Al calor del debate sobre el SIDA
Cómo las compañías farmacéuticas subordinan la vida humana a sus beneficios
Por Jordi Martorell*
1. Introducción
A principios del año 2001, casi 40 compañías farmacéuticas
surafricanas llevaron al gobierno surafricano a juicio con el objetivo de
defender sus enormes beneficios empresariales, incluso si eso significaba la
muerte de millones de personas portadoras del VIH. El juicio, cuya primera
vista fue en la Alta Corte de Pretoria el 5 de marzo, acabó con una derrota
parcial de la farma-mafia que se vio obligada a retroceder, en parte por la
gran cantidad de publicidad negativa que el caso estaba atrayendo. La lucha sin
embargo, no ha hecho más que empezar.
En 1997, el gobierno de Sudáfrica aprobó la Ley de
Enmienda sobre el Control de Medicinas y Sustancias relacionadas que abría la
posibilidad de que el gobierno, en determinadas circunstancias, utilizara
“importaciones paralelas” (importar medicamentos de países dónde el propietario
de la patente las vende a precios más bajos) y “licencias obligatorias” (forzar
a las compañías farmacéuticas a hacer pública la información que permita al
gobierno producir versiones genéricas baratas de los medicamentos).
La Ley de Medicinas surafricana cumplía con el tratado de Aspectos Relacionados con el
Comercio de los Derechos de la Propiedad Intelectual (TRIPs) que es un tratado
de obligado cumplimiento para los países miembros de la Organización Mundial
del Comercio (OMC). El TRIPs se desarrolló durante la Ronda de Uruguay del
Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT), el predecesor de la OMC, y
establece un régimen muy estricto de protección de los derechos intelectuales.
Las empresas tienen derecho a patentar productos por un periodo de 20 años; en
contraste, por ejemplo, la ley de patentes de Kenya, introducida durante el
dominio colonial británico, establece una duración máxima de las patentes de
siete años.
Debido a que estas condiciones fueron generalmente
consideradas como muy estrictas, se añadió una cláusula al TRIPs que establece
qu,e en condiciones excepcionales, los gobiernos pueden utilizar la licencia
obligatoria para forzar a las empresas a darles información para poder producir
versiones genéricas más baratas de un producto patentado. Todos los gobiernos,
incluyendo los Estados Unidos y la Unión Europea, estuvieron de acuerdo en
introducir esta cláusula, pero inmediatamente empezaron a presionar a los
gobiernos del Tercer Mundo para que asegurarse que ésta nunca se utilizara.
Como sucede siempre que un organismo internacional aprueba una resolución que
no conviene a los intereses de las grandes potencias, ésta simplemente no se
aplica.
Por ejemplo, después de que el gobierno Sudafricano
aprobara la Ley de Medicinas, el vice-presidente de la Unión Europea, Leon
Brittan, escribió a Thabo Mbeki, en aquel entonces vice-presidente surafricano,
argumentando que la Ley “parecería estar en contradicción con las obligaciones
de Sudáfrica bajo el TRIPs de la OMC... y su aplicación afectaría negativamente
los intereses de la industria farmacéutica europea”. Los EEUU incluyeron a
Sudáfrica en una “Lista de Vigilancia Comercial” y amenazaron con sanciones
económicas, incluyendo una ley que se aprobó en el Congreso condicionando
cualquier ayuda a Sudáfrica a la retirada de la Ley.
Las compañías farmacéuticas surafricanas también
ejercieron fuerte presión, cerrando fábricas, cancelando inversiones e incluso
publicando anuncios sugiriendo que los medicamentos genéricos dañarían la salud
de los usuarios. Cuando se preguntó a la principal responsable de esta campaña
de la industria farmacéutica, Mirryina Deeb, si la amenaza de la industria de
cortar toda investigación de nuevos medicamentos significaba que estaban
amenazando las vidas de miles de surafricanos, ella admitió: “En pocas
palabras, sí”(¡!)
