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La cuestión de la mujer siempre ocupó un lugar central en la teoría y en la práctica del marxismo. En 1845 Engels había escrito La situación de la clase obrera en Inglaterra. Engels describe detalladamente las condiciones de vida y laborales completa
La cuestión de la mujer siempre ocupó un lugar central en la teoría y en la práctica del marxismo. En 1845 Engels había escrito La situación de la clase obrera en Inglaterra. Engels describe detalladamente las condiciones de vida y laborales completamente insoportables de los trabajadores británicos en aquella época. Según las fuentes citadas por Engels, muchos de los trabajadores industriales eran mujeres. En las hilanderías las mujeres constituían aproximadamente el 70% de la fuerza laboral total (F. Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra. Panther Books, 1974, pág. 171, en la edición inglesa).
Engels cita un discurso de Lord Ashley en la Cámara de los Comunes en 1844: “De los 419.560 trabajadores industriales que en 1839 había en el imperio británico, 192.887 —casi la mitad—, tenían menos de dieciocho años de edad, y 242.296 eran mujeres...”.
Engels documenta sus vidas como trabajadoras, madres y esposas. “El trabajo fabril deja su huella en el físico femenino. Las deformidades creadas por ocho horas largas de trabajo son bastante más serias entre las mujeres. Las largas horas de trabajo a menudo originan deformidades en la pelvis, en parte debido al desarrollo anormal de los huesos de la cadera, y en parte también por deformaciones en la parte inferior de la columna vertebral” (Op. Cit., pág. 188).
“Esas trabajadoras tienen un parto más difícil que otras mujeres, y esto está confirmado por varias comadronas y obstetricias, también tienen más predisposición al aborto. Además, sufren el debilitamiento general que es común a todos los trabajadores, y cuando están embarazadas continúan trabajando en la fábrica hasta el momento del parto, de otra forma, perderían sus salarios y temen que se las sustituya si dejan de trabajar demasiado pronto. Con frecuenta ocurre que las mujeres están trabajando una noche y a la mañana siguiente, dan a luz en la fábrica entre la maquinaria... Si no se obliga a estas mujeres a regresar al trabajo en dos semanas, están agradecidas y se sienten afortunadas. Muchas regresan a la fábrica después de ocho e incluso después de tres o cuatro días... Naturalmente, el temor a ser despedidas, el miedo al hambre las lleva a la fábrica a pesar de su debilidad y desafiando al dolor” (Op. Cit., pág. 189).
“El empleo de mujeres con frecuencia rompe la familia, porque si la esposa trabaja doce o trece horas diarias en la fábrica y el marido trabaja el mismo tiempo aquí o en otra parte, ¿qué ocurre con los niños?”.
Engels también responde esta pregunta: “Crecen como la maleza salvaje; son puestos al cuidado de una niñera a cambio de un chelín o dieciocho peniques semanales, cómo les tratan no es difícil de imaginar. Por eso es tan elevado el número de accidentes que sufren los niños pequeños en los barrios obreros” (Op. Cit., pág. 171).
Según el informe que cita Engels, más del 57% de los niños de Manchester morían antes de cumplir los cinco años de edad. Engels escribía sobre la vida familiar del trabajador, casi imposible bajo el sistema social existente, con problemas domésticos interminables y riñas familiares. Y culpaba de esta situación a las “condiciones sociales existentes”.
Engels también demuestra que los propietarios de las fábricas solían seducir a las trabajadoras bajo amenaza de despido y algunos convertían su fábrica en un harén privado. De este modo se extendía la prostitución.
