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La intensa congelación de las relaciones ruso-ucranianas PDF Imprimir E-Mail
escrito por Misha Steklov   
lunes, 06 de febrero de 2006
El 1 de enero Rusia se hizo cargo de la presidencia del grupo G8 de naciones industrializadas. En el primer punto del orden del día este año se encuentra la seguridad energética. Para el Kremlin esto significa que Rusia pueda suministrar a Europa y EEUU una mayor cantidad de gas, en particular, un oleoducto bajo el Mar Báltico para exportar gas a Alemania y la extracción de gas de un enorme yacimiento en el Mar de Barents que será transportado desde Murmansk a EEUU.

En la misma fecha, Rusia cortó el suministro de gas a Ucrania y a Europa, ya que el gobierno ucraniano vendía ese gas a Europa para el consumo doméstico. Este bloqueo fue el punto culminante de Gazprom, el monopolio estatal de gas ruso, en su intento de subir los precios a los antiguos estados soviéticos, que compran gas por debajo de los precios de mercado. La empresa ucraniana Neftegaz se negó a pagar, pidiendo a cambio un precio más elevado por el tránsito del gas ruso a través de su territorio hacia los mercados europeos. Después, la reacción de Europa obligó a Gazprom a volver a sentarse en la mesa de negociación y llegar a un acuerdo con Ucrania.

Nada de esto tiene que ver con los intereses comerciales de Gazprom; en realidad, la disputa podría perjudicar a Gazprom, que tenía la reputación de suministrador fiable durante la Guerra Fría. Ahora los políticos europeos están pidiendo una mayor diversidad en el suministro de gas, en concreto, importar gas natural licuado de Qatar y Argelia, así como promover recursos energéticos renovables.

Por lo tanto, el problema no es económico sino que se trata de la política exterior de Rusia y Occidente, y también de la política interior de la élite ucraniana. Se trata, por un lado, de la correlación de fuerzas en la antigua Unión Soviética, la rivalidad entre Rusia y Occidente por los recursos, intereses estratégicos y esferas de influencia y, por otro lado, los temblores secundarios de la “revolución naranja” sobre las relaciones entre Rusia y Occidente. Los dos aspectos de la cuestión están claramente vinculados. La llegada al poder hace un año del presidente Yushchenko en Ucrania fue el último ejemplo de un cambio de régimen apoyado por EEUU bajo el barniz de la democracia, aplicado primero en Belgrado contra Milosevic en octubre de 2000 y después en Georgia en diciembre de 2003.

La política interior ucraniana

Ucrania se encuentra en una profunda crisis y las elecciones parlamentarias serán el próximo mes de marzo. Por ahora no hay un claro favorito. Los grupos pro occidentales que se unieron en la revolución “naranja” hace un año están ahora divididos. Por otro lado, el partido prorruso encabezado por Víctor Yanukovich fue incapaz de capitalizar la crisis. Es posible que ninguna de las dos partes consiga la mayoría en las elecciones, dejando una coalición de gobierno frágil y vulnerable.

Independientemente de quién forme el próximo gobierno, los altos precios del gas dañarán a la industria ucraniana, que no es capaz de competir sin gas barato. La industria ucraniana se encuentra precisamente localizada en el Este del país, que mantiene estrechos lazos con Rusia, vinculada más con los grupos ucranianos que apoyan a Rusia que con los que apoyan a Occidente. El problema aquí para el capital ruso no es su remordimiento de conciencia por sus homólogos ucranianos. Todo lo contrario, ellos piensan que aplastando la competencia ucraniana en el sector metalúrgico podrán aumentar su parte en los mercados mundiales. Pero si estos activos ya no son rentables en manos de las empresas prorrusas podrían caer en manos del capital occidental.

Por lo tanto, es difícil predecir la configuración de fuerzas que saldrá después de las elecciones. En realidad es difícil predecir cómo se desarrollará el conflicto del gas. Esto ya ha llevado a Ucrania a ocupar una central eléctrica rusa en Crimea, provocando una guerra de palabras con el ejército ruso, y ha prohibido las importaciones rusas de productos cárnicos y lácteos a Ucrania con el pretexto de que la carne era reexportada después a Ucrania. La vida de la gente no le preocupa a la élite rusa, que sólo ve los pasillos del poder y la próxima jugada en la guerra del gas, que será un nuevo aumento de precios dentro de seis meses.

El callejón sin salida

del capitalismo

La realidad es que los precios del gas más elevados van en contra de los intereses de la industria en Rusia, así como en Ucrania. Pero el gobierno está presionando para la liberalización de precios, también en el transporte, electricidad y vivienda. A pesar de todos estos giros y cambios en la política exterior e interior de Rusia y sus antiguos satélites soviéticos, la imagen en todos los sitios es la misma: políticos mentirosos, caída de los niveles de vida y de la esperanza de vida, y que la industria y los oligarcas no pueden competir con el capital occidental. La razón principal por la cual la esfera de influencia rusa en Asia Central no desaparece, como ocurre también en el Mar Caspio, es la crisis global del imperialismo estadounidense. El colapso de la Unión Soviética dio al imperialismo occidental un respiro temporal ante el callejón sin salida del capitalismo global. Pero para las masas de la antigua URSS ha sido un completo desastre.

La URSS fue una caricatura del socialismo. El chovinismo de sus burocracias nacionales estalló en guerras en el Cáucaso y Asia Central, además de Yugoslavia. Pero ahora, la rivalidad imperialista está intensificando las tensiones nacionales en toda la antigua URSS, al mismo tiempo que la clase dominante de cada país está llevando a cabo una política antiobrera en su propia casa. Debajo de la indiferencia hacia los políticos burgueses en Rusia y en otras partes, la fea realidad de las guerras, las subidas de precios, el desempleo y el recorte en educación y sanidad, están creando las condiciones para una reacción contra el imperialismo y contra sus clases dominantes.

Misha Steklov

Moscú