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Las mujeres y los sindicatos PDF Imprimir E-Mail
viernes, 01 de junio de 2001
La transformación socialista de la sociedad sería impensable sin la lucha cotidiana para conseguir dar pasos adelante bajo el capitalismo. No somos indiferentes a la lucha por las reformas. Pero para los marxistas lo más importante es que los trabaja La transformación socialista de la sociedad sería impensable sin la lucha cotidiana para conseguir dar pasos adelante bajo el capitalismo. No somos indiferentes a la lucha por las reformas. Pero para los marxistas lo más importante es que los trabajadores aprendan a través de la lucha. Nuestra principal tarea es “explicar pacientemente” a las mujeres más activas y conscientes que se encuentran en los sindicatos y partidos obreros, la necesidad de la transformación socialista de la sociedad, no sólo nacional sino también internacionalmente. Debemos tener cuidado de no caer en la trampa de muchos reformistas, de la miríada de sectas, y también de algunas feministas burguesas, que piensan que a las mujeres sólo les interesan los “temas femeninos”. Aunque muchos de estos temas son importantes, sería un error subestimar los intereses de las mujeres en otras cuestiones más amplias y cotidianas que son fundamentales. Hay que atraer a las mejores luchadoras a la teoría y al programa revolucionario del marxismo.

La lucha de la mujer por sus intereses, comienza en el centro de trabajo. La lucha para organizar a las trabajadoras en los sindicatos, la lucha para conseguir salarios decentes y condiciones laborales dignas, y la lucha por su completa igualdad con los trabajadores, es el primer deber de los marxistas. Las trabajadoras son un colosal potencial revolucionario para el movimiento obrero, y la burocracia sindical conservadora es incapaz de desarrollar ese potencial. Las nuevas condiciones de producción, la expansión de la llamada industria de servicios, ha incrementado el número de trabajadoras, a la vez que la gran mayoría no están organizadas en los sindicatos. Éstos deben tomar la iniciativa para organizar a las capas desorganizadas, en particular a las mujeres y los jóvenes.

La primera cuestión es la descarada discriminación que sufre la mujer en el centro trabajo. Las mujeres de todo el mundo, en general, ganan menos que los hombres —un 20-30% menos—, por el mismo trabajo. Un salario más bajo normalmente supone menos o ningún beneficio y una pensión de jubilación más pequeña. Esto no sólo perjudica a las mujeres, también a los trabajadores. Si un grupo de trabajadores acepta salarios más bajos esto tiene un efecto depresor sobre los salarios y condiciones laborales en general. Aceptar que las mujeres y los jóvenes ganen salarios más bajos que el resto de los trabajadores es reaccionario, divide al movimiento obrero y es contraproducente. Eso también explica la indiferencia de muchas mujeres hacia los sindicatos porque no hacen nada por ellas. Organizar a los desorganizados es el deber fundamental de los sindicatos, especialmente en la época actual. Es importante luchar para conseguir que “a igual trabajo igual salario”. Los empresarios pueden eludir fácilmente este principio de “a igual trabajo igual salario” porque a veces es difícil e imposible comparar los diferentes tipos de trabajos que hacen hombres y mujeres en diferentes ramas de la producción.

“Hoy oportunamente, han encontrado el trabajo que esperaban. Con la reestructuración de las economías desarrolladas, se han creado muchos empleos en el nuevo sector servicios diferente al empleo tradicional: seguro, a tiempo completo, en la industria manufacturera formada fundamentalmente por hombres. Muchos de estos nuevos empleos son a tiempo parcial o con horarios extraños, ofrecen y requieren un grado de flexibilidad que a menudo conviene a las mujeres. Muchos de los empleos, demasiados, están en la escala más baja, sectores peor pagados como el comercio, alimentación y limpieza, que ayudan muy poco al sostenimiento de la familia” (Ibid.).

En aquellos sectores donde hay más mujeres que hombres, los salarios suelen ser inferiores. Esto es lo que ocurre en el comercio, limpieza y alimentación, y menos en empleos como la enfermería o la enseñanza, porque fundamentalmente pertenecen al sector público. Con tantas mujeres concentradas en sectores con salarios muy bajos, no es sorprendente que, a pesar de toda la legislación de igualdad salarial, exista un abismo en todos los países entre los salarios de los hombres y las mujeres. Gracias a la presión de las trabajadoras y los sindicatos, se ha acortado algo esta diferencia: en los últimos veinte años en EEUU, el salario por hora de las mujeres ha pasado del 64% al 80% con relación al de los hombres. Pero todavía existe diferencia, y cuanto más bajamos en la escala salarial, mayor es la diferencia. Mientras que los jóvenes, los profesionales del cuidado infantil y otros trabajos a tiempo completo en EEUU, tienen igualdad salarial, en las industrias las mujeres ganan menos que los trabajadores.

Las mujeres también sufren discriminación por la maternidad. Tener un hijo debería ser un motivo de regocijo, en esta sociedad con frecuencia es una calamidad, especialmente para la madre. A menudo significa la pérdida del empleo, la pobreza y la humillante dependencia de las ayudas públicas. La prensa burguesa —especialmente en Gran Bretaña y EEUU—, califican cínicamente a las madres solteras de parásitos “que viven a costa del estado”, pero no explica que a estas mujeres se les niega el acceso al mercado laboral y que se las margina la sociedad de la forma más brutal e inhumana. Incluso si consiguen mantener el empleo, la maternidad supondrá el descenso de sus ingresos. “Si la mujer decide tener un hijo, su salario caerá y cuanto más hijos tenga, más caerá su salario” (Ibid., el subrayado es nuestro).