2. La magnitud de la pandemia del SIDA
Se estima que en todo el mundo hay unos 35 millones de
personas con VIH/SIDA, 25 millones de ellos en el África sub-sahariana, la
misma región dónde se concentraban el 80% de las 2,8 millones de personas que
murieron de SIDA en 1999. La esperanza de vida ha caído dramáticamente y en
países como Botswana el 35% de la población adulta son portadores del virus. En
Sudáfrica la cifra es de 4 millones (aproximadamente un 20% de la población
activa). En el año 2000 hubo 3.8 millones de nuevas infecciones en la región y
más de 16 millones de africanos han muerto desde el inicio de la pandemia.
La enormidad de la crisis en África está relacionada con
la expoliación masiva de estos países por parte del imperialismo. En la última
década, los EEUU y Europa han obligado a los países africanos y otros países
del Tercer Mundo a abrir sus mercados y privatizar sus servicios públicos
(incluyendo la sanidad y la educación). En algunos casos la estructura misma
del estado ha colapsado o está al borde de la desaparición bajo la presión de
la explotación imperialista. Los Planes de Ajuste Estructural (PAE) que el FMI
y el Banco Mundial imponen a los países africanos han tenido como consecuencia
la destrucción de su infraestructura sanitaria y educativa, forzándoles a tener
“presupuestos equilibrados” y pagar su deuda externa. En este marco el VIH/SIDA
ha podido extenderse mucho más rápidamente que en otras partes y enfermedades
cotidianas representan una sentencia de muerte para los portadores del VIH
cuyos sistemas inmunológicos están enormemente debilitados.
Incluso la Central de Inteligencia Americana reconocía los
efectos sociales potenciales que podría tener una crisis de esta magnitud. En
un informe publicado en enero del 2000, la CIA advertía que “estas enfermedades
amenazarán a ciudadanos estadounidenses en EEUU y en el extranjero, amenazarán
las fuerzas de EEUU estacionadas en el extranjero, y exacerbarán la
inestabilidad política y social en países y regiones clave en los que los EEUU
tienen intereses importantes”.
3. Beneficios por encima de las necesidades de la gente
El hecho de que las empresas farmacéuticas están
gestionadas bajo el principio del máximo beneficio significa que simplemente no
están interesadas en desarrollar tratamientos para curar enfermedades que
afectan principalmente a gente del Tercer Mundo, ya que esta gente no dispone
del poder adquisitivo para comprar medicinas. Entre 1975 y 1997 las
multinacionales farmacéuticas sacaron 1.233 nuevos medicamentos al mercado. Sólo
un 1% de éstos (13 medicamentos) estaba diseñado específicamente para tratar
enfermedades tropicales que se concentran en el Tercer Mundo y que matan a
millones de personas cada año[1].
En realidad, el énfasis principal de los programas de
investigación de los gigantes farmacéuticos se concentra en las llamadas
medicinas de estilo de vida, es decir medicinas que tratan condiciones como la
obesidad, la calvicie, las arrugas faciales y la impotencia entre otras. El
mercado para este tipo de medicinas es de millones de dólares al año.
Roy Vagelos, un ex-directivo de Merck, una empresa que
ahora controla el 10% del mercado farmacéutico mundial, lo reconocía
abiertamente: “Una empresa con accionistas no puede equipar un laboratorio que
se concentre en enfermedades del Tercer Mundo, porque iría a la quiebra.” [2]
Pero los gigantes farmacéuticos no están precisamente
pasando dificultades para llegar a fin de mes. Esta es una industria con
beneficios enormes que se ha visto barrida por una oleada de adquisiciones y fusiones,
creando empresas enormes con un valor superior al del PIB de muchos países del
Tercer Mundo. El ejemplo más reciente es el de la fusión entre
SmithKlineBeecham y GlaxoWelcome (ellas mismas el resultado de fusiones
anteriores). El valor combinado de las “Cinco Grandes” es igual al del PIB de
toda el África sub-sahariana.[3]
Otra área de crecimiento para estas compañías es el
“mercado farmacéutico para animales de compañía”, con unas ventas en EEUU en
1998 de aproximadamente 1.000 millones de dólares. Ya existen medicamentos para
tratar a perros que sufren de “ansiedad por separación”, Alzheimer, artritis,
demencia, alergias, cancer y enfermedades periodontales. Según una fuente de la
misma industria, las empresas farmacéuticas en EEUU gastan unos 500 millones de
dólares al año en Investigación y Desarrollo en salud animal[4].
