El Militante

LA REVOLUCIÓN ARGENTINA

Y LAS TAREAS DE LOS REVOLUCIONARIOS

 

I. INTRODUCCIÓN        

II. EN ARGENTINA SE ABRIÓ UN PROCESO REVOLUCIONARIO            

III. LAS CAUSAS DE LA CRISIS SOCIAL Y ECONÓMICA EN ARGENTINA        

IV. LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES DE MARZO DEL 2003                

V.  LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE           

VI. EL TRABAJO EN LOS SINDICATOS         

VII.. ‘REVOLUCIÓN NACIONAL’ O REVOLUCIÓN SOCIALISTA.

VIII. ‘SOCIALISMO NACIONAL’ O FEDERACIÓN SOCIALISTA DE AMÉRICA LATINA         

VIII. LAS OCUPACIONES DE FÁBRICAS: ESTATIZACIÓN BAJO CONTROL OBRERO O FORMACIÓN DE COOPERATIVAS  

IX. SOBRE EL GUERRILLERISMO Y EL TERRORISMO INDIVIDUAL        

X. CONCLUSIONES      

 

I. INTRODUCCIÓN

La insurrección popular de diciembre del 2001 ha abierto una nueva etapa en la historia de Argentina, una etapa turbulenta en la que las masas están poniendo a prueba su fortaleza contra la bancarrota de una oligarquía reaccionaria que cuenta con el respaldo del imperialismo. Estos últimos han acumulado fuerzas formidables: toda la riqueza robada al pueblo argentino durante décadas, todo el conocimiento acumulado por la clase dominante, que ha puesto en práctica todos los mecanismos para perpetuar su poder y privilegios, oscilando del engaño y la corrupción a la fuerza bruta; la prensa y los políticos a sueldo, los dirigentes sindicales amarillos, el ejército y la fuerza policial que demostró su “valor” con el asesinato y la tortura de jóvenes y trabajadores desarmados.

Son unas fuerzas formidables. Pero la historia demuestra que incluso la maquinaria estatal más poderosa no puede resistir el poder de la clase obrera, una vez que ésta se moviliza para cambiar la sociedad. ¿Qué poder tiene la clase obrera en sus manos? Un poder colosal. Sin el permiso de la clase obrera no se encienden las bombillas ni suena el teléfono. Todas las funciones necesarias de la sociedad dependen de las manos y el cerebro de los trabajadores. Cuando los trabajadores dicen no, ninguna fuerza sobre la Tierra puede detenerlos.

La clase obrera argentina tiene una rica y gloriosa tradición revolucionaria. Desde la “semana trágica” de enero de 1919 a las turbulentas luchas de clase de los años cuarenta, pasando por el “Cordobazo” con las huelgas y movilizaciones revolucionarias que le siguieron hasta el golpe militar del 76, o en la lucha contra la dictadura. En todos estos hechos, junto con los acontecimientos de diciembre del 2001, ha dado una amplia prueba de su voluntad de lucha, de su heroísmo y valor.

El capitalismo, por su parte, ha demostrado sobradamente su bancarrota en Argentina, cuyos recursos económicos han sido saqueados por una burguesía nacional rapaz y parásita en estrecha alianza con los imperialismos europeo y norteamericano.

Después de soportar una salvaje dictadura militar que asesinó a toda una generación de luchadores, la clase obrera, la juventud, los desocupados, sectores amplios de las capas medias se levantan en lucha por una sociedad mejor, liberada de la explotación del hombre por el hombre. No es extraño que todos los estrategas de la burguesía en Argentina, y fuera del país, estén presenciando con enorme preocupación el desarrollo de los acontecimientos. Lo que está en cuestión no es tal o cual reforma puntual, sino la supervivencia misma del capitalismo argentino.

Por primera vez en décadas, la posibilidad de la transformación socialista de la sociedad en Argentina es algo real. La clase dominante se encuentra suspendida en el aire sin base social en la que apoyarse. Los partidos tradicionales están en quiebra, perdiendo apoyo aceleradamente; en el movimiento sindical, las luchas y movilizaciones de los últimos siete años han provocado el surgimiento de agrupamientos con un contenido de clase y revolucionario; los trabajadores desocupados se organizan en el movimiento piquetero y adoptan acciones cada vez más audaces; las capas medias arruinadas por la política de ajuste y las medidas monetarias de los gobiernos de turno, participan en las acciones y movilizaciones, orientándose a la unidad con los trabajadores y los piqueteros. Como cristalización de este proceso revolucionario, las Asambleas barriales y populares se desarrollan y organizan, en forma embrionaria, como órganos de poder obrero y popular.

La clase obrera, los jóvenes, los trabajadores desocupados y los sectores empobrecidos de la clase media están buscando en medio de los acontecimientos una dirección política para vencer y organizar la sociedad sobre bases justas. Esta salida sólo puede ser el establecimiento de un poder de los trabajadores que adopte las medidas necesarias para la transición al socialismo. Para ello es necesario construir una fuerza que defienda consecuentemente las ideas del marxismo, del genuino socialismo revolucionario, capaz de ganar a la mayoría de la población para este programa.

Pero para garantizar el triunfo es necesario una política, un programa y unas consignas correctas que conecten con la experiencia de las masas y les permitan elevarse hasta sus tareas históricas.

El presente documento es una contribución a este objetivo. Las ideas que aquí presentamos son el programa que la corriente marxista agrupada entorno al periódico obrero El Militante defiende en la revolución argentina, ideas que nos gustaría poder discutir y someter a consideración de los trabajadores y jóvenes de nuestro país.

Estaríamos muy agradecidos que todos los comentarios al respecto de este material nos lo pudiesen hacer llegar a nuestro correo electrónico:

elmilitante2002@yahoo.com.ar

En breve pensamos editar nuestra propia página web. No obstante, pueden visitar también nuestras páginas hermanas en castellano:

www.elmilitante.org

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y la página en inglés In Defence of Marxism:  www.marxist.com

 

II. EN ARGENTINA SE ABRIÓ UN PROCESO REVOLUCIONARIO

En la izquierda argentina existe un debate sobre el carácter de la etapa por la que estamos atravesando. Los compañeros de El Militante sostenemos que desde el mes de diciembre del 2001, se abrió un proceso revolucionario en nuestro país, un proceso que se va a prologar durante meses o varios años hasta que desemboque en un desenlace definitivo.

El rasgo más indiscutible de toda revolución, como explicaba Trotsky, es la participación directa de las masas en los acontecimientos históricos, cuando las más amplias masas ven la necesidad de “tomar su destino en sus manos” para cambiar la realidad que les rodea. En esas condiciones, la agenda de los acontecimientos pasa a ser marcada no por el parlamento, no por los despachos oficiales, no por las editoriales de la prensa burguesa, sino por la actividad elemental de las masas en la calle.

En la Argentina de hoy, las masas de la clase trabajadora, de la juventud, del conjunto de las capas oprimidas de la sociedad están comenzando a cuestionarse todo el orden social existente, dejando de confiar en las certezas del pasado, en los políticos oficiales, para cambiar el curso de su existencia por medio de la actividad práctica, en la calle. Es verdad que, en las primeras etapas del proceso, no hay una idea muy clara de lo que se quiere, pero sí de lo que no se quiere, de lo que se rechaza. Cualquier observador superficial de la realidad argentina en los últimos meses tiene que reconocer que esto fue así, y continúa siendo así.

Para los marxistas, una revolución no es un acto aislado, sino un proceso. A veces se confunde la revolución, que es un proceso que se puede prolongar más o menos en el tiempo, con una insurrección victoriosa, que es el acto final de la revolución, y cuyo resultado no está determinado de antemano. Comparándolo con un fenómeno biológico, es como confundir el parto con el embarazo; es decir, el nacimiento del bebé con el proceso previo de gestación del mismo.

Lenin explicó las condiciones para la revolución. La primera condición era que la clase dominante estuviera dividida y en crisis, incapaz de gobernar de la misma forma que en el pasado. La salida de tres presidentes de la república en 15 días, la debilidad del gobierno Duhalde, los enfrentamientos abiertos dentro de los partidos burgueses y entre diferentes sectores de la burguesía argentina entre sí y el pánico de la clase dominante a la reacción popular, por poner sólo algunos ejemplos, son pruebas más que suficientes de que esto es así. La segunda condición era que la clase media estuviera en fermento y mantuviera, al menos, una actitud neutral entre el proletariado y la burguesía. En la situación actual de la Argentina, la mayoría de las capas medias, que fueron conducidas a un empobrecimiento masivo en los últimos años, no sólo no mantienen una actitud neutral ante los acontecimientos, sino que demuestran una activa simpatía hacia la lucha de los trabajadores y desocupados. La tercera condición es que la clase obrera esté dispuesta a luchar y hacer grandes sacrificios para cambiar la sociedad. Las batallas callejeras de diciembre, las innumerables marchas y huelgas acaecidas en los últimos meses y los estallidos de furia popular que siguieron a cada uno de los cobardes asesinatos de jóvenes y piqueteros a manos de la maldita policía demostraron suficientemente que la juventud y los trabajadores perdieron el miedo a la policía y al Estado, y que están dispuestos a luchar hasta las últimas consecuencias para defender su causa justa.

Pero la condición final para el triunfo de la revolución es la existencia de un partido de masas y una dirección revolucionaria, reconocida como tal por todos los explotados, dispuestos a dirigir el movimiento y dotarlo de un programa y perspectiva. Si este partido existiera, si tuviera raíces profundas entre la clase obrera y sobre todo en los sindicatos, el movimiento hacia la revolución socialista podría completarse rápidamente y con el menor costo en nuestro país. Lamentablemente, éste es el único factor que está temporalmente ausente en la situación, pero es la obligación de todos los activistas obreros, juveniles y de la izquierda forjarlo al calor de los acontecimientos.

Es obvio que la gestación de un proceso revolucionario no cae del cielo, viene preparado por todo el período anterior, por toda la experiencia pasada de la sociedad, que va acumulando contradicciones hasta que éstas estallan en un punto.

La revolución comenzó con el derrocamiento del gobierno de Fernando de la Rúa, quien dimitió después de que miles de manifestantes enfurecidos y empobrecidos tomaran las calles de Buenos Aires. Fue la primera etapa de la revolución y refleja la profunda crisis en la que está hundida la Argentina y que también afecta al conjunto de América Latina.

Éste fue un movimiento que incluyó a todos los sectores de las capas oprimidas de la sociedad: no sólo a los trabajadores, también a los desocupados y a la clase media. Este hecho llevó a algunos a cuestionar las bases de clase del movimiento y a negar el papel del proletariado. Pero esto significa que no comprenden la dinámica de la revolución argentina. La profundidad de la crisis, que arruinó a un gran número de pequeños empresarios, ahorristas y jubilados, ha empujado a la lucha a las más amplias capas de las masas y ha despertado incluso a las capas más atrasadas y previamente inertes. Esto es tanto una fortaleza como una debilidad. La presencia otras clases en el movimiento ensombrece su verdadero carácter. Pero solamente bajo la dirección del proletariado el movimiento puede triunfar.

El papel de la clase obrera en la sociedad

Precisamente cuando los estrategas de la burguesía, en la Argentina y en el resto del mundo intentan introducir el veneno del escepticismo y la impotencia dentro del movimiento obrero con ideas tales como: “la revolución es imposible”, “es cosa del pasado”, “las cosas nunca cambiarán”… , asistimos al inicio de un proceso revolucionario en un país, Argentina, con un nivel de desarrollo industrial significativo y con un nivel cultural avanzado. No obstante, a pesar de las evidencias no poca gente, inclusive dentro del campo de la izquierda, a los que además el movimiento les tomó completamente desprevenidos, están aceptando acríticamente todos los “análisis” que minimizan el papel de la clase obrera y niegan que estemos ante en el curso de un proceso revolucionario.

En medio de un movimiento como el que vemos, con un presidente de la república derribado por una insurrección popular, con la celebración centenares de marchas a lo largo y ancho del país en las que participan centenares de miles de personas, organizándose en asambleas en los barrios, ocupando las fábricas cerradas, luchando contra la subida de los precios y la escasez de alimentos, afirmar que los trabajadores no están participando en el movimiento y permanecen tranquilamente en sus casas viendo por la tele las movilizaciones de la clase media y los desocupados, no tiene ni pies ni cabeza.

Para contestar a este razonamiento es necesario dejar claro en primer lugar qué entendemos cuando nos referimos a la clase obrera. La clase obrera la forma el conjunto de los trabajadores asalariados. Ni más, ni menos. Y la realidad es que la clase obrera representa en todos los países industrializados (y por supuesto en Argentina) entre el 75 y el 90% de la población activa y abarca, junto al proletariado de las grandes concentraciones industriales, a los obreros del transporte, de la construcción, a los empleados de oficinas, de comercio, a los trabajadores desocupados, a los trabajadores que trabajan precariamente y en la propia economía sumergida —incluidos sectores inscritos legalmente como autónomos y considerados por las estadísticas oficiales capas medias que, por procedencia, condiciones de vida, conciencia e incluso tipo de trabajo, son trabajadores—. También son clase obrera los empleados públicos (maestros, funcionarios, etc.) e incluso otros sectores que hace décadas se situaban dentro de la clase media como técnicos, bancarios, etc y que desde el punto de vista de sus condiciones materiales, se proletarizaron.

A propósito, también los acontecimientos de Argentina contestan a los que hablan de la desaparición de la clase obrera o a la pérdida de su papel revolucionario por la desestructuración que provocan la precariedad laboral y la temporalidad. La clase obrera argentina ha sufrido una precarización altísima (alta eventualidad, desocupación altísima, economía sumergida...); sin embargo, como explicamos los marxistas, después de los efectos iniciales de dispersión y confusión que producen la desocupación o la precariedad, las condiciones objetivas de vida empujan a los trabajadores inevitablemente a la lucha.

Incluso este tipo de organización se ha dado entre un sector significativo de los trabajadores desocupados, dando lugar al surgimiento del movimiento piquetero.

A pesar de la profundidad de la crisis económica en Argentina, los trabajadores asalariados, la clase obrera, sigue siendo el sector de la población sobre el que descansa el funcionamiento diario de la sociedad. Es fácil de ver esto si nos imaginamos qué pasaría en el país si no funcionaran los colectivos, ni el subte, ni volaran los aviones, ni se abrieran las oficinas, ni funcionaran las fábricas ni el resto de instalaciones industriales, ni se abrieran las escuelas, ni se atendieran las centrales telefónicas, ni se trabajaran los campos ni se recolectaran las cosechas. Sin la voluntad de la clase obrera no funciona nada.

Este poder latente sobre la sociedad, independientemente de que la clase obrera represente numéricamente en un país la mayoría o no de la sociedad, hace que el peso específico social y económico de los trabajadores sea infinitamente mayor al de cualquier otra clase en el sistema capitalista.

Lamentablemente, durante la mayor parte de sus vidas los trabajadores no son conscientes del enorme poder que descansa en sus manos y su cerebro. Pero hay momentos excepcionales en la vida de un país y en la vida de los individuos en que las cosas se desarrollan de una manera diferente. Esos momentos excepcionales son los procesos revolucionarios, donde la mayoría de la gente es capaz de experimentar el gran engaño sobre el que está organizada la sociedad capitalista, su podredumbre y su irracionalidad. Precisamente, la virtud de una revolución es que hace consciente a la clase obrera de su poder y fuerza, catapultándola hacia adelante a la lucha por la transformación socialista de la sociedad. Esta es la etapa en la que hemos entrado.

Embriones de poder obrero

Las masas buscan una salida a la crisis a través de la acción directa. Casi diariamente se producen huelgas, manifestaciones, “cacerolazos”, ocupaciones de fábrica y bloqueos de carreteras. En la escuela de la acción directa las masas están descubriendo su fuerza y el poder de la acción colectiva. Es similar a los ejercicios de calentamiento de un atleta que prepara toda su fuerza para la prueba final de fuerza. Pero la prueba decisiva todavía no llegó.

La expresión más elevada del movimiento son las asambleas populares, los comités locales y de fábrica, las organizaciones de “piqueteros” y otras formas de autoorganización de las masas. La celebración de la Asamblea Nacional de Trabajadores el 16 y 17 de febrero del 2002, de las asambleas nacionales interbarriales y de los encuentros nacionales de fábricas ocupadas y gestionadas bajo control obrero son pasos adelante importantes. En todos estos encuentros estuvieron presentes el movimiento piquetero, representantes de las asambleas populares, de sindicatos y de comités de fábricas. Fueron una oportunidad para que los representantes de las diferentes regiones, distritos y fábricas comprendieran la necesidad de realizar una acción coordinada a escala nacional, y también una oportunidad para debatir las consignas, las tácticas de la lucha y establecer las prioridades del período inmediato.

En esas organizaciones ya es posible ver el débil perfil de un nuevo poder en la sociedad, que está surgiendo por todas partes, afirmando su derecho a controlar la sociedad, dando empujones al poder existente y desafiando su autoridad. No es casualidad que diarios como La Nación bramen contra las asambleas y que las miren con temor y estremecimiento. No es casualidad que las comparen con los “oscuros y siniestros” soviets en Rusia. La clase dominante ha comprendido el verdadero significado de las asambleas populares y las otras formas de poder popular. Son embriones de soviets.

Los soviets en Rusia aparecieron en 1905 y volvieron a resurgir en marzo de 1917. En esencia eran formas embrionarias de poder obrero. Pero primero surgieron como comités de lucha, comités de huelga ampliados. Su objetivo era organizar y generalizar la lucha contra el régimen zarista. Ellos reunían a los representantes electos de los trabajadores en las fábricas con los representantes de las otras capas de la sociedad: desocupados, mujeres, jóvenes, capas oprimidas de la pequeña burguesía, en algunos casos a los campesinos, y en 1917 a los soldados. Sin embargo la fuerza motriz siempre fue el proletariado, los trabajadores industriales.

Existen muchos puntos de similitud entre este fenómeno y lo que vemos en Argentina. Parte de la razón por la que el movimiento ha adquirido este empuje tan amplio e irresistible, fue por la participación de las capas oprimidas no proletarias: trabajadores desocupados (principalmente a través del movimiento de los “piqueteros”), pequeña burguesía, jubilados y ahorristas (que han visto desaparecer sus pensiones y ahorros), amas de casa (que tienen que pagar las facturas), jóvenes y pobres urbanos.

La profundidad de la crisis, que arruinó a un gran sector de la clase media, ha dado al movimiento este carácter masivo. La explosión de furia entre las clases medias y otros elementos no proletarios priva a la clase dominante de su base de masas y le corta el terreno a la reacción, que temporalmente ha quedado paralizada. Esto crea un balance de fuerzas de clase excepcionalmente favorable. Pero esta situación no puede durar. Si la clase trabajadora no toma el poder en sus manos y le enseña a la clase media una salida en líneas revolucionarias, el ambiente entre ésta puede cambiar y la iniciativa puede pasar a las fuerzas de la reacción.

Ya lo vimos antes. En 1968 el régimen capitalista en Francia fue sacudido en sus cimientos por la mayor huelga general revolucionaria de la historia. Diez millones de trabajadores ocuparon las fábricas. El poder estaba en manos de la clase obrera. Pero los trabajadores estaban bloqueados por la dirección estalinista PCF y la CGT. Podían haber tomado el poder sin una guerra civil, pero se negaron a hacerlo. Entonces la iniciativa pasó De Gaulle quién organizó una manifestación de masas y un referéndum que ganó. De esta forma abortaron la revolución.

En Argentina el movimiento no ha alcanzado todavía la misma etapa que Francia en 1968. La principal debilidad de la situación es la ausencia de un movimiento generalizado de la clase obrera. A pesar de ocho huelgas generales muy militantes en los últimos tres años, la clase obrera todavía no ha participado como una fuerza independiente en los acontecimientos revolucionarios que se iniciaron los días 19 y 20 de diciembre. La mayoría de los trabajadores organizados están bajo el control de la CGT oficial. La burocracia sindical está haciendo todo posible para controlar a los trabajadores. El aparato de la CGT tiene un poder considerable y enormes recursos. Cuenta con el respaldo de la burguesía y el estado. En realidad, la burguesía argentina no podría mantener su dominio durante 24 horas sin su apoyo. Pero no hay que olvidar ni por un instante que las presiones sobre la dirección de la CGT no vienen sólo de la burguesía. La dirección va a estar expuesta también bajo la creciente presión de la clase obrera. Como tantas veces ocurrió en la historia del movimiento obrero de nuestro país, cuando la clase obrera empiece a moverse inevitablemente tendrá efectos dentro de la CGT, dando lugar a una crisis interna y a una polarización hacia la derecha y hacia la izquierda.

Ningún proceso revolucionario es lineal, gradual y automático. La incorporación de las diferentes capas de los trabajadores y la juventud se desarrolla por oleadas, sacudidas con cada nuevo acontecimiento importante. Se puede asemejar a la crecida de la marea. Incluso cuando la marea sube observamos cómo algunas olas retroceden durante un breve período de tiempo para volver a ser impelidas hacia adelante por un nuevo impulso de la corriente general. Lo mismo que la subida de la marea alcanza su clímax, así una revolución alcanza también su punto culminante, que se produce cuando los sectores decisivos de la clase obrera llegan comprender la necesidad de la toma del poder. Pero si en ese momento no existe un partido revolucionario con una dirección firme y resolutiva que organice a la clase para dar el impulso definitivo, la ocasión se pierde, las energías se disipan, las dudas comienzan a cundir entre las capas más activas, lo cual arrastra hacia atrás a los sectores más vacilantes, y al igual que la marea empieza a retroceder después de haber alcanzado su momento de mayor extensión, así el movimiento revolucionario corre el peligro de ser derrotado.

 

III. LAS CAUSAS DE LA CRISIS SOCIAL Y ECONÓMICA EN ARGENTINA

El conjunto de la economía capitalista mundial se está enfrentando a la crisis económica más profunda en 60 años. Como explica Marx, la causa final de cada crisis del capitalismo es la sobreproducción de mercancías, como consecuencia de la contradicción que surge del ansia desmedida de los capitalistas por la plusvalía (el valor del trabajo no pagado al obrero que se apropia el capitalista y que constituye la fuente de sus beneficios) y el poder adquisitivo limitado de las masas. La crisis actual no es una excepción. La masiva sobreproducción de mercancías que no encuentran compradores en el mercado, fenómeno que se profundiza por el limitado poder de compra de las masas, es la principal causa de la crisis en todas partes. Pero eso tiene su origen en la naturaleza anárquica y no planificada de la producción capitalista. En última instancia, tiene su origen en la propiedad privada de los medios de producción en manos de un puñado de grandes multinacionales y bancos y su sed desmedida de beneficios a costa de la explotación de la clase obrera.

La crisis de sobreproducción que actualmente afecta a la economía capitalista a escala internacional empezó a expresarse ya en 1998 en los eslabones débiles de la cadena, los llamados países emergentes de América Latina y Asia. Éstos, a causa de su debilidad histórica y sometimiento a las potencias imperialistas, tuvieron que basar su crecimiento durante el boom en abrir extraordinariamente sus economías al comercio mundial y las inversiones extranjeras, aumentando así su dependencia externa. Esto se concretó, por un lado, en una reducción generalizada de los aranceles, de las tarifas aduaneras para las mercancías más baratas de las potencias imperialistas, lo que llevó a la ruina de un sector muy importante de la economía nacional de todos estos países y, por otro lado, en la privatización masiva de las empresas públicas, que a partir de entonces quedaron en manos de las multinacionales y bancos extranjeros.

