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El ‘Tercer Mundo’ PDF Imprimir E-Mail
viernes, 01 de junio de 2001
En los países capitalistas desarrollados ha mejorado la situación de la mujer. Al menos formalmente las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres. Tienen el mismo derecho a la educación, y hasta cierto punto, ha mejorado su acceso al trabajo En los países capitalistas desarrollados ha mejorado la situación de la mujer. Al menos formalmente las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres. Tienen el mismo derecho a la educación, y hasta cierto punto, ha mejorado su acceso al trabajo. Sin embargo, en el mundo ex colonial, donde vive dos tercios de la humanidad, no ocurre lo mismo. La esclavitud de la mujer es hoy peor que en cualquier otro momento de la historia. Cada año mueren 500.000 mujeres debido a las complicaciones surgidas durante el embarazo y otras 200.000 mueren víctimas de los abortos. Los países ex coloniales gastan en sanidad sólo el 4% del PIB, una media de 41 dólares por habitante, comparados con los 1.900 dólares que gastan los países capitalistas desarrollados. Se calcula que cien millones de niños en una edad comprendida entre los seis y once años, no reciben ningún tipo de educación. Dos tercios son niñas. La principal causa de la espantosa pobreza que padece el Tercer Mundo es el saqueo económico que sufren a través del comercio, además de una deuda externa de dos billones de dólares.

El dominio absoluto que ejerce el imperialismo y las grandes multinacionales, garantiza la extracción despiadada de la última gota de plusvalía de hombres, mujeres y niños sin distinción. El trabajo infantil existe incluso en los países capitalistas desarrollados, pero es la norma en Asia, África y América latina. A los padres que viven en la pobreza no les queda otra alternativa que vender a sus hijos, incluida la peor clase de esclavitud, la prostitución. La plusvalía extraída por esos representantes de la civilización humana, cristiana y occidental, contiene la sangre, sudor y lágrimas de millones de mujeres y niños explotados, como ocurría en los tiempos de Marx. La burguesía nos intenta convencer de que está horrorizada ante este sufrimiento, pero mientras se llenan los bolsillos de dinero.

Los grandes monopolios —como Disney o Nike—, consiguen los beneficios del trabajo esclavista en países como Haití. El capital ha destruido las viejas relaciones patriarcales, como bien señalaron Marx y Engels en las páginas de El Manifiesto Comunista. La explotación capitalista del Tercer Mundo ha adquirido un carácter particularmente feroz. La antigua protección de la que disfrutaban mujeres y niños en el pasado, trasmitidas a través de la familia y las normas de la sociedad tribal, han desaparecido y en su lugar no hay nada. En el subcontinente indio las mujeres todavía sufren los antiguos tormentos, sobrepuestos en la bárbara explotación económica del sistema capitalista. La burguesía india después de medio siglo de “independencia” no ha conseguido eliminar el sistema de castas. Todavía existe el terrible sutte, que consiste en obligar a las mujeres a lanzarse a la pira funeraria de su marido muerto. Cada año se producen cientos de casos. Y aquellas viudas que consiguen escapar de este destino, se las trata como parias y no tienen derecho a la vida. Se las golpea, se las obliga a pasar hambre y los parientes las humillan hasta que no les queda otra salida que el suicidio.

