Y LAS TAREAS DE LOS REVOLUCIONARIOS
I. INTRODUCCIÓN
II. EN ARGENTINA SE ABRIÓ UN PROCESO REVOLUCIONARIO
III. LAS CAUSAS DE LA CRISIS SOCIAL Y ECONÓMICA EN ARGENTINA
IV. LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES DE MARZO DEL 2003
V. LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE
VI. EL TRABAJO EN LOS SINDICATOS
VII.. ‘REVOLUCIÓN NACIONAL’ O
REVOLUCIÓN SOCIALISTA.
VIII. ‘SOCIALISMO NACIONAL’ O
FEDERACIÓN SOCIALISTA DE AMÉRICA LATINA
VIII.
LAS OCUPACIONES DE FÁBRICAS: ESTATIZACIÓN
BAJO CONTROL OBRERO O FORMACIÓN DE COOPERATIVAS
IX. SOBRE EL GUERRILLERISMO Y EL TERRORISMO INDIVIDUAL
X.
CONCLUSIONES
I.
INTRODUCCIÓN
La insurrección
popular de diciembre del 2001 ha abierto una nueva etapa en la historia de
Argentina, una etapa turbulenta en la que las masas están poniendo a prueba su
fortaleza contra la bancarrota de una oligarquía reaccionaria que cuenta con el
respaldo del imperialismo. Estos últimos han acumulado fuerzas formidables:
toda la riqueza robada al pueblo argentino durante décadas, todo el
conocimiento acumulado por la clase dominante, que ha puesto en práctica todos
los mecanismos para perpetuar su poder y privilegios, oscilando del engaño y la
corrupción a la fuerza bruta; la prensa y los políticos a sueldo, los
dirigentes sindicales amarillos, el ejército y la fuerza policial que demostró
su “valor” con el asesinato y la tortura de jóvenes y trabajadores desarmados.
Son unas
fuerzas formidables. Pero la historia demuestra que incluso la maquinaria
estatal más poderosa no puede resistir el poder de la clase obrera, una vez que
ésta se moviliza para cambiar la sociedad. ¿Qué poder tiene la clase obrera en
sus manos? Un poder colosal. Sin el permiso de la clase obrera no se encienden
las bombillas ni suena el teléfono. Todas las funciones necesarias de la
sociedad dependen de las manos y el cerebro de los trabajadores. Cuando los
trabajadores dicen no, ninguna fuerza sobre la Tierra puede detenerlos.
La clase obrera
argentina tiene una rica y gloriosa tradición revolucionaria. Desde la “semana
trágica” de enero de 1919 a las turbulentas luchas de clase de los años
cuarenta, pasando por el “Cordobazo” con las huelgas y movilizaciones
revolucionarias que le siguieron hasta el golpe militar del 76, o en la lucha
contra la dictadura. En todos estos hechos, junto con los acontecimientos de
diciembre del 2001, ha dado una amplia prueba de su voluntad de lucha, de su
heroísmo y valor.
El capitalismo,
por su parte, ha demostrado sobradamente su bancarrota en Argentina, cuyos
recursos económicos han sido saqueados por una burguesía nacional rapaz y
parásita en estrecha alianza con los imperialismos europeo y norteamericano.
Después de
soportar una salvaje dictadura militar que asesinó a toda una generación de
luchadores, la clase obrera, la juventud, los desocupados, sectores amplios de
las capas medias se levantan en lucha por una sociedad mejor, liberada de la
explotación del hombre por el hombre. No es extraño que todos los estrategas de
la burguesía en Argentina, y fuera del país, estén presenciando con enorme
preocupación el desarrollo de los acontecimientos. Lo que está en cuestión no
es tal o cual reforma puntual, sino la supervivencia misma del capitalismo
argentino.
Por primera vez
en décadas, la posibilidad de la transformación socialista de la sociedad en
Argentina es algo real. La clase dominante se encuentra suspendida en el aire
sin base social en la que apoyarse. Los partidos tradicionales están en
quiebra, perdiendo apoyo aceleradamente; en el movimiento sindical, las luchas
y movilizaciones de los últimos siete años han provocado el surgimiento de
agrupamientos con un contenido de clase y revolucionario; los trabajadores
desocupados se organizan en el movimiento piquetero y adoptan acciones cada vez
más audaces; las capas medias arruinadas por la política de ajuste y las
medidas monetarias de los gobiernos de turno, participan en las acciones y
movilizaciones, orientándose a la unidad con los trabajadores y los piqueteros.
Como cristalización de este proceso revolucionario, las Asambleas barriales y
populares se desarrollan y organizan, en forma embrionaria, como órganos de
poder obrero y popular.
La clase
obrera, los jóvenes, los trabajadores desocupados y los sectores empobrecidos
de la clase media están buscando en medio de los acontecimientos una dirección
política para vencer y organizar la sociedad sobre bases justas. Esta salida
sólo puede ser el establecimiento de un poder de los trabajadores que adopte
las medidas necesarias para la transición al socialismo. Para ello es necesario
construir una fuerza que defienda consecuentemente las ideas del marxismo, del
genuino socialismo revolucionario, capaz de ganar a la mayoría de la población
para este programa.
Pero para
garantizar el triunfo es necesario una política, un programa y unas consignas
correctas que conecten con la experiencia de las masas y les permitan elevarse
hasta sus tareas históricas.
El presente
documento es una contribución a este objetivo. Las ideas que aquí presentamos
son el programa que la corriente marxista agrupada entorno al periódico obrero El Militante defiende en la revolución
argentina, ideas que nos gustaría poder discutir y someter a consideración de
los trabajadores y jóvenes de nuestro país.
Estaríamos muy
agradecidos que todos los comentarios al respecto de este material nos lo
pudiesen hacer llegar a nuestro correo electrónico:
En breve
pensamos editar nuestra propia página web. No obstante, pueden visitar también
nuestras páginas hermanas en castellano:
y la página en
inglés In Defence of Marxism: www.marxist.com
II. EN
ARGENTINA SE
ABRIÓ UN PROCESO REVOLUCIONARIO
En la izquierda
argentina existe un debate sobre el carácter de la etapa por la que estamos
atravesando. Los compañeros de El
Militante sostenemos que desde el mes de diciembre del 2001, se abrió un
proceso revolucionario en nuestro país, un proceso que se va a prologar durante
meses o varios años hasta que desemboque en un desenlace definitivo.
El rasgo más
indiscutible de toda revolución, como explicaba Trotsky, es la participación
directa de las masas en los acontecimientos históricos, cuando las más amplias
masas ven la necesidad de “tomar su destino en sus manos” para cambiar la
realidad que les rodea. En esas condiciones, la agenda de los acontecimientos
pasa a ser marcada no por el parlamento, no por los despachos oficiales, no por
las editoriales de la prensa burguesa, sino por la actividad elemental de las
masas en la calle.
En la Argentina
de hoy, las masas de la clase trabajadora, de la juventud, del conjunto de las
capas oprimidas de la sociedad están comenzando a cuestionarse todo el orden
social existente, dejando de confiar en las certezas del pasado, en los
políticos oficiales, para cambiar el curso de su existencia por medio de la
actividad práctica, en la calle. Es verdad que, en las primeras etapas del
proceso, no hay una idea muy clara de lo que se quiere, pero sí de lo que no se
quiere, de lo que se rechaza. Cualquier observador superficial de la realidad
argentina en los últimos meses tiene que reconocer que esto fue así, y continúa
siendo así.
Para los
marxistas, una revolución no es un acto aislado, sino un proceso. A veces se
confunde la revolución, que es un proceso que se puede prolongar más o menos en
el tiempo, con una insurrección victoriosa, que es el acto final de la
revolución, y cuyo resultado no está determinado de antemano. Comparándolo con
un fenómeno biológico, es como confundir el parto con el embarazo; es decir, el
nacimiento del bebé con el proceso previo de gestación del mismo.
Lenin explicó las
condiciones para la revolución. La primera condición era que la clase dominante
estuviera dividida y en crisis, incapaz de gobernar de la misma forma que en el
pasado. La salida de tres presidentes de la república en 15 días, la debilidad
del gobierno Duhalde, los enfrentamientos abiertos dentro de los partidos
burgueses y entre diferentes sectores de la burguesía argentina entre sí y el
pánico de la clase dominante a la reacción popular, por poner sólo algunos
ejemplos, son pruebas más que suficientes de que esto es así. La segunda
condición era que la clase media estuviera en fermento y mantuviera, al menos,
una actitud neutral entre el proletariado y la burguesía. En la situación
actual de la Argentina, la mayoría de las capas medias, que fueron conducidas a
un empobrecimiento masivo en los últimos años, no sólo no mantienen una actitud
neutral ante los acontecimientos, sino que demuestran una activa simpatía hacia
la lucha de los trabajadores y desocupados. La tercera condición es que la
clase obrera esté dispuesta a luchar y hacer grandes sacrificios para cambiar
la sociedad. Las batallas callejeras de diciembre, las innumerables marchas y
huelgas acaecidas en los últimos meses y los estallidos de furia popular que
siguieron a cada uno de los cobardes asesinatos de jóvenes y piqueteros a manos
de la maldita policía
demostraron suficientemente que la juventud y los trabajadores perdieron el
miedo a la policía y al Estado, y que están dispuestos a luchar hasta las
últimas consecuencias para defender su causa justa.
Pero la
condición final para el triunfo de la revolución es la existencia de un partido
de masas y una dirección revolucionaria, reconocida como tal por todos los
explotados, dispuestos a dirigir el movimiento y dotarlo de un programa y
perspectiva. Si este partido existiera, si tuviera raíces profundas entre la
clase obrera y sobre todo en los sindicatos, el movimiento hacia la revolución
socialista podría completarse rápidamente y con el menor costo en nuestro país.
Lamentablemente, éste es el único factor que está temporalmente ausente en la
situación, pero es la obligación de todos los activistas obreros, juveniles y
de la izquierda forjarlo al calor de los acontecimientos.
Es obvio que la
gestación de un proceso revolucionario no cae del cielo, viene preparado por
todo el período anterior, por toda la experiencia pasada de la sociedad, que va
acumulando contradicciones hasta que éstas estallan en un punto.
La revolución
comenzó con el derrocamiento del gobierno de Fernando de la Rúa, quien dimitió
después de que miles de manifestantes enfurecidos y empobrecidos tomaran las
calles de Buenos Aires. Fue la primera etapa de la revolución y refleja la
profunda crisis en la que está hundida la Argentina y que también afecta al
conjunto de América Latina.
Éste fue un
movimiento que incluyó a todos los sectores de las capas oprimidas de la
sociedad: no sólo a los trabajadores, también a los desocupados y a la clase
media. Este hecho llevó a algunos a cuestionar las bases de clase del
movimiento y a negar el papel del proletariado. Pero esto significa que no
comprenden la dinámica de la revolución argentina. La profundidad de la crisis,
que arruinó a un gran número de pequeños empresarios, ahorristas y jubilados,
ha empujado a la lucha a las más amplias capas de las masas y ha despertado
incluso a las capas más atrasadas y previamente inertes. Esto es tanto una
fortaleza como una debilidad. La presencia otras clases en el movimiento
ensombrece su verdadero carácter. Pero solamente bajo la dirección del proletariado
el movimiento puede triunfar.
El papel de la clase obrera en la
sociedad
Precisamente
cuando los estrategas de la burguesía, en la Argentina y en el resto del mundo
intentan introducir el veneno del escepticismo y la impotencia dentro del movimiento
obrero con ideas tales como: “la revolución es imposible”, “es cosa del
pasado”, “las cosas nunca cambiarán”… , asistimos al inicio de un proceso
revolucionario en un país, Argentina, con un nivel de desarrollo industrial
significativo y con un nivel cultural avanzado. No obstante, a pesar de las
evidencias no poca gente, inclusive dentro del campo de la izquierda, a los que
además el movimiento les tomó completamente desprevenidos, están aceptando
acríticamente todos los “análisis” que minimizan el papel de la clase obrera y
niegan que estemos ante en el curso de un proceso revolucionario.
En medio de un
movimiento como el que vemos, con un presidente de la república derribado por
una insurrección popular, con la celebración centenares de marchas a lo largo y
ancho del país en las que participan centenares de miles de personas,
organizándose en asambleas en los barrios, ocupando las fábricas cerradas,
luchando contra la subida de los precios y la escasez de alimentos, afirmar que
los trabajadores no están participando en el movimiento y permanecen
tranquilamente en sus casas viendo por la tele las movilizaciones de la clase
media y los desocupados, no tiene ni pies ni cabeza.
Para contestar
a este razonamiento es necesario dejar claro en primer lugar qué entendemos
cuando nos referimos a la clase obrera. La clase obrera la forma el conjunto de
los trabajadores asalariados. Ni más, ni menos. Y la realidad es que la clase
obrera representa en todos los países industrializados (y por supuesto en Argentina)
entre el 75 y el 90% de la población activa y abarca, junto al proletariado de
las grandes concentraciones industriales, a los obreros del transporte, de la
construcción, a los empleados de oficinas, de comercio, a los trabajadores
desocupados, a los trabajadores que trabajan precariamente y en la propia
economía sumergida —incluidos sectores inscritos legalmente como autónomos y
considerados por las estadísticas oficiales capas medias que, por procedencia,
condiciones de vida, conciencia e incluso tipo de trabajo, son trabajadores—.
También son clase obrera los empleados públicos (maestros, funcionarios, etc.)
e incluso otros sectores que hace décadas se situaban dentro de la clase media
como técnicos, bancarios, etc y que desde el punto de vista de sus condiciones
materiales, se proletarizaron.
A propósito,
también los acontecimientos de Argentina contestan a los que hablan de la
desaparición de la clase obrera o a la pérdida de su papel revolucionario por
la desestructuración que provocan la precariedad laboral y la temporalidad. La
clase obrera argentina ha sufrido una precarización altísima (alta
eventualidad, desocupación altísima, economía sumergida...); sin embargo, como
explicamos los marxistas, después de los efectos iniciales de dispersión y confusión
que producen la desocupación o la precariedad, las condiciones objetivas de
vida empujan a los trabajadores inevitablemente a la lucha.
Incluso este
tipo de organización se ha dado entre un sector significativo de los
trabajadores desocupados, dando lugar al surgimiento del movimiento piquetero.
A pesar de la
profundidad de la crisis económica en Argentina, los trabajadores asalariados,
la clase obrera, sigue siendo el sector de la población sobre el que descansa
el funcionamiento diario de la sociedad. Es fácil de ver esto si nos imaginamos
qué pasaría en el país si no funcionaran los colectivos, ni el subte, ni
volaran los aviones, ni se abrieran las oficinas, ni funcionaran las fábricas
ni el resto de instalaciones industriales, ni se abrieran las escuelas, ni se
atendieran las centrales telefónicas, ni se trabajaran los campos ni se
recolectaran las cosechas. Sin la voluntad de la clase obrera no funciona nada.
Este poder
latente sobre la sociedad, independientemente de que la clase obrera represente
numéricamente en un país la mayoría o no de la sociedad, hace que el peso
específico social y económico de los trabajadores sea infinitamente mayor al de
cualquier otra clase en el sistema capitalista.
Lamentablemente,
durante la mayor parte de sus vidas los trabajadores no son conscientes del
enorme poder que descansa en sus manos y su cerebro. Pero hay momentos
excepcionales en la vida de un país y en la vida de los individuos en que las
cosas se desarrollan de una manera diferente. Esos momentos excepcionales son
los procesos revolucionarios, donde la mayoría de la gente es capaz de
experimentar el gran engaño sobre el que está organizada la sociedad
capitalista, su podredumbre y su irracionalidad. Precisamente, la virtud de una
revolución es que hace consciente a la clase obrera de su poder y fuerza,
catapultándola hacia adelante a la lucha por la transformación socialista de la
sociedad. Esta es la etapa en la que hemos entrado.
Embriones de poder obrero
Las masas
buscan una salida a la crisis a través de la acción directa. Casi diariamente
se producen huelgas, manifestaciones, “cacerolazos”, ocupaciones de fábrica y
bloqueos de carreteras. En la escuela de la acción directa las masas están
descubriendo su fuerza y el poder de la acción colectiva. Es similar a los
ejercicios de calentamiento de un atleta que prepara toda su fuerza para la
prueba final de fuerza. Pero la prueba decisiva todavía no llegó.
La expresión
más elevada del movimiento son las asambleas populares, los comités locales y
de fábrica, las organizaciones de “piqueteros” y otras formas de
autoorganización de las masas. La celebración de la Asamblea Nacional de
Trabajadores el 16 y 17 de febrero del 2002, de las asambleas nacionales
interbarriales y de los encuentros nacionales de fábricas ocupadas y
gestionadas bajo control obrero son pasos adelante importantes. En todos estos
encuentros estuvieron presentes el movimiento piquetero, representantes de las
asambleas populares, de sindicatos y de comités de fábricas. Fueron una oportunidad
para que los representantes de las diferentes regiones, distritos y fábricas
comprendieran la necesidad de realizar una acción coordinada a escala nacional,
y también una oportunidad para debatir las consignas, las tácticas de la lucha
y establecer las prioridades del período inmediato.
En esas
organizaciones ya es posible ver el débil perfil de un nuevo poder en la
sociedad, que está surgiendo por todas partes, afirmando su derecho a controlar
la sociedad, dando empujones al poder existente y desafiando su autoridad. No
es casualidad que diarios como La Nación bramen contra las asambleas y que las
miren con temor y estremecimiento. No es casualidad que las comparen con los
“oscuros y siniestros” soviets en Rusia. La clase dominante ha comprendido el verdadero
significado de las asambleas populares y las otras formas de poder popular.
Son embriones de soviets.
Los soviets en
Rusia aparecieron en 1905 y volvieron a resurgir en marzo de 1917. En esencia
eran formas embrionarias de poder obrero. Pero primero surgieron como comités
de lucha, comités de huelga ampliados. Su objetivo era organizar y generalizar
la lucha contra el régimen zarista. Ellos reunían a los representantes electos
de los trabajadores en las fábricas con los representantes de las otras capas
de la sociedad: desocupados, mujeres, jóvenes, capas oprimidas de la pequeña
burguesía, en algunos casos a los campesinos, y en 1917 a los soldados. Sin
embargo la fuerza motriz siempre fue el proletariado, los trabajadores
industriales.
Existen muchos
puntos de similitud entre este fenómeno y lo que vemos en Argentina. Parte de
la razón por la que el movimiento ha adquirido este empuje tan amplio e
irresistible, fue por la participación de las capas oprimidas no proletarias:
trabajadores desocupados (principalmente a través del movimiento de los
“piqueteros”), pequeña burguesía, jubilados y ahorristas (que han visto
desaparecer sus pensiones y ahorros), amas de casa (que tienen que pagar las
facturas), jóvenes y pobres urbanos.
La profundidad
de la crisis, que arruinó a un gran sector de la clase media, ha dado al
movimiento este carácter masivo. La explosión de furia entre las clases medias
y otros elementos no proletarios priva a la clase dominante de su base de masas
y le corta el terreno a la reacción, que temporalmente ha quedado paralizada. Esto crea un
balance de fuerzas de clase excepcionalmente favorable. Pero esta situación no
puede durar. Si la clase trabajadora no toma el poder en sus manos y le enseña
a la clase media una salida en líneas revolucionarias, el ambiente entre ésta
puede cambiar y la iniciativa puede pasar a las fuerzas de la reacción.
Ya lo vimos
antes. En 1968 el régimen capitalista en Francia fue sacudido en sus cimientos
por la mayor huelga general revolucionaria de la historia. Diez millones de
trabajadores ocuparon las fábricas. El poder estaba en manos de la clase
obrera. Pero los trabajadores estaban bloqueados por la dirección estalinista
PCF y la CGT. Podían haber tomado el poder sin una guerra civil, pero se
negaron a hacerlo. Entonces la iniciativa pasó De Gaulle quién organizó una
manifestación de masas y un referéndum que ganó. De esta forma abortaron la
revolución.
En Argentina el
movimiento no ha alcanzado todavía la misma etapa que Francia en 1968. La
principal debilidad de la situación es la ausencia de un movimiento
generalizado de la clase obrera. A pesar de ocho huelgas generales muy
militantes en los últimos tres años, la clase obrera todavía no ha participado
como una fuerza independiente en los acontecimientos revolucionarios que se
iniciaron los días 19 y 20 de diciembre. La mayoría de los trabajadores
organizados están bajo el control de la CGT oficial. La burocracia sindical
está haciendo todo posible para controlar a los trabajadores. El aparato de la
CGT tiene un poder considerable y enormes recursos. Cuenta con el respaldo de
la burguesía y el estado. En realidad, la burguesía argentina no podría
mantener su dominio durante 24 horas sin su apoyo. Pero no hay que olvidar ni
por un instante que las presiones sobre la dirección de la CGT no vienen sólo
de la burguesía. La dirección va a estar expuesta también bajo la creciente
presión de la clase obrera. Como tantas veces ocurrió en la historia del
movimiento obrero de nuestro país, cuando la clase obrera empiece a moverse
inevitablemente tendrá efectos dentro de la CGT, dando lugar a una crisis
interna y a una polarización hacia la derecha y hacia la izquierda.
Ningún proceso
revolucionario es lineal, gradual y automático. La incorporación de las
diferentes capas de los trabajadores y la juventud se desarrolla por oleadas,
sacudidas con cada nuevo acontecimiento importante. Se puede asemejar a la
crecida de la marea. Incluso cuando la marea sube observamos cómo algunas olas
retroceden durante un breve período de tiempo para volver a ser impelidas hacia
adelante por un nuevo impulso de la corriente general. Lo mismo que la subida
de la marea alcanza su clímax, así una revolución alcanza también su punto
culminante, que se produce cuando los sectores decisivos de la clase obrera
llegan comprender la necesidad de la toma del poder. Pero si en ese momento no
existe un partido revolucionario con una dirección firme y resolutiva que
organice a la clase para dar el impulso definitivo, la ocasión se pierde, las
energías se disipan, las dudas comienzan a cundir entre las capas más activas,
lo cual arrastra hacia atrás a los sectores más vacilantes, y al igual que la
marea empieza a retroceder después de haber alcanzado su momento de mayor
extensión, así el movimiento revolucionario corre el peligro de ser derrotado.
III. LAS
CAUSAS DE LA
CRISIS SOCIAL Y ECONÓMICA EN ARGENTINA
El conjunto de la
economía capitalista mundial se está enfrentando a la crisis económica más
profunda en 60 años. Como explica Marx, la causa final de cada crisis del
capitalismo es la sobreproducción de mercancías, como consecuencia de la
contradicción que surge del ansia desmedida de los capitalistas por la
plusvalía (el valor del trabajo no pagado al obrero que se apropia el
capitalista y que constituye la fuente de sus beneficios) y el poder
adquisitivo limitado de las masas. La crisis actual no es una excepción. La
masiva sobreproducción de mercancías que no encuentran compradores en el
mercado, fenómeno que se profundiza por el limitado poder de compra de las
masas, es la principal causa de la crisis en todas partes. Pero eso tiene su
origen en la naturaleza anárquica y no planificada de la producción
capitalista. En última instancia, tiene su origen en la propiedad privada de
los medios de producción en manos de un puñado de grandes multinacionales y
bancos y su sed desmedida de beneficios a costa de la explotación de la clase
obrera.
La crisis de
sobreproducción que actualmente afecta a la economía capitalista a escala
internacional empezó a expresarse ya en 1998 en los eslabones débiles de la
cadena, los llamados países emergentes de América Latina y Asia. Éstos, a causa
de su debilidad histórica y sometimiento a las potencias imperialistas,
tuvieron que basar su crecimiento durante el boom en abrir extraordinariamente
sus economías al comercio mundial y las inversiones extranjeras, aumentando así
su dependencia externa. Esto se concretó, por un lado, en una reducción
generalizada de los aranceles, de las tarifas aduaneras para las mercancías más
baratas de las potencias imperialistas, lo que llevó a la ruina de un sector
muy importante de la economía nacional de todos estos países y, por otro lado,
en la privatización masiva de las empresas públicas, que a partir de entonces
quedaron en manos de las multinacionales y bancos extranjeros.