El saqueo de los países latinoamericanos y de otras partes del mundo por parte de las multinacionales imperialistas agrava aun más las profundas contradicciones que genera el propio capitalismo. El intercambio desigual de mercancías baratas (materias primas, productos semielaborados) producidas por los países menos desarrollados a cambio de mercancías más caras (maquinaria y tecnología, productos elaborados, etc) procedentes de los países capitalistas más desarrollados ha sangrado a las economías de los países más débiles durante décadas, creando las bases para una deuda externa que resulta cada vez más insostenible. Este proceso se vio intensificado durante la última década. Las multinacionales imperialistas han forzado una caída cada vez más pronunciada en los precios mundiales del petróleo y las materias primas aumentando sus beneficios mientras amplios sectores de las masas de los países más pobres caían en la miseria más absoluta.

A través del FMI, la OMC y el Banco Mundial, también obligaron a estos países a privatizar las empresas públicas. Las privatizaciones supusieron que sectores estratégicos de la economía que mantenían el empleo y permitían ciertas dosis de proteccionismo para el mercado interno, desaparecieran o vieran sensiblemente recortado su peso económico y el número de empleos directos e inducidos que generaban. Además, la necesidad de ofrecer condiciones favorables a los inversores (altos tipos de interés, vinculación de las monedas al dólar, etc.) agravó el endeudamiento ya de por sí muy elevado de la mayoría de las economías latinoamericanas.

La deuda externa del llamado Tercer Mundo alcanzaba 780.000 millones de dólares en 1982, mientras en el 2001 llegó a superar los dos billones de dólares. En Argentina entre 1989 y 1993 se recaudaron, como consecuencia de las privatizaciones, 9.910 millones de dólares en efectivo y 13.239 millones en títulos de deuda que representaban 5.270 millones en efectivo. Sin embargo, a comienzos de 1989 la deuda externa de Argentina era de 60.000 millones de dólares, y a finales del 2001 alcanzaba los 175.000 millones, lo que representaba el 72,8% de la riqueza generada por el país (PBI) antes de la devaluación, situándose ahora, después de la devaluación, en el 130% del PBI.

Todos estos factores debilitan enormemente estas economías y las hacen aun más dependientes del exterior. Además, los distintos gobiernos se han visto obligados, para acceder a las ayudas del FMI, a aplicar políticas de apertura de los mercados nacionales a los productos que deseaban las multinacionales, a reducir sistemáticamente los gastos sociales y a atacar los niveles de vida y derechos de los trabajadores y demás sectores populares. Todo ello preparó el actual escenario de crisis económica profunda e inestabilidad política.

 

La crisis en Argentina

Cuando empezaron los síntomas de saturación por exceso de mercancías en los mercados mundiales y se intensificó la lucha entre las distintas burguesías nacionales por coparlos y captar capitales, los países emergentes fueron los primeros en pagarlo. La crisis asiática, resultado en ultima instancia de la caída de las exportaciones de estos países, forzó devaluaciones monetarias en todos ellos. En Latinoamérica, Brasil (principal mercado de los productos argentinos) les siguió. El real brasileño se ha depreciado desde 1997 hasta el 2002 un 150% con respecto al dólar mientras el peso argentino se mantenía atado a éste. Los exportadores argentinos vieron caer su competitividad y redujeron la actividad y el empleo (un 50% el automóvil solo en 1999, un 30% el textil...). Muchos trasladaron sus inversiones a! propio Brasil y a otros países. El desempleo crecía vertiginosamente, según las estadísticas oficiales, de un 13% en 1997 a más de un 25% actualmente, aunque en realidad es mucho mayor.

En Argentina, la burguesía aprovechó la colaboración de la burocracia sindical de la CGT y su influencia sobre sectores importantes de las masas del peronismo para apoyarse en Ménem, entonces el máximo dirigente del Partido Justicialista (PJ), quien llevó a la práctica las privatizaciones y planes de ajuste exigidos por el FMI y auspició, junto a su ministro de Economía, Domingo Cavallo, la convertibilidad. De esta manera el banco nacional argentino garantizaba el mantenimiento de la equivalencia: un peso, un dólar. Para atraer capitales, mucho más después de la hiperinflación de los 80, Argentina debía ofrecer confianza y estabilidad a los inversores atando su moneda a otra tan fuerte y estable como el dólar.

La convertibilidad, unida a la privatización de empresas y servicios públicos, atrajo capitales durante la primera mitad de la década pero beneficiando solamente a la burguesía local, que se negó a invertir en la industria sus beneficios ingentes prefiriendo sacar los capitales fuera del país. La baja recaudación de impuestos, dada la falta de pago generalizada de los mismos por parte de los capitalistas, obligó al Estado a seguir endeudándose. Las empresas, por su parte, negándose a invertir sus ganancias siguieron recurriendo al endeudamiento pensando que nunca le cortarían el grifo y que Argentina iba a estar vacunada contra cualquier amenaza de crisis. Todo esto debilitaba la economía nacional, que quedaba desarmada ante la crisis inevitable que se anunciaba.

Las privatizaciones y sucesivos planes de ajuste, destinados también a atraer a las multinacionales imperialistas con bajos salarios y condiciones laborales precarias, destruyeron empleo masivamente y redujeron el mercado interno. La venta de empresas públicas eliminó la posibilidad de que el empleo y los ingresos que éstas generan pudieran ser usados en el futuro para amortiguar los efectos de la crisis. El Estado asumió las deudas privadas de las empresas y, una vez saneadas, las vendió a los capitalistas argentinos y extranjeros (sobretodo estadounidenses y españoles), frecuentemente por debajo de su valor real.

La convertibilidad no fue la causa de la crisis sino un reflejo de la debilidad y dependencia del capitalismo argentino que, a medida que la crisis de sobreproducción que afectaba a la economía productiva iba desarrollándose, la agravaba hasta extremos insoportables. El capitalismo argentino estaba entre la espada y la pared: siendo una de las economías que más dependen decapitales extranjeros, para seguir atrayéndolos (o para que no huyesen los que habían llegado), debía mantener la paridad con el dólar e incluso ofrecer tipos de interés cada vez mayores, llegando al absurdo de financiar el pago de los intereses de la deuda con más deuda. La vinculación del peso a un dólar cada vez mas fuerte agravaba tanto este problema como el de la competitividad de las exportaciones.

Finalmente, el endeudamiento llevó al colapso financiero al Estado y a las empresas porque, además, la profundidad de la recesión durante el 2000 y el 2001 recortaba cada vez más la actividad económica: caída brutal del consumo como resultado del desempleo y los recortes salariales, desplome de la producción industrial y la inversión. El resultado de ese colapso de la actividad económica, agravado por la evasión de impuestos y capitales, fue la bancarrota financiera del Estado que se añadió a la crisis de sobreproducción y a la de la deuda. La suma de todos estos factores provocó una espiral descendente que llevó a la economía argentina al mayor colapso de su historia.

El “corralito” fue, inicialmente, un intento de evitar una crisis de liquidez, de dinero contante y sonante, en los bancos que provocara la bancarrota completa de la economía argentina ante la retirada masiva de dinero de los mismos. En la práctica fue un robo descarado del dinero de millones de pequeños ahorristas, capas medias, jubilados y trabajadores, después de toda una vida de esfuerzo y trabajo duro, a los además se condenaba a cargar el peso de la inevitable inflación y depreciación del peso sobre sus espaldas. Esta medida se unía a una precarización en las condiciones de vida de los trabajadores y las capas medias que ya había llegado a límites insoportables. El número oficial de indigentes es actualmente de cuatro millones, seis según otros datos, y 19 millones viven en la pobreza en un país de 37 millones de habitantes. La esperanza de vida está estancada desde hace dos décadas y la desocupación ha subido de un 13% en 1997 a un 25% según las estadísticas oficiales.

Primero, bajo el gobierno peronista de Menem y después con el de la Alianza con De la Rúa se aplicaron las mismas políticas antiobreras. Estas políticas provocaron luchas muy importantes de los trabajadores, de los desocupados que organizaron el movimiento piquetero, de los estudiantes, etc. En concreto, sólo bajo el gobierno de la Alianza se convocaron 8 huelgas generales que dieron una buena medida de la combatividad y la disposición a la lucha de los trabajadores argentinos. La última de ellas el 13 de diciembre del 2001 que tuvo un acatamiento masivo en la industria y el transporte.

Las elecciones de octubre de 2001 ya evidenciaron el enorme malestar existente. Lo único que por el momento lo mantenía sin explotar era el papel de contención de los dirigentes de los tres sindicatos ofreciéndole al gobierno después de cada huelga general una nueva tregua. La principal característica de estas elecciones fue el “voto bronca” (abstención y nulos) de trabajadores, jóvenes y capas medias, que ya reflejaban su enorme descontento con la situación. Otro aspecto muy importante de los resultados electorales fue el crecimiento de la izquierda, que en el gran Buenos Aires reunió un 27% de los votos, reflejando la búsqueda de una alternativa revolucionaria por parte de sectores importantes de la juventud y la clase obrera.

La instauración del “corralito” por el gobierno de De la Rúa y la reducción de salarios, jubilaciones y pensiones, unido al hambre y miseria creciente entre las masas desocupadas, generaron directamente la explosión de diciembre pasado. El intento de De la Rúa de frenarla mediante la represión y el estado de sitio (hubo 30 asesinados) indignó todavía más a las masas. La burguesía argentina —por primera vez en su historia— veía caer a un gobierno electo como consecuencia directa de una insurrección popular en las calles y tuvo que buscar entre bambalinas un nuevo gobierno. El desfile de presidentes posterior fue un reflejo de su debilidad, derivada del ascenso revolucionario de las masas.

Los acontecimientos revolucionarios del 19 y 20 de diciembre del 2001 no fueron resultado de una explosión de rabia espontánea, y mucho menos un movimiento apolítico de las capas medias limitado a pedir la devolución de sus ahorros, como pretenden algunos; sino el resultado de la combinación de la experiencia de lucha acumulada por los trabajadores y desocupados a lo largo de los últimos años y de la incapacidad de la burguesía argentina para seguir haciendo avanzar el país. Sólo entendiendo esto podemos comprender la situación actual y actuar correctamente ante la revolución en marcha.

¿Quién tiene la culpa de la crisis?

Se convirtió en un lugar común la afirmación de que los problemas que tenemos los trabajadores, la juventud, los pequeños comerciantes y ahorristas provienen exclusivamente de la existencia de políticos y jueces corruptos, que llevaron la plata y arruinaron la nación. Es verdad que son todos ladrones y sinvergüenzas, pero no es toda la verdad como ya explicamos. Independientemente de que las actuaciones de estos parásitos puedan haber agravado en parte los problemas que padecemos, no hay que olvidar que esta gente es mera testaferra de los grandes grupos económicos del país, nacionales y extranjeros. En la práctica actúan como los agentes políticos y judiciales de los capitalistas. Los problemas que afectan a las familias trabajadoras (desocupación, bajos salarios, aumento de precios, falta de vivienda, creciente degradación de la sanidad y la educación públicas, aumento de las tarifas de los servicios públicos, pobreza creciente, delincuencia, etc) tienen su causa en el control que ejercen un puñado de grandes banqueros, empresarios y estancieros sobre los recursos productivos y la riqueza de nuestro pueblo, recursos y riqueza creada por los trabajadores diariamente con su esfuerzo, con sus manos y su cerebro.

Una economía en el abismo

El objetivo que se trazó la burguesía argentina y el gobierno de Duhalde desde sus inicios fue, con la reducción de los gastos estatales, el recorte de los salarios y de los gastos sociales (educación, sanidad, vivienda, etc), la devaluación de la moneda y la ayuda del FMI, poder sanear las empresas incrementando las exportaciones lo suficiente como para reanimar la inversión y que la cadena inversión-producción-consumo—beneficios pudiera volver a funcionar con relativa normalidad al cabo de un tiempo. Pero dado que la crisis se estáá precipitando rápidamente sobre Uruguay y Brasil, las exportaciones argentinas a estos países también están cayendo, agravado por la devaluación de las monedas de estos países para esquivar la crisis también a través de sus exportaciones. Por esta razón, la clase dominante argentina necesita más que nunca atacar hasta los huesos las condiciones de vida y de trabajo de los trabajadores, y en un contexto donde el movimiento convulsivo de las masas les impide un ataque directo, la colaboración de los dirigentes sindicales les resulta vital para empezar a recomponer mínimamente la situación.

Pero los capitalistas argentinos, estos grandes “patriotas”, con una situación infinitamente más favorable para invertir que la actual, sacaron durante los últimos diez años miles de millones de dólares del país (los Fondos en el exterior pasaron de 50.077 millones de dólares en 1991 a 130.000 millones en el 2001), y actualmente siguen sacando afuera entre 2.000 y 3.000 millones de dólares por mes. En un contexto como el actual no van a invertir. Por su parte, las grandes multinacionales tampoco lo van a hacer significativamente; de hecho, lo que empezaron a hacer muchas es retirar parte de sus inversiones. En el mejor de los casos, las inversiones que se podrían realizar serían, más que para crear empresas nuevas, para conseguir a bajo precio empresas en crisis que consideren que pueden resultarles rentables en el futuro. Esto resulta insuficiente para generar una recuperación seria de la economía.

El imperialismo no parece demasiado dispuesto por el momento a facilitarle a la burguesía argentina nuevos fondos para intentar posponer las peores consecuencias de la crisis. Hacerlo sentaría un precedente peligrosísimo cuando “nuevas Argentinas” son más que probables y la economía mundial está en recesión. El propio FMI dejó claro que, en cualquier caso, la ayuda del FMI consistirá a lo sumo en una prórroga durante dos años de los intereses de la deuda externa; pero que no va a entrar ni un solo dólar más al país. Por supuesto que este acuerdo tan generoso está condicionado al ajuste de los gastos estatales; es decir a generar más sangre, sudor y lagrimas en millones de empleados públicos y de familias trabajadoras.

Aun en el caso de que concediesen la ayuda que pide la burguesía argentina (hubo tímidas presiones en esa dirección por parte de los capitalistas españoles y franceses con intereses en nuestro país) tampoco parece que esto pueda ser suficiente para permitir por sí solo una salida rápida de la crisis. Dada la profundidad de la depresión argentina, el contexto de crisis de la economía mundial y las políticas de saqueo del imperialismo en toda Latinoamérica, parece que ni siquiera una ayuda importante del FMI pueda cambiar decisivamente el rumbo de los acontecimientos; como mucho influiría en el ritmo de éstos y ni eso es seguro.

La única forma que tiene la burguesía de superar las crisis periódicas de sobreproducción de su sistema es destruyendo masivamente fuerzas productivas y expoliando aún más intensamente que antes al resto de la sociedad, especialmente a los trabajadores asalariados. Estas crisis son el mecanismo a través del cual el sistema se deshace de las fuerzas productivas que desde el punto de vista del beneficio privado deben desaparecer porque ya no son rentables. De este modo, las partes del capital rentables se valorizan aun más. Las empresas que no pueden soportar la crisis desaparecen dejando una estela de despidos y pobreza detrás de ellas, pero sus mercados (o las partes que aún sean rentables) son copados por las que se mantienen. Este proceso está en pleno desarrollo en Argentina. Por supuesto, en un determinado momento —especialmente después de un período prolongado de destrucción de fuerzas productivas— si hubiera una recuperación de la tasa de ganancia de los capitalistas, éstos volverían a invertir y el crecimiento económico se reactivaría.

Lo más probable es que la recesión mundial actual sea profunda y, en un contexto semejante, el panorama para una economía en plena depresión como la argentina va a ser muy negro. Una recuperación lo suficientemente sólida de la economía argentina que permitiese aplazar de forma duradera los ataques que necesitan aplicar y estabilizar la sociedad mediante concesiones significativas a las masas está prácticamente descartada. La salida definitiva de la crisis, bajo el capitalismo, pasa por someter a la clase obrera y los sectores populares a nuevas penalidades, más explotación y miseria.

 

IV. LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES DE MARZO DEL 2003

El anuncio del Presidente Duhalde de adelantar al mes de marzo del 2003 las elecciones para la Presidencia de la República provocó un cambio en el panorama político argentino. Este anuncio tiene lugar tras el desgaste sufrido por el gobierno a consecuencia de la brutal represión de los piqueteros en el puente de Avellaneda a finales de junio, y en medio de la guerra civil declarada en el interior del Partido Justicialista por los diferentes “caudillos” peronistas que buscan postularse como candidatos a la presidencia de la República. El FMI por su parte, mantuvo un permanente acoso, apremiando al gobierno Duhalde a que pusiera en práctica de manera inmediata las medidas de ajuste en la economía argentina, como condición inexcusable para recibir fondos del mismo, en un contexto donde se profundiza la degradación económica y social del país. Todos estos factores son los que colocaron a Duhalde en una situación insostenible, obligándolo a convocar estas elecciones.

De esta manera, con el anuncio de elecciones presidenciales, la burguesía argentina busca ganar tiempo destapando una válvula de escape con la que desviar la atención de las masas de la población de sus problemas más acuciantes. Si en todos estos meses fue la actividad de la población en la calle la que marcó la agenda política del país, ahora se pretende que sea la disputa electoral la que centre la atención, con la cínica promesa de que dentro de unos meses todo se arreglará con la elección de un nuevo presidente.

En estos momentos, la burguesía argentina carece de un candidato fiable con una base social de apoyo suficiente que esté en condiciones de llevar a la práctica los planes que demandan los imperialismos americano y europeo a través del FMI. Por eso no deja de mirar la contienda electoral con cierta preocupación.

 

La disputa electoral

Es verdad que la burguesía ha tenido cierto éxito en centrar temporalmente la atención política de las masas entorno a las futuras elecciones, y los activistas del movimiento obrero no pueden dejar de lado este hecho.

Dentro del peronismo se desató una lucha sin cuartel. Menem, estimulado por el desprestigio del gobierno y el pánico entre la burocracia del partido, temerosa de ser desalojada de sus puestos de poder tras las elecciones, se está ofreciendo como el único ” del país, rememorando los “éxitos” económicos del país bajo su mandato. Ese mismo “salvador” que entregó la riqueza del país a las multinacionales extranjeras quienes, ante la llegada de la crisis económica hace tres años, se dedicaron durante todo este tiempo a sacar afuera sus inversiones y capitales, conduciendo al país al desastre. El eslogan de Menem es la vuelta a la dolarización de la economía, lo que se adecua perfectamente a los intereses de las multinacionales y los bancos. Las primeras podrían así repatriar sus beneficios en dólares y los segundos percibir la devolución de los préstamos concedidos a empresas y particulares en dólares de nuevo, a costa de empobrecerlos todavía más.

Después de la renuncia de Reutemann, es el gobernador de Córdoba, de la Sota, el que fue designado como el candidato oficioso del peronismo. Representa al sector más ligado al sector de la burguesía nacional exportadora, y pretende mantener la devaluación del peso, pero coincidiendo con Menem en ajustar brutalmente los gastos públicos y subir las tarifas de los servicios básicos (luz, gas, teléfono y transporte) para que las multinacionales que controlan estos servicios privatizados puedan aumentar sus beneficios, aunque sea a costa del hambre de las familias trabajadoras. Se supone que va a ser en unas elecciones internas en diciembre cuando se decida el candidato oficial del peronismo para las elecciones.

Ante la falta de apoyos internos tanto Rodríguez Saá como Kirchner anunciaron que se van a presentar a las elecciones por afuera del peronismo. Saá ya creó su propia plataforma electoral y se garantizó el apoyo de un sector de la burocracia sindical, Moyano, dirigente de la CGT “disidente” ¡y del ex golpista carapintada Aldo Rico! Rodríguez Saá no es más que un millonario burgués que usa muy hábilmente una verborrea demagógica y “patriótica” pero que es incapaz de concretar ni una sola medida económica para sacar al país de la crisis.

La Unión Cívica Radical, tradicional partido burgués, está completamente hundida, a punto de desaparecer, y no cuenta para la contienda electoral.

En el campo de la “centroizquierda”, nombre acuñado convenientemente con la intención de engañar a las masas, se postula Lilita Carrió que está organizando una coalición electoral formada por su partido, el ARI, sectores del Frepaso, como el Jefe de Gobierno de Buenos Aires, Aníbal Ibarra, y otros. Ellos dicen ser los portavoces del capitalismo de “rostro humano”, que prometen todo lo que quieren a quien esté dispuesto a escucharlos: empresarios, trabajadores y ahorristas. Su bandera es el recorte de todos los mandatos; es decir, que las elecciones se extiendan a todos los diputados y senadores, gobernadores de las provincias e intendentes y de los municipios. De esta manera pretenden fortalecer sus posiciones conscientes de que podrían arrebatar a peronistas y radicales una parte importante de sus parcelas de poder, dado su enorme desprestigio.

El carácter de estas elecciones demuestra el miedo y la perfidia de la burguesía argentina. Salga quien salga elegido como presidente, se va a mantener la misma composición del Congreso y del Senado y la mayoría actual de diputados peronistas y radicales, pudiendo usarse esa mayoría parlamentaria para forzar la aplicación de la política que más le interese a la burguesía, al menos hasta el mes de septiembre del 2003 que es cuando caducan todos los mandatos parlamentarios.

 

Luis Zamora y la izquierda

Dentro de la izquierda es indudable que la figura del diputado Luis Zamora es la que despierta más apoyo entre las familias trabajadoras. Este hecho es enormemente positivo porque jamás en la historia de Argentina ninguna figura de la izquierda había recibido tanto apoyo potencial dentro de los trabajadores y la juventud. Zamora habla contra el capitalismo, de que hay que reorganizar el país bajo nuevas bases sociales y se muestra contrario a pagar la deuda externa. Participa cotidianamente en las movilizaciones de masas y es una persona accesible a la gente común, y que se expresa en su mismo lenguaje.

Lamentablemente, Zamora está cometiendo serios errores. No sólo se resiste a proponer un programa concreto de medidas a adoptar. También se dotó de una concepción organizativa equivocada y semianarquista que contribuye a extender prejuicios antiorganizativos reaccionarios entre las masas de la población, y que mañana se puede volver mortalmente contra él y su grupo. Así, Zamora habla de que no hacen falta dirigentes, ni partidos, ni estructuras, sino una organización “horizontal”.

Sin embargo, este discurso no puede ocultar un hecho irrefutable. Las familias trabajadoras y quienes lo apoyan lo consideran un dirigente, “su” dirigente, le guste o no a él. Y esto no es negativo en sí. Los socialistas revolucionarios nucleados entorno al periódico El Militante reconocemos que es necesario, e incluso inevitable, que la clase obrera se dote de dirigentes que representen y coordinen a la misma en sus luchas cotidianas y en las de más largo alcance. Eso sí, estos compañeros y compañeras deben estar permanentemente sometidos al control de las bases, y ser elegidos y revocables en cualquier momento por la misma. Y para evitar el arribismo y la corrupción defendemos que nuestros representantes, si tienen que trabajar a cuenta de la organización para dedicar todo su tiempo a luchar por nuestros intereses y a representarnos, en ningún caso deben percibir un salario superior al salario medio de un obrero cualificado. De esta manera si viven en las mismas condiciones que un trabajador, nunca van a dejar de pensar y sentir como un trabajador.

