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La burguesía está contenta con el Brasil de Lula. El FMI, el gobierno norteamericano, la prensa, la ONU, el Foro de Davos... todos coinciden en elogiar al antiguo obrero metalúrgico: un presidente responsable, el paladín de la lucha contra el hambre, La burguesía está contenta con el Brasil de Lula. El FMI, el gobierno norteamericano, la prensa, la ONU, el Foro de Davos... todos coinciden en elogiar al antiguo obrero metalúrgico: un presidente responsable, el paladín de la lucha contra el hambre, un socio indispensable en Sudamérica... el hombre que ha conseguido “enderezar” la economía brasileña sin perder su preocupación social. Un ejemplo para la región frente a “irresponsables populistas” como Chávez o “dictadores” como Fidel Castro. Como siempre, todas estas opiniones esconden intereses de clase.

Crece la economía.

Tras varios años de estancamiento, la economía brasileña está creciendo. Para 2004 se espera un aumento del PIB superior al 4%. El número de desempleados también viene disminuyendo ligeramente desde el segundo trimestre, habiéndose reducido la tasa de paro al 11,4% en agosto frente al 13% un año antes, con destaque para el aumento del 7,14% en el número de trabajadores de la industria manufacturera. Según el gobierno, tras cumplir con sus deberes en la “fase de estabilización”, estamos ante el comienzo del prometido “espectáculo del crecimiento”, que permitirá satisfacer las necesidades tanto tiempo reprimidas de educación, salud y mejores ingresos de las masas que llevaron a Lula a la presidencia en 2002, y al mismo tiempo cumplir con las obligaciones del Estado frente a sus acreedores.

Incluso si esto se produjera finalmente, los marxistas sabemos que la burguesía luchará con uñas y dientes para apoderarse de cualquier hipotético excedente en las arcas públicas debido al crecimiento, como de hecho ya está ocurriendo. Al mismo tiempo que se iban conociendo la buena marcha de la recaudación, en agosto el gobierno rebajó los impuestos para los propietarios a largo plazo de acciones y otros activos financieros. Como siempre, el objetivo declarado fue “incentivar la inversión”. Hace muchos años John K. Galbraith ya ironizó sobre quienes defienden que los ricos necesitan más ingresos para sentirse incentivados a invertir, mientras los pobres necesitan recortes en sus prestaciones para incentivarlos a trabajar. Como confirmación, un mes más tarde se conocía un nuevo recorte en el presupuesto para la reforma agraria y en el número previsto de familias asentadas.

Pero... ¿estamos realmente asistiendo al inicio de una fase de expansión de la economía brasileña? Para verlo debemos estudiar las causas del crecimiento actual.

A lo largo de 2002 una tormenta monetaria se abatió sobre Brasil. La previsible victoria de Lula llevó el nerviosismo a los mercados financieros y provocó que el dólar, que costaba 2,30 reales, llegara a alcanzar un valor de 4 reales. Una vez Lula en el poder demostró su fidelidad a los banqueros, la situación se calmó y durante 2003 el cambio descendió hasta situarse en la banda 2,80-3,10 en que se ha mantenido también durante 2004.

Esta depreciación real se produjo en un contexto de estancamiento económico, con la capacidad productiva infrautilizada y la demanda nacional por los suelos por causa de los altos tipos de interés y recortes salariales mantenidos durante la presidencia de Fernando Henrique Cardoso (FHC, 1994-2002), así como la sangría constante que supone el pago de la enorme deuda pública brasileña. Esto, junto al crecimiento de la economía mundial (recuperación momentánea de la economía americana, crecimiento de China) preparó el terreno para un aumento explosivo de las exportaciones brasileñas. La balanza comercial pasó de un superávit de 13 millardos de dólares en 2002 a 24 en 2003, compensando por ese lado la caída de la actividad provocada por la subida de los tipos de interés y dejando el PIB de 2003 en una tasa de crecimiento de –0,2%.

En 2004 se espera que el superávit supere los 32 millardos de dólares, con lo cual sólo la balanza comercial ya supondrá casi la mitad del crecimiento esperado. La recuperación de la demanda interna a niveles de 2002 aporta el resto. La inversión se mantiene estancada y sólo se aumenta el uso de la capacidad productiva ya instalada, que se acerca ya al 85%, muy cerca del límite para economías capitalistas .

