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7. Clase obrera y conciencia de clase PDF Imprimir E-Mail
martes, 16 de diciembre de 2003
El proceso de adquisición de la toma de conciencia de clase de los trabajadores no es un proceso inmediato ni automático, ni en la industria ni en el resto de los sectores productivos. En su libro Miseria de la Filosofía, Marx, analizando la situación de Gran Bretaña en la década de los 40 del siglo XIX, señala: “En principio, las condiciones económicas habían transformado la masa del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado en esta masa una situación común, intereses comunes. Así, esta masa viene a ser ya una clase frente al capital, pero todavía no para sí misma. En la lucha, de la cual hemos señalado algunas fases, esta masa se reúne, constituyéndose en clase para sí misma. Los intereses que defienden llegan a ser intereses de clase” (Marx, Miseria de la Filosofía, pág. 257. Ed. Júcar).

¿Qué significa adquirir una conciencia de clase para sí misma? La conciencia de pertenecer a una comunidad particular de la sociedad, con sus propios intereses sociales y sus propios objetivos históricos, fruto de su condición de trabajadores asalariados; intereses y objetivos que sólo pueden lograrse con la transformación socialista de la sociedad mediante la expropiación de la propiedad de la clase capitalista, y su control y gestión planificada por el conjunto de la sociedad bajo la dirección de la clase obrera.

La conciencia de clase se adquiere a través de la experiencia, no sólo del obrero en su empresa, sino también asimilando la experiencia de los obreros de otras empresas, de su localidad, de su país e, incluso, a nivel internacional.

El proceso de formación de la conciencia de clase no se da solamente con la experiencia de los obreros en el marco de la estructura económica de la sociedad capitalista, sino también en la superestructura del sistema a través de la experiencia de los obreros en sus organizaciones (sindicatos, partidos), en las instituciones políticas burguesas (ayuntamientos, parlamentos, etc.); y, particularmente, con las grandes conmociones políticas y sociales: la represión del Estado burgués, las guerras, estallidos sociales, etc.

La propia experiencia histórica de la clase obrera de un país, sus tradiciones, y la calidad de la dirección de las organizaciones obreras son también factores que pueden estimular el proceso de toma de conciencia de los trabajadores o, según el caso, entorpecerlo y retrasarlo.

Debido a todos estos factores los procesos revolucionarios resultan ser hechos muy excepcionales en la sociedad, pero como ocurre con otros hechos naturales de la fisiología animal, o de la geología terrestre (terremotos), no por infrecuentes son inevitables, y así lo atestigua la historia del capitalismo en los últimos 150 años.

Es por todas estas razones que en una época normal del capitalismo la conciencia “media” de la clase obrera no pase de la lucha cotidiana por mejoras económicas en sus condiciones de vida y de trabajo, o la defensa de las mismas.

A pesar de lo que creen algunos ultraizquierdistas –que piensan que los trabajadores deben ir a las empresas a hacer huelgas, y sólo trabajar de vez en cuando–, la realidad es que los trabajadores van a su empresa a trabajar y, cuando no tienen más remedio y han agotado toda otra vía para que se atiendan sus demandas, es cuando hacen huelgas. Contra lo que pueda parecer, las huelgas son fenómenos anormales, excepcionales, en la vida normal de un obrero.

Siempre ha sucedido que sea una minoría de la clase obrera quien se eleve hasta una conciencia socialista en esas épocas normales del capitalismo. Esto ocurre en estos momentos igual que ocurría hace 85 ó 90 años, lo que no impidió que todos estos períodos fueran cortados bruscamente por épocas revolucionarias que hicieron tambalear y peligrar la continuidad del sistema capitalista. Cortes bruscos que comprendían un intervalo de pocos años, meses, o incluso días, y donde millones de trabajadores, antes apáticos y apartados de la lucha política, tomaban conciencia de sus tareas históricas y se lanzaban a la lucha consciente por transformar la sociedad.

