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El hecho más relevante del último año ha sido sin duda la entrada en escena de la clase obrera argentina. A esto no es ajeno el cambio en el ciclo económico que comenzó hace 2 años, tras 5 años consecutivos de recesión (realmente depresión) de una pr

El hecho más relevante del último año ha sido sin duda la entrada en escena de la clase obrera argentina. A esto no es ajeno el cambio en el ciclo económico que comenzó hace 2 años, tras 5 años consecutivos de recesión (realmente depresión) de una profundidad desconocida en la historia argentina.

Entre el 2003 y el 2005 la economía ha crecido un 24%, a una tasa del 8% anual. Esto se ha debido a varios factores, siendo los más importantes la demanda exterior (fundamentalmente productos agropecuarios y materias primas) y la sobreexplotación de la clase obrera. Mientras que los niveles de producción están al nivel de 1998 (al comienzo de la recesión), el número de trabajadores ocupados se redujo un 15% y la masa salarial total un 29%. Los últimos datos oficiales reflejan que el 45% de los trabajadores trabajan “en negro” y en la economía informal, y cerca del 20% de los trabajadores “en blanco” están subocupados (trabajan menos de 35 horas semanales). A esto se añade una tasa de desempleo del 16%. En esta situación no es de extrañar que la pobreza siga golpeando al 40% de la población argentina.

Valgan estos datos para reflejar la profundidad del retroceso experimentado por la clase obrera argentina en los últimos 20 años.

La amplitud del movimiento huelguístico

El movimiento huelguístico se ha desatado en prácticamente todos los sectores de la clase obrera. Ya en el 2004 tuvo lugar el doble número de huelgas que en el 2003. Y este año el movimiento prosiguió su curso ascendente. En junio se registró el mayor número de huelgas habidas en dicho mes en los últimos 25 años.

Lo más destacado es que casi todas estas huelgas tienen un marcado carácter ofensivo, fundamentalmente salarial, y los trabajadores están consiguiendo aumentos generalizados de salario por primera vez en 14 años, si bien son insuficientes para recuperar todo el poder adquisitivo perdido desde el 2001.

Esta nueva situación ha llevado al pánico a la burguesía, al gobierno de Kirchner y a la podrida burocracia sindical peronista de la CGT, que se encuentra escindida al nivel de la dirección. El sector más inteligente, dirigido por el camionero Hugo Moyano, se alzó hace dos meses con el control del sindicato con un discurso más ofensivo enfrentándose a la vieja dirección de “los gordos” cómplice con las políticas menemistas de entrega y vaciamiento de las conquistas laborales.

Todo esto ha acabado con las pretenciosas y “novedosas” teorías de los intelectuales pequeñoburgueses que hablaban de la decadencia de la clase obrera argentina y de la lucha sindical y de que había que buscar el “sujeto revolucionario” en otras capas de la población: sectores lumpenizados, desempleados, etc.

El peronismo en crisis

A nivel político, el peronismo (el partido gobernante) también vive la crisis más profunda de su historia con una guerra a muerte, en el interior del aparato, entre los sectores que representan Kirchner (actual Presidente de Argentina) y Duhalde, anterior presidente del país en el período inmediatamente posterior al estallido popular del Argentinazo, en diciembre del 2001.

Kirchner, un político burgués inteligente, quiere refundar el peronismo para darle un aire más “progresista” y recuperar su autoridad sobre la clase trabajadora, muy menguada, mientras que Duhalde representa los intereses del viejo aparato celoso de sus prebendas y corruptelas y que mantiene sólidos vínculos con la clase dominante.

Ahora presentaron listas enfrentadas para elecciones legislativas parciales (donde se renuevan un parte del Congreso y del Senado). Debido al descrédito del duhaldismo, que las masas vinculan al pasado de corrupción previo al “argentinazo”, y a que Kirchner todavía mantiene un cierto apoyo popular, probablemente triunfarán las listas kirchneristas y el objetivo de Kirchner de avanzar hacia el control del viejo aparato peronista.

