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10. El marxismo y la lucha por reformas PDF Imprimir E-Mail
martes, 16 de diciembre de 2003
Durante décadas, los reformistas dentro del movimiento obrero nos han acusado a los marxistas de despreciar la lucha por reformas en la sociedad capitalista en favor de la clase obrera.

Esto es una falsedad evidente que es lanzada conscientemente para presentar a los marxistas como lunáticos y sectarios despreocupados de los problemas cotidianos que sufren las familias trabajadoras. Los marxistas no nos diferenciamos de los reformistas porque rechacemos las reformas. Al contrario, nosotros somos los luchadores más consecuentes por las reformas, pero damos a esta lucha un contenido de clase y socialista, a diferencia de aquellos.

Hemos explicado que la sociedad capitalista se basa en la explotación de la clase obrera y del resto de clases y capas oprimidas de la sociedad a manos de la clase capitalista. Ésta sólo puede tolerar aquellas reformas que no cuestionen su dominación y sus privilegios en esta sociedad. Los marxistas utilizamos la lucha por reformas como una palanca para impulsar la lucha de clases hasta su conclusión final, para fortalecer la conciencia de clase de los trabajadores, su confianza en su fuerza y en ellos mismos. Los reformistas, en cambio, autolimitan su actividad y la de las masas trabajadoras a lo que el capitalismo puede dar de sí en cada momento, sin cuestionarlo bajo ninguna circunstancia; es decir, sin cuestionar la propiedad de los capitalistas ni sus beneficios.

Es verdad que, en una época de boom económico donde sus beneficios crecen a espuertas, los capitalistas se pueden permitir conceder algunas migajas a los trabajadores; migajas que nunca son gratuitas, y que son obtenidas a través de la lucha, trabajando duro, echando horas extras, arruinando la salud y sacrificando parte de la vida familiar.

Pero, ¿qué ocurre cuando los negocios les van mal a los capitalistas, o éstos ya no pueden mantener ciertas reformas concedidas anteriormente a los trabajadores? En esa situación, los dirigentes reformistas en los sindicatos y partidos obreros se limitan a servir de correa de transmisión de los intereses capitalistas. Al no cuestionarse los intereses de los capitalistas se ven obligados a abandonar la lucha por reformas y a justificar la puesta en vigor de contrarreformas contra los intereses de la clase obrera. ¿No ha sido acaso ésta la realidad que hemos presenciado en los últimos años en todo el mundo, y en nuestro país en particular?

Todas las contrarreformas que han atentado contra los intereses de las familias trabajadoras en los últimos años en el Estado español, y que han sido puestas en vigor por el gobierno del PP, han contado con el apoyo explícito de los actuales dirigentes sindicales de UGT y CCOO, y sin apenas oposición por parte de la actual dirección del PSOE: el Pacto de las Pensiones de otoño de 1996, que consistió en un acuerdo para reducir las pensiones futuras; la contrarreforma laboral de 1997, que abarató y facilitó el despido de los trabajadores de las empresas; su aceptación complaciente de las Empresas de Trabajo Temporal (ETTs), que funcionan como suministradoras de mano de obra barata y de segunda clase a las grandes empresas; su actitud condescendiente hacia la política de privatizaciones de las empresas públicas, que ha supuesto un saqueo escandaloso a la riqueza estatal para beneficiar a un puñado de capitalistas y especuladores; su mutismo hacia la progresiva privatización y descapitalización de la sanidad y la educación públicas, etc.

Todo esto ha venido acompañado, además, de una política consciente de desmovilización de los trabajadores, de aceptación de la pérdida de poder adquisitivo de las familias trabajadoras en los últimos años, dinamitando aquellas luchas que cuestionaban su política de pactos y consensos con el gobierno y la patronal. Aquí es adónde conduce la política reformista: a aceptar lo que hay, a frustar las aspiraciones de los trabajadores, a disminuir su confianza en sí mismos y en su fuerza, a debilitar su conciencia de clase. Es aquí donde hay que buscar, junto con la frustante experiencia de los últimos años de gobierno PSOE, la verdadera explicación de la desmovilización social de los últimos años en nuestro país, del bajo nivel de luchas habidas, y de que la clase obrera haya pasado a un segundo plano en el protagonismo social, y no en los supuestos cambios operados en la composición social de la misma. El hecho de que una situación similar se haya dado en todos los países de nuestro entorno, sólo prueba que la misma política y la misma ideología guía a los dirigentes reformistas en todas partes.