En las comunidades agrícolas de Asia el nacimiento de una niña es considerado una desgracia. El infanticidio femenino es algo común. En los orfanatos públicos chinos, la mayoría son niñas. El motivo es que en Asia, en países donde no existen las pensiones de jubilación los campesinos pobres de Asia necesitan familias grandes para que les mantengan cuando lleguen a la vejez. Por eso los niños son más valiosos que las niñas, porque éstas además necesitan una dote para casarse. En la India si la dote es considerada insuficiente, la familia del novio puede asesinar a la novia. Esta es la situación de la India a principios del siglo XXI. Pero la situación en Pakistán no es mucho mejor, allí la sharia (la ley islámica) es la norma. Las mujeres prácticamente no tienen ningún derecho y tienen que casarse con quien elija su familia. Pero Pakistán es un paraíso liberal comparado con Afganistán bajo el dominio de los talibanes. Antes de la revolución de 1979, la principal actividad económica en Afganistán era la venta de novias. Los estalinistas afganos aprobaron leyes en las que se concedían derechos de las mujeres. Hoy nada de eso existe. Las mujeres no tienen derechos y están confinadas en el hogar. Como no pueden trabajar, están obligadas a pasar hambre. Esta ley bárbara se aplica estrictamente, incluso aunque hay escasez de mano de obra debido al elevado número de hombres que murieron en la guerra. No importa que muchas de estas mujeres sean profesoras o enfermeras y que sean necesarias. Les está prohibido trabajar. Esta es la verdadera cara de la reacción islámica. Pero los verdaderamente responsables son los imperialistas de Washington y sus títeres de Pakistán que armaron y financiaron a estos monstruos para luchar contra el “comunismo”.

En Afganistán la lucha por los derechos de la mujer está unida inseparablemente a la lucha revolucionaria por la transformación socialista de la sociedad, y al derrocamiento de este régimen horrible de reacción religiosa. Las mujeres en Afganistán constituyen una poderosa reserva para la revolución. Esto se pudo comprobar en Irán. Después de veinte años de reacción islámica las masas están cansadas del dominio de los mulás. La carga del fundamentalismo es más onerosa para las mujeres, y ahora comienzan a desafiarla, lo pudimos comprobar cuando Irán ganó a Estados Unidos en un partido de fútbol, las mujeres desafiaron la ley y salieron a la calle a cantar y bailar junto con los hombres, sin el chaddor (velo), y los mulás no pudieron hacer nada para evitarlo. En la próxima revolución en Irán, también las mujeres jugarán un papel fundamental.

Lenin dijo en una ocasión que “el capitalismo es horror sin fin”. Ese horror afecta sobre todo a las mujeres y de forma más cruel a las del Tercer Mundo. El fracaso del “socialista” FLN en la revolución de Argelia, también ha terminado en el actual callejón sin salida sangriento. Las horrorosas masacres de hombres, mujeres y niños, pueblos enteros literalmente cortados a trozos con navajas y hachas, se producen continuamente con el silencio cómplice de Occidente. Es evidente que estas atrocidades no son sólo monopolio de los terroristas islámicos, también es, y principalmente, obra del régimen militar y sus escuadrones de la muerte. Además de estos horrores, las mujeres tienen que sufrir las violaciones y los raptos. Muchas de estas mujeres se suicidan después. El uso de la violación como un arma de la reacción lo vimos también en Indonesia, cuando el régimen de Suharto organizó pogromos contra los ciudadanos chinos, lo mismo hizo el régimen zarista contra los judíos. Estos horrores nos demuestran de lo que es capaz la clase dominante. En el futuro si los trabajadores no toman el poder, también veremos hechos similares en los países capitalistas desarrollados.

La principal carga de la opresión siempre recae en las mujeres de las capas más pobres de la sociedad. Sin embargo, sobre todo en el Tercer Mundo, muchas mujeres de otras clases también sufren tratos brutales e inhumanos. Los marxistas debemos luchar contra todo tipo de injusticia social, pero siempre debemos basarnos en la clase obrera, la única que puede sacar a la sociedad de este callejón sin salida, pero también debemos denunciar las injusticias que se cometen contra las mujeres.

Sin molestar la sensibilidad religiosa, con la utilización de un lenguaje cuidadoso, debemos exponer el papel de la religión. La lucha revolucionaria en Asia y Oriente Medio exige una lucha despiadada contra toda clase de oscurantismo y fundamentalismo religioso, que independientemente de su demagogia “antiimperialista”, siempre juega el papel más reaccionario en la sociedad. La emancipación de las mujeres será una utopía si no va acompañada de la lucha contra toda religión, que sostiene y perpetúa la esclavización de las mujeres.