Corriente Marxista Internacional

El anuncio de elecciones para la Presidencia de la República en marzo de 2003 ha provocado un cambio en el panorama político argentino, particularmente tras el desgaste sufrido por el gobierno a consecuencia de la brutal represión de los piqueteros e El anuncio de elecciones para la Presidencia de la República en marzo de 2003 ha provocado un cambio en el panorama político argentino, particularmente tras el desgaste sufrido por el gobierno a consecuencia de la brutal represión de los piqueteros en el puente de Avellaneda a finales de junio, y en medio de la guerra civil declarada en el interior del Partido Justicialista entre los diferentes "caudillos" peronistas que buscan postularse como candidatos a la presidencia de la República, entre los que destacan Menem y De la Sota.

La burguesía argentina busca de esta manera ganar tiempo destapando una válvula de escape con la que desviar la atención de las masas de la población de sus problemas más acuciantes.

La disputa electoral

Ante la falta de apoyos internos Rodríguez Saá, también peronista, anunció que se va a presentar a las elecciones al margen del Partido Peronista. Rodríguez Saá no es más que un millonario burgués que usa muy hábilmente una verborrea demagógica y "patriótica" pero que carece de cualquier alternativa para sacar al país de la crisis.

La Unión Cívica Radical, tradicional partido burgués, está completamente hundida y no cuenta para la contienda electoral.

En el campo de la "centroizquierda", nombre acuñado convenientemente con la intención de engañar a las masas, se postula Lilita Carrió, que dice ser la portavoz del capitalismo de "rostro humano".

El carácter de estas elecciones demuestra el miedo y la perfidia de la burguesía argentina. Salga quien salga elegido como presidente, se va a mantener la misma composición del Congreso y del Senado y la mayoría actual de diputados peronistas y radicales, al no renovarse los mismos.

Luis Zamora y la izquierda

El diputado Luis Zamora es la figura más popular dentro de la izquierda y el que goza de mayor respaldo entre las familias trabajadoras. Lamentablemente, Zamora está cometiendo serios errores. Además de su programa confuso y sus prejuicios organizativos "anti-partido", el error más grave, sin duda, es el de haber formado una plataforma pública (Encuentro Ciudadano) con el ARI de Elisa Carrió en su demanda de que se convoque una Asamblea Constituyente y que caduquen todos los mandatos; es decir, que dimitan y se reelijan todos los diputados, senadores e intendentes municipales, y los miembros de la Corte Suprema, todos ellos identificados por la población como responsables de la situación que vive el país.

Es muy grave que Zamora preste la autoridad que acumuló ante grandes masas de familias trabajadoras, para lavar la cara y realzar la autoridad de Elisa Carrió y un grupo burgués, como el ARI, que nunca tuvo entre sus objetivos defender los intereses de las familias trabajadoras. De esta manera Zamora y su grupo corren el riesgo de provocar una aguda frustración entre la gente que lo apoya y que ésta le dé la espalda cuando se revele ante la población el verdadero carácter del ARI y su dirigente, Carrió.

El apoyo que prestan al ARI destacados dirigentes del principal sindicato opositor al gobierno, la CTA, no hace sino desorientar a los trabajadores que buscan en ella una expresión más combativa en el frente sindical.

El pasado 30 de agosto, la plataforma Encuentro Ciudadano, en la que también se incluye la CTA, organizó movilizaciones importantes en todo el país, en las que participaron decenas de miles de personas, y a las que también se sumó la izquierda, contra la política del gobierno Duhalde, a favor de la convocatoria de una Asamblea Constituyente y de la caducidad de todos los mandatos. También se anuncian movilizaciones similares en el mes de septiembre.

¿Son las elecciones la salida para resolver los problemas de los trabajadores?

La izquierda ha llamado al boicot de estas elecciones con el argumento de que participar en ellas significa colaborar con los planes de Duhalde y la burguesía argentina. En cambio, proponen la convocatoria de una Asamblea Constituyente que asuma la dirección del país "para que de plena satisfacción a las necesidades de los trabajadores y del resto de capas oprimidas de la sociedad".

A pesar de ello, va a resultar inevitable que amplias masas de la población que acaban de despertar a la actividad política mantengan algunas esperanzas en que algún político "honrado" pueda sacar al país de la ruina. Así, frente a políticos burgueses completamente desacreditados como Menem, De la Sota, Terragno, López Murphy o Cavallo, es probable que gente como Carrió y Rodríguez Saá, puedan convertirse en un punto de referencia con unos discursos demagógicos contra la corrupción y agitando con un programa que puede sonar "radical" y "patriótico", y esto será así tanto más cuanto ningún candidato de la izquierda participe en las elecciones.

La bandera de la lucha popular que se inició el 19 y 20 de diciembre y que hasta ahora permanecía en manos de la izquierda puede ser arrebatada a ésta por unos políticos burgueses profesionales que utilizan demagógicamente el hambre del pueblo para hacer carrera política y que mañana van a traicionar las esperanzas que se depositan en ellos, en la medida en que no cuestionan el sistema social que genera el hambre y la ruina de las familias trabajadoras.