En cuanto al sector público, nuevos recortes adicionales fueron introducidos en el presupuesto con el objetivo de aumentar el ya escandaloso superávit primario (ingresos menos gastos, sin contar el pago de la deuda y sus intereses) al 5,75% del PIB, con lo cual, como durante la época de FHC, no aportó sino que restó del crecimiento total. A pesar de este enorme esfuerzo, ni siquiera fue suficiente para el pago de los intereses, que supusieron hasta agosto el 7,66% del PIB, quedando la deuda total estabilizada en torno al 55%.

Como vemos, se trata de un crecimiento basado en las exportaciones de todo tipo de productos: desde café hasta aviones. Pero los productos básicos (agroganaderos y minerales), suponen casi la mitad y aportan 2/3 del aumento total. Principalmente minerales y granos con destino a China. Son productos que por diversos motivos (maquinaria importada, bajísimos salarios, flujo de los beneficios hacia el exterior) tienen un impacto reducido sobre la demanda interna, por lo que es difícil que ésta tome el relevo en caso de que las exportaciones disminuyan. No se trata, como vemos, de un crecimiento debido a las “reformas” del gobierno Lula, sino a las circunstancias del mercado mundial. Ahora bien, ¿se trata de una situación sostenible a medio plazo?

La inflación se ha mantenido alta en los últimos tiempos. Pese a las previsiones del Banco Central de alcanzar una tasa del 5%, en lo que va de 2004 se ha situado por encima del 7%, lo que hace que cuatro quintas partes de las ganancias competitivas producidas por la devaluación se hayan diluido. La fuerte demanda, principalmente de China, ha impedido que esto se traduzca en un menor crecimiento de las exportaciones manteniendo los precios internacionales altos, pero esto no tardará en cambiar.

Como hemos analizado en otros artículos (ver, por ejemplo, “The molecular Process of Revolution, http://www.marxist.com/Theory/molecular_process_world_revol_1.html) las contradicciones del capitalismo mundial anuncian una inminente crisis de grandes proporciones, que tendrá como efectos, entre otros, el colapso del crecimiento chino y una desvalorización mayor del dólar norteamericano, junto a un aumento de los tipos de interés. Tres elementos decisivos para Brasil.

El proceso ya iniciado de aumento de los tipos de interés en Estados Unidos, aparte de sus efectos sobre la enorme burbuja de deudas sobre las que se asienta su economía, tiene consecuencias de enorme importancia para los países llamados “emergentes”, que se ven obligados a seguir el proceso. De hecho, el Banco Central brasileño ya aumentó la tasa básica (Selic) del 16 al 16,75%. Esto obligará al gobierno a dedicar más recursos al pago de sus deudas, impidiéndole resolver los problemas creados por el reciente crecimiento (puertos e infraestructuras de exportación se encuentran al límite de su capacidad) y hará más difícil que las empresas inviertan para aumentar su capacidad productiva, que ya está al límite para el padrón capitalista (84%).

Por otro lado, un dólar débil implica la reducción de las ventajas competitivas alcanzadas por la desvalorización del real, disminuyendo la demanda estadounidense de productos brasileños y aumentando la competencia norteamericana en áreas vitales para Brasil como la soja o el acero, por ejemplo.

En cuanto a China, la crisis afectará a la demanda de sus productos baratos que inundan las tiendas de todo el mundo, haciendo estallar sus graves desequilibrios financieros y caer drásticamente sus importaciones de materias primas.

Como vemos, las bases del actual crecimiento brasileño están a punto de desmoronarse. Más que el inicio de un boom, 2004 será recordado probablemente como una conjunción extraordinaria de factores positivos. El mejor de los escenarios posibles.

Resurge la lucha de clases.

¿Cuáles han sido las consecuencias para los trabajadores de este escenario? La reactivación económica ha permitido crear algo de empleo, aunque precario y mal pagado, y ha bastado para sacar a la superficie los conflictos larvados durante tantos años de crisis.

