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Crece la conflictividad
laboral y la oposición al Gobierno PP
Otoño Caliente
La
propuesta de huelga general lanzada por la UGT hace unos meses está
conectando con el ambiente que se respira entre los trabajadores y no ha
hecho más que tomar fuerza desde que se hizo pública. El éxito de la
huelga general en Galicia ha supuesto un fuerte espaldarazo a esa idea y
ha dejado a las claras que, bajo la superficie de calma social vivida en
los últimos años, existe una enorme acumulación de descontento.
Hay muchos
acontecimientos recientes, en el terreno de laboral, que aún siendo
aislados, son claros indicativos de que el ambiente social está
cambiando, de que los trabajadores ya están hartos de tanta explotación,
de congelación salarial, de accidentes laborales y de precariedad en el
empleo y han decidido decir basta.
Uno de ellos ha
sido la huelga de cuatro días de los autobuses discrecionales en Palma de
Mallorca. La imagen de la asamblea de trabajadores a los que les bastaron
cinco minutos para rechazar el pacto suscrito por los dirigentes
sindicales y la patronal del sector y decidir por la continuidad de la
huelga, expresa gráficamente el cabreo acumulado por un colectivo que
soporta duras condiciones de trabajo y que ve cómo los empresarios del
sector turístico sacan beneficios a manos llenas. El intento de imponer
unos servicios "mínimos" del 80%, que en la práctica era hacer
inviable la huelga, no ha servido para nada, el seguimiento fue total.
Indisciplina
sindical
Ese elemento de
indisciplina sindical también ha estado presente en la huelga general de
Galicia, cuya incidencia ha sido especialmente significativa en las
grandes empresas, con mayoría de CCOO que se opuso a la huelga. Hay más
síntomas de esa discrepancia entre la dirección y la base: el rechazo
por la plantilla de Roca en Barcelona al convenio firmado por los
dirigentes sindicales o el caso similar de Volkswagen en Navarra son otros
ejemplos.
La dureza de
algunos conflictos, como el de Síntel, cuyos trabajadores ya llevan más
de siete meses acampados y en huelga, o el de transportes La Unión en
Pontevedra que, después de 121 días de huelga y el incumplimiento de los
acuerdos alcanzados con la Xunta, reanudan la lucha con la convocatoria de
paros intermitentes a partir de julio es otra de las características de
la nueva situación. A los casos citados hay que sumar otros, menos
conocidos, como la huelga del sector de la basura en Segovia y en
Benidorm.
Otras huelgas,
como la de los trabajadores de telemarketing, secundada
masivamente, son un indicativo de la incorporación de jóvenes
trabajadores a la lucha sindical y el anticipo del papel que va a jugar la
juventud trabajadora, como punta de lanza, en futuras movilizaciones.
Muchas luchas
están centradas en el convenio, particularmente en el aumento de unos
salarios muy bajos o muy erosionados por la subida de los precios. A los
casos mencionados habría que sumar una lista interminable de conflictos,
sencillamente ocultados por los grandes medios de comunicación, como la
huelga del sector de la madera en Jaén. Parece claro que se está
produciendo un cambio en la situación, no sólo por el aumento del
número de huelgas sino por las características que están teniendo los
conflictos.
El Gobierno y los
medios de comunicación
La burguesía y
sus medios de comunicación observan estos conflictos con una mezcla de
odio y pánico. Destacan en ese aspecto los medios relacionados con Prisa,
como El País, que hizo una campaña de silencio con respecto a la
huelga de Galicia y una campaña de criminalización –igual que la
mayoría de periódicos y televisiones– contra los trabajadores de
transportes de autobuses de Mallorca. "Algaradas",
"secuestro de la ciudadanía" y otros calificativos se han
utilizado para este conflicto, sin duda con la mirada puesta en la
justificación de la ya en debate ley antihuelga, propuesta,
escandalosamente, por la dirección del PSOE, cuya labor de
"oposición" no deja de ser chocante para muchos trabajadores y
para su propia base.
