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La huelga general italiana del 16 de abril es algo más que un paro significativo de ocho horas en el que han participado más de 10 millones de trabajadores. Constituye un punto importante de un proceso —que ha comenzado hace años— y que ha vivido ya Redacción de Falce Martello,

periódico marxista de Italia

La huelga general italiana del 16 de abril es algo más que un paro significativo de ocho horas en el que han participado más de 10 millones de trabajadores. Constituye un punto importante de un proceso —que ha comenzado hace años— y que ha vivido ya otros momentos cualitativamente importantes, como la huelga general de los metalúrgicos el 6 de julio del año pasado, las jornadas de Génova contra el G-8 donde, al día siguiente de la muerte de Carlo Giuliani a manos de los carabineros y desafiando las amenazas del gobierno, participaron más de 300.000 personas, y por último la manifestación nacional en Roma convocada por la CGIL el pasado 23 de marzo, con la participación de más de 2,5 millones de trabajadores, estudiantes y jubilados.

Los medios de comunicación ignoran y/o temen toda una serie de hechos que demuestran —si se leen en su conjunto— que un año después de la victoria de Berlusconi, está creciendo en todo el país un movimiento de lucha por la defensa y la extensión de derechos mínimos: un salario digno, una pensión decente y el derecho a vivir sin la espada de Damocles del despido (el famoso artículo 18 del Estatuto de los Trabajadores, aprobado después del Otoño Caliente del 1969, que da al trabajador, en caso de despido improcedente, la posibilidad de elegir entre una indemnización o la vuelta a su puesto de trabajo).

El proceso de toma de conciencia y de la necesidad de luchar se ha desarrollado a lo largo de varios años y una parte importante ha tenido lugar durante la experiencia del gobierno del Olivo, con la participación de DS (el principal partido proveniente del disuelto PCI) y el apoyo externo en los primeros años de Refundación Comunista. La ley que ha introducido en Italia el contrato temporal "eterno", las agencias de empleo para alquilar trabajadores, el salario reducido para los nuevos empleados, el escándalo de los falsos trabajadores autónomos (con todas las obligaciones de un dependiente y ninguno de sus derechos)..., se llama paquete Treu, nombre del ministro de Trabajo del Olivo que lo presentó. No fue de extrañar que, a falta de una alternativa seria a la política del Olivo, una parte de los trabajadores eligiera la abstención como un modo de expresar su descontento.

Pero mientras en el terreno parlamentario la derecha (Fuerza Italia, Alianza Nacional y Liga Norte) se llevaban una mayoría aplastante, en las fábricas y en los barrios obreros crecía la rabia y las ganas de expresarla. Sólo así se puede explicar el éxito impresionante de la movilización de Génova, pocas semanas después de la victoria electoral de Berlusconi. Fue una primera ocasión para demostrar la crítica al capitalismo y al gobierno, y a pesar de que la CGIL no participaba, la FIOM —su federación del metal— dio su adhesión.

Berlusconi y Thatcher

Berlusconi dice inspirarse en Thatcher y quiere infligir una derrota en toda regla al sindicato más combativo, la CGIL, y después usar a su antojo los otros dos sindicatos, CISL y UIL, en un simulacro de concertación social. La victoria electoral del 13 de mayo, con medio millón de votos más que sus adversarios y una ventaja de más de cien diputados, en base a una ley electoral mayoritaria, se le ha subido a la cabeza. La derecha piensa que en el terreno social será igual de fácil. Pero la realidad, como veremos, es muy diferente.

El gobierno ha comenzado con una serie de decretos ley que tienen el objetivo de abrir una brecha en los derechos mínimos de los trabajadores.

Negar la posibilidad de la readmisión en caso de despido improcedente, aunque no afecte —como dice el gobierno— a quien ya trabaja hoy, y se aplique de forma experimental por cuatro años, juega el papel de una cabeza de puente para la creación de un grupo de trabajadores más débiles sobre los cuales basarse para, en un segundo momento, aplicar la mismas normas a todos.

En la misma línea va la propuesta de reducir las cotizaciones de pensiones de los nuevos trabajadores. Por un lado les obliga a pensar en un seguro privado si quieren sobrevivir después de la jubilación y además crear en pocos años serias dificultades al sistema público de pensiones, dando argumentos para un nuevo recorte de las mismas.

La Confindustria —la patronal italiana— y su presidente D’Amato han aplaudido y presionado mucho para que estas leyes salgan adelante. Pero en estos momentos han comenzado a salir a la luz, junto a la impaciencia, claras divisiones en la patronal, porque está claro que no van a conseguir sus objetivos fácilmente. Importantes capitalistas como Tronchetti Provera, presidente de Pirelli y dueño del grupo Telecom, Benetton o incluso Agnelli, el patrón de Fiat, han hecho saber que están de acuerdo en seguir adelante sólo si se hace sin un serio enfrentamiento social. ¡Quieren comer sin pagar la cuenta!

La huelga general

Ha sido la primera huelga general desde hace veinte años y aunque no ha contado con el apoyo total de pequeños empresarios y comerciantes ha sido seguramente muy significativa en ese segmento.

En el grupo Fiat, habrá trabajado menos de un millar de empleados de los 250.000 en plantilla. En algunas regiones, como la Toscana, el Piamonte, la Lombardía..., el paro ha alcanzado el 90-95% en las grandes y medias empresas y ha superado el 50% en las pequeñas.

