Al finalizar el año un joven trabajador vino al local
de El Militante en Vitoria, que está justo enfrente de la UGT. Traía un
puñado de fotos donde se veían montañas de hierros retorcidos, cubetas
de ácido semi-podridas que habían dibujado el suelo de cemento con
surcos que filtraban su contenido a los desagües. Las foto parecían en
blanco y negro por el polvo, la herrumbre y la suciedad, particularmente
los baños. Los únicos colores que se veían eran los de la miseria de
una patronal que había logrado "el más alto certificado de
calidad" y seguramente jugosos beneficios a costa de la explotación
más brutal de los trabajadores. Este es el testimonio de este compañero
que no tiene más remedio que permanecer en el anonimato para poder
conservar su empleo.
Soy un trabajador de una pequeña empresa de once
trabajadores. Cuatro son socios, otro que lleva ya 14 años y tres más
son jóvenes aunque no nos vemos porque trabajan en el turno de noche.
Llevo allí dos años y medio. Es un taller donde se hace de todo:
galvanizar recubrimientos plásticos, baños, níquel, estaño, etc. Las
condiciones son espantosas. En mi pabellón no hay calefacción, las
máquinas no tienen los dispositivos de seguridad, no tenemos gafas,
pantallas protectoras, mascarillas ni mandil protector a pesar de trabajar
con ácidos decapantes.
La limpieza brilla por su ausencia. El baño de mi
pabellón lo tenemos que limpiar nosotros o no lo limpia nadie.
Acabé el graduado escolar y poco después entré a
trabajar en varias empresas y esta ha sido la peor. Si quieres que te
admitan tienes que trabajar diez horas, si no, no te cogen; de ellas te
pagan ocho y las dos restantes son para la empresa. A partir de esas diez
horas te dejan hacer horas extras y yo meto una hora y otra los sábados
para sacar líquidas al mes unas 145.000 pesetas. Me veo obligado a ello
porque me compré una vivienda y al mes sólo la hipoteca me cuesta
100.000 pesetas, sin contar luz, agua, gas etc.
El maltrato psicológico es constante. Un chaval entró
por una ETT en un puesto que hay que coger mucho peso. Se le salió el
brazo y el jefe le llamó "mierda", "maricón", etc.,
y le echó. Vino a trabajar un trabajador de color al que nunca le llamó
por su nombre. Le llamaba "el negro" y cuando éste una vez se
enfadó le despidió.
No puedo abandonar esta pesadilla porque al no tener
estudios me ofrecen trabajar por 130.000 pesetas al mes y con eso no
podría vivir.
Esta empresa la montaron cuatro socios, lleva veinte
años en funcionamiento y cuenta con uno de los certificados más altos de
calidad. ¡Un auténtico despropósito!
Quiero denunciar la precariedad que hay en las empresas
y la falta de revisiones y de control por parte de la inspección. El
delegado lo ha puesto la empresa. Yo he ido a la UGT para que conozca la
situación y para cambiarla de una vez. He venido aquí a El Militante
para que otros jóvenes, también los estudiantes conozcan cómo vivimos
la juventud obrera.