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8. La clase obrera industrial PDF Imprimir E-Mail
martes, 16 de diciembre de 2003
Los profesores vulgares de la Universidad creen haber hecho un gran daño en el arsenal teórico del marxismo, al pretender demostrar “irrefutablemente” la imposibilidad de la revolución socialista cuando niegan la capacidad de la clase obrera de adquirir una conciencia revolucionaria por el peso cada vez menor que, según ellos, tienen la industria y el número de obreros industriales en la economía capitalista. Para estos teóricos, el trabajo industrial, en sí y por sí mismo, parece ejercer algún tipo de embrujo o efecto magnético especial sobre la conciencia de los obreros industriales que los convierte, a ellos y sólo a ellos, en temibles revolucionarios. De ahí su insistencia en afirmar de manera arbritaria y científica la decadencia de la industria en la economía capitalista para sentenciar la imposibilidad del desarrollo de la conciencia revolucionaria en el conjunto de la clase obrera o, en todo caso, su existencia se reduciría a ser el sueño utópico de un estamento condenado a desaparecer o a vivir en la marginalidad de la sociedad capitalista.

Ya hemos explicado en el apartado anterior la falsedad y la simplificación de este análisis sobre el papel de la industria en la economía capitalista. A pesar de todas las reconversiones industriales habidas en los países capitalistas más desarrollados, el número de obreros industriales es mayor que hace 60 ó 70 años, cuando la revolución estaba a la orden del día en toda Europa. Sólo nos basta repetir que son las condiciones de vida y trabajo de los obreros asalariados, las que crean las premisas para que surja la conciencia de clase, independientemente del sector donde se trabaje.

Dicho esto, los obreros industriales, en cuanto al desarrollo de la conciencia de clase, siempre han constituido la vanguardia de los trabajadores asalariados, ya que el trabajo en la industria crea las condiciones más propicias para que este desarrollo de la conciencia se dé de una manera más profunda.

¿Cuáles son estas condiciones? En primer lugar, la concentración de trabajadores necesarios para producir mercancías en masa es mucho mayor que en cualquier otro tipo de empresa. De ahí que, a mayor número, el sentimiento de fuerza y de poder en la empresa, como se pone de manifiesto en cada huelga, tiene los efectos más profundos en su conciencia. En segundo lugar, el desarrollo del maquinismo es mayor que en cualquier otro sector y la sensación del trabajador de sentirse un simple apéndice más de la máquina con la que trabaja se manifiesta más claramente, quitándole a su trabajo todo atractivo. Prácticamente, la cualificación de los trabajadores industriales es la misma entre ellos en cada línea de producción de la empresa, y muchas de las categorías que existen son creadas artificialmente, o han perdido su significación original, pero son mantenidas para dividir a los obreros o para estimularles y aumentar así la productividad de su trabajo. En tercer lugar, los obreros industriales (particularmente los metalúrgicos) suelen ser, dentro de la clase obrera, los que se encuentran mejor pagados, están entre los más cultos y los que tienen mayores inquietudes, fruto de mejores condiciones conquistadas con años de lucha. De ahí el sentimiento de confianza y de orgullo de su condición obrera. Por último, la ausencia de cualquier tipo de contacto personal con el patrón en una gran o mediana industria, hace ver a los obreros de fábrica más fácilmente que a otros que todo el funcionamiento de la empresa es obra suya, que para que todo funcione son ellos los únicos necesarios, estando más arraigado por tanto el sentimiento común de explotación. La ausencia de contacto personal con el patrón impide, por lo demás, la creación de lazos de paternalismo tan comunes en la pequeña empresa, donde a veces, hasta el patrón “echa una mano” en algunas tareas.

Obviamente, cuanto más grande sea la empresa, cuanto más concentrados estén los trabajadores en un mismo lugar de trabajo, más fácil y rápidamente se desarrollará su conciencia de clase.