Este libro —La situación de la clase obrera en Inglaterra— demuestra que Marx y Engels conocían perfectamente la situación en la que se encontraban las mujeres de la clase obrera, y por supuesto estaban preocupados por la difícil situación de estas mujeres, como también se preocupaban por la difícil situación de la clase obrera su conjunto. Engels, en el libro acusa a la clase dominante de Inglaterra de ser la responsable de esta situación. En el mismo año —1845— Marx publicó La sagrada familia. Aquí parafrasea generosamente a Fourier y escribe: “Los progresos sociales y los cambios de periodos se operan en razón directa del progreso de las mujeres hacia la libertad y las decadencias de orden social se operan en razón del decrecimiento de la libertad de las mujeres... porque aquí, en la relación de hombres y mujeres, del débil y el fuerte, la victoria de la naturaleza humana sobre la brutalidad, es más evidente. El grado de emancipación de la mujer es la medida natural de la emancipación general”(C. Marx y F. Engels, La sagrada familia. Madrid, Akal Editor, 1981, pág. 215).
Marx no estaba en contra de la participación de mujeres y niños en la producción. Pero sí se oponía a las terribles condiciones en las que tenían que trabajar y vivir. En la reunión del Consejo General de la Internacional dijo lo siguiente: “No digo que sea un error que mujeres y niños participen en nuestra producción social”, sino “la forma en que tienen que trabajar” (Actas del Consejo General de la Internacional. Vol. II, pág. 232, en la edición inglesa).
Por esta razón la clase obrera tenía el deber de luchar por la protección de mujeres y niños, a través de la legislación, contra la peor clase de explotación. Y por supuesto para reducir la jornada laboral semanal.
Marx escribe en El Capital: “Los obreros tienen que juntar sus cabezas y, como clase, forzar una ley estatal, una barrera social prepotente, que les impida a ellos mismos venderse y vender a su descendencia para la muerte y la esclavitud mediante un contrato voluntario con el capital” (C. Marx, El Capital. Madrid, Akal Editor, 1976. Tomo I, Vol. II, pág. 400).
Marx consideraba que por un lado, sacar a las mujeres y niños del aislamiento social y de la opresión patriarcal de la familia campesina para que “cooperasen en la producción social, es una tendencia legítima, correcta y progresista”. Pero por otro lado “bajo el capital este proceso se convertía en una abominación” (C. Marx, La Primera Internacional, pág. 88, en la edición inglesa).
“La mujer se ha convertido en parte activa de nuestra producción social. Alguien que sepa algo de historia sabe que son imposibles las transformaciones sociales importantes sin la agitación entre las mujeres”, (C. Marx, Cartas al Dr. Kugelmann, en la edición inglesa).
Marx estaba a favor de la incorporación de las mujeres, como agentes activos, a la actividad política y en 1871 promovió una norma, y la Internacional la aprobó, en la que se recomendaba la creación de secciones de mujeres, sin excluir la posibilidad de que en ellas participasen ambos sexos. En esa época prevalecían unas condiciones de atraso donde se miraba con desprecio a las mujeres que participaban activamente en política o que asistían a las reuniones.
Después del colapso de la Primera Internacional, Marx y Engels participaron como consejeros en los partidos de la clase obrera recién creados y que más tarde conformarían la Segunda Internacional. Por ejemplo ayudaron a escribir el programa del Partido Francés de los Trabajadores para las elecciones de 1880. Marx escribió la introducción y en ella deja bien claro que “la emancipación de las clases productoras implica a todos los seres humanos sin distinción de sexo o raza” (C. Marx, La Primera Internacional, pág. 376, en la edición inglesa).
Además tenemos el libro de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado publicado en 1884. El libro en conjunto es un trabajo pionero, incluso los antropólogos, arqueólogos e historiadores de hoy en día se ven obligados a mencionarlo.
Desde su publicación se han realizado muchos descubrimientos, pero Engels en el libro aborda la cuestión de la mujer desde el punto de vista del materialismo histórico. Y demuestra que el patriarcado no es algo eterno, sino todo lo contrario.
