Miguel Campos
La derrota de los socialistas portugueses en las
elecciones municipales del 16 de diciembre ha provocado la dimisión del
primer ministro, y secretario general socialista, Antonio Guterres y la
convocatoria de elecciones anticipadas para marzo.
El margen por el que ha ganado el principal partido de
la burguesía (el PPD/PSD) al PS ha sido más bien escaso: en Lisboa
superó en 856 votos a la coalición entre socialistas y comunistas que
gobernaba la ciudad; en Oporto obtuvo vez en coalición con el CDS/PP,
otro partido burgués—5.000 votos más que el PS, pero si sumásemos a
los 45.634 votos obtenidos por los socialistas los 12.425 conseguidos por
el Partido Comunista (PCP), la derecha habría perdido. De hecho,
contabilizando los votos totales a escala estatal de los principales
partidos de derechas e izquierdas la diferencia también sería mínima,
pero en este caso favorable a la izquierda: 2.382.056 votos contra
2.325.364.
Lo que agrava la derrota del PS y la hace más dolorosa
es que se ha producido donde es mas fuerte tradicionalmente: en los
grandes núcleos urbanos (incluidos algunos en los que gobernaba desde la
revolución de 1974). Otro aspecto importante es la rapidez y magnitud de
la caída electoral socialista. Hace dos años, en las elecciones
parlamentarias, el PS quedaba a un escaño de la mayoría absoluta y en
las presidenciales de 2001 el actual presidente, Jorge Sampaio, todavía
se imponía por un amplísimo margen (aunque con una abstención cercana
al 50%) al candidato del PPD/PSD.
¿Por qué ha perdido el PS?
La principal causa de la derrota socialista ha sido la
política derechista de Guterres. El PS, que llegó al poder hace seis
años gracias al apoyo masivo de la clase obrera y a la confianza de
sectores importantes de los campesinos y de la pequeña-burguesía urbana
en que con los socialistas mejoraría su situación, ha continuado las
privatizaciones de empresas y servicios públicos ya aplicadas por el PSD
y ha recortado los gastos sociales.
Varios dirigentes socialistas también se han visto
salpicados por escándalos, el más grave la tragedia mortal que supuso el
hundimiento del puente de Entre-os-Rios (un puente sobre cuyo estado
ruinoso y necesidad de acometer inversiones para reconstruirlo existían
informes que fueron ignorados). Además, Guterres impidió que el proyecto
de ley del aborto impulsado por el PCP y las propias Juventudes
Socialistas saliese adelante, a pesar de contar con mayoría parlamentaria
para ello, y aplicó otras medidas impropias de un gobierno de izquierdas.
El descontento acumulado contra la política social y
económica del gobierno ha emergido a la superficie en estas elecciones al
combinarse con los efectos de una recesión mundial que en Portugal está
golpeando ya de forma más clara que en otros países de la Unión Europea
a la población: el consumo está cayendo, la inflación ha aumentado
mucho en los últimos meses, mermando considerablemente el poder
adquisitivo de los trabajadores y la pequeña-burguesía, y el paro
también ha crecido significativamente.
Una parte importante de las capas medias que votaron
socialista en anteriores convocatorias, decepcionada, ha decidido
abstenerse (la abstención aumenta en general, siendo especialmente
numerosa en algunas circunscripciones en las que gana ampliamente el PSD)
o girar a la derecha (el PSD concentra, además, prácticamente todo el
voto de derechas, dejando al CDS/PP con unos resultados pobrísimos allí
donde concurría en solitario).
El descontento con el PS por la izquierda no es
recogido por ningún otro partido: el PCP mantiene o incluso ve bajar un
poco su apoyo (550.247 votos, el 10,6%), pierde en Évora, capital de la
provincia tradicionalmente comunista del Alentejo, y sólo gana en una
ciudad importante: Setúbal; el Bloque de Izquierdas (frente formado por
algunos pequeños grupos de izquierdas e intelectuales progresistas) no
pasa del 1,3% (61.000 votos).
La gran mayoría de los trabajadores sigue apoyando al
PS, que gana en los barrios obreros y populares (en los barrios obreros
donde no gana, lo hace el PCP). Aun así, entre sectores del electorado
tradicionalmente socialistas también ha crecido significativamente la
abstención e incluso es posible que algunas capas de trabajadores
políticamente más atrasados hayan votado al PSD, aunque la mayoría (a
juzgar por lo ajustado de los resultados) parecen haberse abstenido o
incluso votado sin ilusión al PS. Este escepticismo creciente es un serio
aviso para la izquierda.
Por un gobierno de la izquierda con un programa
socialista
La derrota electoral ha conmocionado al PS. De momento
(presionados por la inmediatez de las elecciones anticipadas) los
distintos dirigentes han intentado evitar una crisis abierta consensuando
un candidato: Ferro Rodrigues, uno de los ministros más populares del
actual gobierno (fue el responsable de implantar el salario mínimo) al
que la prensa sitúa en el ala "socialdemócrata" de la
dirección, enfrentada al sector más derechista encabezado por Jaime Gama
(Asuntos Exteriores) o el propio Guterres. De todos modos la crisis
estallará antes o después.
Ferro ha hecho algún guiño socialdemócrata pero al
mismo tiempo ha dicho que para acercarse al PCP éste debe
"modernizarse", modificando su postura en temas como la
"construcción europea" y otros. Dentro del PCP, el sector más
derechista (todavía muy minoritario) presiona para que el giro hacia una
mayor moderación tanto en el discurso como en el programa ya había
iniciado tímidamente en los últimos tiempos el actual secretario
general, Carlos Carvalhas—vaya mucho más lejos.
Sin embargo, girar a la derecha supondría un desastre
para ambos partidos. Guterres lo ha hecho durante los últimos seis años
y vemos el resultado. El camino para ilusionar y movilizar a los
trabajadores y recuperar el apoyo de las capas medias es luchar por un
programa auténticamente socialista que responda a sus necesidades y
problemas: aumentar los gastos sociales y el salario mínimo hasta niveles
dignos, acabar con la precariedad laboral y mejorar la educación y
sanidad públicas, renacionalizar las empresas y la tierra privatizadas
durante los últimos años, nacionalizar la banca bajo el control
democrático de los trabajadores para ofrecer créditos baratos a los
campesinos y pequeños comerciantes. En torno a este programa sería
posible unir a toda la izquierda y afrontar una transformación profunda
de la sociedad.