Por otro lado, ningún movimiento u organización, se puede construir de manera eficiente sin estructuras internas sólidas. Estas estructuras no están para asfixiar a las bases. Al contrario, es necesario crearlas para que a través de las mismas los militantes puedan participar de manera organizada en la vida interna y externa de la organización y, de paso, controlar la actividad de sus representantes. ¿Cómo y a quién puede Zamora dar cuenta de su gestión si las bases de su movimiento carecen de mecanismos para establecer ese control? ¿Y cómo se puede aglutinar un movimiento que persiga la transformación de la sociedad entorno a una sola persona, la de Zamora? Es significativo que aparte del compañero, dentro de su movimiento, no existe públicamente ninguna otra persona a nivel local o nacional que hable en nombre del mismo.

El compañero Zamora habla de que todos los partidos de izquierda deben disolverse y adoptar el mismo esquema de funcionamiento que su propio movimiento. Nosotros estamos en contra de eso.

Pero quizás el error más grave que está cometiendo Zamora es el de aliarse públicamente con el ARI de Elisa Carrió en su demanda de que se convoque una Asamblea Constituyente y de que caduquen todos los mandatos. Nuestra postura sobre la Asamblea Constituyente será tratada más adelante. Lo más grave es que Zamora preste la autoridad que acumuló ante grandes masas de familias trabajadoras, que lo tienen a él como su principal referente político, para lavar la cara y realzar la autoridad de Lilita Carrió y un grupo burgués, como el ARI, que nunca tuvo entre sus objetivos defender los intereses de las familias trabajadoras.

Lilita Carrió no es una persona ingenua que ha entrado por casualidad en la política. En la época de la dictadura tuvo un cargo en el aparato judicial. Hasta no hace mucho se encontraba en la nómina de la multinacional Deutsche Telekom, en calidad de abogada de la misma. Políticamente estuvo militando hasta hace poco en un partido burgués que hor está absolutamente desprestigiado, como es la UCR. Deseosa de hacer carrera política, y previendo el colapso de la UCR, dejó esta organización para formar el ARI. Su ideología es burguesa; es decir, defiende mantener la propiedad privada de los medios de producción, que siga siendo el puñado de grandes banqueros, empresarios y estancieros nacionales y extranjeros los que controlen las palancas fundamentales del país. Tampoco llamó a desconocer la infame deuda externa. Su bandera es la lucha contra la corrupción, lucha muy barata hoy en la Argentina, y que esconde la verdadera causa de la ruina y la miseria que nos azota, como ya explicamos en el apartado anterior.

Los militantes y simpatizantes del grupo de Zamora, Autodeterminación y Libertad, deben exigirle que rompa los pactos y acuerdos contraídos con Carrió, instándolo a que impulse un verdadero Frente Único de la izquierda para hacer frente a las políticas capitalistas del resto de las organizaciones y candidatos burgueses, entre los que se incluye la Carrió. De otra manera Zamora y su grupo corren el riesgo de provocar una aguda frustación entre la gente que lo apoya y que ésta le dé definitivamente la espalda cuando se revele ante la población el verdadero carácter del ARI y su dirigente, Carrió.

La unidad de la izquierda y la defensa de un programa socialista

Entre las familias trabajadoras y la juventud, no obstante, sí existe un poderoso deseo de unidad de toda la izquierda, y esto es enormemente positivo. De lo que se trata no es de disolver los partidos de izquierda, sino de organizar un Frente Único de todas las organizaciones de izquierda, incluyendo a las asambleas populares, organizaciones piqueteras y sindicatos obreros entorno a un programa común. Esto despertaría un enorme entusiasmo entre la mayoría de la población que sufre los efectos de la crisis capitalista. Este programa común ya ha sido aprobado en innumerables asambleas populares, piqueteras, de trabajadores, y debería incluir, al menos, los siguiente puntos:

· Desconocimiento de la Deuda externa.

· Nacionalización de la Banca, monopolios, multinacionales y grandes estancias agrícolas bajo el control de los trabajadores.

· Nacionalización, bajo control de los trabajadores de todas las empresas que cierren o despidan trabajadores.

· Organización de Comités de Fábrica, compuestos por trabajadores elegidos en asambleas, en todas las empresas para aplicar un control obrero de la producción y de las cuentas de las mismas para evitar fraudes contables y descapitalizaciones de las mismas.

· Extender las asambleas barriales y populares a todas las localidades y barrios, con la participación de trabajadores, desocupados, estudiantes y pequeños comerciantes. Ligar esta asambleas populares a los comités de fábrica y a las organizaciones piqueteras de su zona.

· Congelación de las tarifas de los servicios públicos e instauración de una “tarifa social” más baja para las familias pobres y desocupadas.

· Un Salario Mínimo de 650 pesos.

· Escala móvil precios-salarios para no perder poder adquisitivo y que no se degraden aún más nuestras condiciones de vida. Ajustar los salarios a los precios cada tres meses.

· Si no se les puede garantizar un puesto de trabajo a los desocupados, que se abone el salario mínimo a todos los desocupados hasta que encuentren un trabajo.

· Devolución de los depósitos confiscados a todos los pequeños ahorristas cuyos montos no superen los 100.000 dólares.

· Reclamo del boleto estudiantil para los estudiantes.

· Llamamiento a las bases de la CGT y la CTA a que discutan, voten en asamblea y se adhieran a este programa.

· Estimular la formación de comités de soldados y policías para que se nieguen a ser utilizados en la represión popular y denuncien y demanden la expulsión de todos los elementos fascistas y reaccionarios de los cuarteles y las comisarías. Ligar estos comités a las asambleas populares y comités de fábrica.

· Por un gobierno de los trabajadores. Una reorganización de la sociedad sobre nuevas bases sólo se puede dar con la plena participación de las familias trabajadoras en el control y la gestión social y económica del país, a través de los comités de fábrica, las asambleas barriales y las organizaciones piqueteras.

 

¿Son las elecciones la salida para resolver los problemas de los trabajadores?

Toda revolución pasa por ciertas etapas. Si en el primer impulso la clase obrera no es capaz de tomar el poder, es inevitable que el movimiento atraviese durante un período una etapa de parlamentarismo antes de alcanzar un enfrentamiento decisivo. La clase dominante no desea todavía un enfrentamiento decisivo con los trabajadores en esta etapa porque no tiene confianza en salir victoriosa. Por eso intenta todo tipo de trucos para desviar la atención de los trabajadores del objetivo del poder obrero para así conducirlos por los caminos más seguros de las elecciones y el parlamentarismo. Trata así de ganar tiempo, disipar las energías revolucionarias de las masas, ganar para su base a los sectores más atrasados con todo tipo de promesas electoralistas, aislar de las grandes masas a los sectores más consciente y avanzados de los trabajadores y la juventud, etc.

Esto siempre fue así. No es nada nuevo. Antes de la revolución de octubre en Rusia, en 1917, entre el período de febrero a octubre, hubo elecciones a las Dumas municipales y se convocó un “preparlamento” (realmente una conferencia de delegados de los diferentes partidos), que fue boicoteado por los bolcheviques porque ya tenían la mayoría decisiva en los Sóviets, y se estaban preparando para la insurrección. En la Revolución española de 1931-37, hubo hasta tres elecciones parlamentarias y municipales antes del enfrentamiento decisivo, cuando se inició la guerra civil.

Dentro de la izquierda se está produciendo un debate intenso sobre la conveniencia o no de participar en la próxima pelea electoral. Todos los grupos están llamando abiertamente al boicot de la misma con el argumento de que participar en ella significa colaborar con los planes de Duhalde y la burguesía argentina, teniendo en cuenta además de que, a pesar de las elecciones, se van a mantener todos los mandatos en el gobierno, el Parlamento, las provincias, los municipios y en la Corte Suprema, y por lo tanto estas elecciones son un fraude para engañar al pueblo, creándole falsas ilusiones porque van a seguir mandando los mismos. Frente a este plan, todos los grupos relevantes de la izquierda proponen la convocatoria de una Asamblea Constituyente que asuma la dirección del país y dé plena satisfacción a las necesidades de los trabajadores y del resto de capas oprimidas de la sociedad.

Los socialistas revolucionarios de El Militante coincidimos con estos compañeros en denunciar la maniobra electoral del gobierno burgués de Duhalde. Como explicamos al inicio de este apartado lo que pretende la burguesía es ganar tiempo y desviar la atención de las masas de la población de la comprensión de las verdaderas causas de sus problemas. Los problemas de la clase obrera, de los jóvenes, profesionales o pequeños comerciantes, como ya explicamos en otro momento, no fueron causados por la existencia de políticos o jueces corruptos, independientemente que sus actuaciones hayan agravado los problemas que padecemos. Estos problemas (desocupación, bajos salarios, aumento de los precios, falta de vivienda, degradación creciente de la sanidad y la educación públicas, aumento de las tarifas de los servicios públicos, pobreza creciente, delincuencia, etc) tienen su causa en el control que ejercen un puñado de grandes banqueros, empresarios y estancieros sobre los recursos productivos y la riqueza de nuestro pueblo, recursos y riqueza creada por los trabajadores diariamente con su esfuerzo, con sus manos y su cerebro.

Mientras las palancas fundamentales de la economía: los bancos, las grandes empresas y las estancias agrícolas permanezcan en manos de los capitalistas nunca podrá liberarse la clase obrera de las cadenas que la mantienen oprimida. Toda la historia demuestra que la transformación socialista de la sociedad a la que aspiramos sólo se puede alcanzar con la expropiación de los grandes capitalistas, que son los que controlan el 80% de los recursos productivos del país. Esta riqueza debe pasar a manos de las familias trabajadoras, gestionándola democráticamente en base a las necesidades de la mayoría de la población. Pero esto sólo se puede conseguir con la lucha y la actividad de las masas de la población trabajadora en la calle, las fábricas y los barrios, mediante la creación y organización de los órganos de poder obrero y popular con el que sustituir las estructuras de este podrido sistema. Estos elementos de poder obrero son los Comités de Fábricas, las asambleas barriales y populares y las organizaciones de los trabajadores y desocupados, que deben tomar posesión de las fábricas, bancos, empresas y estancias, y el poder político del país.

Todo esto es abecé para cualquier activista obrero y juvenil y para cualquier socialista revolucionario. Pero también debemos tener en cuenta que lo que es evidente para nosotros no necesariamente es evidente todavía para las más amplias masas de la población que recién despertaron a la actividad política y que todavía pueden mantener ciertas esperanzas en que algún político “honrado” pueda sacar al país de la ruina, pudiendo prestar el oído a algún demagogo burgués que prometa el cielo, la luna y las estrellas con el fin de crear falsas expectativas para ganar su voto; y todo esto en un contexto, además, donde aun no existe un partido, una organización socialista y revolucionaria con influencia de masas que sea vista como una alternativa viable frente a estos políticos burgueses profesionales.

Ante la situación límite que la crisis capitalista ha conducido a millones de familias trabajadoras, muchas de ellas rozando el hambre y la desesperación, no sería extraño que una amplia capa de la sociedad preste su confianza, aunque sea de “mala gana”, en alguna de esta gente, con la esperanza de que quizás pueda haber una salida electoral a la barbarie actual.

En particular, es bastante probable que la Carrió, a pesar de toda su palabrería, se presente finalmente como candidata y el propio Rodríguez Saá ya dejó claro que se mantiene en la pelea, organizando mítines importantes. No cabe duda de que, frente a políticos burgueses completamente desacreditados como Menem, De la Sota, Terragno, López Murphy o Cavallo, mucha gente, incluido un sector de la clase obrera, va a prestar su voto a los dos primeros, viendo en ellos unos políticos que “de boquilla” se enfrentan a los elementos más corruptos y agitan un programa que puede sonar “radical” y “patriótico” (contra el FMI, contra la corrupción, por la soberanía nacional, etc), y esto será así tanto más cuanto ningún candidato de la izquierda se postule para estas elecciones.

Con lo que, en estas circunstancias, a pesar del boicot de la izquierda, demagogos burgueses como Carrió y Rodríguez Saá (el resto de políticos burgueses ya está suficientemente desacreditado a los ojos de la población) en lugar de debilitarse van a salir fortalecidos al aparecer como las campeones de la “causa popular”. La bandera de la lucha contra el gobierno Duhalde, contra la corrupción, contra el FMI, contra las multinacionales, por la “transformación social” será, pues, arrebatada a la izquierda y asumida por esta gente en la próxima contienda electoral, ante los ojos y oídos de las más grandes masas.

¿Cuál fue la posición del marxismo revolucionario en estas situaciones? Como regla general sólo es correcto plantear un boicot a un parlamento burgués cuando se está en condiciones de oponer una alternativa mejor, es decir, Sóviets, órganos de poder obrero constituidos, dominados por los revolucionarios. Si no, se está obligado a participar. De lo contrario, nos estaríamos boicoteando a nosotros mismos, ya que ese hueco lo van a ocupar otros, demagogos burgueses, que utilizarán un lenguaje que puede sonar ” para luego traicionar a los trabajadores.

Por esta razón, los socialistas revolucionarios de El Militante, consideramos que no habría que tener una postura cerrada ni totalmente decidida en relación al boicot. El hecho de participar en estas elecciones, a pesar de su carácter fraudulento, no supone en absoluto legitimar a Duhalde ni sus planes. Como el hecho de haber participado en las elecciones de octubre del 2001 tampoco quiso decir que la izquierda legitimaba la podredumbre del gobierno de De la Rúa. De lo que se trata precisamente es de aprovechar la publicidad que genera la propia campaña electoral para denunciarlos públicamente con más fuerza si cabe, al mismo tiempo que arrebatamos las banderas de la lucha popular a demagogos como Carrió o Saá, mostrándolos a la vista como lo que son: políticos burgueses profesionales que utilizan demagógicamente el hambre del pueblo para hacer carrera política y que mañana van a traicionar las esperanzas que se depositan en ellos, en la medida que no cuestionan el sistema social que genera el hambre y la ruina de las familias trabajadoras, el sistema capitalista.

En cambio, habría que valorar que la participación en estas elecciones nos daría una gran oportunidad para difundir nuestro programa e ideas, organizar mítines y reuniones con decenas de miles de personas a lo largo y ancho del país. Llegar a capas a las que hasta ahora no llegamos, estimulando la organización de trabajadores y jóvenes en partidos, sindicatos y asambleas, concentrando millones de votos procedentes de los trabajadores y la juventud que de otra manera irían a parar a demagogos burgueses que los utilizarían para reforzar sus propias posiciones en la sociedad, en detrimento de la izquierda. No cabe duda de que, fuera cual fuera el resultado, la izquierda saldría fortalecida de este proceso. La mayoría de las familias trabajadoras van a tener la oportunidad en estos meses de comprobar aún más la podredumbre de este sistema y de sus instituciones, organizadas y creadas para engañar y oprimir al pueblo.

Si finalmente se decidiera participar en las elecciones de marzo, entonces habría que discutir la formación de un Frente Único de la izquierda, presentando un programa auténticamente socialista, porque eso nos podría fortalecer enormemente y ayudar a acelerar el proceso de toma de conciencia de los trabajadores.

Habría que pensar que si mañana, Duhalde o quien esté frente a la presidencia del país llame a elecciones para renovar el Parlamento, ¿también habrá que llamar al boicot? Como decíamos antes, como regla general no se boicotea un parlamento burgués hasta que no se es lo suficientemente fuerte para derrocarlo y sustituirlo por algo mejor. Pero, por otro lado, el conseguir representantes de los trabajadores en el parlamento ayudaría a organizar a los trabajadores. La utilización de las bancas parlamentarias de manera revolucionaria, utilizándolas como un enorme altavoz a través de la prensa, la radio y la televisión, aceleraría el proceso de toma de conciencia de la clase obrera, nos daría mayor popularidad y haría llegar nuestro programa e ideas a millones de personas en todo el país. Nadie puede dudar que una de las razones de la popularidad y notoriedad alcanzada por el compañero Zamora se debe a su hábil utilización de la banca parlamentaria para dar a conocer sus ideas y denunciar a los representantes políticos de este sistema.

Ahora bien, como decíamos al principio de este apartado, sería un error confiarlo todo a la contienda electoral. La lucha parlamentaria debe ser un complemento a la lucha en la calle que es la que ha volteado tres presidentes y ha hecho consciente a la clase trabajadora argentina de su poder y fuerza en la sociedad. La lucha parlamentaria no debe ser la excusa para abandonar tareas que en sí mismas son más importantes: la explicación paciente de nuestro programa y modelo de sociedad a las más amplias masas de trabajadores y jóvenes; organizarlos, y particularmente, penetrar en la base de los sindicatos mayoritarios, CGT y CTA, para apartar a los dirigentes burocratizados y corruptos y sustituirlos por auténticos luchadores, representantes genuinos de los intereses de los trabajadores.

Hay que aumentar el nivel de comprensión de lo que nos estamos jugando, continuar movilizando con marchas, manifestaciones y huelgas para hacer ver al conjunto de las familias trabajadoras nuestro poder y fuerza y de la necesidad de controlar y gestionar por nosotros mismos los recursos productivos de la sociedad. Sólo cuando la mayoría de la clase obrera acepte este programa, organice y participe en estos órganos de poder obrero y popular se podrá plantear la transferencia del poder, de una minoría corrupta y parasitaria que nos gobierna hoy, a la clase obrera y resto de capas oprimidas de la sociedad.

 

V. LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE

Como explicamos en otros artículos que trataron el proceso revolucionario en Argentina desde sus comienzos, la consigna defendida por la mayoría de las organizaciones de izquierda argentina de reclamar una Asamblea Constituyente ha demostrado ser totalmente inadecuada y, bajo las circunstancias que atraviesa el país, particularmente reaccionaria.

Ya avisamos en su momento que, para desviar la atención de las masas de los auténticos objetivos que se derivan del proceso revolucionario en marcha que no es sino la lucha por un gobierno de los trabajadores, otras organizaciones burguesas y pequeñoburguesas también reclamarían la convocatoria de una Asamblea Constituyente. De esta manera es como el ARI, el Frepaso e, incluso, el peronista Kirchner se sumaron al carro de este reclamo. Incluso Duhalde anunció la reforma de Constitución mediante un proceso que ante las masas puede sonar similar a la convocatoria de dicha Asamblea Constituyente.

Lamentablemente, con el anuncio de la convocatoria de elecciones, los grupos relevantes de la izquierda no sólo mantienen esta consigna sino que le están dando el protagonismo central en toda su propaganda. Llegado este punto, tenemos que recordar qué significa exactamente la convocatoria de una Asamblea Constituyente.

Una Asamblea Constituyente es un parlamento burgués cuyo cometido es elaborar una nueva Constitución para el país. Ni más ni menos que eso. La historia de Argentina, como la de todos los países donde existe la democracia burguesa, conoció muchas asambleas constituyentes (la última tan cercana como la de 1994) que no cambiaron las estructuras fundamentales del capitalismo, pues sus fundamentos básicos han permanecido inalterables: la propiedad privada de los medios de producción: bancos, tierras, fábricas, etc. La consigna de la asamblea constituyente es por lo tanto una consigna democrático-burguesa, no socialista.

Sin embargo, comprendemos muy bien que, en determinadas circunstancias, no sólo es correcto para los trabajadores luchar por consignas democrático burguesas, como la de la Asamblea Constituyente, también es absolutamente necesario hacerlo.

 

Una consigna democrático-burguesa

Pero ¿En qué circunstancia se deben plantear este tipo de consignas? Hay dos posibilidades: 1) en un país semifeudal o semicolonial y 2) en un país donde no existe un parlamento, elecciones u otros derechos democráticos. Pero ninguna de estas condiciones se puede aplicar a Argentina.

Argentina no es un país atrasado o semifeudal. Lleva casi doscientos años de independencia, y es la tercera economía más grande de América del Sur, así que difícilmente entra en la categoría de nación semicolonial (el hecho de que la oligarquía haya reducido la antigua décima nación industrial del plantea a una situación de ruina y miseria o que muchas industrias privatizadas hayan caído en manos extranjeras es una cuestión aparte).

En la revolución rusa de 1917 la consigna de la asamblea constituyente —una consigna democrática burguesa— jugó un papel progresista a la hora de movilizar a las masas contra el zarismo. ¿Es apropiada esta consigna en la situación actual de Argentina? En absoluto. Durante las últimas dos décadas Argentina ha tenido un régimen democrático burgués que no difiere en lo esencial de los regímenes democráticos burgueses de Europa o EEUU.

Se podría objetar que la democracia burguesa de Argentina es un régimen fraudulento y corrupto que simplemente sirve para enmascarar la dictadura de los banqueros y los capitalistas. Es verdad, pero se olvida de un detalle. Y es que bajo el capitalismo la democracia siempre tiene un carácter extremadamente parcial, distorsionado e incompleto, no sólo en Argentina, sino también en los demás países, incluso en los más “democráticos”.

Sí, los políticos argentinos son corruptos y no representan los intereses de la población que les votó. Pero lo mismo se puede aplicar a los políticos de EEUU (como demuestra una vez más el escándalo de Enron). Recientemente también se demostró que Bush fue elegido para la Casa Blanca gracias al fraude. Y los políticos europeos no son mucho mejores, aunque quizá un poco más sutiles, lo que simplemente significa que son más cuidadosos a la hora de engañar a la población.

Es verdad que el verdadero gobernante de Argentina no es la población o los políticos que ha “elegido”, sino la oligarquía corrupta y podrida que gobierna en la sombra y que utiliza a los políticos como marionetas. Pero lo mismo es aplicable al resto de democracias burguesas del mundo. ¿Acaso Bush en Estados Unidos, Chirac en Francia o el primer ministro “laborista” británico Tony Blair representan a la gente que les votaron? La respuesta es obvia.

Es verdad que las llamadas “libertades democráticas” que “disfruta” el pueblo argentino tienen simplemente un carácter formal. La prensa “libre” es propiedad y está bajo el control de un puñado de multimillonarios. Y todo el mundo puede decir (más o menos) lo que quiera, pero es la oligarquía la que decide. Esta “democracia” es sólo un fraude y una hoja de parra que disfraza la realidad de la dictadura del Capital. Sí, todo esto es verdad. Pero todo lo que demuestra es que Argentina es una democracia burguesa perfectamente normal.

Las demandas transicionales y el poder obrero

Comprendemos muy bien que para poner a las masas del lado de la revolución socialista no basta con hacer propaganda abstracta a favor del socialismo. Sería una concepción completamente sectaria que nos apartaría de las masas. Marx explicaba en las páginas del Manifiesto comunista que los comunistas debían ser los luchadores más decididos y resueltos, debían estar a la vanguardia de cada lucha con las reivindicaciones que sirviesen a los intereses de la clase obrera. La revolución socialista sería impensable sin la lucha cotidiana para avanzar bajo el capitalismo.

