Tan tarde como en agosto de 2002 se ha hecho
público el informe sobre contabilidad de los partidos políticos de 1999,
aunque no por tardío ha sido menos interesante. Conocer que el PP, en el
período de 1997-99, ha recibido más de 173 millones de euros (más de
28.700 millones de pesetas) en ayudas públicas, aunque sea escandaloso en
comparación con otros gastos que hace el Estado en cubrir las necesidades
de la mayoría de la población, no deja de ser comprensible desde el
punto de vista del funcionamiento del capitalismo. El PP es un fiel
servidor de los intereses de la burguesía y merece un "apoyo" a
su actividad.
Ahora bien, algo no cuadra, algo chirría, cuando nos
enteramos de que en ese mismo período no sólo el Estado dio casi 45 y
150 millones de euros a Izquierda Unida y al PSOE respectivamente, sino
que la banca, para quien los genuinos socialistas y comunistas somos
enemigos declarados e irreconciliables, dejó vencer una deuda de 77.500
euros a IU en 1999 y de más de trece millones de euros al PSOE entre 1998
y 1999. De hecho, en 1999 la deuda total contraída con la banca por parte
de IU y PSOE era de casi diez y 56 millones de euros respectivamente.
Esta abrumadora dependencia del enemigo de clase pone
en manos de dicho rival un instrumento de coacción poderosísimo, de
hecho la infraestructura y funcionamiento cotidiano de ambas
organizaciones colapsaría si la banca y el Estado burgués cerraran el
grifo.
Cualquier trabajador sabe por propia experiencia que la
banca nunca ayuda de forma desinteresada, todo tiene un precio. No se
trata de renunciar a subvenciones del Estado burgués de las que otros
partidos burgueses también disfrutan, sino de impedir que la actividad
política fundamental de la organización dependa del enemigo de clase.
Por todo ello nuestros partidos deben romper con esta
dependencia, estableciendo un plan económico para lograr la
autofinanciación de su actividad. De hecho es seguro que muchos
trabajadores que actualmente no participan en política, o que estando
afiliados permanecen inactivos, se entusiasmarían si estos dieran un giro
radical a su actuación, rompiendo con cualquier compromiso con la
burguesía y su sistema, iniciando una ofensiva para defender de forma
intransigente las necesidades de la clase obrera. Es más, si los
dirigentes de las organizaciones explicaran que para llevar adelante esta
política es necesario un esfuerzo económico, no cabe duda de que un gran
número de trabajadores lo harían. No olvidemos que muchos de estos
mismos trabajadores han perdido miles de pesetas o hasta han arriesgado su
puesto de trabajo por participar en la huelga general del 20-J.
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