Las prioridades de estas multinacionales están claras:
Pfizer consiguió unos beneficios de más de 1.000 millones de dólares con las
ventas de Viagra en su primer año en el mercado. En el mismo año, los dos
medicamentos más importantes contra la alopecia tuvieron unas ventas combinadas
de 180 millones de dólares, y Allegaran ganó 80 millones de dólares en ventas
de su milagroso tratamiento anti-arrugas (al módico precio de $1.000 por tres
inyecciones).
El investigador de la industria farmacéutica A.J. Slater,
en un documento publicado en la revista de la Royal Society of Tropical Medicine and Higiene, llegaba a la
conclusión que el desarrollo de nuevos antibióticos es muy caro y que su
utilización en los países del Tercer Mundo por si sola nunca obtendrá una
recompensa financiera. En otras palabras, los beneficios son más importantes
que las vidas de la gente[5].
Y estas multinacionales están dispuestas a defender su
enorme margen de beneficios (el mayor de cualquier industria legal del mundo)
por todos los medios necesarios. En los EEUU las empresas farmacéuticas se
gastan 75 millones de dólares al año en lobbying,
asegurándose que independientemente de qué gobierno tenga el poder, sus
intereses se defenderán en todo el mundo. Es alarmante el dato de que hay un lobbyist de la industria farmacéutica
por cada dos congresistas en EEUU. Durante las elecciones presidenciales del
año 2000, las multinacionales del sector gastaron la asombrosa cantidad sin
precedentes de 26.600 millones de dólares, de los cuales el 70% fueron al
partido Republicano.[6]
Larry Elliot, escribiendo en el Guardian de Londres, describió las tácticas de las multinacionales
y del gobierno de los EEUU como una reedición de la “diplomacia de las
cañoneras”. Explicaba por ejemplo como “los EEUU ofrecieron un tratamiento
especial a la Republica Dominicana para la exportación de productos textiles.
Ahora está amenazando con retirar este privilegio si este país no retira sus planes
de licencias obligatorias e importaciones paralelas. Brasil y la India también
han recibido advertencias de que podrían enfrentarse a sanciones bajo la
legislación bilateral americana Super 301” [7]
Este es un ejemplo claro de cómo las multinacionales utilizan su poder
económico para amenazar a cualquier país que tome medidas que podrían mermar
sus beneficios.
Otro ejemplo de esto es la amenaza de acción legal por
parte de GlaxoWelcome contra la empresa de medicamentos genéricos india Cipla,
por haber intentado proveer a Ghana y Uganda con una versión barata de
Convivir. Este es un tratamiento contra el SIDA que combina AZT y 3TC, dos
medicamentos que fueron desarrollados en los EEUU ¡con fondos públicos!
4. Las patéticas excusas de las multinacionales
Uno de los argumentos que las empresas farmacéuticas están
utilizando para defenderse a sí mismas y los derechos de patente es que
necesitan recuperar el enorme coste de desarrollar nuevos medicamentos. Pero si
analizamos con detalle la manera en que estas empresas gastan sus presupuestos,
está claro que estos supuestos costes están siendo exagerados. Por ejemplo, una
gran parte de sus gastos se dedican a marketing, exactamente el doble de lo que
dedican a Investigación y Desarrollo.
Es más, muchos productos que no entran en la categoría de
medicamentos de estilo de vida, son desarrollados por laboratorios del gobierno
de EEUU o en otras instituciones con dinero público. La vacuna para la
Hepatitis A fue desarrollada en gran parte por investigadores en el Instituto
del Ejército Walter Reed, pero se cedieron los derechos de comercialización a
SmithKline y Merck. El mercado para esta vacuna, que se vende a 60 dólares la
dosis para una persona, es de unos 300 millones de dólares al año. Los
investigadores del Instituto Walter Reed, a cambio de sus esfuerzos, recibieron
una placa de reconocimiento.
En realidad, algunos de los medicamentos del SIDA que
estaban en el centro de la reciente batalla legal entre los gigantes
farmacéuticos y el gobierno surafricano fueron descubiertos en laboratorios
financiados con dinero público. Este es el caso por ejemplo del ddI, el AZT, el
3TC y el inhibidor de proteasa Norvir, algunos de los medicamentos que forman
parte del cóctel que ayuda a prevenir que los pacientes VIH positivos
desarrollen el SIDA.
