Y LAS TAREAS DE LOS REVOLUCIONARIOS
I. INTRODUCCIÓN
II. EN ARGENTINA SE ABRIÓ UN PROCESO REVOLUCIONARIO
III. LAS CAUSAS DE LA CRISIS SOCIAL Y ECONÓMICA EN ARGENTINA
IV. LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES DE MARZO DEL 2003
V. LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE
VI. EL TRABAJO EN LOS SINDICATOS
VII.. ‘REVOLUCIÓN NACIONAL’ O
REVOLUCIÓN SOCIALISTA.
VIII. ‘SOCIALISMO NACIONAL’ O
FEDERACIÓN SOCIALISTA DE AMÉRICA LATINA
VIII.
LAS OCUPACIONES DE FÁBRICAS: ESTATIZACIÓN
BAJO CONTROL OBRERO O FORMACIÓN DE COOPERATIVAS
IX. SOBRE EL GUERRILLERISMO Y EL TERRORISMO INDIVIDUAL
X.
CONCLUSIONES
I.
INTRODUCCIÓN
La insurrección
popular de diciembre del 2001 ha abierto una nueva etapa en la historia de
Argentina, una etapa turbulenta en la que las masas están poniendo a prueba su
fortaleza contra la bancarrota de una oligarquía reaccionaria que cuenta con el
respaldo del imperialismo. Estos últimos han acumulado fuerzas formidables:
toda la riqueza robada al pueblo argentino durante décadas, todo el
conocimiento acumulado por la clase dominante, que ha puesto en práctica todos
los mecanismos para perpetuar su poder y privilegios, oscilando del engaño y la
corrupción a la fuerza bruta; la prensa y los políticos a sueldo, los
dirigentes sindicales amarillos, el ejército y la fuerza policial que demostró
su “valor” con el asesinato y la tortura de jóvenes y trabajadores desarmados.
Son unas
fuerzas formidables. Pero la historia demuestra que incluso la maquinaria
estatal más poderosa no puede resistir el poder de la clase obrera, una vez que
ésta se moviliza para cambiar la sociedad. ¿Qué poder tiene la clase obrera en
sus manos? Un poder colosal. Sin el permiso de la clase obrera no se encienden
las bombillas ni suena el teléfono. Todas las funciones necesarias de la
sociedad dependen de las manos y el cerebro de los trabajadores. Cuando los
trabajadores dicen no, ninguna fuerza sobre la Tierra puede detenerlos.
La clase obrera
argentina tiene una rica y gloriosa tradición revolucionaria. Desde la “semana
trágica” de enero de 1919 a las turbulentas luchas de clase de los años
cuarenta, pasando por el “Cordobazo” con las huelgas y movilizaciones
revolucionarias que le siguieron hasta el golpe militar del 76, o en la lucha
contra la dictadura. En todos estos hechos, junto con los acontecimientos de
diciembre del 2001, ha dado una amplia prueba de su voluntad de lucha, de su
heroísmo y valor.
El capitalismo,
por su parte, ha demostrado sobradamente su bancarrota en Argentina, cuyos
recursos económicos han sido saqueados por una burguesía nacional rapaz y
parásita en estrecha alianza con los imperialismos europeo y norteamericano.
Después de
soportar una salvaje dictadura militar que asesinó a toda una generación de
luchadores, la clase obrera, la juventud, los desocupados, sectores amplios de
las capas medias se levantan en lucha por una sociedad mejor, liberada de la
explotación del hombre por el hombre. No es extraño que todos los estrategas de
la burguesía en Argentina, y fuera del país, estén presenciando con enorme
preocupación el desarrollo de los acontecimientos. Lo que está en cuestión no
es tal o cual reforma puntual, sino la supervivencia misma del capitalismo
argentino.
Por primera vez
en décadas, la posibilidad de la transformación socialista de la sociedad en
Argentina es algo real. La clase dominante se encuentra suspendida en el aire
sin base social en la que apoyarse. Los partidos tradicionales están en
quiebra, perdiendo apoyo aceleradamente; en el movimiento sindical, las luchas
y movilizaciones de los últimos siete años han provocado el surgimiento de
agrupamientos con un contenido de clase y revolucionario; los trabajadores
desocupados se organizan en el movimiento piquetero y adoptan acciones cada vez
más audaces; las capas medias arruinadas por la política de ajuste y las
medidas monetarias de los gobiernos de turno, participan en las acciones y
movilizaciones, orientándose a la unidad con los trabajadores y los piqueteros.
Como cristalización de este proceso revolucionario, las Asambleas barriales y
populares se desarrollan y organizan, en forma embrionaria, como órganos de
poder obrero y popular.
La clase
obrera, los jóvenes, los trabajadores desocupados y los sectores empobrecidos
de la clase media están buscando en medio de los acontecimientos una dirección
política para vencer y organizar la sociedad sobre bases justas. Esta salida
sólo puede ser el establecimiento de un poder de los trabajadores que adopte
las medidas necesarias para la transición al socialismo. Para ello es necesario
construir una fuerza que defienda consecuentemente las ideas del marxismo, del
genuino socialismo revolucionario, capaz de ganar a la mayoría de la población
para este programa.
Pero para
garantizar el triunfo es necesario una política, un programa y unas consignas
correctas que conecten con la experiencia de las masas y les permitan elevarse
hasta sus tareas históricas.
El presente
documento es una contribución a este objetivo. Las ideas que aquí presentamos
son el programa que la corriente marxista agrupada entorno al periódico obrero El Militante defiende en la revolución
argentina, ideas que nos gustaría poder discutir y someter a consideración de
los trabajadores y jóvenes de nuestro país.
Estaríamos muy
agradecidos que todos los comentarios al respecto de este material nos lo
pudiesen hacer llegar a nuestro correo electrónico:
En breve
pensamos editar nuestra propia página web. No obstante, pueden visitar también
nuestras páginas hermanas en castellano:
y la página en
inglés In Defence of Marxism: www.marxist.com
II. EN
ARGENTINA SE
ABRIÓ UN PROCESO REVOLUCIONARIO
En la izquierda
argentina existe un debate sobre el carácter de la etapa por la que estamos
atravesando. Los compañeros de El
Militante sostenemos que desde el mes de diciembre del 2001, se abrió un
proceso revolucionario en nuestro país, un proceso que se va a prologar durante
meses o varios años hasta que desemboque en un desenlace definitivo.
El rasgo más
indiscutible de toda revolución, como explicaba Trotsky, es la participación
directa de las masas en los acontecimientos históricos, cuando las más amplias
masas ven la necesidad de “tomar su destino en sus manos” para cambiar la
realidad que les rodea. En esas condiciones, la agenda de los acontecimientos
pasa a ser marcada no por el parlamento, no por los despachos oficiales, no por
las editoriales de la prensa burguesa, sino por la actividad elemental de las
masas en la calle.
En la Argentina
de hoy, las masas de la clase trabajadora, de la juventud, del conjunto de las
capas oprimidas de la sociedad están comenzando a cuestionarse todo el orden
social existente, dejando de confiar en las certezas del pasado, en los
políticos oficiales, para cambiar el curso de su existencia por medio de la
actividad práctica, en la calle. Es verdad que, en las primeras etapas del
proceso, no hay una idea muy clara de lo que se quiere, pero sí de lo que no se
quiere, de lo que se rechaza. Cualquier observador superficial de la realidad
argentina en los últimos meses tiene que reconocer que esto fue así, y continúa
siendo así.
Para los
marxistas, una revolución no es un acto aislado, sino un proceso. A veces se
confunde la revolución, que es un proceso que se puede prolongar más o menos en
el tiempo, con una insurrección victoriosa, que es el acto final de la
revolución, y cuyo resultado no está determinado de antemano. Comparándolo con
un fenómeno biológico, es como confundir el parto con el embarazo; es decir, el
nacimiento del bebé con el proceso previo de gestación del mismo.
Lenin explicó las
condiciones para la revolución. La primera condición era que la clase dominante
estuviera dividida y en crisis, incapaz de gobernar de la misma forma que en el
pasado. La salida de tres presidentes de la república en 15 días, la debilidad
del gobierno Duhalde, los enfrentamientos abiertos dentro de los partidos
burgueses y entre diferentes sectores de la burguesía argentina entre sí y el
pánico de la clase dominante a la reacción popular, por poner sólo algunos
ejemplos, son pruebas más que suficientes de que esto es así. La segunda
condición era que la clase media estuviera en fermento y mantuviera, al menos,
una actitud neutral entre el proletariado y la burguesía. En la situación
actual de la Argentina, la mayoría de las capas medias, que fueron conducidas a
un empobrecimiento masivo en los últimos años, no sólo no mantienen una actitud
neutral ante los acontecimientos, sino que demuestran una activa simpatía hacia
la lucha de los trabajadores y desocupados. La tercera condición es que la
clase obrera esté dispuesta a luchar y hacer grandes sacrificios para cambiar
la sociedad. Las batallas callejeras de diciembre, las innumerables marchas y
huelgas acaecidas en los últimos meses y los estallidos de furia popular que
siguieron a cada uno de los cobardes asesinatos de jóvenes y piqueteros a manos
de la maldita policía
demostraron suficientemente que la juventud y los trabajadores perdieron el
miedo a la policía y al Estado, y que están dispuestos a luchar hasta las
últimas consecuencias para defender su causa justa.
Pero la
condición final para el triunfo de la revolución es la existencia de un partido
de masas y una dirección revolucionaria, reconocida como tal por todos los
explotados, dispuestos a dirigir el movimiento y dotarlo de un programa y
perspectiva. Si este partido existiera, si tuviera raíces profundas entre la
clase obrera y sobre todo en los sindicatos, el movimiento hacia la revolución
socialista podría completarse rápidamente y con el menor costo en nuestro país.
Lamentablemente, éste es el único factor que está temporalmente ausente en la
situación, pero es la obligación de todos los activistas obreros, juveniles y
de la izquierda forjarlo al calor de los acontecimientos.
Es obvio que la
gestación de un proceso revolucionario no cae del cielo, viene preparado por
todo el período anterior, por toda la experiencia pasada de la sociedad, que va
acumulando contradicciones hasta que éstas estallan en un punto.
La revolución
comenzó con el derrocamiento del gobierno de Fernando de la Rúa, quien dimitió
después de que miles de manifestantes enfurecidos y empobrecidos tomaran las
calles de Buenos Aires. Fue la primera etapa de la revolución y refleja la
profunda crisis en la que está hundida la Argentina y que también afecta al
conjunto de América Latina.
Éste fue un
movimiento que incluyó a todos los sectores de las capas oprimidas de la
sociedad: no sólo a los trabajadores, también a los desocupados y a la clase
media. Este hecho llevó a algunos a cuestionar las bases de clase del
movimiento y a negar el papel del proletariado. Pero esto significa que no
comprenden la dinámica de la revolución argentina. La profundidad de la crisis,
que arruinó a un gran número de pequeños empresarios, ahorristas y jubilados,
ha empujado a la lucha a las más amplias capas de las masas y ha despertado
incluso a las capas más atrasadas y previamente inertes. Esto es tanto una
fortaleza como una debilidad. La presencia otras clases en el movimiento
ensombrece su verdadero carácter. Pero solamente bajo la dirección del proletariado
el movimiento puede triunfar.