En las manifestaciones se podían ver los policías del SIULP, los trabajadores de la química, del textil, de los grandes grupos de la alimentación, los bomberos, los carteros, los profesores y los trabajadores del empleo público. Pero la novedad era la gran cantidad de jóvenes, muchos de ellos con "contratos basura": temporales, part-time, de falsas cooperativas y de agencias de empleo. Así mismo era notable la gran cantidad de trabajadores que no habían participado "nunca en una huelga hasta ahora" y que lo hacían en esta ocasión porque "hay que dar batalla". Un eslogan respondía a Berlusconi, que en la televisión había explicado cómo sus propuestas pretendían defender el futuro para los hijos contra los privilegios de los padres: "Padri e figli uniti nella lotta / l’articolo 18 non si tocca" (padres e hijos unidos en la lucha / el artículo 18 no se toca). No contentos con rechazar el ataque al artículo 18, muchos trabajadores —correctamente— proponen el lanzamiento de una campaña a favor de extender su aplicación a las empresas por debajo de 15 empleados (el 55% del empleo total en Italia) dónde hasta hoy es posible el despido libre.

Más de diez millones en huelga y dos millones presentes en las 21 manifestaciones realizadas en la mañana del 16 de abril han demostrado su rechazo al gobierno y a la Confindustria. Pero ¿qué va a pasar ahora?

Perspectivas

Berlusconi y D’Amato, con una gran cara dura, se han dedicado a poner en discusión la masiva participación en la huelga. Menos de seis millones ha dicho el presidente de la Confindustria, mientras Berlusconi aseguraba que ¡sólo dos de cada diez manifestantes conocían las razones de la huelga!

Aunque hasta hace un mes, tanto la CISL como la UIL, se habían declarado dispuestas a negociar con el gobierno, por el momento los tres sindicatos declaran que "sin la retirada de las propuestas gubernamentales sobre pensiones y artículo 18 no se sientan a la mesa de negociación". Ello se debe a la presión en las fábricas que no les deja otra posibilidad, pero ¿hasta cuándo puede durar esta situación?

Por su parte Berlusconi quiere, como hizo con los mineros su ídolo Margaret Thatcher, destrozar al sindicato más combativo, la CGIL. Las declaraciones de apertura al diálogo, responden sólo a exigencias de imagen. Ofrece un falso diálogo que significa aceptar todas sus propuestas ya que las reformas son necesarias, "lo piden Europa y nuestros electores".

Los dirigentes sindicales, que hasta el último momento han intentado mantener la política de pactos sociales, quisieran efectivamente que se retirase el proyecto de ley sobre el artículo 18 y pasar a discutir una reforma general del Estatuto de los Trabajadores. Una parte importante de la patronal estaría dispuesta a aceptar la institución de un seguro de paro a cambio de mayores facilidades en el despido. El objetivo es poder disponer de una espada de Damocles sobre la cabeza de todo aquel que intentase defender sus derechos en la fábrica. Indemnización y seguro de paro serian el coste de un mayor control sobre el conjunto de los trabajadores en las empresas.

Hasta hace un año no hubiera sido difícil que CISL y UIL hubiesen aceptado este conjunto de propuestas. Incluso en la CGIL se hubiesen encontrado muchos dirigentes dispuestos. La novedad que ha impedido hasta ahora el acuerdo entre gobierno y sindicatos, y que ha obligado a CISL y UIL ha seguir a la CGIL en la huelga general, ha sido el notable cambio en la conciencia de los trabajadores, la decisión de volver a las calles, de participar en las huelgas, de defender los derechos mínimos de los trabajadores.

La participación es tan masiva que existe en estos momentos un ambiente de confianza generalizada y muy pocos ponen en duda que el gobierno y la patronal cederán. Pero no será fácil. El gobierno echará marcha atrás sólo si la agitación social crea serias dificultades a las empresas, reduce su apoyo electoral (el 23 de mayo unos diez millones de personas votan en el primer turno de elecciones municipales) y amenaza con romper la coalición electoral entre Bossi, Fini y Berlusconi.

Para ello el movimiento tiene que crecer, sobre todo en términos cualitativos. No sólo a nivel sindical, sino también político. Existen todas las premisas para que la coalición el Olivo, que ha permitido a la burguesía controlar el movimiento obrero durante años, a través de elementos como Prodi, Amato, Dini, salte en pedazos a corto plazo. El partido DS, en cuyo congreso hace ocho meses D’Alema y Fassino habían obtenido una mayoría del 64% está en ebullición. Muchos de sus militantes y sobre todo millones de sus votantes y otros tantos millones de trabajadores esperan que en los próximos meses Cofferati, el dirigente de la CGIL, plantee una batalla política contra la derecha del partido. Hay que señalar que, hasta ahora, Cofferati se había destacado por ser un dirigente de la derecha de la CGIL y haber apoyado siempre al ala de D’Alema en el DS. Por todo esto el proceso no será breve, y en juego no está sólo el artículo 18, sino una inversión de la tendencia en la relación de fuerza entre las clases en Italia, después de un periodo de veinte años en los que el movimiento obrero ha estado siempre a la defensiva.