Corriente Marxista Internacional

Hace ya seis meses que Berlusconi gobierna en Italia. Su victoria electoral fue contundente y coincidió con un desastre electoral de las fuerzas de izquierdas, borradas del parlamento. Con un Partido Democrático que se movía cada vez más hacia el centro y un sindicato cada vez más subyugado a la voluntad de la patronal, la paz social parecía reinar en Italia. El movimiento obrero estaba desmoralizado por el resultado electoral, mientras que las fuerzas de la reacción comenzaban una campaña de propaganda reaccionaria sin precedentes desde la posguerra.

Hace ya seis meses que Berlusconi gobierna en Italia. Su victoria electoral fue contundente y coincidió con un desastre electoral de las fuerzas de izquierdas, borradas del parlamento. Con un Partido Democrático que se movía cada vez más hacia el centro y un sindicato cada vez más subyugado a la voluntad de la patronal, la paz social parecía reinar en Italia. El movimiento obrero estaba desmoralizado por el resultado electoral, mientras que las fuerzas de la reacción comenzaban una campaña de propaganda reaccionaria sin precedentes desde la posguerra.

El ministro de Administración Pública, Brunetta, andaba al ataque contra los funcionarios públicos tachándolos de "holgazanes"; el de Trabajo se aliaba a la patronal Confindustria en el intento de acabar con los convenios colectivos; el de Educación Pública, Gelmini, trataba de dar el golpe de gracia a la escuela y a la universidad pública cortando 8.000 millones de euros del presupuesto, despidiendo otros 80.000 trabajadores, desmantelando la escuela Primaria y abriendo totalmente a los negocios privados todo lo referido a la Secundaria y la Universidad. Una oleada racista parecía apoderarse de Italia: las palizas a los inmigrantes quedaban impunes, siendo incluso fomentados por los ministros del gobierno, un gobierno que, por otro lado se proponía  fichar a los niños rumanos. Una capa de oscurantismo orquestada por la iglesia se apoderaba de toda la península.

Descontento bajo la superficie

Todo esto sucedía en el contexto de una crisis económica y de ataques continuos al poder adquisitivo de los trabajadores, cuyos salarios han retrocedido en dos mil euros anuales respecto a 2006. La intención del Gobierno y Confindustria estaba clara: quitar de en medio cualquier intento de resistencia y hacer retroceder al movimiento obrero cincuenta años. Una operación que parecía poder funcionar, pero que no tenía todavía en cuenta un factor: la voluntad de lucha de las masas oculta bajo la superficie.
Un pequeño anticipo de este ambiente lo habíamos visto en el congreso del Partido de la Refundación Comunista (PRC), celebrado a finales de julio, con la derrota de la derecha capitaneada por Vendola y Bertinotti -que querían disolver el partido-, y la constitución de una nueva mayoría, sobre la base de un documento titulado "Un giro a la izquierda", a cuyo nacimiento Falce Martello (Corriente Marxista de Rifondazione Comunista) ha contribuido activamente.
En septiembre el gobierno trató de profundizar el golpe sobre dos puntos clave: a la CGIL, tratando de aislar el principal sindicato italiano, y que tiene entre sus filas a los delegados más combativos, y sobre la escuela y la universidad pública, tratando de destruirla. La contrarreforma de la educación se inserta, ciertamente, en el surco previamente trazado por el gobierno de  centro-izquierda y de centro-derecha en los últimos años, pero añadiéndole una mayor brutalidad.

