La primera fase de la
intervención imperialista en Afganistán parece haber terminado. La
propaganda oficial nos asegura que, a partir de ahora, el pueblo afgano se
prepara para disfrutar de un futuro de paz, prosperidad, democracia y
libertad. Pero ésta es la propaganda. Vayamos a los hechos.
El repentino desmoronamiento
del régimen talibán ha puesto de manifiesto la nula base social sobre la que
sustentaba su apoyo, y explica que nadie estuviera dispuesto a defender al
régimen en el momento decisivo. Difícilmente Estados Unidos podría haber
acabado con el gobierno talibán sin la existencia de la Alianza del Norte,
convenientemente armada y financiada por Rusia, Irán e India, que ha
suministrado las tropas sobre el terreno, imprescindibles para ganar
seriamente cualquier guerra. Por último, fue decisiva la retirada del apoyo a
los Talibanes de los jefes locales de etnia pashtun, mayoritarios en el sur y
el este de Afganistán, quienes como respetables hombres de principios se
pasaron a los americanos sólo después de recibir mucho dinero y cuando la
caída del régimen talibán aparecía ya como inevitable.
Ciertamente, la derrota del
régimen talibán es un hecho. Como lo es también la muerte de miles de
hombres, mujeres y niños causada por los bombardeos "civilizadores"
de los aviones de combate americanos y por el hambre y el frío que se ha
cebado sobre los cientos de miles de afganos que permanecen agolpados a lo
largo de la frontera con Pakistán, adonde habían ido a refugiarse huyendo de
la destrucción causada por la intervención imperialista.
Pero, aparte de esto ¿qué
más ha conseguido el imperialismo americano con esta intervención militar?
El imperialismo norteamericano
pretendía, con esta intervención militar, demostrar a todos los pueblos
oprimidos del mundo que nadie podía desafiar su posición sin verse
amenazado. Pero además tenía otros objetivos, como el de establecer un
gobierno títere en Afganistán afín a sus intereses que le permitiera
reforzar su presencia en Asia Central. De esta manera pretende ejercer un
estrecho control sobre los enormes recursos petrolíferos y minerales de la
zona, debilitando la presencia de Rusia, Irán, India y China en todo este
área. Esta es toda la verdad del asunto. Sin embargo, Estados Unidos apenas
ha sacado provecho de esta guerra y, en cambio, ha conseguido empeorar lo que
ya iba mal para sus propios intereses.
Los acuerdos de Bonn y el nuevo
gobierno afgano
Así, la pretensión inicial de
Estados Unidos de colocar a la cabeza del estado afgano al antiguo rey Zahir
Shah tras la derrota talibán ha pasado a mejor vida. El gobierno post-talibán
establecido en Kabul tras los acuerdos alcanzados el pasado diciembre en Bonn
está dominado por los miembros de la llamada Alianza del Norte, conglomerado
de "señores de la guerra" y jefes guerrilleros tutelado por Rusia,
Irán e India, muy suspicaz con la presencia de tropas extranjeras en suelo
afgano y con las americanas en particular.
Según los acuerdos de Bonn, en
6 meses se convocará una asamblea de jefes locales y tribales, la Loya
Jirga, que eligirá un nuevo gobierno para Afganistán. Pero los acuerdos
de Bonn fueron un compromiso de mínimos que ya está saltando en pedazos en
base a la correlación de fuerzas real que cada grupo y tutor extranjero tiene
actualmente sobre el terreno. Así, mientras que la estancia de tropas
extranjeras "para asegurar el orden en el país" iba a tener una
duración indeterminada, el nuevo gobierno ya ha impuesto seis meses de tiempo
como plazo máximo de estancia de las tropas occidentales en Kabul. Mientras
que en Bonn se acordó el desarme y la disolución de las fuerzas de la
Alianza del Norte, el gobierno ha decretado que las antiguas fuerzas de la
Alianza del Norte permanecerán armadas y acuarteladas. También ha decretado
que la labor policial se realizará conjuntamente entre las fuerzas
extranjeras y sus propios milicianos armados.
