Corriente Marxista Internacional

El baño de sangre que tuvo lugar en la antigua Yugoslavia durante la última década se ha interpretado de muchas formas diferentes y por distintos teóricos burgueses. El único hilo común a todas estas perlas de sabiduría fue en alguna ocasión la ingen El baño de sangre que tuvo lugar en la antigua Yugoslavia durante la última década se ha interpretado de muchas formas diferentes y por distintos teóricos burgueses. El único hilo común a todas estas perlas de sabiduría fue en alguna ocasión la ingenuidad, pero en su mayor parte bien calculada, y el interés en extender prejuicios y estupideces. En un intento de explicar la continua guerra, los medios de comunicación recurrieron a lo “étnico”, religioso”, “civil” y en algunos casos incluso “tribal”. Como marxistas, luchamos contra estas malas interpretaciones que surgen de una falta de comprensión de las causas y la naturaleza de la oleada de violencia que asoló los Balcanes durante los años noventa.

Hoy, bajo la influencia de la derecha, la ruptura de Yugoslavia es utilizada comúnmente como prueba de que un estado multiétnico es una utopía en los Balcanes y que cualquier intento de establecer el socialismo finalmente llevará al desastre. Nosotros entendemos que la cuestión nacional es sólo una excusa para las guerras que desmembraron Yugoslavia, guerras que en primer lugar fueron guerras de clase. Representaron el esfuerzo colectivo de las burocracias estalinistas locales y el imperialismo contra la clase obrera yugoslava en su conjunto, un esfuerzo que no tenía raíces reales en la religión o la nacionalidad. Para comprender esta idea es necesario mirar el desarrollo histórico de los Balcanes.

Formación tardía de los estados nacionales

Cualquiera que tenga oportunidad de viajar por estas tierras consideradas tradicionalmente como parte de la Península Balcánica (las repúblicas ex – yugoslavas, Bulgaria, la parte europea de Turquía, Albania y Grecia), puede atestiguar que esa es una zona diferenciada de Europa con ha herencia, historia, población y costumbres relativamente similares. Por otro lado, esta zona geográfica está dividida con numerosas fronteras estatales creadas artificialmente, con religiones diferentes y chovinismos locales.

La superficie total de los Balcanes es tan grande como Alemania o España. Sin embargo, esta región del sureste europeo tuvo un desarrollo histórico particular que la separa de los países europeos occidentales industrializados. A pesar de la lógica económica del capitalismo, esta región nunca consiguió desarrollar un mercado común unificado. Europa sufrió una transformación drástica en los siglos XVIII y XIX con la aparición en la escena mundial de una nueva clase: la burguesía. La burguesía jugó un papel progresista en esa época porque consiguió derribar las estrechas fronteras feudales y formar estados nacionales modernos.

Los Balcanes, sin embargo, entraron en la escena histórica atascados entre los imperios austro-húngaro y otomano (más tarde la Rusia zarista), dos bastiones de la reacción en una Europa revolucionaria que en su zona sureste mantuvo el estrecho grillete del atraso feudal. A principios del siglo XIX, con los primeros síntomas de deterioro del una vez poderoso Imperio Otomano, aparecieron los primeros intentos de crear estados nacionales independientes en los Balcanes. Las burguesías locales, en comparación con sus homólogas occidentales, eran muy débiles y estaban formadas principalmente por pequeños comerciantes, unidos orgánicamente a la oligarquía feudal y totalmente dependientes de apoyo de las fuerzas imperialistas, independientemente de si procedía del este o el oeste. Después de la retirada del Imperio Otomano, la Rusia zarista fue especialmente perniciosa para el destino de sus “hermanos eslavos”. Jugó un papel importante como “protectora” de los eslavos. Desde el otro lado, el Imperio Austro-Húngaro comenzó su colonización disfrazada de ilustración cultural y una misión histórica de liberar la península del atraso turco. León Trotsky pasó parte de su vida viajando por los Balcanes como corresponsal de guerra para el diario ruso Kievskaya Mysl, describiendo con las siguientes palabras la astuta política austriaca:

“La política de Austria en los Balcanes combina naturalmente la rapiña capitalista, la obtusidad burocrática y la intriga dinástica. El policía, el financiero, el misionero católico y el agente provocador se reparten el trabajo entre sí. Todos juntos están llamados al cumplimiento de una misión cultural”. (León Trotsky. The Balkan Wars. p. 44).

Las Guerras Balcánicas (1912-1913), en las cuales la joven burguesía balcánica aunó fuerzas para echar a Turquía hacia el este, más tarde se convirtieron en guerras de liberación nacional y, al mismo tiempo, conquistas imperialistas depredadoras destinadas a capturar territorios y las pequeñas poblaciones que dejaba Turquía tras de sí. Los principales participantes en esta conquista fueron Serbia, Bulgaria, Montenegro y Grecia, todas ellas, como buitres, tomaron algunos pedazos del antiguo Imperio Otomano. Serbia, por ejemplo, “recuperó” el control sobre la zona conocida como “Antigua Serbia” hoy Kosovo , entró en el norte y centro de Macedonia mientras el ejército de Montenegro tomaba Sandzak y llegaba a Albania. Una vez terminado con Turquía, las clases dominantes serbia y búlgara comenzaron a luchar entre sí para tomar el control de los territorios recién “liberados”. Durante esta época de continuo cambio de fronteras nacionales, los ejércitos nacionales emprendieron las llamadas limpiezas étnicas en un intento de crear artificialmente estados nacionales. Sin embargo, en el contexto europeo, las clases dominantes de los Balcanes aún eran pequeñas. Las potencias imperialistas utilizaron los nuevos estados balcánicos como penos de ajedrez para acabar con el imperio turco y, al mismo tiempo, controlar estrictamente el crecimiento de cada uno de ellos. Tan pronto como parecía que uno de ellos potencialmente se podía convertir en una potencia regional, cortaban sus aspiraciones y reorganizaban las fronteras según sus propios deseos. A Albania se le entregó su “soberanía” en una conferencia de paz celebrada en Londres como una forma de evitar su ascenso frente a Serbia y de este modo obtener una salida al Mar Adriático.