El papel de la clase obrera en la
sociedad
Precisamente
cuando los estrategas de la burguesía, en la Argentina y en el resto del mundo
intentan introducir el veneno del escepticismo y la impotencia dentro del movimiento
obrero con ideas tales como: “la revolución es imposible”, “es cosa del
pasado”, “las cosas nunca cambiarán”… , asistimos al inicio de un proceso
revolucionario en un país, Argentina, con un nivel de desarrollo industrial
significativo y con un nivel cultural avanzado. No obstante, a pesar de las
evidencias no poca gente, inclusive dentro del campo de la izquierda, a los que
además el movimiento les tomó completamente desprevenidos, están aceptando
acríticamente todos los “análisis” que minimizan el papel de la clase obrera y
niegan que estemos ante en el curso de un proceso revolucionario.
En medio de un
movimiento como el que vemos, con un presidente de la república derribado por
una insurrección popular, con la celebración centenares de marchas a lo largo y
ancho del país en las que participan centenares de miles de personas,
organizándose en asambleas en los barrios, ocupando las fábricas cerradas,
luchando contra la subida de los precios y la escasez de alimentos, afirmar que
los trabajadores no están participando en el movimiento y permanecen
tranquilamente en sus casas viendo por la tele las movilizaciones de la clase
media y los desocupados, no tiene ni pies ni cabeza.
Para contestar
a este razonamiento es necesario dejar claro en primer lugar qué entendemos
cuando nos referimos a la clase obrera. La clase obrera la forma el conjunto de
los trabajadores asalariados. Ni más, ni menos. Y la realidad es que la clase
obrera representa en todos los países industrializados (y por supuesto en Argentina)
entre el 75 y el 90% de la población activa y abarca, junto al proletariado de
las grandes concentraciones industriales, a los obreros del transporte, de la
construcción, a los empleados de oficinas, de comercio, a los trabajadores
desocupados, a los trabajadores que trabajan precariamente y en la propia
economía sumergida —incluidos sectores inscritos legalmente como autónomos y
considerados por las estadísticas oficiales capas medias que, por procedencia,
condiciones de vida, conciencia e incluso tipo de trabajo, son trabajadores—.
También son clase obrera los empleados públicos (maestros, funcionarios, etc.)
e incluso otros sectores que hace décadas se situaban dentro de la clase media
como técnicos, bancarios, etc y que desde el punto de vista de sus condiciones
materiales, se proletarizaron.
A propósito,
también los acontecimientos de Argentina contestan a los que hablan de la
desaparición de la clase obrera o a la pérdida de su papel revolucionario por
la desestructuración que provocan la precariedad laboral y la temporalidad. La
clase obrera argentina ha sufrido una precarización altísima (alta
eventualidad, desocupación altísima, economía sumergida...); sin embargo, como
explicamos los marxistas, después de los efectos iniciales de dispersión y confusión
que producen la desocupación o la precariedad, las condiciones objetivas de
vida empujan a los trabajadores inevitablemente a la lucha.
Incluso este
tipo de organización se ha dado entre un sector significativo de los
trabajadores desocupados, dando lugar al surgimiento del movimiento piquetero.
A pesar de la
profundidad de la crisis económica en Argentina, los trabajadores asalariados,
la clase obrera, sigue siendo el sector de la población sobre el que descansa
el funcionamiento diario de la sociedad. Es fácil de ver esto si nos imaginamos
qué pasaría en el país si no funcionaran los colectivos, ni el subte, ni
volaran los aviones, ni se abrieran las oficinas, ni funcionaran las fábricas
ni el resto de instalaciones industriales, ni se abrieran las escuelas, ni se
atendieran las centrales telefónicas, ni se trabajaran los campos ni se
recolectaran las cosechas. Sin la voluntad de la clase obrera no funciona nada.
Este poder
latente sobre la sociedad, independientemente de que la clase obrera represente
numéricamente en un país la mayoría o no de la sociedad, hace que el peso
específico social y económico de los trabajadores sea infinitamente mayor al de
cualquier otra clase en el sistema capitalista.
Lamentablemente,
durante la mayor parte de sus vidas los trabajadores no son conscientes del
enorme poder que descansa en sus manos y su cerebro. Pero hay momentos
excepcionales en la vida de un país y en la vida de los individuos en que las
cosas se desarrollan de una manera diferente. Esos momentos excepcionales son
los procesos revolucionarios, donde la mayoría de la gente es capaz de
experimentar el gran engaño sobre el que está organizada la sociedad
capitalista, su podredumbre y su irracionalidad. Precisamente, la virtud de una
revolución es que hace consciente a la clase obrera de su poder y fuerza,
catapultándola hacia adelante a la lucha por la transformación socialista de la
sociedad. Esta es la etapa en la que hemos entrado.
Embriones de poder obrero
Las masas
buscan una salida a la crisis a través de la acción directa. Casi diariamente
se producen huelgas, manifestaciones, “cacerolazos”, ocupaciones de fábrica y
bloqueos de carreteras. En la escuela de la acción directa las masas están
descubriendo su fuerza y el poder de la acción colectiva. Es similar a los
ejercicios de calentamiento de un atleta que prepara toda su fuerza para la
prueba final de fuerza. Pero la prueba decisiva todavía no llegó.
La expresión
más elevada del movimiento son las asambleas populares, los comités locales y
de fábrica, las organizaciones de “piqueteros” y otras formas de
autoorganización de las masas. La celebración de la Asamblea Nacional de
Trabajadores el 16 y 17 de febrero del 2002, de las asambleas nacionales
interbarriales y de los encuentros nacionales de fábricas ocupadas y
gestionadas bajo control obrero son pasos adelante importantes. En todos estos
encuentros estuvieron presentes el movimiento piquetero, representantes de las
asambleas populares, de sindicatos y de comités de fábricas. Fueron una oportunidad
para que los representantes de las diferentes regiones, distritos y fábricas
comprendieran la necesidad de realizar una acción coordinada a escala nacional,
y también una oportunidad para debatir las consignas, las tácticas de la lucha
y establecer las prioridades del período inmediato.
En esas
organizaciones ya es posible ver el débil perfil de un nuevo poder en la
sociedad, que está surgiendo por todas partes, afirmando su derecho a controlar
la sociedad, dando empujones al poder existente y desafiando su autoridad. No
es casualidad que diarios como La Nación bramen contra las asambleas y que las
miren con temor y estremecimiento. No es casualidad que las comparen con los
“oscuros y siniestros” soviets en Rusia. La clase dominante ha comprendido el verdadero
significado de las asambleas populares y las otras formas de poder popular.
Son embriones de soviets.
Los soviets en
Rusia aparecieron en 1905 y volvieron a resurgir en marzo de 1917. En esencia
eran formas embrionarias de poder obrero. Pero primero surgieron como comités
de lucha, comités de huelga ampliados. Su objetivo era organizar y generalizar
la lucha contra el régimen zarista. Ellos reunían a los representantes electos
de los trabajadores en las fábricas con los representantes de las otras capas
de la sociedad: desocupados, mujeres, jóvenes, capas oprimidas de la pequeña
burguesía, en algunos casos a los campesinos, y en 1917 a los soldados. Sin
embargo la fuerza motriz siempre fue el proletariado, los trabajadores
industriales.
Existen muchos
puntos de similitud entre este fenómeno y lo que vemos en Argentina. Parte de
la razón por la que el movimiento ha adquirido este empuje tan amplio e
irresistible, fue por la participación de las capas oprimidas no proletarias:
trabajadores desocupados (principalmente a través del movimiento de los
“piqueteros”), pequeña burguesía, jubilados y ahorristas (que han visto
desaparecer sus pensiones y ahorros), amas de casa (que tienen que pagar las
facturas), jóvenes y pobres urbanos.
La profundidad
de la crisis, que arruinó a un gran sector de la clase media, ha dado al
movimiento este carácter masivo. La explosión de furia entre las clases medias
y otros elementos no proletarios priva a la clase dominante de su base de masas
y le corta el terreno a la reacción, que temporalmente ha quedado paralizada. Esto crea un
balance de fuerzas de clase excepcionalmente favorable. Pero esta situación no
puede durar. Si la clase trabajadora no toma el poder en sus manos y le enseña
a la clase media una salida en líneas revolucionarias, el ambiente entre ésta
puede cambiar y la iniciativa puede pasar a las fuerzas de la reacción.
Ya lo vimos
antes. En 1968 el régimen capitalista en Francia fue sacudido en sus cimientos
por la mayor huelga general revolucionaria de la historia. Diez millones de
trabajadores ocuparon las fábricas. El poder estaba en manos de la clase
obrera. Pero los trabajadores estaban bloqueados por la dirección estalinista
PCF y la CGT. Podían haber tomado el poder sin una guerra civil, pero se
negaron a hacerlo. Entonces la iniciativa pasó De Gaulle quién organizó una
manifestación de masas y un referéndum que ganó. De esta forma abortaron la
revolución.
En Argentina el
movimiento no ha alcanzado todavía la misma etapa que Francia en 1968. La
principal debilidad de la situación es la ausencia de un movimiento
generalizado de la clase obrera. A pesar de ocho huelgas generales muy
militantes en los últimos tres años, la clase obrera todavía no ha participado
como una fuerza independiente en los acontecimientos revolucionarios que se
iniciaron los días 19 y 20 de diciembre. La mayoría de los trabajadores
organizados están bajo el control de la CGT oficial. La burocracia sindical
está haciendo todo posible para controlar a los trabajadores. El aparato de la
CGT tiene un poder considerable y enormes recursos. Cuenta con el respaldo de
la burguesía y el estado. En realidad, la burguesía argentina no podría
mantener su dominio durante 24 horas sin su apoyo. Pero no hay que olvidar ni
por un instante que las presiones sobre la dirección de la CGT no vienen sólo
de la burguesía. La dirección va a estar expuesta también bajo la creciente
presión de la clase obrera. Como tantas veces ocurrió en la historia del
movimiento obrero de nuestro país, cuando la clase obrera empiece a moverse
inevitablemente tendrá efectos dentro de la CGT, dando lugar a una crisis
interna y a una polarización hacia la derecha y hacia la izquierda.
Ningún proceso
revolucionario es lineal, gradual y automático. La incorporación de las
diferentes capas de los trabajadores y la juventud se desarrolla por oleadas,
sacudidas con cada nuevo acontecimiento importante. Se puede asemejar a la
crecida de la marea. Incluso cuando la marea sube observamos cómo algunas olas
retroceden durante un breve período de tiempo para volver a ser impelidas hacia
adelante por un nuevo impulso de la corriente general. Lo mismo que la subida
de la marea alcanza su clímax, así una revolución alcanza también su punto
culminante, que se produce cuando los sectores decisivos de la clase obrera
llegan comprender la necesidad de la toma del poder. Pero si en ese momento no
existe un partido revolucionario con una dirección firme y resolutiva que
organice a la clase para dar el impulso definitivo, la ocasión se pierde, las
energías se disipan, las dudas comienzan a cundir entre las capas más activas,
lo cual arrastra hacia atrás a los sectores más vacilantes, y al igual que la
marea empieza a retroceder después de haber alcanzado su momento de mayor
extensión, así el movimiento revolucionario corre el peligro de ser derrotado.