Para asegurar la victoria de la clase obrera en Argentina, es imperativo que las consignas de la vanguardia sirvan para que el movimiento avance, paso a paso, hacia el objetivo del poder obrero. Es necesario luchar vigorosamente por cada demanda parcial que tenga como objetivo la defensa del empleo, los salarios y las condiciones de vida. También es necesario explicar que la única garantía real de conseguir una solución genuina y duradera para los problemas de la población es la transferencia del poder a las manos de los propios trabajadores.

Los ataques del gobierno van a provocar inevitablemente una respuesta por parte de los trabajadores, como de hecho ya está ocurriendo. La tarea de la vanguardia es intentar dar una expresión organizada, generalizarla y extenderla a cada industria, ciudad y barrio. La única forma de hacer esto es popularizando la consigna de los comités de fábrica (sóviets) u otra similar (coordinadoras obreras, etc). Con la agitación en torno a esta consigna, la vanguardia podrá conectar con el ambiente general de la clase, planteando una demanda que realmente corresponde con las necesidades del momento, mientras prepara el terreno para llevar adelante la lucha a un nivel más elevado.

También se trata de un hecho objetivo porque el movimiento ya llevó a la creación de Asambleas Populares locales. Pero lo más importante de todo es que ha habido una tendencia a vincular las Asambleas Populares con los comités obreros en las fábricas. Aquí está la clave del éxito.

Carece de importancia real qué palabras se utilicen para describir este fenómeno. En Rusia se llamaron sóviets (consejos), en la huelga general de 1926 en Gran Bretaña el papel de los sóviets lo jugaron los comités locales de los sindicatos, los trades councils. Durante la revolución española de 1931-37, Trotsky llamó a la formación de juntas revolucionarias. Más tarde, en Francia, surgió la expresión “comités de acción”. El término realmente carece de importancia. Lo que es importante es el contenido. En Argentina, los órganos revolucionarios de lucha que abarcan a amplias capas de los explotados en los barrios son las Asambleas Populares. Y éstas son, al menos, el embrión de los sóviets, es decir, el embrión de un nuevo poder.

Sin embargo, es obvio que la tarea inmediata de los comités es organizar y centralizar la lucha. El objetivo de los comités, que deberían ser elegidos en la medida de lo posible en los centros de trabajo y en las barrios populares, debería ser organizar la acción: huelgas, manifestaciones, boicots, distribución de comida, etc. Y esto debería culminar en una huelga general nacional. Nuestro objetivo debe ser vincular los comités local, regional y nacionalmente, preparando el camino para un congreso nacional de comités de fábrica y asambleas populares, para coordinar la lucha y preparar la toma del poder.

Hay organizaciones de izquierda bastante relevantes que, de manera más o menos precisa, también defienden la necesidad de un gobierno de los trabajadores. Sin embargo, es justo aquí que estos compañeros terminan invariablemente con la siguiente consigna: elegir una Asamblea Constituyente libre y soberana, convocada por el pueblo movilizado, que se haga cargo de la reorganización social y política del país”. En lugar de las palabras “libre” y “soberana” hay quienes emplean el término de “revolucionaria”, creyendo que con ese mero cambio cambia la cosa en sí. Como decía Shakespeare, una rosa con otro nombre sigue oliendo como una rosa. En el fondo no hay diferencias entre ambas concepciones.

Si es cierto que lo que se necesita en Argentina es el poder obrero, en este contexto, ¿qué papel puede jugar la consigna de la asamblea constituyente? Como ya hemos señalado antes, se trata de una consigna democrática burguesa, apropiada a una situación donde no existen instituciones democráticas, parlamento, elecciones, etc. Pero en la actualidad no es el caso de Argentina.

¿Qué significa exactamente la asamblea constituyente? Sólo esto: “No queremos el actual régimen parlamentario burgués. Queremos otro, más amable, un régimen parlamentario democrático burgués”. Pero este régimen no es posible en las actuales condiciones de Argentina. Y la profundización de la crisis capitalista a escala mundial sólo va a emperorar todavía más las cosas, no las va a mejorar, para el capitalismo argentino. La solución no es la introducción de una nueva forma de democracia burguesa, sino la eliminación radical del capitalismo, la introducción del dominio de la clase obrera. Pero esto es algo muy diferente a una asamblea constituyente.

¿Cómo se puede justificar esta consigna ante los trabajadores en la lucha contra el régimen de Duhalde? Bien, se pueden exigir elecciones para una nueva asamblea constituyente, como están planteando Zamora e Izquierda Unida. Pero la asamblea constituyente no es una solución mágica, es sólo un parlamento democrático. Los trabajadores dirán: “Pero si ya tenemos un parlamento y hemos votado ‘libremente’ muchas veces, a los radicales, a los peronistas, a De la Rúa. Probablemente vamos a votar en las próximas elecciones (¡aunque puede que no!). ¿Qué hay de bueno en esto cuando a los que eliges son todos unos ladrones y unos sinvergüenzas?”

Es un buen ejemplo de sentido común. El problema no es que no exista parlamento. Existe. Tampoco lo es que la población no pueda votar. Vota. El problema es que ninguno de los partidos que están presentes en el parlamento está dispuesto a luchar por los intereses de la población, todos quieren defender el status quo, es decir, el podrido régimen capitalista que ha llevado a la bancarrota al país y reducido a la población al hambre y a la miseria. La consigna de la asamblea constituyente no se dirige al problema central. Lo ignora porque plantea una solución que no lo es en absoluto.

¿Quién convocará la asamblea?

Hay muchos problemas prácticos con esta consigna, y que la hacen bastante inútil desde un punto de vista revolucionario, quizá peor que inútil. Comencemos con el más obvio: ¿Quién convocará la asamblea constituyente? Esta pregunta —aparentemente tan simple— va directa al fondo de la cuestión. La oligarquía, el ejército, los peronistas, los radicales y sus patronos en Washington no ven por qué (al menos en esta etapa) deben hacer tal cosa. Están felices con la situación actual y como dice los estadounidenses: “Si algo no está roto, ¿por qué arreglarlo?”.

En la actualidad, la consigna de una asamblea constituyente no se corresponde con la situación real de Argentina, donde ya existe una república burguesa. No desafía el dominio del capital ni del imperialismo, que está perfectamente feliz con un parlamento electo, que tiene muchas ventajas para el mantenimiento del dominio de los bancos y los monopolios.

¿En qué se diferencia la asamblea constituyente del sistema actual? De acuerdo con el pasaje antes citado, en que es “libre y soberana”. La palabra “libertad” tiene un significado relativo, y no absoluto, como ya hace mucho tiempo explicó Marx. ¿Libertad para quién o para qué? En la medida que la tierra, los bancos y los monopolios siguen en manos de la burguesía, la asamblea constituyente o cualquier otra forma de parlamento democrático no resolvería nada.

Lo decisivo no es la forma constitucional-legalista de dominación, sino la composición del parlamento y qué clases predominan en él. Y hay poca diferencia en si la lucha parlamentaria se realiza en el parlamento actual (con todas sus limitaciones y deficiencias) o en una hipotética asamblea constituyente. Lo decisivo no es la forma, sino el contenido. Debemos recordar que la Asamblea Constituyente en Rusia llegó a tener un significado contrarrevolucionario porque estaba dominada por los eseristas y mencheviques.

Si por asamblea constituyente tenemos en mente una asamblea revolucionaria que desafíe el poder y los privilegios de la oligarquía, entonces es evidente que el único poder que puede hacer tal cosa es la clase obrera organizada, de tal forma que pueda imponer su voluntad a la clase dominante. Debemos recordar que en Rusia fueron los sóviets lo que convocaron las elecciones a la Asamblea Constituyente, después de la toma del poder.

Estos compañeros son muy claros en esto. Dicen que la asamblea constituyente debe ser “convocada por el pueblo movilizado”. Pero aquí hay una contradicción. Si la clase obrera argentina tiene la suficiente fuerza para imponer su voluntad a la clase dominante y convocar una asamblea constituyente, entonces también debe ser lo suficientemente fuerte para tomar el poder. La clase obrera debería tomar el poder a través de sus propias organizaciones de lucha, las Asambleas Populares (sóviets), Comités de Fábrica, etc. ¿Por qué entonces se introduce la cuestión de una asamblea constituyente?

En Rusia los bolcheviques utilizaron cuidadosamente la consigna de la asamblea constituyente en el periodo de agitación revolucionaria durante los meses previos a la Revolución de Octubre. El objetivo principal era movilizar a las capas más atrasadas de la población, especialmente al campesinado, para ponerlas del lado de las clases trabajadoras, y para ello hacían uso de demandas democráticas revolucionarias.

Sin embargo, en la práctica, la consigna de la asamblea constituyente no jugó un papel clave para el campesinado porque los campesinos, incluso menos que los trabajadores, no se dejan impresionar por las fórmulas constitucionales abstractas. Los bolcheviques ganaron a las masas campesinas con la consigna de la tierra. Una vez que para los campesinos fue evidente que los partidos que tenían la mayoría en la Asamblea Constituyente eran los mismos viejos dirigentes que se opusieron a la Revolución de Octubre (y por lo tanto al programa agrario bolchevique), inmediatamente les dieron la espalda.

Pero la Argentina del 2002 no es la Rusia de 1917. En aquella época en Rusia había como mucho diez millones de trabajadores (incluido el transporte, la minería, etc.) de un total de ciento cincuenta millones de habitantes. La correlación de fuerzas era completamente diferente, y esto explica por qué Lenin y Trotsky tuvieron que insistir en 1917 en las consignas democrático-burguesas. La comparación entre la Argentina actual y la China atrasada, semifeudal y semicolonial de los años treinta —cuando Trotsky también (correctamente) defendió la consigna democrático-burguesa de la asamblea constituyente— todavía está más fuera de lugar.

La gran mayoría de los partidos de izquierda en la Argentina, sino todos, no sólo han adoptado la consigna de la asamblea constituyente, sino que le han asignado un papel central en su propaganda. La consigna de la asamblea constituyente —independientemente de las intenciones subjetivas de sus defensores— implica que dentro del capitalismo existe algún tipo de solución para la crisis argentina. Esta consigna no plantea la abolición revolucionaria del capitalismo, aunque parece que se ha confundido con la idea del poder soviético. Las diferencias terminológicas normalmente no tienen mucha importancia, siempre que seamos claros en la esencia de la materia. Sin embargo el marxismo es una ciencia, y toda ciencia debe mantener una actitud rigurosa hacia todas las cosas, incluida la terminología. Las palabras que usamos deben corresponder tan fielmente como sea posible al fenómeno que estamos describiendo. El uso ambiguo y descuidado del lenguaje puede producir ambigüedades e incluso errores perjudiciales. Si la idea de una asamblea constituyente simplemente significa un congreso nacional de asambleas populares, entonces estaríamos completamente de acuerdo. Pero si es este el caso, ¿no sería mejor dejar esto claro?

En interés de la claridad, también es necesario plantear una objeción a la formulación de una asamblea constituyente “libre y soberana”. ¿En qué sentido una asamblea constituyente en Argentina aspira a la “soberanía”? La idea de “soberanía” podría apelar a instintos patrióticos de los argentinos, pero es un hecho que Argentina no es “soberana”, y no lo va a ser en la medida que forma parte de la economía capitalista mundial. En realidad, ningún gobierno del mundo es “soberano”, como se ha descubierto recientemente en el caso de Rusia y China. Los orígenes de la crisis actual en Argentina no se encuentran en Argentina, sino en el mercado mundial. Y la solución a la crisis tampoco se puede encontrar en Argentina.

Incluso si —como esperamos fervientemente— la clase obrera argentina consigue tomar el poder en sus manos y comenzar la transformación socialista de la sociedad, no podría resolver sus problemas sin la ayuda de, al menos, los trabajadores de Brasil, Chile y otros países de América Latina. Igual que, para estos últimos, resultaría vital la ayuda de los trabajadores argentinos en una eventual revolución triunfante en dichos países. Lo que se debe plantear no es la “soberanía”, sino la extensión de la revolución a toda América Latina y la formación de los Estados Unidos Socialistas de América Latina.

Si la asamblea constituyente significa, en otras palabras, que concentra todo el poder en sus manos para aplastar la resistencia de los banqueros y los capitalistas, entonces estamos hablando de algo más serio que un parlamento democrático burgués, hablamos de un gobierno revolucionario de la clase obrera que se pone al frente de la nación para llevar adelante la expropiación del latifundismo y el capitalismo. Y lo más probable es que muchos de estos compañeros quieran decir esto. Pero entonces deben dejarlo absolutamente claro.

Si esta interpretación es correcta, entonces no estamos hablando de una asamblea constituyente, sino de un gobierno de los trabajadores, de una democracia obrera. En este caso, da la impresión de que a estos compañeros, por alguna razón, les da miedo llamar a las cosas por su nombre, colocando Asamblea Constituyente donde debe decir gobierno de los trabajadores a través de sus propios órganos de poder obrero.

Sin embargo, el término asamblea constituyente no es un sustituto aceptable para la consigna del poder obrero. Las dos ideas no son en absoluto iguales. Y mientras que podemos aceptar completamente que los compañeros quieren lo mismo que nosotros, creemos que esta fórmula es errónea y que puede provocar una desorientación seria, desviar la atención de las masas de la tarea central, e incluso en el futuro hacer naufragar la revolución.

En realidad, es perfectamente posible tener una asamblea constituyente dentro del marco del capitalismo. Esto significa que no representa ninguna amenaza para el régimen existente. Pero sí podría representar una amenaza para el futuro de la revolución en Argentina, en la medida que desvía la atención de la clase obrera de las tareas centrales y crea ilusiones peligrosas en la posibilidad de una “tercera vía” entre el capitalismo y el socialismo, o una etapa “democrático-burguesa” separada en la revolución.

Las ‘ilusiones democráticas’ de las masas

La manera en la que algunos dirigentes relevantes de la izquierda justifican su postura es realmente sorprendente. Dicen que, efectivamente, la Asamblea Constituyente es un parlamento burgués que no va a resolver nada. Pero que es necesario plantearlo porque las masas “todavía no han agotado sus ilusiones democráticas” y deben pasar por la experiencia de una asamblea constituyente para que se den cuenta de que la auténtica solución está en un gobierno de los trabajadores. Así, para estos “sabios” y “maestros” los trabajadores resultan ser unos estudiantes no muy espabilados a los que conviene enseñar cosas ¡en las que estos mismos “maestrillos”, a espaldas de los propios trabajadores, dicen no creer!, o más bien enseñarles a palos: “¡No quieren un gobierno de los trabajadores todavía ¿eh?, pues les daremos una Asamblea Constituyente para que aprendan. Ya vendrán a pedir por un gobierno obrero!”

Nosotros preferimos el método marxista que es el de decir siempre la verdad a los trabajadores, por muy dura que sea ésta, al mismo tiempo que explicamos nuestras ideas pacientemente confiando en que la propia experiencia de los trabajadores y la juventud ,junto con una audaz agitación en fábricas, sindicatos, centros de estudio y barrios hagan ver a la mayoría de la clase obrera la corrección de nuestras ideas.

El planteo anterior resulta, además, contradictorio con la posición de boicot que mantienen a las elecciones presidenciales porque si admiten que todavía existen ciertas ilusiones en el tipo de “democracia” que hay en la Argentina, por alguna razón que se nos escapa, se apresuran a declarar que estas ilusiones no existen en absoluto para las presidenciales de marzo y hay por tanto que boicotearlas. De esta manera permiten que estas “ilusiones democráticas” sean explotadas por la Carrió y Rodríguez Saá, que pueden ver reforzadas sus posiciones.

Este argumento nos parece, además, totalmente equivocado. Precisamente en el mismo momento en que millones de trabajadores, desocupados y jóvenes están experimentando la putrefacción y la falsedad de lo que significa la democracia burguesa en Argentina lo que se pretende es volver a estimular sus ilusiones en la misma, rebajando el nivel de conciencia, en lugar de fijarles el horizonte de la transformación socialista de la sociedad.

Los compañeros parecen olvidar el pequeño detalle de que fue la acción de las masas la que hizo dimitir a tres presidentes de la República (no a través de elecciones sino por la acción de masas en la calle), hecho sin precedentes en la historia de nuestro país; de que la consigna acuñada en el seno de la sociedad: “Que se vayan todos”, a pesar de su carácter confuso revela una profunda desconfianza hacia todas las instituciones del sistema. Y parecen olvidar que, de forma embrionaria, se comenzaron a improvisar elementos de poder obrero y popular a través de las asambleas populares, al margen de las instituciones oficiales.

Sobre estos hechos una organización socialista y revolucionaria debe basarse para hacer avanzar la conciencia de las masas y señalar los objetivos últimos que se desprenden de su lucha, que es la transformación de la sociedad sobre nuevas bases: “dirijamos y controlemos nosotros mismos nuestro destino”. Nunca en la historia de nuestro país se dieron mejores condiciones para que toda una serie de ideas fundamentales del programa socialista adquieran un eco de masas: la nacionalización de la banca y las multinacionales bajo control obrero; reestatización de las empresas públicas privatizadas, etc. votadas y asumidas, por lo demás, en centenares de asambleas populares y marchas.

Por supuesto que estamos interesados en la existencia de un régimen con el más alto grado de democracia que pueda existir. Pero tenemos que explicar que eso sólo se dará bajo el socialismo, cuando sea el conjunto de la sociedad la que dirija, administre y controle todos los aspectos de la vida económica, social y cultural, y no un puñado de banqueros y grandes empresarios como ocurre hasta ahora.

La izquierda ha adquirido gran autoridad en sectores importantes de los trabajadores y, particularmente, de la juventud. Van a sus mítines, acuden a sus marchas y leen sus proclamas. En las próximas elecciones, dada la desventaja de medios, los partidos burgueses y pequeñoburgueses dispondrán de enormes recursos para hacer llegar su propaganda, prometiendo todo tipo de soluciones demagógicas sin romper con este sistema.

Cuando un trabajador o un joven que se acerca por primera vez a la política y con grandes deseos de cambio vean que tanto el ARI como la izquierda defienden que todos los males del país se van a arreglar con la convocatoria de una Asamblea Constituyente, optarán por el camino aparentemente más fácil: “Si la izquierda”, se dirán, “que es la que más está luchando y tiene los dirigentes más honrados, dice que la Constituyente es la solución, y el ARI y otros grupos defienden lo mismo y además también critican a Duhalde y denuncian la corrupción, voy a votar mejor por estos últimos ya que parecen tener más posibilidades de ganar”. Así, en lugar de desenmascarar a estos políticos profesionales que engañarán a las masas, se contribuye indirectamente a hacerles ganar autoridad ante las mismas, al defender las mismas consignas equivocadas.

Hay otros compañeros que justifican su postura diciendo que en este país hay una proporción muy grande de clases medias que, además, tienen muchas ilusiones democráticas. Nosotros decimos que estos no es verdad. En primer lugar, la clase obrera argentina es mucho más numerosa que las clases medias. En segundo lugar, ni los trabajadores ni las clases medias empobrecidas se deslumbran por fórmulas legalistas. Quieren que se demuestren con hechos cómo solucionar sus problemas. Tampoco las clases medias son homogéneas. Sus estratos más bajos viven en condiciones parecidas a las de muchos trabajadores y sus estratos superiores a las de la burguesía y nunca van a aceptar nuestro programa.

La experiencia argentina está demostrando, además, que numerosos sectores empobrecidos de las clases medias están participando en asambleas populares y están dispuestos a aceptar un programa socialista. Repetir el argumento de la fortaleza de las clases medias coloca, inconscientemente, a estos compañeros en el campo de la socialdemocracia que siempre justificó su postura claudicante ante la burguesía porque, según ellos, las clases medias son muy numerosas y los trabajadores una minoría de la población, con lo cual hay que aplazar la revolución socialista para mañana, o mejor aún, para pasado mañana.

Las maniobras de la burguesía

Debemos examinar la cuestión más en concreto. Los acontecimientos del pasado mes de diciembre abrieron un nuevo período tormentoso que, debido a la ausencia de un partido marxista con influencia de masas, puede prolongarse durante un periodo de meses e incluso años, con flujos y reflujos, antes de llegar a una conclusión decisiva en una forma u otra.

La burguesía argentina recibió un bofetón pero todavía está de pie y puede reaccionar. Aún puede utilizar algunos golpes astutos, mientras esquiva los golpes y se agacha para protegerse. Por ahora se apoya en el ala de derechas del peronismo. Pero las medidas que está poniendo en práctica Duhalde, que sigue los dictados de Washington, solamente pueden empeorar las cosas.

Las masas no ven una mejoría y están descontentas. Hay nuevas explosiones de protesta. El movimiento inevitablemente crecerá, creará una situación de nueva inestabilidad e incluso más peligrosa. ¿Cómo reaccionará a la burguesía? No puede utilizar inmediatamente el ejército para instalar una nueva dictadura militar. Los generales están muy desacreditados por los horrores del pasado, todavía muy frescos en la mente de la población. Cualquier intento de ir por este camino en la actualidad terminaría en una guerra civil, donde no es seguro qué clase ganaría.

Por lo tanto nos enfrentamos a la siguiente situación: por un lado, la burguesía está en crisis, desorientada e incapaz de continuar gobernando a la antigua usanza; por otro lado, la clase obrera no está todavía preparada para tomar el poder en sus manos. En estas circunstancias es inevitable que la clase dominante recurra a todo tipo de maniobras y combinaciones para mantenerse en el poder, incluso no se podría descartar que, cuando la burguesía se enfrente a una amenaza seria, estuviera de acuerdo, como una táctica dilatoria, en convocar una “asamblea constituyente”.

¿Qué cambiaria esta maniobra constitucional desde el punto de vista de la burguesía? Nada sustancial seguro. Porque una asamblea constituyente es sólo una forma constitucional. Y como hemos señalado lo decisivo no es la forma, sino el contenido. Una vez más la cuestión debe ser concreta. ¿Qué partidos estarían presentes en una asamblea constituyente? Básicamente, los mismos que ya existían antes. Podrían tener diferentes nombres, pueden aparecer en diferentes coaliciones, pero esencialmente serían los mismos: radicales, peronistas y grupos de izquierda que lucharían para ganar la mayoría en la asamblea constituyente, igual que luchan ahora por las bancas del actual parlamento.

El escenario arriba mencionado es bastante posible en Argentina en una situación donde la clase dominante ve que el poder se le está escapando de las manos. Podría fácilmente hacer “concesiones” y convocar una asamblea constituyente para formar una “nueva República Argentina” u otra cosa por el estilo, desviando así la revolución a los canales más seguros del debate constitucional, mientras impulsa y financia a los partidos de la burguesía para tomar la asamblea constituyente desde dentro y destruir la revolución. Esta variante es conocida como contrarrevolución con una forma democrática, como ha ocurrido muchas veces en la historia del movimiento revolucionario.

Sí, estas maniobras y trucos son inevitables por parte de la burguesía en el transcurso de la revolución. No podemos evitarlo. Pero ¿por qué proporcionarles la excusa para que puedan hacer esta clase de maniobras? Sería como crear un látigo par que nos azoten a nosotros mismos. Y esto es innecesario completamente.