Por su parte, el
Gobierno y la patronal quieren lanzar otro ataque en el terreno laboral,
esta vez en relación con los convenios colectivos, primando más la
relaciones individuales del trabajador con la empresa y quitándoles
"rigideces" con el fin de "adaptarlos" a la realidad
de cada sector. Baraja eliminar, incluso, el carácter prorrogable de los
convenios en caso de que no se renueven, poniendo el "contador a
cero" y cargándose, de esa manera, los derechos y mejoras
conseguidos con anterioridad. Esa medida, unida a la contrarreforma
laboral impuesta recientemente, y otras, son parte del recetario que
necesita la burguesía para preservar sus beneficios y su parcela de
negocios en un mercado internacional y doméstico cada vez más disputado.
Como bien dijo Cándido Méndez en la multitudinaria concentración de
delegados de UGT el día 21 de junio, en el esquema social de la derecha,
los sindicatos son un estorbo.
Amén de la
defensa de los beneficios empresariales, otro factor que está pesando en
la ofensiva del Gobierno es la de rentabilizar a fondo su mayoría
absoluta y la inercia desmovilizadora promovida por los dirigentes
sindicales en los últimos años. Como siempre hemos dicho, la debilidad
invita a la agresión y eso no sólo tiene consecuencias negativas para
los trabajadores en general, sino que resta fuerza y apoyo a los propios
sindicatos. En ese sentido, el cambio de orientación de la UGT, con su
propuesta de huelga general, es producto de la presión por abajo, pero
también por arriba, toda vez que el Gobierno de la derecha entiende que
el ritmo y la profundidad de los ataques requiere pasar página respecto
al consenso con las direcciones sindicales, que si bien es útil para
enmascarar mejor su política, no es imprescindible. La contrarreforma
laboral va en esa línea.
Unidad de
acción, pero para luchar
El hecho de que
la dirección de CCOO, encabezada por Fidalgo, siga empeñada en oponerse
a la huelga y seguir como si aquí no pasara nada –ese fue el mensaje
lanzado a sus delegados, en la reunión de Madrid del 19 de junio, para
decepción de muchos de los asistentes– va a someter al sindicato a
presiones y enfrentamientos muy fuertes. Incluso dirigentes ligados al ‘sector
oficialista’, aunque tímidamente, empiezan a manifestar incomodidad con
esta situación, una incomodidad que se multiplica por mil cuando se trata
de delegados y cuadros sindicales que se ven en la obligación de defender
las posiciones de Fidalgo en las empresas.
La convocatoria
de una huelga general aparece como una necesidad cada vez más sentida por
los trabajadores. La mejor manera de que la dirección de UGT garantice su
éxito, es lanzar, desde ya, una intensa campaña de explicación y
asambleas en los centros de trabajo y en los tajos, en la que se defina
claramente una plataforma reivindicativa. Por esa vía se puede recuperar
la unidad sindical, que tiene que ser unidad para luchar, para romper con
la nefasta práctica sindical del pasado. Esa idea conecta perfectamente
con el sentir de la base de CCOO. Ya no bastan los llamamientos por
arriba, ni las declaraciones en la prensa –cuyo boicot a la huelga es
evidente incluso antes de que esté convocada– hay que emplearse a fondo
en el contacto directo con los trabajadores. Una campaña seria de
asambleas, que garantice la participación de los trabajadores en el
debate, minimizaría los efectos de una convocatoria en solitario por
parte de UGT, en el caso de que la dirección de CCOO mantuviese su
posición, cada vez más insostenible, de oponerse a la huelga general.
Asistiremos, sin
duda, a un otoño caliente; en esa perspectiva, se trata de luchar para
que la respuesta de la clase obrera y la juventud a los ataques del PP sea
lo más organizada y contundente posible y enmarcar ese enfrentamiento
dentro de una perspectiva más amplia y que sigue siendo totalmente
necesaria: la lucha por la transformación socialista de la sociedad. En
eso estamos los marxistas agrupados entorno a El Militante, ¡únete a
nosotros!
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