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Los dramáticos acontecimientos de Tiblisi indican un giro profundo en la situación del Cáucaso. Los seguidores de la oposición asaltaron el parlamento georgiano el domingo, obligando al presidente Eduard Shevardnadze a huir mientras miles de personas exigían su dimisión. Shevardnadze, que fue ministro de exteriores de la URSS con Mijail Gorbachov, lleva gobernando esta república ex soviética desde 1992. Igual que en las anteriores repúblicas soviéticas, Georgia ha estado en una situación de crisis permanente. En la actualidad sufre la mayor crisis política en años debido a los resultados electorales del pasado 2 de noviembre, según los datos oficiales, ganó el partido de Schevardnadze. La oposición y muchos observadores extranjeros han denunciado el amaño de los resultados electorales. A Shevardnadze, un bonapartista reaccionario, no le resulta extraño amañar unas elecciones y hacer todo tipo de sucias maniobras. Presionado por las masas, Shevardnadze reconoció que había algunos problemas con las elecciones. “Aproximadamente el 8 o 10 por ciento de los votos no son válidos”, pero añadió que eso debería dirimirse en los juzgados. Así que siguió con la formación del nuevo Parlamento, en medio de enormes medidas de seguridad como que la policía rodease con vehículos acorazados los principales edificios del gobierno. Pero mientras el presidente hablaba, los seguidores de la oposición asaltaban las puertas de la Cámara. Las imágenes de televisión mostraban a los manifestantes tirando todo a su paso y subiendo al estrado, desde donde el líder de la oposición se dirigió a la multitud: “En Georgia ha tenido lugar una revolución de terciopelo —todos le aplaudieron—. Estamos en contra de la violencia”. Shevardnadze, que tiene 75 años de edad, abandonó apresuradamente el Parlamento acompañado de sus guardaespaldas. “Yo no dimitiré. Dimitiré cuando expire el mandato presidencial de acuerdo con la constitución”, estas son las palabras que pronunció Shevardnadze antes de abandonar la Cámara. Claramente su intención era mantenerse en el poder, si era necesario por la fuerza, pero ésta se agotó cuando las fuerzas armadas se pasaron al lado de la oposición. En el momento de la verdad el presidente era un general sin ejército. Capitalismo: guerra y miseria El desenlace llegó después de dos semanas de protestas diarias en las calles de los seguidores de la oposición. Estos acontecimientos aparecieron reflejados rápidamente en los medios de comunicación como una “revolución pacífica”. Sin embargo, la verdadera razón del colapso del régimen ha sido la “independencia” de Georgia sobre bases capitalistas, que sólo ha significado guerra, miseria y desempleo; oficialmente la tasa de paro es del 17 por ciento pero la cifra real es mucho más elevada. Muchas personas han huido del país y se ha extendido el descontento que ha encontrado su expresión en los acontecimientos de los últimos días. Desgraciadamente, esta llamada “revolución” no resolverá nada y sólo aumentará los sufrimientos de la población georgiana. Mijail Saakashvili, líder de la oposición, es un abogado de 35 años que estudió en EEUU y Francia, es considerado un pro occidental, un reformista, es decir, un contrarrevolucionario burgués y un agente del imperialismo estadounidense. Sus diferencias con Shevardnadze eran más una cuestión de ambición personal que otra cosa, incluso fue ministro de Justicia. Saahashvili representa una nueva generación de políticos burgueses —jóvenes, agresivos, confiados e impacientes— que han echado a un lado a los más viejos, a dirigentes más cautos como Shevardnadze. La nueva Georgia capitalista e “independiente” combina las características más repulsivas del antiguo régimen burocrático con las injusticias y la explotación monstruosas del capitalismo. El único gran cambio será un giro más profundo hacia Occidente y especialmente hacia EEUU. La prisa indecente de Washington para apoyar a la oposición indica que hay algo más. Desde la caída de la URSS, el Cáucaso se ha convertido en el centro de una lucha feroz entre Rusia, EEUU y Turquía por el control de sus recursos y riqueza petrolera. En esta gran lucha de poder, Georgia ocupa la posición clave. Este pequeño país de casi cinco millones de habitantes está localizado estratégicamente en el Mar Negro, al sur de Rusia y al norte de Turquía. La anterior república soviética es el lugar por donde pasará un importante oleoducto desde el mar Caspio hasta Turquía a principios de 2005. Rusia sigue siendo una potencia clave en la región y está intentando reducir la influencia estadounidense. Para presionar a Georgia y mantener su control sobre el país, Moscú ha acusado a Tiblisi de dar apoyo y refugiar a rebeldes chechenos y ha apoyado los movimientos separatistas de Abjazia y Ossetia, como una forma de debilitar a Georgia. Los rusos no se van a quedar con los brazos cruzados mientras un país clave al sur de su frontera se pasa directamente al campo del imperialismo estadounidense. Ahora todos hacen cola para poner sus manos en la riqueza de la zona y para cumplir este objetivo están dispuestos a saquear la región y hundirla en el caos. Detrás de cada facción rival hay una u otra potencia extranjera—estadounidenses, rusos, turcos, alemanes—, conspirando, incitando al asesinato, robando, corrompiendo, provocando guerras y separatismo en nombre de la “autodeterminación”, y en todas partes extienden la miseria, el caos y la muerte. Aquí vemos una reproducción perfecta de la historia de los Balcanes antes de 1914. Y los resultados para los pueblos caucásicos no van a ser menos terribles. En el fondo, el problema es la ausencia de un movimiento independiente de la clase obrera del Cáucaso. El proletariado se ha visto arrastrado detrás de otras clases sociales, en una supuesta lucha por la “independencia nacional”. Se ha subordinado a los demagogos nacionalistas burgueses cuyos únicos intereses son poner sus manos en el tesoro del estado y vender su país al mejor postor entre los países imperialistas. ¿Qué clase de “independencia nacional” es ésta? Los demagogos nacionalistas como Shevardnadze, animados por el imperialismo estadounidense, prometieron a sus poblaciones un futuro lleno de prosperidad y “democracia” con un régimen capitalista independiente. Pero diez años después, todos estos sueños han quedado reducidos a cenizas. El balance para millones de personas es la muerte, la destrucción y la miseria. Washington y Moscú tratan a los pequeños, débiles y divididos estados caucásicos, como simples peones en un juego donde toda la región parece representar un gigantesco tablero de ajedrez. EEUU mueve ficha, Rusia responde; el resultado es la guerra, un asesinato, una explosión, un golpe militar o una “revolución incruenta”. Ahora estamos a la espera del próximo movimiento. No sabemos cuando o donde responderá Moscú, pero una cosa está clara: los perdedores serán la población normal, los pobres y los indefensos. La única esperanza para los pueblos del Cáucaso reside en una ruptura radical con el capitalismo y el imperialismo. Echar a los ladrones burgueses y expropiar la propiedad de los imperialistas. Después quizá la palabra “independencia” pueda adquirir algún significado. Pero para estos pequeños países no puede haber progreso levantando barreras artificiales. Georgianos, armenios, azeríes, chechenos y los demás pueblos de la región deben vivir juntos en una Federación Socialista del Cáucaso, sobre la base de la completa igualdad, la democracia, la fraternidad y la amistad. |