León Trotsky, en su libro sobre la Revolución Rusa de 1905 analiza el papel del proletariado y su fuerza social: “La importancia del proletariado se deriva principalmente de su papel en la gran producción (...) Su poder social resulta del hecho de que los medios de producción, encontrándose en manos de la burguesía, sólo pueden ser puestos en movimiento por él, por el proletariado... De ello resulta que la importancia del proletariado –en igualdad de circunstancias en cuanto a fuerza numérica– es tanto más grande cuanto mayor es la masa de fuerzas productivas que pone en movimiento: el proletariado de una gran fábrica –en igualdad de circunstancias– tiene una importancia social mayor que un artesano, y un proletario urbano, mayor que un proletario del campo. En otras palabras: el papel político del proletariado es tanto más importante cuanto más domina la gran producción sobre la pequeña, la industria sobre la agricultura y la ciudad sobre el campo” (León Trotsky: 1905. Resultados y Perspectivas, Vol. II, ‘Las condiciones previas del socialismo’, pág. 198. Ed. Ruedo Ibérico).

A diferencia de los sectores periféricos de la clase obrera, los obreros industriales soportan la columna vertebral del sistema económico capitalista. Sin el funcionamiento diario de la industria y los transportes, la sociedad capitalista no duraría ni una semana. La clase obrera industrial es la fuerza más poderosa que existe en la sociedad capitalista, independientemente de que sean tres o diez millones en un país determinado. Su peso específico en la sociedad y la economía es muy superior a su peso numérico. Y este sentimiento de poder y de fuerza se pone de manifiesto en cada huelga importante.

La Revolución Rusa confirma brillantemente este análisis. La clase obrera rusa estaba formada sólo por diez millones de trabajadores de una población de 150 millones. Los obreros industriales eran unos cuatro millones. Pero, como explica Trotsky, su fuerza y su peso específico social en la economía capitalista rusa centuplicaba su número, convirtiéndolos en la fuerza de combate de vanguardia que arrastraba a la lucha revolucionaria no sólo a los sectores de trabajadores más atrasados, sino al resto de capas oprimidas de la sociedad. Y si esto era verdad para la Rusia de 1917, es mil veces más verdad para cualquier país capitalista desarrollado hoy en día.

Aun cuando en una determinada rama industrial disminuya en números absolutos el número de obreros, su fuerza y poder se mantienen intactos, pues sigue descansando en ellos y sólo en ellos la capacidad para hacer funcionar la producción en dicha rama. Más aún, el poder y la fuerza de cada obrero particular aumenta, al producirse en la fábrica una cantidad igual o mayor de mercancías con menos trabajadores.

Teniendo esto en cuenta, no pueden resultarnos más ridículos todos los lugares comunes y los lloriqueos lamentables sobre la debilidad de los obreros industriales y todas estas frases por el estilo. Incluso en las épocas normales, hemos visto cómo la lucha decidida de los obreros de una sola fábrica o factoría han puesto en pie a toda una comarca o región. Las luchas de los mineros asturianos son de las más elocuentes, pero hay más. En los astilleros de Cádiz, hasta la última reconversión, trabajaban algo menos de mil trabajadores. Pero asistimos a manifestaciones en Cádiz capital de ¡100.000 personas! Es decir, cada uno de los obreros de astilleros era capaz de multiplicar su fuerza por cien en esta lucha. Los luchas de Santana Motor en Linares, de Carrier en Guadalajara, de Daewoo en Vitoria y otras, dan una medida exacta del impacto que las luchas de los obreros industriales tienen en la sociedad y su capacidad para arrastrar al conjunto de la clase obrera y a los sectores más cercanos de las clases medias, haciendo honor a su papel de vanguardia, al agrupar a los sectores más conscientes y avanzados de la clase trabajadora. No es difícil imaginarse, entonces, la fuerza que sería capaz de desplegar la clase obrera industrial en una situación revolucionaria.