E l  M i l i t a n t e   Nº 1 46

Internacional ....

15 enero / 7 febrero 2002


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¿Qué ha resuelto la intervención imperialista en Afganistán?

Laureano Jiménez

La primera fase de la intervención imperialista en Afganistán parece haber terminado. La propaganda oficial nos asegura que, a partir de ahora, el pueblo afgano se prepara para disfrutar de un futuro de paz, prosperidad, democracia y libertad. Pero ésta es la propaganda. Vayamos a los hechos.

El repentino desmoronamiento del régimen talibán ha puesto de manifiesto la nula base social sobre la que sustentaba su apoyo, y explica que nadie estuviera dispuesto a defender al régimen en el momento decisivo. Difícilmente Estados Unidos podría haber acabado con el gobierno talibán sin la existencia de la Alianza del Norte, convenientemente armada y financiada por Rusia, Irán e India, que ha suministrado las tropas sobre el terreno, imprescindibles para ganar seriamente cualquier guerra. Por último, fue decisiva la retirada del apoyo a los Talibanes de los jefes locales de etnia pashtun, mayoritarios en el sur y el este de Afganistán, quienes como respetables hombres de principios se pasaron a los americanos sólo después de recibir mucho dinero y cuando la caída del régimen talibán aparecía ya como inevitable.

Ciertamente, la derrota del régimen talibán es un hecho. Como lo es también la muerte de miles de hombres, mujeres y niños causada por los bombardeos "civilizadores" de los aviones de combate americanos y por el hambre y el frío que se ha cebado sobre los cientos de miles de afganos que permanecen agolpados a lo largo de la frontera con Pakistán, adonde habían ido a refugiarse huyendo de la destrucción causada por la intervención imperialista.

Pero, aparte de esto ¿qué más ha conseguido el imperialismo americano con esta intervención militar?

El imperialismo norteamericano pretendía, con esta intervención militar, demostrar a todos los pueblos oprimidos del mundo que nadie podía desafiar su posición sin verse amenazado. Pero además tenía otros objetivos, como el de establecer un gobierno títere en Afganistán afín a sus intereses que le permitiera reforzar su presencia en Asia Central. De esta manera pretende ejercer un estrecho control sobre los enormes recursos petrolíferos y minerales de la zona, debilitando la presencia de Rusia, Irán, India y China en todo este área. Esta es toda la verdad del asunto. Sin embargo, Estados Unidos apenas ha sacado provecho de esta guerra y, en cambio, ha conseguido empeorar lo que ya iba mal para sus propios intereses.

Los acuerdos de Bonn y el nuevo gobierno afgano

Así, la pretensión inicial de Estados Unidos de colocar a la cabeza del estado afgano al antiguo rey Zahir Shah tras la derrota talibán ha pasado a mejor vida. El gobierno post-talibán establecido en Kabul tras los acuerdos alcanzados el pasado diciembre en Bonn está dominado por los miembros de la llamada Alianza del Norte, conglomerado de "señores de la guerra" y jefes guerrilleros tutelado por Rusia, Irán e India, muy suspicaz con la presencia de tropas extranjeras en suelo afgano y con las americanas en particular.

Según los acuerdos de Bonn, en 6 meses se convocará una asamblea de jefes locales y tribales, la Loya Jirga, que eligirá un nuevo gobierno para Afganistán. Pero los acuerdos de Bonn fueron un compromiso de mínimos que ya está saltando en pedazos en base a la correlación de fuerzas real que cada grupo y tutor extranjero tiene actualmente sobre el terreno. Así, mientras que la estancia de tropas extranjeras "para asegurar el orden en el país" iba a tener una duración indeterminada, el nuevo gobierno ya ha impuesto seis meses de tiempo como plazo máximo de estancia de las tropas occidentales en Kabul. Mientras que en Bonn se acordó el desarme y la disolución de las fuerzas de la Alianza del Norte, el gobierno ha decretado que las antiguas fuerzas de la Alianza del Norte permanecerán armadas y acuarteladas. También ha decretado que la labor policial se realizará conjuntamente entre las fuerzas extranjeras y sus propios milicianos armados.

