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El viernes 24 de octubre aproximadamente diez millones de trabajadores participaron en la huelga general de cuatro horas convocada por las organizaciones sindicales —CGIL, CISL, UIL— contra la contrarreforma del sistema de pensiones anunciada por el Claudio Bellotti

Comité de Redacción

de Falce Martello

El viernes 24 de octubre aproximadamente diez millones de trabajadores participaron en la huelga general de cuatro horas convocada por las organizaciones sindicales —CGIL, CISL, UIL— contra la contrarreforma del sistema de pensiones anunciada por el gobierno de Berlusconi. Según los dirigentes sindicales un millón y medio de trabajadores participaron en las más de cien manifestaciones que se celebraron por todo el país.

La huelga fue un éxito claro, mientras que la asociación empresarial —Confindustria— ha intentando minimizar las cifras, el gobierno no las negó. Era obvio que la participación había sido masiva. La huelga tuvo éxito particularmente en el sector público, enseñanza, transporte y ferrocarriles.

El gobierno de derechas, presionado por la Unión Europea y Confindustria, decidió en septiembre lanzar un ataque frontal contra el sistema público de pensiones. La propuesta del gobierno obligaría a todos los trabajadores a trabajar al menos cuarenta años (con todas las contribuciones pagadas) antes de poder acceder a su jubilación. Teniendo en cuenta que el nivel del sistema público de pensiones ha estado cayendo desde 1995, cuando la anterior “reforma de las pensiones” introdujo el primer ataque serio, y que en el futuro no van a ser capaces de garantizar un ingreso decente a los trabajadores que se jubilen, la nueva propuesta también les obligaría a tener que recurrir a un plan de pensiones privado para poder garantizar un nivel de vida razonable.

La indignación de

la clase obrera

Añadiendo más leña al fuego, el 29 de septiembre Berlusconi recurrió a “explicar” sus ideas sobre esta cuestión de la forma más provocativa posible. Se dirigió a la nación con un mensaje de ocho minutos, emitido simultáneamente en seis canales diferentes de televisión. ¡Tres canales públicos más tres canales de su propiedad!

El ataque llega en un momento en que ya existe un ambiente de furia entre los trabajadores y que se está extendiendo masivamente. Este ambiente se ha alimentado con los continuos ataques del gobierno y ayuntamientos a prácticamente cada uno de los sectores del Estado de Bienestar, desde la educación a la sanidad. El aumento general de precios que está reduciendo el poder adquisitivo para millones de familias obreras también ha añadido más material combustible a la situación.

Una razón más para la amargura y radicalización es el declive industrial del país. La producción industrial ha caído durante los últimos veintiún meses y en agosto hubo otra nueva caída del 10 por ciento. Las crisis, los cierres y las llamadas “racionalizaciones” están en el orden del día e inevitablemente provocarán conflictos importantes, como ya ocurrió el año pasado con los trabajadores de la Fiat.

Todos estos sentimientos se han canalizado y encontrado expresión el 24 de octubre.

Con esta última ofensiva, Berlusconi ha obligado a los dirigentes de la CISL y el UIL a unirse a la convocatoria de la huelga. El año pasado los dirigentes de ambos sindicatos boicotearon abiertamente la lucha contra la contrarreforma laboral. Gracias a su traición el gobierno pudo aprobar esta ley (ley nº 30) que introduce una masiva temporalidad de la mano de obra en los centros de trabajo. Ahora han tenido que dar un giro de ciento ochenta grados y unirse a la huelga. No es sorprendente que miles de personas en Nápoles abuchearan y silbaran al secretario general del UIL, Luigi Angeletti, durante su discurso.

Para ganar

es necesario luchar

Después de la huelga general el gobierno ha reiterado su determinación a continuar con la contrarreforma; pero dada la situación política del país, esta es una receta acabada para nuevas explosiones. Si todavía no ha ocurrido esto sólo se debe a la actitud cautelosa —por no decir cobarde— de los dirigentes sindicales. Si ellos quisieran, podrían fácilmente derribar al gobierno, que ya está muy debilitado por las divisiones y enfrentamientos entre los cuatro partidos que conforman la coalición gubernamental. En la medida en que los dirigentes sindicales se han limitado a realizar una movilización mínima (lo justo para salvar la cara), esta huelga general de cuatro horas se ha convertido en otra manifestación de la rabia e indignación que existe en el movimiento obrero, reflejando la voluntad de lucha de los trabajadores, pero no se ha convertido en una acción que pueda cambiar de forma decisiva la situación del país.