III. LAS
CAUSAS DE LA
CRISIS SOCIAL Y ECONÓMICA EN ARGENTINA
El conjunto de la
economía capitalista mundial se está enfrentando a la crisis económica más
profunda en 60 años. Como explica Marx, la causa final de cada crisis del
capitalismo es la sobreproducción de mercancías, como consecuencia de la
contradicción que surge del ansia desmedida de los capitalistas por la
plusvalía (el valor del trabajo no pagado al obrero que se apropia el
capitalista y que constituye la fuente de sus beneficios) y el poder
adquisitivo limitado de las masas. La crisis actual no es una excepción. La
masiva sobreproducción de mercancías que no encuentran compradores en el
mercado, fenómeno que se profundiza por el limitado poder de compra de las
masas, es la principal causa de la crisis en todas partes. Pero eso tiene su
origen en la naturaleza anárquica y no planificada de la producción
capitalista. En última instancia, tiene su origen en la propiedad privada de
los medios de producción en manos de un puñado de grandes multinacionales y
bancos y su sed desmedida de beneficios a costa de la explotación de la clase
obrera.
La crisis de
sobreproducción que actualmente afecta a la economía capitalista a escala
internacional empezó a expresarse ya en 1998 en los eslabones débiles de la
cadena, los llamados países emergentes de América Latina y Asia. Éstos, a causa
de su debilidad histórica y sometimiento a las potencias imperialistas,
tuvieron que basar su crecimiento durante el boom en abrir extraordinariamente
sus economías al comercio mundial y las inversiones extranjeras, aumentando así
su dependencia externa. Esto se concretó, por un lado, en una reducción
generalizada de los aranceles, de las tarifas aduaneras para las mercancías más
baratas de las potencias imperialistas, lo que llevó a la ruina de un sector
muy importante de la economía nacional de todos estos países y, por otro lado,
en la privatización masiva de las empresas públicas, que a partir de entonces
quedaron en manos de las multinacionales y bancos extranjeros.
El saqueo de
los países latinoamericanos y de otras partes del mundo por parte de las
multinacionales imperialistas agrava aun más las profundas contradicciones que
genera el propio capitalismo. El intercambio desigual de mercancías baratas
(materias primas, productos semielaborados) producidas por los países menos
desarrollados a cambio de mercancías más caras (maquinaria y tecnología,
productos elaborados, etc) procedentes de los países capitalistas más
desarrollados ha sangrado a las economías de los países más débiles durante
décadas, creando las bases para una deuda externa que resulta cada vez más
insostenible. Este proceso se vio intensificado durante la última década. Las
multinacionales imperialistas han forzado una caída cada vez más pronunciada en
los precios mundiales del petróleo y las materias primas aumentando sus
beneficios mientras amplios sectores de las masas de los países más pobres
caían en la miseria más absoluta.
A través del
FMI, la OMC y el Banco Mundial, también obligaron a estos países a privatizar
las empresas públicas. Las privatizaciones supusieron que sectores estratégicos
de la economía que mantenían el empleo y permitían ciertas dosis de
proteccionismo para el mercado interno, desaparecieran o vieran sensiblemente
recortado su peso económico y el número de empleos directos e inducidos que
generaban. Además, la necesidad de ofrecer condiciones favorables a los
inversores (altos tipos de interés, vinculación de las monedas al dólar, etc.)
agravó el endeudamiento ya de por sí muy elevado de la mayoría de las economías
latinoamericanas.
La deuda
externa del llamado Tercer Mundo alcanzaba 780.000 millones de dólares en 1982,
mientras en el 2001 llegó a superar los dos billones de dólares. En Argentina
entre 1989 y 1993 se recaudaron, como consecuencia de las privatizaciones,
9.910 millones de dólares en efectivo y 13.239 millones en títulos de deuda que
representaban 5.270 millones en efectivo. Sin embargo, a comienzos de 1989 la
deuda externa de Argentina era de 60.000 millones de dólares, y a finales del
2001 alcanzaba los 175.000 millones, lo que representaba el 72,8% de la riqueza
generada por el país (PBI) antes de la devaluación, situándose ahora, después
de la devaluación, en el 130% del PBI.
Todos estos
factores debilitan enormemente estas economías y las hacen aun más dependientes
del exterior. Además, los distintos gobiernos se han visto obligados, para
acceder a las ayudas del FMI, a aplicar políticas de apertura de los mercados
nacionales a los productos que deseaban las multinacionales, a reducir
sistemáticamente los gastos sociales y a atacar los niveles de vida y derechos
de los trabajadores y demás sectores populares. Todo ello preparó el actual
escenario de crisis económica profunda e inestabilidad política.
La crisis en Argentina
Cuando
empezaron los síntomas de saturación por exceso de mercancías en los mercados
mundiales y se intensificó la lucha entre las distintas burguesías nacionales
por coparlos y captar capitales, los países emergentes fueron los primeros en
pagarlo. La crisis asiática, resultado en ultima instancia de la caída de las
exportaciones de estos países, forzó devaluaciones monetarias en todos ellos.
En Latinoamérica, Brasil (principal mercado de los productos argentinos) les
siguió. El real brasileño se ha depreciado desde 1997 hasta el 2002 un 150% con
respecto al dólar mientras el peso argentino se mantenía atado a éste. Los
exportadores argentinos vieron caer su competitividad y redujeron la actividad
y el empleo (un 50% el automóvil solo en 1999, un 30% el textil...). Muchos
trasladaron sus inversiones a! propio Brasil y a otros países. El desempleo
crecía vertiginosamente, según las estadísticas oficiales, de un 13% en 1997 a
más de un 25% actualmente, aunque en realidad es mucho mayor.
En Argentina,
la burguesía aprovechó la colaboración de la burocracia sindical de la CGT y su
influencia sobre sectores importantes de las masas del peronismo para apoyarse
en Ménem, entonces el máximo dirigente del Partido Justicialista (PJ), quien
llevó a la práctica las privatizaciones y planes de ajuste exigidos por el FMI
y auspició, junto a su ministro de Economía, Domingo Cavallo, la
convertibilidad. De esta manera el banco nacional argentino garantizaba el
mantenimiento de la equivalencia: un peso, un dólar. Para atraer capitales,
mucho más después de la hiperinflación de los 80, Argentina debía ofrecer
confianza y estabilidad a los inversores atando su moneda a otra tan fuerte y
estable como el dólar.
La
convertibilidad, unida a la privatización de empresas y servicios públicos,
atrajo capitales durante la primera mitad de la década pero beneficiando
solamente a la burguesía local, que se negó a invertir en la industria sus
beneficios ingentes prefiriendo sacar los capitales fuera del país. La baja
recaudación de impuestos, dada la falta de pago generalizada de los mismos por
parte de los capitalistas, obligó al Estado a seguir endeudándose. Las empresas,
por su parte, negándose a invertir sus ganancias siguieron recurriendo al
endeudamiento pensando que nunca le cortarían el grifo y que Argentina iba a
estar vacunada contra cualquier amenaza de crisis. Todo esto debilitaba la
economía nacional, que quedaba desarmada ante la crisis inevitable que se
anunciaba.
Las
privatizaciones y sucesivos planes de ajuste, destinados también a atraer a las
multinacionales imperialistas con bajos salarios y condiciones laborales
precarias, destruyeron empleo masivamente y redujeron el mercado interno. La
venta de empresas públicas eliminó la posibilidad de que el empleo y los
ingresos que éstas generan pudieran ser usados en el futuro para amortiguar los
efectos de la crisis. El Estado asumió las deudas privadas de las empresas y,
una vez saneadas, las vendió a los capitalistas argentinos y extranjeros
(sobretodo estadounidenses y españoles), frecuentemente por debajo de su valor
real.
La
convertibilidad no fue la causa de la crisis sino un reflejo de la debilidad y
dependencia del capitalismo argentino que, a medida que la crisis de
sobreproducción que afectaba a la economía productiva iba desarrollándose, la
agravaba hasta extremos insoportables. El capitalismo argentino estaba entre la
espada y la pared: siendo una de las economías que más dependen decapitales
extranjeros, para seguir atrayéndolos (o para que no huyesen los que habían
llegado), debía mantener la paridad con el dólar e incluso ofrecer tipos de
interés cada vez mayores, llegando al absurdo de financiar el pago de los
intereses de la deuda con más deuda. La vinculación del peso a un dólar cada
vez mas fuerte agravaba tanto este problema como el de la competitividad de las
exportaciones.
Finalmente, el
endeudamiento llevó al colapso financiero al Estado y a las empresas porque,
además, la profundidad de la recesión durante el 2000 y el 2001 recortaba cada
vez más la actividad económica: caída brutal del consumo como resultado del
desempleo y los recortes salariales, desplome de la producción industrial y la inversión.
El resultado de ese colapso de la actividad económica, agravado por la evasión
de impuestos y capitales, fue la bancarrota financiera del Estado que se añadió
a la crisis de sobreproducción y a la de la deuda. La suma de todos estos
factores provocó una espiral descendente que llevó a la economía argentina al
mayor colapso de su historia.
El “corralito”
fue, inicialmente, un intento de evitar una crisis de liquidez, de dinero
contante y sonante, en los bancos que provocara la bancarrota completa de la
economía argentina ante la retirada masiva de dinero de los mismos. En la
práctica fue un robo descarado del dinero de millones de pequeños ahorristas,
capas medias, jubilados y trabajadores, después de toda una vida de esfuerzo y
trabajo duro, a los además se condenaba a cargar el peso de la inevitable
inflación y depreciación del peso sobre sus espaldas. Esta medida se unía a una
precarización en las condiciones de vida de los trabajadores y las capas medias
que ya había llegado a límites insoportables. El número oficial de indigentes
es actualmente de cuatro millones, seis según otros datos, y 19 millones viven
en la pobreza en un país de 37 millones de habitantes. La esperanza de vida
está estancada desde hace dos décadas y la desocupación ha subido de un 13% en
1997 a un 25% según las estadísticas oficiales.
Primero, bajo
el gobierno peronista de Menem y después con el de la Alianza con De la Rúa se
aplicaron las mismas políticas antiobreras. Estas políticas provocaron luchas
muy importantes de los trabajadores, de los desocupados que organizaron el
movimiento piquetero, de los estudiantes, etc. En concreto, sólo bajo el
gobierno de la Alianza se convocaron 8 huelgas generales que dieron una buena
medida de la combatividad y la disposición a la lucha de los trabajadores
argentinos. La última de ellas el 13 de diciembre del 2001 que tuvo un
acatamiento masivo en la industria y el transporte.
