E l  M i l i t a n t e   Nº 1 4 0

Editorial ....

julio / agosto 2001


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Crece la conflictividad laboral y la oposición al Gobierno PP

Otoño Caliente

La propuesta de huelga general lanzada por la UGT hace unos meses está conectando con el ambiente que se respira entre los trabajadores y no ha hecho más que tomar fuerza desde que se hizo pública. El éxito de la huelga general en Galicia ha supuesto un fuerte espaldarazo a esa idea y ha dejado a las claras que, bajo la superficie de calma social vivida en los últimos años, existe una enorme acumulación de descontento.

Hay muchos acontecimientos recientes, en el terreno de laboral, que aún siendo aislados, son claros indicativos de que el ambiente social está cambiando, de que los trabajadores ya están hartos de tanta explotación, de congelación salarial, de accidentes laborales y de precariedad en el empleo y han decidido decir basta.

Uno de ellos ha sido la huelga de cuatro días de los autobuses discrecionales en Palma de Mallorca. La imagen de la asamblea de trabajadores a los que les bastaron cinco minutos para rechazar el pacto suscrito por los dirigentes sindicales y la patronal del sector y decidir por la continuidad de la huelga, expresa gráficamente el cabreo acumulado por un colectivo que soporta duras condiciones de trabajo y que ve cómo los empresarios del sector turístico sacan beneficios a manos llenas. El intento de imponer unos servicios "mínimos" del 80%, que en la práctica era hacer inviable la huelga, no ha servido para nada, el seguimiento fue total.

Indisciplina sindical

Ese elemento de indisciplina sindical también ha estado presente en la huelga general de Galicia, cuya incidencia ha sido especialmente significativa en las grandes empresas, con mayoría de CCOO que se opuso a la huelga. Hay más síntomas de esa discrepancia entre la dirección y la base: el rechazo por la plantilla de Roca en Barcelona al convenio firmado por los dirigentes sindicales o el caso similar de Volkswagen en Navarra son otros ejemplos.

La dureza de algunos conflictos, como el de Síntel, cuyos trabajadores ya llevan más de siete meses acampados y en huelga, o el de transportes La Unión en Pontevedra que, después de 121 días de huelga y el incumplimiento de los acuerdos alcanzados con la Xunta, reanudan la lucha con la convocatoria de paros intermitentes a partir de julio es otra de las características de la nueva situación. A los casos citados hay que sumar otros, menos conocidos, como la huelga del sector de la basura en Segovia y en Benidorm.

Otras huelgas, como la de los trabajadores de telemarketing, secundada masivamente, son un indicativo de la incorporación de jóvenes trabajadores a la lucha sindical y el anticipo del papel que va a jugar la juventud trabajadora, como punta de lanza, en futuras movilizaciones.

Muchas luchas están centradas en el convenio, particularmente en el aumento de unos salarios muy bajos o muy erosionados por la subida de los precios. A los casos mencionados habría que sumar una lista interminable de conflictos, sencillamente ocultados por los grandes medios de comunicación, como la huelga del sector de la madera en Jaén. Parece claro que se está produciendo un cambio en la situación, no sólo por el aumento del número de huelgas sino por las características que están teniendo los conflictos.

El Gobierno y los medios de comunicación

La burguesía y sus medios de comunicación observan estos conflictos con una mezcla de odio y pánico. Destacan en ese aspecto los medios relacionados con Prisa, como El País, que hizo una campaña de silencio con respecto a la huelga de Galicia y una campaña de criminalización –igual que la mayoría de periódicos y televisiones– contra los trabajadores de transportes de autobuses de Mallorca. "Algaradas", "secuestro de la ciudadanía" y otros calificativos se han utilizado para este conflicto, sin duda con la mirada puesta en la justificación de la ya en debate ley antihuelga, propuesta, escandalosamente, por la dirección del PSOE, cuya labor de "oposición" no deja de ser chocante para muchos trabajadores y para su propia base.

