Ángel Pérez
Los años setenta fueron caracterizados
por los marxistas como una época prerrevolucionaria. Se
cumplían las condiciones que Lenin había explicado para la
existencia de la misma. En primer lugar la clase obrera
estaba dispuesta a dar la batalla hasta el final, como
demostraba la lucha que millones de trabajadores
protagonizaron y la afiliación masiva a los sindicatos y a
los partidos tradicionales del movimiento obrero; las clases
medias, la juventud, los estudiantes estaban girando a la
izquierda y buscando la vía de la transformación
revolucionaria de la sociedad y la burguesía estaba
absolutamente dividida, incapaz de seguir dominando y
controlando la sociedad de la misma manera que hasta
entonces. Por último, hacía falta construir un partido
revolucionario de masas, capaz de orientar a la clase obrera
hacia la toma del poder y la transformación socialista de
la sociedad.
Lo que realmente estaba en cuestión no era
sólo el cambio de régimen, dictadura o democracia, sino las
mismas bases del sistema capitalista.
En este sentido los marxistas afrontamos la
tarea de defender las ideas del marxismo frente a la
burguesía y el gran capital, oponiendo a la táctica y
estrategia reformista de los líderes del movimiento obrero la
vía revolucionaria que se podría resumir en dos grandes
postulados:
a) Es completamente imprescindible que la
clase obrera, apoyada por las clase medias y la mayoría de la
población, lleve a cabo la toma del poder, consistente en la
destrucción del Estado burgués y su sustitución por un
Estado obrero, un régimen de democracia obrera basado en la
nacionalización de la banca, los monopolios y los latifundios
bajo control obrero y con indemnización sólo en casos de
necesidad comprobada.
b) La necesidad para la clase obrera de
dotarse de un partido obrero de masas que defendiera este
programa revolucionario.
El contexto internacional y la crisis
económica
Aquella época venía precedida de los
acontecimientos revolucionarios de mayo del 68 en Francia, de
las luchas de masas en Italia en 1969, de tremendos
acontecimientos en la lucha de clases en todos los países,
incluidos los Estados Unidos de América, el gran país
imperialista que había sido derrotado en Vietnam.
La recesión de 1974-75, la primera
recesión simultánea que afectó a la práctica totalidad del
mundo capitalista desde la Segunda Guerra Mundial, impulsó
esta situación hacia la vía de la movilización y la
extracción de conclusiones revolucionarias por parte de
amplios sectores de los trabajadores a partir de su
experiencia.
Parecía como si el equilibrio del sistema
capitalista mundial estuviese roto, como si el sistema se
moviese como un barco a la deriva y sin rumbo. Toda esta
situación abrió un período de revolución y
contrarrevolución. Cayó la dictadura de los coroneles en
Grecia y, posteriormente, la más antigua de Europa, la
dictadura de Salazar en Portugal que puso en peligro la misma
existencia del capitalismo. Los años 70 fueron un período en
el que la clase obrera pudo tomar el poder, al igual que
había sido posible en el período de entre guerras, después
de la Revolución de Octubre, y en la ola revolucionaria de
los años 30, e incluso con posterioridad a la Segunda Guerra
Mundial, en algunos países como Francia, Italia...
Sin embargo, siempre que se abre un
período de revolución, asistimos al mismo tiempo y
paralelamente a un período de contrarrevolución.
La política absolutamente errónea de los
llamados partidos comunistas, la traición del estalinismo que
al final llevaría al desmoronamiento de los Estados obreros
deformados, es decir, los regímenes burocráticos de la URSS
y el Este de Europa y la inutilidad total de los partidos
socialdemócratas de dar respuestas mínimamente acertadas a
la situación, llevaron a que aquella oportunidad histórica
se frustrase.
La fuerza de la clase obrera
En los últimos años de la dictadura
franquista uno de los principales puntos de debate en las
organizaciones del movimiento obrero era cómo conseguir las
libertades democráticas.
