El Militante Nº 139

La Transición (IV) .

1 de mayo / 1 de junio



Reforma o revolución

Ángel Pérez

Los años setenta fueron caracterizados por los marxistas como una época prerrevolucionaria. Se cumplían las condiciones que Lenin había explicado para la existencia de la misma. En primer lugar la clase obrera estaba dispuesta a dar la batalla hasta el final, como demostraba la lucha que millones de trabajadores protagonizaron y la afiliación masiva a los sindicatos y a los partidos tradicionales del movimiento obrero; las clases medias, la juventud, los estudiantes estaban girando a la izquierda y buscando la vía de la transformación revolucionaria de la sociedad y la burguesía estaba absolutamente dividida, incapaz de seguir dominando y controlando la sociedad de la misma manera que hasta entonces. Por último, hacía falta construir un partido revolucionario de masas, capaz de orientar a la clase obrera hacia la toma del poder y la transformación socialista de la sociedad.

Lo que realmente estaba en cuestión no era sólo el cambio de régimen, dictadura o democracia, sino las mismas bases del sistema capitalista.

En este sentido los marxistas afrontamos la tarea de defender las ideas del marxismo frente a la burguesía y el gran capital, oponiendo a la táctica y estrategia reformista de los líderes del movimiento obrero la vía revolucionaria que se podría resumir en dos grandes postulados:

a) Es completamente imprescindible que la clase obrera, apoyada por las clase medias y la mayoría de la población, lleve a cabo la toma del poder, consistente en la destrucción del Estado burgués y su sustitución por un Estado obrero, un régimen de democracia obrera basado en la nacionalización de la banca, los monopolios y los latifundios bajo control obrero y con indemnización sólo en casos de necesidad comprobada.

b) La necesidad para la clase obrera de dotarse de un partido obrero de masas que defendiera este programa revolucionario.

El contexto internacional y la crisis económica

Aquella época venía precedida de los acontecimientos revolucionarios de mayo del 68 en Francia, de las luchas de masas en Italia en 1969, de tremendos acontecimientos en la lucha de clases en todos los países, incluidos los Estados Unidos de América, el gran país imperialista que había sido derrotado en Vietnam.

La recesión de 1974-75, la primera recesión simultánea que afectó a la práctica totalidad del mundo capitalista desde la Segunda Guerra Mundial, impulsó esta situación hacia la vía de la movilización y la extracción de conclusiones revolucionarias por parte de amplios sectores de los trabajadores a partir de su experiencia.

Parecía como si el equilibrio del sistema capitalista mundial estuviese roto, como si el sistema se moviese como un barco a la deriva y sin rumbo. Toda esta situación abrió un período de revolución y contrarrevolución. Cayó la dictadura de los coroneles en Grecia y, posteriormente, la más antigua de Europa, la dictadura de Salazar en Portugal que puso en peligro la misma existencia del capitalismo. Los años 70 fueron un período en el que la clase obrera pudo tomar el poder, al igual que había sido posible en el período de entre guerras, después de la Revolución de Octubre, y en la ola revolucionaria de los años 30, e incluso con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, en algunos países como Francia, Italia...

Sin embargo, siempre que se abre un período de revolución, asistimos al mismo tiempo y paralelamente a un período de contrarrevolución.

La política absolutamente errónea de los llamados partidos comunistas, la traición del estalinismo que al final llevaría al desmoronamiento de los Estados obreros deformados, es decir, los regímenes burocráticos de la URSS y el Este de Europa y la inutilidad total de los partidos socialdemócratas de dar respuestas mínimamente acertadas a la situación, llevaron a que aquella oportunidad histórica se frustrase.

La fuerza de la clase obrera

En los últimos años de la dictadura franquista uno de los principales puntos de debate en las organizaciones del movimiento obrero era cómo conseguir las libertades democráticas.