El cambio real para la clase obrera se va dar cuando seamos capaces de arrancar a la burguesía su poder y su control sobre los recursos productivos a través de la expropiación revolucionaria mediante los órganos de poder obrero que citamos anteriormente en otro apartado. Decir lo contrario no sólo es utopismo, sino crear falsas expectativas y engañar a los trabajadores.

Colocar la convocatoria de una Asamblea Constituyente como consigna central del momento es particularmente reaccionaria porque no centra la tarea de los trabajadores en la necesidad de confiar exclusivamente en su organización, fuerza, conciencia y solidaridad de clase sino en una fórmula legalista-constitucional de carácter burgués; no centra las tareas en la necesidad de organizar órganos de poder obrero en las fábricas y barrios, sino en reivindicar un órgano parlamentario que se sitúa por encima de la clase; en suma, no estimula a los trabajadores para que tomen un papel activo, creador, como clase en el proceso revolucionario que está en marcha.

Nosotros no somos aventureros y somos conscientes de que aún no están dadas las condiciones para un gobierno inmediato de los trabajadores, por la razón de que todavía hace falta un tiempo para conquistar a la mayoría decisiva de la clase obrera para este programa. Pero reconocer esto no significa buscar atajos con consignas confusas y equivocadas, como la de la Asamblea Constituyente.

Antes de plantear la cuestión del poder, es necesario ganar a la mayoría decisiva de la clase obrera para la idea de la toma del poder. Esto presupone un periodo de agitación y propaganda. Como Lenin solía decir: “¡Explicar pacientemente!”

Para esto es esencial que las consignas planteadas con el objetivo de ganar a los trabajadores, sean claras y deben estar vinculadas sin ambigüedades a la idea del poder obrero. Estas consignas transicionales son necesarias para convencer a las masas de trabajadores de que para resolver sus necesidades más que apremiantes, es necesario que tomen el poder en sus manos.

Las reivindicaciones que llegan a las masas son aquellas que están íntimamente relacionadas con sus necesidades inmediatas: empleo, salarios, vivienda, etc., y van inseparablemente unidas a la perspectiva de la lucha anticapitalista y antiimperialista, a través de la demanda de nacionalización de los bancos y grandes monopolios, el desconocimiento del pago de la deuda externa y la expropiación de toda las propiedades imperialistas. Y a través de estas cuestiones es como podemos llegar a los oídos de los trabajadores y encontrar un eco para la idea de la toma del poder.

 

VI. EL TRABAJO EN LOS SINDICATOS

Incluso en el mejor de los casos —que la consigna de la asamblea constituyente sea simplemente una irrelevancia— seguiría siendo una desviación innecesaria de las tareas más imperiosas de la revolución.

¿Cuáles son estas tareas? Sobre todo, la tarea principal es ganar a la mayoría de la clase obrera, empezando por su capa más activa. La cuestión decisiva acá son los sindicatos. En la Argentina no es posible ninguna revolución socialista a menos que se gane a un sector decisivo de los sindicatos. Como el principal sindicato (la CGT) todavía está controlado por los peronistas, la actitud de la vanguardia hacia esta capa adquiere una importancia decisiva. En su intento por controlar el movimiento de masas, la burguesía llevó a los peronistas al gobierno. Quiere que hagan el trabajo sucio al Capital. Al hacer esto, la burguesía está proporcionando a los trabajadores peronistas una excelente lección de cuál es la realidad del peronismo hoy. No es el periodo de los años 40 y 50, cuando Perón pudo subir los salarios de los trabajadores industriales un 47%, introducir pensiones para todos, el pago del aguinaldo, y además de llevar a cabo toda una serie de reformas generalizadas. En ese momento, el capitalismo argentino se había beneficiado de la enorme demanda existente de carne de vaca y trigo en la Europa de la posguerra. Ahora Argentina es un país en bancarrota y con una economía en ruinas.

‘¡Explicar pacientemente!’

En la primera etapa de la revolución (en Argentina estamos en esta etapa) existirá la tendencia entre los sectores más militantes de ir un poco “más allá” que el resto de la clase. Esto fue el caso en Rusia en las Jornadas de Julio de 1917. Los trabajadores y marineros más avanzados de Petrogrado sentían que el poder estaba en sus manos e intentaron pasar a la ofensiva, y fueron contenidos por la acción enérgica del Partido Bolchevique, lo que impidió una derrota sangrienta.

En realidad los trabajadores de Petrogrado podrían haber tomado el poder en julio, pero la dirección bolchevique sabía que sería aplastada por las provincias más atrasadas, que todavía tenían ilusiones en los eseristas y mencheviques.

En ese caso, la revolución rusa habría sufrido el mismo destino que la Comuna de París y entrado en los anales de la historia como otra derrota gloriosa, y no como la primera revolución socialista triunfante del mundo.

Antes de tomar el poder, fue necesario ganar a las capas más atrasadas. Eso requirió tiempo y un trabajo paciente en las fábricas, barracones del ejército, sindicatos y sóviets. Sin esto, la victoria resultaba imposible. En Argentina también es necesario explicar a los trabajadores más avanzados la necesidad de ganar a las capas políticamente más atrasadas de la clase. Sin esto el éxito de la revolución está descartado. Por eso Lenin insistía en la consigna “¡Explicar pacientemente!”. Este es un buen consejo para la vanguardia del movimiento obrero de nuestro país.

En la vanguardia existe un fuerte sentimiento de hostilidad hacia el peronismo. Y es bastante comprensible. Pero para romper la influencia que tiene el peronismo en la clase obrera no basta con denunciarlo y quejarse. En necesario ver las contradicciones internas que existen dentro del peronismo y que tarde o temprano van a provocar escisiones en líneas de clase. Debemos distinguir cuidadosamente entre los gángsteres burgueses que están en la dirección y los trabajadores honrados que votan a los peronistas y que participan en la CGT.

La primera necesidad es organizar y construir la vanguardia, asegurar que tiene métodos correctos e ideas correctas. Pero esto no es suficiente. Es necesario encontrar el camino a las masas. Esta no es una tarea sencilla. El mayor error sería imaginar que las masas ven las cosas como nosotros las vemos. Esto está muy lejos de la verdad. Si ese fuese el caso, ya estaríamos viviendo en el socialismo hace mucho tiempo y la tarea de construir el partido sería algo completamente innecesario.

Es fácil para nosotros comprender el papel reaccionario del peronismo. Pero las cosas son diferentes cuando llegamos a las masas de trabajadores organizados (por no hablar de los desorganizados). Durante décadas, la clase obrera argentina estuvo paralizada por el grillete del peronismo, que todavía tiene fuerza dentro de los sindicatos. Es verdad que su fuerza se fue debilitando en la medida que sectores de la clase obrera y la juventud están organizados fuera de sus estructuras (CTA, piqueteros, etc) y que, después de la amarga experiencia de Ménem, muchos antiguos votantes peronistas están desilusionados. Sin embargo, llegar a la conclusión que el peronismo está muerto es una idea completamente equivocada.

La principal debilidad de la situación es la ausencia de un movimiento generalizado de la clase obrera. A pesar de ocho huelgas generales combativas en los últimos tres años, la clase obrera todavía no participó como una fuerza independiente en los acontecimientos revolucionarios que se iniciaron los días 19 y 20 de diciembre. La mayoría de los trabajadores organizados están bajo el control de la CGT oficial. La burocracia sindical está haciendo todo lo posible para controlar a los trabajadores. El aparato de la CGT tiene un considerable poder y enormes recursos. Cuenta con el respaldo de la burguesía y el estado. En realidad, la burguesía argentina no podría mantener su dominio durante 24 horas sin su apoyo.

Los sindicatos

Por lo tanto, la cuestión de los sindicatos en general, y de la CGT en particular, ocupa un papel central en el proceso revolucionario.

En el pasado, el peronismo sufrió divisiones y escisiones. En la actualidad, el gobierno peronista está aplicando la política del FMI, lo que va a provoca serias divisiones dentro de la CGT. Debemos encontrar un camino hacia los trabajadores de base de la CGT y ganarlos para la vía revolucionaria a través de una cuidadosa aplicación de la táctica del frente único.

Es probable que parte de la izquierda en Argentina tenga objeciones a esta propuesta argumentando que la CGT está aplicando una política reaccionaria, está aliada con el gobierno y otras cosas por el estilo. Pero en primer lugar, estos argumentos se deben aplicar, no a los trabajadores organizados en la CGT, sino a la dirección de la CGT. Y en segundo lugar, en las condiciones actuales de crisis, despidos y colapso del nivel de vida, los dirigentes de la CGT, a pesar de ellos mismos, pueden verse obligados a una situación de semi-oposición, o incluso, a una oposición abierta al gobierno. En realidad, la CGT “rebelde” de Moyano ya está hablando de movilizaciones contra el gobierno, e incluso la CGT oficial de Daer ha advertido que el impago de los salarios a los funcionarios podría provocar una “explosión social”. Obviamente, la intención de esto burócratas es intentar ponerse a la cabeza del movimiento, cuando ya no puedan evitarlo, para garantizar que pueden traicionarlo.

La cuestión de los sindicatos es un asunto de vida y muerte para la revolución argentina. Una postura equivocada en esta cuestión tendrá consecuencias más serias para el movimiento que un error sobre la consigna de la asamblea constituyente.

Generalmente, los sindicatos tienen tendencia a ir rezagados en la revolución. Siempre existe un elemento de rutina conservadora, incluso entre los activistas, por no hablar del aparato. En contraste, órganos como las asambleas populares reflejan más fielmente el cambio de ambiente entre las masas. Están más cerca de los sectores más oprimidos, y son más abiertos a las ideas revolucionarias y la acción militante. Lo mismo ocurre con el movimiento de “piqueteros” que está formado principalmente por desocupados.

La vanguardia revolucionaria recibe una mejor respuesta con sus consignas y propuestas de acción en esta capa, que en la actualidad está en la línea del frente del movimiento. Utilizando una analogía militar, es como la caballería ligera que se mueve rápidamente a la línea del frente e inicia escaramuzas con el enemigo, probando su resolución y buscando el punto débil de sus defensas.

Pero ninguna guerra se puede ganar sólo con la caballería ligera. Para infligir una derrota decisiva al enemigo se necesitan los batallones pesados. Estos tienen unos movimientos más lentos y pesados, tardan un poco más de tiempo en alcanzar a la vanguardia. Pero al final su participación activa es decisiva para la resolución del conflicto. Cualquier idea de enfrentarse al enemigo de frente sin estas fuerzas es una invitación al desastre.

En la guerra de Crimea a mediados del siglo XIX, debido a un error de los comandantes británicos, enviaron a la caballería ligera a cargar contra los cañones rusos, provocando una terrible masacre. Un general francés que observaba asombrado la carga desde una cumbre comentó a sus compañeros: “¡C’est magnifique. Mais ce n’est pas la guerre!” (“¡Es magnífico. Pero eso no es la guerra!”). Los soldados británicos desplegaron un gran coraje frente al enemigo. Pero su acción llevó a una catástrofe. En última instancia, el motivo de la catástrofe fue una mala dirección.

La guerra de clases tiene muchas analogías con la guerra entre las naciones. Y una de las reglas de oro es que la vanguardia no puede separarse de las masas. Esa fue la postura de Lenin en 1917, cuando dedicaba nueve décimas partes de las energías de los bolcheviques a ganar a las masas de trabajadores y soldados que todavía, en vísperas de la insurrección, seguían la dirección de los mencheviques y SRs, y en algunos casos, incluso después de la insurrección.

Aunque los bolcheviques tenían como consigna central “¡Todo el poder a los soviets!”, también prestaban mucha atención al trabajo sistemático en los sindicatos. La mayoría de los sindicatos estaban controlados por los mencheviques y muchos todavía estaban controlados por los antiguos dirigentes, incluso después de Octubre. El sindicato de ferrocarriles, en particular, creó muchos problemas al nuevo régimen. Pero esto no hizo que los bolcheviques abandonaran su determinación a realizar un trabajo revolucionario en los sindicatos, por que este trabajo era un elemento clave de su estrategia.

Después de la revolución, cuando Lenin intentaba explicar a los nuevos e inexpertos partidos de la Internacional Comunista los principios básicos de las tácticas comunistas, explicaba (en La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo) cómo los bolcheviques bajo el zarismo trabajaban en los sindicatos más reaccionarios y atrasados, incluso en los sindicatos amarillos que creaba la policía para organizar a los trabajadores (los sindicatos Zubatov). Este trabajo es absolutamente indispensable en cualquier condición. Pero en el curso la revolución adquiere una importancia ardiente.

El carácter reaccionario de la burocracia de la CGT no necesita explicación. Es una cuestión de abecé para los marxistas. Pero lo que es evidente para nosotros, no necesariamente es obvio para las masas. Los trabajadores tienen un instinto de unidad poderoso, y en una revolución este instinto no se debilita, se fortalece. En unas condiciones de crisis terrible, desocupación y caída de los niveles de vida, los trabajadores organizados se agarran más tenazmente a su sindicato.

Los burócratas utilizan y abusan de este sentido de lealtad tradicional entre los trabajadores, para mantener sus propias posiciones. Ellos reflejan las presiones de la burguesía dentro el momento obrero. Actúan como una fuerza policial dentro del movimiento sindical, intentando controlar y disciplinar a los trabajadores en interés de la “paz social”. En Argentina, esta noción, normalmente, va mezclada con la demagogia “patriótica”.

La vanguardia y la clase

Es absolutamente necesario vincular firmemente la vanguardia con las masas, y comprender que las diferentes capas sacan conclusiones desiguales a ritmos diferentes. La vanguardia, activa en las asambleas populares y organizaciones piqueteras, está la primera línea de lucha. Son las tropas de choque de la revolución. Pero los batallones pesados de la clase obrera todavía no han entrado decisivamente en la acción. Llegarán, pero mientras lo hacen es necesario evitar alejarse demasiado de las masas.

No se trata de plantear la toma del poder como una consigna inmediata. La tarea inmediata no es la conquista del poder, sino la conquista de las masas. Pero esta cuestión va inseparablemente unida a la cuestión de los sindicatos.

Como ya señalamos, la principal debilidad de las asambleas populares es que todavía no están suficientemente relacionadas con los trabajadores organizados en las fábricas. En la situación actual, la creación y extensión de los comités de fábrica es una demanda fundamental.

Esta demanda no es en absoluto abstracta, parte de las necesidades objetivas de la situación. La defensa del empleo y asegurar el pago de los salarios obligará a entrar en la lucha a cada vez más sectores de los trabajadores. Los maestros y bancarios han convocado varias huelgas nacionales, y los funcionarios de todo el país están participando en batallas por el pago de los salarios. La profundización de la crisis ya destruyó miles de empleos en todos los sectores (textil, construcción, automóvil, etc.,) y amenaza a miles de trabajadores más. En este contexto la reivindicación, defendidas por las organizaciones piqueteras y aprobadas en las asambleas populares en la que se exige la nacionalización, bajo control obrero, de toda las fábricas que se declaran en bancarrota o que despiden trabajadores, debería ser la consigna central en la batalla destinada a implicar en el movimiento a la clase trabajadora industrial.

Las direcciones de las dos CGT están cada día más desprestigiadas. Hay rumores de una posible reconciliación de los sectores de Moyano y Daer. Su colaboración con el gobierno Duhalde y sus políticas antiobreras les pasará factura, tarde o temprano. Ellos están utilizando la aguda crisis económica y el miedo que existe entre los trabajadores a la desocupación para mantener maniatados a los batallones pesados de la clase obrera de la industria y el transporte.

Es comprensible, por otro lado, el miedo que sienten millones de trabajadores a caer en la desocupación, lo que equivale a saltar directamente a la miseria. Ni mucho menos esta actitud “pasiva” que se observa entre los trabajadores significa complacencia con sus dirigentes ni con Duhalde. Ellos padecen también los efectos de la crisis capitalista. Este sector de la clase obrera necesita acumular algo más de experiencia antes de lanzarse a la lucha y presionar masivamente a sus dirigentes para que encabecen las mismas, o a sobrepasarlos desde la base.

Este cambio entre la clase va a llegar, bien como resultado de una crisis hiperinflacionaria que se coma rápidamente los salarios, bien por un reanimamiento momentáneo de la economía que estimule la lucha reivindicativa, o por algún otro hecho que sacuda bruscamente sus conciencias, pero es inevitable que suceda. También es verdad que la perspectiva de un nuevo presidente y una renovación parcial del parlamento como resultado de las elecciones hace pensar a muchos trabajadores que quizás pueda haber una posibilidad de cambio: “bueno, aguantemos unos meses más, y a ver qué pasa”.

Pero cuando las esperanzas depositadas en un cambio real en las condiciones de vida y trabajo de millones de trabajadores no se concreten con el nuevo gobierno, toda la amargura, rabia y frustración acumuladas va a salir a la superficie con gran virulencia, y toda la situación sufrirá una transformación, situando a los sectores decisivos de la clase obrera a la cabeza de las demandas populares. El proceso revolucionario argentino se situará en una etapa superior. Es importante que los activistas obreros y de la izquierda tengan esta perspectiva en mente para no caer en el pesimismo o en la impaciencia.

La CTA

La CTA está jugando un protagonismo cada vez mayor dentro del movimiento obrero argentino. Si bien es verdad que los batallones pesados de la clase obrera del país, los obreros de la industria y el transporte, están encuadrados dentro de las CGT, a la CTA se han incorporado algunos sindicatos importantes de la CGT en el último año, entre ellos algunas seccionales de la UOM y otros.

Conviene recordar aquí que durante los primeros cinco meses del gobierno Duhalde, la actitud de la dirección de la CTA fue de estrecha colaboración con el mismo. Pero el deterioro de la situación social, los acontecimientos acaecidos en los últimos meses, en concreto los relacionados con la represión policial (Avellaneda, etc) y, particularmente, la creciente presión de sus bases llevó a la dirección de la CTA, primero, a una semioposición al gobierno Duhalde y, actualmente, a una oposición frontal al mismo.

En los últimos meses la CTA convocó huelgas y marchas contra el gobierno Duhalde. También se enfrentó a un proceso creciente de contestación interna a su dirección, en el que se ha destacado la organización juvenil del sindicato.

En el borrador de documento elaborado por la Mesa Nacional de la CTA de cara a su congreso de Diciembre se plantean toda una serie de ideas que suenan muy radicales, como son la crítica a las políticas amparadas por el FMI, al neoliberalismo, a las privatizaciones, etc. Esto es muy positivo. Sin embargo, la actual dirección de la CTA no se cuestiona el llamado sistema de “libre mercado”, el sistema capitalista. Pero ellos deben explicar a la base de la militancia qué es lo que los trabajadores hemos ganado bajo el sistema capitalista en la Argentina y qué futuro nos ofrece.

El apoyo que prestan al ARI y otras formaciones pequeñoburguesas destacados dirigentes del sindicato no hace sino desorientar a los trabajadores que buscan en la CTA una expresión más combativa en el frente sindical. La dirección de la CTA se negó reiteradamente a convocar a sus afiliados a las diferentes marchas convocadas por la izquierda en los últimos tiempos por miedo al contacto de su base con los sectores más combativos de los trabajadores, jóvenes y piqueteros. Pero esta política está alcanzando sus límites conforme la base de la CTA comienza a presionar a sus dirigentes desde abajo para que abandonen esta política, que es lo que está comenzando a suceder. En particular la juventud de la CTA llamó a que De Gennaro, Secretario General de la CTA, rompa sus vínculos con Carrió. Esto es totalmente correcto.

La nueva situación abre un fértil campo de trabajo a los activistas obreros de la izquierda dentro de esta organización, que hay que aprovechar. Al igual que en relación a la CGT la tarea de los socialistas revolucionarios es ganar para las ideas del socialismo a la mayoría decisiva de la militancia del sindicato, y en ese sentido corregir cualquier tendencia ultraizquierdista hacia la CTA que pueda provocar el aislamiento de la vanguardia en una situación crítica.

¿Crear nuevos sindicatos?

Como marxistas nos oponemos a la política escisionista dentro de los sindicatos, tanto en la CGT como en la CTA. Normalmente la idea de escindir los sindicatos es planteada por aquellos compañeros que se dejan llevar por la impaciencia o por las provocaciones de la burocracia sindical. Los trabajadores debemos fortalecer nuestra organizaciones de clase, en primer lugar los sindicatos. La unidad de los trabajadores en organizaciones comunes es lo que nos hace fuertes. Separados y dispersos los trabajadores se convierten en simple carne de explotación, como explicaba Marx.

Cualquier intento de separar a los obreros más avanzados de aquellos más atrasados constituye un gravísimo error. La idea de formar sindicatos “puros”, sin burocracia, etc., no resuelve la tarea de ganar a la mayoría de los trabajadores para la revolución socialista, la evita. En las condiciones actuales una escisión de la CGT o la CTA por parte de los elementos más avanzados no sería seguida por la mayoría de la militancia de los sindicatos. La clase así no se encontraría más unida, al contrario. Pero las direcciones burocráticas verán ese hecho con gran regocijo, al desembarazarse de los elementos más conscientes y luchadores dentro del sindicato. Con lo que así se consigue lo contrario de lo que se perseguía. La burocracia sindical lejos de debilitarse se fortalece todavía más, al quedarse el sindicato sin una oposición organizada que haga frente a la vieja dirección. La burocracia mantendría aún más férreamente su control sobre el conjunto de la militancia.

Hay compañeros que justifican sus posturas escisionistas diciendo que no se puede hacer nada dentro del sindicato frente a la “todopoderosa” burocracia. Es verdad que la burocracia puede recurrir durante un tiempo a expulsiones, persecuciones, despidos, etc contra los militantes más combativos para frenar la oposición a su política de pactos y consensos con la patronal y el gobierno.

En el fondo, la fortaleza aparente de la burocracia sindical no proviene sólo de la utilización desvergonzada del aparato para disciplinar a la base, eliminando los mecanismo de democracia interna del sindicato. Esto es así en parte y puede obstaculizar temporalmente la actividad de los elementos más avanzados en su lucha contra las direcciones burocráticas. Pero, lo que es innegable es que la fortaleza de la burocracia también proviene en gran medida de que la mayoría de los trabajadores del sindicato todavía no perdieron completamente sus ilusiones en los dirigentes, y éstos mantienen en mayor o menor grado cierta autoridad que la propia experiencia va a ir disipando conforme la paciencia y las ilusiones de los trabajadores en los mismos se vayan agotando y aquéllos se muestren totalmente incapaces de ofrecer una alternativa a los trabajadores.

Al final, las condiciones objetivas empujarán inevitablemente a los trabajadores a la lucha. En esas condiciones, los viejos dirigentes no tendrán sino una sola alternativa: o se ponen a la cabeza de las luchas para no perder totalmente el control o se verán superados por las bases, creando las condiciones para el surgimiento de una nueva dirección más combativa que gane la confianza de las mismas. No entender esto significa no comprender cómo funciona la psicología de los trabajadores. El que los elementos más avanzados, opuestos a las políticas de la burocracia sindical permanezcan dentro del sindicato resulta vital de cara al próximo futuro porque, en una nueva situación pueden emerger dentro del sindicato con la fuerza suficiente como para que el resto de los trabajadores los apoyen como una alternativa a la burocracia sindical.

