Emilia Lucena
El capitalismo ve temblar sus cimientos en el mundo
colonial. Miren por donde miren la situación es altamente explosiva. Uno
de los puntos más preocupantes para los imperialistas y la burguesía
internacional son los acontecimientos que se están dando en América
Latina. Un continente vital para el imperialismo donde, fruto de la crisis
orgánica del capitalismo, los movimientos de masas y los procesos
revolucionarios se encadenan país tras país sin que la burguesía, por
ahora, pueda hacer nada para evitarlo. Bolivia, Ecuador, Colombia,
Panamá, Perú, Argentina... y, desde luego, los últimos sucesos
acaecidos en Venezuela, donde el pasado 13 de noviembre la Asamblea
Nacional aprobaba 49 leyes, cuatro de las cuales desataron la histeria de
la burguesía internacional, especialmente la venezolana y la del Estado
español que tiene intereses muy especiales en este país y en todo el
continente latinoamericano.
Leyes contra la burguesía
Efectivamente, las leyes aprobadas suponen un fuerte
varapalo para la burguesía y el imperialismo en Venezuela que han
saqueado impunemente las riquezas de este país acumulando enormes
beneficios. Baste recordar que, a pesar de ser un país con enormes
reservas petrolíferas, más del 80% de la población vive bajo el umbral
de pobreza mientras que el 40% del PIB se dedica al pago de la deuda
externa.
Después de tres años de su triunfo electoral, Chávez
y su llamada "revolución bolivariana" no habían avanzado ni un
ápice en la solución real de los acuciantes problemas de las masas
venezolanas. Los patrióticos llamamientos de Chávez a los
empresarios venezolanos para invertir en la "nueva Venezuela, libre
de la corrupción", cayeron en el más espectacular de los vacíos
mientras los jóvenes y trabajadores veían empeorar sus condiciones de
vida y trabajo y los campesinos seguían en la más absoluta miseria.
Así las cosas, como habíamos pronosticado los
marxistas, Chávez se enfrentaba a dos alternativas. O bien daba marcha
atrás en las promesas que le proporcionaron el apoyo de la inmensa
mayoría de la población, o bien se enfrentaba a los intereses del
imperialismo y la parasitaria burguesía venezolana. La aprobación el 13
de noviembre de las famosas cuatro leyes es un paso mucho más profundo y
lleva más lejos las medidas contra la propiedad privada de lo que el
propio Chávez imaginaba hace tres años, tras su triunfo electoral.
Pero, ¿cuáles son las leyes, que han puesto en pie de
guerra a los empresarios y terratenientes venezolanos y han desatado las
iras de la burguesía internacional?
La Ley de Tierras atenta directamente contra los
latifundistas al limitar la tenencia de tierras a no más de 5.000
hectáreas y exigirles que, de tener esa cantidad, deben estar
productivas, existiendo la prerrogativa de que si el Estado considera que
hay desidia en la producción, tiene derecho a su expropiación. Asimismo
esta ley obliga a sembrar y cultivar lo que el Estado decida, en un
momento determinado, por "razones de seguridad alimentaria".
Otra medida que atenta contra los intereses de la gran propiedad privada
de la tierra es la prohibición de usarla como garantía en los préstamos
bancarios y la eliminación del derecho de herencia sobre la misma. Para
hacernos una idea de lo que esta ley significa, no hay que olvidar que el
1% de los propietarios detenta el 60% de la propiedad.
La Ley de Hidrocarburos, que afecta esencialmente a la
industria petrolífera, declara que "los yacimientos de hidrocarburos
son bienes del dominio público y, por tanto, inalienables e
imprescindibles". Asimismo se aprueba que el Estado detentará un
mínimo del 51% de las acciones, lo que evita que la empresa privada pueda
ser mayoritaria, además de aumentar hasta un 30% los impuestos en el
capital privado existente. El petróleo es la principal fuente de riqueza
del país.
La Ley de Costas impone una franja de 80 metros de la
orilla acuática como dominio público. Esto posibilita la expropiación
de las edificaciones que se encuentren en dicha franja. Huelga decir aquí
que fundamentalmente las edificaciones existentes son ostentosas villas
privadas y hoteles de lujo inaccesibles para la gran mayoría de
venezolanos.
Por último la Ley de Pesca reserva una franja de seis
millas marítimas para los pequeños pescadores y prohíbe explícitamente
la pesca en esa zona de los pescadores industriales que además ven
aumentados sus impuestos por faenar en aguas venezolanas. Esta ley,
además de favorecer a las familias que viven de la pesca artesanal,
protege la riqueza oceánica de la costa y afecta fundamentalmente a las
grandes compañías internacionales que hasta ahora esquilmaban las
reservas marítimas de Venezuela.