Este debate evidenció dos tácticas completamente diferentes: la reformista, que consistía en lograr acuerdos, pactos o alianzas de gobierno con los sectores de la burguesía que se manifestaban claramente a favor de un régimen de libertades democráticas, y la revolucionaria defendida por los marxistas que planteaba una política de total independencia de clase, una política de clase contra clase y cuyo método fundamental de conquista de las libertades se basaba en la movilización consciente y organizada de las masas de la clase obrera en torno a un programa, que combinaba reivindicaciones inmediatas, por ejemplo la demanda de libertad para los presos políticos, libertad de los partidos y organizaciones políticas y sindicales con demandas transicionales como la nacionalización de la banca y los monopolios, sin indemnización, y demandas claramente socialistas como la instauración de la democracia obrera.

Partíamos de la base de que la única fuerza que realmente luchaba por las libertades democráticas era la clase obrera, que con una táctica consecuente y un programa serio, podría atraer hacia sí, en la lucha, a las capas medias y ganar a la aplastante mayoría de la población. Explicábamos que el "milagro" de que amplios sectores de la burguesía, que durante décadas habían apoyado a la dictadura, estuvieran ahora claramente a favor de las libertades no era tal: se debía a un cambio decisivo de la correlación de fuerzas entre las clases, claramente a favor de la clase obrera.

El proceso de industrialización de los años sesenta había renovado y aumentado el peso de la clase obrera en la sociedad, pasando de 2,7 millones de obreros industriales y 2,6 millones de obreros de servicios en los años cincuenta, a 4,7 millones de obreros industriales y 4,2 millones de obreros de servicios en los setenta.

Al mismo tiempo la clase obrera demostró una y otra vez su disposición a la lucha. En 1966 hubo 179 huelgas perdiéndose 1,5 millones de horas; en 1969 fueron 491 huelgas perdiendo 4,5 millones de horas; pasando en 1970 a 1.644 huelgas con 8,7 millones de horas perdidas. Sólo en enero de 1976 se perdían 21 millones de horas por huelgas; en el período que va de 1976 a mediados de 1978 se perdieron 13,2 millones de jornadas por huelgas.

Este proceso ascendente de luchas se enfrentaba con la represión de la dictadura y pasaban rápidamente, en muchos casos, del frente económico al frente político. El carácter de las luchas mostraba un aumento en el avance de la conciencia de importantes capas de los trabajadores asumiendo reivindicaciones como las libertades políticas y sindicales plenas, por la amnistía...

Tanto el ascenso de las luchas, como su carácter, era lo que provocaba las divisiones en el seno de la burguesía.

Los sectores más clarividentes de la burguesía se daban perfecta cuenta de que la utilización cada vez más salvaje del aparato represivo de la dictadura (que carecía del más mínimo apoyo social) podría agravar los problemas, radicalizar a los trabajadores y volver la situación incontrolable. Por tanto estos sectores de la burguesía estaban dispuestos a propiciar una reforma por arriba para evitar una explosión que podría convertirse en revolucionaria por abajo.

En esta estrategia buscaron y desgraciadamente encontraron el apoyo de los dirigentes del PCE (entonces el partido con más implantación en las fabricas y las universidades) y también del PSOE de Felipe González. La expresión de esta política de subordinación a los intereses de la burguesía fue la constitución de un organismo unitario interclasista, la llamada Coordinación Demo-crática, de la que formaron parte "personalidades" de la burguesía "democrática" como García Tre-vijano o Ruiz Giménez, a los que en la práctica se les daba el mismo poder de decisión en la dirección de la lucha que a las auténticas fuerzas antifranquistas que aportaban las organizaciones de izquierda.

El resultado fue que numerosas luchas que no podían ser estranguladas por la policía y la represión, fueron abortadas por los dirigentes obreros reformistas. Esta política tuvo su plasmación en los Pactos de la Moncloa, que a la larga sólo sirvieron para desmovilizar y debilitar al movimiento obrero.

Los marxistas explicábamos entonces algo que los hechos han confirmado. La democracia para la burguesía se reduce a dominar la sociedad contando cabezas, en lugar de cortarlas a través de la dictadura. Una prueba de que no existía ni existe ninguna burguesía genuinamente democrática es que ellos nunca permiten que la democracia entre en el ejército, en las fábricas o en sus centros fundamentales de dominación y poder.