La propia experiencia del movimiento obrero de nuestro país nos muestra también el desarrollo de los procesos futuros. A finales de los 60 y en los 70 la CGT fue sacudida por los acontecimientos revolucionarios de aquellos años. Surgieron tendencias clasistas y combativas dentro de la CGT que, en algunos momentos llegaron a agrupar a centenares de miles de trabajadores. Así vimos el surgimiento de la CGT de los Argentinos, un agrupamiento clasista combativo dirigido por Raimundo Ongaro, Secretario General del sindicato Gráfico, que fue capaz de ganar la dirección de la CGT al grupo de Vandor, que se caracterizó por su colaboración con la dictadura de Onganía. Obreros revolucionarios, como Agustín Tosco, Secretario General del sindicato Luz y Fuerza de Córdoba, o René Salamanca del SMATA de Córdoba, fueron líderes sindicales que surgieron de la base de la CGT en aquellos años, y se convirtieron en dirigentes de masas. Fuimos testigos también del surgimiento de las Coordinadoras obreras en multitud de fábricas del país que dirigieron ocupaciones de fábricas y huelgas muy combativas, y todas ellas surgieron también en la base de sindicatos de fábrica y seccionales de la CGT, al margen de la burocracia oficial. Lamentablemente este proceso de recomposición sindical no pudo completarse porque, ante la ausencia de un partido obrero revolucionario con influencia entre las masas, se vino el golpe militar cortando este proceso.

El movimiento piquetero

Uno de los hechos más significativos del movimiento obrero argentino fue el surgimiento y desarrollo del movimiento piquetero, que agrupa a trabajadores despedidos de sus empresas y a jóvenes desocupados mediante asambleas y movilizaciones masivas al margen del control del aparato sindical peronista y con una orientación y propuestas que recuperan métodos y tradiciones revolucionarias de la clase obrera.

El movimiento de los trabajadores desocupados agrupados en las organizaciones piqueteras, ha demostrado una capacidad de lucha, heroísmo y sacrificio que los situó a la vanguardia del proceso revolucionario, en la medida que la burocracia sindical todavía puede contener y paralizar temporalmente a la mayor parte de los obreros de la industria y el transporte. Los piqueteros, con su ejemplo y determinación, están señalando las tareas al conjunto de la clase obrera y los sectores más combativos de la juventud.

La vanguardia piquetera (surgida en muchos casos en zonas con tradición de lucha en torno a trabajadores de grandes empresas industriales desmanteladas) logró agrupar a decenas de miles de desocupados a través de piquetes masivos y cortes de ruta que bloqueaban el sistema productivo y la actividad de industrias, mercados, puertos, etc., exigiendo trabajo genuino, planes de empleo, comida y otras medidas sociales. La organización de estas luchas ha estado controlada por asambleas masivas que han llegado a obligar a los representantes de la administración central o administraciones provinciales y municipales a negociar bajo la supervisión de la asamblea para evitar corruptelas, intentos de dividir al movimiento y demás. Las luchas y huelgas generales de los últimos años sirvieron para mantener y reforzar la unidad en la lucha entre los piqueteros y otros sectores de la clase obrera y los sectores más combativos dentro de los sindicatos.

El movimiento piquetero surgió a mediados de los 90, e incluso antes con estallidos sociales como el Santiagueñazo (1993). A partir de 1996-97 estos estallidos, que hasta entonces tendían a permanecer aislados y adquirir el carácter de explosiones espontáneas de rabia, toman una mayor extensión, organización y conciencia de su fuerza y objetivos. Paralelamente asistimos a una sucesión de puebladas, en las que vecinos de todo un pueblo o barrio se echaban a la calle y cortan las rutas, paralizando la actividad económica —como si se tratara de una huelga— en exigencia de empleo, comida y otras demandas sociales. Así es cómo aconteció el Cutralcazo y otras explosiones parecidas en distintas provincias.

Un punto de inflexión tuvo lugar con el movimiento insurreccional en junio del 2001 en General Mosconi. A diferencia de otros estallidos anteriores en que las masas tras movilizarse “dejaban” que fuesen comisiones formadas por los distintos partidos o los representantes municipales quienes negociasen la creación de empleos o el envío de comida y medicinas, en esta ocasión el movimiento expulsó a la policía y a las autoridades oficiales de la ciudad y creó formas de poder popular controladas por asambleas. General Mosconi no hay Estado” reconocía el entonces ministro frepasista Cafiero.

La lucha piquetera dio pasos adelantes en su organización, coordinación y estructuración nacional con la celebración de las asambleas nacionales piqueteras en los meses previos a la caída del gobierno de De la Rúa, donde se aprobaban planes de lucha unificados en todo el país.

Lamentablemente, fue a partir de aquí, que un sector importante del movimiento se separó para iniciar una política de pactos y componendas con el gobierno Duhalde, que continúa hasta hoy. Así, a diferencia del Bloque Nacional Piquetero y el Movimiento de Trabajadores Desocupados “Aníbal Verón” y otros agrupamientos piqueteros combativos y anticapitalistas, que pelean para impulsar el proceso revolucionario en marcha, dos de los grupos piqueteros más importantes, como la Corriente Clasista Combativa (CCC) o la FTV-CTA, que habían ganado una autoridad y respeto entre las masas agrupando a sectores combativos de los trabajadores desocupados, optaron por practicar una política de conciliación con el gobierno Duhalde, entrando a formar parte de los Consejos Consultivos con la administración y negándose al mismo tiempo a convocar y participar en la Asamblea Nacional de Trabajadores de Febrero pasado convocada por el resto de organizaciones piqueteras y en los planes de lucha impulsados por el resto de organizaciones piqueteras.

Esta política está llevando a crisis y escisiones en el seno de estas organizaciones, en la medida que un sector de sus bases se niega a seguir siendo utilizada por los dirigentes para sus componendas y acuerdos. Esta situación dio un salto cualitativo con la brutal represión policial en el corte del Puente Pueyrredón en Avellaneda el pasado 26 de junio, acción que fue boicoteada por la CCC y la FTV-CTA. El asesinato de los dos compañeros de la CTD “Aníbal Verón” a manos de la policía y las declaraciones del dirigente de la FTV-CTA, D’Elía, que casi llegó a justificar la represión y la criminalización del movimiento piquetero combativo provocaron una repulsión generalizada, aislándolos del ambiente general, que se expresó masivamente en marchas multitudinarias los días 27 de junio, y 3 y 9 de julio por todo el país.

Fruto de su política oportunista y equivocada, la CCC fue perdiendo algunos de sus efectivos que se han incorporado a los grupos piqueteros más combativos. En la FTV-CTA por su parte, se produjo la escisión del grupo Barrios de Pie, que sigue dentro de la CTA, y una contestación interna muy fuerte contra D’Elía entre la juventud de la CTA que llegó a pedir su expulsión del sindicato.

A pesar de la energía desplegada y su combatividad, debemos ser conscientes de que, aisladamente, los objetivos del movimiento piquetero resultan imposibles de alcanzar. Por ello, el movimiento piquetero debería utilizar su fuerza y organización para hacer mil y un intentos de ligarse a los trabajadores ocupados para acelerar el proceso de toma de conciencia de los mismos en la perspectiva de incorporarlos decisivamente a la lucha. Además de los cortes de rutas, deberían ir directamente a las fábricas a repartir volantes, hacer asambleas conjuntas con los obreros ocupados, hacer votar resoluciones y participar conjuntamente con ellos en toda huelga o protesta que organicen; deberían, allí donde fuera posible, establecer organismos de coordinación y organización de la lucha, como coordinadoras o comités donde participen sindicatos, comisiones internas y cuerpos de delgados de empresas, representantes de los trabajadores de las fábricas ocupadas y asambleas populares, como se está haciendo en Neuquén y otros sitios.

 

VII. ‘REVOLUCIÓN NACIONAL’ O REVOLUCIÓN SOCIALISTA. ‘SOCIALISMO NACIONAL’ O FEDERACIÓN SOCIALISTA DE AMÉRICA LATINA

Casi doscientos años después de la emancipación de las colonias americanas del yugo del imperio español, Latinoamérica sigue sometida a los dictados del imperialismo internacional. La dominación colonial directa fue sustituida por la dependencia que el conjunto de América Latina sufre a través del mecanismo del mercado mundial, por la dominación económica, primero a manos del imperialismo británico y posteriormente del imperialismo estadounidense.

La agobiante deuda externa que atenaza al conjunto de las economías latinoamericanas es una úlcera sangrante por la que escapan recursos colosales creados con la sangre, el sudor y las lágrimas de millones de trabajadores y campesinos pobres. Son decenas de miles de millones de dólares los que fluyen anualmente hacia las cuentas privadas de los grandes bancos y multinacionales americanas y europeas.

Cada vez que los trabajadores y campesinos pobres de cualquier país latinoamericano intentaron sacudirse el yugo de la explotación y la opresión (en Argentina, Chile, Nicaragua, Guatemala, Bolivia, Brasil, Uruguay, Paraguay, etc) el imperialismo internacional, en estrecha alianza con las clases dominantes locales, instigó sangrientas represiones y dictaduras militares contra la población trabajadora.

No sorprende, por tanto, que el sentimiento antiimperialista esté tan arraigado en la clase obrera y la juventud latinoamericana. Es éste un hecho que contiene un innegable contenido revolucionario. Y este es el caso también en la Argentina.

En este sentido, no cabe hablar de una auténtica lucha por la emancipación de los pueblos y países oprimidos en Latinoamérica, al igual que en África y en Asia, sin una lucha consecuente e implacable por sacudirse la dominación imperialista.

Dentro de la izquierda y el campo popular existen diferentes formas de encarar la lucha antiimperialista. Entre éstos, hay trabajadores y jóvenes honestos y revolucionarios que buscan una salida “nacional” a la lucha antiimperialista y oponen a la idea de la revolución socialista una especie de revolución “nacional”, o frente a la idea de una Federación Socialista latinoamericana oponen un socialismo “nacional” y específico para la Argentina.

Entre estos compañeros existe la creencia de que, junto a los trabajadores y capas pobres de la ciudad y el campo, existe un sector nacionalista progresista de la burguesía mediana y pequeña (burguesía nacional) supuestamente interesada en escapar de la dominación que el imperialismo ejerce en el país. De lo que se trata para estos compañeros es el de formar una especie de Frente Antiimperialista que englobe a todos estos grupos y clases. En esencia, esto es una reedición de la teoría estalinista de las dos etapas: “primero luchar por la independencia nacional del imperialismo, y después luchar por el socialismo”, que ha demostrado su fracaso en innumerables ocasiones, incluida la Argentina.

Esta postura es el resultado de los análisis que caracterizan a Argentina como un país semicolonial. Normalmente se intenta diferenciar dos sectores dentro de la clase dominante argentina supuestamente enfrentados y con intereses opuestos. Por un lado, la vieja oligarquía agraria y financiera vinculada al imperialismo y por otro lado la burguesía “nacional” industrial supuestamente enfrentada a ellos. Estos análisis ya llevaron a algunos sectores a caracterizar al efímero gobierno burgués liderado por Saá como nacional-popular y mostrar su disposición a darle un margen de confianza y pactar con él.

En realidad, si nos basamos en una análisis científico de la sociedad argentina, no es verdad que ambos sectores de la burguesía formen dos clases diferentes. Son una y misma clase burguesa, capitalista. No hay ninguna diferencia de fondo entre los banqueros nacionales y extranjeros del grupo FIEL (partidarios de la más estricta ortodoxia neoliberal y de la dolarización) y el llamado “Grupo Productivo” o la Unión de Industriales Argentinos —UIA—. En este periodo, los capitales financiero, agropecuario e industrial están cada vez más fusionados entre sí y vinculados más estrechamente sus intereses a los del imperialismo. La inmensa mayoría de las grandes y medianas empresas argentinas pertenecen, dependen o están participadas por el capital bancario o por las multinacionales; a su vez los “industriales” se han beneficiado de la convertibilidad vendiendo sus empresas o participaciones de ellas, y dedicando parte de sus capitales a especular con la deuda o llevándoselos al exterior. Las divisiones dentro de esta oligarquía sólo reflejan diferentes opciones tácticas sobre el mejor modo de seguir dominando e! país y mantener sus beneficios en cada momento sobre la base de la ruina, la miseria y la explotación de los trabajadores, los desocupados y las capas medias. Cualquier ilusión en sectores de la burguesía o en los demócratas pequeñoburgueses, cualquier intento de negociar o pactar con ellos en lugar de impulsar la organización y movilización independiente de las masas trabajadoras, representa en la situación actual una amenaza mortal para las masas argentinas.

El capital bancario actualmente unifica a todos los sectores de la economía capitalista. Hay grandes estancieros que tienen acciones de empresas industriales y hay industriales que poseen extensas haciendas. Esto no quita que a la hora de hacer negocios, diferentes sectores de la clase dominante puedan enfrentarse por asuntos concretos pero que, en realidad, resulta ser una pelea para ver quien se lleva las plusvalías extraídas a los trabajadores, es decir el valor del trabajo no pagado al obrero. Pero ambos sectores de la burguesía demostraron muchas veces en este país que no tienen ningún problema para unirse cuando se trata de enfrentar al movimiento obrero, apoyando todas las medidas antiobreras de los gobiernos de turno si eso supone aumentar sus márgenes de beneficio. Estos mismos explotadores tampoco tuvieron ningún problema en financiar y apoyar todos los golpes militares habidos en nuestro país en los últimos 50 años y que han sido dirigidos, sin excepción, contra la clase obrera.

No hay solución bajo el capitalismo

En política, si dices “A”, debes decir “B”, “C” y “D”. Si no es así, se pueden cometer errores muy serios. El mayor crimen de los estalinistas en Asia, África y América Latina fue llevar al movimiento a conclusiones erróneas a través de la teoría equivocada de “la revolución por etapas”. De acuerdo con esta teoría (en realidad un refrito de las viejas y desacreditadas ideas mencheviques que Lenin siempre combatió), el carácter de la revolución en los países coloniales y subdesarrollados era democrático-burguesa, y por lo tanto el proletariado no debía intentar tomar el poder, sino subordinarse a la dirección de la “burguesía nacional”.

Frente a esta orientación política que se apoya en la colaboración de clases y que tantos desastres provocó a la revolución en Asia, África y América Latina, los socialistas revolucionarios nos basamos en las enseñanzas de la Revolución de Octubre y en la teoría de la “revolución permanente”, formulada por León Trotsky. Aunque no es este el sitio para desarrollar a fondo esta cuestión, baste con decir que en las condiciones modernas la burguesía no es capaz de jugar un papel progresista en ninguna parte. Si se examina la situación de todos aquellos países que consiguieron la independencia formal a partir de 1945, inmediatamente se hace evidente que en ninguno de ellos se solucionaron las tareas de la revolución democrático-burguesa, las más importantes de las cuales son: la independencia del imperialismo, la unificación nacional, la reforma agraria, y conseguir un elevado desarrollo industrial, social y cultural. Y si esto es verdad para los países semicoloniales y semifeudales, aún es más verdad para la Argentina que no pertenece propiamente a esta categoría de países y consiguió su independencia formal hace casi doscientos años.

Tomemos el ejemplo de India. Igual que Argentina, India es un país con un enorme potencial económico. Hace poco más de medio siglo que consiguió la independencia formal, ¿qué ha conseguido la burguesía india? No solucionó la cuestión agraria. Tampoco la cuestión nacional. No eliminó el monstruoso sistema de castas. No modernizó el país. Y lo más importante de todo, cincuenta y cinco años después del final del dominio imperialista directo, India es más dependiente del imperialismo que en cualquier otro momento de su historia. Lo mismo se puede aplicar al resto de países ex coloniales.

La conclusión es evidente: los problemas de la sociedad sólo se pueden solucionar cuando la clase obrera tome el poder en sus manos, cuando ponga fin al dominio de la burguesía y el imperialismo, nacionalizando la tierra, los bancos y las grandes empresas e implementando un plan socialista de producción. En cuanto a las tareas democrático-burguesas, se realizarán al tiempo que el proletariado en el poder acomete la transformación socialista de la sociedad. Pero la tarea central (como en 1917) es el establecimiento del poder obrero.

La experiencia del chavismo en Venezuela

Para los sectores nacionalistas “de izquierda” argentinos, el movimiento bolivariano de Chávez en Venezuela parece ser el modelo a seguir. En Venezuela, como en Argentina, se vive una situación revolucionaria, aunque allá los procesos están más desarrollados que en nuestro país. En parte, ello es debido a que, a diferencia de acá, en Venezuela sí existe una dirección del movimiento en la que confían millones de trabajadores, campesinos pobres y desocupados, liderada por Hugo Chávez.

La idea de Chávez es realizar la revolución “nacional” bolivariana para emancipar el país del control del imperialismo y para utilizar los recursos productivos de la nación en beneficio de la mayoría de la sociedad. Sin embargo, si analizamos la estructura de clases entre los dos campos contendientes observamos que en el campo de Chávez se agrupan todos los sectores oprimidos de la sociedad como señalamos antes, pero en el campo de la contrarrevolución se sitúan sin excepción todos los sectores de la burguesía nacional, e incluso, un sector significativo de la pequeña burguesía venezolana, que conspiran activamente contra el gobierno Chávez en estrecha colaboración con el imperialismo americano.

¿Dónde están, pues, los supuestos sectores “progresistas” de la burguesía nacional dentro del campo chavista? No existen. Todos los sectores de la burguesía nacional venezolana están encuadrados tras las banderas del imperialismo norteamericano. La única manera de conjurar el peligro de la contrarrevolución en Venezuela sería expropiando y nacionalizando las propiedades de los contrarrevolucionarios, incluyendo las multinacionales extranjeras, para evitar que utilicen los recursos productivos del país para sabotear la economía nacional y para financiar sus planes golpistas, como están haciendo. Pero hacer esto significaría despojar al conjunto de la burguesía venezolana y a las empresas extranjeras de sus propiedades, bancos, fábricas y tierras. Efectivamente, sería necesario llevar a la práctica medidas socialistas de expropiación. Pero implementar estas medidas supondría dar el golpe de gracia al capitalismo, y utilizar la riqueza de la sociedad para planificar democráticamente la economía en base a las necesidades de la mayoría. Con lo cual la lucha consecuente contra el imperialismo y contra la oligarquía nacional sólo puede conducir a la lucha por el socialismo. No ver esto es de una miopía extrema.

Lamentablemente, Chávez tiene miedo por ahora de llevar la revolución hasta las últimas consecuencias, negándose a tomar medidas contra la contrarrevolución, lo que resulta peligrosísimo porque da un respiro a ésta que volverá sin dudar a la carga con sus planes golpistas en un futuro inmediato. Ello no quita que ante un nuevo auge revolucionario de las masas Chávez pueda verse obligado a ir más allá de lo que desea en estos momentos, incluso consumando la expropiación de los capitalistas. Pero, a corto plazo, sus intenciones no parecen ir por este camino.

La actitud de Chávez no se explica solamente por la doctrina que le guía en su actividad práctica. Es verdad que Chávez no es un marxista ni un socialista. Chávez y su círculo se mueven dentro del campo ideológico de la pequeña burguesía buscando infructuosamente conciliar intereses de clases opuestos, el de los trabajadores y el de la burguesía. Pero esto es imposible como ya explicamos. Entre otras razones si Chávez no da el paso de nacionalizar la economía, como están exigiendo insistentemente miles de activistas obreros venezolanos, es por su miedo a que la revolución quede aislada en Venezuela, sometida al acoso del imperialismo internacional. Para los dirigentes chavistas esta perspectiva es como asomarse a un abismo. Por esta razón dudan, vacilan, intentan alcanzar acuerdos imposibles con la burguesía y el imperialismo.

El fijar como objetivo la revolución “nacional” es un callejón sin salida, es una trampa mortal, independientemente de los buenos deseos de los que la apoyan. La única lucha antiimperialista consecuente es la lucha por el socialismo, como antes dijimos. Pero la revolución socialista no puede quedar encerrada en las fronteras nacionales de ningún país latinoamericano. Es cuestión de vida o muerte que se extienda, no sólo para resistir con más garantías al imperialismo, sino para que nuestros hermanos de clase latinoamericanos salgan también de su situación de explotación y miseria y alcancen su verdadera emancipación, a la vez que juntamos las riquezas de todos los pueblos latinoamericanos para el común desarrollo de nuestro destino. No cabe duda, además, que la revolución socialista latinoamericana daría un impulso formidable a la revolución socialista mundial, no solamente en Asia y África, sino también en Europa y los EEUU.

Esta es, en esencia, la teoría de la Revolución Permanente de León Trotsky, que una vez más se ve confirmada en los hechos. Una revolución que comienza en un país atrasado con objetivos democráticos y antiimperialistas se transforma en revolución socialista, y luego se extiende por los países de su entorno hasta desembocar en la revolución internacional. De esta manera la revolución adquiere un carácter ininterrumpido, permanente.

Nacionalismo burgués o internacionalismo proletario

Hace doscientos años, Simón Bolívar planteó la cuestión de la unidad de América Latina. Pero la burguesía latinoamericana demostró ser completamente impotente, podrida y reaccionaria. En lugar de luchar por la verdadera soberanía, su papel es el de chico de los recados del imperialismo. A pesar de toda la retórica “patriótica” e ilusiones de grandeza, la burguesía argentina no es una excepción. Se puso la gorra en la mano para pedir limosna a Washington y le han dado con la puerta en las narices. Al imperialismo le interesa mantener a los países de América Latina débiles y divididos, y las burguesías nacionales lo ayudan. Solamente el proletariado puede triunfar allí donde la burguesía fracasó. Pero para hacer esto, el viejo ondear “patriótico” de banderas que durante tanto tiempo confundió y desorientó a los trabajadores debe dejar paso a una comprensión de clase y a una perspectiva revolucionaria internacionalista.

¿Qué significa esto? El trabajador argentino está orgulloso de su país y apenado al verlo reducido a la actual situación de pobreza humillante. Por instinto siente que se podría recuperar el colosal potencial productivo de la Argentina, si el país no estuviese dirigido por esa pandilla de parásitos y explotadores. Este “patriotismo” de la clase obrera argentina tiene un contenido de clase revolucionario y progresista, sobre él nos debemos basar. Pero es necesario decir a la clase obrera la verdad. La única forma de resolver sus problemas es con la expropiación de la propiedad de los banqueros y capitalistas argentinos, y después unirse con el resto de los trabajadores y campesinos de América Latina en una federación socialista.

Combinando los colosales recursos del continente sería posible no sólo eliminar las causas de la desocupación y la pobreza, también sería posible encaminarse rápidamente en dirección al socialismo y a una vasta revolución cultural y social. En estas circunstancias, el imperialismo estadounidense se quedaría paralizado e incapaz de intervenir. Al contrario, los imperialistas estadounidenses se enfrentarían a una revolución en los propios EEUU.