Estallido y ascenso del movimiento estudiantil

La respuesta no se ha hecho esperar. El 11 de octubre 300.000 personas invadieron las calles de Roma en una manifestación contra el gobierno convocada por las organizaciones de izquierda, en el que Refundación Comunista jugó un papel fundamental. Falce Martello participó con un cortejo de más de 500 personas con una gran pancarta a la cabeza: "Con los trabajadores por un giro a la izquierda". Posteriormente, este movimiento tuvo una expresión en el movimiento estudiantil, que irrumpió en la escena política como tantas otras veces: de la noche a la mañana, sin avisar, decenas y centenas de miles de jóvenes que hasta el día antes se mostraban totalmente desinteresados por la política han inundado las plazas de las ciudades italianas.
Hoy nos encontramos frente al movimiento estudiantil más grande de los últimos veinte años. En la jornada del 10 y sobre todo del 17 de octubre, decenas de miles de personas fueron a la manifestación. Lo que da fuerza a este movimiento es, en primer lugar, la unidad alcanzada de forma espontánea entre los estudiantes de medias y universitarios, pero, sobre todo entre estudiantes y trabajadores. En Milán, por ejemplo, estudiantes y trabajadores han bloqueado juntos, en más de una ocasión, el acceso a los edificios de la universidad a los esquiroles y a los reaccionarios. Esto tiene un enorme relieve político porque en los últimos 20 ó 30 años estos sectores han luchado casi siempre de forma separada. En segundo lugar, la radicalización de las consignas, centradas en la defensa de la educación pública pero que denotan también una clara comprensión de la coyuntura económica: "Nosotros no pagaremos vuestra crisis" fue una de las más coreadas.
El movimiento está en claro ascenso: el 17 de octubre estuvieron más de 300.000 personas en la piazza de Roma y 30.000 en Milán, pero desde entonces se han sucedido consejos, asambleas y piquetes  prácticamente todos los días. Algunas cifras: 20.000 estudiantes estuvieron en la plaza de Palermo y 50.000 en Florencia; más de 40.000 en Roma.
Berlusconi no se esperaba en absoluto una respuesta tan firme a las medidas del gobierno y ha reaccionado de forma despreciable, exhortando a la policía a entrar en las escuelas y universidades y a reprimir las movilizaciones. Estas declaraciones crearon malestar incluso en la propia coalición de gobierno, entre quienes no tienen intención de radicalizar ahora el enfrentamiento. Pero lo más significativo ha sido la rápida respuesta de los estudiantes a estas amenazas: "No tenemos miedo", era uno de los principales estribillos entonados en las manifestaciones.
La polarización es pues evidente, y se agudizará todavía más en las próximas semanas. Ya han sido  fijadas varias huelgas, como por ejemplo la de la enseñanza secundaria (30 de octubre), la del empleo público, que se articulará sobre bases regionales, a la que seguirá la huelga de los trabajadores de la universidad el 14 de noviembre, y la de los empleados del comercio el día 15.

Efectos en los sindicatos

El retorno de las luchas también ha abierto importantes contradicciones en el interior de los principales sindicatos. La CGIL ha recibido tantas presiones que ha tenido que diferenciarse en toda una serie de cuestiones de la CISL y UIL. No ha firmado la renovación del convenio del comercio, ha roto las negociaciones sobre Alitalia (aunque pocos días después firmó el mismo acuerdo, con pocas modificaciones) y el secretario general, Epifani, se levantó de la mesa que debía reformar (entiéndase destruir) el derecho a la negociación colectiva. Mientras las demás burocracias sindicales parecen dispuestas a aceptar cada una de las órdenes de Berlusconi, los dirigentes de la CGIL, aunque sólo sea por espíritu de supervivencia, deben asumir una  actitud más combativa.
En los próximos días, un salto adelante en la confluencia del obrero y estudiantil es perfectamente posible. Hacia esto debe orientar el trabajo el PRC, igual que han hecho desde el inicio los militantes de su izquierda, los portavoces de FalceMartello. Al mismo tiempo, el movimiento estudiantil necesita una plataforma programática combativa, que pida la retirada del decreto Gelmini, pero que se oponga también a todas las medidas de privatización de la educación adoptadas incluso por los gobiernos de centro-izquierda.
En este punto, la polémica con el PD debe ser frontal. Veltroni y los suyos son los responsables de la contrarreforma de la enseñanza y de la entrada de las manos privadas en la educación (aunque no haya sido de forma salvaje). Los dirigentes del PD limitan la crítica a la ministra de educación al hecho de que "no dialoga" con los estudiantes. Tampoco entran en la lógica de fondo que está detrás de los recortes sociales y de hecho, siempre están dispuestos a ofrecer su apoyo a todas las medidas del gobierno para ayudar a los bancos y los empresarios para frenar la crisis económica. Berlusconi sólo podrá ser derrotado mediante la lucha de los trabajadores y de los estudiantes y por lo tanto a través de una profunda ruptura con la política de conciliación entre las clases. Estas luchas son hoy una realidad, y es tarea de los marxistas ofrecer todas sus energías y sus ideas para asegurar la victoria.


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