El saqueo de
los países latinoamericanos y de otras partes del mundo por parte de las
multinacionales imperialistas agrava aun más las profundas contradicciones que
genera el propio capitalismo. El intercambio desigual de mercancías baratas
(materias primas, productos semielaborados) producidas por los países menos
desarrollados a cambio de mercancías más caras (maquinaria y tecnología,
productos elaborados, etc) procedentes de los países capitalistas más
desarrollados ha sangrado a las economías de los países más débiles durante
décadas, creando las bases para una deuda externa que resulta cada vez más
insostenible. Este proceso se vio intensificado durante la última década. Las
multinacionales imperialistas han forzado una caída cada vez más pronunciada en
los precios mundiales del petróleo y las materias primas aumentando sus
beneficios mientras amplios sectores de las masas de los países más pobres
caían en la miseria más absoluta.
A través del
FMI, la OMC y el Banco Mundial, también obligaron a estos países a privatizar
las empresas públicas. Las privatizaciones supusieron que sectores estratégicos
de la economía que mantenían el empleo y permitían ciertas dosis de
proteccionismo para el mercado interno, desaparecieran o vieran sensiblemente
recortado su peso económico y el número de empleos directos e inducidos que
generaban. Además, la necesidad de ofrecer condiciones favorables a los
inversores (altos tipos de interés, vinculación de las monedas al dólar, etc.)
agravó el endeudamiento ya de por sí muy elevado de la mayoría de las economías
latinoamericanas.
La deuda
externa del llamado Tercer Mundo alcanzaba 780.000 millones de dólares en 1982,
mientras en el 2001 llegó a superar los dos billones de dólares. En Argentina
entre 1989 y 1993 se recaudaron, como consecuencia de las privatizaciones,
9.910 millones de dólares en efectivo y 13.239 millones en títulos de deuda que
representaban 5.270 millones en efectivo. Sin embargo, a comienzos de 1989 la
deuda externa de Argentina era de 60.000 millones de dólares, y a finales del
2001 alcanzaba los 175.000 millones, lo que representaba el 72,8% de la riqueza
generada por el país (PBI) antes de la devaluación, situándose ahora, después
de la devaluación, en el 130% del PBI.
Todos estos
factores debilitan enormemente estas economías y las hacen aun más dependientes
del exterior. Además, los distintos gobiernos se han visto obligados, para
acceder a las ayudas del FMI, a aplicar políticas de apertura de los mercados
nacionales a los productos que deseaban las multinacionales, a reducir
sistemáticamente los gastos sociales y a atacar los niveles de vida y derechos
de los trabajadores y demás sectores populares. Todo ello preparó el actual
escenario de crisis económica profunda e inestabilidad política.
La crisis en Argentina
Cuando
empezaron los síntomas de saturación por exceso de mercancías en los mercados
mundiales y se intensificó la lucha entre las distintas burguesías nacionales
por coparlos y captar capitales, los países emergentes fueron los primeros en
pagarlo. La crisis asiática, resultado en ultima instancia de la caída de las
exportaciones de estos países, forzó devaluaciones monetarias en todos ellos.
En Latinoamérica, Brasil (principal mercado de los productos argentinos) les
siguió. El real brasileño se ha depreciado desde 1997 hasta el 2002 un 150% con
respecto al dólar mientras el peso argentino se mantenía atado a éste. Los
exportadores argentinos vieron caer su competitividad y redujeron la actividad
y el empleo (un 50% el automóvil solo en 1999, un 30% el textil...). Muchos
trasladaron sus inversiones a! propio Brasil y a otros países. El desempleo
crecía vertiginosamente, según las estadísticas oficiales, de un 13% en 1997 a
más de un 25% actualmente, aunque en realidad es mucho mayor.
En Argentina,
la burguesía aprovechó la colaboración de la burocracia sindical de la CGT y su
influencia sobre sectores importantes de las masas del peronismo para apoyarse
en Ménem, entonces el máximo dirigente del Partido Justicialista (PJ), quien
llevó a la práctica las privatizaciones y planes de ajuste exigidos por el FMI
y auspició, junto a su ministro de Economía, Domingo Cavallo, la
convertibilidad. De esta manera el banco nacional argentino garantizaba el
mantenimiento de la equivalencia: un peso, un dólar. Para atraer capitales,
mucho más después de la hiperinflación de los 80, Argentina debía ofrecer
confianza y estabilidad a los inversores atando su moneda a otra tan fuerte y
estable como el dólar.
La
convertibilidad, unida a la privatización de empresas y servicios públicos,
atrajo capitales durante la primera mitad de la década pero beneficiando
solamente a la burguesía local, que se negó a invertir en la industria sus
beneficios ingentes prefiriendo sacar los capitales fuera del país. La baja
recaudación de impuestos, dada la falta de pago generalizada de los mismos por
parte de los capitalistas, obligó al Estado a seguir endeudándose. Las empresas,
por su parte, negándose a invertir sus ganancias siguieron recurriendo al
endeudamiento pensando que nunca le cortarían el grifo y que Argentina iba a
estar vacunada contra cualquier amenaza de crisis. Todo esto debilitaba la
economía nacional, que quedaba desarmada ante la crisis inevitable que se
anunciaba.
Las
privatizaciones y sucesivos planes de ajuste, destinados también a atraer a las
multinacionales imperialistas con bajos salarios y condiciones laborales
precarias, destruyeron empleo masivamente y redujeron el mercado interno. La
venta de empresas públicas eliminó la posibilidad de que el empleo y los
ingresos que éstas generan pudieran ser usados en el futuro para amortiguar los
efectos de la crisis. El Estado asumió las deudas privadas de las empresas y,
una vez saneadas, las vendió a los capitalistas argentinos y extranjeros
(sobretodo estadounidenses y españoles), frecuentemente por debajo de su valor
real.
La
convertibilidad no fue la causa de la crisis sino un reflejo de la debilidad y
dependencia del capitalismo argentino que, a medida que la crisis de
sobreproducción que afectaba a la economía productiva iba desarrollándose, la
agravaba hasta extremos insoportables. El capitalismo argentino estaba entre la
espada y la pared: siendo una de las economías que más dependen decapitales
extranjeros, para seguir atrayéndolos (o para que no huyesen los que habían
llegado), debía mantener la paridad con el dólar e incluso ofrecer tipos de
interés cada vez mayores, llegando al absurdo de financiar el pago de los
intereses de la deuda con más deuda. La vinculación del peso a un dólar cada
vez mas fuerte agravaba tanto este problema como el de la competitividad de las
exportaciones.
Finalmente, el
endeudamiento llevó al colapso financiero al Estado y a las empresas porque,
además, la profundidad de la recesión durante el 2000 y el 2001 recortaba cada
vez más la actividad económica: caída brutal del consumo como resultado del
desempleo y los recortes salariales, desplome de la producción industrial y la inversión.
El resultado de ese colapso de la actividad económica, agravado por la evasión
de impuestos y capitales, fue la bancarrota financiera del Estado que se añadió
a la crisis de sobreproducción y a la de la deuda. La suma de todos estos
factores provocó una espiral descendente que llevó a la economía argentina al
mayor colapso de su historia.
El “corralito”
fue, inicialmente, un intento de evitar una crisis de liquidez, de dinero
contante y sonante, en los bancos que provocara la bancarrota completa de la
economía argentina ante la retirada masiva de dinero de los mismos. En la
práctica fue un robo descarado del dinero de millones de pequeños ahorristas,
capas medias, jubilados y trabajadores, después de toda una vida de esfuerzo y
trabajo duro, a los además se condenaba a cargar el peso de la inevitable
inflación y depreciación del peso sobre sus espaldas. Esta medida se unía a una
precarización en las condiciones de vida de los trabajadores y las capas medias
que ya había llegado a límites insoportables. El número oficial de indigentes
es actualmente de cuatro millones, seis según otros datos, y 19 millones viven
en la pobreza en un país de 37 millones de habitantes. La esperanza de vida
está estancada desde hace dos décadas y la desocupación ha subido de un 13% en
1997 a un 25% según las estadísticas oficiales.
Primero, bajo
el gobierno peronista de Menem y después con el de la Alianza con De la Rúa se
aplicaron las mismas políticas antiobreras. Estas políticas provocaron luchas
muy importantes de los trabajadores, de los desocupados que organizaron el
movimiento piquetero, de los estudiantes, etc. En concreto, sólo bajo el
gobierno de la Alianza se convocaron 8 huelgas generales que dieron una buena
medida de la combatividad y la disposición a la lucha de los trabajadores
argentinos. La última de ellas el 13 de diciembre del 2001 que tuvo un
acatamiento masivo en la industria y el transporte.
Las elecciones
de octubre de 2001 ya evidenciaron el enorme malestar existente. Lo único que
por el momento lo mantenía sin explotar era el papel de contención de los
dirigentes de los tres sindicatos ofreciéndole al gobierno después de cada
huelga general una nueva tregua. La principal característica de estas
elecciones fue el “voto bronca” (abstención y nulos) de trabajadores, jóvenes y
capas medias, que ya reflejaban su enorme descontento con la situación. Otro
aspecto muy importante de los resultados electorales fue el crecimiento de la
izquierda, que en el gran Buenos Aires reunió un 27% de los votos, reflejando
la búsqueda de una alternativa revolucionaria por parte de sectores importantes
de la juventud y la clase obrera.
La instauración
del “corralito” por el gobierno de De la Rúa y la reducción de salarios,
jubilaciones y pensiones, unido al hambre y miseria creciente entre las masas
desocupadas, generaron directamente la explosión de diciembre pasado. El
intento de De la Rúa de frenarla mediante la represión y el estado de sitio
(hubo 30 asesinados) indignó todavía más a las masas. La burguesía argentina —por
primera vez en su historia— veía caer a un gobierno electo como consecuencia
directa de una insurrección popular en las calles y tuvo que buscar entre
bambalinas un nuevo gobierno. El desfile de presidentes posterior fue un
reflejo de su debilidad, derivada del ascenso revolucionario de las masas.
Los
acontecimientos revolucionarios del 19 y 20 de diciembre del 2001 no fueron
resultado de una explosión de rabia espontánea, y mucho menos un movimiento
apolítico de las capas medias limitado a pedir la devolución de sus ahorros,
como pretenden algunos; sino el resultado de la combinación de la experiencia
de lucha acumulada por los trabajadores y desocupados a lo largo de los últimos
años y de la incapacidad de la burguesía argentina para seguir haciendo avanzar
el país. Sólo entendiendo esto podemos comprender la situación actual y actuar
correctamente ante la revolución en marcha.
¿Quién tiene la culpa de la crisis?
Se convirtió en
un lugar común la afirmación de que los problemas que tenemos los trabajadores,
la juventud, los pequeños comerciantes y ahorristas provienen exclusivamente de
la existencia de políticos y jueces corruptos, que llevaron la plata y
arruinaron la nación. Es verdad que son todos ladrones y sinvergüenzas, pero no
es toda la verdad como ya explicamos. Independientemente de que las actuaciones
de estos parásitos puedan haber agravado en parte los problemas que padecemos,
no hay que olvidar que esta gente es mera testaferra de los grandes grupos
económicos del país, nacionales y extranjeros. En la práctica actúan como los
agentes políticos y judiciales de los capitalistas. Los problemas que afectan a
las familias trabajadoras (desocupación, bajos salarios, aumento de precios,
falta de vivienda, creciente degradación de la sanidad y la educación públicas,
aumento de las tarifas de los servicios públicos, pobreza creciente,
delincuencia, etc) tienen su causa en el control que ejercen un puñado de
grandes banqueros, empresarios y estancieros sobre los recursos productivos y
la riqueza de nuestro pueblo, recursos y riqueza creada por los trabajadores
diariamente con su esfuerzo, con sus manos y su cerebro.
Una economía en el abismo
El objetivo que
se trazó la burguesía argentina y el gobierno de Duhalde desde sus inicios fue,
con la reducción de los gastos estatales, el recorte de los salarios y de los
gastos sociales (educación, sanidad, vivienda, etc), la devaluación de la
moneda y la ayuda del FMI, poder sanear las empresas incrementando las
exportaciones lo suficiente como para reanimar la inversión y que la cadena
inversión-producción-consumo—beneficios pudiera volver a funcionar con relativa
normalidad al cabo de un tiempo. Pero dado que la crisis se estáá precipitando
rápidamente sobre Uruguay y Brasil, las exportaciones argentinas a estos países
también están cayendo, agravado por la devaluación de las monedas de estos
países para esquivar la crisis también a través de sus exportaciones. Por esta
razón, la clase dominante argentina necesita más que nunca atacar hasta los
huesos las condiciones de vida y de trabajo de los trabajadores, y en un
contexto donde el movimiento convulsivo de las masas les impide un ataque
directo, la colaboración de los dirigentes sindicales les resulta vital para
empezar a recomponer mínimamente la situación.
Pero los
capitalistas argentinos, estos grandes “patriotas”, con una situación
infinitamente más favorable para invertir que la actual, sacaron durante los
últimos diez años miles de millones de dólares del país (los Fondos en el
exterior pasaron de 50.077 millones de dólares en 1991 a 130.000 millones en el
2001), y actualmente siguen sacando afuera entre 2.000 y 3.000 millones de
dólares por mes. En un contexto como el actual no van a invertir. Por su parte,
las grandes multinacionales tampoco lo van a hacer significativamente; de
hecho, lo que empezaron a hacer muchas es retirar parte de sus inversiones. En
el mejor de los casos, las inversiones que se podrían realizar serían, más que
para crear empresas nuevas, para conseguir a bajo precio empresas en crisis que
consideren que pueden resultarles rentables en el futuro. Esto resulta
insuficiente para generar una recuperación seria de la economía.
El imperialismo
no parece demasiado dispuesto por el momento a facilitarle a la burguesía
argentina nuevos fondos para intentar posponer las peores consecuencias de la
crisis. Hacerlo sentaría un precedente peligrosísimo cuando “nuevas Argentinas”
son más que probables y la economía mundial está en recesión. El propio FMI
dejó claro que, en cualquier caso, la ayuda del FMI consistirá a lo sumo en una
prórroga durante dos años de los intereses de la deuda externa; pero que no va
a entrar ni un solo dólar más al país. Por supuesto que este acuerdo tan
generoso está condicionado al ajuste de los gastos estatales; es decir a
generar más sangre, sudor y lagrimas en millones de empleados públicos y de
familias trabajadoras.
Aun en el caso
de que concediesen la ayuda que pide la burguesía argentina (hubo tímidas
presiones en esa dirección por parte de los capitalistas españoles y franceses
con intereses en nuestro país) tampoco parece que esto pueda ser suficiente
para permitir por sí solo una salida rápida de la crisis. Dada la profundidad
de la depresión argentina, el contexto de crisis de la economía mundial y las
políticas de saqueo del imperialismo en toda Latinoamérica, parece que ni
siquiera una ayuda importante del FMI pueda cambiar decisivamente el rumbo de
los acontecimientos; como mucho influiría en el ritmo de éstos y ni eso es
seguro.
La única forma
que tiene la burguesía de superar las crisis periódicas de sobreproducción de
su sistema es destruyendo masivamente fuerzas productivas y expoliando aún más
intensamente que antes al resto de la sociedad, especialmente a los
trabajadores asalariados. Estas crisis son el mecanismo a través del cual el
sistema se deshace de las fuerzas productivas que desde el punto de vista del
beneficio privado deben desaparecer porque ya no son rentables. De este modo,
las partes del capital rentables se valorizan aun más. Las empresas que no
pueden soportar la crisis desaparecen dejando una estela de despidos y pobreza
detrás de ellas, pero sus mercados (o las partes que aún sean rentables) son
copados por las que se mantienen. Este proceso está en pleno desarrollo en
Argentina. Por supuesto, en un determinado momento —especialmente después de un
período prolongado de destrucción de fuerzas productivas— si hubiera una
recuperación de la tasa de ganancia de los capitalistas, éstos volverían a
invertir y el crecimiento económico se reactivaría.
Lo más probable
es que la recesión mundial actual sea profunda y, en un contexto semejante, el
panorama para una economía en plena depresión como la argentina va a ser muy
negro. Una recuperación lo suficientemente sólida de la economía argentina que
permitiese aplazar de forma duradera los ataques que necesitan aplicar y
estabilizar la sociedad mediante concesiones significativas a las masas está
prácticamente descartada. La salida definitiva de la crisis, bajo el
capitalismo, pasa por someter a la clase obrera y los sectores populares a
nuevas penalidades, más explotación y miseria.
IV. LAS
ELECCIONES PRESIDENCIALES DE MARZO DEL 2003
El anuncio del
Presidente Duhalde de adelantar al mes de marzo del 2003 las elecciones para la
Presidencia de la República provocó un cambio en el panorama político
argentino. Este anuncio tiene lugar tras el desgaste sufrido por el gobierno a
consecuencia de la brutal represión de los piqueteros en el puente de
Avellaneda a finales de junio, y en medio de la guerra civil declarada en el
interior del Partido Justicialista por los diferentes “caudillos” peronistas
que buscan postularse como candidatos a la presidencia de la República. El FMI
por su parte, mantuvo un permanente acoso, apremiando al gobierno Duhalde a que
pusiera en práctica de manera inmediata las medidas de ajuste en la economía
argentina, como condición inexcusable para recibir fondos del mismo, en un
contexto donde se profundiza la degradación económica y social del país. Todos
estos factores son los que colocaron a Duhalde en una situación insostenible,
obligándolo a convocar estas elecciones.
De esta manera,
con el anuncio de elecciones presidenciales, la burguesía argentina busca ganar
tiempo destapando una válvula de escape con la que desviar la atención de las
masas de la población de sus problemas más acuciantes. Si en todos estos meses
fue la actividad de la población en la calle la que marcó la agenda política
del país, ahora se pretende que sea la disputa electoral la que centre la atención,
con la cínica promesa de que dentro de unos meses todo se arreglará con la
elección de un nuevo presidente.
En estos
momentos, la burguesía argentina carece de un candidato fiable con una base
social de apoyo suficiente que esté en condiciones de llevar a la práctica los
planes que demandan los imperialismos americano y europeo a través del FMI. Por
eso no deja de mirar la contienda electoral con cierta preocupación.
La disputa electoral
Es verdad que
la burguesía ha tenido cierto éxito en centrar temporalmente la atención
política de las masas entorno a las futuras elecciones, y los activistas del
movimiento obrero no pueden dejar de lado este hecho.
Dentro del
peronismo se desató una lucha sin cuartel. Menem, estimulado por el
desprestigio del gobierno y el pánico entre la burocracia del partido, temerosa
de ser desalojada de sus puestos de poder tras las elecciones, se está
ofreciendo como el único ” del país, rememorando los “éxitos” económicos del
país bajo su mandato. Ese mismo “salvador”
que entregó la riqueza del país a las multinacionales extranjeras quienes, ante
la llegada de la crisis económica hace tres años, se dedicaron durante todo
este tiempo a sacar afuera sus inversiones y capitales, conduciendo al país al
desastre. El eslogan de Menem es la vuelta a la dolarización de la economía, lo
que se adecua perfectamente a los intereses de las multinacionales y los
bancos. Las primeras podrían así repatriar sus beneficios en dólares y los segundos
percibir la devolución de los préstamos concedidos a empresas y particulares en
dólares de nuevo, a costa de empobrecerlos todavía más.
Después de la
renuncia de Reutemann, es el gobernador de Córdoba, de la Sota, el que fue
designado como el candidato oficioso del peronismo. Representa al sector más
ligado al sector de la burguesía nacional exportadora, y pretende mantener la
devaluación del peso, pero coincidiendo con Menem en ajustar brutalmente los
gastos públicos y subir las tarifas de los servicios básicos (luz, gas,
teléfono y transporte) para que las multinacionales que controlan estos
servicios privatizados puedan aumentar sus beneficios, aunque sea a costa del
hambre de las familias trabajadoras. Se supone que va a ser en unas elecciones
internas en diciembre cuando se decida el candidato oficial del peronismo para
las elecciones.
Ante la falta
de apoyos internos tanto Rodríguez Saá como Kirchner anunciaron que se van a
presentar a las elecciones por afuera del peronismo. Saá ya creó su propia
plataforma electoral y se garantizó el apoyo de un sector de la burocracia
sindical, Moyano, dirigente de la CGT “disidente” ¡y del ex golpista
carapintada Aldo Rico! Rodríguez Saá no es más que un millonario burgués que
usa muy hábilmente una verborrea demagógica y “patriótica” pero que es incapaz
de concretar ni una sola medida económica para sacar al país de la crisis.
La Unión Cívica
Radical, tradicional partido burgués, está completamente hundida, a punto de
desaparecer, y no cuenta para la contienda electoral.
En el campo de
la “centroizquierda”, nombre acuñado convenientemente con la intención de
engañar a las masas, se postula Lilita Carrió que está organizando una
coalición electoral formada por su partido, el ARI, sectores del Frepaso, como
el Jefe de Gobierno de Buenos Aires, Aníbal Ibarra, y otros. Ellos dicen ser
los portavoces del capitalismo de “rostro humano”, que prometen todo lo que
quieren a quien esté dispuesto a escucharlos: empresarios, trabajadores y
ahorristas. Su bandera es el recorte de todos los mandatos; es decir, que las
elecciones se extiendan a todos los diputados y senadores, gobernadores de las
provincias e intendentes y de los municipios. De esta manera pretenden
fortalecer sus posiciones conscientes de que podrían arrebatar a peronistas y
radicales una parte importante de sus parcelas de poder, dado su enorme
desprestigio.
El carácter de
estas elecciones demuestra el miedo y la perfidia de la burguesía argentina.
Salga quien salga elegido como presidente, se va a mantener la misma
composición del Congreso y del Senado y la mayoría actual de diputados
peronistas y radicales, pudiendo usarse esa mayoría parlamentaria para forzar
la aplicación de la política que más le interese a la burguesía, al menos hasta
el mes de septiembre del 2003 que es cuando caducan todos los mandatos
parlamentarios.
Luis Zamora y la izquierda
Dentro de la
izquierda es indudable que la figura del diputado Luis Zamora es la que
despierta más apoyo entre las familias trabajadoras. Este hecho es enormemente
positivo porque jamás en la historia de Argentina ninguna figura de la
izquierda había recibido tanto apoyo potencial dentro de los trabajadores y la
juventud. Zamora habla contra el capitalismo, de que hay que reorganizar el
país bajo nuevas bases sociales y se muestra contrario a pagar la deuda
externa. Participa cotidianamente en las movilizaciones de masas y es una
persona accesible a la gente común, y que se expresa en su mismo lenguaje.
Lamentablemente,
Zamora está cometiendo serios errores. No sólo se resiste a proponer un
programa concreto de medidas a adoptar. También se dotó de una concepción
organizativa equivocada y semianarquista que contribuye a extender prejuicios
antiorganizativos reaccionarios entre las masas de la población, y que mañana
se puede volver mortalmente contra él y su grupo. Así, Zamora habla de que no
hacen falta dirigentes, ni partidos, ni estructuras, sino una organización
“horizontal”.
Sin embargo,
este discurso no puede ocultar un hecho irrefutable. Las familias trabajadoras
y quienes lo apoyan lo consideran un dirigente, “su” dirigente, le guste o no a
él. Y esto no es negativo en sí. Los socialistas revolucionarios nucleados
entorno al periódico El Militante reconocemos
que es necesario, e incluso inevitable, que la clase obrera se dote de
dirigentes que representen y coordinen a la misma en sus luchas cotidianas y en
las de más largo alcance. Eso sí, estos compañeros y compañeras deben estar
permanentemente sometidos al control de las bases, y ser elegidos y revocables
en cualquier momento por la misma. Y para evitar el arribismo y la corrupción
defendemos que nuestros representantes, si tienen que trabajar a cuenta de la
organización para dedicar todo su tiempo a luchar por nuestros intereses y a
representarnos, en ningún caso deben percibir un salario superior al salario
medio de un obrero cualificado. De esta manera si viven en las mismas
condiciones que un trabajador, nunca van a dejar de pensar y sentir como un
trabajador.