 

VIII. LAS OCUPACIONES DE FÁBRICAS: ESTATIZACIÓN BAJO CONTROL OBRERO O FORMACIÓN DE COOPERATIVAS

La profundidad de la crisis capitalista en la Argentina está teniendo como consecuencia la devastación de una parte muy importante del tejido productivo, particularmente en el sector industrial. La crisis del capitalismo argentino nos ofrece su cara más degenerada. Mientras que millones de argentinos subsisten con innumerables necesidades básicas sin cubrir, o cubiertas muy deficientemente: alimentos, viviendas, electrodomésticos, ropas, calzado, etc, en definitiva todo lo que resulta imprescindible para disfrutar de una vida digna y civilizada, las fábricas e instalaciones industriales que se necesitan para fabricar todas estas cosas, han sido reducidas a la mitad, el resto han sido cerradas, abandonadas por sus dueños o trasladadas a otros países.

Los cierres de fábrica no sólo dejan un legado de pobreza en recursos materiales, en bienes de consumo y en utilidades para el conjunto de la sociedad sino que vienen acompañados con el despido de centenares de miles de trabajadores que quedan sin otro sustento para alimentar a sus familias, agravando la penuria y la miseria que se extiende por toda la sociedad.

Los cierres de fábricas y la desocupación que llevan aparejadas supone negar el futuro a millones de familias trabajadoras que se ven arrojadas al lodo social, a una vida de humillación, de degradación y sin esperanzas. Por esta razón los cierres de fábrica y la desocupación constituye no sólo una tragedia y una condena de este sistema, constituye también un crimen contra la clase obrera y contra la humanidad.

Nuevamente vemos cómo la propiedad privada de los capitalistas entra en contradicción con las necesidades de la mayoría de la sociedad.

Posteriormente al estallido popular de diciembre, e incluso meses antes, presenciamos la aparición de un fenómeno enormemente inspirador para todos los trabajadores, como es la ocupación por parte de los trabajadores de un gran número de fábricas abandonadas o cerradas por sus patronos.

Los ejemplos más emblemáticos hasta la fecha fueron las ocupaciones de fábrica llevadas a cabo por los obreros de la cerámica Zanón, en Neuquen, y por las obreras de la textil Brukman, en Buenos Aires. El hecho más significativo es que estos trabajadores no sólo no se conformaron con mantener ocupadas las fábrica sino que las están haciendo producir bajo el control de los propios trabajadores. Después de esto tuvieron lugar nuevas ocupaciones como las protagonizadas por los trabajadores de la Clínica Junín, en Córdoba, la Panificadora El Aguante (antes Panificadora Cinco) en Capital, la metalúrgica La Baskonia en La Matanza, Grissinópolis, Gráficas Chilavert, y otras.

Estos trabajadores están dando un ejemplo al conjunto de la clase trabajadora de cómo no aceptar con resignación el destino a que nos condena la clase capitalista.

Pero estas ocupaciones tienen un alcance mayor. La ocupación de fábricas es uno de los puntos más avanzados a que puede llegar la lucha de los trabajadores, y demuestra un elevado nivel de conciencia de clase. Toda ocupación de un centro de trabajo, pone de manifiesto “Quién manda aquí”, pone en cuestión, en definitiva, la propiedad de los capitalistas y hace sacar a los trabajadores una conclusión revolucionaria; “nosotros somos los que producimos, y la fábrica es de los trabajadores que la hacen producir”.

Esto tiene una importancia de primer orden, porque, de una manera práctica, los trabajadores a través de su experiencia llegan a la conclusión de la propiedad colectiva de los medios de producción, es decir los trabajadores llegan a la idea de la propiedad socialista de los medios e instrumentos de trabajo, y del producto de ese trabajo, que son las mercancías producidas por los propios trabajadores.

Es normal, por tanto, que los capitalistas y su corte de empleados a sueldo: los políticos burgueses, los jueces y sus plumíferos en la prensa burguesa estén poniendo el grito en el cielo bramando contra el ejemplo que humildes trabajadores están dando al conjunto de su clase.

Hay que decir también que el fenómeno de las ocupaciones de fábrica está en lo mejor de la tradición de la clase obrera argentina, y los trabajadores que están protagonizando las mismas no hacen sino reanudar el hilo de la historia y de las tradiciones de la clase trabajadora de nuestro país.

Los sindicatos tendrían que hacer suyo lo que, hasta ahora, resultó ser la iniciativa y el coraje revolucionario de unos pocos cientos de trabajadores. Hay que llevar a la práctica el acuerdo tomado en multitud de asambleas piqueteras y populares: “nacionalización sin indemnización y bajo control de los trabajadores de toda empresa que cierre o despida trabajadores”. Es esta consigna la que necesita llevarse a la práctica para conjurar la desocupación y la miseria a que se ven abocadas decenas de miles de familias obreras.

Estatización bajo control obrero o formación de cooperativas

Al calor de estas ocupaciones surgió el debate entre los trabajadores que llevaron a la práctica las mismas y entre el conjunto de los activistas del movimiento obrero sobre qué hacer con las fábricas ocupadas, si exigir su estatatización, manteniendo los trabajadores su control sobre las mismas, o transformarlas en cooperativas gestionadas por sus trabajadores.

La diferencia entre una fábrica estatizada bajo control obrero y una cooperativa es mayor de lo que puede parecer a primera vista y tiene implicaciones políticas muy grandes, inclusive para el destino del proceso revolucionario abierto en la Argentina.

Desde El Militante defendemos la idea de que, incluso bajo el capitalismo, es más correcto exigir la estatización de las fábricas ocupadas manteniéndolas bajo el control de los obreros que su transformación en cooperativas gestionadas por los trabajadores. Consideramos que de esa manera se preparan mejor las condiciones para una transición hacia la economía socialista.

Bajo las condiciones modernas de producción en el capitalismo ningún sector de la producción, ninguna fábrica aislada puede escapar a la división del trabajo que hay establecida. No existe una sola empresa, ni siquiera una sola multinacional en todo el planeta que pueda controlar de principio a fin todos y cada uno de los elementos que intervienen en el proceso de producción de sus mercancías. En otras palabras, ninguna puede ser autosuficiente por sí misma. Ladrillos, cemento, metales, nafta, plásticos, tejidos, cables eléctricos, transporte, venta, etc, es tal la variedad de productos y elementos diferentes que entran en juego en la producción y venta de mercancías que, en mayor o menor grado, cada empresa individual depende de la producción y de la organización del conjunto de la economía capitalista para poder producir y vender sus propias mercancías. Así, por ejemplo, la subida de los precios o la escasez de suministro de la nafta tiene un impacto inmediato en la producción de multitud de empresas; o la escasez de tal materia prima, etc.

Las contradicciones del cooperativismo

Por la propia naturaleza de las empresas capitalistas, en situaciones de crisis aguda, suelen ser las pequeñas y medianas empresas la más afectadas por los cierres patronales. No es una casualidad que, salvo el caso de Zanón, el resto de las fábricas ocupadas pertenezcan a este tipo de empresas. Son las que están más expuestas a estas situaciones. Aunque se transformaran en cooperativas, no dejarían de ser pequeñas empresas sometidas, más agudamente que las grandes empresas, a los vaivenes del mercado capitalista, particularmente en una situación como la actual.

La primera dificultad a la que se enfrentarían los trabajadores de cooperativas sería al boicot que ejercerían contra ellos el resto de la clase capitalista. Los capitalistas considerarían un ataque a sus intereses de clase el que una fábrica sea arrebatada a su propietario por parte de los trabajadores. Tratarían de responder unificadamente, utilizando sus resortes económicos, políticos y judiciales para socavar la viabilidad de la cooperativa. Por ejemplo, los compañeros de Zanón comentaban que la empresa que les vendía unos envases especiales de cartón para empaquetar los productos cerámicos decidió dejar de suministrárselos, tras una petición de los antiguos dueños de la fábrica.

Para resistir las presiones del entorno y del propio mercado en un contexto de crisis, los trabajadores de cooperativas tendrían que recurrir a la autoexplotación para mantener sus productos competitivos en el mercado: con largas jornadas de trabajo, salarios limitados, etc. Es verdad que no habría un patrón individual, pero resultaría inevitable el surgimiento de cierta mentalidad de pequeño propietario entre los trabajadores de la cooperativa, diluyéndose su conciencia de clase. La formación de una cooperativa tendería además a separar a estos trabajadores del resto de la clase, pues la presión cotidiana del trabajo los empujaría más y más a intentar mantener a flote la cooperativa, a espaldas de lo que aconteciera al resto de la clase obrera de su localidad y del país.

El hecho de que hubiera dos o más cooperativas del mismo rubro en su barrio, localidad o provincia llevaría inevitablemente aparejada una competencia entre ellas para ver quien puede sobrevivir por más tiempo, con el riesgo evidente de que los trabajadores de éstas no se vean como hermanos de clase, sino como competidores que hay que desalojar del mercado cueste lo que cueste.

Los trabajadores que ocuparon sus fábricas tuvieron que pelear muy duramente durante meses con huelgas, cortes de ruta y organizando marchas para conseguir sus objetivos. En muchos casos resultó vital la solidaridad de clase que despertaron entre trabajadores de otras empresas o entre los desocupados de su localidad. Pero una vez que intenten poner en marcha sus cooperativas, en las condiciones que antes describimos, pueden ver, a su pesar, como un gran incordio y una molestia el participar cotidianamente en huelgas, marchas y cortes de ruta en solidaridad con compañeros que se encontrarán en su misma situación anterior, porque ello supondrá paralizar durante dos horas o un día entero la producción en su cooperativa.

Si el fenómeno de las cooperativas se generalizase la clase obrera se atomizaría y se dispersaría. El objetivo de la lucha por la transformación socialista de la sociedad se diluiría, porque se perdería la perspectiva y la necesidad de la toma del poder por los trabajadores. La mentalidad que se instalaría, en cambio, sería la de “sálvese quien pueda”, para al cabo de un tiempo volver a la situación inicial porque, salvo excepciones, la gran mayoría de experiencias cooperativas fracasaría con cada nuevo empuje de la crisis capitalista.

En el capitalismo, la formación de cooperativas tiene como única virtud demostrar que los capitalistas no son necesarios para el funcionamiento de la economía, que es posible hacer funcionar las fábricas sin su concurso y que los trabajadores están suficientemente capacitados para hacerlas funcionar por sí mismos. Pero sería un error grave crear ilusiones en que las cooperativas son una alternativa a las empresas capitalistas individuales, sin romper con el propio marco del capitalismo.

El reclamo de la estatización bajo control obrero

La estatización, bajo control obrero, de las fábricas y empresas forma parte permanente del programa del marxismo y de los socialistas revolucionarios en cualquier situación, inclusive en una etapa de funcionamiento “normal” del capitalismo. Con más razón todavía hay que esgrimirla en momentos de crisis capitalista y en situaciones revolucionarias.

Hay que dejar por sentado que esta estatización hay que llevarla a cabo sin rescate alguno, sin pago de indemnización a sus antiguos propietarios. Ellos ya robaron durante muchos años a los obreros en la fábrica llevándose las plusvalías creadas por los trabajadores con su trabajo. Además una indemnización tendría el peligro de descapitalizar la fábrica, o de drenar recursos del Estado, de secar sus fondos, que resultan imprescindibles en manos de los trabajadores para reactivar la producción de las empresas.

Defender la consigna de la estatización bajo control obrero traza en la conciencia de los trabajadores un puente, un vínculo entre su experiencia concreta derivada de la crisis capitalista y sus efectos (desocupación, cierres de fábrica, despidos, reducciones de salario, etc) con la necesidad de expropiar a la clase capitalista (estatización) para solucionar permanentemente los problemas de los trabajadores. Es una consigna que liga la situación que padecemos en estos momentos bajo el capitalismo con la necesidad del socialismo; por eso se denomina a estas consignas: consignas de transición al socialismo, o consignas transicionales, en el lenguaje científico del marxismo.

¿Qué ventajas ofrece a los trabajadores de las fábricas ocupadas este reclamo frente a la reivindicación del cooperativismo?

Lo más importante es que este reclamo fortalece la conciencia de clase de los trabajadores, fortalece sus lazos de solidaridad de clase en toda la nación y empuja a la clase obrera a la lucha unificada por la toma del poder, por la revolución socialista.

Aquí los trabajadores no están reclamando ser una asociación de propietarios individuales de su fábrica, algo que sí se deriva del cooperativismo; sino que quieren seguir siendo obreros, y que sea el Estado (es decir, el conjunto de la sociedad, donde las familias trabajadoras constituimos la inmensa mayoría) el propietario de la misma. Eso sí, la fábrica debe funcionar bajo el control democrático de los trabajadores que la hacen funcionar: controlando la producción, distribución, venta, condiciones de seguridad en el trabajo, salarios, etc. Los trabajadores podrían planificar la producción atendiendo, en un primer momento, las necesidades de su localidad, zona o provincia en colaboración con las asambleas populares y organizaciones de desocupados.

Los obreros que produjeran con este reclamo no verían a los de la fábrica de su mismo rubro en su localidad o provincia como competidores a los que habría que expulsar del mercado sino como hermanos de clase a los que estimularían para que se sumaran a ese mismo reclamo para ser más fuertes. Incluso podrían establecer las bases para una fusión, integración o colaboración de dichas fábricas para avanzar en el desarrollo de la producción, dividirse el trabajo y atender un nivel de necesidades mucho mayor que yendo cada una por sí sola.

Vemos así que este reclamo, asumido por todas las fábricas ocupadas, apuntan a la misma dirección: que sea el Estado quien se haga cargo de las fábricas, bajo nuestro control. Además, la manera más efectiva de hacer frente al boicot del resto de empresas capitalistas contra las fábricas ocupadas sería repetir esa misma exigencia: que las fábricas que ejerzan este boicot sean también expropiadas por el Estado bajo el control de sus trabajadores. De esta manera la lucha se unifica con esta común exigencia y apunta directamente a la necesidad del poder obrero, de un gobierno de los trabajadores en todo el país, ante la segura negativa del Estado burgués a llevar a cabo la expropiación de las empresas capitalistas.

Los compañeros que apuestan por la forma cooperativa justifican su postura diciendo que quieren gestionar sus empresas independientemente de cualquier gobierno burgués y, en concreto del actual gobierno burgués corrupto que padecemos. Esta postura es bastante comprensible. Pero estos compañeros deben tener en cuenta dos cosas. Primero, que la condición que proponemos para la estatización de las fábricas ocupadas es que deben seguir funcionando bajo el control de sus trabajadores, con lo que no aceptaríamos ingerencias o coacciones que viniera de ningún gobierno burgués de turno, apelando como se vino haciendo hasta ahora en estas fábricas ocupadas a las huelgas, marchas, cortes de ruta y llamamientos de solidaridad al conjunto de la clase trabajadora para desbaratar cualquier medida dirigida a socavar nuestro control o nuestros intereses. Segundo, repetimos que nuestro método de gestión y organización fortalece la conciencia y la lucha de la clase obrera en la perspectiva de la toma del poder por los trabajadores, mientras que la forma cooperativa no, al crearse la mentalidad de que la revolución se puede hacer empresa por empresa, o de que los problemas de los trabajadores de cooperativas se acabarán por el mero hecho de que ya no tienen un patrón individual, perdiendo el referente de la lucha unificada a nivel nacional contra el conjunto del sistema capitalista en nuestro país.

Es verdad, que mientras tengamos un gobierno burgués sobre nuestras cabezas, es imposible que se lleve a la práctica, de una forma generalizada, la estatización sin indemnización y bajo el control de los trabajadores de las fábricas ocupadas. No hay que olvidar que la función de un gobierno burgués en cualquier país capitalista es la de actuar como el consejo de administración de los intereses comunes de los capitalistas y utilizarán todas sus armas políticas, económicas y legales para intentar doblar el pulso a los trabajadores para que las fábricas sean devueltas a sus antiguos patronos.

Somos realistas. Probablemente, en la práctica, la mayoría de las fábricas ocupadas y gestionadas por sus trabajadores se vean obligadas a funcionar como cooperativas. Pero no es lo mismo orientar la lucha y el trabajo de estos trabajadores en la perspectiva de la estatización bajo control obrero, aunque en la práctica y forzados por las circunstancias el funcionamiento cotidiano de sus empresas sea como el de cualquier cooperativa, que hacer apología del cooperativismo. No es lo mismo. No es lo mismo en la conciencia de los trabajadores ni en la perspectiva general de la lucha por el socialismo.

El debate entre la estatización bajo control obrero y las cooperativas tiene un calado más profundo. Incluso para comprender qué tipo de sociedad socialista es la que queremos construir.

Las empresas cooperativas bajo el socialismo, entendidas como propiedades particulares de los trabajadores de cada empresa, sería un paso atrás. Lejos de acabar con el individualismo y la competencia entre los trabajadores, los mantendría. Se daría prioridad a los intereses individuales de cada empresa antes que a los del conjunto de la sociedad. Dispersaría la planificación de los recursos productivos y sería una fuente permanente de conflictos y distorsiones en la economía.

Pero nosotros estamos luchando por una sociedad socialista, sin explotación ni opresión de ningún tipo. El socialismo sustituiría la ciega y bárbara competencia entre los individuos que existe bajo el capitalismo por la libre asociación de los mismos basada en la fraternidad, la solidaridad y la cooperación. Bajo el socialismo, las empresas no pertenecerían a los trabajadores que las ponen a producir o las gestionan, sino que pertenecerían al conjunto de la clase obrera, al conjunto de la sociedad. Incluso, nadie se habituaría a trabajar permanentemente en el mismo sitio. El proceso de trabajo tendría así un carácter dinámico y enriquecedor, facilitado por la reducción de la jornada de trabajo y por la disposición del ocio suficiente para que todos puedan participar en la gestión y control de todos los asuntos y aspectos de la vida social y cultural. Todo esto facilitaría la planificación armónica y democrática de todos los recursos para atender el conjunto de necesidades sociales: económicas, sociales y culturales, en la perspectiva de elevarlas indefinidamente.

 

IX. SOBRE EL GUERRILLERISMO Y EL TERRORISMO INDIVIDUAL

América Latina tiene una larga tradición de lucha de guerrillas. Durante todo el siglo XX decenas de grupos guerrilleros basados en las zonas rurales y las montañas actuaron a lo largo y ancho del continente en la mayoría de los países latinoamericanos: Cuba , Nicaragua, México, Guatemala, El Salvador, Colombia, Honduras, Perú y otros. En países como Argentina, Uruguay y Chile tuvimos la actividad de la llamada “guerrilla urbana” en los años 70, que no era sino una variedad “local” de los primeros, y surgidos bajo su directa influencia.

En el primer núcleo de países latinoamericanos citados esta tradición tenía su origen en la debilidad política y la falta de enraizamiento de los partidos obreros entre las masas de la clase obrera, por un lado, y por otro, por el peso aplastante del campesinado en la composición de la población.

No obstante, y a pesar de la persistencia del atraso y subdesarrollo económico, la clase obrera se ha fortalecido numérica y socialmente en el conjunto de los países latinoamericanos en las últimas décadas. Las tareas revolucionarias a desarrollar en todos los países latinoamericanos ya fueron expuestas en un apartado anterior, y no son otras que las de la revolución socialista, encabezadas por la clase obrera de las ciudades con el apoyo del resto de clases y capas oprimidas de la sociedad, comenzando por el campesinado pobre.

Para cualquier socialista revolucionario es abecé la necesidad de construir un partido obrero revolucionario. Sin una clase obrera organizada y dirigida por un partido revolucionario de masas no hay ni puede haber un triunfo de la revolución socialista. Es verdad que, por las condiciones materiales de vida y trabajo que crea el capitalismo en las masas de la clase obrera, condiciones de explotación y opresión física y espiritual, en un primer momento es inevitable que el partido agrupe solamente a los elementos más avanzados y conscientes de la clase, la vanguardia de la clase, que resulta ser una minoría en una época “normal” del capitalismo e, incluso, en las primeras etapas del proceso revolucionario.

Ahora bien, un auténtico partido revolucionario debe aspirar a ser un partido de masas, formado por decenas y centenares de miles de miembros, y con un apoyo consciente de millones. Lanzarse prematuramente a la conquista del poder sin haber conquistado previamente el apoyo de las masas de la clase obrera es puro aventurerismo y conduciría directamente a una sangrienta derrota.

La construcción del partido presupone un proceso más o menos largo de explicación y agitación paciente entre las masas de trabajadores para el que hay que dotarse del programa, las ideas y los métodos de trabajo correctos para influir sobre la masas y fusionarse con ellas. La virtud de un proceso revolucionario es que las masas aprenden y elevan muy rápidamente su nivel de conciencia, y un partido relativamente pequeño con ideas, programa, tácticas y consignas correctas, interviniendo audazmente puede desarrollarse rápidamente.

¿Es el guerrillerismo un método correcto de lucha?

La clase obrera es el producto más genuino del sistema capitalista. El resto de clases oprimidas oscilan entre la burguesía y la clase obrera o están condenadas a desaparecer en el transcurso del desarrollo de la economía capitalista. El marxismo sitúa a la clase obrera, a los trabajadores asalariados, como el sujeto revolucionario que debe liderar la revolución socialista. Sus particulares condiciones de vida y trabajo, su papel en la sociedad y en la economía capitalista, generan en ella una mentalidad colectiva, una capacidad de lucha y de organización infinitamente superior a la de cualquier otra clase o capa oprimida de la sociedad. Ninguna otra clase, ninguna otra capa social puede sustituir a la clase obrera en esta tarea sin provocar graves distorsiones en el proceso revolucionario.

Por sus particulares condiciones de vida y trabajo la clase obrera desarrolló históricamente unos métodos de lucha y organización propios, diferentes a los del resto de capas y clases oprimidas. Estos métodos de lucha son: la lucha de masas (huelgas, marchas, ocupaciones de fábricas, etc), la organización en partidos y sindicatos, la insurrección y la creación de órganos de poder obrero (asambleas, comités, coordinadoras) en el período revolucionario previo a la toma del poder que se convertirán en los nuevos organismos de poder obrero, una vez superado el capitalismo.

Es en este contexto que los marxistas debemos analizar si el método de lucha guerrillero es el más conveniente para la revolución socialista, si es el que se adecúa a las condiciones de vida y a los métodos de lucha de los trabajadores, incluso en los países más atrasados donde predomina el campesinado.

El marxismo siempre consideró la guerra de guerrillas como un método de lucha secundario y subordinado a la acción protagonista de la clase obrera. Y esto no sólo por una cuestión de “efectividad”. Es verdad que se han producido victorias guerrilleras, como en Cuba, China y otras partes. Pero no hay que olvidar que estas victorias se produjeron en países atrasados, con un estado burgués débil y semidescompuesto y con una población mayoritariamente compuesta por campesinos. Pero ni siquiera nuestras reservas a utilizar los métodos guerrilleros se derivan del carácter del capitalismo del país de que se trate, ya sea más avanzado o más atrasado. No hay que olvidar que la victoria de la revolución en Rusia también se dio en un país muy atrasado. Y esta victoria se dio, sin embargo, con los métodos de lucha clásicos del proletariado: lucha e insurrección de masas en las ciudades, organismos de poder obrero (Soviets), etc. Nuestra oposición también se deriva de una cuestión política de principios.