La histeria de la burguesía se desata
Los empresarios y terratenientes venezolanos
contestaron estas leyes con la convocatoria de un paro empresarial el
pasado 10 de diciembre, apoyado por sectores de la pequeña burguesía, al
que sin ningún tipo de empacho no dudaron en llamar "huelga
general", planteándola como un éxito contra el gobierno. ¡Ahora a
los cierres patronales se les llama huelga! Los medios de comunicación
internacional también han decidido utilizar este término para intentar
confundir al movimiento obrero, resaltando el hecho de que los dirigentes
sindicales de la desprestigiada CTV (por cierto, los mismos que fueron
apaleados y sacados de los locales sindicales por los trabajadores hace
tres años) han apoyado a la patronal.
Sin embargo y, a pesar de la inmunda campaña desatada
por los medios de comunicación burgueses contra estas leyes, muchos
campesinos, jóvenes y trabajadores, salieron a la calle ese día, para
enfrentarse a la patronal y a las histéricas mujeres de clase media y
alta que con sus cacerolas intentaron emular a la clase media chilena de
1973, aunque ellos todavía no tienen ningún Pinochet al que apoyar.
La banca venezolana, cuya propiedad mayoritaria está
en manos del BBVA y del Banco de Santander (BSCH), no se quedó atrás en
su campaña contra las leyes aprobadas, pero Chávez ya les ha advertido
que está dispuesto a expropiarles si deciden boicotear las medidas
propuestas y negar créditos a los pequeños agricultores. Hasta aquí es
sólo una amenaza, pero no es descartable que, en un momento determinado,
la necesidad de garantizar a los campesinos —una parte importante de la
base que apoya a Chávez— las semillas y aperos necesarios para cultivar
la tierra, esa amenaza pase a ser un hecho.
Si Chávez, acuciado por la situación, llevara a cabo
esta amenaza se podría encontrar con la mayoría de la economía
nacionalizada, en un proceso similar aunque diferente, al que se vio
abocado Castro después de la caída de Batista en 1956, que podría
culminar con la salida de Venezuela del circuito capitalista y la
instauración de un régimen de economía planificada.
No obstante, y a pesar de que un régimen de estas
características supondría un gran avance para las masas empobrecidas de
Venezuela, alimentando las esperanzas de millones de desheredados de
América Latina y el mundo colonial, dicho régimen tendría en su seno
enormes contradicciones y limitaciones como ha demostrado la experiencia
histórica no sólo de un pequeño país como Cuba, sino incluso de un
subcontinente como el de la antigua URSS.
El papel de la clase obrera
Chávez parece no querer contar con los trabajadores
para superar los obstáculos impuestos por imperialismo y el sistema
capitalista, pero, como han demostrado los últimos acontecimientos,
necesitará del apoyo de la clase obrera si quiere combatir a la reacción
burguesa. Precisamente por eso la participación consciente de la clase
obrera es una condición inexcusable para llevar a cabo la revolución en
Venezuela. Sin la instauración de una verdadera democracia obrera, donde
los trabajadores se impliquen y controlen activamente el desarrollo
político y económico del país a través de órganos de poder elegibles
y revocables, la llamada "revolución boliviariana", aún en el
mejor de los casos —esto es su ruptura con la economía de libre mercado—,
tendrá en su seno las suficientes contradicciones como para tener su
tiempo contado. La única posibilidad real de establecer la viabilidad de
un estado con la economía nacionalizada es contar con la participación
activa de la clase obrera en las decisiones económicas y políticas del
nuevo estado, a la vez que una orientación auténticamente
internacionalista con el fin de extender la revolución a todo el
continente, con un llamamiento claro y decidido a los trabajadores del
resto de Latinoamérica por el derrocamiento revolucionario del
capitalismo y la instauración de una Federación Socialista de América
Latina que ponga en manos de la mayoría de la sociedad los ingentes
recursos económicos del continente.
En el peor de los casos, es decir, si el proceso no va
más adelante y Venezuela se mantiene dentro de las reglas de juego
capitalistas sin satisfacer las necesidades de la mayoría de la sociedad,
la reacción burguesa y el ejército bañarán en sangre el intento
fallido de "arreglar" la sociedad desde arriba, como parece ser
la intención de Chávez, a pesar de que por ahora cuente con el apoyo de
un sector del ejército, especialmente oficiales de menor rango.
Toda América Latina es un clamor contra el
capitalismo. La revolución está en marcha. La clase obrera no tiene nada
que perder y tiene un mundo entero que ganar. Derrocar el capitalismo y
construir una nueva sociedad socialista es la tarea de nuestra clase en
América Latina y es también la tarea que tenemos los trabajadores por
delante en todo el mundo. Se abre un nuevo período donde la revolución y
la contrarrevolución estarán en el primer punto del orden del día.
Preparémonos para el futuro. Organicemos las ideas del marxismo
internacionalista porque es la única manera de garantizar la victoria.