Hoy, 25 años después, no hay más democracia, sino menos, como demuestra la Ley de Extran-jería y en general la actitud reaccionaria y prepotente del gobierno Aznar en la cuestión nacional en Euskadi y en otros temas.

La lucha por las reformas

Vemos, por otro lado, la evolución de las fuerzas reformistas. Entonces Felipe González hablaba de "gradualismo". En una entrevista al diario El País (14-6-79) afirmaba: "La dialéctica entre reforma y revolución ha desaparecido en la sociedad industrial de nuestros días. Sólo se mantiene a niveles ideológicos y debe mantenerse. El cambio ahora es únicamente posible por la reforma, no por la revolución. Lo que pasa es que puede haber reformas más imaginativas y profundas que otras. En ese gradualismo es donde se sitúa la localización de quienes son radicales y quienes moderados.(...). En definitiva hoy el marxismo más riguroso es reformista, en las sociedades industriales".

Aquellos gradualistas, cuyo principal líder era Felipe Gonzá-lez y cuyo máximo teórico era Santiago Carrillo, autor de Euro-comunismo y Estado, por entonces secretario general del PCE, nos querían convencer de que podíamos avanzar hacia el socialismo gradualmente. Probable-mente un buen día nos despertaríamos en una sociedad socialista. La realidad es que sus doctrinas consiguieron destrozar el PCE, entonces un partido con un gran poder de movilización, y han transformado el PSOE en un partido con la dirección más incapaz de oponerse a la derecha de los últimos años.

Como afirmábamos los marxistas en 1979 en el documento En Defensa del Marxismo, "Ninguno de los derechos democráticos que hoy en día tienen los trabajadores nos ha sido "regalado" por la burguesía; todos han sido arrancados a la clase dominante por la fuerza, mediante unas luchas feroces y en muchos casos sangrientas (...) Para un reformista, las reformas son un fin en sí mismo, mientras que para los marxistas, las reformas son producto de la lucha por la emancipación de la clase obrera de la esclavitud capitalista. ¿Pero entonces los marxistas no luchan por reformas? Tal afirmación es ridícula. La transformación socialista de la sociedad no es posible sin la participación activa de la mayoría decisiva de la sociedad.(...). Pero las masas no pueden llegar a comprender la necesidad de una radical transformación de la sociedad sin haber pasado previamente por una etapa mas o menos larga de luchas por una serie de reivindicaciones parciales. En resumen sin la lucha diaria por reivindicaciones que significan un avance dentro del sistema capitalista, la revolución socialista seria imposible. Mediante la lucha por reformas, en defensa del nivel de vida, por un salario digno, por un puesto de trabajo...se forjan las fuerzas de la revolución socialista. (....) Pero a diferencia de los reformistas, los marxistas entendemos que, mientras exista el sistema capitalista, estas reformas tendrán un carácter parcial, inestable y poco duradero".

Ganar a las capas medias para la lucha por el socialismo

Otros puntos importantes en el debate de entonces era la forma de atraer a las capas medias al lado de la clase obrera y también cómo enfrentarse a la "enorme fuerza" del ejército, la policía, los aparatos represivos del Estado burgués.

En el primer punto la experiencia de los últimos 25 años también es concluyente. En el segundo es necesario recordar los puntos centrales de la teoría marxista del Estado.

Los reformistas siempre opinaron que no podíamos asustar a las capas medias con la bandera del socialismo. En otras palabras que para ganar a las capas medias era necesaria una política y un programa que obedecía a la consabida teoría de la revolución por etapas, primero la consolidación de la democracia, después el socialismo.

Ya vimos antes el carácter parcial e inestable de la llamada consolidación de la democracia. En la práctica esta política nos ha llevado a una situación en la que los programas y tácticas de los partidos de la derecha apenas si se distinguen de los de los partidos de la izquierda, en particular para las masas de la clase media. No estamos afirmando que no haya diferencias entre PP y PSOE, pero si afirmamos que esta política llevada a cabo por Gobiernos del PSOE durante más de 14 años, o por los partidos en la oposición, ha propiciado el actual giro de las capas medias a la derecha. La política reformista ha contribuido a debilitar al movimiento obrero y a su vez a enajenarse el apoyo de las capas medias. Tal como dijo un pensador marxista "Sea cual sea su Biblia, el Dios de las capas medias siempre será el poder". Un movimiento obrero débil, sin programa claro, sin una actitud decidida de lucha y combate, jamás atraerá a las capas medias ni logrará su apoyo, imprescindible para poder plantearse la transformación socialista de la sociedad.

