Muchos trabajadores que miramos a
nuestros hijos, sobrinos y nietos y vemos la terrible vida que
les podría haber tocado vivir, como esclavos sexuales o
agrícolas si hubieran nacido en países como Benin o
Tailandia, oímos en los medios de comunicación burgueses que
se trata del producto de la falta de escrúpulos de un puñado
de mafiosos que desarrollan su actividad en países atrasados.
En realidad, estos ejemplos de barbarie en
el siglo XXI son la consecuencia de la ley de la obtención
del máximo beneficio, sacrosanto principio del capital que
llega a todos los rincones del planeta. Todo está en venta y
al final el mercado marcará un precio aplicando la ley de la
oferta y la demanda. ¿Cuánto vale un niño africano? Según
las reglas no escritas que imperan en esta sociedad, y dado
que son inmensamente pobres y numéricamente abundantes, no
tienen agua corriente, colegios u hospitales y si muchas
probabilidades de morir de hambre, SIDA o enfermedades
erradicadas en los países desarrollados, su precio es
inferior a las 3.000 pesetas.
La situación del esclavo bajo el
capitalismo es incluso peor que bajo la Roma imperial. Ahora
el amo no tiene obligaciones, se trata de que trabaje 14 horas
al día, 7 días a la semana hasta que muera. La comida,
vestido y techo carecen de importancia, si enferma es más
"barato" dejarlo agonizar hasta morir y comprar otro
esclavo, que proporcionarle atención médica y esperar a su
recuperación.
No se trata de un problema de falta de
moralidad o ética. Al margen de los discursos solemnes que no
comprometen realmente a nada o de la existencia de
organizaciones humanitarias como Unicef, este impresionante
negocio encaja perfectamente en la moralidad capitalista. Por
ello la esclavitud lejos de desaparecer se extiende, la
pobreza lejos de menguar avanza, el hambre y enfermedades como
el SIDA se convierten en plagas de dimensiones bíblicas. En
definitiva, el sufrimiento de la mayor parte de los seres
humanos que habitan el planeta aumenta.
Ningún código o declaración de derechos
humanos, ninguna organización humanitaria, ninguna ONG, ni
desde luego "defensores del pueblo", han podido
detener la crueldad del capitalismo. Capitalismo es
explotación, es guerra, es, en palabras de Lenin, horror sin
fin. Sólo el derrocamiento de este sistema a través de la
organización consciente de la clase obrera sentará las bases
de una vida digna para todos.
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