Las elecciones
de octubre de 2001 ya evidenciaron el enorme malestar existente. Lo único que
por el momento lo mantenía sin explotar era el papel de contención de los
dirigentes de los tres sindicatos ofreciéndole al gobierno después de cada
huelga general una nueva tregua. La principal característica de estas
elecciones fue el “voto bronca” (abstención y nulos) de trabajadores, jóvenes y
capas medias, que ya reflejaban su enorme descontento con la situación. Otro
aspecto muy importante de los resultados electorales fue el crecimiento de la
izquierda, que en el gran Buenos Aires reunió un 27% de los votos, reflejando
la búsqueda de una alternativa revolucionaria por parte de sectores importantes
de la juventud y la clase obrera.
La instauración
del “corralito” por el gobierno de De la Rúa y la reducción de salarios,
jubilaciones y pensiones, unido al hambre y miseria creciente entre las masas
desocupadas, generaron directamente la explosión de diciembre pasado. El
intento de De la Rúa de frenarla mediante la represión y el estado de sitio
(hubo 30 asesinados) indignó todavía más a las masas. La burguesía argentina —por
primera vez en su historia— veía caer a un gobierno electo como consecuencia
directa de una insurrección popular en las calles y tuvo que buscar entre
bambalinas un nuevo gobierno. El desfile de presidentes posterior fue un
reflejo de su debilidad, derivada del ascenso revolucionario de las masas.
Los
acontecimientos revolucionarios del 19 y 20 de diciembre del 2001 no fueron
resultado de una explosión de rabia espontánea, y mucho menos un movimiento
apolítico de las capas medias limitado a pedir la devolución de sus ahorros,
como pretenden algunos; sino el resultado de la combinación de la experiencia
de lucha acumulada por los trabajadores y desocupados a lo largo de los últimos
años y de la incapacidad de la burguesía argentina para seguir haciendo avanzar
el país. Sólo entendiendo esto podemos comprender la situación actual y actuar
correctamente ante la revolución en marcha.
¿Quién tiene la culpa de la crisis?
Se convirtió en
un lugar común la afirmación de que los problemas que tenemos los trabajadores,
la juventud, los pequeños comerciantes y ahorristas provienen exclusivamente de
la existencia de políticos y jueces corruptos, que llevaron la plata y
arruinaron la nación. Es verdad que son todos ladrones y sinvergüenzas, pero no
es toda la verdad como ya explicamos. Independientemente de que las actuaciones
de estos parásitos puedan haber agravado en parte los problemas que padecemos,
no hay que olvidar que esta gente es mera testaferra de los grandes grupos
económicos del país, nacionales y extranjeros. En la práctica actúan como los
agentes políticos y judiciales de los capitalistas. Los problemas que afectan a
las familias trabajadoras (desocupación, bajos salarios, aumento de precios,
falta de vivienda, creciente degradación de la sanidad y la educación públicas,
aumento de las tarifas de los servicios públicos, pobreza creciente,
delincuencia, etc) tienen su causa en el control que ejercen un puñado de
grandes banqueros, empresarios y estancieros sobre los recursos productivos y
la riqueza de nuestro pueblo, recursos y riqueza creada por los trabajadores
diariamente con su esfuerzo, con sus manos y su cerebro.
Una economía en el abismo
El objetivo que
se trazó la burguesía argentina y el gobierno de Duhalde desde sus inicios fue,
con la reducción de los gastos estatales, el recorte de los salarios y de los
gastos sociales (educación, sanidad, vivienda, etc), la devaluación de la
moneda y la ayuda del FMI, poder sanear las empresas incrementando las
exportaciones lo suficiente como para reanimar la inversión y que la cadena
inversión-producción-consumo—beneficios pudiera volver a funcionar con relativa
normalidad al cabo de un tiempo. Pero dado que la crisis se estáá precipitando
rápidamente sobre Uruguay y Brasil, las exportaciones argentinas a estos países
también están cayendo, agravado por la devaluación de las monedas de estos
países para esquivar la crisis también a través de sus exportaciones. Por esta
razón, la clase dominante argentina necesita más que nunca atacar hasta los
huesos las condiciones de vida y de trabajo de los trabajadores, y en un
contexto donde el movimiento convulsivo de las masas les impide un ataque
directo, la colaboración de los dirigentes sindicales les resulta vital para
empezar a recomponer mínimamente la situación.
Pero los
capitalistas argentinos, estos grandes “patriotas”, con una situación
infinitamente más favorable para invertir que la actual, sacaron durante los
últimos diez años miles de millones de dólares del país (los Fondos en el
exterior pasaron de 50.077 millones de dólares en 1991 a 130.000 millones en el
2001), y actualmente siguen sacando afuera entre 2.000 y 3.000 millones de
dólares por mes. En un contexto como el actual no van a invertir. Por su parte,
las grandes multinacionales tampoco lo van a hacer significativamente; de
hecho, lo que empezaron a hacer muchas es retirar parte de sus inversiones. En
el mejor de los casos, las inversiones que se podrían realizar serían, más que
para crear empresas nuevas, para conseguir a bajo precio empresas en crisis que
consideren que pueden resultarles rentables en el futuro. Esto resulta
insuficiente para generar una recuperación seria de la economía.
El imperialismo
no parece demasiado dispuesto por el momento a facilitarle a la burguesía
argentina nuevos fondos para intentar posponer las peores consecuencias de la
crisis. Hacerlo sentaría un precedente peligrosísimo cuando “nuevas Argentinas”
son más que probables y la economía mundial está en recesión. El propio FMI
dejó claro que, en cualquier caso, la ayuda del FMI consistirá a lo sumo en una
prórroga durante dos años de los intereses de la deuda externa; pero que no va
a entrar ni un solo dólar más al país. Por supuesto que este acuerdo tan
generoso está condicionado al ajuste de los gastos estatales; es decir a
generar más sangre, sudor y lagrimas en millones de empleados públicos y de
familias trabajadoras.
Aun en el caso
de que concediesen la ayuda que pide la burguesía argentina (hubo tímidas
presiones en esa dirección por parte de los capitalistas españoles y franceses
con intereses en nuestro país) tampoco parece que esto pueda ser suficiente
para permitir por sí solo una salida rápida de la crisis. Dada la profundidad
de la depresión argentina, el contexto de crisis de la economía mundial y las
políticas de saqueo del imperialismo en toda Latinoamérica, parece que ni
siquiera una ayuda importante del FMI pueda cambiar decisivamente el rumbo de
los acontecimientos; como mucho influiría en el ritmo de éstos y ni eso es
seguro.
La única forma
que tiene la burguesía de superar las crisis periódicas de sobreproducción de
su sistema es destruyendo masivamente fuerzas productivas y expoliando aún más
intensamente que antes al resto de la sociedad, especialmente a los
trabajadores asalariados. Estas crisis son el mecanismo a través del cual el
sistema se deshace de las fuerzas productivas que desde el punto de vista del
beneficio privado deben desaparecer porque ya no son rentables. De este modo,
las partes del capital rentables se valorizan aun más. Las empresas que no
pueden soportar la crisis desaparecen dejando una estela de despidos y pobreza
detrás de ellas, pero sus mercados (o las partes que aún sean rentables) son
copados por las que se mantienen. Este proceso está en pleno desarrollo en
Argentina. Por supuesto, en un determinado momento —especialmente después de un
período prolongado de destrucción de fuerzas productivas— si hubiera una
recuperación de la tasa de ganancia de los capitalistas, éstos volverían a
invertir y el crecimiento económico se reactivaría.
Lo más probable
es que la recesión mundial actual sea profunda y, en un contexto semejante, el
panorama para una economía en plena depresión como la argentina va a ser muy
negro. Una recuperación lo suficientemente sólida de la economía argentina que
permitiese aplazar de forma duradera los ataques que necesitan aplicar y
estabilizar la sociedad mediante concesiones significativas a las masas está
prácticamente descartada. La salida definitiva de la crisis, bajo el
capitalismo, pasa por someter a la clase obrera y los sectores populares a
nuevas penalidades, más explotación y miseria.
IV. LAS
ELECCIONES PRESIDENCIALES DE MARZO DEL 2003
El anuncio del
Presidente Duhalde de adelantar al mes de marzo del 2003 las elecciones para la
Presidencia de la República provocó un cambio en el panorama político
argentino. Este anuncio tiene lugar tras el desgaste sufrido por el gobierno a
consecuencia de la brutal represión de los piqueteros en el puente de
Avellaneda a finales de junio, y en medio de la guerra civil declarada en el
interior del Partido Justicialista por los diferentes “caudillos” peronistas
que buscan postularse como candidatos a la presidencia de la República. El FMI
por su parte, mantuvo un permanente acoso, apremiando al gobierno Duhalde a que
pusiera en práctica de manera inmediata las medidas de ajuste en la economía
argentina, como condición inexcusable para recibir fondos del mismo, en un
contexto donde se profundiza la degradación económica y social del país. Todos
estos factores son los que colocaron a Duhalde en una situación insostenible,
obligándolo a convocar estas elecciones.
De esta manera,
con el anuncio de elecciones presidenciales, la burguesía argentina busca ganar
tiempo destapando una válvula de escape con la que desviar la atención de las
masas de la población de sus problemas más acuciantes. Si en todos estos meses
fue la actividad de la población en la calle la que marcó la agenda política
del país, ahora se pretende que sea la disputa electoral la que centre la atención,
con la cínica promesa de que dentro de unos meses todo se arreglará con la
elección de un nuevo presidente.
En estos
momentos, la burguesía argentina carece de un candidato fiable con una base
social de apoyo suficiente que esté en condiciones de llevar a la práctica los
planes que demandan los imperialismos americano y europeo a través del FMI. Por
eso no deja de mirar la contienda electoral con cierta preocupación.
La disputa electoral
Es verdad que
la burguesía ha tenido cierto éxito en centrar temporalmente la atención
política de las masas entorno a las futuras elecciones, y los activistas del
movimiento obrero no pueden dejar de lado este hecho.
Dentro del
peronismo se desató una lucha sin cuartel. Menem, estimulado por el
desprestigio del gobierno y el pánico entre la burocracia del partido, temerosa
de ser desalojada de sus puestos de poder tras las elecciones, se está
ofreciendo como el único ” del país, rememorando los “éxitos” económicos del
país bajo su mandato. Ese mismo “salvador”
que entregó la riqueza del país a las multinacionales extranjeras quienes, ante
la llegada de la crisis económica hace tres años, se dedicaron durante todo
este tiempo a sacar afuera sus inversiones y capitales, conduciendo al país al
desastre. El eslogan de Menem es la vuelta a la dolarización de la economía, lo
que se adecua perfectamente a los intereses de las multinacionales y los
bancos. Las primeras podrían así repatriar sus beneficios en dólares y los segundos
percibir la devolución de los préstamos concedidos a empresas y particulares en
dólares de nuevo, a costa de empobrecerlos todavía más.
Después de la
renuncia de Reutemann, es el gobernador de Córdoba, de la Sota, el que fue
designado como el candidato oficioso del peronismo. Representa al sector más
ligado al sector de la burguesía nacional exportadora, y pretende mantener la
devaluación del peso, pero coincidiendo con Menem en ajustar brutalmente los
gastos públicos y subir las tarifas de los servicios básicos (luz, gas,
teléfono y transporte) para que las multinacionales que controlan estos
servicios privatizados puedan aumentar sus beneficios, aunque sea a costa del
hambre de las familias trabajadoras. Se supone que va a ser en unas elecciones
internas en diciembre cuando se decida el candidato oficial del peronismo para
las elecciones.
