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4. El mito de las clases medias PDF Imprimir E-Mail
martes, 16 de diciembre de 2003
Según las cifras del Instituto Nacional de Estadística y de la Encuesta de Población Activa (EPA), correspondientes al tercer trimestre de 1999 (citadas en el Anuario 2000 del diario El País), el número de asalariados activos en el Estado español era, en cifras absolutas, de 10.979.300, el número de empresarios de 2.594.700 y el número de parados de 2.548.500.

Contando sólo los ocupados (asalariados y empresarios), obtenemos una cifra total de 13.574.000 personas, con lo que el porcentaje de asalariados resulta ser el 80,8% del total. Si incluyéramos a los parados entre los asalariados, puesto que aquéllos no son otra cosa que obreros en paro, el porcentaje de asalariados se eleva hasta el 83,9 %.

Por otro lado, la cifra de empresarios está completamente distorsionada. Los autónomos figuran dentro de los mismos. Y el número de autónomos, muchos de los cuales son antiguos obreros que viven en las mismas condiciones que un trabajador normal u obreros en activo que se ven obligados a pagarse un seguro de autónomo, representa un porcentaje muy alto de los mismos. También incluyen en estas cifras a las pequeñas empresas y negocios familiares donde trabajan, a lo sumo, dos o tres miembros de una misma familia.

Con lo cual, utilizando los propios datos que nos proporciona la burguesía, se confirma la poderosa correlación de fuerzas que existe a favor de la clase obrera en cualquier país capitalista moderno y en el nuestro, en particular.

Sin embargo, nuestros críticos alborotan todo el tiempo hablando de la fuerza de las clases medias, en oposición a la debilidad de la clase obrera.

Desde un punto de vista científico, las clases medias son el sector de la población que trabaja manual o intelectualmente, pero que es dueña de sus medios de trabajo, a diferencia de la clase obrera. Por su propia definición las clases medias son un sector muy heterogéneo. Tan clase media es el pequeño campesino que apenas sobrevive con su pedazo de tierra, como un propietario mediano con 15 ó 20 hectáreas; o el pequeño tendero del barrio y el abogado que dirige un bufete de prestigio. Sus estratos más bajos viven y trabajan en condiciones parecidas a las de muchos trabajadores, mientras que su estrato superior tiene muchos puntos de contacto con la burguesía.

No sólo numérica, sino socialmente las clases medias son mucho más débiles que la clase obrera. Debido a sus condiciones de vida y trabajo, son orgánicamente incapaces de jugar un papel independiente en la sociedad, oscilando sus apoyos y simpatías continuamente entre la burguesía y los trabajadores.

Bien es verdad que los marxistas sí diferenciamos entre clase media y un sector algo más numeroso de la población: las capas medias, es decir un grupo social que engloba a las clases medias, a elementos semiproletarios y a los estratos superiores de la clase obrera, que por sus condiciones de vida y sus relaciones sociales pueden, coyunturalmente, estar más cerca de los estratos medios de la clase media, adoptando, incluso en su psicología, aspectos y comportamientos ajenos a los de las amplias masas de la clase obrera. Sería un error tomar esto en un sentido absoluto. La psicología y la conciencia de estas capas superiores o periféricas de la clase obrera es muy heterogénea y cambiante, y entre ellos también se encuentran obreros con conciencia de clase, que no han perdido sus vínculos con el resto de la clase trabajadora. Entre estas capas podemos distinguir a sectores del profesorado (muchos de los cuales proceden de las clases medias), el sector asalariado de los médicos y abogados, funcionarios, o sectores muy recientemente incorporados a la clase obrera, procedentes de diferente extracción social. En cualquier caso, la fuerza social y numérica de las amplias masas de la clase obrera continúa siendo infinitamente mayor que la de estas capas medias.

Lo que mucha gente confunde es el concepto de clase con el de nivel de vida. Así, si en los países avanzados la mayoría de los trabajadores no se mueren de hambre y pueden acceder a condiciones de vida más elevadas, ya han dejado de ser clase obrera y se han convertido en clase media. Así razonan muchos teóricos y sociólogos, con un esquema que representa una vulgarización grosera del marxismo.

El marxismo nunca ha negado, sería estúpido hacerlo, la posibilidad de un aumento en el nivel de vida de amplias capas de la clase obrera. El propio sistema capitalista se ve obligado a adaptar el salario de los trabajadores a las condiciones sociales cambiantes en que se desenvuelve, para sobrevivir. Así, por ejemplo, hace 70 años disponer de un coche era un lujo para la inmensa mayoría de los trabajadores, además de por su elevado precio comparado con el salario de la época, también porque no era esencial disponer del mismo para desenvolverse en la sociedad capitalista. Hoy, en cambio, el coche (como la televisión, la radio y, mañana, el teléfono móvil) es vital para desenvolverse en la misma. En concreto, el desplazamiento en coche al lugar de trabajo juega un papel esencial para que el sistema productivo pueda funcionar cada día. Además la producción de automóviles se ha convertido en una rama fundamental de la producción capitalista.

El sistema se ve obligado a reflejar en el salario de los trabajadores esta realidad si quiere seguir existiendo. Pero lo que sería ridículo es deducir de este hecho que los trabajadores se han aburguesado o se han convertido en clase media. El coche es un objeto de consumo, un medio de vida, y no un medio de producción. La relación social obrero-capitalista no desaparece por este hecho. Los capitalistas siguen explotando a estos obreros y extrayéndoles plusvalía.

Lo que el marxismo sí afirma es que, en cada época, los capitalistas intentan mantener el salario de los trabajadores en el mínimo necesario para que puedan vivir en las condiciones sociales existentes. El límite máximo de salario que los capitalistas pueden dar a los trabajadores, por supuesto siempre que sus beneficios no se pongan en cuestión, es aquél que no les pueda liberar de vender su fuerza de trabajo a estos mismos capitalistas al final de cada mes.

Y lo que el marxismo también afirma es que toda conquista en el nivel de vida y en las condiciones de trabajo de la clase obrera no es eterna. Que cuando cambia la correlación de fuerzas entre las clases, fruto de una derrota sindical o, en un plano más elevado, de una derrota revolucionaria, o bien fruto de una aguda crisis en la economía capitalista, muchas de estas conquistas se desvanecen. Que sólo la transformación socialista de la sociedad puede garantizar permanentemente los avances sociales y elevarlos indefinidamente.