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Extracto: "A finales del año pasado, la multinacional italiana Parmalat colapsó como un castillo de naipes, después de que su director admitiese que había falsificado las cuentas de la empresa durante un período de catorce años. Hizo esto para encub Como marxistas, siempre explicamos que la clase capitalista, en su período de decadencia histórica, hará todo lo que pueda para mantener su poder y privilegios. Pero algunas veces, las cosas que hacen los empresarios dejan atónitos incluso a los más experimentados marxistas.

A finales del año pasado, la multinacional italiana Parmalat colapsó como un castillo de naipes, después de que su director admitiese que había falsificado las cuentas de la empresa durante un período de catorce años. Hizo esto para encubrir las pérdidas que sus filiales tenían en Norteamérica y Latinoamérica.

Parmalat es una de las empresas lácteas más grandes internacionalmente, con más de 140 fábricas y 36.000 empleados repartidos por todo el mundo. Durante los años ochenta consiguió expandir su mercado o eso parecía a Brasil, Argentina, Venezuela, Ecuador y muchos otros países de América Latina. Incluso llegó a vender leche en polvo a Cuba. En realidad todo era ficticio porque ahora sabemos que este “éxito” estaba basado en una ingente cantidad de deudas (se calcula que la cifra está próxima a los 10.000 millones de euros).

Los gestores de Parmalat crearon varias empresas subsidiarias fantasmas (¡más de 250!) para permitir que el dinero se moviese libremente dentro del grupo. Utilizaron todo tipo de métodos fraudulentos, incluida la publicación de documentos falsos utilizando el método rudimentario de las fotocopias y de este modo ocultar la realidad de la situación. Todo esto ocurría mientras la empresa se hundía cada vez más en las deudas. Cuando la expansión de Parmalat tocó techo, la multinacional intentó encubrirlo con más y más adquisiciones. Para seguir esta estrategia contó con la ayuda de créditos que generosamente concedían los bancos más importantes del mundo. Esta estrategia, al final, consiguió crear una cantidad colosal de créditos y bonos impagados.

Ahora la prensa burguesa ataca Tanzi, el dueño de Parmalat, que hasta el día de ayer contaba con el afecto de estos medios de comunicación, para ellos se trataba de un ferviente cristiano, la “cara humana” del capitalismo compinche italiano. Ahora le presentan con la peor de las caras, es corrupto, avaricioso y un incompetente que ha estafado en su propio beneficio. Por supuesto Tanzi es un corrupto, un avaricioso y un incompetente. La pregunta no es por qué este escándalo, durante tanto tiempo, ha pasado inadvertido para prácticamente todo el mundo —lo más probable es que ellos le ayudaran en el fraude, desde los auditores a los grandes bancos estadounidenses de inversión o incluso las autoridades gubernamentales, en última instancia, todos están en el mismo barco—. La verdadera pregunta es, ¿por qué este gigante industrial, una de las empresas italianas más respetadas, decidió emprender este camino? No podemos comprenderlo si simplemente vemos este escándalo desde el punto de vista de la avaricia personal. No es sólo una cuestión de avaricia, la crisis de Parmalat está unida a la profunda crisis de la economía italiana.

El euro y el capitalismo italiano

Cuando Italia se unió al euro explicamos que la burguesía italiana se iba a encontrar en una situación muy incómoda. Durante décadas, la devaluación fue la principal arma de los capitalistas italianos frente a las economías más desarrolladas, como era el caso de Alemania u otros países europeos. El sistema capitalista italiano estaba al borde del colapso. La burguesía permitió que el estado se endeudase masivamente, todo esto para conseguir que los trabajadores estuvieran en calma. Obviamente, su idea era dar hoy para quitar mañana, y con intereses. Desde principios de los años ochenta la burguesía en Italia empezó a eliminar las concesiones que hizo durante los años setenta. La economía italiana lleva más de diez años pagando el precio de este crecimiento exponencial del déficit público.

Desde la entrada en el euro, sin posibilidad de devaluar su moneda, obligada por una política fiscal que consiste en recortes constantes, la economía italiana ha ido dando tumbos. Sin el arma clásica de la devaluación, sufriendo los ataques de las economías desarrolladas, la competencia de China y los demás países “en vías de desarrollo”. La industria italiana ha sufrido un golpe detrás de otro. Creían con ilusión que el número sin precedentes de privatizaciones de los últimos quince años, las más grandes de cualquier país occidental en un período de tiempo tan corto, podrían provocar el arranque de alguna forma de capitalismo “popular” y de este modo fortalecer la posición de las clásicas familias del capitalismo italiano. Esta ilusión demostró ser una utopía. Mientras tanto, el crecimiento de las empresas capitalistas a gran escala ha sido prácticamente imperceptible. Un ejemplo sirve para darnos una idea de lo irrisorio de este crecimiento. 20 de las 30 empresas italianas que forman el MIB30 (el índice más importante de las empresas italianas que cotizan en bolsa) son antiguas empresas públicas o que fueron creadas por antiguas empresas estatales. Las 6 primeras empresas de la bolsa italiana son antiguas empresas públicas. Esto nos da una idea del nivel de saqueo capitalista de los antiguos bienes públicos del estado italiano.