Por otro lado,
ningún movimiento u organización, se puede construir de manera eficiente sin
estructuras internas sólidas. Estas estructuras no están para asfixiar a las
bases. Al contrario, es necesario crearlas para que a través de las mismas los
militantes puedan participar de manera organizada en la vida interna y externa
de la organización y, de paso, controlar la actividad de sus representantes.
¿Cómo y a quién puede Zamora dar cuenta de su gestión si las bases de su
movimiento carecen de mecanismos para establecer ese control? ¿Y cómo se puede
aglutinar un movimiento que persiga la transformación de la sociedad entorno a
una sola persona, la de Zamora? Es significativo que aparte del compañero,
dentro de su movimiento, no existe públicamente ninguna otra persona a nivel
local o nacional que hable en nombre del mismo.
El compañero
Zamora habla de que todos los partidos de izquierda deben disolverse y adoptar
el mismo esquema de funcionamiento que su propio movimiento. Nosotros estamos
en contra de eso.
Pero quizás el
error más grave que está cometiendo Zamora es el de aliarse públicamente con el
ARI de Elisa Carrió en su demanda de que se convoque una Asamblea Constituyente
y de que caduquen todos los mandatos. Nuestra postura sobre la Asamblea
Constituyente será tratada más adelante. Lo más grave es que Zamora preste la
autoridad que acumuló ante grandes masas de familias trabajadoras, que lo
tienen a él como su principal referente político, para lavar la cara y realzar
la autoridad de Lilita Carrió y un grupo burgués, como el ARI, que nunca tuvo
entre sus objetivos defender los intereses de las familias trabajadoras.
Lilita Carrió
no es una persona ingenua que ha entrado por casualidad en la política. En la
época de la dictadura tuvo un cargo en el aparato judicial. Hasta no hace mucho
se encontraba en la nómina de la multinacional Deutsche Telekom, en calidad de
abogada de la misma. Políticamente estuvo militando hasta hace poco en un
partido burgués que hor está absolutamente desprestigiado, como es la UCR.
Deseosa de hacer carrera política, y previendo el colapso de la UCR, dejó esta
organización para formar el ARI. Su ideología es burguesa; es decir, defiende
mantener la propiedad privada de los medios de producción, que siga siendo el
puñado de grandes banqueros, empresarios y estancieros nacionales y extranjeros
los que controlen las palancas fundamentales del país. Tampoco llamó a
desconocer la infame deuda externa. Su bandera es la lucha contra la
corrupción, lucha muy barata hoy en la Argentina, y que esconde la verdadera
causa de la ruina y la miseria que nos azota, como ya explicamos en el apartado
anterior.
Los militantes
y simpatizantes del grupo de Zamora, Autodeterminación y Libertad, deben
exigirle que rompa los pactos y acuerdos contraídos con Carrió, instándolo a
que impulse un verdadero Frente Único de la izquierda para hacer frente a las
políticas capitalistas del resto de las organizaciones y candidatos burgueses,
entre los que se incluye la Carrió. De otra manera Zamora y su grupo corren el
riesgo de provocar una aguda frustación entre la gente que lo apoya y que ésta
le dé definitivamente la espalda cuando se revele ante la población el
verdadero carácter del ARI y su dirigente, Carrió.
La unidad de la izquierda y la defensa de un programa socialista
Entre las
familias trabajadoras y la juventud, no obstante, sí existe un poderoso deseo
de unidad de toda la izquierda, y esto es enormemente positivo. De lo que se
trata no es de disolver los partidos de izquierda, sino de organizar un Frente
Único de todas las organizaciones de izquierda, incluyendo a las asambleas
populares, organizaciones piqueteras y sindicatos obreros entorno a un programa
común. Esto despertaría un enorme entusiasmo entre la mayoría de la población
que sufre los efectos de la crisis capitalista. Este programa común ya ha sido
aprobado en innumerables asambleas populares, piqueteras, de trabajadores, y
debería incluir, al menos, los siguiente puntos:
· Desconocimiento de la Deuda externa.
· Nacionalización de la Banca, monopolios,
multinacionales y grandes estancias agrícolas bajo el control de los
trabajadores.
· Nacionalización, bajo control de los
trabajadores de todas las empresas que cierren o despidan trabajadores.
· Organización de Comités de Fábrica,
compuestos por trabajadores elegidos en asambleas, en todas las empresas para
aplicar un control obrero de la producción y de las cuentas de las mismas para
evitar fraudes contables y descapitalizaciones de las mismas.
· Extender las asambleas barriales y
populares a todas las localidades y barrios, con la participación de
trabajadores, desocupados, estudiantes y pequeños comerciantes. Ligar esta
asambleas populares a los comités de fábrica y a las organizaciones piqueteras
de su zona.
· Congelación de las tarifas de los
servicios públicos e instauración de una “tarifa social” más baja para las
familias pobres y desocupadas.
· Un Salario Mínimo de 650 pesos.
· Escala móvil precios-salarios para no
perder poder adquisitivo y que no se degraden aún más nuestras condiciones de
vida. Ajustar los salarios a los precios cada tres meses.
· Si no se les puede garantizar un puesto
de trabajo a los desocupados, que se abone el salario mínimo a todos los
desocupados hasta que encuentren un trabajo.
· Devolución de los depósitos confiscados
a todos los pequeños ahorristas cuyos montos no superen los 100.000 dólares.
· Reclamo del boleto estudiantil para los
estudiantes.
· Llamamiento a las bases de la CGT y la
CTA a que discutan, voten en asamblea y se adhieran a este programa.
· Estimular la formación de comités de
soldados y policías para que se nieguen a ser utilizados en la represión
popular y denuncien y demanden la expulsión de todos los elementos fascistas y
reaccionarios de los cuarteles y las comisarías. Ligar estos comités a las
asambleas populares y comités de fábrica.
· Por un gobierno de los trabajadores. Una
reorganización de la sociedad sobre nuevas bases sólo se puede dar con la plena
participación de las familias trabajadoras en el control y la gestión social y
económica del país, a través de los comités de fábrica, las asambleas barriales
y las organizaciones piqueteras.
¿Son las elecciones la salida para resolver los problemas de los
trabajadores?
Toda revolución
pasa por ciertas etapas. Si en el primer impulso la clase obrera no es capaz de
tomar el poder, es inevitable que el movimiento atraviese durante un período
una etapa de parlamentarismo antes de alcanzar un enfrentamiento decisivo. La
clase dominante no desea todavía un enfrentamiento decisivo con los
trabajadores en esta etapa porque no tiene confianza en salir victoriosa. Por
eso intenta todo tipo de trucos para desviar la atención de los trabajadores
del objetivo del poder obrero para así conducirlos por los caminos más seguros
de las elecciones y el parlamentarismo. Trata así de ganar tiempo, disipar las
energías revolucionarias de las masas, ganar para su base a los sectores más
atrasados con todo tipo de promesas electoralistas, aislar de las grandes masas
a los sectores más consciente y avanzados de los trabajadores y la juventud,
etc.
Esto siempre
fue así. No es nada nuevo. Antes de la revolución de octubre en Rusia, en 1917,
entre el período de febrero a octubre, hubo elecciones a las Dumas municipales
y se convocó un “preparlamento” (realmente una conferencia de delegados de los
diferentes partidos), que fue boicoteado por los bolcheviques porque ya tenían
la mayoría decisiva en los Sóviets, y se estaban preparando para la insurrección.
En la Revolución española de 1931-37, hubo hasta tres elecciones parlamentarias
y municipales antes del enfrentamiento decisivo, cuando se inició la guerra
civil.
Dentro de la
izquierda se está produciendo un debate intenso sobre la conveniencia o no de participar
en la próxima pelea electoral. Todos los grupos están llamando abiertamente al
boicot de la misma con el argumento de que participar en ella significa
colaborar con los planes de Duhalde y la burguesía argentina, teniendo en
cuenta además de que, a pesar de las elecciones, se van a mantener todos los
mandatos en el gobierno, el Parlamento, las provincias, los municipios y en la
Corte Suprema, y por lo tanto estas elecciones son un fraude para engañar al
pueblo, creándole falsas ilusiones porque van a seguir mandando los mismos.
Frente a este plan, todos los grupos relevantes de la izquierda proponen la
convocatoria de una Asamblea Constituyente que asuma la dirección del país y dé
plena satisfacción a las necesidades de los trabajadores y del resto de capas
oprimidas de la sociedad.
Los socialistas
revolucionarios de El Militante
coincidimos con estos compañeros en denunciar la maniobra electoral del
gobierno burgués de Duhalde. Como explicamos al inicio de este apartado lo que
pretende la burguesía es ganar tiempo y desviar la atención de las masas de la
población de la comprensión de las verdaderas causas de sus problemas. Los
problemas de la clase obrera, de los jóvenes, profesionales o pequeños
comerciantes, como ya explicamos en otro momento, no fueron causados por la
existencia de políticos o jueces corruptos, independientemente que sus
actuaciones hayan agravado los problemas que padecemos. Estos problemas
(desocupación, bajos salarios, aumento de los precios, falta de vivienda,
degradación creciente de la sanidad y la educación públicas, aumento de las
tarifas de los servicios públicos, pobreza creciente, delincuencia, etc) tienen
su causa en el control que ejercen un puñado de grandes banqueros, empresarios
y estancieros sobre los recursos productivos y la riqueza de nuestro pueblo,
recursos y riqueza creada por los trabajadores diariamente con su esfuerzo, con
sus manos y su cerebro.
Mientras las
palancas fundamentales de la economía: los bancos, las grandes empresas y las
estancias agrícolas permanezcan en manos de los capitalistas nunca podrá
liberarse la clase obrera de las cadenas que la mantienen oprimida. Toda la
historia demuestra que la transformación socialista de la sociedad a la que
aspiramos sólo se puede alcanzar con la expropiación de los grandes
capitalistas, que son los que controlan el 80% de los recursos productivos del
país. Esta riqueza debe pasar a manos de las familias trabajadoras,
gestionándola democráticamente en base a las necesidades de la mayoría de la
población. Pero esto sólo se puede conseguir con la lucha y la actividad de las
masas de la población trabajadora en la calle, las fábricas y los barrios,
mediante la creación y organización de los órganos de poder obrero y popular
con el que sustituir las estructuras de este podrido sistema. Estos elementos
de poder obrero son los Comités de Fábricas, las asambleas barriales y
populares y las organizaciones de los trabajadores y desocupados, que deben
tomar posesión de las fábricas, bancos, empresas y estancias, y el poder
político del país.
Todo esto es
abecé para cualquier activista obrero y juvenil y para cualquier socialista
revolucionario. Pero también debemos tener en cuenta que lo que es evidente
para nosotros no necesariamente es evidente todavía para las más amplias masas
de la población que recién despertaron a la actividad política y que todavía
pueden mantener ciertas esperanzas en que algún político “honrado” pueda sacar
al país de la ruina, pudiendo prestar el oído a algún demagogo burgués que
prometa el cielo, la luna y las estrellas con el fin de crear falsas
expectativas para ganar su voto; y todo esto en un contexto, además, donde aun
no existe un partido, una organización socialista y revolucionaria con
influencia de masas que sea vista como una alternativa viable frente a estos
políticos burgueses profesionales.
Ante la situación límite que la crisis capitalista ha conducido a
millones de familias trabajadoras, muchas de ellas rozando el hambre y la
desesperación, no sería extraño que una amplia capa de la sociedad preste su
confianza, aunque sea de “mala gana”, en alguna de esta gente, con la esperanza
de que quizás pueda haber una salida electoral a la barbarie actual.
En particular,
es bastante probable que la Carrió, a pesar de toda su palabrería, se presente
finalmente como candidata y el propio Rodríguez Saá ya dejó claro que se
mantiene en la pelea, organizando mítines importantes. No cabe duda de que,
frente a políticos burgueses completamente desacreditados como Menem, De la
Sota, Terragno, López Murphy o Cavallo, mucha gente, incluido un sector de la
clase obrera, va a prestar su voto a los dos primeros, viendo en ellos unos
políticos que “de boquilla” se enfrentan a los elementos más corruptos y agitan
un programa que puede sonar “radical” y “patriótico” (contra el FMI, contra la
corrupción, por la soberanía nacional, etc), y esto será así tanto más cuanto
ningún candidato de la izquierda se postule para estas elecciones.
Con lo que, en
estas circunstancias, a pesar del boicot de la izquierda, demagogos burgueses
como Carrió y Rodríguez Saá (el resto de políticos burgueses ya está
suficientemente desacreditado a los ojos de la población) en lugar de
debilitarse van a salir fortalecidos al aparecer como las campeones de la
“causa popular”. La bandera de la lucha contra el gobierno Duhalde, contra la
corrupción, contra el FMI, contra las multinacionales, por la “transformación
social” será, pues, arrebatada a la izquierda y asumida por esta gente en la
próxima contienda electoral, ante los ojos y oídos de las más grandes masas.
¿Cuál fue la
posición del marxismo revolucionario en estas situaciones? Como regla general
sólo es correcto plantear un boicot a un parlamento burgués cuando se está en
condiciones de oponer una alternativa mejor, es decir, Sóviets, órganos de
poder obrero constituidos, dominados por los revolucionarios. Si no, se está
obligado a participar. De lo contrario, nos estaríamos boicoteando a nosotros
mismos, ya que ese hueco lo van a ocupar otros, demagogos burgueses, que
utilizarán un lenguaje que puede sonar ” para luego traicionar a los
trabajadores.
Por esta razón,
los socialistas revolucionarios de El
Militante, consideramos que no habría que tener una postura cerrada ni
totalmente decidida en relación al boicot. El hecho de participar en estas
elecciones, a pesar de su carácter fraudulento, no supone en absoluto legitimar
a Duhalde ni sus planes. Como el hecho de haber participado en las elecciones
de octubre del 2001 tampoco quiso decir que la izquierda legitimaba la podredumbre
del gobierno de De la Rúa. De lo que se trata precisamente es de aprovechar la
publicidad que genera la propia campaña electoral para denunciarlos
públicamente con más fuerza si cabe, al mismo tiempo que arrebatamos las
banderas de la lucha popular a demagogos como Carrió o Saá, mostrándolos a la
vista como lo que son: políticos burgueses profesionales que utilizan
demagógicamente el hambre del pueblo para hacer carrera política y que mañana
van a traicionar las esperanzas que se depositan en ellos, en la medida que no
cuestionan el sistema social que genera el hambre y la ruina de las familias
trabajadoras, el sistema capitalista.
En cambio,
habría que valorar que la participación en estas elecciones nos daría una gran
oportunidad para difundir nuestro programa e ideas, organizar mítines y
reuniones con decenas de miles de personas a lo largo y ancho del país. Llegar
a capas a las que hasta ahora no llegamos, estimulando la organización de
trabajadores y jóvenes en partidos, sindicatos y asambleas, concentrando
millones de votos procedentes de los trabajadores y la juventud que de otra
manera irían a parar a demagogos burgueses que los utilizarían para reforzar
sus propias posiciones en la sociedad, en detrimento de la izquierda. No cabe
duda de que, fuera cual fuera el resultado, la izquierda saldría fortalecida de
este proceso. La mayoría de las familias trabajadoras van a tener la
oportunidad en estos meses de comprobar aún más la podredumbre de este sistema
y de sus instituciones, organizadas y creadas para engañar y oprimir al pueblo.
Si finalmente
se decidiera participar en las elecciones de marzo, entonces habría que
discutir la formación de un Frente Único de la izquierda, presentando un
programa auténticamente socialista, porque eso nos podría fortalecer
enormemente y ayudar a acelerar el proceso de toma de conciencia de los
trabajadores.
Habría que
pensar que si mañana, Duhalde o quien esté frente a la presidencia del país
llame a elecciones para renovar el Parlamento, ¿también habrá que llamar al
boicot? Como decíamos antes, como regla general no se boicotea un parlamento
burgués hasta que no se es lo suficientemente fuerte para derrocarlo y
sustituirlo por algo mejor. Pero, por otro lado, el conseguir representantes de
los trabajadores en el parlamento ayudaría a organizar a los trabajadores. La
utilización de las bancas parlamentarias de manera revolucionaria,
utilizándolas como un enorme altavoz a través de la prensa, la radio y la
televisión, aceleraría el proceso de toma de conciencia de la clase obrera, nos
daría mayor popularidad y haría llegar nuestro programa e ideas a millones de
personas en todo el país. Nadie puede dudar que una de las razones de la
popularidad y notoriedad alcanzada por el compañero Zamora se debe a su hábil
utilización de la banca parlamentaria para dar a conocer sus ideas y denunciar
a los representantes políticos de este sistema.
Ahora bien,
como decíamos al principio de este apartado, sería un error confiarlo todo a la
contienda electoral. La lucha parlamentaria debe ser un complemento a la lucha
en la calle que es la que ha volteado tres presidentes y ha hecho consciente a
la clase trabajadora argentina de su poder y fuerza en la sociedad. La lucha
parlamentaria no debe ser la excusa para abandonar tareas que en sí mismas son
más importantes: la explicación paciente de nuestro programa y modelo de
sociedad a las más amplias masas de trabajadores y jóvenes; organizarlos, y
particularmente, penetrar en la base de los sindicatos mayoritarios, CGT y CTA,
para apartar a los dirigentes burocratizados y corruptos y sustituirlos por
auténticos luchadores, representantes genuinos de los intereses de los
trabajadores.
Hay que
aumentar el nivel de comprensión de lo que nos estamos jugando, continuar movilizando
con marchas, manifestaciones y huelgas para hacer ver al conjunto de las
familias trabajadoras nuestro poder y fuerza y de la necesidad de controlar y
gestionar por nosotros mismos los recursos productivos de la sociedad. Sólo
cuando la mayoría de la clase obrera acepte este programa, organice y participe
en estos órganos de poder obrero y popular se podrá plantear la transferencia
del poder, de una minoría corrupta y parasitaria que nos gobierna hoy, a la
clase obrera y resto de capas oprimidas de la sociedad.
V. LA
ASAMBLEA CONSTITUYENTE
Como explicamos en
otros artículos que trataron el proceso revolucionario en Argentina desde sus
comienzos, la consigna defendida por la mayoría de las organizaciones de
izquierda argentina de reclamar una Asamblea Constituyente ha demostrado ser
totalmente inadecuada y, bajo las circunstancias que atraviesa el país,
particularmente reaccionaria.
Ya avisamos en
su momento que, para desviar la atención de las masas de los auténticos
objetivos que se derivan del proceso revolucionario en marcha que no es sino la
lucha por un gobierno de los trabajadores, otras organizaciones burguesas y
pequeñoburguesas también reclamarían la convocatoria de una Asamblea
Constituyente. De esta manera es como el ARI, el Frepaso e, incluso, el
peronista Kirchner se sumaron al carro de este reclamo. Incluso Duhalde anunció
la reforma de Constitución mediante un proceso que ante las masas puede sonar
similar a la convocatoria de dicha Asamblea Constituyente.
Lamentablemente,
con el anuncio de la convocatoria de elecciones, los grupos relevantes de la
izquierda no sólo mantienen esta consigna sino que le están dando el
protagonismo central en toda su propaganda. Llegado este punto, tenemos que
recordar qué significa exactamente la convocatoria de una Asamblea
Constituyente.
Una Asamblea
Constituyente es un parlamento burgués cuyo cometido es elaborar una nueva
Constitución para el país. Ni más ni menos que eso. La historia de Argentina,
como la de todos los países donde existe la democracia burguesa, conoció muchas
asambleas constituyentes (la última tan cercana como la de 1994) que no
cambiaron las estructuras fundamentales del capitalismo, pues sus fundamentos
básicos han permanecido inalterables: la propiedad privada de los medios de producción:
bancos, tierras, fábricas, etc. La consigna de la asamblea constituyente es por
lo tanto una consigna democrático-burguesa, no socialista.
Sin embargo,
comprendemos muy bien que, en determinadas circunstancias, no sólo es correcto
para los trabajadores luchar por consignas democrático burguesas, como la de la
Asamblea Constituyente, también es absolutamente necesario hacerlo.
Una consigna democrático-burguesa
Pero ¿En qué
circunstancia se deben plantear este tipo de consignas? Hay dos posibilidades:
1) en un país semifeudal o semicolonial y 2) en un país donde no existe un
parlamento, elecciones u otros derechos democráticos. Pero ninguna de estas condiciones se puede aplicar a
Argentina.
Argentina no es
un país atrasado o semifeudal. Lleva casi doscientos años de independencia, y
es la tercera economía más grande de América del Sur, así que difícilmente
entra en la categoría de nación semicolonial (el hecho de que la oligarquía
haya reducido la antigua décima nación industrial del plantea a una situación
de ruina y miseria o que muchas industrias privatizadas hayan caído en manos
extranjeras es una cuestión aparte).
En la
revolución rusa de 1917 la consigna de la asamblea constituyente —una consigna
democrática burguesa— jugó un papel progresista a la hora de movilizar a las
masas contra el zarismo. ¿Es apropiada esta consigna en la situación actual de
Argentina? En absoluto.
Durante las últimas dos décadas Argentina ha tenido un régimen democrático
burgués que no difiere en lo esencial de los regímenes democráticos burgueses
de Europa o EEUU.
Se podría
objetar que la democracia burguesa de Argentina es un régimen fraudulento y
corrupto que simplemente sirve para enmascarar la dictadura de los banqueros y
los capitalistas. Es verdad, pero se olvida de un detalle. Y es que bajo el
capitalismo la democracia siempre tiene un carácter extremadamente parcial,
distorsionado e incompleto, no sólo en Argentina, sino también en los demás
países, incluso en los más “democráticos”.
Sí, los
políticos argentinos son corruptos y no representan los intereses de la
población que les votó. Pero lo mismo se puede aplicar a los políticos de EEUU
(como demuestra una vez más el escándalo de Enron). Recientemente también se
demostró que Bush fue elegido para la Casa Blanca gracias al fraude. Y los
políticos europeos no son mucho mejores, aunque quizá un poco más sutiles, lo
que simplemente significa que son más cuidadosos a la hora de engañar a la
población.
Es verdad que
el verdadero gobernante de Argentina no es la población o los políticos que ha
“elegido”, sino la oligarquía corrupta y podrida que gobierna en la sombra y
que utiliza a los políticos como marionetas. Pero lo mismo es aplicable al
resto de democracias burguesas del mundo. ¿Acaso Bush en Estados Unidos, Chirac
en Francia o el primer ministro “laborista” británico Tony Blair representan a
la gente que les votaron? La respuesta es obvia.
Es verdad que
las llamadas “libertades democráticas” que “disfruta” el pueblo argentino
tienen simplemente un carácter formal. La prensa “libre” es propiedad y está
bajo el control de un puñado de multimillonarios. Y todo el mundo puede decir
(más o menos) lo que quiera, pero es la oligarquía la que decide. Esta
“democracia” es sólo un fraude y una hoja de parra que disfraza la realidad de
la dictadura del Capital. Sí, todo esto es verdad. Pero todo lo que demuestra
es que Argentina es una democracia burguesa perfectamente normal.
Las demandas transicionales y el poder obrero
Comprendemos muy
bien que para poner a las masas del lado de la revolución socialista no basta
con hacer propaganda abstracta a favor del socialismo. Sería una concepción
completamente sectaria que nos apartaría de las masas. Marx explicaba en las
páginas del Manifiesto comunista que los comunistas debían ser los
luchadores más decididos y resueltos, debían estar a la vanguardia de cada
lucha con las reivindicaciones que sirviesen a los intereses de la clase
obrera. La revolución socialista sería impensable sin la lucha cotidiana para
avanzar bajo el capitalismo.
