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La mujer después de Octubre PDF Imprimir E-Mail
viernes, 01 de junio de 2001
En la Rusia zarista las mujeres eran legalmente esclavas de sus maridos. Según la ley zarista: “La esposa tiene que obedecer a su marido, como jefe de familia, permanecer junto a él, amarle, respetarle, obedecerle siempre, hacer todo lo que le favore En la Rusia zarista las mujeres eran legalmente esclavas de sus maridos. Según la ley zarista: “La esposa tiene que obedecer a su marido, como jefe de familia, permanecer junto a él, amarle, respetarle, obedecerle siempre, hacer todo lo que le favorezca y demostrarle su afecto como esposa”. El programa del Partido Comunista en 1919 decía: “En el momento actual, la tarea del partido es trabajar en primer lugar, en el reino de las ideas y la educación, para destruir completamente todos los vestigios de desigualdad o viejos prejuicios, particularmente entre la capa más atrasada del proletariado y el campesinado. Sin limitarse sólo a la igualdad formal de las mujeres, el partido tiene que liberarlas de las cargas materiales del obsoleto trabajo familiar y sustituirlo por casas comunales, comedores públicos, lavanderías, guarderías, etc”.

Sin embargo, la puesta en práctica de este programa dependía del nivel de vida general y de la cultura de la sociedad, como explicó Trotsky en su artículo De la vieja familia a la nueva, publicado en Pravda el 13 de julio de 1923: “El preparar las condiciones para una nueva vida y una nueva familia no puede aislarse, repito, de las tareas generales de la construcción del socialismo. El Estado obrero debe fortalecerse económicamente para estar en condiciones de encarar seriamente la educación pública de los niños y liberar a la mujer de las tareas domésticas. Necesitamos más formas económicas socialistas. Sólo bajo tales condiciones podremos liberar a la familia de las tareas que en la actualidad la oprimen y la desintegran. Los lavaderos públicos tendrían que ocuparse del lavado, los restaurantes públicos de la comida, las tiendas estatales de la costura. Los niños deberían ser educados por buenos maestros con verdadera vocación para esta tarea. Entonces las relaciones entre las parejas se liberarían de todo lo externo y accidental, y dejarían de absorberse la vida mutuamente. Entonces se establecería una verdadera igualdad. Las relaciones estarían condicionadas sólo por el amor. Y sobre estas bases se establecería realmente, no de la misma manera para todos, por supuesto, pero sin imposiciones para nadie” (León Trotsky, Escritos sobre la cuestión femenina. Barcelona, Editorial Anagrama, 1977, págs. 32-33).

La revolución bolchevique sentó las bases para la emancipación social de las mujeres, y aunque la contrarrevolución política estalinista representó un paso atrás parcial, es innegable que las mujeres en la Unión Soviética consiguieron enormes pasos adelante en la lucha por la igualdad. Las mujeres ya no tenían la obligación de vivir con sus maridos o acompañarles si se cambiaban de trabajo. Tenían los mismos derechos para ser cabeza de familia y disfrutaban de igualdad salarial. Se prestaba mucha atención a la maternidad y se aprobaron leyes que prohibían a las mujeres embarazadas trabajar largas jornadas y también estaba prohibido el trabajo nocturno, existía la baja maternal con salario y las familias disponían de guarderías. El aborto se legalizó en 1920, el divorcio se simplificó y bastaba con inscribir el matrimonio en el registro civil. El concepto de hijo ilegítimo también fue eliminado. En palabras de Lenin: “En el sentido literal, no hemos dejado un solo ladrillo de las despreciables leyes que colocaban a la mujer en una situación de inferioridad comparada con los hombres...”.

Los avances materiales facilitaron la plena incorporación de las mujeres a todas las esferas de la vida social, económica y política —comida gratuita en las escuelas, leche gratis para los niños, comida, ropa, centros de maternidad, guarderías y otras facilidades—.

En La revolución traicionada Trotsky escribe: “La Revolución de Octubre cumplió honradamente su palabra en lo que respecta a la mujer. El nuevo régimen no se contentó con darle los mismos derechos jurídicos y políticos que al hombre, sino que hizo —lo que es mucho más— todo lo que podía y, en todo caso, infinitamente más que cualquier otro régimen para darle realmente acceso a todos los dominios culturales y económicos. Pero ni el “todopoderoso” parlamento británico, ni la más poderosa re­ volución pueden hacer de la mujer un ser idéntico al hombre, o ha­ blando más claramente, repartir por igual entre ella y su compañe­ ro las cargas del embarazo, del parto, de la lactancia y de la educa­ ción de los hijos. La revolución trató heroicamente de destruir el antiguo “hogar familiar” corrompido, institución arcaica, rutina­ ria, asfixiante, que condena a la mujer de la clase trabajadora a los trabajos forzados desde la infancia hasta su muerte. La familia, considerada como una pequeña empresa cerrada, debía ser susti­ tuida, según la intención de los revolucionarios, por un sistema aca­ bado de servicios sociales: maternidades, casas cuna, jardines de infancia, restaurantes, lavanderías, dispensarios, hospitales, sana­ torios, organizaciones deportivas, cines, teatros, etc. La absorción completa de las funciones económicas de la familia por la socie­ dad socialista, al unir a toda una generación por la solidaridad y la asistencia mutua, debía proporcionar a la mujer y, en consecuen­ cia, a la pareja, una verdadera emancipación del yugo secular” (León Trotsky, La revolución traicionada. Madrid, Fundación Federico Engels, 1991, pág. 147).