Ante la falta
de apoyos internos tanto Rodríguez Saá como Kirchner anunciaron que se van a
presentar a las elecciones por afuera del peronismo. Saá ya creó su propia
plataforma electoral y se garantizó el apoyo de un sector de la burocracia
sindical, Moyano, dirigente de la CGT “disidente” ¡y del ex golpista
carapintada Aldo Rico! Rodríguez Saá no es más que un millonario burgués que
usa muy hábilmente una verborrea demagógica y “patriótica” pero que es incapaz
de concretar ni una sola medida económica para sacar al país de la crisis.
La Unión Cívica
Radical, tradicional partido burgués, está completamente hundida, a punto de
desaparecer, y no cuenta para la contienda electoral.
En el campo de
la “centroizquierda”, nombre acuñado convenientemente con la intención de
engañar a las masas, se postula Lilita Carrió que está organizando una
coalición electoral formada por su partido, el ARI, sectores del Frepaso, como
el Jefe de Gobierno de Buenos Aires, Aníbal Ibarra, y otros. Ellos dicen ser
los portavoces del capitalismo de “rostro humano”, que prometen todo lo que
quieren a quien esté dispuesto a escucharlos: empresarios, trabajadores y
ahorristas. Su bandera es el recorte de todos los mandatos; es decir, que las
elecciones se extiendan a todos los diputados y senadores, gobernadores de las
provincias e intendentes y de los municipios. De esta manera pretenden
fortalecer sus posiciones conscientes de que podrían arrebatar a peronistas y
radicales una parte importante de sus parcelas de poder, dado su enorme
desprestigio.
El carácter de
estas elecciones demuestra el miedo y la perfidia de la burguesía argentina.
Salga quien salga elegido como presidente, se va a mantener la misma
composición del Congreso y del Senado y la mayoría actual de diputados
peronistas y radicales, pudiendo usarse esa mayoría parlamentaria para forzar
la aplicación de la política que más le interese a la burguesía, al menos hasta
el mes de septiembre del 2003 que es cuando caducan todos los mandatos
parlamentarios.
Luis Zamora y la izquierda
Dentro de la
izquierda es indudable que la figura del diputado Luis Zamora es la que
despierta más apoyo entre las familias trabajadoras. Este hecho es enormemente
positivo porque jamás en la historia de Argentina ninguna figura de la
izquierda había recibido tanto apoyo potencial dentro de los trabajadores y la
juventud. Zamora habla contra el capitalismo, de que hay que reorganizar el
país bajo nuevas bases sociales y se muestra contrario a pagar la deuda
externa. Participa cotidianamente en las movilizaciones de masas y es una
persona accesible a la gente común, y que se expresa en su mismo lenguaje.
Lamentablemente,
Zamora está cometiendo serios errores. No sólo se resiste a proponer un
programa concreto de medidas a adoptar. También se dotó de una concepción
organizativa equivocada y semianarquista que contribuye a extender prejuicios
antiorganizativos reaccionarios entre las masas de la población, y que mañana
se puede volver mortalmente contra él y su grupo. Así, Zamora habla de que no
hacen falta dirigentes, ni partidos, ni estructuras, sino una organización
“horizontal”.
Sin embargo,
este discurso no puede ocultar un hecho irrefutable. Las familias trabajadoras
y quienes lo apoyan lo consideran un dirigente, “su” dirigente, le guste o no a
él. Y esto no es negativo en sí. Los socialistas revolucionarios nucleados
entorno al periódico El Militante reconocemos
que es necesario, e incluso inevitable, que la clase obrera se dote de
dirigentes que representen y coordinen a la misma en sus luchas cotidianas y en
las de más largo alcance. Eso sí, estos compañeros y compañeras deben estar
permanentemente sometidos al control de las bases, y ser elegidos y revocables
en cualquier momento por la misma. Y para evitar el arribismo y la corrupción
defendemos que nuestros representantes, si tienen que trabajar a cuenta de la
organización para dedicar todo su tiempo a luchar por nuestros intereses y a
representarnos, en ningún caso deben percibir un salario superior al salario
medio de un obrero cualificado. De esta manera si viven en las mismas
condiciones que un trabajador, nunca van a dejar de pensar y sentir como un
trabajador.
Por otro lado,
ningún movimiento u organización, se puede construir de manera eficiente sin
estructuras internas sólidas. Estas estructuras no están para asfixiar a las
bases. Al contrario, es necesario crearlas para que a través de las mismas los
militantes puedan participar de manera organizada en la vida interna y externa
de la organización y, de paso, controlar la actividad de sus representantes.
¿Cómo y a quién puede Zamora dar cuenta de su gestión si las bases de su
movimiento carecen de mecanismos para establecer ese control? ¿Y cómo se puede
aglutinar un movimiento que persiga la transformación de la sociedad entorno a
una sola persona, la de Zamora? Es significativo que aparte del compañero,
dentro de su movimiento, no existe públicamente ninguna otra persona a nivel
local o nacional que hable en nombre del mismo.
El compañero
Zamora habla de que todos los partidos de izquierda deben disolverse y adoptar
el mismo esquema de funcionamiento que su propio movimiento. Nosotros estamos
en contra de eso.
Pero quizás el
error más grave que está cometiendo Zamora es el de aliarse públicamente con el
ARI de Elisa Carrió en su demanda de que se convoque una Asamblea Constituyente
y de que caduquen todos los mandatos. Nuestra postura sobre la Asamblea
Constituyente será tratada más adelante. Lo más grave es que Zamora preste la
autoridad que acumuló ante grandes masas de familias trabajadoras, que lo
tienen a él como su principal referente político, para lavar la cara y realzar
la autoridad de Lilita Carrió y un grupo burgués, como el ARI, que nunca tuvo
entre sus objetivos defender los intereses de las familias trabajadoras.
Lilita Carrió
no es una persona ingenua que ha entrado por casualidad en la política. En la
época de la dictadura tuvo un cargo en el aparato judicial. Hasta no hace mucho
se encontraba en la nómina de la multinacional Deutsche Telekom, en calidad de
abogada de la misma. Políticamente estuvo militando hasta hace poco en un
partido burgués que hor está absolutamente desprestigiado, como es la UCR.
Deseosa de hacer carrera política, y previendo el colapso de la UCR, dejó esta
organización para formar el ARI. Su ideología es burguesa; es decir, defiende
mantener la propiedad privada de los medios de producción, que siga siendo el
puñado de grandes banqueros, empresarios y estancieros nacionales y extranjeros
los que controlen las palancas fundamentales del país. Tampoco llamó a
desconocer la infame deuda externa. Su bandera es la lucha contra la
corrupción, lucha muy barata hoy en la Argentina, y que esconde la verdadera
causa de la ruina y la miseria que nos azota, como ya explicamos en el apartado
anterior.
Los militantes
y simpatizantes del grupo de Zamora, Autodeterminación y Libertad, deben
exigirle que rompa los pactos y acuerdos contraídos con Carrió, instándolo a
que impulse un verdadero Frente Único de la izquierda para hacer frente a las
políticas capitalistas del resto de las organizaciones y candidatos burgueses,
entre los que se incluye la Carrió. De otra manera Zamora y su grupo corren el
riesgo de provocar una aguda frustación entre la gente que lo apoya y que ésta
le dé definitivamente la espalda cuando se revele ante la población el
verdadero carácter del ARI y su dirigente, Carrió.
La unidad de la izquierda y la defensa de un programa socialista
Entre las
familias trabajadoras y la juventud, no obstante, sí existe un poderoso deseo
de unidad de toda la izquierda, y esto es enormemente positivo. De lo que se
trata no es de disolver los partidos de izquierda, sino de organizar un Frente
Único de todas las organizaciones de izquierda, incluyendo a las asambleas
populares, organizaciones piqueteras y sindicatos obreros entorno a un programa
común. Esto despertaría un enorme entusiasmo entre la mayoría de la población
que sufre los efectos de la crisis capitalista. Este programa común ya ha sido
aprobado en innumerables asambleas populares, piqueteras, de trabajadores, y
debería incluir, al menos, los siguiente puntos:
· Desconocimiento de la Deuda externa.
· Nacionalización de la Banca, monopolios,
multinacionales y grandes estancias agrícolas bajo el control de los
trabajadores.
· Nacionalización, bajo control de los
trabajadores de todas las empresas que cierren o despidan trabajadores.
· Organización de Comités de Fábrica,
compuestos por trabajadores elegidos en asambleas, en todas las empresas para
aplicar un control obrero de la producción y de las cuentas de las mismas para
evitar fraudes contables y descapitalizaciones de las mismas.
· Extender las asambleas barriales y
populares a todas las localidades y barrios, con la participación de
trabajadores, desocupados, estudiantes y pequeños comerciantes. Ligar esta
asambleas populares a los comités de fábrica y a las organizaciones piqueteras
de su zona.
· Congelación de las tarifas de los
servicios públicos e instauración de una “tarifa social” más baja para las
familias pobres y desocupadas.
· Un Salario Mínimo de 650 pesos.
· Escala móvil precios-salarios para no
perder poder adquisitivo y que no se degraden aún más nuestras condiciones de
vida. Ajustar los salarios a los precios cada tres meses.
· Si no se les puede garantizar un puesto
de trabajo a los desocupados, que se abone el salario mínimo a todos los
desocupados hasta que encuentren un trabajo.
· Devolución de los depósitos confiscados
a todos los pequeños ahorristas cuyos montos no superen los 100.000 dólares.
· Reclamo del boleto estudiantil para los
estudiantes.
· Llamamiento a las bases de la CGT y la
CTA a que discutan, voten en asamblea y se adhieran a este programa.
· Estimular la formación de comités de
soldados y policías para que se nieguen a ser utilizados en la represión
popular y denuncien y demanden la expulsión de todos los elementos fascistas y
reaccionarios de los cuarteles y las comisarías. Ligar estos comités a las
asambleas populares y comités de fábrica.
· Por un gobierno de los trabajadores. Una
reorganización de la sociedad sobre nuevas bases sólo se puede dar con la plena
participación de las familias trabajadoras en el control y la gestión social y
económica del país, a través de los comités de fábrica, las asambleas barriales
y las organizaciones piqueteras.
¿Son las elecciones la salida para resolver los problemas de los
trabajadores?
Toda revolución
pasa por ciertas etapas. Si en el primer impulso la clase obrera no es capaz de
tomar el poder, es inevitable que el movimiento atraviese durante un período
una etapa de parlamentarismo antes de alcanzar un enfrentamiento decisivo. La
clase dominante no desea todavía un enfrentamiento decisivo con los
trabajadores en esta etapa porque no tiene confianza en salir victoriosa. Por
eso intenta todo tipo de trucos para desviar la atención de los trabajadores
del objetivo del poder obrero para así conducirlos por los caminos más seguros
de las elecciones y el parlamentarismo. Trata así de ganar tiempo, disipar las
energías revolucionarias de las masas, ganar para su base a los sectores más
atrasados con todo tipo de promesas electoralistas, aislar de las grandes masas
a los sectores más consciente y avanzados de los trabajadores y la juventud,
etc.