El Estado burgués

En 1979 Felipe González calificaba de "solemne tontería" la teoría del Estado de Marx, aunque nunca explicó el porqué.

"El Estado decíamos en En Defensa del Marxismo se reduce en última instancia a grupos de hombres armados en defensa de la propiedad privada. El Estado siempre ha existido en todas las sociedades en que ha habido clases antagónicas y es el instrumento de dominación de una clase sobre otra (...) El Estado se convierte en un "árbitro" entre las clases antagónicas, pero en última instancia representa los intereses de la clase dominante".

Los reformistas han considerado al Estado como una maquinaria neutral que les podría servir a ellos al igual que antes había servido a la burguesía, por tanto nunca han planteado su destrucción y su sustitución por un Estado obrero construido desde abajo, basado en los instrumentos de poder obrero; las libertades y las organizaciones obreras que son elementos de la nueva sociedad surgidos en la vieja sociedad. Todavía hoy es imposible aportar un sólo ejemplo histórico en que las ideas de los reformistas se hayan visto confirmadas en la práctica. Como se suele decir, "es posible pelar una cebolla capa por capa, pero no es posible cazar un tigre pata por pata".

Sin la destrucción del Estado burgués, la burguesía siempre utilizará esa maquinaria para mantener su poder y sus privilegios. Lo último que hará la burguesía es desaparecer pacíficamente. Aun-que la mayoría de la población esté en su contra, incluso a través de la mas limpia votación electoral parlamentaria, la burguesía nunca abandonará el escenario sin utilizar sus instrumentos de poder en defensa de su propiedad y privilegios. La historia de la Revo-lución Española del 31-37 o lo sucedido en el Chile de Allende son ejemplos prácticos que de-muestran que lo que dijo Marx está muy lejos de ser una tontería.

Pero el ejército, la policía y demás cuerpos represivos, están integrados por gente que vive en condiciones muy similares a las de la clase obrera y con una táctica y estrategia correctas, en un proceso de avance del movimiento obrero, podrían ser ganados hacia las filas del movimiento revolucionario. Prueba de lo que decimos fue lo sucedido en el ejército portugués durante la Revolución de los Claveles el 25 de abril, incluso el intento, a un nivel inferior, de la formación de la Unión Militar Democrática (UMD) en el ejército franquista durante esa época. Ni el ejército más represivo es capaz de parar a las masas cuando éstas se ponen en marcha contra el régimen establecido, como demostró el derrocamiento del Sha de Persia (Irán).

Los marxistas nunca estuvimos –esto fue otro punto de aquel debate– en contra de la utilización del parlamento para explicar nuestras ideas en el proceso de ganar a las capas medias y a la clase obrera para las ideas revolucionarias. Ni siguiera negamos la posibilidad de ganar la mayoría a través de unas elecciones para un programa socialista, pero siempre subrayamos que lo fundamental es reconocer que la lucha decisiva entre la burguesía y la clase obrera al frente de las capas medias y la mayoría de la población tendrá lugar fuera del Parlamento.

Las lecciones del período

Aquel período en que la clase obrera pudo transformar toda la situación a nivel internacional se vio truncado por la falta de una dirección revolucionaria.