Para los marxistas las luchas cotidianas por reformas son imprescindibles para lanzar a la movilización al conjunto de la clase obrera, no sólo a los sectores más conscientes y avanzados de la misma, sino precisamente a los más atrasados e inertes. De esta manera, la clase trabajadora se une en la lucha y, a través de la experiencia, el conjunto de la clase eleva su nivel de conciencia. La lucha exitosa por reformas sirve para dar confianza a los trabajadores en sus propias fuerzas, para hacerles comprender que somos fuertes, que si nosotros no queremos ni se mueve una rueda ni se enciende una luz; y, al mismo tiempo todo avance en las condiciones de vida y trabajo, en nuestros barrios, en las leyes, etc., actúan favorablemente en nuestra conciencia y dignidad al hacernos sentir algo más que meras máquinas de trabajo al servicio de un patrón para elevarnos a la categoría de hombres y mujeres que piensan y actúan por sí mismos, haciéndonos comprender mejor los objetivos finales por los que luchamos.

Lo que nos diferencia realmente a los marxistas de los reformistas es que, además, explicamos sin tapujos a la clase obrera que lo que hoy nos da el capitalismo con una mano, mañana nos lo quitará con la otra, que toda conquista es temporal cuando eventualmente cambia la correlación de fuerzas entre las clases, y que la única manera de disfrutar permanentemente de nuestros avances sociales y de mejorarlos indefinidamente es cambiando radicalmente la sociedad capitalista.

Es precisamente la experiencia acumulada en años de permanente tránsito de boom económico a crisis, y viceversa, lo que genera incertidumbre ante el futuro, lo que estimula el proceso de toma de conciencia de los trabajadores y lo que, tarde o temprano, hace disminuir en su mente las ilusiones depositadas en este sistema.

Explicamos que, además de la lucha económica o sindical por reformas, hay que luchar políticamente, en las instituciones y en la calle, hasta alcanzar la fuerza necesaria entre los trabajadores y resto de capas oprimidas para expropiar a los grandes capitalistas, y poner los colosales recursos de la sociedad bajo el control democrático de los trabajadores. Así estableceríamos las bases para organizar una auténtica y genuina sociedad socialista, libre de la opresión, miseria, guerras, y destrucción del medio ambiente.

En este sentido, no despreciamos las posiciones que se puedan alcanzar en el Parlamento y en otras instituciones, la utilización de las mismas para defender nuestro programa es de enorme utilidad para tener una mayor resonancia que nos permita agrupar a más capas de la población detrás de nuestras ideas. Pero el trabajo en las instituciones debe ser sólo un complemento útil a la lucha de masas que es la única que hará posible la transformación radical de la sociedad a la que aspiramos.

Todo joven o trabajador sabe por su propia experiencia que sólo mediante la lucha en la calle y la organización de miles y miles en los sindicatos y partidos obreros es cómo se cambian las cosas importantes. Ahí tenemos la lucha contra la dictadura, las huelgas generales como el 14-D, las manifestaciones contra la guerra en el Golfo Pérsico, las luchas estudiantiles, etc.; y esto es más cierto aún cuando se trata de transformar la sociedad desde arriba hasta abajo.

Es verdad, que pueden pasar décadas sin que las masas de la clase obrera se cuestionen el orden social existente, lo que permite a los dirigentes reformistas y a la burguesía mantener sus puntos de apoyo en una situación normal del capitalismo, basándose en la rutina y la inercia de la sociedad.

Pero igualmente la historia también demuestra que hay momentos en que la sociedad capitalista entra en crisis, bajo el peso de sus contradicciones en el terreno económico, político y social que rompen la rutina y la inercia instalada por todas partes, y entonces la mayoría de la gente comienza a cuestionarse el orden establecido abandonando las viejas creencias y prejuicios de toda la vida, buscando organizarse y luchar por cambiar la sociedad.

Es pura ilusión pensar que poco a poco, gradualmente al cabo de muchos años, se podrá conseguir una mayoría suficiente en un parlamento burgués para, a partir de ahí, poder afrontar cambios revolucionarios en la sociedad capitalista. Ni la historia ni la conciencia humana se comportan de manera gradualista. Al contrario, sólo en una situación de fermento revolucionario es posible que una organización marxista y revolucionaria que se propone servir de instrumento para transformar la sociedad pueda obtener una mayoría suficiente en las instituciones políticas burguesas, ayudar a la clase obrera a crear paralelamente sus propios órganos de poder obrero (comités de lucha en cada fábrica y empresa, en los barrios y ciudades, etc.) y, junto con la presión en la calle, instaurar un gobierno de la clase obrera que lleve a cabo la expropiación de los monopolios, la Banca y los latifundios para iniciar la transformación socialista de la sociedad.