Esto siempre
fue así. No es nada nuevo. Antes de la revolución de octubre en Rusia, en 1917,
entre el período de febrero a octubre, hubo elecciones a las Dumas municipales
y se convocó un “preparlamento” (realmente una conferencia de delegados de los
diferentes partidos), que fue boicoteado por los bolcheviques porque ya tenían
la mayoría decisiva en los Sóviets, y se estaban preparando para la insurrección.
En la Revolución española de 1931-37, hubo hasta tres elecciones parlamentarias
y municipales antes del enfrentamiento decisivo, cuando se inició la guerra
civil.
Dentro de la
izquierda se está produciendo un debate intenso sobre la conveniencia o no de participar
en la próxima pelea electoral. Todos los grupos están llamando abiertamente al
boicot de la misma con el argumento de que participar en ella significa
colaborar con los planes de Duhalde y la burguesía argentina, teniendo en
cuenta además de que, a pesar de las elecciones, se van a mantener todos los
mandatos en el gobierno, el Parlamento, las provincias, los municipios y en la
Corte Suprema, y por lo tanto estas elecciones son un fraude para engañar al
pueblo, creándole falsas ilusiones porque van a seguir mandando los mismos.
Frente a este plan, todos los grupos relevantes de la izquierda proponen la
convocatoria de una Asamblea Constituyente que asuma la dirección del país y dé
plena satisfacción a las necesidades de los trabajadores y del resto de capas
oprimidas de la sociedad.
Los socialistas
revolucionarios de El Militante
coincidimos con estos compañeros en denunciar la maniobra electoral del
gobierno burgués de Duhalde. Como explicamos al inicio de este apartado lo que
pretende la burguesía es ganar tiempo y desviar la atención de las masas de la
población de la comprensión de las verdaderas causas de sus problemas. Los
problemas de la clase obrera, de los jóvenes, profesionales o pequeños
comerciantes, como ya explicamos en otro momento, no fueron causados por la
existencia de políticos o jueces corruptos, independientemente que sus
actuaciones hayan agravado los problemas que padecemos. Estos problemas
(desocupación, bajos salarios, aumento de los precios, falta de vivienda,
degradación creciente de la sanidad y la educación públicas, aumento de las
tarifas de los servicios públicos, pobreza creciente, delincuencia, etc) tienen
su causa en el control que ejercen un puñado de grandes banqueros, empresarios
y estancieros sobre los recursos productivos y la riqueza de nuestro pueblo,
recursos y riqueza creada por los trabajadores diariamente con su esfuerzo, con
sus manos y su cerebro.
Mientras las
palancas fundamentales de la economía: los bancos, las grandes empresas y las
estancias agrícolas permanezcan en manos de los capitalistas nunca podrá
liberarse la clase obrera de las cadenas que la mantienen oprimida. Toda la
historia demuestra que la transformación socialista de la sociedad a la que
aspiramos sólo se puede alcanzar con la expropiación de los grandes
capitalistas, que son los que controlan el 80% de los recursos productivos del
país. Esta riqueza debe pasar a manos de las familias trabajadoras,
gestionándola democráticamente en base a las necesidades de la mayoría de la
población. Pero esto sólo se puede conseguir con la lucha y la actividad de las
masas de la población trabajadora en la calle, las fábricas y los barrios,
mediante la creación y organización de los órganos de poder obrero y popular
con el que sustituir las estructuras de este podrido sistema. Estos elementos
de poder obrero son los Comités de Fábricas, las asambleas barriales y
populares y las organizaciones de los trabajadores y desocupados, que deben
tomar posesión de las fábricas, bancos, empresas y estancias, y el poder
político del país.
Todo esto es
abecé para cualquier activista obrero y juvenil y para cualquier socialista
revolucionario. Pero también debemos tener en cuenta que lo que es evidente
para nosotros no necesariamente es evidente todavía para las más amplias masas
de la población que recién despertaron a la actividad política y que todavía
pueden mantener ciertas esperanzas en que algún político “honrado” pueda sacar
al país de la ruina, pudiendo prestar el oído a algún demagogo burgués que
prometa el cielo, la luna y las estrellas con el fin de crear falsas
expectativas para ganar su voto; y todo esto en un contexto, además, donde aun
no existe un partido, una organización socialista y revolucionaria con
influencia de masas que sea vista como una alternativa viable frente a estos
políticos burgueses profesionales.
Ante la situación límite que la crisis capitalista ha conducido a
millones de familias trabajadoras, muchas de ellas rozando el hambre y la
desesperación, no sería extraño que una amplia capa de la sociedad preste su
confianza, aunque sea de “mala gana”, en alguna de esta gente, con la esperanza
de que quizás pueda haber una salida electoral a la barbarie actual.
En particular,
es bastante probable que la Carrió, a pesar de toda su palabrería, se presente
finalmente como candidata y el propio Rodríguez Saá ya dejó claro que se
mantiene en la pelea, organizando mítines importantes. No cabe duda de que,
frente a políticos burgueses completamente desacreditados como Menem, De la
Sota, Terragno, López Murphy o Cavallo, mucha gente, incluido un sector de la
clase obrera, va a prestar su voto a los dos primeros, viendo en ellos unos
políticos que “de boquilla” se enfrentan a los elementos más corruptos y agitan
un programa que puede sonar “radical” y “patriótico” (contra el FMI, contra la
corrupción, por la soberanía nacional, etc), y esto será así tanto más cuanto
ningún candidato de la izquierda se postule para estas elecciones.
Con lo que, en
estas circunstancias, a pesar del boicot de la izquierda, demagogos burgueses
como Carrió y Rodríguez Saá (el resto de políticos burgueses ya está
suficientemente desacreditado a los ojos de la población) en lugar de
debilitarse van a salir fortalecidos al aparecer como las campeones de la
“causa popular”. La bandera de la lucha contra el gobierno Duhalde, contra la
corrupción, contra el FMI, contra las multinacionales, por la “transformación
social” será, pues, arrebatada a la izquierda y asumida por esta gente en la
próxima contienda electoral, ante los ojos y oídos de las más grandes masas.
¿Cuál fue la
posición del marxismo revolucionario en estas situaciones? Como regla general
sólo es correcto plantear un boicot a un parlamento burgués cuando se está en
condiciones de oponer una alternativa mejor, es decir, Sóviets, órganos de
poder obrero constituidos, dominados por los revolucionarios. Si no, se está
obligado a participar. De lo contrario, nos estaríamos boicoteando a nosotros
mismos, ya que ese hueco lo van a ocupar otros, demagogos burgueses, que
utilizarán un lenguaje que puede sonar ” para luego traicionar a los
trabajadores.
Por esta razón,
los socialistas revolucionarios de El
Militante, consideramos que no habría que tener una postura cerrada ni
totalmente decidida en relación al boicot. El hecho de participar en estas
elecciones, a pesar de su carácter fraudulento, no supone en absoluto legitimar
a Duhalde ni sus planes. Como el hecho de haber participado en las elecciones
de octubre del 2001 tampoco quiso decir que la izquierda legitimaba la podredumbre
del gobierno de De la Rúa. De lo que se trata precisamente es de aprovechar la
publicidad que genera la propia campaña electoral para denunciarlos
públicamente con más fuerza si cabe, al mismo tiempo que arrebatamos las
banderas de la lucha popular a demagogos como Carrió o Saá, mostrándolos a la
vista como lo que son: políticos burgueses profesionales que utilizan
demagógicamente el hambre del pueblo para hacer carrera política y que mañana
van a traicionar las esperanzas que se depositan en ellos, en la medida que no
cuestionan el sistema social que genera el hambre y la ruina de las familias
trabajadoras, el sistema capitalista.
En cambio,
habría que valorar que la participación en estas elecciones nos daría una gran
oportunidad para difundir nuestro programa e ideas, organizar mítines y
reuniones con decenas de miles de personas a lo largo y ancho del país. Llegar
a capas a las que hasta ahora no llegamos, estimulando la organización de
trabajadores y jóvenes en partidos, sindicatos y asambleas, concentrando
millones de votos procedentes de los trabajadores y la juventud que de otra
manera irían a parar a demagogos burgueses que los utilizarían para reforzar
sus propias posiciones en la sociedad, en detrimento de la izquierda. No cabe
duda de que, fuera cual fuera el resultado, la izquierda saldría fortalecida de
este proceso. La mayoría de las familias trabajadoras van a tener la
oportunidad en estos meses de comprobar aún más la podredumbre de este sistema
y de sus instituciones, organizadas y creadas para engañar y oprimir al pueblo.
Si finalmente
se decidiera participar en las elecciones de marzo, entonces habría que
discutir la formación de un Frente Único de la izquierda, presentando un
programa auténticamente socialista, porque eso nos podría fortalecer
enormemente y ayudar a acelerar el proceso de toma de conciencia de los
trabajadores.
Habría que
pensar que si mañana, Duhalde o quien esté frente a la presidencia del país
llame a elecciones para renovar el Parlamento, ¿también habrá que llamar al
boicot? Como decíamos antes, como regla general no se boicotea un parlamento
burgués hasta que no se es lo suficientemente fuerte para derrocarlo y
sustituirlo por algo mejor. Pero, por otro lado, el conseguir representantes de
los trabajadores en el parlamento ayudaría a organizar a los trabajadores. La
utilización de las bancas parlamentarias de manera revolucionaria,
utilizándolas como un enorme altavoz a través de la prensa, la radio y la
televisión, aceleraría el proceso de toma de conciencia de la clase obrera, nos
daría mayor popularidad y haría llegar nuestro programa e ideas a millones de
personas en todo el país. Nadie puede dudar que una de las razones de la
popularidad y notoriedad alcanzada por el compañero Zamora se debe a su hábil
utilización de la banca parlamentaria para dar a conocer sus ideas y denunciar
a los representantes políticos de este sistema.
Ahora bien,
como decíamos al principio de este apartado, sería un error confiarlo todo a la
contienda electoral. La lucha parlamentaria debe ser un complemento a la lucha
en la calle que es la que ha volteado tres presidentes y ha hecho consciente a
la clase trabajadora argentina de su poder y fuerza en la sociedad. La lucha
parlamentaria no debe ser la excusa para abandonar tareas que en sí mismas son
más importantes: la explicación paciente de nuestro programa y modelo de
sociedad a las más amplias masas de trabajadores y jóvenes; organizarlos, y
particularmente, penetrar en la base de los sindicatos mayoritarios, CGT y CTA,
para apartar a los dirigentes burocratizados y corruptos y sustituirlos por
auténticos luchadores, representantes genuinos de los intereses de los
trabajadores.