Este debate evidenció dos tácticas
completamente diferentes: la reformista, que consistía en
lograr acuerdos, pactos o alianzas de gobierno con los
sectores de la burguesía que se manifestaban claramente a
favor de un régimen de libertades democráticas, y la
revolucionaria defendida por los marxistas que planteaba una
política de total independencia de clase, una política de
clase contra clase y cuyo método fundamental de conquista de
las libertades se basaba en la movilización consciente y
organizada de las masas de la clase obrera en torno a un
programa, que combinaba reivindicaciones inmediatas, por
ejemplo la demanda de libertad para los presos políticos,
libertad de los partidos y organizaciones políticas y
sindicales con demandas transicionales como la
nacionalización de la banca y los monopolios, sin
indemnización, y demandas claramente socialistas como la
instauración de la democracia obrera.
Partíamos de la base de que la única
fuerza que realmente luchaba por las libertades democráticas
era la clase obrera, que con una táctica consecuente y un
programa serio, podría atraer hacia sí, en la lucha, a las
capas medias y ganar a la aplastante mayoría de la
población. Explicábamos que el "milagro" de que
amplios sectores de la burguesía, que durante décadas
habían apoyado a la dictadura, estuvieran ahora claramente a
favor de las libertades no era tal: se debía a un cambio
decisivo de la correlación de fuerzas entre las clases,
claramente a favor de la clase obrera.
El proceso de industrialización de los
años sesenta había renovado y aumentado el peso de la clase
obrera en la sociedad, pasando de 2,7 millones de obreros
industriales y 2,6 millones de obreros de servicios en los
años cincuenta, a 4,7 millones de obreros industriales y 4,2
millones de obreros de servicios en los setenta.
Al mismo tiempo la clase obrera demostró
una y otra vez su disposición a la lucha. En 1966 hubo 179
huelgas perdiéndose 1,5 millones de horas; en 1969 fueron 491
huelgas perdiendo 4,5 millones de horas; pasando en 1970 a
1.644 huelgas con 8,7 millones de horas perdidas. Sólo en
enero de 1976 se perdían 21 millones de horas por huelgas; en
el período que va de 1976 a mediados de 1978 se perdieron
13,2 millones de jornadas por huelgas.
Este proceso ascendente de luchas se
enfrentaba con la represión de la dictadura y pasaban
rápidamente, en muchos casos, del frente económico al frente
político. El carácter de las luchas mostraba un aumento en
el avance de la conciencia de importantes capas de los
trabajadores asumiendo reivindicaciones como las libertades
políticas y sindicales plenas, por la amnistía...
Tanto el ascenso de las luchas, como su
carácter, era lo que provocaba las divisiones en el seno de
la burguesía.
Los sectores más clarividentes de la
burguesía se daban perfecta cuenta de que la utilización
cada vez más salvaje del aparato represivo de la dictadura
(que carecía del más mínimo apoyo social) podría agravar
los problemas, radicalizar a los trabajadores y volver la
situación incontrolable. Por tanto estos sectores de la
burguesía estaban dispuestos a propiciar una reforma por
arriba para evitar una explosión que podría convertirse en
revolucionaria por abajo.
En esta estrategia buscaron y
desgraciadamente encontraron el apoyo de los dirigentes del
PCE (entonces el partido con más implantación en las
fabricas y las universidades) y también del PSOE de Felipe
González. La expresión de esta política de subordinación a
los intereses de la burguesía fue la constitución de un
organismo unitario interclasista, la llamada Coordinación
Demo-crática, de la que formaron parte
"personalidades" de la burguesía
"democrática" como García Tre-vijano o Ruiz
Giménez, a los que en la práctica se les daba el mismo poder
de decisión en la dirección de la lucha que a las
auténticas fuerzas antifranquistas que aportaban las
organizaciones de izquierda.
El resultado fue que numerosas luchas que
no podían ser estranguladas por la policía y la represión,
fueron abortadas por los dirigentes obreros reformistas. Esta
política tuvo su plasmación en los Pactos de la Moncloa, que
a la larga sólo sirvieron para desmovilizar y debilitar al
movimiento obrero.
Los marxistas explicábamos entonces algo
que los hechos han confirmado. La democracia para la
burguesía se reduce a dominar la sociedad contando cabezas,
en lugar de cortarlas a través de la dictadura. Una prueba de
que no existía ni existe ninguna burguesía genuinamente
democrática es que ellos nunca permiten que la democracia
entre en el ejército, en las fábricas o en sus centros
fundamentales de dominación y poder.