Para asegurar
la victoria de la clase obrera en Argentina, es imperativo que las consignas de
la vanguardia sirvan para que el movimiento avance, paso a paso, hacia el
objetivo del poder obrero. Es necesario luchar vigorosamente por cada demanda
parcial que tenga como objetivo la defensa del empleo, los salarios y las
condiciones de vida. También es necesario explicar que la única garantía real
de conseguir una solución genuina y duradera para los problemas de la población
es la transferencia del poder a las manos de los propios trabajadores.
Los ataques del
gobierno van a provocar inevitablemente una respuesta por parte de los
trabajadores, como de hecho ya está ocurriendo. La tarea de la vanguardia es
intentar dar una expresión organizada, generalizarla y extenderla a cada
industria, ciudad y barrio. La única forma de hacer esto es popularizando la
consigna de los comités de fábrica (sóviets) u otra similar (coordinadoras
obreras, etc). Con la agitación en torno a esta consigna, la vanguardia podrá
conectar con el ambiente general de la clase, planteando una demanda que
realmente corresponde con las necesidades del momento, mientras prepara el
terreno para llevar adelante la lucha a un nivel más elevado.
También se
trata de un hecho objetivo porque el movimiento ya llevó a la creación de
Asambleas Populares locales. Pero lo más importante de todo es que ha habido
una tendencia a vincular las Asambleas Populares con los comités obreros en las
fábricas. Aquí está la clave del éxito.
Carece de
importancia real qué palabras se utilicen para describir este fenómeno. En
Rusia se llamaron sóviets (consejos), en la huelga general de 1926 en Gran
Bretaña el papel de los sóviets lo jugaron los comités locales de los sindicatos,
los trades
councils. Durante la
revolución española de 1931-37, Trotsky llamó a la formación de juntas
revolucionarias. Más tarde, en Francia, surgió la expresión “comités de
acción”. El término realmente carece de importancia. Lo que es importante es el
contenido. En Argentina, los órganos revolucionarios de lucha que abarcan a
amplias capas de los explotados en los barrios son las Asambleas Populares. Y
éstas son, al menos, el embrión de los sóviets, es decir, el embrión de un
nuevo poder.
Sin embargo, es
obvio que la tarea inmediata de los comités es organizar y centralizar la
lucha. El objetivo de los comités, que deberían ser elegidos en la medida de lo
posible en los centros de trabajo y en las barrios populares, debería ser
organizar la acción: huelgas, manifestaciones, boicots, distribución de comida,
etc. Y esto debería culminar en una huelga general nacional. Nuestro objetivo
debe ser vincular los comités local, regional y nacionalmente, preparando el
camino para un congreso nacional de comités de fábrica y asambleas populares,
para coordinar la lucha y preparar la toma del poder.
Hay
organizaciones de izquierda bastante relevantes que, de manera más o menos
precisa, también defienden la necesidad de un gobierno de los trabajadores. Sin
embargo, es justo aquí que estos compañeros terminan invariablemente con la
siguiente consigna: elegir una Asamblea Constituyente libre y soberana,
convocada por el pueblo movilizado, que se haga cargo de la reorganización
social y política del país”. En lugar de las palabras “libre” y “soberana” hay
quienes emplean el término de “revolucionaria”, creyendo que con ese mero
cambio cambia la cosa en sí. Como decía Shakespeare, una rosa con otro nombre
sigue oliendo como una rosa. En el fondo no hay diferencias entre ambas
concepciones.
Si es cierto
que lo que se necesita en Argentina es el poder obrero, en este contexto, ¿qué papel puede
jugar la consigna de la asamblea constituyente? Como ya hemos señalado antes,
se trata de una consigna democrática burguesa, apropiada a una situación donde no
existen instituciones democráticas, parlamento, elecciones, etc. Pero en la
actualidad no es el caso de Argentina.
¿Qué significa
exactamente la asamblea constituyente? Sólo esto: “No queremos el actual
régimen parlamentario burgués. Queremos otro, más amable, un régimen
parlamentario democrático burgués”.
Pero este régimen no es posible en las actuales condiciones de Argentina. Y la
profundización de la crisis capitalista a escala mundial sólo va a emperorar
todavía más las cosas, no las va a mejorar, para el capitalismo argentino. La
solución no es la introducción de una nueva forma de democracia burguesa, sino
la eliminación radical del capitalismo, la introducción del dominio de la clase
obrera. Pero esto es algo muy diferente a una asamblea constituyente.
¿Cómo se puede
justificar esta consigna ante los trabajadores en la lucha contra el régimen de
Duhalde? Bien, se pueden exigir elecciones para una nueva asamblea
constituyente, como están planteando Zamora e Izquierda Unida. Pero la asamblea
constituyente no es una solución mágica, es sólo un parlamento democrático. Los
trabajadores dirán: “Pero si ya tenemos un parlamento y hemos votado
‘libremente’ muchas veces, a los radicales, a los peronistas, a De la Rúa.
Probablemente vamos a votar en las próximas elecciones (¡aunque puede que no!).
¿Qué hay de bueno en esto cuando a los que eliges son todos unos ladrones y
unos sinvergüenzas?”
Es un buen
ejemplo de sentido común. El problema no es que no exista parlamento. Existe.
Tampoco lo es que la población no pueda votar. Vota. El problema es que ninguno
de los partidos que están presentes en el parlamento está dispuesto a luchar
por los intereses de la población, todos quieren defender el status
quo, es decir, el
podrido régimen capitalista que ha llevado a la bancarrota al país y reducido a
la población al hambre y a la miseria. La consigna de la asamblea constituyente
no se dirige al problema central. Lo ignora porque plantea una solución que no
lo es en absoluto.
¿Quién convocará la asamblea?
Hay muchos
problemas prácticos con esta consigna, y que la hacen bastante inútil desde un
punto de vista revolucionario, quizá peor que inútil. Comencemos con el más
obvio: ¿Quién convocará la asamblea constituyente? Esta pregunta —aparentemente
tan simple— va directa al fondo de la cuestión. La oligarquía, el ejército, los
peronistas, los radicales y sus patronos en Washington no ven por qué (al menos
en esta etapa) deben hacer tal cosa. Están felices con la situación actual y
como dice los estadounidenses: “Si algo no está roto, ¿por qué arreglarlo?”.
En la
actualidad, la consigna de una asamblea constituyente no se corresponde con la
situación real de Argentina, donde ya existe una república burguesa. No desafía
el dominio del capital ni del imperialismo, que está perfectamente feliz con un
parlamento electo, que tiene muchas ventajas para el mantenimiento del dominio
de los bancos y los monopolios.
¿En qué se
diferencia la asamblea constituyente del sistema actual? De acuerdo con el
pasaje antes citado, en que es “libre y soberana”. La palabra “libertad” tiene
un significado relativo, y no absoluto, como ya hace mucho tiempo explicó Marx.
¿Libertad para quién o para qué? En la medida que la tierra, los bancos y los
monopolios siguen en manos de la burguesía, la asamblea constituyente o
cualquier otra forma de parlamento democrático no resolvería nada.
Lo decisivo no
es la forma constitucional-legalista de dominación, sino la composición del
parlamento y qué clases predominan en él. Y hay poca diferencia en si la lucha
parlamentaria se realiza en el parlamento actual (con todas sus limitaciones y
deficiencias) o en una hipotética asamblea constituyente. Lo decisivo no es la
forma, sino el contenido. Debemos recordar que la Asamblea Constituyente en
Rusia llegó a tener un significado contrarrevolucionario porque estaba dominada
por los eseristas y mencheviques.
Si por asamblea
constituyente tenemos en mente una asamblea revolucionaria que desafíe el poder
y los privilegios de la oligarquía, entonces es evidente que el único poder que
puede hacer tal cosa es la clase obrera organizada, de tal forma que pueda
imponer su voluntad a la clase dominante. Debemos recordar que en Rusia fueron
los sóviets lo que convocaron las elecciones a la Asamblea Constituyente,
después de la toma del poder.
Estos
compañeros son muy claros en esto. Dicen que la asamblea constituyente debe ser
“convocada por el pueblo movilizado”. Pero aquí hay una contradicción. Si la
clase obrera argentina tiene la suficiente fuerza para imponer su voluntad a la
clase dominante y convocar una asamblea constituyente, entonces también debe
ser lo suficientemente fuerte para tomar el poder. La clase obrera debería
tomar el poder a través de sus propias organizaciones de lucha, las Asambleas
Populares (sóviets), Comités de Fábrica, etc. ¿Por qué entonces se
introduce la cuestión de una asamblea constituyente?
En Rusia los
bolcheviques utilizaron cuidadosamente la consigna de la asamblea constituyente
en el periodo de agitación revolucionaria durante los meses previos a la
Revolución de Octubre. El objetivo principal era movilizar a las capas más
atrasadas de la población, especialmente al campesinado, para ponerlas del lado
de las clases trabajadoras, y para ello hacían uso de demandas democráticas
revolucionarias.
Sin embargo, en
la práctica, la consigna de la asamblea constituyente no jugó un papel clave
para el campesinado porque los campesinos, incluso menos que los trabajadores,
no se dejan impresionar por las fórmulas constitucionales abstractas. Los
bolcheviques ganaron a las masas campesinas con la consigna de la tierra. Una
vez que para los campesinos fue evidente que los partidos que tenían la mayoría
en la Asamblea Constituyente eran los mismos viejos dirigentes que se opusieron
a la Revolución de Octubre (y por lo tanto al programa agrario bolchevique),
inmediatamente les dieron la espalda.
Pero la
Argentina del 2002 no es la Rusia de 1917. En aquella época en Rusia había como
mucho diez millones de trabajadores (incluido el transporte, la minería, etc.)
de un total de ciento cincuenta millones de habitantes. La correlación de
fuerzas era completamente diferente, y esto explica por qué Lenin y Trotsky
tuvieron que insistir en 1917 en las consignas democrático-burguesas. La
comparación entre la Argentina actual y la China atrasada, semifeudal y
semicolonial de los años treinta —cuando Trotsky también (correctamente)
defendió la consigna democrático-burguesa de la asamblea constituyente— todavía
está más fuera de lugar.
La gran mayoría
de los partidos de izquierda en la Argentina, sino todos, no sólo han adoptado
la consigna de la asamblea constituyente, sino que le han asignado un papel
central en su propaganda. La consigna de la asamblea constituyente
—independientemente de las intenciones subjetivas de sus defensores— implica
que dentro del capitalismo existe algún tipo de solución para la crisis
argentina. Esta consigna
no plantea la abolición revolucionaria del capitalismo, aunque parece que se ha
confundido con la idea del poder soviético. Las diferencias terminológicas
normalmente no tienen mucha importancia, siempre que seamos claros en la
esencia de la materia. Sin embargo el marxismo es una ciencia, y toda ciencia
debe mantener una actitud rigurosa hacia todas las cosas, incluida la
terminología. Las palabras que usamos deben corresponder tan fielmente como sea
posible al fenómeno que estamos describiendo. El uso ambiguo y descuidado del
lenguaje puede producir ambigüedades e incluso errores perjudiciales. Si la
idea de una asamblea constituyente simplemente significa un congreso nacional
de asambleas populares, entonces estaríamos completamente de acuerdo. Pero si
es este el caso, ¿no sería mejor dejar esto claro?
En interés de
la claridad, también es necesario plantear una objeción a la formulación de una
asamblea constituyente “libre y soberana”. ¿En qué sentido una asamblea
constituyente en Argentina aspira a la “soberanía”? La idea de “soberanía”
podría apelar a instintos patrióticos de los argentinos, pero es un hecho que
Argentina no es “soberana”, y no lo va a ser en la medida que forma parte de la
economía capitalista mundial. En realidad, ningún gobierno del mundo es
“soberano”, como se ha descubierto recientemente en el caso de Rusia y China.
Los orígenes de la crisis actual en Argentina no se encuentran en Argentina,
sino en el mercado mundial. Y la solución a la crisis tampoco se puede
encontrar en Argentina.
Incluso si
—como esperamos fervientemente— la clase obrera argentina consigue tomar el
poder en sus manos y comenzar la transformación socialista de la sociedad, no
podría resolver sus problemas sin la ayuda de, al menos, los trabajadores de
Brasil, Chile y otros países de América Latina. Igual que, para estos últimos,
resultaría vital la ayuda de los trabajadores argentinos en una eventual
revolución triunfante en dichos países. Lo que se debe plantear no es la
“soberanía”, sino la extensión de la revolución a toda América Latina y la
formación de los Estados Unidos Socialistas de América Latina.
Si la asamblea
constituyente significa, en otras palabras, que concentra todo el poder en sus
manos para aplastar la resistencia de los banqueros y los capitalistas,
entonces estamos hablando de algo más serio que un parlamento democrático
burgués, hablamos de un gobierno revolucionario de la clase obrera que se pone
al frente de la nación para llevar adelante la expropiación del latifundismo y
el capitalismo. Y lo más probable es que muchos de estos compañeros quieran decir
esto. Pero entonces deben dejarlo absolutamente claro.
Si esta
interpretación es correcta, entonces no estamos hablando de una asamblea
constituyente, sino de un gobierno de los trabajadores, de una democracia
obrera. En este caso, da la impresión de que a estos compañeros, por alguna
razón, les da miedo llamar a las cosas por su nombre, colocando Asamblea
Constituyente donde debe decir gobierno de los trabajadores a través de sus
propios órganos de poder obrero.
Sin embargo, el
término asamblea constituyente no es un sustituto aceptable para la consigna
del poder obrero. Las dos ideas no son en absoluto iguales. Y mientras que
podemos aceptar completamente que los compañeros quieren lo mismo que nosotros,
creemos que esta fórmula es errónea y que puede provocar una desorientación
seria, desviar la atención de las masas de la tarea central, e incluso en el
futuro hacer naufragar la revolución.
En realidad, es
perfectamente posible tener una asamblea constituyente dentro del marco del
capitalismo. Esto significa que no representa ninguna amenaza para el régimen
existente. Pero sí podría representar una amenaza para el futuro de la
revolución en Argentina, en la medida que desvía la atención de la clase obrera
de las tareas centrales y crea ilusiones peligrosas en la posibilidad de una
“tercera vía” entre el capitalismo y el socialismo, o una etapa
“democrático-burguesa” separada en la revolución.
Las ‘ilusiones democráticas’ de las masas
La manera en la
que algunos dirigentes relevantes de la izquierda justifican su postura es
realmente sorprendente. Dicen que, efectivamente, la Asamblea Constituyente es
un parlamento burgués que no va a resolver nada. Pero que es necesario
plantearlo porque las masas “todavía no han agotado sus ilusiones democráticas”
y deben pasar por la experiencia de una asamblea constituyente para que se den
cuenta de que la auténtica solución está en un gobierno de los trabajadores.
Así, para estos “sabios” y “maestros” los trabajadores resultan ser unos
estudiantes no muy espabilados a los que conviene enseñar cosas ¡en las que
estos mismos “maestrillos”, a espaldas de los propios trabajadores, dicen no
creer!, o más bien enseñarles a palos: “¡No quieren un gobierno de los
trabajadores todavía ¿eh?, pues les daremos una Asamblea Constituyente para que
aprendan. Ya vendrán a pedir por un gobierno obrero!”
Nosotros
preferimos el método marxista que es el de decir siempre la verdad a los
trabajadores, por muy dura que sea ésta, al mismo tiempo que explicamos
nuestras ideas pacientemente confiando en que la propia experiencia de los
trabajadores y la juventud ,junto con una audaz agitación en fábricas,
sindicatos, centros de estudio y barrios hagan ver a la mayoría de la clase
obrera la corrección de nuestras ideas.
El planteo
anterior resulta, además, contradictorio con la posición de boicot que
mantienen a las elecciones presidenciales porque si admiten que todavía existen
ciertas ilusiones en el tipo de “democracia” que hay en la Argentina, por
alguna razón que se nos escapa, se apresuran a declarar que estas ilusiones no
existen en absoluto para las presidenciales de marzo y hay por tanto que
boicotearlas. De esta manera permiten que estas “ilusiones democráticas” sean
explotadas por la Carrió y Rodríguez Saá, que pueden ver reforzadas sus posiciones.
Este argumento
nos parece, además, totalmente equivocado. Precisamente en el mismo momento en
que millones de trabajadores, desocupados y jóvenes están experimentando la
putrefacción y la falsedad de lo que significa la democracia burguesa en Argentina
lo que se pretende es volver a estimular sus ilusiones en la misma, rebajando
el nivel de conciencia, en lugar de fijarles el horizonte de la transformación
socialista de la sociedad.
Los compañeros
parecen olvidar el pequeño detalle de que fue la acción de las masas la que
hizo dimitir a tres presidentes de la República (no a través de elecciones sino
por la acción de masas en la calle), hecho sin precedentes en la historia de
nuestro país; de que la consigna acuñada en el seno de la sociedad: “Que se
vayan todos”, a pesar de su carácter confuso revela una profunda desconfianza
hacia todas las instituciones del sistema. Y parecen olvidar que, de forma
embrionaria, se comenzaron a improvisar elementos de poder obrero y popular a
través de las asambleas populares, al margen de las instituciones oficiales.
Sobre estos
hechos una organización socialista y revolucionaria debe basarse para hacer
avanzar la conciencia de las masas y señalar los objetivos últimos que se
desprenden de su lucha, que es la transformación de la sociedad sobre nuevas
bases: “dirijamos y controlemos nosotros mismos nuestro destino”. Nunca en la
historia de nuestro país se dieron mejores condiciones para que toda una serie
de ideas fundamentales del programa socialista adquieran un eco de masas: la
nacionalización de la banca y las multinacionales bajo control obrero;
reestatización de las empresas públicas privatizadas, etc. votadas y asumidas,
por lo demás, en centenares de asambleas populares y marchas.
Por supuesto
que estamos interesados en la existencia de un régimen con el más alto grado de
democracia que pueda existir. Pero tenemos que explicar que eso sólo se dará
bajo el socialismo, cuando sea el conjunto de la sociedad la que dirija,
administre y controle todos los aspectos de la vida económica, social y
cultural, y no un puñado de banqueros y grandes empresarios como ocurre hasta
ahora.
La izquierda ha
adquirido gran autoridad en sectores importantes de los trabajadores y,
particularmente, de la juventud. Van a sus mítines, acuden a sus marchas y leen
sus proclamas. En las próximas elecciones, dada la desventaja de medios, los
partidos burgueses y pequeñoburgueses dispondrán de enormes recursos para hacer
llegar su propaganda, prometiendo todo tipo de soluciones demagógicas sin
romper con este sistema.
Cuando un
trabajador o un joven que se acerca por primera vez a la política y con grandes
deseos de cambio vean que tanto el ARI como la izquierda defienden que todos
los males del país se van a arreglar con la convocatoria de una Asamblea
Constituyente, optarán por el camino aparentemente más fácil: “Si la
izquierda”, se dirán, “que es la que más está luchando y tiene los dirigentes
más honrados, dice que la Constituyente es la solución, y el ARI y otros grupos
defienden lo mismo y además también critican a Duhalde y denuncian la
corrupción, voy a votar mejor por estos últimos ya que parecen tener más
posibilidades de ganar”. Así, en lugar de desenmascarar a estos políticos
profesionales que engañarán a las masas, se contribuye indirectamente a
hacerles ganar autoridad ante las mismas, al defender las mismas consignas
equivocadas.
Hay otros
compañeros que justifican su postura diciendo que en este país hay una
proporción muy grande de clases medias que, además, tienen muchas ilusiones
democráticas. Nosotros decimos que estos no es verdad. En primer lugar, la
clase obrera argentina es mucho más numerosa que las clases medias. En segundo
lugar, ni los trabajadores ni las clases medias empobrecidas se deslumbran por
fórmulas legalistas. Quieren que se demuestren con hechos cómo solucionar sus
problemas. Tampoco las clases medias son homogéneas. Sus estratos más bajos
viven en condiciones parecidas a las de muchos trabajadores y sus estratos
superiores a las de la burguesía y nunca van a aceptar nuestro programa.
La experiencia
argentina está demostrando, además, que numerosos sectores empobrecidos de las
clases medias están participando en asambleas populares y están dispuestos a
aceptar un programa socialista. Repetir el argumento de la fortaleza de las
clases medias coloca, inconscientemente, a estos compañeros en el campo de la
socialdemocracia que siempre justificó su postura claudicante ante la burguesía
porque, según ellos, las clases medias son muy numerosas y los trabajadores una
minoría de la población, con lo cual hay que aplazar la revolución socialista
para mañana, o mejor aún, para pasado mañana.
Las maniobras de la burguesía
Debemos
examinar la cuestión más en concreto. Los acontecimientos del pasado mes de
diciembre abrieron un nuevo período tormentoso que, debido a la ausencia de un
partido marxista con influencia de masas, puede prolongarse durante un periodo
de meses e incluso años, con flujos y reflujos, antes de llegar a una
conclusión decisiva en una forma u otra.
La burguesía
argentina recibió un bofetón pero todavía está de pie y puede reaccionar. Aún
puede utilizar algunos golpes astutos, mientras esquiva los golpes y se agacha
para protegerse. Por ahora se apoya en el ala de derechas del peronismo. Pero
las medidas que está poniendo en práctica Duhalde, que sigue los dictados de
Washington, solamente pueden empeorar las cosas.
Las masas no
ven una mejoría y están descontentas. Hay nuevas explosiones de protesta. El
movimiento inevitablemente crecerá, creará una situación de nueva inestabilidad
e incluso más peligrosa. ¿Cómo reaccionará a la burguesía? No puede utilizar
inmediatamente el ejército para instalar una nueva dictadura militar. Los
generales están muy desacreditados por los horrores del pasado, todavía muy
frescos en la mente de la población. Cualquier intento de ir por este camino en
la actualidad terminaría en una guerra civil, donde no es seguro qué clase
ganaría.
Por lo tanto
nos enfrentamos a la siguiente situación: por un lado, la burguesía está en
crisis, desorientada e incapaz de continuar gobernando a la antigua usanza; por
otro lado, la clase obrera no está todavía preparada para tomar el poder en sus
manos. En estas circunstancias es inevitable que la clase dominante recurra a
todo tipo de maniobras y combinaciones para mantenerse en el poder, incluso no
se podría descartar que, cuando la burguesía se enfrente a una amenaza seria,
estuviera de acuerdo, como una táctica dilatoria, en convocar una “asamblea
constituyente”.
¿Qué cambiaria
esta maniobra constitucional desde el punto de vista de la burguesía? Nada
sustancial seguro. Porque una asamblea constituyente es sólo una forma
constitucional. Y como hemos señalado lo decisivo no es la forma, sino el
contenido. Una vez más la cuestión debe ser concreta. ¿Qué partidos estarían
presentes en una asamblea constituyente? Básicamente, los mismos que ya
existían antes. Podrían tener diferentes nombres, pueden aparecer en diferentes
coaliciones, pero esencialmente serían los mismos: radicales, peronistas y
grupos de izquierda que lucharían para ganar la mayoría en la asamblea
constituyente, igual que luchan ahora por las bancas del actual parlamento.
El escenario
arriba mencionado es bastante posible en Argentina en una situación donde la
clase dominante ve que el poder se le está escapando de las manos. Podría
fácilmente hacer “concesiones” y convocar una asamblea constituyente para
formar una “nueva República Argentina” u otra cosa por el estilo, desviando así
la revolución a los canales más seguros del debate constitucional, mientras
impulsa y financia a los partidos de la burguesía para tomar la asamblea
constituyente desde dentro y destruir la revolución. Esta variante es conocida
como contrarrevolución con una forma democrática, como ha ocurrido muchas veces
en la historia del movimiento revolucionario.
Sí, estas
maniobras y trucos son inevitables por parte de la burguesía en el transcurso
de la revolución. No podemos evitarlo. Pero ¿por qué proporcionarles la excusa
para que puedan hacer esta clase de maniobras? Sería como crear un látigo par
que nos azoten a nosotros mismos. Y esto es innecesario completamente.
El cambio real
para la clase obrera se va dar cuando seamos capaces de arrancar a la burguesía
su poder y su control sobre los recursos productivos a través de la
expropiación revolucionaria mediante los órganos de poder obrero que citamos
anteriormente en otro apartado. Decir lo contrario no sólo es utopismo, sino
crear falsas expectativas y engañar a los trabajadores.