Tras las victoriosas luchas obreras de los 80 que dieron lugar a la creación de la Central Única de Trabajadores (CUT) y del Partido de los Trabajadores de Lula, el movimiento fue contenido con la caída de la dictadura y la restauración de la democracia. La inesperada primera derrota electoral de Lula (1989) contribuyó al desánimo, siendo la protesta masiva que llevó a la caída de Collor de Mello el último aliento de aquella ola. La introducción del real (1993) y la presidencia de Cardoso (1994-2002) supusieron un ataque sin precedentes a los derechos de los trabajadores, que vieron sus salarios prácticamente congelados en niveles de miseria (el salario medio no llega a 300 dólares por mes) mientras el desempleo se multiplicaba. Las pérdidas de poder adquisitivo entre quienes tuvieron la suerte de mantener el empleo superaron el 40% en algunos sectores

Con esta situación, ante las primeras señales de reactivación económica la clase obrera se ha puesto en movimiento. Tras las huelgas de funcionarios públicos, del correo y las movilizaciones contra la “reforma” de las pensiones de 2003, en 2004 hemos visto cómo se extendían las huelgas por todo el país: metalúrgicos del cinturón industrial de Sao Paulo, trabajadores del poder judicial e incluso la policía entraron en huelga reivindicando el poder adquisitivo perdido en 10 años y obligando a la burocracia sindical a acompañar el movimiento a desgana.

La huelga más importante ha sido la de los empleados bancarios, que suman más de 400.000 en todo el país. Es el sector más favorecido por los intereses de auténtica usura practicados en la última década (hasta un 100% anual en préstamos al consumo). En manos de grupos extranjeros (ABN-Amro, Santander, HSBC, Citicorp) o “nacionales” (Itaú, Bradesco), privados o públicos (Banco do Brasil, Caixa Economica Federal y diversos bancos locales), sus beneficios se multiplicaron por 10 desde 1994, mientras los salarios de sus trabajadores crecían por debajo de la inflación. En los 9 primeros meses del año los beneficios bancarios crecieron un 20%.

El sindicato de la categoría está dominado por el sector de la CUT más fiel al grupo de Lula. De hecho, el actual ministro de la Previdencia (Seguridad Social), Gushiken, fue presidente de este sindicato, actuando ahora en el gobierno como agente de los fondos privados de pensiones. Los dirigentes actuales del sindicato firmaron un acuerdo con la patronal que suponía un aumento salarial del 8,5% que implicaba, en el mejor de los casos, recuperar el poder adquisitivo perdido durante 2003. La indignación acumulada de los trabajadores estalló y, en asambleas por todo el país, decidieron por mayoría abrumadora (70%) rechazar el acuerdo y entrar en huelga indefinida para reivindicar un 25% de aumento que cubriría las pérdidas acumuladas. La burguesía inmediatamente entendió el desafío. Si el movimiento triunfaba, pronto sería seguido por otros similares en otros sectores cuyos trabajadores ya estaban reivindicando aumentos del 20 al 80%. La patronal bancaria se negó a negociar y dejó la tarea de desgastar el movimiento a la prensa y la burocracia sindical, que a pesar de apoyar oficialmente la huelga, dedicó más tiempo a explicar las “bondades” del acuerdo rechazado por las bases que a garantizar su éxito. A pesar de ello las constantes asambleas de bancarios fueron ratificando la continuación de la huelga y las movilizaciones. Se intentó entonces dividir a los trabajadores entre públicos y privados, demonizando a los primeros por sus supuestos privilegios, pero la huelga continuó fuerte. Finalmente, la burguesía recurrió a sus lacayos de reserva para asustar a los trabajadores: los jueces. Tras algunas decisiones judiciales sobre la ilegalidad de la huelga (lo que implicaría descontar de los salarios los días parados), se recurrió a un pequeño sindicato apenas representativo de los bancos públicos que solicitó la resolución del conflicto por el Tribunal Superior de Trabajo. La ocasión fue aprovechada por la burocracia sindical para proponer la suspensión de la huelga como prueba de “buena voluntad” que supuestamente pondría a los jueces del lado de los trabajadores. Esto es claramente falso, pues sabemos que el único medio que los trabajadores tienen de modificar e influir en la “imparcial” legalidad burguesa es la unidad de la clase para presionar y forzar la aceptación de sus reivindicaciones, siendo la toma del poder la única manera de hacer estas conquistas permanentes. Los bancarios, asustados ante la perspectiva de perder más de un mes de salario (muchos de ellos endeudados con sus propios patrones) y confundidos por sus propios líderes, cayeron en la trampa y abandonaron la huelga. Dos días más tarde el TST adoptaba íntegramente la propuesta de la patronal más una paga de 1000 reales (U$ 350) por trabajador. Los bancos pagarían la mitad de los días parados y la otra mitad sería recuperada mediante horas extras no remuneradas. La indignación se extendió entre los trabajadores, pero la falta de un liderazgo decidido a enfrentar al poder estatal y extender el movimiento, y el cansancio de los 30 días de huelga impidieron materializar este sentimiento. Pero esto no impidió que cientos de miles de trabajadores experimentaran en sus propias carnes en qué consiste la “neutralidad” de la justicia y la verdadera función de la burocracia sindical. Seguro que tomaron buena nota y en las próximas elecciones sindicales la burocracia se llevará algunas sorpresas.