En los últimos dieciocho meses hemos tenido al menos tres crisis industriales: Fiat (el último superviviente de los fabricantes italianos de automóviles), Cirio (una multinacional de la alimentación) y ahora Parmalat. Estas crisis tienen distintos motivos y todos tienen características diferentes, pero en última instancia todas se reducen a lo siguiente: aquellas empresas italianas que han intentado expandirse al extranjero han fracasado estrepitosamente. Parmalat es el ejemplo más claro de todos. Fraude, balances trucados, etc., durante un período superior a diez años para intentar ocultar el desastroso intento de conseguir mercados en el continente americano. Parmalat era una de las pocas multinacionales verdaderamente italiana, aunque tenía un tamaño liliputiense si se compara con otras multinacionales (Italia tiene menos multinacionales que Canadá, Holanda o Austria, todos estos países tienen una economía más pequeña que la italiana). Ahora Parmalat ha colapsado, puede que se rompa y se venda por partes a multinacionales como Nestle o Unilever. Las multinacionales italianas como Fiat o Cirio, ahora Parmalat, se están vendiendo a empresas más grandes. Mientras esto está ocurriendo, las multinacionales extranjeras están haciendo su agosto en Italia, buscando empresas que se puedan comprar a precio de saldo.

La demostración más clara de que la industria italiana está en profunda crisis se puede ver en la pérdida de mercados, tanto en las recesiones como durante los auges económicos. En un reciente informe publicado por el Banco de Italia podemos leer lo siguiente:

“Las exportaciones italianas en relación al total de las exportaciones mundiales, entre 1995 y 2002, han pasado del 4,5% al 3,6%. En el año 2002 la contribución del comercio exterior al crecimiento económico ha sido negativo, un –0,7%. La industria italiana apenas contribuye al mercado mundial en productos de alta tecnología. Aunque en los últimos años la composición de las exportaciones ha mejorado ligeramente a favor de una producción de más alta tecnología, en estos sectores el país ha perdido cuota de mercado” (Banca de Italia. Sintesi delle note sull’andamento delle regioni italiane nel 2002, 2003).

En sólo siete años Italia ha perdido una quinta parte de su cuota del mercado mundial. Esta tendencia es insostenible y ha empeorado desde la entrada en el euro. Entre 1991 y 2002, el peso de las exportaciones hacia la zona euro han pasado del 55% al 45% del total del comercio exterior.

Este proceso ha significado el final de lo que se llamaba “piccolo è bello” (lo pequeño es bello). Durante décadas los expertos burgueses nos hablaron de los beneficios que tenían las empresas a pequeña escala. Se suponía que eran mejores y más flexibles, con más libertad de despido, capacidad de evadir impuestos, mantener a raya a los sindicatos, etc. Pero ahora ha hablado la realidad del mercado mundial. El nivel de la fragmentación productiva de la industria italiana es un peso muerto que tiene un coste demasiado elevado para el capitalismo italiano. El papel pequeño que juega el capitalismo italiano en el mercado de alta tecnología es el resultado de la escasez de recursos, tanto públicos como privados, dedicados a I+D (Investigación más Desarrollo). Por ejemplo, en el año 2000 el gasto en I+D italiano fue el 1,1% del PIB frente al 1,9% de la UE. El sector privado está pagando ahora el pequeño tamaño de sus empresas, mientras que el sector público está debilitado debido a las privatizaciones. A pesar de diez años de feroz política antiobrera, la deuda pública sólo se ha reducido del 120% al 105% del PIB. A este ritmo, para conseguir estar por debajo del 60% que marca el Acuerdo de Maastricht, Italia tardaría más de treinta años en conseguir este objetivo. En cualquier caso, el capitalismo italiano no tiene tiempo de mejorar esta situación frente a la competencia extranjera. Los tres años de implantación del euro han bastado para situar a la economía italiana al borde del precipicio. No es que la clase dominante italiana no haya hecho nada, sí ha conseguido implantar con éxito muchas contrarreformas, como la extensión del trabajo temporal. Pero estos éxitos no bastan para satisfacer sus necesidades, para conseguirlo necesitarían aplicar contrarreformas más duras de las aplicadas por sus competidores extranjeros. Por eso el capitalismo italiano necesita seguir adelante con sus ataques contra los trabajadores, algo que está provocando mucha inestabilidad social y política en el país, y que ha conseguido movilizar a los trabajadores contra estos ataques.

Otra manifestación contundente del profundo declive de la industria italiana se puede ver en que la burguesía es incapaz de eliminar el atraso histórico del Mezzogiorno (el sur del país). En 2002 el PIB per cápita del sur era sólo el 58% respecto al resto del país, ¡menos que hace treinta años! La relación entre el sur y el norte ha retrocedido hasta los niveles de la posguerra.