Como marxistas, basándonos en el materialismo histórico, no vemos la nación como un “un estado de espíritu eterno” de cierto grupo de personas. Si en 1839, por ejemplo, el Lazar serbio daba una orden en los campos de Kosovo diciendo: “¡Adelante serbios!”, los caballeros se reunían alrededor de las cruces cristianas y sus nobles locales parecían no entender nada. La “nación” y, por lo tanto, el nacionalismo, son categorías y productos históricos de las revoluciones burguesas y la creación de estados nacionales. En contraste a la percepción metafísica, nosotros somos conscientes de que en el fondo lo que unifica a pueblos diferentes en una misma nación con una idioma y cultura similares, es un largo período de vida conjunta bajo la misma formación económica capitalista. Lo mismo ocurrió con los pueblos coloniales esclavizados de África y Asia donde la explotación imperialista de diferentes pueblos provocó el surgimiento por la fuerza de una nación unificada.

Los numerosos ocupantes, la ausencia de un mercado común, la división de territorios y los continuos cambios de fronteras, impidieron un proceso de desarrollo similar en todos los Balcanes y, por lo tanto, creó las condiciones previas para las divisiones, el atraso económico y la carnicería étnica que ha hecho famosa a esta región. De la misma manera que en Oriente Medio, las fronteras en los Balcanes son creaciones artificiales creadas en salas de conferencia llenas de humo donde las potencias imperialistas dividen de manera perversa poblaciones enteras. Los Balcanes eran y siguen siendo una semicolonia dentro de Europa.

Después de la retirada de Turquía, la política económica de Austria fue dirigida conscientemente a impedir cualquier desarrollo de una base industrial independiente en los países balcánicos vecinos. Los bajos aranceles para los productos agrícolas y el ganado hizo que las economías de estos países permanecieran atadas y dependieran de Austria para los productos industriales elaborados. Los desfavorables términos comerciales y las concesiones sobre los recursos naturales locales garantizadas por la obediente aristocracia y burguesía balcánica, convirtieron esta región en un lisiado económico a la cola del resto de Europa. A principios del siglo XX la región en su conjunto contaba con sólo el 2,5 por ciento de la producción industrial europea. La mayor parte de la industria estaba relacionada con el procesamiento básico de los productos agrícolas y concentrada en las zonas occidentales de la región. El 80 por ciento de la población estaba formada por campesinos atados con relaciones feudales a la tierra y los kulaks.

“Yugoslavia” como creación imperialista

La lógica económica del desarrollo capitalista llevó a las clases dominantes de los estados balcánicos a la creación de un mercado más amplio, con la intención de romper el estrecho sistema y permitir un mayor crecimiento de las fuerzas productivas. Esta tendencia, reflejada en los intentos de crear una “Gran Bulgaria” o una “Gran Serbia”, fortaleció a los chovinistas locales y provocó enfrentamientos sangrientos. Por otro lado, la idea del paneslavismo se extendió y popularizó durante un cierto período, pero en realidad era sólo una fachada que escondía la fea cara de la Rusia zarista y sus intereses en la región. La mezcla de intereses de las diferentes fuerzas imperialistas también jugó un papel en la inestabilidad de la estructura estatal. Con constantes golpes de estado, derrocamiento de dinastías, asesinatos, etc., los Balcanes se convirtieron en el centro global de la intriga y un lugar donde estos terremotos políticos cotidianos se explicaban mediante teorías conspirativas.

La población de los Balcanes se encontró una vez más en partes diferentes en la Primera Guerra Mundial. Bulgaria se alineó con las potencias del Eje en un intento de recuperar los territorios perdidos en las conferencias de paz después de las Guerras Balcánicas, mientras que Serbia se puso al lado de los Aliados y salió del matadero como “ganador” pagando un precio terrible en sangre. Con el colapso de la monarquía austro-húngara, se planteó la cuestión de qué hacer con los territorios que estaban bajo su dominio en los Balcanes occidentales. Como precio por sacrificar a su propia población, la monarquía serbia consiguió jugar el papel de policía en el monstruo de Frankenstein creado por el imperialismo: Yugoslavia. Como un intento de resolver de alguna manera la cuestión nacional en la región, las potencias victoriosas decidieron construir una nueva nación en el corazón de los Balcanes.

Por supuesto, esta tarea histórica era imposible conseguirla con un decreto desde arriba y el estado recién formado, no consiguió resolver ninguno de los acuciantes conflictos nacionales ni apartar la región de su herencia de la Edad Media. La burguesía serbia demostró ser totalmente incapaz de desarrollar las fuerzas productivas y unificar a los diferentes pueblos que vivían en la zona, esto la hizo incapaz de cumplir la misión histórica que le había asignado el imperialismo. Los socialistas de la época etiquetaron correctamente a la primera Yugoslavia como un “calabozo de los pueblos”.