Si bien Kirchner, que desde llegó a la presidencia del país en mayo de 2003, aplicó una política que sonaba muy “radical”: contra la última dictadura militar y la depuración de una parte de la oficialidad del ejército, contra la corrupción del régimen, contra el FMI, aumentando los impuestos a las exportaciones agroindustriales y de hidrocarburos, decretando pequeñas subidas en las pensiones y los salarios; sin embargo, se puede decir que su etapa “izquierdista” ya alcanzó sus límites. Para Kirchner de lo que se trataba era de introducir un reordenamiento del aparato del Estado y del saqueo descarado de las finanzas públicas por parte del sector más parásito de la burguesía y de la burocracia estatal, y de hacer algunas concesiones a las masas para restablecer sobre las mismas la autoridad de las instituciones burguesas, que habían quedado totalmente desacreditadas en el período anterior. Y ahora es cuando empieza a perfilarse más claramente una clara política a favor de la burguesía y de recomponer sus lazos con el imperialismo norteamericano.

Así, renovó el pago de la deuda externa utilizando el enorme superávit fiscal (cercano al 5% del PIB) gracias al ajuste del gasto público, renovó a las multinacionales las concesiones de los servicios públicos privatizados durante la época de Menem, subsidia con miles de millones de pesos a los empresarios locales y extranjeros, mantiene una feroz oposición a los reclamos salariales de los empleados públicos a pesar de luchas enormes de este sector de la clase, y previno a la clase trabajadora contra los peligros de los reclamos salariales “exagerados”. En política exterior, el gobierno de Kirchner cada vez aparece más alineado con el imperialismo norteamericano. Envió tropas a Haití, aprobó varias leyes “antiterroristas” a pedido de Washington que suponen un cercenamiento de los derechos democráticos, comenzó a distanciarse públicamente del gobierno de Chávez y canceló en dos ocasiones un viaje a Cuba por expreso mandato de Bush.

La necesidad de un partido obrero de masas

En lo que a perspectivas se refiere, el aspecto más interesante es que se está produciendo un fermento en las bases de los sindicatos al calor de la reactivación de la lucha sindical. Es un dato muy relevante que algunas de las luchas más destacadas de los últimos meses (como las del Metro de Buenos Aires, hospitales, en sectores de los ferroviarios y de los trabajadores aeronáuticos, docentes, etc) han sido dirigidas por activistas de izquierda, que han empezado a agruparse para formar una corriente sindical de oposición dentro de los sindicatos. Como suele ocurrir, los grupos sectarios y ultraizquierdistas (que en Argentina todavía tienen alguna relevancia dado el vacío político existente en la izquierda) han llamado a boicotear esta experiencia en la medida que no la controlan, lo que únicamente los condenará al aislamiento y la disgregación en el futuro próximo, como también se demuestra en el hecho de que hayan sido incapaces de articular un frente electoral común ahondando su política suicida de presentarse a las elecciones cada grupito aisladamente sin posibilidad alguna de obtener escaños.

En el próximo período la política procapitalista de Kirchner quedará cada vez más en evidencia, como se está demostrando en las últimas semanas con un discurso agresivo y provocador contra las movilizaciones de los piqueteros (desocupados) y las luchas sindicales dirigidas por la izquierda que, en algunos casos, vinieron acompañadas de la represión policial.

Inevitablemente, las direcciones oficiales de los sindicatos, particularmente cuando se desate la próxima crisis económica, no podrán mantener su políticas de pactos con Kirchner precipitándose una ruptura. Esto va a poner en el primer punto de la agenda la necesidad de una herramienta política propia de los trabajadores, la necesidad de contar con un partido obrero de masas actualmente inexistente.

Los activistas obreros de izquierda, si son capaces de desarrollar esta incipiente corriente sindical de oposición y tomar posiciones significativas en el interior de los sindicatos y las empresas, estarían en condiciones muy favorables de jugar un papel muy destacado en la articulación y desarrollo de este partido obrero socialista y de masas que tanto necesita la clase obrera argentina para alcanzar su emancipación.