La ausencia total de una política global y acompasada para todo el país por parte de los distintos gobiernos durante los últimos diez años un fenómeno que también afecta a la asociación de empresarios de Confindustria, es simplemente un reflejo de que los grandes capitalistas no tienen ninguna estrategia para intentar superar la crisis de su sistema. La burguesía italiana cada vez está más impaciente y considera que la única solución es atacar los derechos de los trabajadores, el estado del bienestar, los salarios, etc. Este es el camino que ha emprendido y con consecuencias desastrosas.

Tensiones en la clase dominante

El gobierno Berlusconi representa esta necesidad de los empresarios de atacar a la clase obrera. Pero también representa el deseo de librarse de las leyes del capitalismo. Otro sector de la burguesía está preocupado ante estos acontecimientos y ve todo esto como el final de su viejo sueño de equiparar a Italia con el capitalismo alemán y, por lo tanto, modernizar la industria italiana. Por eso también este sector ha emprendido acciones contra Berlusconi. Tanto el presidente de la república, Ciampi, como el gobernador del Banco de Italia, están participando en esto. Por ejemplo, Ciampi se negó a firmar la ley de Berlusconi que salvaba a uno de sus canales televisivos. Este conflicto entre los diferentes sectores de la burguesía está empeorando, y lo hará aún más cuando se intensifique la lucha de la clase obrera italiana. Como dijo Lenin, una escisión dentro de la clase dominante es el primer síntoma del inicio de una crisis revolucionaria en la sociedad.

Los capitalistas están muy preocupados y buscan impacientemente un nuevo “salvador”. Este segundo gobierno Berlusconi (el primero fue hace más de diez años) ha sido muy rentable para ellos, pero no han tenido suficiente. Su dilema es que por ahora no tienen otra alternativa viable. Esto explica los giros que podemos ver en la prensa burguesa. Algunas veces dejan aflorar a la superficie el pesimismo, por ejemplo, en un reciente artículo de Giuseppe Turani, uno de los analistas económicos más famosos y optimistas, escribía lo siguiente: “esto está agonizando, el capitalismo, sino está ya muerto no tiene nada que decir... un capitalismo que ya no sabe hacia donde va o si ha llegado a un punto muerto”. (La Republica, 28/12/03).

Para ellos la situación es bastante sombría. Pero no basta con decir que los propios intelectuales burgueses están preocupados por su sistema, debemos ofrecer una alternativa. En primer lugar, es necesario dar una alternativa a los miles de trabajadores que corren el riesgo de perder su empleo, que han tenido que utilizar sus ahorros para sobrevivir durante la crisis del sistema. En segundo lugar, cualquier solución de “mercado” (ya sean vendiendo por partes una empresa o de cualquier otra forma) sólo significa grandes beneficios para las multinacionales y sacrificios para los trabajadores. Tenemos que rechazar esta “solución”. Por supuesto los dirigentes reformistas dicen que el problema está en la naturaleza compinche del capitalismo italiano, y que el mercado no puede funcionar así. Si esto fuera cierto entonces tendríamos a muchos empresarios en la cárcel. No existe un capitalismo “limpio” y “moderno” que pueda ser una alternativa al capitalismo compinche. Así es como funciona el sistema. En todos los países capitalistas vemos la misma historia. En primer lugar en los propios Estados Unidos. Puede que sean empresas más grandes, pero eso sólo significa que su capacidad de fraude es mucho mayor. El problema reside en el propio mercado. Estas grandes empresas y bancos multinacionales tienen el poder de manejar países y continentes enteros. Los activos combinados de los primeros diez bancos internacionales son ahora mayores que cualquier país, incluidos los Estados Unidos. Pueden hacer lo que quieran y cuando quieran en cualquier país, ese es el problema. Puedes encarcelar e incluso disparar a uno de estos empresarios corruptos, pero con eso no conseguirás erradicar el problema de todo el sistema capitalista.

Estos escándalos no son la excepción, sino sólo la punta del iceberg. Sólo hay una solución para estas repetidas crisis: nacionalizar sin indemnización estas empresas y ponerlas bajo el control democrático de los trabajadores. Empresas como Parmalat tienen fábricas en docenas de países, esto significa, concretamente, la necesidad de coordinar a los trabajadores a escala mundial. Esta es precisamente la tarea de la clase obrera en el siglo XXI, reconstruir la sociedad a escala mundial. Este proceso se puede iniciar exigiendo ver los libros de cuentas de las empresas. Los trabajadores deben tener el derecho a acceder a todos los libros de cuentas de estas empresas para ver cual es la verdadera situación. Podemos ya escuchar a nuestros amigos burgueses, dentro y fuera del movimiento obrero, explicarnos que estos procedimientos contables son muy complicados, y que sólo los “especialistas” están capacitados para esta tarea. Pero ya hemos visto que “competentes” son sus “especialistas”, como demuestran el caso Parmalat, Enron, WorldCom, etc. Ha llegado el momento de que los trabajadores tengan la oportunidad de gestionar la sociedad. Ellos sí saben como gestionar los enormes recursos de estas empresas en beneficio de todos los trabajadores.

6/2/2004