En época de crisis económica mundial y con una posición de partida pobre, las perspectivas para desarrollar una democracia parlamentaria burguesa moderna eran mínimas. La monarquía serbia tuvo que gobernar de una manera autoritaria, prohibiendo los partidos políticos y suprimiendo las diferentes nacionalidades y derechos culturales. En esta atmósfera, creció la resistencia de la burguesía croata y eslovena que se acomodaron a las masas campesinas dentro de sus repúblicas desarrollando tendencias chovinistas para contrarrestar a Belgrado y su centralización del poder. El rearme y las renovadas ambiciones de la clase dominante alemana durante los años treinta sólo sirvieron para empeorar la situación. El futuro de la burguesía Yugoslava estaba sellado.

La Segunda Guerra Mundial

La burguesía demostró ser totalmente incapaz y poco dispuesta a defender el territorio controlado por el ejército invasor nazi. Una parte de la burguesía junto a la familia real cogieron las maletas y escaparon a occidente donde esperaban sus cuentas bancarias. La capa más reaccionario de la clase dominante se puso entusiastamente al servicio de las fuerzas ocupantes.

Las fuerzas armadas yugoslavas no hicieron nada y la ocupación se completó en once días. Partes de la clase dominante de cada una de las nacionalidades formaron sus propias unidades armadas que, directa o indirectamente, estaban bajo el mando de los nazis. Los estragos de la limpieza étnica aparecieron una vez más. Al ver que el proyecto de una burguesía unificada yugoslava de nuevo hacía aguas, las burguesías locales comenzaron a intentar establecer sus propios estados nacionales pequeños bajo protección extranjero. Con el apoyo de los fascistas alemanes e italianos se instauró un régimen fascista títere en Croacia, éste inmediatamente comenzó un genocidio contra los judíos, los gitanos y los comunistas serbios y croatas. En Serbia, el gobierno de Milan Nedic y los escuadrones militares de Dimitrije Ljotic, con la excusa de “salvar la nación serbia” ayudaron a los nazis a apresar a los judíos y abiertamente participaron en el genocidio. Belgrado fue la primera ciudad de Europa que fue declarada “judenfrei” [libre de judíos]. Por otro lado, parte de la casta de oficiales del ejército serbio decidió formar una fuerza armada independiente, el llamado movimiento chetniks, que supuestamente representaban la parte “antifascista” de la burguesía serbia y leal al rey en Londres. Otras nacionalidades también tenían sus propias bandas armadas pro-fascistas, por ejemplo, la milicia musulmana de Bosnia bajo la cobertura de la Ustashe o las bandas albanesas de Balli Kombetar en Kosovo respaldadas por los italianos.

La única alternativa a toda esta locura en forma de movimiento guerrillero vino de la dirección del Partido Comunista Yugoslavo. El movimiento de la clase obrera tenían profundas raíces en los Balcanes. Junto con la masa de campesinos se desarrolló una joven clase obrera en las ciudades, ésta rápidamente adoptó el pensamiento más progresista de occidente, de la misma manera, desde los inicios del siglo XX se fundaron también los primeros partidos socialdemócratas. La Revolución de Octubre en Rusia encontró un gran eco entre la juventud, los trabajadores y los campesinos de los Balcanes. El rápido avance económico entre las dos guerras mundiales, la reforma agraria y un progreso social y cultural más amplio en la Unión Soviética, gracias a la economía planificada, se convirtieron en una alternativa atractiva a la depresión capitalista y el atraso feudal.

Inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, el Partido Comunista consiguió una gran popularidad en Yugoslavia. En 1920 el partido tenía 60.000 militantes y fue tercero en las elecciones de ese año con el 12% de los votos. Sin embargo, en el período posterior de depresión el partido se vio obligado a trabajar en la clandestinidad. Los comunistas eran perseguidos, la dirección fue encarcelada, liquidada o se tuvo que ir al exilio. No sólo cambió el partido la presión de la clase dominante yugoslava, el fortalecimiento de una capa burocrática privilegiada en Rusia durante los años veinte y treinta, personificada en la figura de José Stalin, convirtió la Internacional Comunista y todas sus secciones en seguidores obedientes de sus órdenes. No había una línea política clara constante. En lugar de avanzar en la perspectiva de la revolución en cada país, los partidos nacionales utilizaron las manipulaciones según los intereses de la política exterior estalinista y la construcción del socialismo en la “Madre Patria”. El partido yugoslavo no escapó de este proceso de degeneración política y regularmente sufría purgas y pérdidas de democracia interna. El propio Josip Broz Tito llegó a la jefatura del partido en una de estas purgas estalinistas después de la liquidación de su anterior dirigente, Milan Gorkic. A pesar de todo, bajo la dirección de un organizador con talento como era Tito, el partido consiguió construir una sólida red clandestina y varios cuadros experimentados. Al inicio de la ocupación contaba con 12.000 militantes clandestinos y unos 30.000 jóvenes comunistas organizados en una sección juvenil separada: SKOJ.