Las multinacionales farmacéuticas insisten en mantener los
altos precios y bloquear las alternativas genéricas más baratas para países del
Tercer Mundo, incluso en el caso de medicamentos con los cuales ya están
ganando grandes cantidades de dinero en ventas en Occidente. Este es el caso de
GlaxoWelcome que vendió medicamentos del SIDA por valor de 1.700 millones de
dólares.
Uno de los ejemplos más claros es el fluconzale, un
potente agente anti-fungal que sirve para tratar hongos de las uñas de los pies
y enfermedades relacionadas con el SIDA, como candidiasis oral y meningitis
cryptococcal. Pfizer tiene la patente del fluconzale y consigue enormes
beneficios (por valor de 1.000 millones de dólares al año) con sus ventas a pacientes
ricos en los EEUU y Europa, pero sigue negándose a vender el producto a precios
más baratos a países del Tercer Mundo, y para proteger sus derechos de patente
ha utilizado todo tipo de métodos de intimidación y amenazas.
En Tailandia, el 20% de la población con SIDA sufre de
meningitis cryptococcal. Si no reciben tratamiento las víctimas mueren en menos
de un mes. El precio de venta al por mayor de una dosis de Diflucan (el nombre
comercial del fluconzale) en Tailandia es de $5. Pero existen versiones
genéricas del mismo medicamento, producidas por Cipla en India que se venden
por 64 centavos de dólar por píldora, y hay empresas tailandesas que las
producen por mucho menos, unos 30 centavos. Las leyes tailandesas no permitían
patentar medicamentos hasta 1994 cuando el gobierno de Tailandia se vio
obligado a firmar el acuerdo TRIPs como condición para su ingreso a la OMC.
Aunque el fluconzale ya estaba en el mercado antes del cambio de la ley en
Tailandia, Pfizer consiguió incluirlo en un programa de exclusividad que les
permitió vender la píldora a $7 la dosis hasta 1998 sin ninguna competencia.
Otro país que ha desafiado los monopolios farmacéuticos
internacionales es Brasil. A principios de los años 90 el país era el cuarto
del mundo en número de casos registrados de VIH/SIDA (unos 3 millones). El
gobierno brasileño decidió importar, producir y distribuir grandes cantidades
de medicamentos anti-retrovirales lo cual llevó a una caída del 38% del número
de muertes por SIDA desde 1994. El coste del tratamiento por un año es de $600
en comparación con un coste de $10.000 por las versiones patentadas. Ahora EEUU
ha amenazado a Brasil con medidas de represalia si no abandona su política
sobre medicamentos genéricos e importaciones paralelas. La administración Bush
(cuya campaña electoral fue financiada con grandes cantidades de dinero de la
industria farmacéutica) ya ha exigido una vista del comité de conflictos de la
OMC, argumentando que Brasil está violando el TRIPs.
5. ¿Concesiones?
El año pasado, el gobierno de los EEUU, después de haber
recibido duras críticas en todo el mundo, anunció que iba a donar 1.000
millones de dólares para la prevención del SIDA. Sin embargo, cuando los países
africanos leyeron la letra pequeña de la oferta se dieron cuenta de que lo que
se proponía realmente eran, ¡prestamos
a precios de mercado que deberían gastarse solamente en comprar medicamentos
fabricados en los EEUU! En otras palabras, esta “generosa” oferta se reducía a
un subsidio del gobierno de los EEUU a la industria farmacéutica de EEUU y, de
paso, unos suculentos beneficios con la tasa de interés.
Este tipo de “ayuda contra el SIDA” lejos de resolver el
problema, hundiría a estos países todavía más en la espiral de la deuda externa
que ya está comiéndose la mayor parte de sus ingresos por exportaciones e
impidiéndoles gastar ese dinero en medidas sanitarias, educativas y de
infraestructura que pudieran aliviar la crisis del VIH/SIDA.