En ciudades como Sao Paulo o Belo Horizonte, gobernadas por el PT, vendedores ambulantes, trabajadores desempleados que se ven obligados a vender en la calle mercancías en su mayoría falsificadas o de contrabando, protagonizaron violentos enfrentamientos con la policía ante la represión que vienen sufriendo por parte de un sistema que impide trabajar a quien quiere hacerlo.

En el área rural, tras el fiasco del primer año de gobierno Lula, en que apenas 20.000 de las 4.000.000 de familias campesinas sin tierra fueron asentadas, en 2004 continuó aumentando la conflictividad. Así, el anuncio por el Movimiento Sin Tierra (MST) de un “Abril Rojo” de ocupaciones de tierra fue respondido por los terratenientes con un aumento de la violencia y los asesinatos de activistas, llegando incluso a matar a 3 inspectores de trabajo y su chófer que investigaban casos de trabajo esclavo. Como ya hemos comentado, el gobierno redujo de nuevo el presupuesto para la Reforma Agraria para entregar el dinero a los banqueros e inversores, pasando la previsión de asentamientos para este año a 60.000 familias, lo que no hace sino colocar más leña en la hoguera.

Además del movimiento de los trabajadores, este año hemos asistido a motines de la población pobre y los estudiantes en protesta contra aumentos del precio del transporte público, en Florianópolis y Salvador y protestas estudiantiles generalizadas en universidades y escuelas técnicas contra la falta de medios de la educación pública y los abusivos precios de la privada.

Como vemos la tensión continúa aumentando y este movimiento ascendente, al encontrarse brutalmente con la próxima crisis económica, provocará explosiones que sacudirán los cimientos de Brasil y toda América Latina.

El gobierno se hunde en el barro.

La facción dirigente del PT hacía muchos años que adoptó la táctica de aceptar la institucionalidad burguesa con la intención de conquistar el poder en las elecciones. Pensaban que mostrando una actitud “responsable” la burguesía les permitiría llegar al gobierno, donde realizarían un programa reformista. Al final de la presidencia de Cardoso el descontento creciente de las masas apuntaba una victoria para el Partido de los Trabajadores, que para tranquilizar a los sectores burgueses adoptó la fórmula del Frente Popular.

Trotsky explicó que el Frente Popular surge cuando la burguesía, ante una situación prerrevolucionaria siente que está perdiendo el control, por lo que deja que los partidos obreros alcancen el poder aliados a los supuestos “sectores progresistas” de la burguesía, elementos sin apenas representatividad que cumplen la función de garantizar que nada de lo esencial será tocado, que el dominio de clase seguirá intacto. La esperanza de la burguesía es aplastar las esperanzas de las masas por la incapacidad de estos gobiernos de dar respuesta a sus demandas, encargándoles el trabajo sucio de contener el movimiento popular, para después despedirles sin contemplaciones y ocupar el “lugar natural” que les corresponde.

Como decía Lenin, la teoría es una guía para la acción, y en Brasil la teoría se cumplió al pie de la letra. En lugar de aprovechar el descontento de las masas para plantear una alternativa clasista y combativa, el PT incorporó como candidato a vicepresidente al principal empresario textil del país, del minúsculo Partido Liberal (uno de los varios “partidos de alquiler” existentes en Brasil), garantizó que respetaría los acuerdos con el FMI y que no investigaría los procesos de privatización y saqueo del patrimonio público ocurridos bajo la presidencia de Cardoso.

En una votación histórica con casi el 60% de los votos, Lula alcanzó la presidencia del país, como expresión del deseo popular de cambios profundos en su situación. Pero el entusiasmo delirante de las masas pronto comenzó a dejar paso a una frustración que crece lenta pero inexorablemente.