Hoy, 25 años después, no hay más
democracia, sino menos, como demuestra la Ley de Extran-jería
y en general la actitud reaccionaria y prepotente del gobierno
Aznar en la cuestión nacional en Euskadi y en otros temas.
La lucha por las reformas
Vemos, por otro lado, la evolución de las
fuerzas reformistas. Entonces Felipe González hablaba de
"gradualismo". En una entrevista al diario El
País (14-6-79) afirmaba: "La dialéctica entre
reforma y revolución ha desaparecido en la sociedad
industrial de nuestros días. Sólo se mantiene a niveles
ideológicos y debe mantenerse. El cambio ahora es únicamente
posible por la reforma, no por la revolución. Lo que pasa es
que puede haber reformas más imaginativas y profundas que
otras. En ese gradualismo es donde se sitúa la localización
de quienes son radicales y quienes moderados.(...). En
definitiva hoy el marxismo más riguroso es reformista, en las
sociedades industriales".
Aquellos gradualistas, cuyo principal
líder era Felipe Gonzá-lez y cuyo máximo teórico era
Santiago Carrillo, autor de Euro-comunismo y Estado,
por entonces secretario general del PCE, nos querían
convencer de que podíamos avanzar hacia el socialismo
gradualmente. Probable-mente un buen día nos despertaríamos
en una sociedad socialista. La realidad es que sus doctrinas
consiguieron destrozar el PCE, entonces un partido con un gran
poder de movilización, y han transformado el PSOE en un
partido con la dirección más incapaz de oponerse a la
derecha de los últimos años.
Como afirmábamos los marxistas en 1979 en
el documento En Defensa del Marxismo, "Ninguno de
los derechos democráticos que hoy en día tienen los
trabajadores nos ha sido "regalado" por la
burguesía; todos han sido arrancados a la clase dominante por
la fuerza, mediante unas luchas feroces y en muchos casos
sangrientas (...) Para un reformista, las reformas son un fin
en sí mismo, mientras que para los marxistas, las reformas
son producto de la lucha por la emancipación de la clase
obrera de la esclavitud capitalista. ¿Pero entonces los
marxistas no luchan por reformas? Tal afirmación es
ridícula. La transformación socialista de la sociedad no es
posible sin la participación activa de la mayoría decisiva
de la sociedad.(...). Pero las masas no pueden llegar a
comprender la necesidad de una radical transformación de la
sociedad sin haber pasado previamente por una etapa mas o
menos larga de luchas por una serie de reivindicaciones
parciales. En resumen sin la lucha diaria por reivindicaciones
que significan un avance dentro del sistema capitalista, la
revolución socialista seria imposible. Mediante la lucha por
reformas, en defensa del nivel de vida, por un salario digno,
por un puesto de trabajo...se forjan las fuerzas de la
revolución socialista. (....) Pero a diferencia de los
reformistas, los marxistas entendemos que, mientras exista el
sistema capitalista, estas reformas tendrán un carácter
parcial, inestable y poco duradero".
Ganar a las capas medias para la lucha por
el socialismo
Otros puntos importantes en el debate de
entonces era la forma de atraer a las capas medias al lado de
la clase obrera y también cómo enfrentarse a la "enorme
fuerza" del ejército, la policía, los aparatos
represivos del Estado burgués.
En el primer punto la experiencia de los
últimos 25 años también es concluyente. En el segundo es
necesario recordar los puntos centrales de la teoría marxista
del Estado.
Los reformistas siempre opinaron que no
podíamos asustar a las capas medias con la bandera del
socialismo. En otras palabras que para ganar a las capas
medias era necesaria una política y un programa que obedecía
a la consabida teoría de la revolución por etapas, primero
la consolidación de la democracia, después el socialismo.
Ya vimos antes el carácter parcial e
inestable de la llamada consolidación de la democracia. En la
práctica esta política nos ha llevado a una situación en la
que los programas y tácticas de los partidos de la derecha
apenas si se distinguen de los de los partidos de la
izquierda, en particular para las masas de la clase media. No
estamos afirmando que no haya diferencias entre PP y PSOE,
pero si afirmamos que esta política llevada a cabo por
Gobiernos del PSOE durante más de 14 años, o por los
partidos en la oposición, ha propiciado el actual giro de las
capas medias a la derecha. La política reformista ha
contribuido a debilitar al movimiento obrero y a su vez a
enajenarse el apoyo de las capas medias. Tal como dijo un
pensador marxista "Sea cual sea su Biblia, el Dios de las
capas medias siempre será el poder". Un movimiento
obrero débil, sin programa claro, sin una actitud decidida de
lucha y combate, jamás atraerá a las capas medias ni
logrará su apoyo, imprescindible para poder plantearse la
transformación socialista de la sociedad.
