzamiento de los sindicatos y de la lucha de clases en Inglaterra y, más tarde, en 1905, su expansión política con la creación del Partido Laborista, este crecimiento de la organización proletaria y su conciencia de clase hicieron desaparecer prácticamente el cooperativismo inglés. Así como en el resto de Europa.

Debería explicar que su "ideología", como él dice, en realidad tenía su origen en vestigios de "nostalgia" de las corporaciones de oficios de la era feudal, que el capitalismo liquidaba. Esas asociaciones obligatorias, los gremios, controlaban y reglamentaban el proceso productivo artesanal, determinando calidad, precio, cantidad producida, margen de beneficios, y el aprendizaje y la jerarquía de los oficios en la era feudal. Los maestros de cada oficio eran dueños de las herramientas y proporcionaban la materia prima. Eso son los "cooperadores" de hoy. Esas corporaciones se entrelazaban en asociaciones para el apoyo mutuo y para controlar la reglamentación de los oficios. Los gremios feudales son, evidentemente, la idea madre de la "economía solidaria" de hoy.

El movimiento obrero, confuso y titubeante aún, inseguro de sus fuerzas y de su capacidad, sin saber cómo avanzar, miraba a menudo hacia el pasado con nostalgia "de otros tiempos menos duros". En toda la historia, hemos conocido esas situaciones transitorias. En Francia, los obreros, agobiados por las condiciones de trabajo y por las interminables jornadas, arrojaban sus zuecos dentro de las máquinas, las destruían. Inventaron el "sabotaje"[1]. En Inglaterra, el "ludismo", movimiento de artesanos rebeldes, destruía las máquinas, quemaba las fábricas de tejidos en los años 1811-1816, como respuesta a la crisis económica inglesa.

En esos tiempos confusos del principio del movimiento obrero, la Unión Internacional de los Estibadores, que tenía su sede en Londres, lanzó un manifiesto preconizando el sabotaje como forma de acción de los obreros. Era el movimiento llamado el "Go Canny" (cuyo sentido sería, aproximadamente, "trabaja de la manera que te plazca" o "trabajo poco", etc.). Los franceses reventaban las máquinas. Los ludistas quemaban las fábricas. Los estibadores saboteaban los barcos. Todos intentaban resolver la crisis volviendo al pasado. Esto sucedió al principio. Pero el movimiento obrero creció, maduró, y desarrolló sus propios medios de lucha, construyendo organizaciones independientes y defendiéndose colectivamente. Su perspectiva es el futuro, el socialismo, el fin del régimen de propiedad privada de los grandes medios de producción.

La "doctrina social de la Iglesia"

Pero hay un sector que nunca se ha conformado con el fin de la era feudal, es el Vaticano y su Iglesia. Al fin y al cabo, la Iglesia era una gran terrateniente, formaba parte de las clases dominantes o, más bien, controlaba a las clases dominantes. Como parte de su sistema político-teológico de control social y de pillaje de la riqueza producida, la Iglesia propagaba una "ideología" que condenaba la codicia, el beneficio, los intereses (defensa del justo precio o salvo a un precio justo). El gremio, que destruido por la fábrica capitalista de trabajadores asalariados, siguió siendo su ideal de relaciones de producción en lo que respecta a la producción de bienes de consumo. Por eso la Iglesia Católica ha sido la gran propagandista, aunque no la única, de las cooperativas en todo el mundo y lo es aún hoy. No hay un solo sindicato controlado por la democracia cristiana, en Europa, que no preconice la constitución de cooperativas. Esto ha tenido un desarrollo más importante y estructurado con la llegada de la "doctrina social de la Iglesia", aparecida con la encíclica Rerum Novarum de León XIII, en 1891.

Este texto, increíblemente reaccionario, fue la base de la propuesta de Pío XI, en 1931, de un régimen corporativista "ni capitalista, ni socialista", que el duce Mussolini erigió en Italia, con todas las consecuencias conocidas para la humanidad. Sigue siendo hoy una de las bases fundamentales de la concepción corporativista, que intenta realizar la conciliación de clases en oposición a la lucha de clases, "fusionando capital y trabajo". La cooperativa, para esta política, es mano de santo, puesto que transforma a los trabajadores en obreros-patronos. Así se presenta como combatiendo tanto el capitalismo, que tantos males produce, como el veneno socialista que maléficos subversivos introducen en la clase obrera.