Después de la invasión se crearon pronto unidades armadas. Sin embargo, a pesar del ambiente popular dentro de la militancia y la disposición a luchar, la decisión de iniciar una lucha activa se retrasó. El papel que Moscú dio inicialmente a los partisanos fue el de una pequeña fuerza guerrillera cuyo deber era ralentizar el avance del ejército alemán, no tenía que llevar a cabo la liberación nacional ni hablar de revolución social. Stalin todavía tenía su pacto con Hitler y estaba intentando evitar la inevitable invasión alemana. Sólo después del ataque a la Unión Soviética se dio luz verde para iniciar una lucha abierta. ¿Qué tipo de lucha fue y cuál fue su línea política? Según la orientación de la Internacional en ese momento, la táctica del Frente Popular era la obligada para los comunistas que supuestamente luchaban contra el fascismo junto con el sector “progresista” de la burguesía. ¿Cómo se concretó esta táctica en el caso de Yugoslavia? Los partisanos supuestamente tenían que luchar unidos con el movimiento chetnik del general Draza Mihailovic y juntos dirigir la lucha de “liberación nacional”. En este contexto, la “liberación nacional” significaba echar al ocupante sin ningún tipo de cambio de las relaciones socioeconómicas existentes en el país. Durante la guerra Moscú reconoció oficialmente al gobierno provisional yugoslavo en Londres y a la corona como representantes oficiales de la población yugoslava. Radio Moscú regularmente otorgaba el mérito de las exitosas acciones partisanas a los chetniks, seguía la línea oficial Aliada de reconocer al movimiento chetnik como el movimiento antifascista oficial dentro de Yugoslavia. Los chetniks disfrutaban del apoyo político, económico y logístico de Washington, Londres y Moscú. La Unión Soviética se negó hasta 1944 a dar ayuda material a las unidades de Tito. El imperialismo mundial, la burocracia soviética y Tito llegaron a un acuerdo silencioso. Después de la liberación, el rey y su banda de políticos regresarían al país y las cosas continuarían como de costumbre, mientras Tito y Moscú se contentarían con poner fin a la existencia clandestina y con que el Partido Comunista tuviera una fuerte presencia en el parlamento yugoslavo. Sin embargo, todo el mundo, incluidos los nazis, infravaloraron el factor más importante en la ecuación: las masas yugoslavas.

El movimiento partisano resultó ser muy popular. Propaganda la igualdad nacional y explotando el amplio sentimiento antifascista, las unidades partisanas atrajeron como un imán a las masas campesinas de todas las nacionalidades, especialmente la juventud. A finales de 1942 el ejército partisana contaba con 150.000 combatientes. Un año después ese número se dobló. ¡Al final de la guerra en el corazón de los Balcanes había 800.000 personas armadas!

Los partisanos se convirtieron en un movimiento social de masas. Cientos de miles, oprimidos durante décadas bajo la dictadura, finalmente ganaron amor propio y el sentimiento de que podían cambiar la sociedad con sus propias manos. Este tipo de presión desde abajo cambió inevitablemente la línea política de la dirección del partido.

¿”Liberación nacional” o revolución social?

Paso a paso, la batalla por la liberación nacional creció hasta convertirse en una revolución social. Basándose en las masas, la dirección del partido comenzó a sentir lo suficientemente fuerte como para ignorar diferentes aspectos de los dictados de Moscú. De acuerdo con la orientación general de la táctica del Frente Popular, en lugar de soviets de trabajadores y campesinos formados sobre un criterio de clase, estos soviets incluían a los representantes de los partidos burgueses anteriores a la guerra. Sin embargo, Tito perseguía aliados fantasmas en forma de “burguesía progresista” que estaría dispuesta a luchar decididamente contra los fascistas. Los que tenían cuentas corrientes en el extranjero habían desaparecido hacía mucho tiempo, los que se quedaron habían apoyado al ejército invasor, no importaba lo progresistas que fueran, porque esto garantizaba la continuación de los derechos de propiedad dentro del país, algo que era más deseable que basarse en las guerrillas comunistas y las masas hambrientas.

En este vacío, sin participación real de la burguesía en estructuras paralelas de poder, los partisanos abrieron el camino para, en cuestión de meses, eliminar todas las reliquias de la Edad Media que la burguesía fue incapaz de hacer durante décadas de parlamento. El 29 de noviembre de 1943, el organismo representativo más elevado de los comités antifascistas (AVNOJ) declaró Yugoslavia una república. En los territorios libres se aprobaron leyes que garantizaban la nacionalización de la propiedad de los “colaboradores fascistas”, en la práctica significa la expropiación de los capitalistas y kulaks locales. Las fábricas reanudaron su producción para el frente y fueron puestas bajo el control de los trabajadores. Las mujeres rompieron siglos de viejos grilletes patriarcales uniéndose en masa a las filas partisanas y participaron activamente en la lucha.

Por primera vez, las minorías nacionales también tuvieron la oportunidad de participar en la vida política sobre la base de la igualdad. Se reabrieron las escuelas y comenzaron las primeras campañas de alfabetización de las masas campesinas en los territorios controlados por los partisanos.

Moscú no estaba entusiasmado con estos movimientos de los partisanos. La mayor prioridad de Stalin en ese momento era mantener la coalición con los Aliados y no quería asustarles con ningún síntoma de “exportar” la revolución. Por ejemplo, una carta que la Comintern envió a Tito en 1942 decía lo siguiente: “¿Por qué ha creado esta ‘brigada proletaria’? En el momento actual nuestro deber principal es unificar todas las tendencias antifascistas”.

La táctica de Moscú demostró ser un completo desastre sobre el terreno. La cooperación con los chetniks en la práctica era imposible. Las unidades del general Dragoljub Mihailovic estaban pasivas y desorganizadas. Desde diciembre de 1941 los chetniks llevaron a cabo ataques regulares contra los partisanos. Mihailovic sobrestimó demasiado la disposición de la burguesía serbia a luchar contra el ocupante. Ante la ausencia de un respaldo serio de la clase dominante o la monarquía, todos ellos se basaron en las capas más atrasadas del campesinado y una pequeña capa de kulaks. En 1943 gran parte de la actividad chetnik se basaba en la eliminación de los partisanos con la colaboración abierta de los fascistas y la limpieza étnica en las zonas mixtas con población no serbia. Divididos en numerosas fracciones, sin una línea de mando clara centralizada, los chetniks degeneraron hasta el punto que la burguesía mundial tuvo que abandonarles y comenzar a apoyarse en la única fuerza que era capaz de oponerse eficazmente a los fascistas. Hasta el día de hoy, este hecho sigue siendo una espina para la burguesía serbia cuyos ideólogos normalmente explican este giro histórico con diferentes teorías conspirativas. Sin embargo, la realidad es mucho más simple y dolorosa para ellos. Enfrentada a la amenaza del fascismo, la burguesía mundial abandonó a sus degenerados hermanos serbios y apoyó pragmáticamente a sus enemigos naturales: por el momento.