Sin embargo, los dirigentes sindicales no tienen el poder de hacer lo que quieran. No es sólo cuestión de lo que estén dispuestos a hacer o no. Los trabajadores cada vez están más impacientes ante una situación que empeora según pasan los días. Ya hay claros síntomas de un nuevo ambiente de militancia y cambio de actitud entre las filas del movimiento obrero.

Se está produciendo un proceso de radicalización entre aquellos jóvenes que han sido los más afectados por las nuevas leyes laborales. Los centros de telemarketing, los grandes centros de trabajo en el sector de comercio, las fábricas con grandes concentraciones de trabajadores temporales..., están experimentando un proceso de sindicalización a pesar de la visión rutinaria y pasiva del aparato sindical.

Las huelgas del metal

Otro elemento importante de la radicalización ha sido la lucha de los metalúrgicos. El mes de mayo pasado el FIM-CISL y el UILM-UIL, las organizaciones metalúrgicas del CISL y UIL, firmaron un acuerdo nacional por separado que afectaba a un millón y medio de trabajadores. El acuerdo, una bofetada en la cara para los trabajadores, no fue aceptado por el FIOM-CGIL, que es la organización sindical más grande. El FIM y el UILM se negaron a someter su acuerdo a votación entre los trabajadores. Por su parte, el FIOM decidió iniciar la lucha para retirar el acuerdo y conseguir un acuerdo decente.

La táctica propuesta por los dirigentes del FIOM es lanzar una serie de huelgas locales. La efectividad de esta táctica es más que dudosa, porque significa dividir la lucha. Además, está claro que el aparato del FIOM tampoco está demasiado entusiasmado con la idea de iniciar esta lucha. Hasta ahora han fracasado a la hora de dar una dirección fuerte y centralizada a esta movilización.

Pero a pesar de todos los errores y deficiencias de la dirección, los trabajadores están luchando. En cualquier parte se puede ver que ante una llamada clara de los delegados sindicales locales, los trabajadores responden con entusiasmo y militancia. Ahora están regresando a métodos más militantes de lucha, en contraste con la forma habitual de organizar la huelgas que tienen los dirigentes sindicales. Las huelgas espontáneas, paros repentinos, breves y sin aviso ante la simple llamada del delegado sindical, bloqueos de carreteras, etc., ahora son una característica común de la lucha.

Gracias a estas huelgas en aproximadamente 260 fábricas, los empresarios han tenido que firmar acuerdos locales que contradicen el acuerdo estatal y conceden aumentos salariales más altos, además de otras concesiones.

Hasta ahora la lucha de los metalúrgicos ha estado limitada en su alcance. Los acuerdos firmados por ahora sólo afectan a, aproximadamente, 40.000 trabajadores. Sin embargo, tiene un significado trascendental. Demuestra que en uno de los sectores más importantes de la clase obrera industrial, la punta de lanza del movimiento sindical, está produciéndose un proceso claro de radicalización.

Organizar la respuesta

Para el 7 de noviembre el FIOM está organizado una huelga de veinticuatro horas con una manifestación nacional en Roma. Dado el éxito de la huelga general de cuatro horas convocada y el clima reinante, esta huelga podría convertirse en un punto de inflexión en la lucha de los metalúrgicos, que además influiría en el conjunto de la clase obrera y el movimiento sindical.

Los empresarios y el gobierno ahora están reaccionando con amenazas y medidas represivas. En más de una ocasión han recurrido a la policía para intimidar a los trabajadores (aunque los policías no parecían muy dispuestos a enfrentarse abiertamente con los trabajadores en huelga). Un ejemplo es lo que ocurrió hace unos días. Un ministro llamó a su colega del Ministerio de Interior para que interviniera para “restaurar la democracia en las fábricas de Emilia Romagna” (la región donde la lucha es más extensa y sólida). Esto demuestra tanto los temores como la miopía de la clase dominante. Un acto abierto de represión contra los trabajadores en la situación actual, podría suponer un verdadero desastre para el gobierno y los empresarios.

Mientras escribimos este artículo todavía no está claro que van a hacer los dirigentes sindicales si —como parece casi cierto— el gobierno no da marcha atrás. No se puede descartar otra huelga general antes de finales de año. Otras capas también podrían tomar las calles, incluidos los estudiantes de secundaria, que en muchas ciudades también han participado en las manifestaciones del 24 de octubre.

Tenemos un gobierno debilitado, una creciente agitación dentro de la sociedad y una disposición a luchar, además de la acumulación de contradicciones en todos los niveles. Todos estos elementos nos dicen que dentro de poco tiempo nos enfrentaremos a un punto de inflexión quizá más decisivo, en la lucha de clases en Italia.