|
El 8 de marzo, que nació como un símbolo de la lucha contra la opresión de la mujer trabajadora, se ha convertido, con el paso de los años, en una fiesta en la que prevalece la idea de que se festeja la feminidad de las mujeres en general. Una vez más, es nuestro deber como marxistas recuperar y difundir los verdaderos orígenes de este día.
Cuando echamos un vistazo a las estadísticas vemos como, por ejemplo, en el Estado español, el paro entre las mujeres supera casi en el doble al de los hombres (un 11,6% frente a un 6,64%) y cómo, a día de hoy, cobramos casi un 30% menos que los hombres por igual trabajo. La mayor parte del trabajo femenino es temporal y precario, y todo esto sin contar con los datos de todas aquellas trabajadoras inmigrantes sin papeles. Los dirigentes de CCOO y UGT afrontan ese problema con la misma tibieza con la que afrontan todos los problemas de la clase obrera en general. No es extraño que con esta actitud los dirigentes sindicales apoyen propuestas (financiadas por el gobierno y por la UE y apoyada por determinadas organizaciones feministas) para fomentar el crecimiento de las empresas lideradas por mujeres. Eso significa simplemente que las mujeres que trabajen en estas empresas, en vez de estar explotadas por un hombre van a estar explotadas por una mujer. Cuando reivindicamos el 8 de marzo como día de la mujer trabajadora es precisamente porque quienes sufrimos la explotación somos las trabajadoras, ¡no las empresarias! que sólo piensan en enriquecerse a costa no sólo de nosotras sino del conjunto de los trabajadores. Persiguen el mismo objetivo que el conjunto de los empresarios: máximo beneficio al mínimo coste.
Hay mucho más
Los empresarios aprovechan aquellos colectivos de personas más desprotegidos para explotarlos aún más. Así pasa por ejemplo con los inmigrantes y también con las mujeres. Es más, ellos mismos se encargan de fomentar en todo lo posible ideologías racistas y machistas para justificar ese trato desigual. Uno de sus grandes aliados es la Iglesia, que habla de igualdad pero luego vemos ejemplos que nos muestran realmente cuál es su verdadera cara. Así pasó con la publicación en la revista Aleluya (editada por el Arzobispado de Valencia) de un artículo escrito por un sacerdote jubilado (¡era catedrático!) que usaba los siguientes argumentos para explicar el maltrato: “nadie ha confesado qué hicieron las víctimas, que más de una vez provocan con su lengua”, y sigue: “el varón, generalmente, no pierde los estribos por dominio, sino por debilidad, no aguanta más y reacciona descargando su fuerza, que aplasta a la provocadora”. Pero, además, las mujeres no sólo tenemos la culpa de provocar al hombre sino que este señor nos recuerda que durante el 2005 “por cada mujer muerta a manos de un hombre hubo 1.350 niños asesinados por voluntad de sus madres. Es peor”. Creo que ni las disculpas que luego hizo públicas el Arzobispado pueden esconder la ideología profundamente machista y reaccionaria que promulga la Iglesia y la religión en general en el mundo entero.
La cuestión de fondo
El sistema gana mucho dinero con la desigualdad. No olvidemos que las grandes multinacionales tienen gran parte de sus fábricas en países del tercer mundo en donde las desigualdades son mucho mayores y en donde no tienen escrúpulos en explotar incluso el trabajo infantil y casi esclavo y al que someten a millones de personas en el mundo.
¿Es acaso posible la igualdad bajo el capitalismo? La realidad es que la desigualdad aumenta cada vez más. La decadencia del capitalismo no sólo se revela en esa realidad socioeconómica sino también en una degradación moral que la clase dominante esparce por toda la sociedad. Los alarmantes y crecientes casos de violencia doméstica hunden sus raíces en un sistema en el que el individualismo y la ley de la selva son la norma más general. Pero paralelamente a eso surge la lucha y la solidaridad de clase. Es sobre esa base que la mujer trabajadora se librará, por fin, de la doble opresión que sufre bajo el capitalismo.
|