El Estado burgués
En 1979 Felipe González calificaba de
"solemne tontería" la teoría del Estado de Marx,
aunque nunca explicó el porqué.
"El Estado decíamos en En Defensa
del Marxismo se reduce en última instancia a grupos de
hombres armados en defensa de la propiedad privada. El Estado
siempre ha existido en todas las sociedades en que ha habido
clases antagónicas y es el instrumento de dominación de una
clase sobre otra (...) El Estado se convierte en un
"árbitro" entre las clases antagónicas, pero en
última instancia representa los intereses de la clase
dominante".
Los reformistas han considerado al Estado
como una maquinaria neutral que les podría servir a ellos al
igual que antes había servido a la burguesía, por tanto
nunca han planteado su destrucción y su sustitución por un
Estado obrero construido desde abajo, basado en los
instrumentos de poder obrero; las libertades y las
organizaciones obreras que son elementos de la nueva sociedad
surgidos en la vieja sociedad. Todavía hoy es imposible
aportar un sólo ejemplo histórico en que las ideas de los
reformistas se hayan visto confirmadas en la práctica. Como
se suele decir, "es posible pelar una cebolla capa por
capa, pero no es posible cazar un tigre pata por pata".
Sin la destrucción del Estado burgués, la
burguesía siempre utilizará esa maquinaria para mantener su
poder y sus privilegios. Lo último que hará la burguesía es
desaparecer pacíficamente. Aun-que la mayoría de la
población esté en su contra, incluso a través de la mas
limpia votación electoral parlamentaria, la burguesía nunca
abandonará el escenario sin utilizar sus instrumentos de
poder en defensa de su propiedad y privilegios. La historia de
la Revo-lución Española del 31-37 o lo sucedido en el Chile
de Allende son ejemplos prácticos que de-muestran que lo que
dijo Marx está muy lejos de ser una tontería.
Pero el ejército, la policía y demás
cuerpos represivos, están integrados por gente que vive en
condiciones muy similares a las de la clase obrera y con una
táctica y estrategia correctas, en un proceso de avance del
movimiento obrero, podrían ser ganados hacia las filas del
movimiento revolucionario. Prueba de lo que decimos fue lo
sucedido en el ejército portugués durante la Revolución de
los Claveles el 25 de abril, incluso el intento, a un nivel
inferior, de la formación de la Unión Militar Democrática (UMD)
en el ejército franquista durante esa época. Ni el ejército
más represivo es capaz de parar a las masas cuando éstas se
ponen en marcha contra el régimen establecido, como demostró
el derrocamiento del Sha de Persia (Irán).
Los marxistas nunca estuvimos –esto fue
otro punto de aquel debate– en contra de la utilización del
parlamento para explicar nuestras ideas en el proceso de ganar
a las capas medias y a la clase obrera para las ideas
revolucionarias. Ni siguiera negamos la posibilidad de ganar
la mayoría a través de unas elecciones para un programa
socialista, pero siempre subrayamos que lo fundamental es
reconocer que la lucha decisiva entre la burguesía y la clase
obrera al frente de las capas medias y la mayoría de la
población tendrá lugar fuera del Parlamento.
Las lecciones del período
Aquel período en que la clase obrera pudo
transformar toda la situación a nivel internacional se vio
truncado por la falta de una dirección revolucionaria.