Colocar la
convocatoria de una Asamblea Constituyente como consigna central del momento es
particularmente reaccionaria porque no centra la tarea de los trabajadores en
la necesidad de confiar exclusivamente en su organización, fuerza, conciencia y
solidaridad de clase sino en una fórmula legalista-constitucional de carácter
burgués; no centra las tareas en la necesidad de organizar órganos de poder
obrero en las fábricas y barrios, sino en reivindicar un órgano parlamentario
que se sitúa por encima de la clase; en suma, no estimula a los trabajadores
para que tomen un papel activo, creador, como clase en el proceso
revolucionario que está en marcha.
Nosotros no
somos aventureros y somos conscientes de que aún no están dadas las condiciones
para un gobierno inmediato de los trabajadores, por la razón de que todavía
hace falta un tiempo para conquistar a la mayoría decisiva de la clase obrera
para este programa. Pero reconocer esto no significa buscar atajos con
consignas confusas y equivocadas, como la de la Asamblea Constituyente.
Antes de
plantear la cuestión del poder, es necesario ganar a la mayoría decisiva de la
clase obrera para la idea de la toma del poder. Esto presupone un periodo de
agitación y propaganda. Como Lenin solía decir: “¡Explicar pacientemente!”
Para esto es
esencial que las consignas planteadas con el objetivo de ganar a los
trabajadores, sean claras y deben estar vinculadas sin ambigüedades a la idea
del poder obrero. Estas consignas transicionales son necesarias para convencer
a las masas de trabajadores de que para resolver sus necesidades más que
apremiantes, es necesario que tomen el poder en sus manos.
Las
reivindicaciones que llegan a las masas son aquellas que están íntimamente
relacionadas con sus necesidades inmediatas: empleo, salarios, vivienda, etc.,
y van inseparablemente unidas a la perspectiva de la lucha anticapitalista y
antiimperialista, a través de la demanda de nacionalización de los bancos y
grandes monopolios, el desconocimiento del pago de la deuda externa y la expropiación
de toda las propiedades imperialistas. Y a través de estas cuestiones es como
podemos llegar a los oídos de los trabajadores y encontrar un eco para la idea
de la toma del poder.
VI. EL
TRABAJO EN LOS
SINDICATOS
Incluso en el
mejor de los casos —que la consigna de la asamblea constituyente sea
simplemente una irrelevancia— seguiría siendo una desviación
innecesaria de las tareas más imperiosas de la revolución.
¿Cuáles son
estas tareas? Sobre todo, la tarea principal es ganar a la mayoría de la clase
obrera, empezando por su capa más activa. La cuestión decisiva acá son los
sindicatos. En la Argentina no es posible ninguna revolución socialista a menos
que se gane a un sector decisivo de los sindicatos. Como el principal sindicato
(la CGT) todavía está controlado por los peronistas, la actitud de la
vanguardia hacia esta capa adquiere una importancia decisiva. En su intento por
controlar el movimiento de masas, la burguesía llevó a los peronistas al
gobierno. Quiere que hagan el trabajo sucio al Capital. Al hacer esto, la
burguesía está proporcionando a los trabajadores peronistas una excelente
lección de cuál es la realidad del peronismo hoy. No es el periodo de los años
40 y 50, cuando Perón pudo subir los salarios de los trabajadores industriales
un 47%, introducir pensiones para todos, el pago del aguinaldo, y además de
llevar a cabo toda una serie de reformas generalizadas. En ese momento, el
capitalismo argentino se había beneficiado de la enorme demanda existente de carne
de vaca y trigo en la Europa de la posguerra. Ahora Argentina es un país en
bancarrota y con una economía en ruinas.
‘¡Explicar pacientemente!’
En la primera
etapa de la revolución (en Argentina estamos en esta etapa) existirá la
tendencia entre los sectores más militantes de ir un poco “más allá” que el
resto de la clase. Esto fue el caso en Rusia en las Jornadas de Julio de 1917.
Los trabajadores y marineros más avanzados de Petrogrado sentían que el poder
estaba en sus manos e intentaron pasar a la ofensiva, y fueron contenidos por
la acción enérgica del Partido Bolchevique, lo que impidió una derrota
sangrienta.
En realidad los
trabajadores de Petrogrado podrían haber tomado el poder en julio, pero la
dirección bolchevique sabía que sería aplastada por las provincias más
atrasadas, que todavía tenían ilusiones en los eseristas y mencheviques.
En ese caso, la
revolución rusa habría sufrido el mismo destino que la Comuna de París y
entrado en los anales de la historia como otra derrota gloriosa, y no como la
primera revolución socialista triunfante del mundo.
Antes de tomar
el poder, fue necesario ganar a las capas más atrasadas. Eso requirió tiempo y
un trabajo paciente en las fábricas, barracones del ejército, sindicatos y
sóviets. Sin esto, la victoria resultaba imposible. En Argentina también es
necesario explicar a los trabajadores más avanzados la necesidad de ganar a las
capas políticamente más atrasadas de la clase. Sin esto el éxito de la
revolución está descartado. Por eso Lenin insistía en la consigna “¡Explicar
pacientemente!”. Este es un buen consejo para la vanguardia del movimiento
obrero de nuestro país.
En la
vanguardia existe un fuerte sentimiento de hostilidad hacia el peronismo. Y es
bastante comprensible. Pero para romper la influencia que tiene el peronismo en
la clase obrera no basta con denunciarlo y quejarse. En necesario ver las
contradicciones internas que existen dentro del peronismo y que tarde o
temprano van a provocar escisiones en líneas de clase. Debemos distinguir cuidadosamente
entre los gángsteres burgueses que están en la dirección y los trabajadores
honrados que votan a los peronistas y que participan en la CGT.
La primera
necesidad es organizar y construir la vanguardia, asegurar que tiene métodos
correctos e ideas correctas. Pero esto no es suficiente. Es necesario encontrar
el camino a las masas. Esta no es una tarea sencilla. El mayor error sería
imaginar que las masas ven las cosas como nosotros las vemos. Esto está muy
lejos de la verdad. Si ese fuese el caso, ya estaríamos viviendo en el
socialismo hace mucho tiempo y la tarea de construir el partido sería algo
completamente innecesario.
Es fácil para
nosotros comprender el papel reaccionario del peronismo. Pero las cosas son
diferentes cuando llegamos a las masas de trabajadores organizados (por no
hablar de los desorganizados). Durante décadas, la clase obrera argentina
estuvo paralizada por el grillete del peronismo, que todavía tiene fuerza dentro
de los sindicatos. Es verdad que su fuerza se fue debilitando en la medida que
sectores de la clase obrera y la juventud están organizados fuera de sus
estructuras (CTA, piqueteros, etc) y que, después de la amarga experiencia de
Ménem, muchos antiguos votantes peronistas están desilusionados. Sin embargo,
llegar a la conclusión que el peronismo está muerto es una idea completamente
equivocada.
La principal
debilidad de la situación es la ausencia de un movimiento generalizado de la
clase obrera. A pesar de ocho huelgas generales combativas en los últimos tres
años, la clase obrera todavía no participó como una fuerza independiente en los
acontecimientos revolucionarios que se iniciaron los días 19 y 20 de diciembre.
La mayoría de los trabajadores organizados están bajo el control de la CGT
oficial. La burocracia sindical está haciendo todo lo posible para controlar a
los trabajadores. El aparato de la CGT tiene un considerable poder y enormes
recursos. Cuenta con el respaldo de la burguesía y el estado. En realidad, la
burguesía argentina no podría mantener su dominio durante 24 horas sin su
apoyo.
Los sindicatos
Por lo tanto,
la cuestión de los sindicatos en general, y de la CGT en particular, ocupa un
papel central en el proceso revolucionario.
En el pasado,
el peronismo sufrió divisiones y escisiones. En la actualidad, el gobierno
peronista está aplicando la política del FMI, lo que va a provoca serias
divisiones dentro de la CGT. Debemos encontrar un camino hacia los trabajadores
de base de la CGT y ganarlos para la vía revolucionaria a través de una
cuidadosa aplicación de la táctica del frente único.
Es probable que
parte de la izquierda en Argentina tenga objeciones a esta propuesta
argumentando que la CGT está aplicando una política reaccionaria, está aliada
con el gobierno y otras cosas por el estilo. Pero en primer lugar, estos
argumentos se deben aplicar, no a los trabajadores organizados en la CGT, sino
a la dirección de la CGT. Y en segundo lugar, en las condiciones actuales de
crisis, despidos y colapso del nivel de vida, los dirigentes de la CGT, a pesar
de ellos mismos, pueden verse obligados a una situación de semi-oposición, o
incluso, a una oposición abierta al gobierno. En realidad, la CGT “rebelde” de
Moyano ya está hablando de movilizaciones contra el gobierno, e incluso la CGT
oficial de Daer ha advertido que el impago de los salarios a los funcionarios
podría provocar una “explosión social”. Obviamente, la intención de esto
burócratas es intentar ponerse a la cabeza del movimiento, cuando ya no puedan
evitarlo, para garantizar que pueden traicionarlo.
La cuestión de
los sindicatos es un asunto de vida y muerte para la revolución argentina. Una
postura equivocada en esta cuestión tendrá consecuencias más serias para el
movimiento que un error sobre la consigna de la asamblea constituyente.
Generalmente,
los sindicatos tienen tendencia a ir rezagados en la revolución. Siempre existe
un elemento de rutina conservadora, incluso entre los activistas, por no hablar
del aparato. En contraste, órganos como las asambleas populares reflejan más
fielmente el cambio de ambiente entre las masas. Están más cerca de los
sectores más oprimidos, y son más abiertos a las ideas revolucionarias y la
acción militante. Lo mismo ocurre con el movimiento de “piqueteros” que está
formado principalmente por desocupados.
La vanguardia
revolucionaria recibe una mejor respuesta con sus consignas y propuestas de
acción en esta capa, que en la actualidad está en la línea del frente del
movimiento. Utilizando una analogía militar, es como la caballería ligera que
se mueve rápidamente a la línea del frente e inicia escaramuzas con el enemigo,
probando su resolución y buscando el punto débil de sus defensas.
Pero ninguna
guerra se puede ganar sólo con la caballería ligera. Para infligir una derrota
decisiva al enemigo se necesitan los batallones pesados. Estos tienen unos
movimientos más lentos y pesados, tardan un poco más de tiempo en alcanzar a la
vanguardia. Pero al final su participación activa es decisiva para la resolución
del conflicto. Cualquier idea de enfrentarse al enemigo de frente sin estas
fuerzas es una invitación al desastre.
En la guerra de
Crimea a mediados del siglo XIX, debido a un error de los comandantes
británicos, enviaron a la caballería ligera a cargar contra los cañones rusos,
provocando una terrible masacre. Un general francés que observaba asombrado la
carga desde una cumbre comentó a sus compañeros: “¡C’est magnifique. Mais ce
n’est pas la guerre!”
(“¡Es magnífico. Pero eso no es la guerra!”). Los soldados británicos
desplegaron un gran coraje frente al enemigo. Pero su acción llevó a una
catástrofe. En última instancia, el motivo de la catástrofe fue una mala
dirección.
La guerra de
clases tiene muchas analogías con la guerra entre las naciones. Y una de las
reglas de oro es que la vanguardia no puede separarse de las masas. Esa fue la
postura de Lenin en 1917, cuando dedicaba nueve décimas partes de las energías
de los bolcheviques a ganar a las masas de trabajadores y soldados que todavía,
en vísperas de la insurrección, seguían la dirección de los mencheviques y SRs,
y en algunos casos, incluso después de la insurrección.
Aunque los
bolcheviques tenían como consigna central “¡Todo el poder a los soviets!”,
también prestaban mucha atención al trabajo sistemático en los sindicatos. La
mayoría de los sindicatos estaban controlados por los mencheviques y muchos
todavía estaban controlados por los antiguos dirigentes, incluso después de
Octubre. El sindicato de ferrocarriles, en particular, creó muchos problemas al
nuevo régimen. Pero esto no hizo que los bolcheviques abandonaran su
determinación a realizar un trabajo revolucionario en los sindicatos, por que
este trabajo era un elemento clave de su estrategia.
Después de la
revolución, cuando Lenin intentaba explicar a los nuevos e inexpertos partidos
de la Internacional Comunista los principios básicos de las tácticas
comunistas, explicaba (en La enfermedad infantil del “izquierdismo”
en el comunismo) cómo
los bolcheviques bajo el zarismo trabajaban en los sindicatos más reaccionarios
y atrasados, incluso en los sindicatos amarillos que creaba la policía para
organizar a los trabajadores (los sindicatos Zubatov). Este trabajo es absolutamente
indispensable en cualquier condición. Pero en el curso la revolución adquiere
una importancia ardiente.
El carácter
reaccionario de la burocracia de la CGT no necesita explicación. Es una
cuestión de abecé para los marxistas. Pero lo que es evidente para nosotros, no
necesariamente es obvio para las masas. Los trabajadores tienen un instinto de
unidad poderoso, y en una revolución este instinto no se debilita, se
fortalece. En unas condiciones de crisis terrible, desocupación y caída de los
niveles de vida, los trabajadores organizados se agarran más tenazmente a su
sindicato.
Los burócratas
utilizan y abusan de este sentido de lealtad tradicional entre los
trabajadores, para mantener sus propias posiciones. Ellos reflejan las
presiones de la burguesía dentro el momento obrero. Actúan como una fuerza
policial dentro del movimiento sindical, intentando controlar y disciplinar a
los trabajadores en interés de la “paz social”. En Argentina, esta noción,
normalmente, va mezclada con la demagogia “patriótica”.
La vanguardia y la clase
Es
absolutamente necesario vincular firmemente la vanguardia con las masas, y
comprender que las diferentes capas sacan conclusiones desiguales a ritmos
diferentes. La vanguardia, activa en las asambleas populares y organizaciones
piqueteras, está la primera línea de lucha. Son las tropas de choque de la
revolución. Pero los batallones pesados de la clase obrera todavía no han
entrado decisivamente en la acción. Llegarán, pero mientras lo hacen es
necesario evitar alejarse demasiado de las masas.
No se trata de
plantear la toma del poder como una consigna inmediata.
La tarea inmediata no es la conquista del poder, sino la conquista de las masas. Pero esta cuestión va inseparablemente
unida a la cuestión de los sindicatos.
Como ya
señalamos, la principal debilidad de las asambleas populares es que todavía no
están suficientemente relacionadas con los trabajadores organizados en las
fábricas. En la situación actual, la creación y extensión de los
comités de fábrica es
una demanda fundamental.
Esta demanda no
es en absoluto abstracta, parte de las necesidades objetivas de la situación.
La defensa del empleo y asegurar el pago de los salarios obligará a entrar en
la lucha a cada vez más sectores de los trabajadores. Los maestros y bancarios
han convocado varias huelgas nacionales, y los funcionarios de todo el país
están participando en batallas por el pago de los salarios. La profundización
de la crisis ya destruyó miles de empleos en todos los sectores (textil,
construcción, automóvil, etc.,) y amenaza a miles de trabajadores más. En este
contexto la reivindicación, defendidas por las organizaciones piqueteras y
aprobadas en las asambleas populares en la que se exige la nacionalización,
bajo control obrero, de toda las fábricas que se declaran en bancarrota o que
despiden trabajadores, debería ser la consigna central en la batalla destinada
a implicar en el movimiento a la clase trabajadora industrial.
Las direcciones
de las dos CGT están cada día más desprestigiadas. Hay rumores de una posible
reconciliación de los sectores de Moyano y Daer. Su colaboración con el
gobierno Duhalde y sus políticas antiobreras les pasará factura, tarde o
temprano. Ellos están utilizando la aguda crisis económica y el miedo que
existe entre los trabajadores a la desocupación para mantener maniatados a los
batallones pesados de la clase obrera de la industria y el transporte.
Es
comprensible, por otro lado, el miedo que sienten millones de trabajadores a
caer en la desocupación, lo que equivale a saltar directamente a la miseria. Ni
mucho menos esta actitud “pasiva” que se observa entre los trabajadores
significa complacencia con sus dirigentes ni con Duhalde. Ellos padecen también
los efectos de la crisis capitalista. Este sector de la clase obrera necesita
acumular algo más de experiencia antes de lanzarse a la lucha y presionar
masivamente a sus dirigentes para que encabecen las mismas, o a sobrepasarlos
desde la base.
Este cambio
entre la clase va a llegar, bien como resultado de una crisis hiperinflacionaria
que se coma rápidamente los salarios, bien por un reanimamiento momentáneo de
la economía que estimule la lucha reivindicativa, o por algún otro hecho que
sacuda bruscamente sus conciencias, pero es inevitable que suceda. También es
verdad que la perspectiva de un nuevo presidente y una renovación parcial del
parlamento como resultado de las elecciones hace pensar a muchos trabajadores
que quizás pueda haber una posibilidad de cambio: “bueno, aguantemos unos meses
más, y a ver qué pasa”.
Pero cuando las
esperanzas depositadas en un cambio real en las condiciones de vida y trabajo
de millones de trabajadores no se concreten con el nuevo gobierno, toda la
amargura, rabia y frustración acumuladas va a salir a la superficie con gran
virulencia, y toda la situación sufrirá una transformación, situando a los
sectores decisivos de la clase obrera a la cabeza de las demandas populares. El
proceso revolucionario argentino se situará en una etapa superior. Es
importante que los activistas obreros y de la izquierda tengan esta perspectiva
en mente para no caer en el pesimismo o en la impaciencia.
La CTA
La CTA está
jugando un protagonismo cada vez mayor dentro del movimiento obrero argentino.
Si bien es verdad que los batallones pesados de la clase obrera del país, los
obreros de la industria y el transporte, están encuadrados dentro de las CGT, a
la CTA se han incorporado algunos sindicatos importantes de la CGT en el último
año, entre ellos algunas seccionales de la UOM y otros.
Conviene
recordar aquí que durante los primeros cinco meses del gobierno Duhalde, la
actitud de la dirección de la CTA fue de estrecha colaboración con el mismo.
Pero el deterioro de la situación social, los acontecimientos acaecidos en los
últimos meses, en concreto los relacionados con la represión policial
(Avellaneda, etc) y, particularmente, la creciente presión de sus bases llevó a
la dirección de la CTA, primero, a una semioposición al gobierno Duhalde y,
actualmente, a una oposición frontal al mismo.
En los últimos
meses la CTA convocó huelgas y marchas contra el gobierno Duhalde. También se
enfrentó a un proceso creciente de contestación interna a su dirección, en el
que se ha destacado la organización juvenil del sindicato.
En el borrador
de documento elaborado por la Mesa Nacional de la CTA de cara a su congreso de
Diciembre se plantean toda una serie de ideas que suenan muy radicales, como
son la crítica a las políticas amparadas por el FMI, al neoliberalismo, a las
privatizaciones, etc. Esto es muy positivo. Sin embargo, la actual dirección de
la CTA no se cuestiona el llamado sistema de “libre mercado”, el sistema
capitalista. Pero ellos deben explicar a la base de la militancia qué es lo que
los trabajadores hemos ganado bajo el sistema capitalista en la Argentina y qué
futuro nos ofrece.
El apoyo que
prestan al ARI y otras formaciones pequeñoburguesas destacados dirigentes del
sindicato no hace sino desorientar a los trabajadores que buscan en la CTA una
expresión más combativa en el frente sindical. La dirección de la CTA se negó
reiteradamente a convocar a sus afiliados a las diferentes marchas convocadas
por la izquierda en los últimos tiempos por miedo al contacto de su base con
los sectores más combativos de los trabajadores, jóvenes y piqueteros. Pero
esta política está alcanzando sus límites conforme la base de la CTA comienza a
presionar a sus dirigentes desde abajo para que abandonen esta política, que es
lo que está comenzando a suceder. En particular la juventud de la CTA llamó a
que De Gennaro, Secretario General de la CTA, rompa sus vínculos con Carrió.
Esto es totalmente correcto.
La nueva
situación abre un fértil campo de trabajo a los activistas obreros de la
izquierda dentro de esta organización, que hay que aprovechar. Al igual que en
relación a la CGT la tarea de los socialistas revolucionarios es ganar para las
ideas del socialismo a la mayoría decisiva de la militancia del sindicato, y en
ese sentido corregir cualquier tendencia ultraizquierdista hacia la CTA que
pueda provocar el aislamiento de la vanguardia en una situación crítica.
¿Crear nuevos sindicatos?
Como marxistas
nos oponemos a la política escisionista dentro de los sindicatos, tanto en la
CGT como en la CTA. Normalmente la idea de escindir los sindicatos es planteada
por aquellos compañeros que se dejan llevar por la impaciencia o por las
provocaciones de la burocracia sindical. Los trabajadores debemos fortalecer
nuestra organizaciones de clase, en primer lugar los sindicatos. La unidad de
los trabajadores en organizaciones comunes es lo que nos hace fuertes.
Separados y dispersos los trabajadores se convierten en simple carne de
explotación, como explicaba Marx.
Cualquier
intento de separar a los obreros más avanzados de aquellos más atrasados
constituye un gravísimo error. La idea de formar sindicatos “puros”, sin
burocracia, etc., no resuelve la tarea de ganar a la mayoría de los
trabajadores para la revolución socialista, la evita. En las condiciones
actuales una escisión de la CGT o la CTA por parte de los elementos más
avanzados no sería seguida por la mayoría de la militancia de los sindicatos.
La clase así no se encontraría más unida, al contrario. Pero las direcciones
burocráticas verán ese hecho con gran regocijo, al desembarazarse de los
elementos más conscientes y luchadores dentro del sindicato. Con lo que así se
consigue lo contrario de lo que se perseguía. La burocracia sindical lejos de
debilitarse se fortalece todavía más, al quedarse el sindicato sin una
oposición organizada que haga frente a la vieja dirección. La burocracia
mantendría aún más férreamente su control sobre el conjunto de la militancia.
Hay compañeros
que justifican sus posturas escisionistas diciendo que no se puede hacer nada
dentro del sindicato frente a la “todopoderosa” burocracia. Es verdad que la
burocracia puede recurrir durante un tiempo a expulsiones, persecuciones,
despidos, etc contra los militantes más combativos para frenar la oposición a
su política de pactos y consensos con la patronal y el gobierno.
En el fondo, la
fortaleza aparente de la burocracia sindical no proviene sólo de la utilización
desvergonzada del aparato para disciplinar a la base, eliminando los mecanismo
de democracia interna del sindicato. Esto es así en parte y puede obstaculizar
temporalmente la actividad de los elementos más avanzados en su lucha contra
las direcciones burocráticas. Pero, lo que es innegable es que la fortaleza de
la burocracia también proviene en gran medida de que la mayoría de los
trabajadores del sindicato todavía no perdieron completamente sus ilusiones en
los dirigentes, y éstos mantienen en mayor o menor grado cierta autoridad que
la propia experiencia va a ir disipando conforme la paciencia y las ilusiones
de los trabajadores en los mismos se vayan agotando y aquéllos se muestren
totalmente incapaces de ofrecer una alternativa a los trabajadores.
Al final, las
condiciones objetivas empujarán inevitablemente a los trabajadores a la lucha.
En esas condiciones, los viejos dirigentes no tendrán sino una sola
alternativa: o se ponen a la cabeza de las luchas para no perder totalmente el
control o se verán superados por las bases, creando las condiciones para el
surgimiento de una nueva dirección más combativa que gane la confianza de las
mismas. No entender esto significa no comprender cómo funciona la psicología de
los trabajadores. El que los elementos más avanzados, opuestos a las políticas
de la burocracia sindical permanezcan dentro del sindicato resulta vital de
cara al próximo futuro porque, en una nueva situación pueden emerger dentro del
sindicato con la fuerza suficiente como para que el resto de los trabajadores
los apoyen como una alternativa a la burocracia sindical.