Así tuvimos, por hablar sólo de Europa, los movimientos revolucionarios de 1917 a 1923, los años treinta o los setenta, por citar algunos. Por qué fracasaron todos ellos no es materia de este artículo, pero en todo caso no se debió a la falta de una conciencia de clase y socialista de los trabajadores o a su insuficiente combatividad, sino más bien por la ausencia de una dirección auténticamente revolucionaria en las organizaciones obreras, que estuviera a la altura de sus tareas históricas, o por la traición consciente de esa misma dirección.

Cómo surge la conciencia y la oposición obrero-capitalista

El proceso de toma de conciencia de los obreros, es decir la comprensión de los intereses opuestos que existen entre ellos y el capitalista, comienza en el puesto de trabajo. Mientras que el artesano, al ser propietario de sus herramientas y del producto final de su trabajo, sí tiene un interés directo en el proceso de producción, el obrero, en cambio, no tiene ningún interés personal en el mismo, al no pertenecerle el producto final de su trabajo, la mercancía producida para la venta. El trabajo asalariado aparece ante el obrero como una condición impuesta, como la única manera de obtener sus medios de vida.

En sus Manuscritos económicos-filosóficos (1844), Marx analiza detalladamente el proceso de enajenación (o alienación) que sufre el obrero en la fábrica: “¿En qué consiste, entonces, la enajenación del trabajo? Primeramente en que el trabajo es ‘externo’ al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, ‘trabajo forzado’ (...) En último término, para el trabajador se muestra la exterioridad del trabajo en que éste no es suyo, sino de otro, que no le pertenece; en que cuando está en él no se pertenece a sí mismo, sino a otro” (Marx, Manuscritos económico-filosóficos, págs. 108-109, Ed. Alianza Editorial).

Seguidamente, hace aparecer la oposición obrero-capitalista: “Si él, pues, se relaciona con el producto de su trabajo, con su trabajo objetivado [la mercancía producida], como con un objeto poderoso, independiente de él, hostil, extraño, se está relacionando con él de forma que otro hombre independiente de él, poderoso, hostil, extraño a él, es el dueño de este objeto. Si él se relaciona con su actividad como con una actividad no libre, se está relacionando con ella como con la actividad al servicio de otro, bajo las órdenes, la compulsión y el yugo de otro” (Marx, Manuscritos económico-filosóficos, pág. 109, Ed. Alianza Editorial).

Finalmente, Marx revela cómo surge la identidad de intereses de clase, independientemente del oficio: “En la relación del trabajo enajenado, cada hombre considera, pues, a los demás según la medida y la relación en la que él se encuentra consigo mismo en cuanto trabajador” (Marx, Manuscritos económico-filosóficos, pág. 113, Ed. Alianza Editorial).

Conforme más se desarrolla la técnica en la producción capitalista y se perfeccionan las máquinas y los instrumentos de trabajo, menos especializada se hace la labor del obrero, más se descualifica su trabajo, menos importancia tienen sus facultades individuales, y por lo tanto más rutinario, aburrido y despojado de interés resulta, apareciendo el trabajador como un mero apéndice de la máquina, lo que acentúa su enajenación del trabajo. Este carácter del trabajo, desprovisto de creatividad, estimula la reflexión del obrero sobre sus condiciones de vida y trabajo, le ayuda a generalizar su experiencia al comprobar la identidad de intereses que existen entre él y sus compañeros de trabajo, acrecienta su malestar e insatisfacción, y le permite tomar conciencia de su situación de explotación y opresión. Las propias condiciones de trabajo crean así, necesariamente, las premisas para el proceso de toma de conciencia de los trabajadores.

Todas estas consideraciones se aplican a todos los sectores y capas que forman la clase obrera, independientemente de que las condiciones particulares de trabajo hagan avanzar más rápidamente en su conciencia a determinadas capas antes que a otras.