Es verdad que el jefe del gobierno, el pastún Karzai es un agente afín a los Estados Unidos, pero se encuentra en minoría en el gobierno y su fidelidad a los intereses americanos dependerá del apoyo que le presten los jefes pashtunes del sur de Afganistán, que aceptaron encantados el dinero con que fueron comprados por la Casa Blanca para dejar de apoyar a los Talibanes. No obstante, esta gente puede buscar nuevos amos, si la recompensa es mayor o si la arrogancia con que está actuando el ejército americano en el sur y el este de Afganistán se vuelve intolerable para las masas pashtunes de la zona.

Más inestabilidad

La guerra de Afganistán ha emitido largas ondas que están desestabilizando aún más la delicada situación de Pakistán y Palestina, creando problemas adicionales a los Estados Unidos. El alineamiento del presidente paquistaní, Musharraf, con el imperialismo en esta guerra le ha creado una situación insostenible, haciendo aumentar su impopularidad entre las masas paquistaníes y granjeándole el odio y desprecio de un sector creciente de la casta militar que ha asumido como propia la derrota del régimen talibán. Pakistán y, a través suya, los Estados Unidos, han visto relegada su posición en Afganistán por el momento, mientras que sus enemigos tradicionales (Rusia, Irán e India) han visto reforzada la suya.

La reapertura del conflicto de Cachemira entre India y Pakistán es una consecuencia directa de la guerra en Afganistán. Haya o no guerra entre India y Pakistán, cualquier actuación del gobierno Musharraf en el conflicto de Cachemira que pudiera ser percibido como una nueva humillación ante India, sería suficiente para desencadenar un golpe del ala fundamentalista del ejército o un estallido de las masas paquistaníes.

En Palestina, la guerra de afganistán ha sido la excusa utilizada por el gobierno israelí de Sharon para redoblar su represión contra el pueblo palestino, llevando el conflicto a un callejón sin salida. Una guerra civil dentro de Palestina, que enfrentaría a la mayor parte del pueblo palestino contra el gobierno de Arafat, o una nueva guerra árabe-israelí en la zona, que extendería la desestabilización a todo Oriente Medio, es una perspectiva real que llena de pavor los despachos de la Casa Blanca.

Se ha justificado esta guerra como la manera más eficaz de acabar con las actividades de los grupos terroristas islámicos. Pero sólo ha conseguido reunir más amargura, frustación y odio entre los sectores más desesperados de las masas del mundo árabe contra las potencias occidentales, abonando el terreno para nuevas acciones terroristas. Así hemos visto como, a pesar de todas la medidas de seguridad tomadas, un nuevo atentado terrorista estuvo a punto de consumarse a finales de diciembre en un avión que volaba de París a Boston. Lo más llamativo del asunto es que el presunto terrorista actuaba sólo y sin ninguna vinculación con la organización Al Qaeda que dirige Bin Laden. Y no hay ninguna razón para pensar que este intento vaya a ser el último.

Finalmente, y esto es importante de cara a la opinión pública americana y mundial, ni siquiera han sido capaces por el momento de detener o localizar a Osama Bin Laden, señalado por el gobierno americano como responsable de los atentados del 11 de septiembre, y todo ello ¡después de haber justificado la intervención militar en Afganistán por la negativa del gobierno talibán a entregar a Bin Laden a los Estados Unidos!

La clase trabajadora en Occidente tampoco ha ganado nada con esta guerra. Con la excusa de combatir el terrorismo se están aprobando leyes que recortan drásticamente los derechos democráticos de los ciudadanos, que mañana se utilizarán contra el movimiento obrero cuando luche decididamente para defender sus intereses. Y con la falsa excusa de los atentados del 11 de septiembre se quiere cargar sobre los hombros de la familias trabajadoras la crisis económica del sistema capitalista.

La guerra en Afganistán no ha resuelto nada. Los intereses de las diferentes camarillas y señores de la guerra de dentro y fuera del gobierno afgano y de las diferentes potencias imperialistas, que tutelan a cada uno de ellos para hacer valer sus sucios intereses en la zona, harán inevitables nuevos conflictos y guerras en Afganistán. Pretender en esas circunstancias acabar con el atraso y la miseria en Afganistán es la peor de las utopías. Sólo la revolución socialista en todo el Subcontinente Indio, comenzando por Pakistán y la India puede ofrecer una perspectiva de futuro a las masas de los países de la zona y a las de Afganistán en particular.




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