“Nacionalismo yugoslavo” o Internacionalismo obrero

Los partisanos se convirtieron en una fuerza imposible de ignorar. A pesar de la dirección estalinista, el movimiento partisano fue el fenómeno más progresista jamás visto en los Balcanes. Por primera vez en la historia aparecía un movimiento en el mismo corazón de los Balcanes que, indiscriminadamente, reunían a todas las nacionalidades, todas las religiones e incansablemente hacía avanzar la sociedad.

Después de la guerra, Tito se enfrentó a una decisión histórica. En 1945 en Potsdam, Stalin, Roosevelt y Churchill confirmaron su acuerdo para dividir Europa. Según este plan Yugoslavia sería una zona de influencia dividida por la mitad. Todavía siguiendo ciegamente la escuela estalinista y el frente popular, los comunistas yugoslavos recurrieron a la burguesía y formaron el llamado gobierno Tito-Subasic, incluso aunque ellos podían haber tomado fácilmente el poder. Esta correlación de fuerzas de clase no podía durar mucho. La burguesía no estaba preparada para sentarse en esta silla caliente con las masas armadas echando el aliento en su nuca. Los representantes de la burguesía abandonaron el gobierno y los trabajadores y campesinos se hicieron cargo del país. El Partido Comunista estableció el monopolio estatal del comercio exterior y nacionalizó la mayoría de las industrias.

Acontecimientos similares ocurrieron en los países vecinos. En Albania, un movimiento popular partisano similar al yugoslavo llevó a cabo una revolución. En Bulgaria, el Ejército Rojo y las fuerzas de resistencia locales tomaron el control. En Grecia e Italia, movimientos comunistas armados de masas estuvieron a punto de tomar el poder. Con la total derrota de las clases dominantes balcánicas, se crearon las condiciones por primera vez en la historia para eliminar las fronteras y la formación de una federación balcánica, más amplia y unificada, sobre bases socialistas. Esta era una opción realista y de sentido común. Era algo muy sencillo para los dirigentes de los partidos comunistas locales, a pesar de su antecedente estalinista, considerar seriamente esta posibilidad y dar los pasos concretos en esta dirección. Tito, Georgi Dimitrov y Enver Hoxa discutieron la posibilidad de que Bulgaria y Albania se unieran a la “nueva Yugoslavia”. Sin embargo, lo último que quería la burocracia moscovita era ver la creación de una Federación Socialista de los Balcanes que pudiera servir de alternativa a la “cuna del socialismo” y sacudiera sus posiciones privilegiadas.

Con la Guerra Fría calentándose y una ofensiva imperialista a escala mundial, el Ejército Rojo tuvo que responder y llevar a cabo nacionalizaciones no planeadas en Europa del Este, de este modo, en estos países se crearon satélites soviéticos. La dirección yugoslava, al ver como la “madre patria” trataba a estas naciones en su “esfera de influencia”, rompió con Stalin, se basó en las masas y en parte en el imperialismo mundial.

Grecia e Italia cayeron fuera de la línea dibujada por Roosevelt, Stalin y Churchill en las conferencias de Yalta y Potsdam. El destino de las revoluciones en estos países estaba por tanto sellado. Siguiendo el catastrófico consejo de Moscú, los comunistas italianos entregaron sus armas y dieron el poder a la burguesía. En Grecia, al principio los comunistas cometieron el mismo error y después dieron un giro ultraizquierdista comenzando una insurrección tardía.

En esta situación, Tito cerró la frontera yugoslava con Grecia y se negó a ayudar a los partisanos griegos pro-Moscú. Albania y Bulgaria, bajo la presión de Moscú rompieron relaciones con Belgrado y cada partido en la región giró hacia dentro y a la construcción del socialismo en su propio patio. Tito abandonó la idea de una federación más amplia y comenzó a crear el “camino yugoslavo hacia el socialismo”, la llamada “autogestión”.

La construcción del socialismo en un solo país

Manteniendo la revolución dentro de las fronteras yugoslavas, Tito básicamente llegó a un compromiso y decidió llevar a cabo las tareas que la burguesía fue incapaz de hacer. El nuevo estado supuestamente se basaba en la “hermandad y la unidad”, eso significa la creación de una nueva nación yugoslava unificada como alternativa al odio y divisiones étnicas. Durante mucho tiempo parecía que Tito lo había conseguido. La nueva Yugoslavia era una formación cualitativamente diferente a la anterior. La abolición del mercado, la economía planificada, la expropiación de la propiedad privada y el monopolio del comercio exterior crearon las condiciones para al avance más dinámico de la historia de los Balcanes. Sin embargo, este estado desde el principio estaba deformado, en el sentido de que nunca existió la verdadera democracia obrera y todas las decisiones importantes se tomaban tras las puertas basadas en las consideraciones de la burocracia del partido. La historia demostró que sobre esta base estaba limitado el potencial para un auge económico. Sin la posibilidad de un flujo libre de información o de tomar decisiones democráticas, pronto aparecieron problemas de distribución y reparto. Sin embargo, hasta finales de los años setenta este contexto consiguió desarrollar las fuerzas productivas. A pesar de los abusos burocráticos, las inversiones desaparecidas y la ausencia de democracia obrera, la “Yugoslavia socialista” en sus primeras tres décadas de existencia consiguió unas tasas de crecimiento impresionantes. Una sociedad agrícola se convirtió en una economía industrializada moderna. El progreso real no se medía simplemente por el crecimiento del PIB. Los yugoslavos disfrutaban de unos niveles elevados de protección social, escolarización y leyes laborales. La economía planificada permitió al gobierno prestar una atención especial a las regiones históricamente menos desarrolladas, como fueron el caso de Kosovo, Macedonia y Montenegro. En pocos años, gran parte de estas comunidades dieron el saldo de una estructura feudal y patriarcal, a tener un proletariado urbanizado.