El socialismo utópico, el fin de la lucha de clases y las cooperativas

Los socialistas utópicos, que se caracterizaban por querer superar los sufrimientos de la vida mediante arbitrarias construcciones de la voluntad, ya se apuntaron a las cooperativas en unos intentos del tipo "economía solidaria" para realizar, al menos al principio y por algún tiempo, su ideal de solidaridad, de fraternidad y de comunión de los espíritus fuera del tiempo y de la realidad. Los socialistas utópicos de los siglos XVIII y XIX eran combatientes de unos nuevos tiempos en los que todo resultaba muy confuso aún para el proletariado, cuyas organizaciones de clase apenas empezaban a surgir y, por lo mismo, apenas empezaba a construir y a solidificar su conciencia de clase. Para enterrar todo eso hizo falta el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, después la Comuna de París  ("al asalto del cielo", como dijo Marx), y finalmente la Revolución Rusa de 1917.

El cooperativismo y la supuesta "economía solidaria" no son ya éxtasis de románticos, sino que sirven a unos fines bien definidos en la economía mundial dominada por la especulación financiera. Veremos más adelante qué fuerza política y social condujo al intento de resucitar los gremios feudales en pleno siglo XX.

El amable economista y profesor Paul Singer es consciente de ello cuando explica que lo que él hace es negar la lucha de clases y la incompatibilidad entre el capital y el trabajo. "La empresa solidaria niega la separación entre trabajo y posesión de los medios de producción, que es reconocida como la base del capitalismo. La empresa capitalista pertenece a los inversores, a los que proporcionan el dinero para adquirir los medios de producción y, por ello, su única finalidad es darles beneficios, el máximo posible de beneficio en relación con el capital invertido."

 Como si los cooperativistas que han depositado todo su pequeño capital no pretendiesen también recuperar lo más posible. Y prosigue:

"El capital de la empresa solidaria es propiedad de los que en ella trabajan, y solamente de ellos. Trabajo y capital se fusionan, porque todos los que trabajan son propietarios de la empresa y no hay propietarios que no trabajen en ella. Y la propiedad de la empresa es compartida a partes iguales entre todos los trabajadores, para que todos tengan el mismo poder de decisión sobre ella."

Según el profesor, si todos los accionistas de la General Motors trabajasen en la General Motors, tendríamos la fusión del capital con el trabajo. Y si las acciones fuesen repartidas también entre todos los trabajadores de la empresa, esta fusión sería completa, porque todos tendrían "el mismo poder de decisión sobre ella". Los genios son muy distraídos, por eso el profesor ha olvidado el mundo capitalista, que está allá lejos, fuera, y las relaciones sociales capitalistas dominantes en todas las esferas de la producción mundial.

La teoría corporativista pretende hacer desaparecer la lucha de clases

Como siempre, lo mejor para comprender el sentido real de una cosa es remitirse a lo que dicen de ella sus defensores. Todos ellos explican que su objetivo es amortiguar o evitar el choque entre el capital y el trabajo. Es decir, de impedir que los trabajadores reaccionen políticamente, en tanto que clase, frente a la barbarie imperialista, poniendo en tela de juicio el régimen basado en la propiedad privada de los grandes medios de producción.

En el sistema capitalista, los trabajadores sólo tienen para ofrecer la más preciosa de las mercancías, su fuerza de trabajo. He aquí cómo describe Paul Singer, cínicamente, los esfuerzos necesarios para romper la resistencia obrera:

«En el proceso de transformación de una empresa que ha quebrado, o que está en proceso de quiebra, en una empresa solidaria, siempre hay una serie de etapas cruciales. La primera es conseguir el acuerdo de los propios trabajadores, que deben aceptar cambiar sus derechos sociales por una cuota de capital de "su" nueva empresa.»