Si durante 2003 vimos como el gobierno se apresuraba a dejar claro a la clase dominante que serían fieles siervos, colocando a hombres de su confianza en los puestos clave y realizando una “reforma” para reducir las pensiones, este año hemos asistido al fracaso de la “estrategia” del gobierno. Lula y su camarilla, encabezada por el ministro José Dirceu, pretendían primero lograr la confianza de la burguesía y estabilizar la economía para conseguir un margen de maniobra e iniciar un proyecto de reformas sociales limitadas, todo ello mediante el trabajo en las instituciones. Es un fenómeno frecuente entre dirigentes con origen en movimientos populares que, al entrar en contacto con las instituciones del poder burgués, quedan fascinados por el juego del poder entre bambalinas y, creyéndose particularmente maquiavélicos, deciden jugar al “aprendiz de brujo”. Pero se dice que “quien juega con fuego acaba quemándose”. Es como sentarse a la mesa de juego con un tahúr y pretender ganarle con su baraja trucada. Como ocurrió con el grupo de Alfonso Guerra en el PSOE español, Dirceu vio como el suelo que creía firme se abría ante sus pies cuando apareció un video en el que uno de sus asesores aceptaba dinero de empresarios de bingo. Esto, si bien no lo apartó del gobierno, enterró todas sus aspiraciones de sucesión. Más enterradas quedaron si cabe las reformas progresistas impulsadas por el PT en el fango de la vida parlamentaria brasileña, donde el partido está en minoría. Los políticos tradicionales, expertos en el arte de la compra-venta de parlamentarios, los laberintos burocráticos y demás triquiñuelas, paralizaron cualquier iniciativa progresista, conduciendo al gobierno al terreno del intercambio de favores y aprovechando para desgastarlo en asuntos como el salario mínimo, donde defendieron demagógicamente un aumento mayor que sabían no sería aprobado. Al final apenas aumentó según la inflación, quedando en la miseria de 260 reales por mes, unos 90 dólares.

En el ámbito agrario, en que el ministro es un latifundista, impidieron la aprobación de leyes como la que obliga a expropiar y destinar para la reforma agraria las tierras donde se encuentren trabajadores esclavos, tan abundantes aún en pleno siglo XXI, o la de bioseguridad. En cambio, por segundo año consecutivo los terratenientes del sur del país desafiaron la prohibición de plantar soja transgénica y consiguieron del presidente un permiso provisional para hacerlo. Una muestra más de que la ley no es sino la expresión de quién manda.

Mientras tanto, la burguesía y sus agentes dentro del gobierno fueron lentamente imponiendo su agenda en las prioridades del gobierno. Sabiendo que la proximidad de las elecciones municipales de octubre impedirían que el PT realizase las “reformas” más impopulares, la actividad se centró en preparar el terreno para 2005 e ir avanzando en temas menores, como la privatización de la educación y las llamadas “asociaciones público-privadas” (PPP en portugués).

Tras una intensa campaña de la prensa denunciando el deterioro de las instalaciones y la falta de medios y plazas en las universidades públicas (algo lógico tras décadas de recortes presupuestarios), “milagrosamente” se encontró la solución. Las universidades privadas tenían miles de plazas vacías debido a que la crisis económica impedía a muchos jóvenes afrontar las altas mensualidades necesarias. Resultado: el gobierno pasará a subvencionar la matrícula de estudiantes pobres en estos centros, con lo que millones de reales que podrían invertirse en mejorar y ampliar las universidades públicas (con una calidad de enseñanza superior a la mayoría de las privadas) pasarán a los bolsillos de los empresarios de la educación, en nombre de la “justicia social”.

En la misma línea, el mal estado de las infraestructuras como puertos y carreteras está en el punto de mira de los capitalistas, que presentan como el descubrimiento de la pólvora las PPP. Estos proyectos consistirían en la entrada de capital “privado” (en su mayor parte prestado por el banco público BNDES) para financiarlos y gestionarlos, cobrando peajes o una subvención estatal, garantizando así la rentabilidad. Es decir, el Estado pone el dinero y paga las posibles pérdidas, mientras los constructores, banqueros y demás compañeros de fiesta se llevan las ganancias. Negocio redondo, pero reflejo del parasitismo y rapacidad del capitalismo senil.

