¿Cómo conseguir un sindicalismo que responda a los intereses de clase de los trabajadores?
escrito por Editorial Sindical
lunes, 30 de abril de 2007
El nivel de huelgas en el Estado español está en niveles muy bajos. Pero esto no es achacable al ambiente entre los trabajadores. De hecho, si miramos las últimas tres décadas, comprobaremos que cada vez que los dirigentes sindicales hicieron un llamamiento a la lucha que los trabajadores vieron serio, la respuesta fue modélica. El último gran ejemplo lo tuvimos el 20 de junio de 2002, en la huelga general contra el decretazo de reforma laboral del PP. La causa real de que el nivel de lucha obrera no se corresponda en absoluto con el creciente deterioro de las condiciones laborales es el pactismo de los dirigentes sindicales, que especialmente en los últimos años tienen una obsesión casi enfermiza por el consenso con la patronal y el gobierno.
Fidalgo y Méndez parecen vivir en otro mundo. ¿Qué otra explicación puede tener que sigan firmando reformas que recortan derechos y pensiones, o que Fidalgo diga (Noticias de Álava, 18/2/07) no sólo que los salarios no han perdido poder adquisitivo tras la entrada del euro ("miro los cuadros y hojas de cálculo y no veo eso"), sino que lo han ganado gracias a los acuerdos de negociación colectiva que CCOO y UGT han venido pactando con la CEOE desde 2002? Como le ocurre a Zapatero, que alardea continuamente de la buena marcha de la economía, los dirigentes sindicales no ven la realidad de la clase obrera, sólo ven datos macroeconómicos. Se olvidan, todos ellos, de esa sentencia que dice que hay tres tipos de mentiras: las mentiras, las grandes mentiras y las estadísticas.
Sin embargo, las estadísticas no cambian la cruda realidad. Una realidad de precariedad para un tercio de los trabajadores, de más de un millón de accidentes laborales en 2006 y de crecientes dificultades para llegar a fin de mes, a consecuencia fundamentalmente de tres factores: la disminución de los salarios en términos relativos (los salarios reales equivalen a los de 1997, es decir, no aumentaron en los últimos diez años), su disminución también en términos absolutos para muchos trabajadores (cerca del 60% de los asalariados cobran menos de mil euros mensuales) y el aumento de los gastos familiares, sobre todo por culpa de la subida de los alimentos y las hipotecas (que, por cierto, no entran en el cálculo del IPC). Y esto ocurre en un período de crecimiento económico donde las empresas están obteniendo beneficios multimillonarios, como refleja que en un año se haya duplicado el número de "emprendedores" españoles en la lista Forbes. La economía crece, sí, pero ese crecimiento sólo favorece a una minoría de la sociedad. O, mejor dicho, esa minoría ve mejorar su situación económica a costa precisamente del empeoramiento de la situación económica de la inmensa mayoría.
El sindicalismo reformista de pactos y consensos está totalmente alejado de las necesidades de los trabajadores, hasta el punto de que determina el otro gran rasgo del movimiento obrero en estos momentos: la brecha, que ya es un auténtico abismo, entre los dirigentes y los trabajadores. La realidad proporciona continuamente síntomas que reflejan que el ambiente real entre la clase obrera no tiene nada que ver con el pensamiento y la acción de los dirigentes, síntomas de no resignación, síntomas de combatividad, síntomas de indignación con este estado de cosas: la huelga del metal en Vigo, la ocupación de las pistas del Prat, el apoyo masivo a Cándido y Morala, las manifestaciones multitudinarias y la huelga general en la bahía de Cádiz contra el cierre de Delphi, las luchas contra la deslocalización de SAS Abrera o de Atento Coruña, la iniciativa de formar una sección sindical intercontratas en la Petroquímica de Tarragona para unir a todos los trabajadores subcontratados... De hecho, en algunos de estos conflictos la combatividad ha sido tal, que los trabajadores han obligado a los dirigentes a ir mucho más lejos de lo que se imaginaban (Vigo) o directamente los han superado (El Prat). Y también otro síntoma importante: la creciente implicación de los jóvenes trabajadores en las luchas, como se vio en Vigo o estamos viendo en Atento.