 De este modo, realizando la fusión capital-trabajo propuesta por Paul Singer, la cooperativa, los antiguos trabajadores asumen el coste que, normalmente, correspondería al capitalista, la inversión en máquinas y herramientas. Así se disipan lentamente partes de sus propios salarios y, por lo tanto, del precio por el que, anteriormente, vendían su fuerza de trabajo, y que se concretaba en valores recibidos o por recibir, directos (salarios) o diferidos (protección social, vacaciones, etc.).

Con la cooperativa, se pide a los trabajadores que realicen contra ellos mismos lo que los patronos no conseguían imponerles: reducción de salarios y derechos sociales, aumento de la explotación, flexibilidad...

En una sociedad basada en unas relaciones capitalistas de producción, fundamentalmente, no hay alternativa: o eres propietario de los medios de producción, o vendes tu fuerza de trabajo para sobrevivir. Y si los medios de producción están en tu poder, tienes que comprar una mercancía que sea capaz, en el proceso de producción, de generar más capital del que consume, es decir, del que cuesta. Esa mercancía única es la fuerza de trabajo.

Como, en el proceso de producción, ese "plus" sólo puede crearse a través de la explotación de la fuerza de trabajo, es decir, pagando sólo una parte del trabajo realizado, ya sea un "trabajador" cooperativista o un trabajador asalariado, es de él de donde se saca ese "plus". Cuanto más se necesita ese "plus", más hay que aumentar la explotación del trabajo, o el capital total se desvaloriza y es la bancarrota.

Así pues, en vano intenta la teoría cooperativista barrer la lucha de clases y aparecer como un nuevo medio de producción que, lentamente, estaría estableciéndose sobre los escombros de la decadencia capitalista. Mientras el modo de producción dominante en el mercado mundial sea el capitalista, todas las demás relaciones de producción se subordinarán a él. El cooperativismo, pues, está enteramente determinado, en última instancia, por las leyes y tendencias fundamentales del capital. El intento nostálgico de establecer, de hacer revivir una relación de producción precapitalista tiene como consecuencia única y real engañar con falsas apariencias al proletariado en su lucha contra el capital. Y burlar al ejército del proletariado robándole la independencia de clase y dejándole ciego, atado de pies y manos, en medio de la barbarie imperialista que el capital organiza en todo el planeta, amenazando toda la civilización. Sólo la lucha de clase del proletariado organizado, defendiendo palmo a palmo sus viejas conquistas, puede salvar a la humanidad de la barbarie que engendra la anarquía del mercado capitalista y que sus propias leyes y tendencias internas llevan a la catástrofe. Engañar y disolver a la clase obrera y sus organizaciones impidiendo y desviando su lucha de clase contra la clase capitalista y su dominación, es un golpe y una amenaza contra la civilización.

Para aclarar esto, hay que examinar la acción concreta y las consecuencias de la orientación de la supuesta "economía solidaria". Que, como veremos, de solidaria no tiene nada. No es necesario extenderse sobre la propuesta de la "economía solidaria" de establecer un comercio y una producción "solidarias", que se establecerían y sobrevivirían entre fábricas y asociaciones de vecinos, sindicatos y otras organizaciones "populares", sin hablar de las ONG, financiadas todas ellas por los gobiernos y por el Banco Mundial. Es una propuesta tan ridícula, en un mercado mundial dominado por las multinacionales y por el capital financiero, que no merece la pena desperdiciar tinta para rebatirla. Pero puede dar una idea de la ignorancia económica de quien la defiende o de la mala fe de los economistas que la propagan, salvo que sean economistas de la religión, es decir, del más allá. Esta estupidez de la "economía solidaria" sólo es comparable con la idea de "comercio justo", nacional o internacional, que es una contradicción de principios. El hilo conductor de todas esas brillantes ideas es la voluntad divina de borrar la lucha de clases e impedir la confrontación entre revolución y contrarrevolución, que domina el mundo de hoy. Esas teorías pueden ser piadosas, pero son, ante todo, contrarrevolucionarias.   