En las primeras tres décadas de progreso, el Partido Comunista disfrutó del aplastante apoyo de todas las capas de la sociedad. Por lo tanto, estaba en situación de garantizar cierto nivel de libertad de expresión no visto en otros países del bloque del Este. Liberadas de los dogmas de la cultura del realismo socialista, florecieron distintas minorías nacionales que históricamente no habían tenido la oportunidad de una expresión autónoma que garantizara su autonomía religiosa y cultura. En esta atmósfera y progreso económico, la nacionalidad como categoría políticas perdió cualquier significado importante. Las migraciones de trabajadores y estudiantes entre centros urbanos en diferentes repúblicas y los matrimonios mixtos eran algo normal. Las etiquetas nacionales y religiosas desaparecieron de la mente de las personas. Parecía que finalmente se había establecido la nación yugoslava con una base fuerte en un estado común.

En la primera década de la posguerra no era tan obvio la existencia de una capa privilegiada. En los años cuarenta y cincuenta los privilegios que disfrutaban los burócratas del partido estaban en consonancia con el subdesarrollo general del país. La mayoría de los burócratas del partido lo que podían conseguir un apartamento relativamente mejor, un chofer personal y la oportunidad de pasar sus vacaciones en la costa adriática. Al mismo tiempo, el espíritu revolucionario colectivista desarrollado durante los años de guerra se mantuvo dentro de una buena parte del partido y entre los antiguos combatientes. Los militantes del partido más normales que llevaron a cabo la revolución detestaban cualquier tipo de privilegios y sentían malestar moral hacia cualquier tipo de abuso de posición para beneficio personal. En la cultura partisana de la guerra, la aspiración de enriquecerse era algo vergonzoso. Los principios éticos y la moral revolucionaria eran una cosa y la realidad material algo totalmente diferente. Cuando las fuerzas productivas de la sociedad crecieron se sentaron las bases para los privilegios de una capa superior de la dirección del partido. Ya en los años sesenta esta creciente capa comenzaba a asfixiar el desarrollo de la economía yugoslava. Sofocando la distribución de capital y producción, además de ahogar la distribución de mercancías basada en las necesidades de vida reales, esta capa burocrática se convirtió en un freno para la economía. La mala gestión de la producción y la corrupción ahogaron cualquier tipo de crecimiento sano. A finales de los años sesenta ya estaba claro que el camino hacia el socialismo no estaba asegurado. Como siempre, los estudiantes actuaron como un barómetro, son la primera capa que indican el fermento existente dentro de la sociedad. Las manifestaciones estudiantiles de 1968 fueron el primer grito contra esta tendencia. Las consignas contra la “burguesía roja” y la reivindicación del regreso al genuino marxismo, reflejaban claramente la profunda insatisfacción que sentía la población y la creciente polarización de la sociedad.

“Socialismo de mercado”

La burocracia, enfrentada a crecientes contradicciones dentro de la sociedad, en lugar de regresar al genuino marxismo como exigían los estudiantes, giró hacia la liberalización de la vida económica. Sin una línea política clara, la posición independiente respecto a la URSS llevó a la burocracia titista a acercarse al imperialismo.

Ante que cualquier otra nomenclatura de Europa del Este, el partido yugoslavo estableció relaciones con organizaciones económicas imperialistas como el FMI o el Banco Mundial. En un intento de luchar contra la ineficacia, en los años sesenta el partido introdujo toda una serie de reformas y en 1974 aprobó una nueva constitución. La liberación del comercio exterior, el mercado laboral y el plan centralizado se camuflaron con el disfraz de perfeccionar la “autogestión”, que supuestamente daría más capacidad de decisión a los trabajadores. Los comités de autogestión obrera que ya existían caían fácilmente presa de la naciente tecnocracia administrativa. La liberalización creó oportunidades sin precedentes para la corrupción y el enriquecimiento personal. Las grandes empresas estatales se dividieron en pedazos y de este modo se triplicó la burocracia. La descentralización de la vida política y económica llegó a tal nivel que cada parte autónoma del país podía libremente pedir créditos en los mercados de capital extranjeros. El FMI vio frustrado su intento de distribuir la responsabilidad de los numerosos créditos contraídos. En este contexto, aumentó la rivalidad de las burocracias de las diferentes repúblicas que tendieron a establecer negociaciones independientes con las distintas instituciones económicas imperialistas, y de este modo mantener el mayor control posible de su propia república.

En los años ochenta el creciente déficit externo y el aumento de la inflación comenzaron a enturbiar las ya delicadas relaciones económicas. Para intentar reducir el déficit y pagar la deuda, el gobierno decidió reducir el consumo general y llevó a cabo el primer programa de restricción económica impuesto por el FMI. Las regiones del país más atrasadas económicamente fueron las primeras en sentir las repercusiones de esta política.