La aceptación por parte de las direcciones
obreras del capitalismo como único sistema posible, dio lugar
a que los estrategas del capitalismo mundial (durante los
años 80 y 90 a medida que el movimiento obrero retrocedía y
la correlación de fuerzas entre las clases, tan favorable a
la clase obrera en los años 70, se diera la vuelta) pusieran
en práctica una política económica de corte neoliberal,
basada en obligar a toda una serie de países a levantar las
barreras proteccionistas de sus mercados para permitir una
mayor libertad de circulación de las mercancías en beneficio
de las grandes multinacionales y de los poderes imperialistas
dominantes. Simultáneamente se produjo una gran
liberalización de los movimientos de capitales en todo el
mundo y una orgía de especulación que en los años 90,
época de boom capitalista globalmente considerada,
provocó el surgimiento de terribles crisis financieras que
afectaron fuertemente a las economías reales y a las masas de
países tales como Méjico, Argentina, Brasil, Indonesia,
Tailandia, Corea del Sur, Taiwan... y en general todo el
Sudeste Asiático.
Sin embargo es necesario dejar claro que
estas políticas de liberalización, en muchos casos salvaje,
no han resuelto en ninguna medida las graves contradicciones y
problemas de fondo del sistema capitalista que tarde o
temprano aflorarán a la superficie en forma de nuevas crisis,
nuevas rupturas de equilibrios, cifras masivas de paro...
En Estados Unidos, que como dicen los
medios de comunicación experimentó un importantísimo boom
económico, no podemos obviar el gran incremento de las
desigualdades sociales: entre un 10% y un 15% de la fuerza
obrera está percibiendo salarios por debajo de la línea de
pobreza relativa. Las nuevas tecnologías no han liberado al
hombre de su esclavitud sino que, tal como Marx explicó en El
Capital, le han obligado a trabajar más horas a la
semana. Millones de personas, según estadísticas recientes,
en Estados Unidos trabajan más de 60 horas a la semana,
mientras otros millones están subempleados ganando una
miseria o haciendo trabajos que se parecen mucho a la ola de
nuevos criados que surgió después de la Revolución
Industrial en Inglaterra en 1850, y que Marx analizó en El
Capital.
Por primera vez en años, destacados
economistas oficiales han considerado la posibilidad de que la
prosperidad de los años 90 esté tocando a su fin. Se habla
de la posibilidad, por primera vez desde 1974, de una
recesión simultánea en Estados Unidos, Japón y Europa. La
recesión en EEUU probablemente será un hecho muy pronto. El
debate está en si habrá una salida rápida de la misma o no,
es decir si el ciclo económico norteamericano de los últimos
años se parece al de Japón de los años 80 y por tanto, aun
teniendo en cuenta las diferencias con Japón, la salida a la
crisis americana será lenta y penosa. Japón prácticamente
ha estado estancado desde 1990 y los últimos datos no invitan
precisamente al optimismo. Al contrario, es muy probable que
pueda volver a caer hacía una recesión mas profunda. Por lo
que respecta a Europa, todos los organismos internacionales
han reducido en las últimas semanas notablemente sus cifras
de crecimiento para el año 2001. Aunque sea sólo una
posibilidad, debemos decir que una recesión simultánea
mundial, si se produce, sin duda sería un punto de inflexión
importante con respecto a la situación de los años 80 y 90.
De cualquier manera cabría decir que es muy difícil que dos
períodos históricos se repitan de la misma e idéntica
manera, por lo que sería necesario un análisis en
profundidad, ajeno a la intención de este artículo, sobre
las semejanzas y diferencias que este hipotético nuevo
período abriría con respecto a los años 70. Probablemente
asistamos simplemente a los inicios de un nuevo período. De
cualquier manera sería un cambio significativo en la
situación.
Se abrirá un nuevo período, en el que con
un ritmo u otro, las ideas revolucionarias volverán a
responder más abiertamente a la experiencia de las masas. Una
nueva generación de activistas progresivamente irá sacando
conclusiones avanzadas, incluso revolucionarias, de su
experiencia.
En otras palabras las lecciones de los
años setenta, 25 años más tarde, volverán a cobrar
actualidad. Documentos de aquella época publicados por los
marxistas, como Desde la dictadura franquista a la
revolución socialista (Respuesta al compañero Gora) o En
Defensa del Marxismo (Respuesta a Felipe González) son,
ya hoy en día, una buena fuente de inspiración para
profundizar en la estrategia y táctica marxista, sin duda,
fundamental para las nuevas capas de trabajadores y jóvenes
en la tarea de la construcción de un partido marxista de
masas capaz de orientar a la clase obrera en la lucha por la
sociedad socialista, en el Estado Español, en Europa y en
todo el mundo.