Hay que
aumentar el nivel de comprensión de lo que nos estamos jugando, continuar movilizando
con marchas, manifestaciones y huelgas para hacer ver al conjunto de las
familias trabajadoras nuestro poder y fuerza y de la necesidad de controlar y
gestionar por nosotros mismos los recursos productivos de la sociedad. Sólo
cuando la mayoría de la clase obrera acepte este programa, organice y participe
en estos órganos de poder obrero y popular se podrá plantear la transferencia
del poder, de una minoría corrupta y parasitaria que nos gobierna hoy, a la
clase obrera y resto de capas oprimidas de la sociedad.
V. LA
ASAMBLEA CONSTITUYENTE
Como explicamos en
otros artículos que trataron el proceso revolucionario en Argentina desde sus
comienzos, la consigna defendida por la mayoría de las organizaciones de
izquierda argentina de reclamar una Asamblea Constituyente ha demostrado ser
totalmente inadecuada y, bajo las circunstancias que atraviesa el país,
particularmente reaccionaria.
Ya avisamos en
su momento que, para desviar la atención de las masas de los auténticos
objetivos que se derivan del proceso revolucionario en marcha que no es sino la
lucha por un gobierno de los trabajadores, otras organizaciones burguesas y
pequeñoburguesas también reclamarían la convocatoria de una Asamblea
Constituyente. De esta manera es como el ARI, el Frepaso e, incluso, el
peronista Kirchner se sumaron al carro de este reclamo. Incluso Duhalde anunció
la reforma de Constitución mediante un proceso que ante las masas puede sonar
similar a la convocatoria de dicha Asamblea Constituyente.
Lamentablemente,
con el anuncio de la convocatoria de elecciones, los grupos relevantes de la
izquierda no sólo mantienen esta consigna sino que le están dando el
protagonismo central en toda su propaganda. Llegado este punto, tenemos que
recordar qué significa exactamente la convocatoria de una Asamblea
Constituyente.
Una Asamblea
Constituyente es un parlamento burgués cuyo cometido es elaborar una nueva
Constitución para el país. Ni más ni menos que eso. La historia de Argentina,
como la de todos los países donde existe la democracia burguesa, conoció muchas
asambleas constituyentes (la última tan cercana como la de 1994) que no
cambiaron las estructuras fundamentales del capitalismo, pues sus fundamentos
básicos han permanecido inalterables: la propiedad privada de los medios de producción:
bancos, tierras, fábricas, etc. La consigna de la asamblea constituyente es por
lo tanto una consigna democrático-burguesa, no socialista.
Sin embargo,
comprendemos muy bien que, en determinadas circunstancias, no sólo es correcto
para los trabajadores luchar por consignas democrático burguesas, como la de la
Asamblea Constituyente, también es absolutamente necesario hacerlo.
Una consigna democrático-burguesa
Pero ¿En qué
circunstancia se deben plantear este tipo de consignas? Hay dos posibilidades:
1) en un país semifeudal o semicolonial y 2) en un país donde no existe un
parlamento, elecciones u otros derechos democráticos. Pero ninguna de estas condiciones se puede aplicar a
Argentina.
Argentina no es
un país atrasado o semifeudal. Lleva casi doscientos años de independencia, y
es la tercera economía más grande de América del Sur, así que difícilmente
entra en la categoría de nación semicolonial (el hecho de que la oligarquía
haya reducido la antigua décima nación industrial del plantea a una situación
de ruina y miseria o que muchas industrias privatizadas hayan caído en manos
extranjeras es una cuestión aparte).
En la
revolución rusa de 1917 la consigna de la asamblea constituyente —una consigna
democrática burguesa— jugó un papel progresista a la hora de movilizar a las
masas contra el zarismo. ¿Es apropiada esta consigna en la situación actual de
Argentina? En absoluto.
Durante las últimas dos décadas Argentina ha tenido un régimen democrático
burgués que no difiere en lo esencial de los regímenes democráticos burgueses
de Europa o EEUU.
Se podría
objetar que la democracia burguesa de Argentina es un régimen fraudulento y
corrupto que simplemente sirve para enmascarar la dictadura de los banqueros y
los capitalistas. Es verdad, pero se olvida de un detalle. Y es que bajo el
capitalismo la democracia siempre tiene un carácter extremadamente parcial,
distorsionado e incompleto, no sólo en Argentina, sino también en los demás
países, incluso en los más “democráticos”.
Sí, los
políticos argentinos son corruptos y no representan los intereses de la
población que les votó. Pero lo mismo se puede aplicar a los políticos de EEUU
(como demuestra una vez más el escándalo de Enron). Recientemente también se
demostró que Bush fue elegido para la Casa Blanca gracias al fraude. Y los
políticos europeos no son mucho mejores, aunque quizá un poco más sutiles, lo
que simplemente significa que son más cuidadosos a la hora de engañar a la
población.
Es verdad que
el verdadero gobernante de Argentina no es la población o los políticos que ha
“elegido”, sino la oligarquía corrupta y podrida que gobierna en la sombra y
que utiliza a los políticos como marionetas. Pero lo mismo es aplicable al
resto de democracias burguesas del mundo. ¿Acaso Bush en Estados Unidos, Chirac
en Francia o el primer ministro “laborista” británico Tony Blair representan a
la gente que les votaron? La respuesta es obvia.
Es verdad que
las llamadas “libertades democráticas” que “disfruta” el pueblo argentino
tienen simplemente un carácter formal. La prensa “libre” es propiedad y está
bajo el control de un puñado de multimillonarios. Y todo el mundo puede decir
(más o menos) lo que quiera, pero es la oligarquía la que decide. Esta
“democracia” es sólo un fraude y una hoja de parra que disfraza la realidad de
la dictadura del Capital. Sí, todo esto es verdad. Pero todo lo que demuestra
es que Argentina es una democracia burguesa perfectamente normal.
Las demandas transicionales y el poder obrero
Comprendemos muy
bien que para poner a las masas del lado de la revolución socialista no basta
con hacer propaganda abstracta a favor del socialismo. Sería una concepción
completamente sectaria que nos apartaría de las masas. Marx explicaba en las
páginas del Manifiesto comunista que los comunistas debían ser los
luchadores más decididos y resueltos, debían estar a la vanguardia de cada
lucha con las reivindicaciones que sirviesen a los intereses de la clase
obrera. La revolución socialista sería impensable sin la lucha cotidiana para
avanzar bajo el capitalismo.
Para asegurar
la victoria de la clase obrera en Argentina, es imperativo que las consignas de
la vanguardia sirvan para que el movimiento avance, paso a paso, hacia el
objetivo del poder obrero. Es necesario luchar vigorosamente por cada demanda
parcial que tenga como objetivo la defensa del empleo, los salarios y las
condiciones de vida. También es necesario explicar que la única garantía real
de conseguir una solución genuina y duradera para los problemas de la población
es la transferencia del poder a las manos de los propios trabajadores.
Los ataques del
gobierno van a provocar inevitablemente una respuesta por parte de los
trabajadores, como de hecho ya está ocurriendo. La tarea de la vanguardia es
intentar dar una expresión organizada, generalizarla y extenderla a cada
industria, ciudad y barrio. La única forma de hacer esto es popularizando la
consigna de los comités de fábrica (sóviets) u otra similar (coordinadoras
obreras, etc). Con la agitación en torno a esta consigna, la vanguardia podrá
conectar con el ambiente general de la clase, planteando una demanda que
realmente corresponde con las necesidades del momento, mientras prepara el
terreno para llevar adelante la lucha a un nivel más elevado.
También se
trata de un hecho objetivo porque el movimiento ya llevó a la creación de
Asambleas Populares locales. Pero lo más importante de todo es que ha habido
una tendencia a vincular las Asambleas Populares con los comités obreros en las
fábricas. Aquí está la clave del éxito.
Carece de
importancia real qué palabras se utilicen para describir este fenómeno. En
Rusia se llamaron sóviets (consejos), en la huelga general de 1926 en Gran
Bretaña el papel de los sóviets lo jugaron los comités locales de los sindicatos,
los trades
councils. Durante la
revolución española de 1931-37, Trotsky llamó a la formación de juntas
revolucionarias. Más tarde, en Francia, surgió la expresión “comités de
acción”. El término realmente carece de importancia. Lo que es importante es el
contenido. En Argentina, los órganos revolucionarios de lucha que abarcan a
amplias capas de los explotados en los barrios son las Asambleas Populares. Y
éstas son, al menos, el embrión de los sóviets, es decir, el embrión de un
nuevo poder.
Sin embargo, es
obvio que la tarea inmediata de los comités es organizar y centralizar la
lucha. El objetivo de los comités, que deberían ser elegidos en la medida de lo
posible en los centros de trabajo y en las barrios populares, debería ser
organizar la acción: huelgas, manifestaciones, boicots, distribución de comida,
etc. Y esto debería culminar en una huelga general nacional. Nuestro objetivo
debe ser vincular los comités local, regional y nacionalmente, preparando el
camino para un congreso nacional de comités de fábrica y asambleas populares,
para coordinar la lucha y preparar la toma del poder.
Hay
organizaciones de izquierda bastante relevantes que, de manera más o menos
precisa, también defienden la necesidad de un gobierno de los trabajadores. Sin
embargo, es justo aquí que estos compañeros terminan invariablemente con la
siguiente consigna: elegir una Asamblea Constituyente libre y soberana,
convocada por el pueblo movilizado, que se haga cargo de la reorganización
social y política del país”. En lugar de las palabras “libre” y “soberana” hay
quienes emplean el término de “revolucionaria”, creyendo que con ese mero
cambio cambia la cosa en sí. Como decía Shakespeare, una rosa con otro nombre
sigue oliendo como una rosa. En el fondo no hay diferencias entre ambas
concepciones.
Si es cierto
que lo que se necesita en Argentina es el poder obrero, en este contexto, ¿qué papel puede
jugar la consigna de la asamblea constituyente? Como ya hemos señalado antes,
se trata de una consigna democrática burguesa, apropiada a una situación donde no
existen instituciones democráticas, parlamento, elecciones, etc. Pero en la
actualidad no es el caso de Argentina.
¿Qué significa
exactamente la asamblea constituyente? Sólo esto: “No queremos el actual
régimen parlamentario burgués. Queremos otro, más amable, un régimen
parlamentario democrático burgués”.
Pero este régimen no es posible en las actuales condiciones de Argentina. Y la
profundización de la crisis capitalista a escala mundial sólo va a emperorar
todavía más las cosas, no las va a mejorar, para el capitalismo argentino. La
solución no es la introducción de una nueva forma de democracia burguesa, sino
la eliminación radical del capitalismo, la introducción del dominio de la clase
obrera. Pero esto es algo muy diferente a una asamblea constituyente.
¿Cómo se puede
justificar esta consigna ante los trabajadores en la lucha contra el régimen de
Duhalde? Bien, se pueden exigir elecciones para una nueva asamblea
constituyente, como están planteando Zamora e Izquierda Unida. Pero la asamblea
constituyente no es una solución mágica, es sólo un parlamento democrático. Los
trabajadores dirán: “Pero si ya tenemos un parlamento y hemos votado
‘libremente’ muchas veces, a los radicales, a los peronistas, a De la Rúa.