La propia
experiencia del movimiento obrero de nuestro país nos muestra también el
desarrollo de los procesos futuros. A finales de los 60 y en los 70 la CGT fue
sacudida por los acontecimientos revolucionarios de aquellos años. Surgieron
tendencias clasistas y combativas dentro de la CGT que, en algunos momentos
llegaron a agrupar a centenares de miles de trabajadores. Así vimos el surgimiento
de la CGT de los Argentinos, un agrupamiento clasista combativo dirigido por
Raimundo Ongaro, Secretario General del sindicato Gráfico, que fue capaz de
ganar la dirección de la CGT al grupo de Vandor, que se caracterizó por su
colaboración con la dictadura de Onganía. Obreros revolucionarios, como Agustín
Tosco, Secretario General del sindicato Luz y Fuerza de Córdoba, o René
Salamanca del SMATA de Córdoba, fueron líderes sindicales que surgieron de la
base de la CGT en aquellos años, y se convirtieron en dirigentes de masas.
Fuimos testigos también del surgimiento de las Coordinadoras obreras en
multitud de fábricas del país que dirigieron ocupaciones de fábricas y huelgas
muy combativas, y todas ellas surgieron también en la base de sindicatos de
fábrica y seccionales de la CGT, al margen de la burocracia oficial.
Lamentablemente este proceso de recomposición sindical no pudo completarse
porque, ante la ausencia de un partido obrero revolucionario con influencia
entre las masas, se vino el golpe militar cortando este proceso.
El movimiento piquetero
Uno de los
hechos más significativos del movimiento obrero argentino fue el surgimiento y
desarrollo del movimiento piquetero, que agrupa a trabajadores despedidos de
sus empresas y a jóvenes desocupados mediante asambleas y movilizaciones
masivas al margen del control del aparato sindical peronista y con una
orientación y propuestas que recuperan métodos y tradiciones revolucionarias de
la clase obrera.
El movimiento
de los trabajadores desocupados agrupados en las organizaciones piqueteras, ha
demostrado una capacidad de lucha, heroísmo y sacrificio que los situó a la
vanguardia del proceso revolucionario, en la medida que la burocracia sindical
todavía puede contener y paralizar temporalmente a la mayor parte de los
obreros de la industria y el transporte. Los piqueteros, con su ejemplo y
determinación, están señalando las tareas al conjunto de la clase obrera y los
sectores más combativos de la juventud.
La vanguardia
piquetera (surgida en muchos casos en zonas con tradición de lucha en torno a
trabajadores de grandes empresas industriales desmanteladas) logró agrupar a
decenas de miles de desocupados a través de piquetes masivos y cortes de ruta
que bloqueaban el sistema productivo y la actividad de industrias, mercados,
puertos, etc., exigiendo trabajo genuino, planes de empleo, comida y otras
medidas sociales. La organización de estas luchas ha estado controlada por
asambleas masivas que han llegado a obligar a los representantes de la
administración central o administraciones provinciales y municipales a negociar
bajo la supervisión de la asamblea para evitar corruptelas, intentos de dividir
al movimiento y demás. Las luchas y huelgas generales de los últimos años
sirvieron para mantener y reforzar la unidad en la lucha entre los piqueteros y
otros sectores de la clase obrera y los sectores más combativos dentro de los
sindicatos.
El movimiento
piquetero surgió a mediados de los 90, e incluso antes con estallidos sociales
como el Santiagueñazo (1993). A partir de 1996-97 estos estallidos, que hasta
entonces tendían a permanecer aislados y adquirir el carácter de explosiones
espontáneas de rabia, toman una mayor extensión, organización y conciencia de
su fuerza y objetivos. Paralelamente asistimos a una sucesión de puebladas, en
las que vecinos de todo un pueblo o barrio se echaban a la calle y cortan las
rutas, paralizando la actividad económica —como si se tratara de una huelga— en
exigencia de empleo, comida y otras demandas sociales. Así es cómo aconteció el
Cutralcazo y otras explosiones parecidas en distintas provincias.
Un punto de
inflexión tuvo lugar con el movimiento insurreccional en junio del 2001 en
General Mosconi. A diferencia de otros estallidos anteriores en que las masas
tras movilizarse “dejaban” que fuesen comisiones formadas por los distintos
partidos o los representantes municipales quienes negociasen la creación de
empleos o el envío de comida y medicinas, en esta ocasión el movimiento expulsó
a la policía y a las autoridades oficiales de la ciudad y creó formas de poder
popular controladas por asambleas. General Mosconi no hay Estado” reconocía el
entonces ministro frepasista Cafiero.
La lucha
piquetera dio pasos adelantes en su organización, coordinación y estructuración
nacional con la celebración de las asambleas nacionales piqueteras en los meses
previos a la caída del gobierno de De la Rúa, donde se aprobaban planes de
lucha unificados en todo el país.
Lamentablemente,
fue a partir de aquí, que un sector importante del movimiento se separó para
iniciar una política de pactos y componendas con el gobierno Duhalde, que
continúa hasta hoy. Así, a diferencia del Bloque Nacional Piquetero y el
Movimiento de Trabajadores Desocupados “Aníbal Verón” y otros agrupamientos
piqueteros combativos y anticapitalistas, que pelean para impulsar el proceso
revolucionario en marcha, dos de los grupos piqueteros más importantes, como la
Corriente Clasista Combativa (CCC) o la FTV-CTA, que habían ganado una
autoridad y respeto entre las masas agrupando a sectores combativos de los
trabajadores desocupados, optaron por practicar una política de conciliación
con el gobierno Duhalde, entrando a formar parte de los Consejos Consultivos con
la administración y negándose al mismo tiempo a convocar y participar en la
Asamblea Nacional de Trabajadores de Febrero pasado convocada por el resto de
organizaciones piqueteras y en los planes de lucha impulsados por el resto de
organizaciones piqueteras.
Esta política
está llevando a crisis y escisiones en el seno de estas organizaciones, en la
medida que un sector de sus bases se niega a seguir siendo utilizada por los
dirigentes para sus componendas y acuerdos. Esta situación dio un salto
cualitativo con la brutal represión policial en el corte del Puente Pueyrredón
en Avellaneda el pasado 26 de junio, acción que fue boicoteada por la CCC y la
FTV-CTA. El asesinato de los dos compañeros de la CTD “Aníbal Verón” a manos de
la policía y las declaraciones del dirigente de la FTV-CTA, D’Elía, que casi
llegó a justificar la represión y la criminalización del movimiento piquetero
combativo provocaron una repulsión generalizada, aislándolos del ambiente
general, que se expresó masivamente en marchas multitudinarias los días 27 de
junio, y 3 y 9 de julio por todo el país.
Fruto de su
política oportunista y equivocada, la CCC fue perdiendo algunos de sus
efectivos que se han incorporado a los grupos piqueteros más combativos. En la
FTV-CTA por su parte, se produjo la escisión del grupo Barrios de Pie, que
sigue dentro de la CTA, y una contestación interna muy fuerte contra D’Elía
entre la juventud de la CTA que llegó a pedir su expulsión del sindicato.
A pesar de la
energía desplegada y su combatividad, debemos ser conscientes de que,
aisladamente, los objetivos del movimiento piquetero resultan imposibles de
alcanzar. Por ello, el movimiento piquetero debería utilizar su fuerza y
organización para hacer mil y un intentos de ligarse a los trabajadores
ocupados para acelerar el proceso de toma de conciencia de los mismos en la
perspectiva de incorporarlos decisivamente a la lucha. Además de los cortes de
rutas, deberían ir directamente a las fábricas a repartir volantes, hacer
asambleas conjuntas con los obreros ocupados, hacer votar resoluciones y
participar conjuntamente con ellos en toda huelga o protesta que organicen;
deberían, allí donde fuera posible, establecer organismos de coordinación y
organización de la lucha, como coordinadoras o comités donde participen
sindicatos, comisiones internas y cuerpos de delgados de empresas,
representantes de los trabajadores de las fábricas ocupadas y asambleas
populares, como se está haciendo en Neuquén y otros sitios.
VII.
‘REVOLUCIÓN NACIONAL’ O REVOLUCIÓN SOCIALISTA. ‘SOCIALISMO NACIONAL’ O
FEDERACIÓN SOCIALISTA DE AMÉRICA LATINA
Casi doscientos
años después de la emancipación de las colonias americanas del yugo del imperio
español, Latinoamérica sigue sometida a los dictados del imperialismo
internacional. La dominación colonial directa fue sustituida por la dependencia
que el conjunto de América Latina sufre a través del mecanismo del mercado
mundial, por la dominación económica, primero a manos del imperialismo
británico y posteriormente del imperialismo estadounidense.
La agobiante
deuda externa que atenaza al conjunto de las economías latinoamericanas es una
úlcera sangrante por la que escapan recursos colosales creados con la sangre,
el sudor y las lágrimas de millones de trabajadores y campesinos pobres. Son
decenas de miles de millones de dólares los que fluyen anualmente hacia las
cuentas privadas de los grandes bancos y multinacionales americanas y europeas.
Cada vez que
los trabajadores y campesinos pobres de cualquier país latinoamericano
intentaron sacudirse el yugo de la explotación y la opresión (en Argentina,
Chile, Nicaragua, Guatemala, Bolivia, Brasil, Uruguay, Paraguay, etc) el
imperialismo internacional, en estrecha alianza con las clases dominantes
locales, instigó sangrientas represiones y dictaduras militares contra la
población trabajadora.
No sorprende,
por tanto, que el sentimiento antiimperialista esté tan arraigado en la clase
obrera y la juventud latinoamericana. Es éste un hecho que contiene un
innegable contenido revolucionario. Y este es el caso también en la Argentina.
En este
sentido, no cabe hablar de una auténtica lucha por la emancipación de los
pueblos y países oprimidos en Latinoamérica, al igual que en África y en Asia,
sin una lucha consecuente e implacable por sacudirse la dominación
imperialista.
Dentro de la
izquierda y el campo popular existen diferentes formas de encarar la lucha
antiimperialista. Entre éstos, hay trabajadores y jóvenes honestos y
revolucionarios que buscan una salida “nacional” a la lucha antiimperialista y
oponen a la idea de la revolución socialista una especie de revolución
“nacional”, o frente a la idea de una Federación Socialista latinoamericana
oponen un socialismo “nacional” y específico para la Argentina.
Entre estos
compañeros existe la creencia de que, junto a los trabajadores y capas pobres
de la ciudad y el campo, existe un sector nacionalista progresista de la
burguesía mediana y pequeña (burguesía nacional) supuestamente interesada en
escapar de la dominación que el imperialismo ejerce en el país. De lo que se
trata para estos compañeros es el de formar una especie de Frente
Antiimperialista que englobe a todos estos grupos y clases. En esencia, esto es
una reedición de la teoría estalinista de las dos etapas: “primero luchar por
la independencia nacional del imperialismo, y después luchar por el
socialismo”, que ha demostrado su fracaso en innumerables ocasiones, incluida
la Argentina.
Esta postura es
el resultado de los análisis que caracterizan a Argentina como un país
semicolonial. Normalmente se intenta diferenciar dos sectores dentro de la
clase dominante argentina supuestamente enfrentados y con intereses opuestos.
Por un lado, la vieja oligarquía agraria y financiera vinculada al imperialismo
y por otro lado la burguesía “nacional” industrial supuestamente enfrentada a
ellos. Estos análisis ya llevaron a algunos sectores a caracterizar al efímero
gobierno burgués liderado por Saá como nacional-popular y mostrar su
disposición a darle un margen de confianza y pactar con él.
En realidad, si
nos basamos en una análisis científico de la sociedad argentina, no es verdad
que ambos sectores de la burguesía formen dos clases diferentes. Son una y
misma clase burguesa, capitalista. No hay ninguna diferencia de fondo entre los
banqueros nacionales y extranjeros del grupo FIEL (partidarios de la más
estricta ortodoxia neoliberal y de la dolarización) y el llamado “Grupo
Productivo” o la Unión de Industriales Argentinos —UIA—. En este periodo, los
capitales financiero, agropecuario e industrial están cada vez más fusionados
entre sí y vinculados más estrechamente sus intereses a los del imperialismo.
La inmensa mayoría de las grandes y medianas empresas argentinas pertenecen,
dependen o están participadas por el capital bancario o por las
multinacionales; a su vez los “industriales” se han beneficiado de la
convertibilidad vendiendo sus empresas o participaciones de ellas, y dedicando
parte de sus capitales a especular con la deuda o llevándoselos al exterior.
Las divisiones dentro de esta oligarquía sólo reflejan diferentes opciones
tácticas sobre el mejor modo de seguir dominando e! país y mantener sus
beneficios en cada momento sobre la base de la ruina, la miseria y la
explotación de los trabajadores, los desocupados y las capas medias. Cualquier
ilusión en sectores de la burguesía o en los demócratas pequeñoburgueses,
cualquier intento de negociar o pactar con ellos en lugar de impulsar la
organización y movilización independiente de las masas trabajadoras, representa
en la situación actual una amenaza mortal para las masas argentinas.
El capital
bancario actualmente unifica a todos los sectores de la economía capitalista.
Hay grandes estancieros que tienen acciones de empresas industriales y hay
industriales que poseen extensas haciendas. Esto no quita que a la hora de
hacer negocios, diferentes sectores de la clase dominante puedan enfrentarse
por asuntos concretos pero que, en realidad, resulta ser una pelea para ver
quien se lleva las plusvalías extraídas a los trabajadores, es decir el valor
del trabajo no pagado al obrero. Pero ambos sectores de la burguesía
demostraron muchas veces en este país que no tienen ningún problema para unirse
cuando se trata de enfrentar al movimiento obrero, apoyando todas las medidas
antiobreras de los gobiernos de turno si eso supone aumentar sus márgenes de
beneficio. Estos mismos explotadores tampoco tuvieron ningún problema en
financiar y apoyar todos los golpes militares habidos en nuestro país en los
últimos 50 años y que han sido dirigidos, sin excepción, contra la clase
obrera.
No hay solución bajo el capitalismo
En política, si
dices “A”, debes decir “B”, “C” y “D”. Si no es así, se pueden cometer errores
muy serios. El mayor crimen de los estalinistas en Asia, África y América
Latina fue llevar al movimiento a conclusiones erróneas a través de la teoría
equivocada de “la revolución por etapas”. De acuerdo con esta teoría (en
realidad un refrito de las viejas y desacreditadas ideas mencheviques que Lenin
siempre combatió), el carácter de la revolución en los países coloniales y
subdesarrollados era democrático-burguesa, y por lo tanto el proletariado no
debía intentar tomar el poder, sino subordinarse a la dirección de la
“burguesía nacional”.
Frente a esta
orientación política que se apoya en la colaboración de clases y que tantos
desastres provocó a la revolución en Asia, África y América Latina, los
socialistas revolucionarios nos basamos en las enseñanzas de la Revolución de
Octubre y en la teoría de la “revolución permanente”, formulada por León
Trotsky. Aunque no es este el sitio para desarrollar a fondo esta cuestión,
baste con decir que en las condiciones modernas la burguesía no es capaz de
jugar un papel progresista en ninguna parte. Si se examina la situación de
todos aquellos países que consiguieron la independencia formal a partir de
1945, inmediatamente se hace evidente que en ninguno de ellos se solucionaron
las tareas de la revolución democrático-burguesa, las más importantes de las
cuales son: la independencia del imperialismo, la unificación nacional, la
reforma agraria, y conseguir un elevado desarrollo industrial, social y
cultural. Y si esto es verdad para los países semicoloniales y semifeudales,
aún es más verdad para la Argentina que no pertenece propiamente a esta
categoría de países y consiguió su independencia formal hace casi doscientos
años.
Tomemos el
ejemplo de India. Igual que Argentina, India es un país con un enorme potencial
económico. Hace poco más de medio siglo que consiguió la independencia formal,
¿qué ha conseguido la burguesía india? No solucionó la cuestión agraria.
Tampoco la cuestión nacional. No eliminó el monstruoso sistema de castas. No
modernizó el país. Y lo más importante de todo, cincuenta y cinco años después
del final del dominio imperialista directo, India es más dependiente del
imperialismo que en cualquier otro momento de su historia. Lo mismo se puede
aplicar al resto de países ex coloniales.
La conclusión
es evidente: los problemas de la sociedad sólo se pueden solucionar cuando la
clase obrera tome el poder en sus manos, cuando ponga fin al dominio de la
burguesía y el imperialismo, nacionalizando la tierra, los bancos y las grandes
empresas e implementando un plan socialista de producción. En cuanto a las
tareas democrático-burguesas, se realizarán al tiempo que el proletariado en el
poder acomete la transformación socialista de la sociedad. Pero la tarea
central (como en 1917) es el establecimiento del poder obrero.
La experiencia del chavismo en Venezuela
Para los
sectores nacionalistas “de izquierda” argentinos, el movimiento bolivariano de
Chávez en Venezuela parece ser el modelo a seguir. En Venezuela, como en
Argentina, se vive una situación revolucionaria, aunque allá los procesos están
más desarrollados que en nuestro país. En parte, ello es debido a que, a
diferencia de acá, en Venezuela sí existe una dirección del movimiento en la
que confían millones de trabajadores, campesinos pobres y desocupados, liderada
por Hugo Chávez.
La idea de
Chávez es realizar la revolución “nacional” bolivariana para emancipar el país
del control del imperialismo y para utilizar los recursos productivos de la
nación en beneficio de la mayoría de la sociedad. Sin embargo, si analizamos la
estructura de clases entre los dos campos contendientes observamos que en el
campo de Chávez se agrupan todos los sectores oprimidos de la sociedad como
señalamos antes, pero en el campo de la contrarrevolución se sitúan sin
excepción todos los sectores de la burguesía nacional, e incluso, un sector
significativo de la pequeña burguesía venezolana, que conspiran activamente
contra el gobierno Chávez en estrecha colaboración con el imperialismo
americano.
¿Dónde están,
pues, los supuestos sectores “progresistas” de la burguesía nacional dentro del
campo chavista? No existen. Todos los sectores de la burguesía nacional
venezolana están encuadrados tras las banderas del imperialismo norteamericano.
La única manera de conjurar el peligro de la contrarrevolución en Venezuela
sería expropiando y nacionalizando las propiedades de los contrarrevolucionarios,
incluyendo las multinacionales extranjeras, para evitar que utilicen los
recursos productivos del país para sabotear la economía nacional y para
financiar sus planes golpistas, como están haciendo. Pero hacer esto
significaría despojar al conjunto de la burguesía venezolana y a las empresas
extranjeras de sus propiedades, bancos, fábricas y tierras. Efectivamente,
sería necesario llevar a la práctica medidas socialistas de expropiación. Pero
implementar estas medidas supondría dar el golpe de gracia al capitalismo, y
utilizar la riqueza de la sociedad para planificar democráticamente la economía
en base a las necesidades de la mayoría. Con lo cual la lucha consecuente
contra el imperialismo y contra la oligarquía nacional sólo puede conducir a la
lucha por el socialismo. No ver esto es de una miopía extrema.
Lamentablemente,
Chávez tiene miedo por ahora de llevar la revolución hasta las últimas
consecuencias, negándose a tomar medidas contra la contrarrevolución, lo que
resulta peligrosísimo porque da un respiro a ésta que volverá sin dudar a la
carga con sus planes golpistas en un futuro inmediato. Ello no quita que ante
un nuevo auge revolucionario de las masas Chávez pueda verse obligado a ir más
allá de lo que desea en estos momentos, incluso consumando la expropiación de
los capitalistas. Pero, a corto plazo, sus intenciones no parecen ir por este
camino.
La actitud de
Chávez no se explica solamente por la doctrina que le guía en su actividad
práctica. Es verdad que Chávez no es un marxista ni un socialista. Chávez y su
círculo se mueven dentro del campo ideológico de la pequeña burguesía buscando
infructuosamente conciliar intereses de clases opuestos, el de los trabajadores
y el de la burguesía. Pero esto es imposible como ya explicamos. Entre otras
razones si Chávez no da el paso de nacionalizar la economía, como están
exigiendo insistentemente miles de activistas obreros venezolanos, es por su
miedo a que la revolución quede aislada en Venezuela, sometida al acoso del
imperialismo internacional. Para los dirigentes chavistas esta perspectiva es
como asomarse a un abismo. Por esta razón dudan, vacilan, intentan alcanzar
acuerdos imposibles con la burguesía y el imperialismo.
El fijar como
objetivo la revolución “nacional” es un callejón sin salida, es una trampa
mortal, independientemente de los buenos deseos de los que la apoyan. La única
lucha antiimperialista consecuente es la lucha por el socialismo, como antes
dijimos. Pero la revolución socialista no puede quedar encerrada en las
fronteras nacionales de ningún país latinoamericano. Es cuestión de vida o
muerte que se extienda, no sólo para resistir con más garantías al
imperialismo, sino para que nuestros hermanos de clase latinoamericanos salgan
también de su situación de explotación y miseria y alcancen su verdadera
emancipación, a la vez que juntamos las riquezas de todos los pueblos
latinoamericanos para el común desarrollo de nuestro destino. No cabe duda,
además, que la revolución socialista latinoamericana daría un impulso
formidable a la revolución socialista mundial, no solamente en Asia y África,
sino también en Europa y los EEUU.
Esta es, en
esencia, la teoría de la Revolución Permanente de León Trotsky, que una vez más
se ve confirmada en los hechos. Una revolución que comienza en un país atrasado
con objetivos democráticos y antiimperialistas se transforma en revolución
socialista, y luego se extiende por los países de su entorno hasta desembocar
en la revolución internacional. De esta manera la revolución adquiere un
carácter ininterrumpido, permanente.
Nacionalismo burgués o internacionalismo proletario
Hace doscientos
años, Simón Bolívar planteó la cuestión de la unidad de América Latina. Pero la
burguesía latinoamericana demostró ser completamente impotente, podrida y
reaccionaria. En lugar de luchar por la verdadera soberanía, su papel es el de
chico de los recados del imperialismo. A pesar de toda la retórica “patriótica”
e ilusiones de grandeza, la burguesía argentina no es una excepción. Se puso la
gorra en la mano para pedir limosna a Washington y le han dado con la puerta en
las narices. Al imperialismo le interesa mantener a los países de América
Latina débiles y divididos, y las burguesías nacionales lo ayudan. Solamente el
proletariado puede triunfar allí donde la burguesía fracasó. Pero para hacer
esto, el viejo ondear “patriótico” de banderas que durante tanto tiempo
confundió y desorientó a los trabajadores debe dejar paso a una comprensión de
clase y a una perspectiva revolucionaria internacionalista.
¿Qué significa
esto? El trabajador argentino está orgulloso de su país y apenado al verlo
reducido a la actual situación de pobreza humillante. Por instinto siente que
se podría recuperar el colosal potencial productivo de la Argentina, si el país
no estuviese dirigido por esa pandilla de parásitos y explotadores. Este
“patriotismo” de la clase obrera argentina tiene un contenido de clase
revolucionario y progresista, sobre él nos debemos basar. Pero es necesario
decir a la clase obrera la verdad. La única forma de resolver sus problemas es
con la expropiación de la propiedad de los banqueros y capitalistas argentinos,
y después unirse con el resto de los trabajadores y campesinos de América
Latina en una federación socialista.
Combinando los
colosales recursos del continente sería posible no sólo eliminar las causas de
la desocupación y la pobreza, también sería posible encaminarse rápidamente en
dirección al socialismo y a una vasta revolución cultural y social. En estas
circunstancias, el imperialismo estadounidense se quedaría paralizado e incapaz
de intervenir. Al contrario, los imperialistas estadounidenses se enfrentarían
a una revolución en los propios EEUU.
VIII. LAS OCUPACIONES DE FÁBRICAS: ESTATIZACIÓN BAJO CONTROL OBRERO
O FORMACIÓN DE COOPERATIVAS
La profundidad de
la crisis capitalista en la Argentina está teniendo como consecuencia la
devastación de una parte muy importante del tejido productivo, particularmente
en el sector industrial. La crisis del capitalismo argentino nos ofrece su cara
más degenerada. Mientras que millones de argentinos subsisten con innumerables
necesidades básicas sin cubrir, o cubiertas muy deficientemente: alimentos,
viviendas, electrodomésticos, ropas, calzado, etc, en definitiva todo lo que
resulta imprescindible para disfrutar de una vida digna y civilizada, las
fábricas e instalaciones industriales que se necesitan para fabricar todas
estas cosas, han sido reducidas a la mitad, el resto han sido cerradas,
abandonadas por sus dueños o trasladadas a otros países.