En cuanto a la política exterior, quienes esperaban que el gobierno Lula enfrentara valientemente al imperialismo y se convirtiera en defensor de los oprimidos del mundo han ido de decepción en decepción este 2004. Sin llegar a los abyectos niveles de un Fox o un Toledo, manteniéndose en la línea formal de “independencia diplomática” tradicional brasileña, entre viajes y discursos sobre el hambre, el presidente ha avanzado en su capitulación en todos los frentes, persiguiendo el objetivo de convertir a Brasil en una sub-potencia en la región, subordinada a los intereses del imperialismo.

En cuanto al ALCA, acuerdo de “libre comercio” defendido por Washington para todo el continente, tras cambiar la tradicional oposición del PT por una versión “light” en aras a alcanzar la presidencia, la postura brasileña se limita en la actualidad a defender las mayores ventajas posibles para las empresas brasileñas del “agronegocio” y la exportación.

Para “hacer méritos” de cara a un posible asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU (esa “cocina de ladrones” a la que se refirió Lenin) Lula no dudó en respaldar la intervención norteamericana en Haití y encabezar la “misión de paz” que está ayudando a los paramilitares financiados por Bush a someter la resistencia popular.

Lula también fue uno de los mandatarios que corrieron a La Paz antes del “referéndum del gas” para dejar claro a los trabajadores bolivianos que su interés por combatir la pobreza en el mundo se subordina a que no afecte los intereses de Petrobrás, asociada al proyecto de saqueo del gas boliviano.

Elecciones municipales

En este contexto de frágil recuperación económica, creciente despertar de las masas trabajadoras y un gobierno maniatado y entregado a la clase dominante, los brasileños acudieron a las urnas en octubre para elegir sus alcaldes y concejales.

Es significativo el balance que la clase dominante hizo de estas elecciones en sus medios. Así, tras el primer turno se destacó la “tendencia al bipartidismo”, que según ellos estaría representado por el PT y el PSDB del expresidente Cardoso, dos partidos “moderados” que darían estabilidad al régimen. Cuando las mayores ciudades concluyeron el segundo turno, la conclusión unánime fue que se había producido una derrota significativa del PT.

Tendencia al centro, dos partidos y además “los nuestros” ganan... el panorama perfecto para los capitalistas. Siempre que, como se dice en periodismo, no dejemos que la realidad estropee una buena historia. Vayamos a los hechos.

En primer lugar, hablar de bipartidismo en Brasil es algo totalmente incorrecto. Así, mientras el PT obtuvo el 17% de los casi 100 millones de votos en la primera vuelta, el PSDB quedó con el 16%, pero otros partidos burgueses tradicionales como el PMDB (15%) o el PFL (12%) quedaron en posición parecida y otros 6 partidos superaron el 4%.

Por otro lado, la pretendida “tendencia al centro” en realidad esconde un importante desplazamiento a la izquierda del mapa político brasileño, coincidente con la creciente toma de conciencia de las masas trabajadoras. Todos los partidos burgueses tradicionales pierden votos y número de alcaldes elegidos, principalmente los más derechistas (PFL, PMDB, PP...) pero también los “socialdemócratas” del PSDB. Sólo el PT y en menor medida otros partidos asociados al Frente Popular (PL, PcdoB) aumentan significa-tivamente el número de votos, y esta tendencia se acentúa aún más en las grandes ciudades del Nordeste, región tradicionalmente más atrasada.

Así, caciques tradicionales de la derecha más rancia fueron aplastantemente derrotados y perdieron peso político notable. Es el caso de Antonio Carlos Magalhaes en Bahia, cuyo candidato a la alcaldía de Salvador apenas obtuvo menos del 30% de los votos frente al candidato del PDT (partido de origen laborista, “heredero” del gobierno progresista de Goulart derrocado por los militares y representante en Brasil de la Segunda Internacional).