La ilusión de la "economía solidaria"

En la creación de una cooperativa, en general, los impuestos y las cargas sociales que el antiguo patrono no pagó o robó se dan por perdidos. Así pues, la cooperativa liquida toda posibilidad de que el Estado recupere lo que se le ha robado, que forma parte de la base económica de existencia de servicios públicos como la sanidad o la educación. La creación de cooperativas libera al Estado de sus responsabilidades respecto de los servicios públicos. La nueva ley de quiebras, en discusión en el Congreso Nacional bajo la presión del FMI y de la burguesía nacional, resuelve definitivamente esta cuestión permitiendo que cuando se crea una nueva empresa sobre los escombros de la anterior, se dé prioridad al pago de los créditos financieros o internacionales, y se acabe con la obligación de sucesión.

El resultado de esta perversión impuesta por el capital financiero es que ni siquiera los "créditos obreros" irán a parar a los trabajadores. Todo o la mayor parte se lo tragará el capital financiero.

En una economía aplastada por el capital especulativo, no hay salida para las empresas cooperativas o autogestionarias. La ley de la plusvalía, la ley de la baja tendencial de la tasa de beneficio empujan al abismo inexorablemente a toda la economía capitalista, lo que se traduce en la destrucción masiva de la principal fuerza productiva, la fuerza de trabajo. Y la especulación financiera desempeña en ello un papel de acelerador, llevando a todas las empresas a atacar masivamente el "coste del trabajo". Ninguna cooperativa o empresa autogestionaria puede escapar a esto. Esos intentos acaban por transformar a los obreros en sus propios verdugos. Y, lo que es más grave aún, los privan de toda perspectiva de combate de clase contra la clase capitalista para acabar con la opresión y la explotación. La lógica de la economía los lleva a buscar mercados, a disputarlos, a aumentar su "superioridad comparativa", a combatir y destruir a otras fábricas competidoras, es decir, a destruir los puestos de trabajo de sus propios hermanos.

En el caso de la recuperación de una empresa, alejarse del eje de la lucha por la nacionalización supone, inevitablemente, caer en la trampa reaccionaria de la autogestión o de la cooperativa. O en la parálisis absoluta. No se puede vencer en ninguno de esos supuestos. La lucha por la nacionalización es, ciertamente, muy dura y difícil, pero puede permitir que se salven los 1 000 puestos de trabajo de la Cipla y de Interfibra.

Cómo planteamos la cuestión

Esas ocupaciones y el control administrativo y económico de los obreros sólo se dan en situaciones prerrevolucionarias o revolucionarias. La ocupación de Cipla e Interfibra lo demuestra: habiéndose realizado en el momento de una victoria electoral del candidato del PT a la presidencia, Lula, expresaba de manera deformada el impulso profundo del movimiento de las masas y abría una situación revolucionaria en Brasil. Es la diferencia de fondo entre la huelga de la Cipla, en enero de 2002, que acabó con despidos masivos, y la huelga de octubre del mismo año, que acabó con la toma de la fábrica.

A partir de ahí, la propia ocupación plantea a los obreros la cuestión de la supervivencia en el mercado capitalista, sin capital y a contracorriente de la acción de los monopolios, de las multinacionales, de los bancos y de la especulación financiera desenfrenada. Es decir, la cuestión de cómo salvar sus puestos de trabajo. La única respuesta realista a esa pregunta es que el Estado asegure la supervivencia de la fábrica. Y, en el caso de Lula, que el gobierno asuma sus responsabilidades o, más concretamente, que Lula asuma las suyas.

Para ello hace falta organización y, por lo tanto, que la dirección de la huelga se transforme en un comité de fábrica -o lo elija-, que en Cipla se llamó "comisión de transición", precisamente para que estuviese claro en todo momento que no se trataba de que la propiedad pasase "a todos nosotros", sino que se trataba de un período transitorio entre el control administrativo y financiero de los trabajadores y la entrega de la empresa al Estado, manteniendo los puestos de trabajo y los derechos.