Los cierres de
fábrica no sólo dejan un legado de pobreza en recursos materiales, en bienes de
consumo y en utilidades para el conjunto de la sociedad sino que vienen
acompañados con el despido de centenares de miles de trabajadores que quedan
sin otro sustento para alimentar a sus familias, agravando la penuria y la
miseria que se extiende por toda la sociedad.
Los cierres de
fábricas y la desocupación que llevan aparejadas supone negar el futuro a
millones de familias trabajadoras que se ven arrojadas al lodo social, a una
vida de humillación, de degradación y sin esperanzas. Por esta razón los
cierres de fábrica y la desocupación constituye no sólo una tragedia y una
condena de este sistema, constituye también un crimen contra la clase obrera y
contra la humanidad.
Nuevamente
vemos cómo la propiedad privada de los capitalistas entra en contradicción con
las necesidades de la mayoría de la sociedad.
Posteriormente
al estallido popular de diciembre, e incluso meses antes, presenciamos la aparición
de un fenómeno enormemente inspirador para todos los trabajadores, como es la
ocupación por parte de los trabajadores de un gran número de fábricas
abandonadas o cerradas por sus patronos.
Los ejemplos
más emblemáticos hasta la fecha fueron las ocupaciones de fábrica llevadas a
cabo por los obreros de la cerámica Zanón, en Neuquen, y por las obreras de la
textil Brukman, en Buenos Aires. El hecho más significativo es que estos
trabajadores no sólo no se conformaron con mantener ocupadas las fábrica sino
que las están haciendo producir bajo el control de los propios trabajadores.
Después de esto tuvieron lugar nuevas ocupaciones como las protagonizadas por
los trabajadores de la Clínica Junín, en Córdoba, la Panificadora El Aguante
(antes Panificadora Cinco) en Capital, la metalúrgica La Baskonia en La
Matanza, Grissinópolis, Gráficas Chilavert, y otras.
Estos
trabajadores están dando un ejemplo al conjunto de la clase trabajadora de cómo
no aceptar con resignación el destino a que nos condena la clase capitalista.
Pero estas
ocupaciones tienen un alcance mayor. La ocupación de fábricas es uno de los
puntos más avanzados a que puede llegar la lucha de los trabajadores, y
demuestra un elevado nivel de conciencia de clase. Toda ocupación de un centro
de trabajo, pone de manifiesto “Quién manda aquí”, pone en cuestión, en
definitiva, la propiedad de los capitalistas y hace sacar a los trabajadores
una conclusión revolucionaria; “nosotros somos los que producimos, y la fábrica
es de los trabajadores que la hacen producir”.
Esto tiene una
importancia de primer orden, porque, de una manera práctica, los trabajadores a
través de su experiencia llegan a la conclusión de la propiedad colectiva de
los medios de producción, es decir los trabajadores llegan a la idea de la
propiedad socialista de los medios e instrumentos de trabajo, y del producto de
ese trabajo, que son las mercancías producidas por los propios trabajadores.
Es normal, por
tanto, que los capitalistas y su corte de empleados a sueldo: los políticos burgueses,
los jueces y sus plumíferos en la prensa burguesa estén poniendo el grito en el
cielo bramando contra el ejemplo que humildes trabajadores están dando al
conjunto de su clase.
Hay que decir
también que el fenómeno de las ocupaciones de fábrica está en lo mejor de la
tradición de la clase obrera argentina, y los trabajadores que están
protagonizando las mismas no hacen sino reanudar el hilo de la historia y de
las tradiciones de la clase trabajadora de nuestro país.
Los sindicatos
tendrían que hacer suyo lo que, hasta ahora, resultó ser la iniciativa y el
coraje revolucionario de unos pocos cientos de trabajadores. Hay que llevar a
la práctica el acuerdo tomado en multitud de asambleas piqueteras y populares:
“nacionalización sin indemnización y bajo control de los trabajadores de toda
empresa que cierre o despida trabajadores”. Es esta consigna la que necesita
llevarse a la práctica para conjurar la desocupación y la miseria a que se ven
abocadas decenas de miles de familias obreras.
Estatización bajo control obrero o formación de cooperativas
Al calor de
estas ocupaciones surgió el debate entre los trabajadores que llevaron a la
práctica las mismas y entre el conjunto de los activistas del movimiento obrero
sobre qué hacer con las fábricas ocupadas, si exigir su estatatización,
manteniendo los trabajadores su control sobre las mismas, o transformarlas en
cooperativas gestionadas por sus trabajadores.
La diferencia
entre una fábrica estatizada bajo control obrero y una cooperativa es mayor de
lo que puede parecer a primera vista y tiene implicaciones políticas muy
grandes, inclusive para el destino del proceso revolucionario abierto en la
Argentina.
Desde El Militante defendemos la idea de que,
incluso bajo el capitalismo, es más correcto exigir la estatización de las
fábricas ocupadas manteniéndolas bajo el control de los obreros que su
transformación en cooperativas gestionadas por los trabajadores. Consideramos
que de esa manera se preparan mejor las condiciones para una transición hacia
la economía socialista.
Bajo las
condiciones modernas de producción en el capitalismo ningún sector de la
producción, ninguna fábrica aislada puede escapar a la división del trabajo que
hay establecida. No existe una sola empresa, ni siquiera una sola multinacional
en todo el planeta que pueda controlar de principio a fin todos y cada uno de
los elementos que intervienen en el proceso de producción de sus mercancías. En
otras palabras, ninguna puede ser autosuficiente por sí misma. Ladrillos,
cemento, metales, nafta, plásticos, tejidos, cables eléctricos, transporte,
venta, etc, es tal la variedad de productos y elementos diferentes que entran
en juego en la producción y venta de mercancías que, en mayor o menor grado,
cada empresa individual depende de la producción y de la organización del
conjunto de la economía capitalista para poder producir y vender sus propias
mercancías. Así, por ejemplo, la subida de los precios o la escasez de
suministro de la nafta tiene un impacto inmediato en la producción de multitud
de empresas; o la escasez de tal materia prima, etc.
Las contradicciones del cooperativismo
Por la propia
naturaleza de las empresas capitalistas, en situaciones de crisis aguda, suelen
ser las pequeñas y medianas empresas la más afectadas por los cierres patronales.
No es una casualidad que, salvo el caso de Zanón, el resto de las fábricas
ocupadas pertenezcan a este tipo de empresas. Son las que están más expuestas a
estas situaciones. Aunque se transformaran en cooperativas, no dejarían de ser
pequeñas empresas sometidas, más agudamente que las grandes empresas, a los
vaivenes del mercado capitalista, particularmente en una situación como la
actual.
La primera
dificultad a la que se enfrentarían los trabajadores de cooperativas sería al
boicot que ejercerían contra ellos el resto de la clase capitalista. Los
capitalistas considerarían un ataque a sus intereses de clase el que una
fábrica sea arrebatada a su propietario por parte de los trabajadores.
Tratarían de responder unificadamente, utilizando sus resortes económicos,
políticos y judiciales para socavar la viabilidad de la cooperativa. Por
ejemplo, los compañeros de Zanón comentaban que la empresa que les vendía unos
envases especiales de cartón para empaquetar los productos cerámicos decidió
dejar de suministrárselos, tras una petición de los antiguos dueños de la
fábrica.
Para resistir
las presiones del entorno y del propio mercado en un contexto de crisis, los
trabajadores de cooperativas tendrían que recurrir a la autoexplotación para
mantener sus productos competitivos en el mercado: con largas jornadas de
trabajo, salarios limitados, etc. Es verdad que no habría un patrón individual,
pero resultaría inevitable el surgimiento de cierta mentalidad de pequeño
propietario entre los trabajadores de la cooperativa, diluyéndose su conciencia
de clase. La formación de una cooperativa tendería además a separar a estos
trabajadores del resto de la clase, pues la presión cotidiana del trabajo los
empujaría más y más a intentar mantener a flote la cooperativa, a espaldas de
lo que aconteciera al resto de la clase obrera de su localidad y del país.
El hecho de que
hubiera dos o más cooperativas del mismo rubro en su barrio, localidad o
provincia llevaría inevitablemente aparejada una competencia entre ellas para
ver quien puede sobrevivir por más tiempo, con el riesgo evidente de que los
trabajadores de éstas no se vean como hermanos de clase, sino como competidores
que hay que desalojar del mercado cueste lo que cueste.
Los
trabajadores que ocuparon sus fábricas tuvieron que pelear muy duramente
durante meses con huelgas, cortes de ruta y organizando marchas para conseguir
sus objetivos. En muchos casos resultó vital la solidaridad de clase que
despertaron entre trabajadores de otras empresas o entre los desocupados de su
localidad. Pero una vez que intenten poner en marcha sus cooperativas, en las
condiciones que antes describimos, pueden ver, a su pesar, como un gran
incordio y una molestia el participar cotidianamente en huelgas, marchas y
cortes de ruta en solidaridad con compañeros que se encontrarán en su misma
situación anterior, porque ello supondrá paralizar durante dos horas o un día
entero la producción en su cooperativa.
Si el fenómeno
de las cooperativas se generalizase la clase obrera se atomizaría y se
dispersaría. El objetivo de la lucha por la transformación socialista de la
sociedad se diluiría, porque se perdería la perspectiva y la necesidad de la
toma del poder por los trabajadores. La mentalidad que se instalaría, en
cambio, sería la de “sálvese quien pueda”, para al cabo de un tiempo volver a
la situación inicial porque, salvo excepciones, la gran mayoría de experiencias
cooperativas fracasaría con cada nuevo empuje de la crisis capitalista.
En el
capitalismo, la formación de cooperativas tiene como única virtud demostrar que
los capitalistas no son necesarios para el funcionamiento de la economía, que
es posible hacer funcionar las fábricas sin su concurso y que los trabajadores
están suficientemente capacitados para hacerlas funcionar por sí mismos. Pero
sería un error grave crear ilusiones en que las cooperativas son una
alternativa a las empresas capitalistas individuales, sin romper con el propio
marco del capitalismo.
El reclamo de la estatización bajo control obrero
La
estatización, bajo control obrero, de las fábricas y empresas forma parte
permanente del programa del marxismo y de los socialistas revolucionarios en
cualquier situación, inclusive en una etapa de funcionamiento “normal” del
capitalismo. Con más razón todavía hay que esgrimirla en momentos de crisis
capitalista y en situaciones revolucionarias.
Hay que dejar
por sentado que esta estatización hay que llevarla a cabo sin rescate alguno,
sin pago de indemnización a sus antiguos propietarios. Ellos ya robaron durante
muchos años a los obreros en la fábrica llevándose las plusvalías creadas por
los trabajadores con su trabajo. Además una indemnización tendría el peligro de
descapitalizar la fábrica, o de drenar recursos del Estado, de secar sus
fondos, que resultan imprescindibles en manos de los trabajadores para
reactivar la producción de las empresas.
Defender la
consigna de la estatización bajo control obrero traza en la conciencia de los
trabajadores un puente, un vínculo entre su experiencia concreta derivada de la
crisis capitalista y sus efectos (desocupación, cierres de fábrica, despidos,
reducciones de salario, etc) con la necesidad de expropiar a la clase
capitalista (estatización) para solucionar permanentemente los problemas de los
trabajadores. Es una consigna que liga la situación que padecemos en estos
momentos bajo el capitalismo con la necesidad del socialismo; por eso se
denomina a estas consignas: consignas de transición al socialismo, o consignas
transicionales, en el lenguaje científico del marxismo.
¿Qué ventajas
ofrece a los trabajadores de las fábricas ocupadas este reclamo frente a la
reivindicación del cooperativismo?
Lo más
importante es que este reclamo fortalece la conciencia de clase de los trabajadores,
fortalece sus lazos de solidaridad de clase en toda la nación y empuja a la
clase obrera a la lucha unificada por la toma del poder, por la revolución
socialista.
Aquí los
trabajadores no están reclamando ser una asociación de propietarios individuales
de su fábrica, algo que sí se deriva del cooperativismo; sino que quieren
seguir siendo obreros, y que sea el Estado (es decir, el conjunto de la
sociedad, donde las familias trabajadoras constituimos la inmensa mayoría) el
propietario de la misma. Eso sí, la fábrica debe funcionar bajo el control
democrático de los trabajadores que la hacen funcionar: controlando la
producción, distribución, venta, condiciones de seguridad en el trabajo,
salarios, etc. Los trabajadores podrían planificar la producción atendiendo, en
un primer momento, las necesidades de su localidad, zona o provincia en
colaboración con las asambleas populares y organizaciones de desocupados.
Los obreros que
produjeran con este reclamo no verían a los de la fábrica de su mismo rubro en
su localidad o provincia como competidores a los que habría que expulsar del
mercado sino como hermanos de clase a los que estimularían para que se sumaran
a ese mismo reclamo para ser más fuertes. Incluso podrían establecer las bases
para una fusión, integración o colaboración de dichas fábricas para avanzar en
el desarrollo de la producción, dividirse el trabajo y atender un nivel de
necesidades mucho mayor que yendo cada una por sí sola.
Vemos así que
este reclamo, asumido por todas las fábricas ocupadas, apuntan a la misma
dirección: que sea el Estado quien se haga cargo de las fábricas, bajo nuestro
control. Además, la manera más efectiva de hacer frente al boicot del resto de
empresas capitalistas contra las fábricas ocupadas sería repetir esa misma exigencia:
que las fábricas que ejerzan este boicot sean también expropiadas por el Estado
bajo el control de sus trabajadores. De esta manera la lucha se unifica con
esta común exigencia y apunta directamente a la necesidad del poder obrero, de
un gobierno de los trabajadores en todo el país, ante la segura negativa del
Estado burgués a llevar a cabo la expropiación de las empresas capitalistas.
Los compañeros
que apuestan por la forma cooperativa justifican su postura diciendo que
quieren gestionar sus empresas independientemente de cualquier gobierno burgués
y, en concreto del actual gobierno burgués corrupto que padecemos. Esta postura
es bastante comprensible. Pero estos compañeros deben tener en cuenta dos
cosas. Primero, que la condición que proponemos para la estatización de las
fábricas ocupadas es que deben seguir funcionando bajo el control de sus
trabajadores, con lo que no aceptaríamos ingerencias o coacciones que viniera
de ningún gobierno burgués de turno, apelando como se vino haciendo hasta ahora
en estas fábricas ocupadas a las huelgas, marchas, cortes de ruta y
llamamientos de solidaridad al conjunto de la clase trabajadora para desbaratar
cualquier medida dirigida a socavar nuestro control o nuestros intereses.
Segundo, repetimos que nuestro método de gestión y organización fortalece la
conciencia y la lucha de la clase obrera en la perspectiva de la toma del poder
por los trabajadores, mientras que la forma cooperativa no, al crearse la
mentalidad de que la revolución se puede hacer empresa por empresa, o de que
los problemas de los trabajadores de cooperativas se acabarán por el mero hecho
de que ya no tienen un patrón individual, perdiendo el referente de la lucha
unificada a nivel nacional contra el conjunto del sistema capitalista en nuestro
país.
Es verdad, que
mientras tengamos un gobierno burgués sobre nuestras cabezas, es imposible que
se lleve a la práctica, de una forma generalizada, la estatización sin
indemnización y bajo el control de los trabajadores de las fábricas ocupadas.
No hay que olvidar que la función de un gobierno burgués en cualquier país
capitalista es la de actuar como el consejo de administración de los intereses
comunes de los capitalistas y utilizarán todas sus armas políticas, económicas
y legales para intentar doblar el pulso a los trabajadores para que las
fábricas sean devueltas a sus antiguos patronos.
Somos
realistas. Probablemente, en la práctica, la mayoría de las fábricas ocupadas y
gestionadas por sus trabajadores se vean obligadas a funcionar como cooperativas.
Pero no es lo mismo orientar la lucha y el trabajo de estos trabajadores en la
perspectiva de la estatización bajo control obrero, aunque en la práctica y
forzados por las circunstancias el funcionamiento cotidiano de sus empresas sea
como el de cualquier cooperativa, que hacer apología del cooperativismo. No es
lo mismo. No es lo mismo en la conciencia de los trabajadores ni en la
perspectiva general de la lucha por el socialismo.
El debate entre
la estatización bajo control obrero y las cooperativas tiene un calado más
profundo. Incluso para comprender qué tipo de sociedad socialista es la que
queremos construir.
Las empresas
cooperativas bajo el socialismo, entendidas como propiedades particulares de
los trabajadores de cada empresa, sería un paso atrás. Lejos de acabar con el
individualismo y la competencia entre los trabajadores, los mantendría. Se
daría prioridad a los intereses individuales de cada empresa antes que a los
del conjunto de la sociedad. Dispersaría la planificación de los recursos
productivos y sería una fuente permanente de conflictos y distorsiones en la
economía.
Pero nosotros
estamos luchando por una sociedad socialista, sin explotación ni opresión de
ningún tipo. El socialismo sustituiría la ciega y bárbara competencia entre los
individuos que existe bajo el capitalismo por la libre asociación de los mismos
basada en la fraternidad, la solidaridad y la cooperación. Bajo el socialismo,
las empresas no pertenecerían a los trabajadores que las ponen a producir o las
gestionan, sino que pertenecerían al conjunto de la clase obrera, al conjunto
de la sociedad. Incluso, nadie se habituaría a trabajar permanentemente en el
mismo sitio. El proceso de trabajo tendría así un carácter dinámico y
enriquecedor, facilitado por la reducción de la jornada de trabajo y por la
disposición del ocio suficiente para que todos puedan participar en la gestión
y control de todos los asuntos y aspectos de la vida social y cultural. Todo
esto facilitaría la planificación armónica y democrática de todos los recursos
para atender el conjunto de necesidades sociales: económicas, sociales y
culturales, en la perspectiva de elevarlas indefinidamente.
IX. SOBRE EL
GUERRILLERISMO Y EL TERRORISMO INDIVIDUAL
América Latina
tiene una larga tradición de lucha de guerrillas. Durante todo el siglo XX
decenas de grupos guerrilleros basados en las zonas rurales y las montañas
actuaron a lo largo y ancho del continente en la mayoría de los países
latinoamericanos: Cuba , Nicaragua, México, Guatemala, El Salvador, Colombia,
Honduras, Perú y otros. En países como Argentina, Uruguay y Chile tuvimos la
actividad de la llamada “guerrilla urbana” en los años 70, que no era sino una
variedad “local” de los primeros, y surgidos bajo su directa influencia.
En el primer
núcleo de países latinoamericanos citados esta tradición tenía su origen en la
debilidad política y la falta de enraizamiento de los partidos obreros entre
las masas de la clase obrera, por un lado, y por otro, por el peso aplastante
del campesinado en la composición de la población.
No obstante, y
a pesar de la persistencia del atraso y subdesarrollo económico, la clase
obrera se ha fortalecido numérica y socialmente en el conjunto de los países
latinoamericanos en las últimas décadas. Las tareas revolucionarias a desarrollar
en todos los países latinoamericanos ya fueron expuestas en un apartado
anterior, y no son otras que las de la revolución socialista, encabezadas por
la clase obrera de las ciudades con el apoyo del resto de clases y capas
oprimidas de la sociedad, comenzando por el campesinado pobre.
Para cualquier
socialista revolucionario es abecé la necesidad de construir un partido obrero
revolucionario. Sin una clase obrera organizada y dirigida por un partido
revolucionario de masas no hay ni puede haber un triunfo de la revolución
socialista. Es verdad que, por las condiciones materiales de vida y trabajo que
crea el capitalismo en las masas de la clase obrera, condiciones de explotación
y opresión física y espiritual, en un primer momento es inevitable que el
partido agrupe solamente a los elementos más avanzados y conscientes de la
clase, la vanguardia de la clase, que resulta ser una minoría en una época
“normal” del capitalismo e, incluso, en las primeras etapas del proceso
revolucionario.
Ahora bien, un
auténtico partido revolucionario debe aspirar a ser un partido de masas,
formado por decenas y centenares de miles de miembros, y con un apoyo
consciente de millones. Lanzarse prematuramente a la conquista del poder sin
haber conquistado previamente el apoyo de las masas de la clase obrera es puro
aventurerismo y conduciría directamente a una sangrienta derrota.
La construcción
del partido presupone un proceso más o menos largo de explicación y agitación
paciente entre las masas de trabajadores para el que hay que dotarse del
programa, las ideas y los métodos de trabajo correctos para influir sobre la
masas y fusionarse con ellas. La virtud de un proceso revolucionario es que las
masas aprenden y elevan muy rápidamente su nivel de conciencia, y un partido
relativamente pequeño con ideas, programa, tácticas y consignas correctas,
interviniendo audazmente puede desarrollarse rápidamente.
¿Es el guerrillerismo un método correcto de lucha?
La clase obrera
es el producto más genuino del sistema capitalista. El resto de clases
oprimidas oscilan entre la burguesía y la clase obrera o están condenadas a
desaparecer en el transcurso del desarrollo de la economía capitalista. El
marxismo sitúa a la clase obrera, a los trabajadores asalariados, como el sujeto
revolucionario que debe liderar la revolución socialista. Sus particulares
condiciones de vida y trabajo, su papel en la sociedad y en la economía
capitalista, generan en ella una mentalidad colectiva, una capacidad de lucha y
de organización infinitamente superior a la de cualquier otra clase o capa
oprimida de la sociedad. Ninguna otra clase, ninguna otra capa social puede
sustituir a la clase obrera en esta tarea sin provocar graves distorsiones en
el proceso revolucionario.
Por sus
particulares condiciones de vida y trabajo la clase obrera desarrolló
históricamente unos métodos de lucha y organización propios, diferentes a los
del resto de capas y clases oprimidas. Estos métodos de lucha son: la lucha de
masas (huelgas, marchas, ocupaciones de fábricas, etc), la organización en
partidos y sindicatos, la insurrección y la creación de órganos de poder obrero
(asambleas, comités, coordinadoras) en el período revolucionario previo a la
toma del poder que se convertirán en los nuevos organismos de poder obrero, una
vez superado el capitalismo.
Es en este
contexto que los marxistas debemos analizar si el método de lucha guerrillero
es el más conveniente para la revolución socialista, si es el que se adecúa a
las condiciones de vida y a los métodos de lucha de los trabajadores, incluso
en los países más atrasados donde predomina el campesinado.
El marxismo
siempre consideró la guerra de guerrillas como un método de lucha secundario y
subordinado a la acción protagonista de la clase obrera. Y esto no sólo por una
cuestión de “efectividad”. Es verdad que se han producido victorias
guerrilleras, como en Cuba, China y otras partes. Pero no hay que olvidar que
estas victorias se produjeron en países atrasados, con un estado burgués débil
y semidescompuesto y con una población mayoritariamente compuesta por
campesinos. Pero ni siquiera nuestras reservas a utilizar los métodos
guerrilleros se derivan del carácter del capitalismo del país de que se trate,
ya sea más avanzado o más atrasado. No hay que olvidar que la victoria de la
revolución en Rusia también se dio en un país muy atrasado. Y esta victoria se
dio, sin embargo, con los métodos de lucha clásicos del proletariado: lucha e
insurrección de masas en las ciudades, organismos de poder obrero (Soviets),
etc. Nuestra oposición también se deriva de una cuestión política de
principios.
La revolución
debe ser obra consciente de la clase obrera, o como decía Marx: “la
emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos”.