Las multinacionales farmacéuticas, temiendo la posibilidad
de perder mercados, también anunciaron reducciones importantes de los precios
de los medicamentos del VIH/SIDA. Pero los activistas señalaron que la
reducción del 85% que han anunciado las “cinco grandes” multinacionales del
sector, apenas significarían ninguna diferencia en el número de gente que se
podría permitir el tratamiento.
El responsable del Consejo de Control del SIDA de Kenya,
comentando sobre estas reducciones de precios, declaró: “Si la mafia
internacional – las empresas farmacéuticas – realmente hablan en serio, deberían
renunciar a sus derechos de patente y permitir que los países en desarrollo
fabriquen los medicamentos ellos mismos bajo su supervisión. Kenya ya dispone
de la capacidad para fabricar la mayoría de estos medicamentos. Son los cinco
grandes los que nos lo impiden”.[8]
Las cifras del propio gobierno de Kenya demuestran que el 25% de los kenyatas
son VIH positivos, pero sólo un 2% puede permitirse el tratamiento. En
Sudáfrica la situación es incluso peor, con sólo 100,000 personas de los 4
millones de VIH positivos que se puedan permitir el tratamiento de la terapia
triple que puede llegar a costar hasta $10.000 al año. La mayoría de los
surafricanos con empleo ganan menos de $250 al mes. La importación de estos
medicamentos de India podría reducir el coste a menos de $300 al año.
La misma observación se puede acerca de la oferta de
Pfizer de donar fluconazole para tratar a 100.000 surafricanos. La donación
puede parecer un acto de caridad, pero su objetivo real es proteger la versión
comercial de fluconazole de Pfizer que se vende bajo el nombre de Diflucan. Lo
que las empresas farmacéuticas quieren impedir a toda costa es que los
gobiernos tomen la iniciativa de producir sus propias versiones genéricas de
los medicamentos o que importen versiones genéricas de otros países (como
Tailandia, India o Brasil). Esto sentaría un precedente que amenazaría su
capacidad de sacar beneficios en el futuro. No se trata de donativos, sino de
asegurar el suministro sostenido de anti-retrovirales a bajo costo. Y esto, como
explica Zachie Achmat, presidente del grupo de activistas surafricanos Campaña
de Acción por el Tratamiento (TAC), sólo se puede conseguir a través de la
competencia genérica.
(Por cierto, según el TAC, meses después de la oferta de
esta donación tan “generosa”, ni una sola dosis había llegado a ningún paciente
en Sudáfrica.)
Como parte de su campaña, activistas del TAC importaron
5.000 dosis de la versión genérica tailandesa del fluconazole (que se pueden
conseguir en Tailandia por 14 centavos la dosis, en comparación a los $9 que
cuestan en Sudáfrica), las distribuyeron gratuitamente y confesaron su crimen a
la policía en un intento de forzar al gobierno surafricano a hacer lo mismo.
Irónicamente, a pesar de que las multinacionales farmacéuticas han llevado a
los tribunales al gobierno surafricano, las acciones de éste no han sido
precisamente de desafío hacia esta “mafia internacional”. Por mucho tiempo el
presidente surafricano Thabo Mbeki negó la existencia de ninguna relación entre
el VIH y el SIDA. De esta manera trataba de evitar la presión para tomar
acciones decididas contra la industria farmacéutica. Su argumento era que la
pobreza y no el VIH era la causante del conjunto de enfermedades que se conocen
como el SIDA.
Este es un argumento extremadamente hipócrita viniendo del
mismo gobierno del ANC que ha seguido una política de privatización del sector
público, el agua y otros servicios municipales, y que ha aplicado políticas
pro-capitalistas que han provocado la destrucción de cientos de miles de
empleos. Sí, la pobreza ayuda a la extensión de toda una serie de enfermedades
ante las que los VIH positivos son más vulnerables, pero el gobierno del ANC no
ha hecho nada por solucionar el problema de la pobreza y de la falta de acceso
a la vivienda, agua corriente y electricidad. Al contrario, ayuntamientos del
ANC (y de otros partidos) en todo el país, han estado desahuciando a inquilinos
que no podían pagar sus alquileres municipales, cortando el suministro de agua
y electricidad a los que son tan pobres que no pueden pagar sus facturas, etc.