Probablemente vamos a votar en las próximas elecciones (¡aunque puede que no!).
¿Qué hay de bueno en esto cuando a los que eliges son todos unos ladrones y
unos sinvergüenzas?”
Es un buen
ejemplo de sentido común. El problema no es que no exista parlamento. Existe.
Tampoco lo es que la población no pueda votar. Vota. El problema es que ninguno
de los partidos que están presentes en el parlamento está dispuesto a luchar
por los intereses de la población, todos quieren defender el status
quo, es decir, el
podrido régimen capitalista que ha llevado a la bancarrota al país y reducido a
la población al hambre y a la miseria. La consigna de la asamblea constituyente
no se dirige al problema central. Lo ignora porque plantea una solución que no
lo es en absoluto.
¿Quién convocará la asamblea?
Hay muchos
problemas prácticos con esta consigna, y que la hacen bastante inútil desde un
punto de vista revolucionario, quizá peor que inútil. Comencemos con el más
obvio: ¿Quién convocará la asamblea constituyente? Esta pregunta —aparentemente
tan simple— va directa al fondo de la cuestión. La oligarquía, el ejército, los
peronistas, los radicales y sus patronos en Washington no ven por qué (al menos
en esta etapa) deben hacer tal cosa. Están felices con la situación actual y
como dice los estadounidenses: “Si algo no está roto, ¿por qué arreglarlo?”.
En la
actualidad, la consigna de una asamblea constituyente no se corresponde con la
situación real de Argentina, donde ya existe una república burguesa. No desafía
el dominio del capital ni del imperialismo, que está perfectamente feliz con un
parlamento electo, que tiene muchas ventajas para el mantenimiento del dominio
de los bancos y los monopolios.
¿En qué se
diferencia la asamblea constituyente del sistema actual? De acuerdo con el
pasaje antes citado, en que es “libre y soberana”. La palabra “libertad” tiene
un significado relativo, y no absoluto, como ya hace mucho tiempo explicó Marx.
¿Libertad para quién o para qué? En la medida que la tierra, los bancos y los
monopolios siguen en manos de la burguesía, la asamblea constituyente o
cualquier otra forma de parlamento democrático no resolvería nada.
Lo decisivo no
es la forma constitucional-legalista de dominación, sino la composición del
parlamento y qué clases predominan en él. Y hay poca diferencia en si la lucha
parlamentaria se realiza en el parlamento actual (con todas sus limitaciones y
deficiencias) o en una hipotética asamblea constituyente. Lo decisivo no es la
forma, sino el contenido. Debemos recordar que la Asamblea Constituyente en
Rusia llegó a tener un significado contrarrevolucionario porque estaba dominada
por los eseristas y mencheviques.
Si por asamblea
constituyente tenemos en mente una asamblea revolucionaria que desafíe el poder
y los privilegios de la oligarquía, entonces es evidente que el único poder que
puede hacer tal cosa es la clase obrera organizada, de tal forma que pueda
imponer su voluntad a la clase dominante. Debemos recordar que en Rusia fueron
los sóviets lo que convocaron las elecciones a la Asamblea Constituyente,
después de la toma del poder.
Estos
compañeros son muy claros en esto. Dicen que la asamblea constituyente debe ser
“convocada por el pueblo movilizado”. Pero aquí hay una contradicción. Si la
clase obrera argentina tiene la suficiente fuerza para imponer su voluntad a la
clase dominante y convocar una asamblea constituyente, entonces también debe
ser lo suficientemente fuerte para tomar el poder. La clase obrera debería
tomar el poder a través de sus propias organizaciones de lucha, las Asambleas
Populares (sóviets), Comités de Fábrica, etc. ¿Por qué entonces se
introduce la cuestión de una asamblea constituyente?
En Rusia los
bolcheviques utilizaron cuidadosamente la consigna de la asamblea constituyente
en el periodo de agitación revolucionaria durante los meses previos a la
Revolución de Octubre. El objetivo principal era movilizar a las capas más
atrasadas de la población, especialmente al campesinado, para ponerlas del lado
de las clases trabajadoras, y para ello hacían uso de demandas democráticas
revolucionarias.
Sin embargo, en
la práctica, la consigna de la asamblea constituyente no jugó un papel clave
para el campesinado porque los campesinos, incluso menos que los trabajadores,
no se dejan impresionar por las fórmulas constitucionales abstractas. Los
bolcheviques ganaron a las masas campesinas con la consigna de la tierra. Una
vez que para los campesinos fue evidente que los partidos que tenían la mayoría
en la Asamblea Constituyente eran los mismos viejos dirigentes que se opusieron
a la Revolución de Octubre (y por lo tanto al programa agrario bolchevique),
inmediatamente les dieron la espalda.
Pero la
Argentina del 2002 no es la Rusia de 1917. En aquella época en Rusia había como
mucho diez millones de trabajadores (incluido el transporte, la minería, etc.)
de un total de ciento cincuenta millones de habitantes. La correlación de
fuerzas era completamente diferente, y esto explica por qué Lenin y Trotsky
tuvieron que insistir en 1917 en las consignas democrático-burguesas. La
comparación entre la Argentina actual y la China atrasada, semifeudal y
semicolonial de los años treinta —cuando Trotsky también (correctamente)
defendió la consigna democrático-burguesa de la asamblea constituyente— todavía
está más fuera de lugar.
La gran mayoría
de los partidos de izquierda en la Argentina, sino todos, no sólo han adoptado
la consigna de la asamblea constituyente, sino que le han asignado un papel
central en su propaganda. La consigna de la asamblea constituyente
—independientemente de las intenciones subjetivas de sus defensores— implica
que dentro del capitalismo existe algún tipo de solución para la crisis
argentina. Esta consigna
no plantea la abolición revolucionaria del capitalismo, aunque parece que se ha
confundido con la idea del poder soviético. Las diferencias terminológicas
normalmente no tienen mucha importancia, siempre que seamos claros en la
esencia de la materia. Sin embargo el marxismo es una ciencia, y toda ciencia
debe mantener una actitud rigurosa hacia todas las cosas, incluida la
terminología. Las palabras que usamos deben corresponder tan fielmente como sea
posible al fenómeno que estamos describiendo. El uso ambiguo y descuidado del
lenguaje puede producir ambigüedades e incluso errores perjudiciales. Si la
idea de una asamblea constituyente simplemente significa un congreso nacional
de asambleas populares, entonces estaríamos completamente de acuerdo. Pero si
es este el caso, ¿no sería mejor dejar esto claro?
En interés de
la claridad, también es necesario plantear una objeción a la formulación de una
asamblea constituyente “libre y soberana”. ¿En qué sentido una asamblea
constituyente en Argentina aspira a la “soberanía”? La idea de “soberanía”
podría apelar a instintos patrióticos de los argentinos, pero es un hecho que
Argentina no es “soberana”, y no lo va a ser en la medida que forma parte de la
economía capitalista mundial. En realidad, ningún gobierno del mundo es
“soberano”, como se ha descubierto recientemente en el caso de Rusia y China.
Los orígenes de la crisis actual en Argentina no se encuentran en Argentina,
sino en el mercado mundial. Y la solución a la crisis tampoco se puede
encontrar en Argentina.
Incluso si
—como esperamos fervientemente— la clase obrera argentina consigue tomar el
poder en sus manos y comenzar la transformación socialista de la sociedad, no
podría resolver sus problemas sin la ayuda de, al menos, los trabajadores de
Brasil, Chile y otros países de América Latina. Igual que, para estos últimos,
resultaría vital la ayuda de los trabajadores argentinos en una eventual
revolución triunfante en dichos países. Lo que se debe plantear no es la
“soberanía”, sino la extensión de la revolución a toda América Latina y la
formación de los Estados Unidos Socialistas de América Latina.
Si la asamblea
constituyente significa, en otras palabras, que concentra todo el poder en sus
manos para aplastar la resistencia de los banqueros y los capitalistas,
entonces estamos hablando de algo más serio que un parlamento democrático
burgués, hablamos de un gobierno revolucionario de la clase obrera que se pone
al frente de la nación para llevar adelante la expropiación del latifundismo y
el capitalismo. Y lo más probable es que muchos de estos compañeros quieran decir
esto. Pero entonces deben dejarlo absolutamente claro.
Si esta
interpretación es correcta, entonces no estamos hablando de una asamblea
constituyente, sino de un gobierno de los trabajadores, de una democracia
obrera. En este caso, da la impresión de que a estos compañeros, por alguna
razón, les da miedo llamar a las cosas por su nombre, colocando Asamblea
Constituyente donde debe decir gobierno de los trabajadores a través de sus
propios órganos de poder obrero.
Sin embargo, el
término asamblea constituyente no es un sustituto aceptable para la consigna
del poder obrero. Las dos ideas no son en absoluto iguales. Y mientras que
podemos aceptar completamente que los compañeros quieren lo mismo que nosotros,
creemos que esta fórmula es errónea y que puede provocar una desorientación
seria, desviar la atención de las masas de la tarea central, e incluso en el
futuro hacer naufragar la revolución.
En realidad, es
perfectamente posible tener una asamblea constituyente dentro del marco del
capitalismo. Esto significa que no representa ninguna amenaza para el régimen
existente. Pero sí podría representar una amenaza para el futuro de la
revolución en Argentina, en la medida que desvía la atención de la clase obrera
de las tareas centrales y crea ilusiones peligrosas en la posibilidad de una
“tercera vía” entre el capitalismo y el socialismo, o una etapa
“democrático-burguesa” separada en la revolución.
Las ‘ilusiones democráticas’ de las masas
La manera en la
que algunos dirigentes relevantes de la izquierda justifican su postura es
realmente sorprendente. Dicen que, efectivamente, la Asamblea Constituyente es
un parlamento burgués que no va a resolver nada. Pero que es necesario
plantearlo porque las masas “todavía no han agotado sus ilusiones democráticas”
y deben pasar por la experiencia de una asamblea constituyente para que se den
cuenta de que la auténtica solución está en un gobierno de los trabajadores.
Así, para estos “sabios” y “maestros” los trabajadores resultan ser unos
estudiantes no muy espabilados a los que conviene enseñar cosas ¡en las que
estos mismos “maestrillos”, a espaldas de los propios trabajadores, dicen no
creer!, o más bien enseñarles a palos: “¡No quieren un gobierno de los
trabajadores todavía ¿eh?, pues les daremos una Asamblea Constituyente para que
aprendan. Ya vendrán a pedir por un gobierno obrero!”
Nosotros
preferimos el método marxista que es el de decir siempre la verdad a los
trabajadores, por muy dura que sea ésta, al mismo tiempo que explicamos
nuestras ideas pacientemente confiando en que la propia experiencia de los
trabajadores y la juventud ,junto con una audaz agitación en fábricas,
sindicatos, centros de estudio y barrios hagan ver a la mayoría de la clase
obrera la corrección de nuestras ideas.
El planteo anterior resulta, además, contradictorio con la posición de boicot que mantienen a las elecciones presidenciales porque si admiten que todavía existen ciertas ilusiones en el tipo de “democracia” que hay en la Argentin