Millones de trabajadores participando conscientemente en huelgas generales,
marchas, en discusiones, partidos, sindicatos, asambleas populares, comités o
coordinadoras obreras, mítines, estableciendo el control obrero, participando
en insurrecciones. Este es el método de la revolución proletaria. Un método de
lucha que implica directamente a millones de trabajadores. En cambio, el método
guerrillero rebaja el papel consciente de la clase obrera. Si el peso
fundamental de la lucha revolucionaria descansa en un ejército guerrillero, manteniendo
a los trabajadores de las ciudades al margen de la lucha revolucionaria o como
simpatizantes activos, los trabajadores verán relegado su papel a un segundo
plano, no viendo la necesidad de organizarse en partidos o sindicatos ni de
crear sus propios órganos de poder obrero, lo que estimula una actitud pasiva
durante la lucha revolucionaria.
Bastarían
entonces varios cientos o miles de hombres y mujeres decididos para combatir
con el ejército en las zonas rurales o en las montañas para iniciar la lucha
revolucionaria, mientras que las masas de los trabajadores permanecerían en las
ciudades con los brazos cruzados esperando a ver qué ejército gana, si el
guerrillero o el burgués, independientemente de que simpaticen con el primero.
En estas condiciones ¿para qué se necesita un partido formado por decena de
miles de jóvenes y trabajadores? ¿Para qué los sindicatos? ¿Para qué las
huelgas? La clase obrera y sus organizaciones aparecen de esta manera como
meros auxiliares de la guerrilla.
Desde el punto
de vista de la táctica revolucionaria en un país atrasado y campesino con
tradición activa de guerrillas, los marxistas defenderíamos que la lucha
guerrillera actuara como un auxiliar, un complemento, de la lucha obrera en las
ciudades, y siempre bajo la dirección del partido revolucionario y de la clase
obrera. Nunca al revés.
Todas estas
consideraciones tienen más importancia de lo que parece. El nuevo estado
surgido directamente de una victoria guerrillera no sería un auténtico estado
obrero sano y con una democracia obrera saludable, como en Rusia antes de la
degeneración estalinista, donde los trabajadores y campesinos participaban en
el control y la gestión a través de los soviets o consejo obreros. Los trabajadores al no haber organizado
sus propios órganos de control y de poder obrero en las fábricas, barrios y
pueblos, como consecuencia de su papel subordinado en la revolución, carecerían
de mecanismos propios y democráticos para participar en el control y la gestión
de la economía y la sociedad. En el caso del triunfo de la guerrilla, ésta
podría llevar a cabo la expropiación de los capitalistas y terratenientes, pero
al no existir los mecanismos para que se desarrolle una verdadera democracia obrera,
sería la jerarquía inherente a cualquier ejército guerrillero la que pasaría a
ocupar el vacío dejado por la desaparición de las estructuras del Estado
burgués, introduciendo tendencias burocráticas en el seno de la sociedad,
independientemente de los deseos e intenciones subjetivas de los dirigentes
guerrilleros.
Esto llevaría
aparejado todo tipo de deficiencias y distorsiones que introducirían nuevas
contradicciones. No tendríamos un Estado obrero sano sino un estado obrero con
deformaciones burocráticas. El surgimiento de elementos de autoritarismo, de
diferencias sociales y desigualdades sería inevitable. En esas condiciones, la
sociedad estaría obligada a padecer innumerables contradicciones hasta que la
clase obrera reuniera la experiencia suficiente para conseguir reinstaurar una
auténtica democracia obrera en el seno de la misma.
La experiencia de los montoneros y el PRT-ERP
En la
Argentina, la actividad de montoneros y el PRT-ERP en el período 1970-1976
marcó a toda una generación de jóvenes revolucionarios que vieron en ellos un
alternativa revolucionaria en la lucha por el socialismo. Constituye una
obligación de la nueva generación de revolucionarios de nuestro país estudiar
esta experiencia y sacar todas las lecciones de las mismas.
Montoneros y el
PRT-ERP nacieron al final de la odiada dictadura de Onganía, al calor del
período revolucionario que se iniciaba en aquella época, y fuertemente
impactados por el ejemplo de la revolución cubana. Montoneros nació en el seno
de la juventud peronista y al cabo de unos años evolucionó a posturas radicales
e izquierdistas. El PRT-ERP por su parte nació al margen del peronismo y se
consideraba a sí misma una organización marxista. Además de estos grupos
principales, también existían otros, como las FAP, FAR y otros, pero más
pequeños y marginales.
Ambos grupos
optaron por el denominado “guerrillerismo urbano” y desarrollaron una actividad
muy intensa, particularmente en el período 1973-75 en el punto más álgido de
los acontecimientos revolucionarios que estaban sacudiendo a la Argentina.
Por su
actividad, numerosos militantes de montoneros y del PRT-ERP cayeron asesinados
por las balas de la policía y de la represión terrorista del Estado y las
bandas fascistas, antes y después del golpe militar del 76. Pero toda nuestra
solidaridad y recuerdo hacia estos jóvenes luchadores, que eran auténticos
revolucionarios sacrificados y abnegados, no nos puede impedir ver lo
profundamente equivocadas y erróneas que resultaron estas tácticas de lucha en
aquellos años.
Si consideramos
equivocado el método de lucha guerrillero para la lucha por el socialismo, el
error de montoneros y del PRT-ERP fue aún mayor al pretender trasladar
mecánicamente la experiencia de la guerrilla cubana a la Argentina, un país
industrializado, con una poderosa clase obrera y con un campesinado muy
pequeño.
Una de las
tácticas equivocadas que empleaban era la de sacar a los obreros jóvenes de las
fábricas, separándolo de la lucha revolucionaria de su clase, para que
recibieran instrucción militar en las zonas despobladas para incorporarlos al
grupo guerrillero.
De esta manera
la energía revolucionaria de miles de jóvenes estudiantes y obreros
revolucionarios fue inútilmente malgastada en combates y enfrentamientos con la
policía y unidades del ejército, que los masacró por centenares.
Para Santucho,
dirigente del PRT-ERP y asesinado cobardemente a los pocos meses del golpe del
76, de lo que se trataba era de crear “focos” revolucionarios, “zonas
liberadas”, en diferentes lugares del país donde organizar una base para la
actividad de la guerrilla y librar pequeñas guerras con el ejército en la
perspectiva de extender las zonas liberadas en un radio geográfico cada vez
mayor, hasta el momento de una insurrección general.
Esta táctica se
demostró completamente equivocada. La actividad de pequeños grupos guerrilleros
dispersos y sin vinculación con las grandes masas, los aisló socialmente y
fueron fácilmente derrotados.
En vez de
orientar el entusiasmo revolucionario y la abnegación de sus militantes para
organizar a las masas y ganarlas para el programa de la revolución socialista,
con los métodos proletarios que ya explicamos anteriormente, consiguieron todo
lo contrario.
En realidad, la
burguesía argentina jamás se sintió amenazada por la actividad de las acciones
guerrilleras. A quien sí temía mortalmente era a las masas de la clase obrera.
Las tendencias clasistas ganaban cada vez más apoyo dentro de la CGT,
arrebatando a la burocracia sindical la dirección de gremios importantes; la
formación y la actividad de las “coordinadoras obreras” en los grandes centros
industriales, al margen de la burocracia sindical, alumbraba cada vez más la
perspectiva de un levantamiento revolucionario de la clase obrera, a pesar de
los fuertes puntos de apoyo que todavía mantenía el peronismo entre la mayor
parte de los trabajadores, apoyo que comenzaba a diluirse y a generar
escisiones y enfrentamientos internos en la medida que los gobiernos
peronistas, primero con Perón y sobre todo, posteriormente, con “Isabelita” y
López Rega, se posicionaban cada vez más abiertamente con la reacción burguesa.
La burguesía
argentina utilizó convenientemente las actividades de montoneros y del PRT-ERP
para desviar la atención de los trabajadores de la lucha revolucionaria, para
justificar cada vez más medidas represivas y la utilización del terrorismo de
Estado para asesinar a activistas obreros y juveniles, la mayoría de ellos sin
relación con los “montos” ni con el ERP.
La clase
dominante utilizó la prensa y los púlpitos de las iglesias para denunciar el
“caos”. Cada acción guerrillera y cada atentado terrorista era amplificado por
mil canales que introducían el desconcierto entre las filas de la clase obrera
y, particularmente, entre la pequeña burguesía.
En la práctica,
el método del llamado guerrillerismo urbano no es sino una variante del método
del “terrorismo individual”, que consiste en la eliminación física de miembros
del aparato represivo, del gobierno o de la clase dominante. Estos métodos
siempre fueron rechazados y combatidos implacablemente por el marxismo y los
dirigentes históricos del socialismo: Marx, Engels, Lenin, Trotsky o Rosa
Luxemburgo. Estos métodos juegan el papel más nefasto, y además de rebajar el
papel de la clase obrera, dan todas las excusas a la reacción y a la burguesía
para acentuar la represión contra el conjunto de la clase obrera y para ganarse
el apoyo de la pequeña burguesía y de los sectores más atrasados de lo
trabajadores para sus planes de “mano dura” y de golpes militares.
Como decía
Trotsky: “Una huelga, incluso una modesta, tiene consecuencias sociales:
fortalecimiento de la confianza en sí mismos de los obreros, crecimiento del
sindicato …. El asesinato del dueño de la fábrica provoca efectos policíacos
solamente, o un cambio de propietario desprovisto de toda significación
social”. El asesinato de un ministro o de un general puede crear confusión
entre la clase dominante en un primer momento, pero ésta no va a tener
problemas para colocar a otras personas en su lugar. El mecanismo del Estado
burgués permanece intacto y en funcionamiento. Y como añade Trotsky: “ Pero el
desorden que produce el atentado terrorista en las filas de la clase obrera es
mucho más profundo. Si para alcanzar los objetivos basta armarse con una
piostola, ¿para qué sirve esforzarse en la lucha de clases? … Si tiene sentido
aterrorizar a altos funcionarios con el rugido de las explosiones, ¿qué
necesidad hay de un partido? ¿Para qué hacer mítines, agitación de masas y
elecciones …? “Para nosotros el terror individual es inadmisible precisamente
porque empequeñece el papel de las masas en su propia conciencia, las hace
aceptar su impotencia y vuelve sus ojos y esperanzas hacia el gran vengador y
libertador que algún día vendrá a cumplir con su misión”.
Considerando
que la derrota del proceso revolucionario en nuestro país se debió a la
ausencia de una dirección revolucionaria y por el papel paralizante que
ejercieron los dirigentes sindicales peronistas cuya concepción interclasista
llevó a los trabajadores peronistas (mayoritarios entre la clase obrera en
aquellos momentos) a un callejón sin salida, es también bastante claro que las
actividades del ERP y Montoneros, independientemente de la entrega y sacrificio
de sus mejores militantes, facilitaron la estrategia golpista de la burguesía
argentina de ganar para sus planes a los sectores más inertes, pasivos y
atrasados de la población, particularmente a la pequeña burguesía, en una
situación donde aparentemente nadie ofrecía una salida. De esta manera fue cómo
la clase dominante consiguió descarrilar el proceso revolucionario en los años
70.
No caer en las provocaciones de la clase dominante
La burguesía
argentina mira el futuro con temor, preocupación y pesimismo. Realmente, está
suspendida en el aire sin ninguna base social de apoyo. El drama es que los
trabajadores argentinos, por ahora, no son plenamente conscientes de la fuerza
que tienen y carecen de un partido propio con influencia y raíces que les
oriente ante los acontecimientos. Pero la burguesía recurrirá a todo tipo de
maniobras para mantenerse y conjurar el peligro de la revolución.
Hasta ahora la
burguesía se estuvo enfrentando a un movimiento de masas por parte de
trabajadores, piqueteros, jóvenes y clases medias. Pero la burguesía se está
preparando concienzudamente para provocar a los sectores más impacientes de la
juventud y del movimiento piquetero con el objetivo que algún grupo dé el salto
y se implique en actividades de “lucha armada”; es decir, en el método del
terrorismo individual. Por lo general, la impaciencia y la desesperación tienen
los efectos más perniciosos en la lucha de clases. Es justamente eso lo que
necesita la burguesía para poder descarrilar el proceso revolucionario, como
hizo en los 70.
Hasta el
momento lo intentaron sin éxito, a pesar de haber recurrido al asesinato de
jóvenes y piqueteros y a la introducción de provocadores dentro del movimiento.
La clase dominante y el gobierno calcularon mal con la represión del 26 de
junio en el puente de Avellaneda y el asesinato de los compañeros Darío y Maxi.
No se esperaban la respuesta de indignación que barrió todo a su paso, como se
puso de manifiesto en las impresionantes marchas que se convocaron a lo largo y
ancho del país. Ellos pensaban que la respuesta a los asesinatos sería la
desmoralización y la criminalización del movimiento piquetero, pudiéndolos
presentar así como un movimiento de “terroristas” y “desclasados” . De esa
manera esperaban que esto llevara a un sector del mismo, desesperado, a armarse
de fierros e itakas para iniciar algún tipo de actividad “armada”. Esto se
avendría perfectamente a sus planes para quebrar la respuesta popular.
Igual que en
los 70 empezarían a poner el grito en el cielo contra la “anarquía”, las
actividades “terroristas”, el “caos”, etc para ganarse a sus planes represivos
y contrarrevolucionarios a un sector de la sociedad.
Por esta razón,
los activistas obreros y juveniles no pueden caer en la provocación que nos
tiende la clase dominante. Responder con actividades de “terror individual” a
la justa indignación causada por las provocaciones conscientemente ejecutadas
de la policía y de la SIDE sería un desastre para el proceso revolucionario que
está en marcha. La trágica experiencia de los 70’s debe servir de lección a los
revolucionarios argentinos. Sustituir la evaluación científica de las fuerzas
sociales que actúan en la sociedad capitalista por el “sentimentalismo”
revolucionario es un grave error.
Hay que
responder a cada provocación, a cada asesinato, maltrato o encarcelamiento de
un activista obrero o juvenil con la acción de masas, igual que hicimos tras
los acontecimientos de Avellaneda. Este tipo de respuesta sí que alarma a la
clase dominante, sí que debilita a las fuerzas represivas, sí que despierta a
la actividad revolucionaria a nuevos activistas, sí que hace consciente a los
trabajadores y jóvenes revolucionarios de su poder y fuerza. Este tipo de
respuesta sí que nos acerca más al triunfo decisivo.
X. CONCLUSIONES
La economía
argentina sufre en estos momentos la depresión más profunda de su historia.
Acumula cuatro años consecutivos de recesión (crisis) que supuso una reducción
del PBI del 50%, una cifra asombrosa, comparable en sus efectos a los
producidos por una derrota catastrófica en una guerra. El gobierno prevé una
caída del PBI del 7% este año, pero fuentes más realistas hablan del 15% e
incluso del 20%. El recorte previsto en el gasto público es del 70%. La
actividad económica está prácticamente paralizada, empezando por el elemento
clave para el funcionamiento del capitalismo, la inversión, que ha caído un 50%
en los primeros 6 meses del año 2002.
Para tener una
idea de la masiva devastación de fuerzas productivas producidas en el país a
causa de la crisis da una idea la destrucción de puestos de trabajo en la
industria. Así, el número de obreros industriales ha pasado de 1.100.000
trabajadores en 1998 a 640.000 en estos momentos. En los 6 primeros meses de
este año la producción de las plantas automotrices ha caído un 50%, el textil
otro 50% y la producción de cemento, un 40%.
Las
consecuencias sobre las familias trabajadoras ha sido pavorosa. La desocupación
alcanza al 25% de los trabajadores, pero la subocupación (y no hay que olvidar
que las estadísticas oficiales consideran a una persona subocupada por el sólo
hecho de trabajar una hora a la semana) golpea al 30% de la fuerza de trabajo.
Así, entre desocupados y subocupados sobreviven como pueden 6,3 millones de
trabajadores argentinos. Sólo en los primeros 6 meses del año se produjeron
400.000 despidos. El poder adquisitivo medio se redujo en más de un 40%, y el
70% de los trabajadores argentinos ganan menos de 650 pesos al mes, que es la
cantidad en que está establecido el mínimo de la canasta básica para alimentar
a una familia. Así, no sorprende que este año la venta de electrodomésticos
haya caído un 75% y la de computadoras un 85%. El índice de pobreza alcanzado
en nuestro país no tiene precedentes, un 53% de la población, 19 millones de un
total de 37.
Al mismo tiempo
estamos viendo cómo la degradación social crece día a día. La prensa burguesa
se hace eco de la cantidad creciente de violencia, robos, secuestros que azotan
nuestros barrios obreros y localidades. Lo que callan es que este nivel de
degradación y delincuencia es causado por la crisis y la bancarrota de un
sistema irracional e inhumano, el capitalismo. Vemos cómo las llamadas “fuerzas
del orden” están recorridas por la descomposición y el crimen, implicadas en
muchas ocasiones en los atracos, secuestros, y en el amparo de los sucios
negocios del tráfico de drogas y de la prostitución. El gobierno reconoce esta
situación y no hace nada. No hace nada porque necesitan intactas las fuerzas
policiales para utilizarlas de parapeto contra las familias trabajadoras para
defender la propiedad privada de los grandes empresarios y banqueros.
¿Cómo salir de la catástrofe que nos amenaza?
Los
capitalistas argentinos, el gobierno Duhalde, los políticos burgueses y la
prensa vendida al capital nos gritan que la salida se hace muy difícil; que nos
tenemos que conformar con un futuro de hambre, de estrecheces y de
padecimientos. Sólo saldremos de la crisis, nos dicen, si los trabajadores
aceptamos reducir aún más nuestros bajos salarios, si los enfermos se conforman
con menos medicinas para curar sus males, si se cierran escuelas para los hijos
de los trabajadores, si los hijos de los trabajadores aceptamos dejar de
estudiar en la universidad para trabajar con salarios de 150 lecops al mes; si
nuestros mayores, nuestros viejos aceptan ver reducidas sus magras pensiones
después de años de trabajando duro para levantar el país.
Éste es el
futuro que nos tiene reservada la burguesía de nuestro país; de esta manera nos
dicen que saldremos de la catástrofe; esta misma gente, que vive del trabajo
ajeno y están bien alimentados, vestidos y asistidos, nos aconsejan a nosotros,
los que hacemos funcionar este país día a día, los que nos levantamos temprano
para empujar la rueda hasta el final del día, los que padecemos estrecheces y
escaseces, que descendamos un peldaño más en la degradación de nuestras
condiciones de vida y en la de nuestras familias.
Pero, ¿es que
no existe otra salida? Nosotros afirmamos que sí. Decimos que es mentira que en
la Argentina no sea posible vivir y trabajar de otra manera. Argentina produce
anualmente comida para alimentar a más de 200 millones de personas. ¿Cómo es
posible, entonces, que haya tanta gente pasando hambre y necesidades en nuestro
país? Porque las estancias, los campos, las haciendas, los ingenios, las
lecherías y las fábricas que producen todos esos alimentos están en manos, son
propiedad, de un puñado de grandes capitalistas, que prefieren exportar la
mayor parte de esa comida fuera del país obteniendo con ello miles de millones
de dólares de beneficios, en vez de alimentar al pueblo trabajador con
mercaderías baratas y accesibles a todo el mundo.
En los grandes
bancos se acumulan miles de millones de dólares que permanecen ociosos
rindiendo enormes rentas a los burgueses, en lugar de ser utilizados para
levantar el país y para devolver su dinero a los pequeños ahorristas estafados.
Grandes
empresarios como Pérez Cómpac prefieren vender sus industrias petroleras a
multinacionales extranjeras, como Petrobas, por 1.000 millones de dólares antes
que poner la nafta y el combustible a disposición del pueblo que las necesita.
Se calcula que
los grandes empresarios y banqueros argentinos tienen depositados 130.000
millones de dólares en cuentas en el extranjero, cuando ese dinero, que fue
extraído a los obreros argentinos durante años de duro trabajo, tendría que
estar acá para construir fábricas, para dar trabajo a los obreros, para
construir escuelas, hospitales, rutas y abrir las minas cerradas.
Salir de esta
catástrofe sería relativamente sencillo si la mayoría de los trabajadores y de
la juventud se convencieran de que hay que organizarse en asambleas, comités y
coordinadoras en nuestros centros de trabajo, en nuestros barrios, en los
secundarios y las universidades. Al mismo tiempo habría que llamar a la
convocatoria de un congreso nacional de comités y asambleas compuesto por
representantes de los mismos, elegidos y revocables en todo momento por dichos
comités, para que este congreso de comités revolucionarios tomase el poder y
comenzara el camino de la transformación social
¿Cómo hacerlo?
Nacionalizando las palancas económicas fundamentales (la banca, las petroleras,
los grandes grupos industriales y las multinacionales) bajo el control
democrático de los trabajadores. De esta manera sería posible planificar
democráticamente la riqueza del país para ponerla de nuevo a funcionar
dedicando los recursos económicos existentes y las posibles fuentes de ingresos
a satisfacer las necesidades sociales que demanden los distintos sectores
populares (crear nuevo empleo, así como repartir el que ya existe reduciendo la
jornada, y creando nuevos turnos sin reducir los salarios, repartir medicinas y
alimentos a todos los que lo necesitan, aumentar los gastos sociales, etc.).
¿Quién puede
oponerse a esto? Las familias trabajadoras somos la aplastante mayoría de la
sociedad y tenemos el derecho de imponer nuestra voluntad para acabar con esta
situación. Nos intentan amedrentar con la amenaza de la represión. Pero la
policía y el ejército serían impotentes ante millones de trabajadores y jóvenes
que salieran a la calle organizada y conscientemente para cambiar la sociedad.
Teniendo en cuenta que muchos policías y soldados son hijos de trabajadores y
viven en las mismas condiciones que los trabajadores, las “fuerzas del orden”
se dividirían y quedarían paralizadas. Sus elementos más sanos y cercanos a las
familias trabajadoras se unirían al movimiento. La transformación socialista de
la sociedad se podría llevar a cabo fácilmente y sin apenas violencia.
Evidentemente,
bajo el capitalismo nada de esto es posible ya que los recursos económicos
permanecen en propiedad de los capitalistas y sólo los emplean buscando obtener
el máximo beneficio. Lo que están haciendo con ellos, ante la caída de sus
beneficios, es destruir fuerzas productivas: cerrar empresas o llevárselas a
lugares donde les resulten más rentables.
Es por esta
razón que la lucha por la transformación socialista de la sociedad no es sólo
una buena idea o una utopía condenada a dormir el sueño de los justos, sino una
necesidad absoluta que tiene la clase obrera argentina, y del conjunto de
Latinoamérica, para no caer en la degradación y la barbarie a que nos condena
el sistema capitalista.
Hay que decir
las cosas como son. Empezando por las capas activas del movimiento, debemos
explicar pacientemente la necesidad de derrocar y expropiar a los capitalistas
como la única salida a la crisis. La victoria de la clase obrera argentina
provocaría un terremoto en toda América Latina y también en Norteamérica.
Incluso entonces, no se podrían solucionar los problemas dentro de los confines
de Argentina. Deberíamos inscribir en nuestra bandera la consigna de los
Estados Unidos Socialistas de América Latina, como la única perspectiva para
los trabajadores argentinos.
A largo plazo,
la disyuntiva será la dictadura burguesa o la conquista del poder por la clase
obrera, no existe otra posibilidad.
En los próximos
meses los trabajadores argentinos van a ser sometidos a grandes pruebas. Con
alzas y bajas sectores cada vez mayores comprenderán la necesidad de la
revolución socialista. Hace falta, por tanto, educar y preparar a los
activistas y cuadros obreros y juveniles en esta perspectiva para orientarlos
correctamente para los extraordinarios acontecimientos que se avecinan.
Los compañeros
de El Militante tenemos plena
confianza en la capacidad de la clase obrera argentina para transformar la
sociedad y en que las ideas del socialismo revolucionario serán las que la van
a guiar en las batallas decisivas que están por venir.
¡UNÍTE A LOS
SOCIALISTAS REVOLUCIONARIOS DE EL MILITANTE PARA LUCHAR POR UNA ARGENTINA
SOCIALISTA Y POR UNA FEDERACIÓN SOCIALISTA DE AMÉRICA LATINA!