Las maniobras de distracción del gobierno de Mbeki en
relación al VIH/SIDA han permitido la utilización demagógica del tema por parte
de la opositora Alianza Democrática (DA). Olvidándose convenientemente de que
los partidos que componen la Alianza se opusieron ferozmente a la Ley de
Medicamentos durante su discusión en el parlamento en 1997, el dirigente de la
DA, Tony de Leon, se ha pronunciado públicamente a favor de importar versiones
genéricas baratas de estos medicamentos.
6. ¡Aviso Sanitario: Los Beneficios Matan!
Está claro que la búsqueda del máximo beneficio que
impulsa a la industria farmacéutica está provocando la muerte de millones de
personas cada año por enfermedades que se podrían curar fácilmente. La única
razón por la que esta gente en los países más pobres no reciben los
tratamientos que les salvarían la vida es simplemente porque no se los pueden
permitir. Muchas otras enfermedades se podrían curar, pero no se investigan
porque aunque se encontrara un tratamiento eficaz, no resultaría rentable.
Pero sería incorrecto argumentar que esto se da porque las
multinacionales farmacéuticas son particularmente avariciosas. En realidad,
ésta es la lógica del sistema capitalista en su conjunto. Henry Ford declaró en
una ocasión: “mi negocio no es hacer coches, sino conseguir beneficios”. La
producción bajo el capitalismo es producción para conseguir beneficios, y no
podemos esperar nada diferente mientras exista este sistema. Un antiguo
directivo de Merck, Roy vagelos, justificó la falta de interés de la industria
en las enfermedades tropicales explicando que la investigación y el desarrollo
en este campo no sería rentable y añadió: “este es un problema social y no se
debería esperar que la industria lo resolviera”[9].
Y en cierto sentido, tiene razón.
Es necesario organizar campañas contra las multinacionales
farmacéuticas y obligar a los gobiernos enfrentarse a ellas produciendo e
importando versiones genéricas alternativas más baratas, no sólo de medicamentos
para el VIH/SIDA, sino también de medicamentos para otras enfermedades que
matan a millones como la tuberculosis y otras en las que las multinacionales
simplemente no están interesadas.
Pero al mismo tiempo es necesario plantear la
reivindicación de la nacionalización de la farma-mafia. Estas multinacionales
gigantescas tienen en sus manos las vidas de decenas de millones de personas y
deberían de estar bajo control democrático y funcionar sobre la base de los
intereses de la mayoría de la población y no de los beneficios de una minoría.
Sin embargo, los problemas de la atención sanitaria en el
tercer mundo no se acaban ni empiezan con el VIH/SIDA. La manera más eficaz de
luchar contra las enfermedades en el tercer mundo es luchar por empleos digno,
viviendas dignas, acceso a agua potable, electricidad, educación de calidad,
etc.
Esta pandemia se ha comparado con la epidemia de la peste
negra que azotó a Europa en la Edad Media. La gran diferencia es que en aquel
entonces no existían los medios para combatir la epidemia. Para el VIH/SIDA sí
existen y lo único que impide que se utilicen de forma masiva son un puñado de
multinacionales farmacéuticas. La actual pandemia del SIDA sirve para resaltar
la idea de que la alternativa a la que nos enfrentamos hoy en día es más que
nunca “socialismo o barbarie”.
[1] Ken Silverstein, “Millions for
Viagra, Pennies for Diseases of the Poor”, The
Nation, July 19, 1999
[2] Roy Vagelos, citado en The Nation, August 20, 1999
[3] Julian Borger, “Industry that
Stalks the US Corridors of Power”, Guardian,February
13, 2001.
[4] Vagelos, op.cit.
[5] A.J. Slater, Royal Society of Tropical Medicine and Hygiene, 1989.
[6] Center for Responsive Politics, basado en cifras publicadas por la Comisión Electoral Federal, ver www.opensecrets.org
[7] Guardian, February 12, 2001.
[8] Guardian, November 7, 2000.
[9] Vagelos,op.cit.
* Jordi Martorell es un periodista independiente y miembro del comité de redacción de In Defence of Marxism (En Defensa del Marxismo, http://www.marxist.com). El autor estaría interesado en cualquier comentario sobre el artículo y se le puede contactar en jordi@marxist.com