La clase obrera de Kosovo y Macedonia, y finalmente otras, comenzaron a sentir el impacto de las “reformas”. La nacionalidad volvió a aparecer en escena como un factor político y la burocracia tuvo que aplicar medidas más duras para sofocar la desobediencia. En 1981 una oleada de protestas sacudió Kosovo. Frente a la insurrección de la minoría albanesa, Belgrado tuvo que purgar el partido y estructuras de gobierno locales y ahogó brutalmente las protestas. Comenzó una oleada de emigración desde Kosovo. Los trabajadores albaneses y los serbios se enfrentaron a una elevada tasa de desempleo y la presión política que ejercía Europa Occidental sobre Serbia. La burocracia explotó esto en los medios de comunicación y en una campaña de propaganda, culpando de todo a los separatistas albaneses, les acusaron de obligar a la minoría serbia a abandonar la región. El separatismo albanés se convirtió en un chivo expiatorio para los acuciantes problemas económicos de la región.

Con la muerte de Josip Broz Tito llevó más desestabilización. Durante décadas, Tito gobernó de una manera típicamente bonapartista basándose, en los momentos críticos, en las diferentes capas dentro de la sociedad yugoslava y en las burocracias de las distintas repúblicas, de este modo conseguía el equilibrio. Bajo su autoridad absoluta las contradicciones de clase y los conflictos entre las burocracias regionales quedaron encubiertas y bien ocultas. En los años ochenta aparecieron las condiciones para la explosión final de las contradicciones que se habían acumulado durante décadas. Después de cuarenta años de relativa estabilidad, la sociedad yugoslava una vez más entró en una fase revolucionaria.

Las raíces del nacionalismo moderno

Desde principios de los años ochenta los niveles de vida en Yugoslavia comenzaron a descender profundamente, al final de la década habían caído un 40 por ciento haciéndoles retroceder al nivel de mediados de los años sesenta. La clase obrera yugoslava respondió a esta presión en los años ochenta con una serie de huelgas. En los primeros nueve meses de 1987 se organizaron más de 1.000 huelgas por todo el país en las que participaron 150.000 trabajadores de todas las nacionalidades. ¡En 1989 el número de trabajadores en huelga subió hasta los 900.000! La clase obrera yugoslava una vez más se encontró en un punto de inflexión histórico. O llevaban a cabo una revolución política y creaban las condiciones para un nuevo crecimiento económico y el mantenimiento de las conquistas revolucionarias intactas rompiendo los grilletes de la burocracia, o serían ahogados en sangre y regresaría el capitalismo.

Los años ochenta fueron definitivamente años donde el partido finalmente perdió su “inocencia”. Las diferencias entre los trabajadores, la elite del partido y la tecnocracia administrativa alcanzó su punto máximo. Con el tiempo, las aspiraciones de la capa burocrática alienada cada vez eran mucho más grandes. La casta titista desarrolló una cultura interna y un sistema de valores en el que imitaba a las clases dominantes de occidente. Una parte de esta capa ya tenía unas relaciones bien establecidas con diferentes mentores occidentales y tenían cuentas corrientes en el extranjero donde ingresaban el dinero conseguido con el abuso de sus posiciones y con los privilegios que disfrutaban. La burocracia se convirtió en una correa de transmisión utilizada por el imperialismo para presionar a la clase obrera yugoslava.

La clase obrera perdió todas las ilusiones y comenzó a abandonar en masa el partido. Ya en 1985 se calculaba que sólo una de cada once trabajadores semicualificados y uno de cada cinco trabajadores cualificados, era militante del partido. Hasta 1987 sólo el 30 por ciento y el 8 por ciento del Comité Central estaba formado por trabajadores. Por otro lado, el 95 por ciento de los directores de empresa y el 77 por ciento de la intelectualidad eran militantes del partido. La población normal comenzó a mirar al Partido Comunista como un lugar de arribistas y directores, no como un instrumento a través del cual podrían expresarse. Sin embargo, fuera del partido tampoco había mucho espacio para expresarse. La tradición de una organización sindical independiente había dejado de existir en los años cuarenta. La burocracia estalinista estaba aterrorizada ante cualquier organización de los trabajadores al margen de la estructura del estado. El papel de los sindicatos en la “autogestión” yugoslava estaba dedicado a la organización de acontecimientos culturales, vacaciones y distribución de comida. Generaciones enteras de trabajadores crecieron si ninguna experiencia real en la lucha de clases. La clase yugoslava era “ingenua” con un bajo nivel de conciencia de clase y por lo tanto era una presa fácil.

Al principio estas protestas tenían una visión espontánea y progresista. Aunque las principales reivindicaciones no iban más allá del terreno económico, los trabajadores instintivamente eran pro-Yugoslavia y anti-burocracia. Los trabajadores de todas las nacionalidades marchaban juntos con imágenes de Tito y banderas yugoslavas. Horrorizada por el movimiento de la clase obrera, la burocracia dominante en todas las repúblicas no tenía otra opción que intentar capear esta oleada de insatisfacción y aprovecharse de ella. La forma más fácil de hacer esto fue jugar la vieja carta del chovinismo, de este modo la burocracia sembró el germen del nacionalismo. Creando conflictos étnicos y utilizando los medios de comunicación de propaganda para la extensión de odio de las burocracias de las diferentes repúblicas, pudieron dividir el movimiento en líneas nacionales. Con el nacionalismo, la burocracia se salvó en una situación prerrevolucionaria. De repente los responsables del desempleo y la caída de los niveles de vida en Servia no estaban sentados en el parlamento serbio, sino que eran croatas o albaneses. El mismo escenario se reprodujo en cada una de las repúblicas echando la responsabilidad de la situación sobre la población de otra nacionalidad. La dirección de las diferentes repúblicas abandonaron fácilmente la “hermandad de sangre y la unidad” y comenzó a utilizar la histeria nacionalista. Todo el mundo quería abandonar el barco hundido. El imperialismo, por supuesto, dio la bienvenida con los brazos abiertos a estas fuerzas y las alentaron. La burocracia de cada república tenía su ángel guardián en los aliados burgueses occidentales.