En este sentido la izquierda debería revisar su posición sobre el boicot y estudiar seriamente la conveniencia de participar en la campaña electoral unificadamente y con un programa socialista, para denunciar más eficazmente toda esta situación y aparecer más nítidamente como una alternativa.

En cualquier caso, la lucha parlamentaria debe ser sólo un complemento a la lucha en la calle que es la que ha echado a tres presidentes y ha hecho consciente a la clase trabajadora argentina de su poder y fuerza en la sociedad. La lucha parlamentaria no debe ser la excusa para abandonar tareas que en sí mismas son más importantes: extender los embriones de poder obrero ya creados, la explicación paciente de un programa socialista a las más amplias masas de trabajadores y jóvenes; organizarlos, y muy particularmente, penetrar en la base de los sindicatos mayoritarios, CGT y CTA, para apartar a los dirigentes burocratizados y sustituirlos por auténticos luchadores, representantes genuinos de los intereses de los trabajadores.

La Asamblea Constituyente

La consigna defendida por la mayoría de las organizaciones de izquierda argentina de reclamar una Asamblea Constituyente está demostrando ser totalmente inadecuada y, bajo las circunstancias que atraviesa el país, particularmente reaccionaria.

Una Asamblea Constituyente es un parlamento burgués cuyo cometido es elaborar una nueva Constitución para el país. Ni más ni menos que eso. La historia de Argentina, como la de todos los países donde existe la democracia burguesa, conoció muchas asambleas constituyentes (la última tan cercana como la de 1994) que no cambiaron las estructuras fundamentales del capitalismo, pues sus fundamentos básicos han permanecido inalterables: la propiedad privada de los medios de producción: bancos, tierras, fábricas, etc.

Aquellos que, desde la izquierda, identifican en su propaganda la Asamblea Constituyente con un gobierno de los trabajadores no hacen más que añadir confusión ideológica y política. Son dos cosas completamente diferentes. Pero ayudan a demagogos burgueses como Carrió, Saá o incluso a Duhalde, que mañana no tendrán problemas en asumir esta consigna y convocar un organismo de este tipo que, en ningún caso amenaza al sistema capitalista pero que sí puede resultar letal para el proceso revolucionario que se está desarrollando, al crear falsas y equivocadas expectativas entre las familias trabajadoras.

Colocar la convocatoria de una Asamblea Constituyente como consigna central del momento es particularmente reaccionario porque no centra la tarea de los trabajadores en la necesidad de confiar exclusivamente en su organización, fuerza, conciencia y solidaridad de clase sino en una fórmula legalista-constitucional de carácter burgués; no centra las tareas en la necesidad de organizar órganos de poder obrero en las fábricas y barrios, sino en reivindicar un órgano parlamentario que se sitúa por encima de la clase; en suma, no estimula a los trabajadores para que tomen un papel activo, creador, como clase en el proceso revolucionario que está en marcha.

Antes de plantear la cuestión de un gobierno de los trabajadores, es necesario ganar a la mayoría decisiva de la clase obrera para la idea de la toma del poder. Para esto es esencial que las consignas planteadas con el objetivo de ganar a los trabajadores, sean claras y deben estar vinculadas sin ambigüedades a la idea del poder obrero. Las reivindicaciones que llegan a las masas son aquéllas que están íntimamente relacionadas con sus necesidades inmediatas: empleo, salarios, vivienda, etc., y van inseparablemente unidas a la perspectiva de la lucha anticapitalista y antiimperialista, a través de la demanda de nacionalización de los bancos y grandes monopolios, el desconocimiento del pago de la deuda externa y la expropiación de toda las propiedades imperialistas.

La experiencia ayudará a este proceso. Es importante que los activistas obreros y de la izquierda tengan esta perspectiva en mente para no caer en el pesimismo o en la impaciencia.

Depresión económica

La economía argentina sufre en estos momentos la depresión más profunda de su historia. Acumula cuatro años consecutivos de recesión. La suma de desocupados y subocupados alcanza a más de 6 millones de trabajadores, el 55% de la población activa, y el índice de pobreza alcanzado en el país no tiene precedentes, un 53% de la población: 19 millones de un total de 37.

El salario real de los trabajadores argentinos se encuentra hoy en el nivel más bajo de los últimos 50 años, como consecuencia del aumento de precios y de la devaluación monetaria, habiendo descendido su poder adquisitivo un 40 por ciento.

Cuando las esperanzas depositadas en un cambio real en las condiciones de vida y trabajo de millones de trabajadores no se concreten con el nuevo gobierno, toda la amargura, rabia y frustración acumuladas van a salir a la superficie con gran virulencia, y toda la situación sufrirá una transformación, situando a los sectores decisivos de la clase obrera a la cabeza de las demandas populares. El proceso revolucionario argentino se ubicará en una etapa superior.


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