Japón sigue sin
salir de su crisis. La actividad económica se contrajo en el primer trimestre
de 2001 el 0,2%, lo que se suma a las caídas del año 2000. La economía que
durante décadas fue puesta como ejemplo de desarrollo capitalista, de
crecimiento y productividad, es considerada ahora un enfermo crónico del que
solo cabe esperar que empeore.
Todas las cifras son
negativas. La inversión empresarial (-1%), las exportaciones -0,2% en valor,
el consumo interno… Incluso la caída de precios que supone el control de la
inflación no se debe a una mejora de la productividad, sino a la debilidad de
la demanda y al exceso de capacidad productiva. Este fenómeno de deflación
es la primera vez que ocurre en países avanzados desde los años 30.
Durante décadas
Japón fue la versión moderna del cuento de la lechera: fuertes inversiones
que hacían aumentar la productividad, abaratando costes, introduciendo nuevas
tecnologías, etc. Las inversiones se recuperaban con creces al conquistar
nuevos mercados. Pero este modelo se agotó con el pinchazo bursátil de los
80 y se agravo la situación con la crisis de superproducción que afecto a
Asia en los 90.
El fracaso de los
métodos keynesianos
Para salir de esta
situación se ha recurrido a las viejas teorías keynesianas. En los últimos
nueve años se ha inyectado más de un billón de dólares de dinero público
sin ningún efecto, excepto convertirse en uno de los países más endeudados
el planeta (un 120% del PIB). Y a pesar de que los tipos de interés son
prácticamente cero, los préstamos bancarios siguen cayendo. La explicación
es sencilla: ¿para que pedir prestamos si ya estamos endeudados? Y por otra
parte si se acometen nuevas inversiones ¿Donde vender si los mercados están
saturados? Por otra parte si se elevan los tipos para atraer inversión
extranjera, provocaría una avalancha de bancarrotas. Ante esta perspectiva y
la aparición del paro se está disparando el ahorro y contrayendo la demanda
interna, lo que lleva a algunos economistas a explicar que la crisis de Japón
se reduce a falta de confianza. Pero lo que no explican es por qué no hay
confianza: por las razones objetivas.
El nuevo gobierno
El nuevo gobierno de
Junchiro Koizumi parece haber apostado por abandonar las medidas keynesianas y
volver a políticas de contención del gasto. A pesar de su popularidad y de
no ser el típico político japonés sus perspectivas no son nada halagüeñas
para la clase obrera japonesa. Consciente de que no puede seguir
endeudándose, va a hacer cargar a los trabajadores con la crisis No excluye
un "crecimiento negativo" (eufemismo de destrucción de empleo y
caída en las condiciones de vida) durante los próximos dos años. Sus
ministros de economía ya han anunciado que la única receta es la
flexibilidad y de poner la economía al limite, además de no tener ningún
plan para estimular la demanda interna. Su único objetivo será sanear los
bancos.
El Credit Suisse ha
calculado en un millón y medio los empleos que se perderán. Estamos ante el
comportamiento clásico del capitalismo descrito por Marx: la única forma de
salir de las crisis es la destrucción de fuerzas productivas, hecho que tarde
o temprano provocará serias convulsiones sociales en la segunda economía del
planeta.