La revolución debe ser obra consciente de la clase obrera, o como decía Marx: “la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos”. Millones de trabajadores participando conscientemente en huelgas generales, marchas, en discusiones, partidos, sindicatos, asambleas populares, comités o coordinadoras obreras, mítines, estableciendo el control obrero, participando en insurrecciones. Este es el método de la revolución proletaria. Un método de lucha que implica directamente a millones de trabajadores. En cambio, el método guerrillero rebaja el papel consciente de la clase obrera. Si el peso fundamental de la lucha revolucionaria descansa en un ejército guerrillero, manteniendo a los trabajadores de las ciudades al margen de la lucha revolucionaria o como simpatizantes activos, los trabajadores verán relegado su papel a un segundo plano, no viendo la necesidad de organizarse en partidos o sindicatos ni de crear sus propios órganos de poder obrero, lo que estimula una actitud pasiva durante la lucha revolucionaria.

Bastarían entonces varios cientos o miles de hombres y mujeres decididos para combatir con el ejército en las zonas rurales o en las montañas para iniciar la lucha revolucionaria, mientras que las masas de los trabajadores permanecerían en las ciudades con los brazos cruzados esperando a ver qué ejército gana, si el guerrillero o el burgués, independientemente de que simpaticen con el primero. En estas condiciones ¿para qué se necesita un partido formado por decena de miles de jóvenes y trabajadores? ¿Para qué los sindicatos? ¿Para qué las huelgas? La clase obrera y sus organizaciones aparecen de esta manera como meros auxiliares de la guerrilla.

Desde el punto de vista de la táctica revolucionaria en un país atrasado y campesino con tradición activa de guerrillas, los marxistas defenderíamos que la lucha guerrillera actuara como un auxiliar, un complemento, de la lucha obrera en las ciudades, y siempre bajo la dirección del partido revolucionario y de la clase obrera. Nunca al revés.

Todas estas consideraciones tienen más importancia de lo que parece. El nuevo estado surgido directamente de una victoria guerrillera no sería un auténtico estado obrero sano y con una democracia obrera saludable, como en Rusia antes de la degeneración estalinista, donde los trabajadores y campesinos participaban en el control y la gestión a través de los soviets o consejo obreros. Los trabajadores al no haber organizado sus propios órganos de control y de poder obrero en las fábricas, barrios y pueblos, como consecuencia de su papel subordinado en la revolución, carecerían de mecanismos propios y democráticos para participar en el control y la gestión de la economía y la sociedad. En el caso del triunfo de la guerrilla, ésta podría llevar a cabo la expropiación de los capitalistas y terratenientes, pero al no existir los mecanismos para que se desarrolle una verdadera democracia obrera, sería la jerarquía inherente a cualquier ejército guerrillero la que pasaría a ocupar el vacío dejado por la desaparición de las estructuras del Estado burgués, introduciendo tendencias burocráticas en el seno de la sociedad, independientemente de los deseos e intenciones subjetivas de los dirigentes guerrilleros.

Esto llevaría aparejado todo tipo de deficiencias y distorsiones que introducirían nuevas contradicciones. No tendríamos un Estado obrero sano sino un estado obrero con deformaciones burocráticas. El surgimiento de elementos de autoritarismo, de diferencias sociales y desigualdades sería inevitable. En esas condiciones, la sociedad estaría obligada a padecer innumerables contradicciones hasta que la clase obrera reuniera la experiencia suficiente para conseguir reinstaurar una auténtica democracia obrera en el seno de la misma.

La experiencia de los montoneros y el PRT-ERP

En la Argentina, la actividad de montoneros y el PRT-ERP en el período 1970-1976 marcó a toda una generación de jóvenes revolucionarios que vieron en ellos un alternativa revolucionaria en la lucha por el socialismo. Constituye una obligación de la nueva generación de revolucionarios de nuestro país estudiar esta experiencia y sacar todas las lecciones de las mismas.

Montoneros y el PRT-ERP nacieron al final de la odiada dictadura de Onganía, al calor del período revolucionario que se iniciaba en aquella época, y fuertemente impactados por el ejemplo de la revolución cubana. Montoneros nació en el seno de la juventud peronista y al cabo de unos años evolucionó a posturas radicales e izquierdistas. El PRT-ERP por su parte nació al margen del peronismo y se consideraba a sí misma una organización marxista. Además de estos grupos principales, también existían otros, como las FAP, FAR y otros, pero más pequeños y marginales.

Ambos grupos optaron por el denominado “guerrillerismo urbano” y desarrollaron una actividad muy intensa, particularmente en el período 1973-75 en el punto más álgido de los acontecimientos revolucionarios que estaban sacudiendo a la Argentina.

Por su actividad, numerosos militantes de montoneros y del PRT-ERP cayeron asesinados por las balas de la policía y de la represión terrorista del Estado y las bandas fascistas, antes y después del golpe militar del 76. Pero toda nuestra solidaridad y recuerdo hacia estos jóvenes luchadores, que eran auténticos revolucionarios sacrificados y abnegados, no nos puede impedir ver lo profundamente equivocadas y erróneas que resultaron estas tácticas de lucha en aquellos años.

Si consideramos equivocado el método de lucha guerrillero para la lucha por el socialismo, el error de montoneros y del PRT-ERP fue aún mayor al pretender trasladar mecánicamente la experiencia de la guerrilla cubana a la Argentina, un país industrializado, con una poderosa clase obrera y con un campesinado muy pequeño.

Una de las tácticas equivocadas que empleaban era la de sacar a los obreros jóvenes de las fábricas, separándolo de la lucha revolucionaria de su clase, para que recibieran instrucción militar en las zonas despobladas para incorporarlos al grupo guerrillero.

De esta manera la energía revolucionaria de miles de jóvenes estudiantes y obreros revolucionarios fue inútilmente malgastada en combates y enfrentamientos con la policía y unidades del ejército, que los masacró por centenares.

Para Santucho, dirigente del PRT-ERP y asesinado cobardemente a los pocos meses del golpe del 76, de lo que se trataba era de crear “focos” revolucionarios, “zonas liberadas”, en diferentes lugares del país donde organizar una base para la actividad de la guerrilla y librar pequeñas guerras con el ejército en la perspectiva de extender las zonas liberadas en un radio geográfico cada vez mayor, hasta el momento de una insurrección general.

Esta táctica se demostró completamente equivocada. La actividad de pequeños grupos guerrilleros dispersos y sin vinculación con las grandes masas, los aisló socialmente y fueron fácilmente derrotados.

En vez de orientar el entusiasmo revolucionario y la abnegación de sus militantes para organizar a las masas y ganarlas para el programa de la revolución socialista, con los métodos proletarios que ya explicamos anteriormente, consiguieron todo lo contrario.

En realidad, la burguesía argentina jamás se sintió amenazada por la actividad de las acciones guerrilleras. A quien sí temía mortalmente era a las masas de la clase obrera. Las tendencias clasistas ganaban cada vez más apoyo dentro de la CGT, arrebatando a la burocracia sindical la dirección de gremios importantes; la formación y la actividad de las “coordinadoras obreras” en los grandes centros industriales, al margen de la burocracia sindical, alumbraba cada vez más la perspectiva de un levantamiento revolucionario de la clase obrera, a pesar de los fuertes puntos de apoyo que todavía mantenía el peronismo entre la mayor parte de los trabajadores, apoyo que comenzaba a diluirse y a generar escisiones y enfrentamientos internos en la medida que los gobiernos peronistas, primero con Perón y sobre todo, posteriormente, con “Isabelita” y López Rega, se posicionaban cada vez más abiertamente con la reacción burguesa.

La burguesía argentina utilizó convenientemente las actividades de montoneros y del PRT-ERP para desviar la atención de los trabajadores de la lucha revolucionaria, para justificar cada vez más medidas represivas y la utilización del terrorismo de Estado para asesinar a activistas obreros y juveniles, la mayoría de ellos sin relación con los “montos” ni con el ERP.

La clase dominante utilizó la prensa y los púlpitos de las iglesias para denunciar el “caos”. Cada acción guerrillera y cada atentado terrorista era amplificado por mil canales que introducían el desconcierto entre las filas de la clase obrera y, particularmente, entre la pequeña burguesía.

En la práctica, el método del llamado guerrillerismo urbano no es sino una variante del método del “terrorismo individual”, que consiste en la eliminación física de miembros del aparato represivo, del gobierno o de la clase dominante. Estos métodos siempre fueron rechazados y combatidos implacablemente por el marxismo y los dirigentes históricos del socialismo: Marx, Engels, Lenin, Trotsky o Rosa Luxemburgo. Estos métodos juegan el papel más nefasto, y además de rebajar el papel de la clase obrera, dan todas las excusas a la reacción y a la burguesía para acentuar la represión contra el conjunto de la clase obrera y para ganarse el apoyo de la pequeña burguesía y de los sectores más atrasados de lo trabajadores para sus planes de “mano dura” y de golpes militares.

Como decía Trotsky: “Una huelga, incluso una modesta, tiene consecuencias sociales: fortalecimiento de la confianza en sí mismos de los obreros, crecimiento del sindicato …. El asesinato del dueño de la fábrica provoca efectos policíacos solamente, o un cambio de propietario desprovisto de toda significación social”. El asesinato de un ministro o de un general puede crear confusión entre la clase dominante en un primer momento, pero ésta no va a tener problemas para colocar a otras personas en su lugar. El mecanismo del Estado burgués permanece intacto y en funcionamiento. Y como añade Trotsky: “ Pero el desorden que produce el atentado terrorista en las filas de la clase obrera es mucho más profundo. Si para alcanzar los objetivos basta armarse con una piostola, ¿para qué sirve esforzarse en la lucha de clases? … Si tiene sentido aterrorizar a altos funcionarios con el rugido de las explosiones, ¿qué necesidad hay de un partido? ¿Para qué hacer mítines, agitación de masas y elecciones …? “Para nosotros el terror individual es inadmisible precisamente porque empequeñece el papel de las masas en su propia conciencia, las hace aceptar su impotencia y vuelve sus ojos y esperanzas hacia el gran vengador y libertador que algún día vendrá a cumplir con su misión”.

Considerando que la derrota del proceso revolucionario en nuestro país se debió a la ausencia de una dirección revolucionaria y por el papel paralizante que ejercieron los dirigentes sindicales peronistas cuya concepción interclasista llevó a los trabajadores peronistas (mayoritarios entre la clase obrera en aquellos momentos) a un callejón sin salida, es también bastante claro que las actividades del ERP y Montoneros, independientemente de la entrega y sacrificio de sus mejores militantes, facilitaron la estrategia golpista de la burguesía argentina de ganar para sus planes a los sectores más inertes, pasivos y atrasados de la población, particularmente a la pequeña burguesía, en una situación donde aparentemente nadie ofrecía una salida. De esta manera fue cómo la clase dominante consiguió descarrilar el proceso revolucionario en los años 70.

No caer en las provocaciones de la clase dominante

La burguesía argentina mira el futuro con temor, preocupación y pesimismo. Realmente, está suspendida en el aire sin ninguna base social de apoyo. El drama es que los trabajadores argentinos, por ahora, no son plenamente conscientes de la fuerza que tienen y carecen de un partido propio con influencia y raíces que les oriente ante los acontecimientos. Pero la burguesía recurrirá a todo tipo de maniobras para mantenerse y conjurar el peligro de la revolución.

Hasta ahora la burguesía se estuvo enfrentando a un movimiento de masas por parte de trabajadores, piqueteros, jóvenes y clases medias. Pero la burguesía se está preparando concienzudamente para provocar a los sectores más impacientes de la juventud y del movimiento piquetero con el objetivo que algún grupo dé el salto y se implique en actividades de “lucha armada”; es decir, en el método del terrorismo individual. Por lo general, la impaciencia y la desesperación tienen los efectos más perniciosos en la lucha de clases. Es justamente eso lo que necesita la burguesía para poder descarrilar el proceso revolucionario, como hizo en los 70.

Hasta el momento lo intentaron sin éxito, a pesar de haber recurrido al asesinato de jóvenes y piqueteros y a la introducción de provocadores dentro del movimiento. La clase dominante y el gobierno calcularon mal con la represión del 26 de junio en el puente de Avellaneda y el asesinato de los compañeros Darío y Maxi. No se esperaban la respuesta de indignación que barrió todo a su paso, como se puso de manifiesto en las impresionantes marchas que se convocaron a lo largo y ancho del país. Ellos pensaban que la respuesta a los asesinatos sería la desmoralización y la criminalización del movimiento piquetero, pudiéndolos presentar así como un movimiento de “terroristas” y “desclasados” . De esa manera esperaban que esto llevara a un sector del mismo, desesperado, a armarse de fierros e itakas para iniciar algún tipo de actividad “armada”. Esto se avendría perfectamente a sus planes para quebrar la respuesta popular.

Igual que en los 70 empezarían a poner el grito en el cielo contra la “anarquía”, las actividades “terroristas”, el “caos”, etc para ganarse a sus planes represivos y contrarrevolucionarios a un sector de la sociedad.

Por esta razón, los activistas obreros y juveniles no pueden caer en la provocación que nos tiende la clase dominante. Responder con actividades de “terror individual” a la justa indignación causada por las provocaciones conscientemente ejecutadas de la policía y de la SIDE sería un desastre para el proceso revolucionario que está en marcha. La trágica experiencia de los 70’s debe servir de lección a los revolucionarios argentinos. Sustituir la evaluación científica de las fuerzas sociales que actúan en la sociedad capitalista por el “sentimentalismo” revolucionario es un grave error.

Hay que responder a cada provocación, a cada asesinato, maltrato o encarcelamiento de un activista obrero o juvenil con la acción de masas, igual que hicimos tras los acontecimientos de Avellaneda. Este tipo de respuesta sí que alarma a la clase dominante, sí que debilita a las fuerzas represivas, sí que despierta a la actividad revolucionaria a nuevos activistas, sí que hace consciente a los trabajadores y jóvenes revolucionarios de su poder y fuerza. Este tipo de respuesta sí que nos acerca más al triunfo decisivo.

 

X. CONCLUSIONES

La economía argentina sufre en estos momentos la depresión más profunda de su historia. Acumula cuatro años consecutivos de recesión (crisis) que supuso una reducción del PBI del 50%, una cifra asombrosa, comparable en sus efectos a los producidos por una derrota catastrófica en una guerra. El gobierno prevé una caída del PBI del 7% este año, pero fuentes más realistas hablan del 15% e incluso del 20%. El recorte previsto en el gasto público es del 70%. La actividad económica está prácticamente paralizada, empezando por el elemento clave para el funcionamiento del capitalismo, la inversión, que ha caído un 50% en los primeros 6 meses del año 2002.

Para tener una idea de la masiva devastación de fuerzas productivas producidas en el país a causa de la crisis da una idea la destrucción de puestos de trabajo en la industria. Así, el número de obreros industriales ha pasado de 1.100.000 trabajadores en 1998 a 640.000 en estos momentos. En los 6 primeros meses de este año la producción de las plantas automotrices ha caído un 50%, el textil otro 50% y la producción de cemento, un 40%.

Las consecuencias sobre las familias trabajadoras ha sido pavorosa. La desocupación alcanza al 25% de los trabajadores, pero la subocupación (y no hay que olvidar que las estadísticas oficiales consideran a una persona subocupada por el sólo hecho de trabajar una hora a la semana) golpea al 30% de la fuerza de trabajo. Así, entre desocupados y subocupados sobreviven como pueden 6,3 millones de trabajadores argentinos. Sólo en los primeros 6 meses del año se produjeron 400.000 despidos. El poder adquisitivo medio se redujo en más de un 40%, y el 70% de los trabajadores argentinos ganan menos de 650 pesos al mes, que es la cantidad en que está establecido el mínimo de la canasta básica para alimentar a una familia. Así, no sorprende que este año la venta de electrodomésticos haya caído un 75% y la de computadoras un 85%. El índice de pobreza alcanzado en nuestro país no tiene precedentes, un 53% de la población, 19 millones de un total de 37.

Al mismo tiempo estamos viendo cómo la degradación social crece día a día. La prensa burguesa se hace eco de la cantidad creciente de violencia, robos, secuestros que azotan nuestros barrios obreros y localidades. Lo que callan es que este nivel de degradación y delincuencia es causado por la crisis y la bancarrota de un sistema irracional e inhumano, el capitalismo. Vemos cómo las llamadas “fuerzas del orden” están recorridas por la descomposición y el crimen, implicadas en muchas ocasiones en los atracos, secuestros, y en el amparo de los sucios negocios del tráfico de drogas y de la prostitución. El gobierno reconoce esta situación y no hace nada. No hace nada porque necesitan intactas las fuerzas policiales para utilizarlas de parapeto contra las familias trabajadoras para defender la propiedad privada de los grandes empresarios y banqueros.

¿Cómo salir de la catástrofe que nos amenaza?

Los capitalistas argentinos, el gobierno Duhalde, los políticos burgueses y la prensa vendida al capital nos gritan que la salida se hace muy difícil; que nos tenemos que conformar con un futuro de hambre, de estrecheces y de padecimientos. Sólo saldremos de la crisis, nos dicen, si los trabajadores aceptamos reducir aún más nuestros bajos salarios, si los enfermos se conforman con menos medicinas para curar sus males, si se cierran escuelas para los hijos de los trabajadores, si los hijos de los trabajadores aceptamos dejar de estudiar en la universidad para trabajar con salarios de 150 lecops al mes; si nuestros mayores, nuestros viejos aceptan ver reducidas sus magras pensiones después de años de trabajando duro para levantar el país.

Éste es el futuro que nos tiene reservada la burguesía de nuestro país; de esta manera nos dicen que saldremos de la catástrofe; esta misma gente, que vive del trabajo ajeno y están bien alimentados, vestidos y asistidos, nos aconsejan a nosotros, los que hacemos funcionar este país día a día, los que nos levantamos temprano para empujar la rueda hasta el final del día, los que padecemos estrecheces y escaseces, que descendamos un peldaño más en la degradación de nuestras condiciones de vida y en la de nuestras familias.

Pero, ¿es que no existe otra salida? Nosotros afirmamos que sí. Decimos que es mentira que en la Argentina no sea posible vivir y trabajar de otra manera. Argentina produce anualmente comida para alimentar a más de 200 millones de personas. ¿Cómo es posible, entonces, que haya tanta gente pasando hambre y necesidades en nuestro país? Porque las estancias, los campos, las haciendas, los ingenios, las lecherías y las fábricas que producen todos esos alimentos están en manos, son propiedad, de un puñado de grandes capitalistas, que prefieren exportar la mayor parte de esa comida fuera del país obteniendo con ello miles de millones de dólares de beneficios, en vez de alimentar al pueblo trabajador con mercaderías baratas y accesibles a todo el mundo.

En los grandes bancos se acumulan miles de millones de dólares que permanecen ociosos rindiendo enormes rentas a los burgueses, en lugar de ser utilizados para levantar el país y para devolver su dinero a los pequeños ahorristas estafados.

Grandes empresarios como Pérez Cómpac prefieren vender sus industrias petroleras a multinacionales extranjeras, como Petrobas, por 1.000 millones de dólares antes que poner la nafta y el combustible a disposición del pueblo que las necesita.

Se calcula que los grandes empresarios y banqueros argentinos tienen depositados 130.000 millones de dólares en cuentas en el extranjero, cuando ese dinero, que fue extraído a los obreros argentinos durante años de duro trabajo, tendría que estar acá para construir fábricas, para dar trabajo a los obreros, para construir escuelas, hospitales, rutas y abrir las minas cerradas.

Salir de esta catástrofe sería relativamente sencillo si la mayoría de los trabajadores y de la juventud se convencieran de que hay que organizarse en asambleas, comités y coordinadoras en nuestros centros de trabajo, en nuestros barrios, en los secundarios y las universidades. Al mismo tiempo habría que llamar a la convocatoria de un congreso nacional de comités y asambleas compuesto por representantes de los mismos, elegidos y revocables en todo momento por dichos comités, para que este congreso de comités revolucionarios tomase el poder y comenzara el camino de la transformación social

¿Cómo hacerlo? Nacionalizando las palancas económicas fundamentales (la banca, las petroleras, los grandes grupos industriales y las multinacionales) bajo el control democrático de los trabajadores. De esta manera sería posible planificar democráticamente la riqueza del país para ponerla de nuevo a funcionar dedicando los recursos económicos existentes y las posibles fuentes de ingresos a satisfacer las necesidades sociales que demanden los distintos sectores populares (crear nuevo empleo, así como repartir el que ya existe reduciendo la jornada, y creando nuevos turnos sin reducir los salarios, repartir medicinas y alimentos a todos los que lo necesitan, aumentar los gastos sociales, etc.).

¿Quién puede oponerse a esto? Las familias trabajadoras somos la aplastante mayoría de la sociedad y tenemos el derecho de imponer nuestra voluntad para acabar con esta situación. Nos intentan amedrentar con la amenaza de la represión. Pero la policía y el ejército serían impotentes ante millones de trabajadores y jóvenes que salieran a la calle organizada y conscientemente para cambiar la sociedad. Teniendo en cuenta que muchos policías y soldados son hijos de trabajadores y viven en las mismas condiciones que los trabajadores, las “fuerzas del orden” se dividirían y quedarían paralizadas. Sus elementos más sanos y cercanos a las familias trabajadoras se unirían al movimiento. La transformación socialista de la sociedad se podría llevar a cabo fácilmente y sin apenas violencia.

Evidentemente, bajo el capitalismo nada de esto es posible ya que los recursos económicos permanecen en propiedad de los capitalistas y sólo los emplean buscando obtener el máximo beneficio. Lo que están haciendo con ellos, ante la caída de sus beneficios, es destruir fuerzas productivas: cerrar empresas o llevárselas a lugares donde les resulten más rentables.

Es por esta razón que la lucha por la transformación socialista de la sociedad no es sólo una buena idea o una utopía condenada a dormir el sueño de los justos, sino una necesidad absoluta que tiene la clase obrera argentina, y del conjunto de Latinoamérica, para no caer en la degradación y la barbarie a que nos condena el sistema capitalista.

Hay que decir las cosas como son. Empezando por las capas activas del movimiento, debemos explicar pacientemente la necesidad de derrocar y expropiar a los capitalistas como la única salida a la crisis. La victoria de la clase obrera argentina provocaría un terremoto en toda América Latina y también en Norteamérica. Incluso entonces, no se podrían solucionar los problemas dentro de los confines de Argentina. Deberíamos inscribir en nuestra bandera la consigna de los Estados Unidos Socialistas de América Latina, como la única perspectiva para los trabajadores argentinos.

A largo plazo, la disyuntiva será la dictadura burguesa o la conquista del poder por la clase obrera, no existe otra posibilidad.

En los próximos meses los trabajadores argentinos van a ser sometidos a grandes pruebas. Con alzas y bajas sectores cada vez mayores comprenderán la necesidad de la revolución socialista. Hace falta, por tanto, educar y preparar a los activistas y cuadros obreros y juveniles en esta perspectiva para orientarlos correctamente para los extraordinarios acontecimientos que se avecinan.

Los compañeros de El Militante tenemos plena confianza en la capacidad de la clase obrera argentina para transformar la sociedad y en que las ideas del socialismo revolucionario serán las que la van a guiar en las batallas decisivas que están por venir.

¡UNÍTE A LOS SOCIALISTAS REVOLUCIONARIOS DE EL MILITANTE PARA LUCHAR POR UNA ARGENTINA SOCIALISTA Y POR UNA FEDERACIÓN SOCIALISTA DE AMÉRICA LATINA!