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Todos hemos sonreído complacientemente alguna vez ante las gordas de Botero, sus redondísimos gatos, sus percherones muy percherones o sus imposibles toreros.
Pero el arte no es sólo un medio para producir placer a quien lo contempla o riqueza a quien trafica y especula con él. El arte, como demostraron Goya o Picasso, también es una herramienta, un soporte físico, visual, didáctico, un medio para informar, para denunciar, para formar la conciencia individual y colectiva sobre las situaciones de violencia que sufre un pueblo.
El otro día fui con mi familia a ver una exposición de cuadros y dibujos de paisajes y escenas "costumbristas" colombianas, esperando ver los típicos gordos de Botero bailando con las típicas gordas de Botero rodeados de guirnaldas con la tricolor colombiana o de enormes toreros torturando enormes toros. Para nuestra sorpresa, lo que la exposición recogía era una enorme colección de cuadros y dibujos con otro tipo de "típicas escenas costumbristas y paisajes colombianos", pero repletos de gordos y gordas reflejando terror, dolor y sufrimiento, desplazados, torturas, fusilamientos, matanzas, secuestros, sicarios con cara de malos malotes, montones de miembros descuartizados, esqueletos con banderas colombianas, funerales, ríos caucas repletos de cadáveres y zopilotes sobrevolando el cielo negro, ametrallamientos trazando puntos suspensivos de diminutas balas que atravesaban los gordos cuerpos por diminutos agujeros por los que brotaban diminutos hilos de sangre, gordos coches bomba reventando...
Uno de los cuadros que se me ha grabado en la retina de la conciencia representa un gordo campesino con una niña pequeña de la mano y un enorme saco a la espalda sobre el cual sonríe sentado un "gordo" esqueleto. El título del cuadro es Desplazados.
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