Cuando limpiamos toda la basura destinada a desviar la atención: nacionalismo, líderes carismáticos, religión, generales renegados, limpieza étnica, mujaidines, ustashe, chetniks, mafia y teorías conspirativas, está claro que la división de Yugoslavia y las distintas guerras se pueden explicar por una transformación socioeconómica básica. La propiedad colectiva de los medios de producción y la economía planificada, simplemente se convirtieron en camisas de fuerza para el creciente apetito de las castas burocráticas.

Durante década imitaron el estilo de vida de las clases dominante de occidente y cuando se enfrentaron al estancamiento económico, un sector de la burocracia decidió “abandonar sus ideales”. El proceso subyacente es la transformación de los ex – burócratas en capitalistas que aprovecharon un momento histórico para convertirse en la clase dominante de sus propias repúblicas. Milosevic, Tudjman y compañía, sólo eran los representantes de esta capa ambiciosa y el reflejo de esta capa en la cúpula del Partido Comunista. Ellos eran políticos que utilizaron una situación revolucionaria para dar golpes de estado en sus propias repúblicas, purgaron a los viejos cuadros titistas que todavía tenían ilusiones en una Yugoslavia unificada y comenzaron a dirigirse hacia la tierra prometida del capitalismo.

Toda contrarrevolución es sangrienta y la yugoslava no fue una excepción. Las clases dominantes tenían que llevar a cabo la acumulación de capital inicial y dividieron las zonas de influencia utilizando métodos gangsteriles, pero sobre todo tenían que destruir la idea de una Yugoslavia unificada. Los monstruosos crímenes cometidos en los años noventa en la ex – Yugoslavia no fueron una coincidencia, ni delirios de mentes enfermas. Debía derramarse la sangre para acabar con cualquier esperanza de una república unificada. Hoy, si se pregunta a cualquier trabajador de las antiguas repúblicas qué piensa de la antigua Yugoslavia, te dirá que es una idea noble pero imposible. Una gran estado con una economía planificada en el corazón de los Balcanes era una espina para el imperialismo después de la ruptura de la Unión Soviética. El nacionalismo era un arma perfecta para su destrucción y para acabar con todas las conquistas del movimiento partisano. Yugoslavia tenía que ser crucificada. Su población debía ser castigada por la herejía cometida hace cincuenta años, cuando se atrevió a abolir el capitalismo e intentó tomar su destino en sus manos. El ejemplo de Yugoslavia debería convertirse en algo horrible para los demás pueblos de los Balcanes y del resto del mundo, de una vez por todas debía quedar claro que el socialismo era “imposible”.

No era posible construir el socialismo en un solo país. Como marxistas defendimos una Yugoslavia unificada y su economía planificada, pero sólo como un buen punto de partida para una Federación Socialista Balcánica más amplia. Por supuesto, nuestra tarea es defender a la antigua Yugoslavia y sus conquistas frente a todas las mentiras y distorsiones de los elementos procapitalistas y nacionalistas. En última instancia, Yugoslavia era un estado nacional. Es verdad que era un estado más progresista que los actuales estados pequeños, semicoloniales, nacidos del derramamiento de sangre y la carnicería étnica. Pero cuando se ven las cosas desde este ángulo quedan mucho más claros los procesos que se desarrollaron en los años noventa. El nacionalismo yugoslavo, que defendía la “autogestión” como camino hacia el socialismo y todos los yugoslavos debían estar orgullosos de ello, simplemente se convirtió en caminos nacionales hacia el capitalismo. Dada la situación de los burócratas o de algunos trabajadores con baja conciencia de clase, no era muy difícil girar y comenzar a estar más orgullos de ser macedonios o eslovenos que yugoslavos. Albaneses, turcos, rumanos y otros pueblos no eslavos que vivían dentro del país no tenían muy fácil sentirse “eslavos del sur”. La situación comenzó una espiral descendente, no en 1991, sino mucho antes, cuando Tito y otros líderes balcánicos decidieron construir muchos tipos de “socialismos” nacionales diferentes, cada uno en su propio país.

Hoy, quince años después, la “balcanización de los Balcanes” no ha terminado todavía. Quizás al imperialismo le gustaría por el momento “estabilizar” la zona, pero es demasiado tarde. Se ha abierto la caja de Pandora. Las divisiones y los derramamientos de sangre no se detendrán hasta que los trabajadores de los Balcanes se separen completamente de los partidos pro-capitalistas, nacionalistas, y comiencen a construir su propia organización que no reconozca las fronteras. El movimiento partisano es un enorme hito histórico que las clases dominantes no pueden calumniarlo y ocultarlo por mucho tiempo bajo la alfombra. La clase obrera de la antigua Yugoslavia, con su rica herencia de luchas, volverá a descubrir su historia y comenzará una nueva lucha. Debemos mirar más allá de la “hermandad de sangre y la unidad”, hacia el “internacionalismo obrero”. La clase es lo que nos une y nos pone en el mismo lado de la barricada, no los ancestros eslavos. En la lucha la división de las personas sólo puede tener una base: capitalistas y trabajadores. Todo lo demás no tiene interés para nosotros.


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