Esta "comisión de transición" es parte integrante de un movimiento más profundo, que llevará a los trabajadores, paso a paso, de la huelga a la cuestión del poder político. Al comprender esto, instintivamente, en tanto que clase, los obreros de Cipla, vencidos unos meses antes, se lanzaron a la conquista de la fábrica en el mismo momento en que el candidato del PT, Lula, era impulsado por las masas a la presidencia de la República. Ese movimiento liga la cuestión de los comités de fábrica con el control obrero, la expropiación de ciertos grupos capitalistas (nacionalización) y la necesidad del combate de los obreros por el poder estatal para dar una salida positiva de la situación. Así pues, la única salida realista, duradera y positiva para los obreros y las masas explotadas que pretenden conservar sus empleos, es el avance de la revolución proletaria.

La cuestión del Estado

El sentido profundo de las ocupaciones de fábrica puede ser deformado, desviado o amortiguado por las políticas de "autogestión", pero éstas no pueden ocultar, de hecho, la incapacidad de los capitalistas de continuar controlando la sociedad sin arrastrarla hacia la barbarie, cuyos aspectos son múltiples, pero siempre marcados por la desindustrialización y por la guerra. La política de cooperativas, de autogestión, es un intento de impedir los conflictos entre clases y, particularmente, de impedir que se generalicen las ocupaciones de fábrica como una salida obrera a la crisis y que los trabajadores se agrupen, no en un consorcio de empresas, sino en una vasta acción de clase contra los propietarios de los medios de producción y su comité central, el estado burgués.

Al intentar transformar a los obreros en obreros-patronos, la autogestión intenta actuar de modo que la necesidad, casi espontánea, de ampliar los lazos y su movimiento revolucionario se transforme en un ridículo movimiento de pequeños capitalistas sin capital a la búsqueda de asociados solidarios, cada uno dedicado a la supervivencia de su propio negocio. Con esto, la autogestión impide la demostración práctica de la posibilidad de expropiación general de la propiedad privada de los grandes medios de producción y el consiguiente choque de la clase trabajadora con el estado burgués.

El profesor Paul Singer llega al ridículo y declara que la sociedad actual ya no es una sociedad capitalista, sino una nueva "sociedad mixta", en la que cohabitan dos tipos de economías, la capitalista y la solidaria. Evidentemente, este delirio sólo es posible en la cabeza de un intelectual que vive en el confortable mundo de la Academia. Y, ahora, en el mundo del Ministerio de Trabajo. Pero muy lejos de la vida real de millones de parados desesperados, arrojados a las calles de la "sociedad mixta", en la que, según el profesor, la economía solidaria debe de estar "comiéndose pedazos del capitalismo" poco a poco. Pero la realidad es que son las propias organizaciones de la clase obrera las que se ven, de este modo, "comidas en su totalidad".

¡Cuántos esfuerzos para intentar ocultar que las ocupaciones de fábrica plantean en sí mismas la cuestión "propiedad privada o propiedad social", y no que la propiedad privada pase a otras manos. Y la conquista de la propiedad social exige que se generalice el movimiento de las ocupaciones y de la revolución, presentando la conquista del poder político por la clase trabajadora como la única manera de resolver definitivamente la cuestión.

Las ocupaciones de fábrica son el fruto de una situación revolucionaria y, para vencer, deben dirigirse al poder político: "¡Lula, nacionaliza Cipla e Interfibra para salvar de manera duradera nuestros puestos de trabajo!" Es la condición de su supervivencia y de la continuidad de su dura lucha en esta sociedad marcada por la destrucción progresiva de las fuerzas productivas de la humanidad. En efecto, esta orientación es la que permite la supervivencia del control de Cipla e Interfibra desde hace ya dos años.

Desde este punto de vista, Cipla e Interfibra, ahora Flasko, y la lucha de Flakepet y de las demás empresas ocupadas prefiguran un movimiento que aún no se ha generalizado, pero que intenta desarrollarse en la situación revolucionaria del Brasil.

17 de junio de 2004



[1] Zueco es "sabor" en francés - NDT.