Lenin siguió los pasos Marx y Engels y también consideraba muy importante el trabajo de los socialistas entre la mujer (y los hombres). En el apéndice del libro de Lenin La emancipación de la mujer, podemos encontrar Mis recuerdos de Lenin de Clara Zetkin. Y leemos lo siguiente:
“El camarada Lenin habló conmigo repetidas veces acerca de la cuestión femenina. Evidentemente, atribuía al movimiento femenino una gran importancia, como parte esencial del movimiento de masas, del que, en determinadas condiciones, puede ser una parte decisiva. De suyo se comprende que concebía la plena igualdad social de la mujer como un principio completamente indiscutible para un comunista” (Lenin, La emancipación de la mujer. Moscú, Editorial Progreso, 1979, pág. 105). Lenin no consideraba un tema secundario el trabajo de los comunistas entre las mujeres. Incluso expresó su descontento con aquellas secciones de la Internacional Comunista que no hacían lo suficiente en ese terreno y era muy sincero. “Saber movilizarlas [las masas femeninas] con una clara comprensión de los principios y sobre una firme base organizativa, es cuestión de la que dependen la vida y victoria del Partido Comunista. Pero no debemos engañarnos. En nuestras secciones nacionales no existe todavía una comprensión cabal de este problema” (Ibíd. pág. 125).
“Nuestras secciones nacionales conciben la labor de agitación y propaganda entre las masas femeninas, su despertar y su radicalización, como algo secundario, como una tarea que afecta exclusivamente a las mujeres comunistas (...) ¿En qué se basa esta posición errónea de nuestras secciones nacionales? (No hablo de la Rusia soviética). En definitiva, esto no es otra cosa que una subestimación de la mujer y de su trabajo” (Ibíd., págs. 125-126).
No es muy conocido que la hija de Marx —Eleanor—, jugó un papel activo en el trabajo entre las mujeres obreras en la industria del East End londinense. Eleanor publicó un artículo en la prensa en el que defendía la formación de un sindicato de mecanógrafas, formado por todas las trabajadoras, tanto las que trabajaban en casa como las que escribían en las oficinas de las empresas: “si quieres vivir de tu trabajo, tienes que trabajar con una presión enorme, durante ocho horas diarias o más” (Ivonne Kapp, Eleanor Marx, The Crowded Years, 1884-98, pág. 364, en la edición inglesa). ¡Qué relevantes suenan estas palabras cien años después!
Un importante punto de inflexión en la lucha de las mujeres en Gran Bretaña, fue la huelga de las cerilleras londinenses en 1888, éste era uno de los sectores más explotados y oprimidos de los trabajadores, y se rebelaron contra sus opresores. En la fábrica Bow en el pobre East End, todos los trabajadores eran mujeres, desde chicas de trece años a madres de familia. Las bárbaras condiciones laborales eran muy similares a las que hoy sufren los trabajadores del Tercer Mundo. El fósforo blanco utilizado para fabricar las cerillas producía una espantosa enfermedad que desgastaba los huesos de la mandíbula; éste era el resultado de comer en el centro de trabajo en una atmósfera contaminada por el fósforo. Los malos salarios empeoraban por el sistema de multas, con frecuencia se imponían por errores triviales que eran fruto de la fatiga. Gracias a este sistema los accionistas conseguían un dividendo del 22%.
En julio de 1888, las cerilleras dejaron a un lado sus temores y 672 mujeres iniciaron una huelga. A los quince días, gracias al apoyo de los sindicatos y a una campaña pública de recogida de dinero que consiguió la considerable suma de 400 libras, las mujeres consiguieron concesiones importantes. Estas trabajadoras no cualificadas organizaron el Sindicato de Manchester, el sindicato femenino más grande de Inglaterra. Esto fue un paso de gigante hacia adelante en la explosión del “Nuevo Sindicalismo” en Gran Bretaña, por primera vez el proletariado no cualificado se organizaba en sindicatos. De esta lucha se pueden extraer lecciones importantes y útiles para la situación actual; hoy, como hace cien años, muchos trabajadores no cualificados y semicualificados están desorganizados, y una parte importante son mujeres. |