La pérdida por parte del PT de las alcaldías de Sao Paulo y Porto Alegre, dos ciudades emblemáticas, fue presentada como una enorme derrota y aceptada así en amplios sectores de la izquierda. En realidad, la situación en ambas ciudades refleja la insatisfacción popular con la camarilla dirigente del PT, a la que pertenecían los alcaldes derrotados, pero principalmente la dificultad de la burguesía para recuperar el poder bajo sus formas tradicionales de dominación política. Así, en Sao Paulo, para derrotar a una alcaldesa del PT proveniente de la élite paulista, conocida por sus operaciones estéticas y desgastada por el aumento indiscriminado de las tasas durante su mandato, la clase dominante no pudo recurrir a su tradicional candidato anti-PT, el ultraderechista Paulo Maluf, alias “roba pero cumple”, que quedó con un mísero 9% de los votos, una muestra más de la evolución hacia la izquierda de los trabajadores y pobres brasileños. Debieron presentar a su figura más popular a nivel nacional, todo un ex -candidato a la presidencia, José Serra del PSDB, con una imagen “progresista” y moderada. Aún así, la victoria de Serra no escondió la creciente polarización de clases. Mientras éste obtenía holgadas victorias en barrios de clase alta, como Jardins, Marta, la candidata del PT, ganó en barrios de la periferia pobre de la ciudad.

En Porto Alegre, la incapacidad de los capitalistas para encontrar un candidato capaz de derrotar a un PT desgastado por 16 años de gobierno cada vez menos popular y más derechizado se mostró más claramente. Tuvieron que esconderse detrás del candidato del PPS (partido surgido del Hara-Kiri del Partido Comunista en los 90, que abandonó el marxismo para “adaptarse a los nuevos tiempos”), que recibió el apoyo hasta de la derecha más cavernícola y una enorme financiación para su campaña.

En general, en las ciudades obreras del sur y sudeste, tradicionales bastiones del PT, sus candidatos tuvieron más problemas para ser elegidos cuanto más vinculados al grupo dirigente del partido aparecieron en la campaña. Campañas cada vez más caras y basadas en el marketing y en “voluntarios” asalariados y con menos participación de las bases del partido. Un caso notable fue el de Sao Bernardo do Campo, en el cinturón industrial de Sao Paulo, cuna del PT y la CUT, donde Vicentinho, amigo personal de Lula y ex - presidente de la CUT, no consiguió ni llegar al segundo turno, siendo ampliamente derrotado por el alcalde del PDT.

Belo Horizonte parece ser la excepción. El alcalde del PT consiguió la reelección con una aplastante victoria en el primer turno, pero esto se debió a la falta de alternativa, pues la burguesía local, encabezada por el vicepresidente José Alencar, se abstuvo de enfrentar seriamente al PT, con el objetivo contar con su apoyo para la conquista el gobierno del estado (Minas Gerais) en 2006.

Un caso distinto fue la ciudad de Rio de Janeiro, donde el alcalde del oligárquico PFL fue holgadamente reelegido en el primer turno y ni PT ni PcdoB alcanzaron el 10% de los votos. A pesar de contar con importantes industrias como los astilleros, los partidos obreros han sido históricamente débiles en la ciudad debido a la estructura mafioso-clientelar del poder allí. La mayoría de los barrios trabajadores están en manos de redes de traficantes vinculadas por múltiples ramificaciones con el poder político, siendo sus habitantes tratados como delincuentes por el poder (la policía de RJ mata más civiles que los delincuentes). Así, la creciente insatisfacción popular se manifiesta aquí por un lado con una delincuencia que adquiere cada vez más rasgos de terrorismo individual, con bombas contra comisarías y atentados contra policías, abogados y periodistas. Y por otro lado, con protestas cada vez más frecuentes de los vecinos de los barrios pobres contra los abusos de la policía y la falta de servicios públicos. Los marxistas rechazamos el terrorismo individual y cualquier fascinación (típica de la pequeña burguesía desorientada) por el lumpenproletariado y el robo, pero no por hipócritas “principios morales” sino porque tienen como efecto desorientar a las masas trabajadoras y apartarlas de su verdadero instrumento verdaderamente revolucionario: la lucha de masas (“si un tipo con una pistola puede cambiar el mundo, ¿para qué organizarse y luchar?”). Pero esto no impide que lo analicemos como una expresión de la creciente tensión entre las clases. Tarde o temprano los trabajadores, orientados por los más avanzados y de otras partes del país, se pondrán en movimiento y será de una manera rápida y explosiva, sin banda de matones (legal o ilegal) que pueda detenerlos.