La aceptación por parte de las direcciones obreras del capitalismo como único sistema posible, dio lugar a que los estrategas del capitalismo mundial (durante los años 80 y 90 a medida que el movimiento obrero retrocedía y la correlación de fuerzas entre las clases, tan favorable a la clase obrera en los años 70, se diera la vuelta) pusieran en práctica una política económica de corte neoliberal, basada en obligar a toda una serie de países a levantar las barreras proteccionistas de sus mercados para permitir una mayor libertad de circulación de las mercancías en beneficio de las grandes multinacionales y de los poderes imperialistas dominantes. Simultáneamente se produjo una gran liberalización de los movimientos de capitales en todo el mundo y una orgía de especulación que en los años 90, época de boom capitalista globalmente considerada, provocó el surgimiento de terribles crisis financieras que afectaron fuertemente a las economías reales y a las masas de países tales como Méjico, Argentina, Brasil, Indonesia, Tailandia, Corea del Sur, Taiwan... y en general todo el Sudeste Asiático.

Sin embargo es necesario dejar claro que estas políticas de liberalización, en muchos casos salvaje, no han resuelto en ninguna medida las graves contradicciones y problemas de fondo del sistema capitalista que tarde o temprano aflorarán a la superficie en forma de nuevas crisis, nuevas rupturas de equilibrios, cifras masivas de paro...

En Estados Unidos, que como dicen los medios de comunicación experimentó un importantísimo boom económico, no podemos obviar el gran incremento de las desigualdades sociales: entre un 10% y un 15% de la fuerza obrera está percibiendo salarios por debajo de la línea de pobreza relativa. Las nuevas tecnologías no han liberado al hombre de su esclavitud sino que, tal como Marx explicó en El Capital, le han obligado a trabajar más horas a la semana. Millones de personas, según estadísticas recientes, en Estados Unidos trabajan más de 60 horas a la semana, mientras otros millones están subempleados ganando una miseria o haciendo trabajos que se parecen mucho a la ola de nuevos criados que surgió después de la Revolución Industrial en Inglaterra en 1850, y que Marx analizó en El Capital.

Por primera vez en años, destacados economistas oficiales han considerado la posibilidad de que la prosperidad de los años 90 esté tocando a su fin. Se habla de la posibilidad, por primera vez desde 1974, de una recesión simultánea en Estados Unidos, Japón y Europa. La recesión en EEUU probablemente será un hecho muy pronto. El debate está en si habrá una salida rápida de la misma o no, es decir si el ciclo económico norteamericano de los últimos años se parece al de Japón de los años 80 y por tanto, aun teniendo en cuenta las diferencias con Japón, la salida a la crisis americana será lenta y penosa. Japón prácticamente ha estado estancado desde 1990 y los últimos datos no invitan precisamente al optimismo. Al contrario, es muy probable que pueda volver a caer hacía una recesión mas profunda. Por lo que respecta a Europa, todos los organismos internacionales han reducido en las últimas semanas notablemente sus cifras de crecimiento para el año 2001. Aunque sea sólo una posibilidad, debemos decir que una recesión simultánea mundial, si se produce, sin duda sería un punto de inflexión importante con respecto a la situación de los años 80 y 90. De cualquier manera cabría decir que es muy difícil que dos períodos históricos se repitan de la misma e idéntica manera, por lo que sería necesario un análisis en profundidad, ajeno a la intención de este artículo, sobre las semejanzas y diferencias que este hipotético nuevo período abriría con respecto a los años 70. Probablemente asistamos simplemente a los inicios de un nuevo período. De cualquier manera sería un cambio significativo en la situación.

Se abrirá un nuevo período, en el que con un ritmo u otro, las ideas revolucionarias volverán a responder más abiertamente a la experiencia de las masas. Una nueva generación de activistas progresivamente irá sacando conclusiones avanzadas, incluso revolucionarias, de su experiencia.

En otras palabras las lecciones de los años setenta, 25 años más tarde, volverán a cobrar actualidad. Documentos de aquella época publicados por los marxistas, como Desde la dictadura franquista a la revolución socialista (Respuesta al compañero Gora) o En Defensa del Marxismo (Respuesta a Felipe González) son, ya hoy en día, una buena fuente de inspiración para profundizar en la estrategia y táctica marxista, sin duda, fundamental para las nuevas capas de trabajadores y jóvenes en la tarea de la construcción de un partido marxista de masas capaz de orientar a la clase obrera en la lucha por la sociedad socialista, en el Estado Español, en Europa y en todo el mundo.




 

© E l  M i l i t a n t e