Todo esto demuestra que hay un enorme potencial para convertir el malestar de los trabajadores en organización y lucha por los intereses de nuestra clase. Por tanto, el problema del movimiento sindical no es la falta de disposición a la lucha de los trabajadores, sino que los actuales dirigentes no quieren luchar. Es más, la conclusión que sacan los burócratas sindicales más degenerados es que, dado que hay riesgo de no poder controlar las luchas, es mejor intentar evitarlas, lo que sólo puede ahondar todavía más el foso entre dirigentes y trabajadores, y le dará un carácter más explosivo a las mismas en el futuro.
Esta situación es una perversión de la naturaleza de los sindicatos, cuya función es precisamente organizar a los trabajadores para hacer valer nuestra fuerza de clase en la disputa entre capital y trabajo. La experiencia inmediata de muchos trabajadores, sobre todo jóvenes, pero también adultos con tradiciones sindicales, es que los sindicatos no los defienden. De hecho, como reacción a la penosa actuación de los dirigentes sindicales, en el último período hemos visto el surgimiento o desarrollo de toda suerte de opciones al margen de CCOO y UGT -desde las que aspiran a convertirse en alternativa a ambos, como la CGT, a agrupamientos de ámbito de empresa, sectorial o autonómico-, opciones que se sustentan en un factor común: el rechazo de los trabajadores a un modelo sindical totalmente alejado de su realidad y que no los tiene en cuenta para nada. El significativo aumento de la CIG en las elecciones sindicales en Galicia responde también al mismo fenómeno.
Sin embargo, el problema es más complejo y no se soluciona con el mero hecho de abandonar los sindicatos de masas, por dos razones principales: 1) los grandes problemas de los trabajadores (la legislación laboral, la seguridad social, la cobertura del desempleo, la sanidad y la educación públicas, las deslocalizaciones...) y el problema fundamental en última instancia, que es la propia existencia del capitalismo, no se pueden solucionar en el ámbito de una empresa, un sector o una autonomía, sino que tienen un carácter de clase y, por tanto, requieren organizar las fuerzas de toda la clase obrera por encima de cualquier diferencia; y 2) es una respuesta organizativa a un problema que no es organizativo, sino político.
Fortalecer ideológicamente el movimiento obrero
Una de las paradojas del sindicalismo es, precisamente, que la propia función de representar a los trabajadores ante la patronal conlleva automáticamente una distinción, una elevación de los sindicalistas por encima de la clase. Así, mientras que un trabajador normalmente no está en contacto directo con los jefes de su empresa, la actividad sindical obliga a lo contrario porque los problemas laborales hay que tratarlos con quienes tienen el poder de decisión. Y cada vez que hay una reunión entre ambas partes, los sindicalistas allí presentes se ven sometidos a un bombardeo ideológico para que los puntos de vista empresariales penetren en sus cabezas. Y cuanto más alto es el nivel de la reunión, más intenso es el bombardeo. Si no se tiene una protección ante ese bombardeo, antes o después se acaba por perder la perspectiva. Resistir esa presión ideológica no es una cuestión de siglas, como se acaba de ver en Seat, donde la sección sindical de la CGT acaba de firmar (sumándose así a CCOO y UGT) el nuevo expediente que destruirá 1.600 empleos. Sólo hay dos defensas frente a ella: en primer lugar, ser consciente de la cuestión y, en segundo lugar, poseer otra visión ideológica muy firme, una interpretación de la sociedad desde el punto de vista de los intereses generales de los trabajadores que actúe como una barrera que impida que las ideas del enemigo de clase penetren en nuestras mentes.
El marxismo es la única filosofía que proporciona esa imprescindible firmeza en las ideas, el marxismo es la única barrera que puede impedir la claudicación ideológica. Por tanto, la solución a la situación actual del sindicalismo no es construir nuevas opciones sindicales, que forzosamente son de ámbito y tamaño limitados, sino construir dentro de los sindicatos de masas una corriente marxista que impulse su transformación en auténticas herramientas de lucha por los derechos de los trabajadores y por el socialismo.