Por su parte, el Gobierno y la patronal quieren lanzar otro ataque en el terreno laboral, esta vez en relación con los convenios colectivos, primando más la relaciones individuales del trabajador con la empresa y quitándoles "rigideces" con el fin de "adaptarlos" a la realidad de cada sector. Baraja eliminar, incluso, el carácter prorrogable de los convenios en caso de que no se renueven, poniendo el "contador a cero" y cargándose, de esa manera, los derechos y mejoras conseguidos con anterioridad. Esa medida, unida a la contrarreforma laboral impuesta recientemente, y otras, son parte del recetario que necesita la burguesía para preservar sus beneficios y su parcela de negocios en un mercado internacional y doméstico cada vez más disputado. Como bien dijo Cándido Méndez en la multitudinaria concentración de delegados de UGT el día 21 de junio, en el esquema social de la derecha, los sindicatos son un estorbo.

Amén de la defensa de los beneficios empresariales, otro factor que está pesando en la ofensiva del Gobierno es la de rentabilizar a fondo su mayoría absoluta y la inercia desmovilizadora promovida por los dirigentes sindicales en los últimos años. Como siempre hemos dicho, la debilidad invita a la agresión y eso no sólo tiene consecuencias negativas para los trabajadores en general, sino que resta fuerza y apoyo a los propios sindicatos. En ese sentido, el cambio de orientación de la UGT, con su propuesta de huelga general, es producto de la presión por abajo, pero también por arriba, toda vez que el Gobierno de la derecha entiende que el ritmo y la profundidad de los ataques requiere pasar página respecto al consenso con las direcciones sindicales, que si bien es útil para enmascarar mejor su política, no es imprescindible. La contrarreforma laboral va en esa línea.

Unidad de acción, pero para luchar

El hecho de que la dirección de CCOO, encabezada por Fidalgo, siga empeñada en oponerse a la huelga y seguir como si aquí no pasara nada –ese fue el mensaje lanzado a sus delegados, en la reunión de Madrid del 19 de junio, para decepción de muchos de los asistentes– va a someter al sindicato a presiones y enfrentamientos muy fuertes. Incluso dirigentes ligados al ‘sector oficialista’, aunque tímidamente, empiezan a manifestar incomodidad con esta situación, una incomodidad que se multiplica por mil cuando se trata de delegados y cuadros sindicales que se ven en la obligación de defender las posiciones de Fidalgo en las empresas.

La convocatoria de una huelga general aparece como una necesidad cada vez más sentida por los trabajadores. La mejor manera de que la dirección de UGT garantice su éxito, es lanzar, desde ya, una intensa campaña de explicación y asambleas en los centros de trabajo y en los tajos, en la que se defina claramente una plataforma reivindicativa. Por esa vía se puede recuperar la unidad sindical, que tiene que ser unidad para luchar, para romper con la nefasta práctica sindical del pasado. Esa idea conecta perfectamente con el sentir de la base de CCOO. Ya no bastan los llamamientos por arriba, ni las declaraciones en la prensa –cuyo boicot a la huelga es evidente incluso antes de que esté convocada– hay que emplearse a fondo en el contacto directo con los trabajadores. Una campaña seria de asambleas, que garantice la participación de los trabajadores en el debate, minimizaría los efectos de una convocatoria en solitario por parte de UGT, en el caso de que la dirección de CCOO mantuviese su posición, cada vez más insostenible, de oponerse a la huelga general.

Asistiremos, sin duda, a un otoño caliente; en esa perspectiva, se trata de luchar para que la respuesta de la clase obrera y la juventud a los ataques del PP sea lo más organizada y contundente posible y enmarcar ese enfrentamiento dentro de una perspectiva más amplia y que sigue siendo totalmente necesaria: la lucha por la transformación socialista de la sociedad. En eso estamos los marxistas agrupados entorno a El Militante, ¡únete a nosotros!




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