Es verdad que el jefe del
gobierno, el pastún Karzai es un agente afín a los Estados Unidos, pero se
encuentra en minoría en el gobierno y su fidelidad a los intereses americanos
dependerá del apoyo que le presten los jefes pashtunes del sur de
Afganistán, que aceptaron encantados el dinero con que fueron comprados por
la Casa Blanca para dejar de apoyar a los Talibanes. No obstante, esta gente
puede buscar nuevos amos, si la recompensa es mayor o si la arrogancia con que
está actuando el ejército americano en el sur y el este de Afganistán se
vuelve intolerable para las masas pashtunes de la zona.
Más inestabilidad
La guerra de Afganistán ha
emitido largas ondas que están desestabilizando aún más la delicada
situación de Pakistán y Palestina, creando problemas adicionales a los
Estados Unidos. El alineamiento del presidente paquistaní, Musharraf, con el
imperialismo en esta guerra le ha creado una situación insostenible, haciendo
aumentar su impopularidad entre las masas paquistaníes y granjeándole el
odio y desprecio de un sector creciente de la casta militar que ha asumido
como propia la derrota del régimen talibán. Pakistán y, a través suya, los
Estados Unidos, han visto relegada su posición en Afganistán por el momento,
mientras que sus enemigos tradicionales (Rusia, Irán e India) han visto
reforzada la suya.
La reapertura del conflicto de
Cachemira entre India y Pakistán es una consecuencia directa de la guerra en
Afganistán. Haya o no guerra entre India y Pakistán, cualquier actuación
del gobierno Musharraf en el conflicto de Cachemira que pudiera ser percibido
como una nueva humillación ante India, sería suficiente para desencadenar un
golpe del ala fundamentalista del ejército o un estallido de las masas
paquistaníes.
En Palestina, la guerra de
afganistán ha sido la excusa utilizada por el gobierno israelí de Sharon
para redoblar su represión contra el pueblo palestino, llevando el conflicto
a un callejón sin salida. Una guerra civil dentro de Palestina, que
enfrentaría a la mayor parte del pueblo palestino contra el gobierno de
Arafat, o una nueva guerra árabe-israelí en la zona, que extendería la
desestabilización a todo Oriente Medio, es una perspectiva real que llena de
pavor los despachos de la Casa Blanca.
Se ha justificado esta guerra
como la manera más eficaz de acabar con las actividades de los grupos
terroristas islámicos. Pero sólo ha conseguido reunir más amargura,
frustación y odio entre los sectores más desesperados de las masas del mundo
árabe contra las potencias occidentales, abonando el terreno para nuevas
acciones terroristas. Así hemos visto como, a pesar de todas la medidas de
seguridad tomadas, un nuevo atentado terrorista estuvo a punto de consumarse a
finales de diciembre en un avión que volaba de París a Boston. Lo más
llamativo del asunto es que el presunto terrorista actuaba sólo y sin ninguna
vinculación con la organización Al Qaeda que dirige Bin Laden. Y no hay
ninguna razón para pensar que este intento vaya a ser el último.
Finalmente, y esto es
importante de cara a la opinión pública americana y mundial, ni siquiera han
sido capaces por el momento de detener o localizar a Osama Bin Laden,
señalado por el gobierno americano como responsable de los atentados del 11
de septiembre, y todo ello ¡después de haber justificado la intervención
militar en Afganistán por la negativa del gobierno talibán a entregar a Bin
Laden a los Estados Unidos!
La clase trabajadora en
Occidente tampoco ha ganado nada con esta guerra. Con la excusa de combatir el
terrorismo se están aprobando leyes que recortan drásticamente los derechos
democráticos de los ciudadanos, que mañana se utilizarán contra el
movimiento obrero cuando luche decididamente para defender sus intereses. Y
con la falsa excusa de los atentados del 11 de septiembre se quiere cargar
sobre los hombros de la familias trabajadoras la crisis económica del sistema
capitalista.
La guerra en Afganistán no ha
resuelto nada. Los intereses de las diferentes camarillas y señores de la
guerra de dentro y fuera del gobierno afgano y de las diferentes potencias
imperialistas, que tutelan a cada uno de ellos para hacer valer sus sucios
intereses en la zona, harán inevitables nuevos conflictos y guerras en
Afganistán. Pretender en esas circunstancias acabar con el atraso y la
miseria en Afganistán es la peor de las utopías. Sólo la revolución
socialista en todo el Subcontinente Indio, comenzando por Pakistán y la India
puede ofrecer una perspectiva de futuro a las masas de los países de la zona
y a las de Afganistán en particular.