Dentro del auge general de la izquierda en el Nordeste brasileño, aparte de la histórica derrota del cacique ACM en Salvador que antes citábamos, cabe destacar el caso de Fortaleza. Allí, mientras la cúpula del PT apoyaba al candidato del PcdoB, las bases del partido presentaron la candidatura de la joven Luziane Lins, que basándose en los movimientos populares consiguió dar la sorpresa y pasar al segundo turno. Declarándose marxista (es miembro de la corriente Democracia Socialista, de origen mandeliana), hizo a la prensa sacar del armario toda la retórica anticomunista, y pidiendo a Lula y su camarilla que se abstuvieran de intervenir en su campaña, consiguió derrotar al candidato burgués y lograr la alcaldía. Es sólo un ejemplo de la creciente toma de conciencia por las masas trabajadoras de la necesidad de encontrar una salida al infierno capitalista en que viven.

Esta salida pasa por la creación de una corriente revolucionaria que recupere el PT de quienes se lo arrebataron a sus auténticos dueños y fundadores: los trabajadores brasileños.

Esta corriente, por más medidas burocráticas y expulsiones que la dirección del PT realice, no hará más que crecer. Las condiciones están ya madurando, y los marxistas debemos estar presentes para presentar a los trabajadores el programa adecuado: el programa del socialismo.

En 2005 se producirán varias batallas importantes: en primer lugar los capitalistas han colocado en la agenda del gobierno la “reforma laboral”, que acabaría con conquistas tan importantes como las vacaciones pagadas o la paga extra de diciembre. Para ello, antes pretenden introducir la “reforma” sindical, que aumentaría el poder de las cúpulas de los sindicatos en detrimento de las bases sobornándolas con reconocimiento institucional y la gestión de parte de los planes de pensiones privados. Una vez así debilitados los sindicatos, el plan es pasar inmediatamente a la contrarreforma laboral. Si bien es difícil que los trabajadores consigan evitar la primera, ya que sus dirigentes formarán en bloque a favor, sin duda los ataques a los derechos adquiridos encontrarán fuerte resistencia dado el ambiente general de la clase trabajadora, que obligará a los líderes sindicales a ir más lejos de lo que les gustaría en las protestas y provocará tensión y un desplazamiento general hacia posiciones más combativas.

En 2005 se produce el proceso de renovación de cargos internos dentro del PT, donde se medirán las fuerzas de las fuerzas en lucha. Se sentirá en esta lucha la falta de los compañeros que, expulsados o habiendo abandonado el partido para fundar otros, serían tan necesarios en la lucha ideológica contra el reformismo. Como ya hemos dicho en numerosas ocasiones, un partido de masas no es algo que se crea con un puñado de militantes que llaman a las masas a seguir el “camino correcto”. La aparición de un partido de masas es un acontecimiento raro en la historia, y los trabajadores intentarán una y otra vez transformarlo en un instrumento útil antes que fundar otro. Retirar de esta lucha a los elementos más avanzados no hace sino favorecer el dominio de la burocracia sobre la masa de militantes.

Para finalizar, repetiremos las palabras que nuestro compañero Darío Castro escribía hace casi un año y que se mantienen plenamente vigentes:

"El PT es una organización de masas, es el referente político para millones de activistas y luchadores en la ciudad y en el campo. Los partidos obreros verdaderamente de masas no se crean con una campaña, son el producto de grandes cambios en la organización y en la conciencia de nuestra clase y en realidad son acontecimientos escasos.

Las trabas burocráticas y las medidas organizativas no deben ser una excusa para obviar una tarea fundamental para los revolucionarios: contrarrestar la influencia del reformismo sobre los sectores más conscientes y activos de nuestra clase.

Sea como fuera, el surgimiento mañana de una corriente de izquierda y con una base de masas en el PT, basada en una amplia capa de dirigentes sindicales, comunitarios y del movimiento campesino cada vez más radicalizada, es inevitable y tendrá un efecto político mucho más profundo que cualquier escisión que se produzca prematuramente en el partido.

Si algo demuestra la experiencia del gobierno de Lula es que no hay terceras vías entre el capitalismo y el socialismo. Las mismas fuerzas, gigantescas y frescas, que llevaron al PT al gobierno, tarde o temprano pasarán al terreno de la acción. El cambio político en Brasil presagia un choque tremendo entre las clases en el que una vez más el programa de la transformación socialista de la sociedad se revelará como la única salida al infierno que para la mayoría de la población brasileña significa el capitalismo".

16 de noviembre de 2004