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6. La pequeña empresa y la gran producción PDF Imprimir E-Mail
martes, 16 de diciembre de 2003
Los defensores de la economía del libre mercado destacan la pujanza de muchas empresas medianas, lo que contradice, según ellos, la tendencia a la concentración de la producción vaticinada por el marxismo.

Como tantas, ésta no deja de ser una afirmación gratuita. En los últimos diez años hemos asistido a una impresionante concentración de la producción en un número cada vez menor de empresas multinacionales, en prácticamente todos los sectores productivos: acero, automóvil, química, papel, aeronáutica, construcción naval, banca, hidrocarburos, telecomunicaciones, etc. “Sólo en la primera mitad de 1998, las absorciones empresariales en EEUU implicaron la astronómica cantidad de 949.000 millones de dólares. No menos del 20% de toda la actividad económica. En la primera mitad de 1999 hubo implicada una cantidad adicional de 570.000 millones de dólares en las fusiones. Esto no se limita a EEUU. En el mismo período, las fusiones en la UE alcanzaron los 346.000 millones de dólares. Y esta tendencia no muestra signos de reducirse. El proceso de fusiones en todo el mundo en los tres primeros trimestres de 1999 supuso el 16% más que en el mismo período del año anterior, alcanzando un nuevo récord de 2,2 billones de dólares, de acuerdo con Thompson Financial Securities” (Alan Woods, ‘En el filo de la navaja’, publicado en Marxismo Hoy nº 7, Fundación Federico Engels).

Actualmente son 200 grandes multinacionales, que cubren todos los sectores productivos, las que controlan las palancas fundamentales de la economía mundial, teniendo muchas de ellas un poder económico, e incluso político, superior a los de muchos Estados nacionales.

La plantilla media de estas grandes multinacionales como General Motors, Volkswagen, Glaxo, Boeing, Deutsche Bank, Toyota, General Electric, IBM, Microsoft, Telefónica, etc. alcanzan los 100.000, los 200.000 y hasta los 600.000 trabajadores, cifras desconocidas para las grandes empresas capitalistas de hace 80 ó 90 años, cuando supuestamente el marxismo todavía tenía alguna razón de ser.

El análisis más elemental demuestra que el predominio de la pequeña empresa en un país no significa más desarrollo, sino todo lo contrario. Los países capitalistas más desarrollados tienen una proporción mayor de grandes empresas que aquellos que, como el Estado español, representan un tipo de capitalismo más débil y atrasado. Esto se ve claramente si comparamos el desarrollo industrial español con el de los Estados Unidos, Japón o Alemania.

En realidad, nuestros críticos se han dejado deslumbrar por el boom económico de los últimos años, con la irrupción de nuevas ramas de producción donde, inicialmente, los pequeños capitales parecen tomar la delantera. Es la ilusión de todas las épocas de crecimiento acelerado de la producción capitalista. Pero como señala Marx: “Al desarrollarse la producción capitalista, aumenta el mínimo del capital individual necesario para explotar un negocio en condiciones normales. Los pequeños capitales afluyen a las esferas de producción de las que la gran industria no se ha adueñado aún o sólo lo ha hecho de manera imperfecta (...) Se produce la competencia en razón directa del número y en razón inversa del volumen de los capitales que rivalizan entre sí. La competencia termina siempre con la ruina de los pequeños capitalistas, cuyos capitales desaparecen o van a parar a las manos de los vencedores” (Marx, El Capital, Vol. I, pág. 570. Ed. Cubana).

La existencia de pequeños y medianos capitales siempre van a acompañar a la gran producción capitalista mientras dure este sistema, pero siempre condicionados y comprimidos en su desarrollo por las grandes empresas y multinacionales. Como afirma Rosa Luxemburgo: “De acuerdo con Marx, en la marcha general de la evolución capitalista, los pequeños capitales cumplen la función de ser los adelantados de la revolución técnica y ello en un sentido doble: tanto en lo relativo a la introducción de nuevos métodos de producción en ramas antiguas, establecidas y ya arraigadas, como en lo relativo a la creación de nuevas ramas productivas que aún no han sido explotadas por los grandes capitales (...) No hay que imaginarse la lucha entre la empresa mediana y el gran capital como una batalla periódica en la que se desvanece de modo directo y cuantitativo el destacamento de la parte más débil, sino, más bien, como una siega periódica de pequeños capitales, que vuelven a surgir rápidamente para ser segados de nuevo por la guadaña de la gran industria” (Rosa Luxemburgo, Reforma o Revolución, pág. 57, Obras escogidas, Vol. I. Ed. Ayuso, Madrid 1977).

En los últimos veinte años se han desarrollado nuevas ramas de producción que han adquirido una influencia de primer orden en la economía capitalista, como es el caso de los ordenadores y los programas informáticos. Así, Microsoft, surgió en el interior de un pequeño garaje en Seattle, de la mano de un joven emprendedor como Bill Gates. Veinte años después, de todas las pequeñas empresas innovadoras en este campo de la producción capitalista, sólo Microsoft y alguna más han sobrevivido, transformándose en multinacionales que emplean a miles de trabajadores. Es una prueba más de la tendencia inevitable a la gran producción y del papel dirigente de ésta en la economía capitalista.

La ‘descentralización’ de la producción y la ‘disminución’ de los obreros industriales

Está de moda entre los detractores del marxismo sostener la afirmación de que, poco a poco, la gran producción está dejando paso a unidades de producción más pequeñas, con lo que la concentración industrial de los trabajadores se reduce de tamaño y por tanto la conciencia de los mismos.

Sobre el tema de la conciencia volveremos más adelante. En cuanto a lo demás, reafirmamos lo que hemos explicado en el anterior apartado, que deja a las claras la tendencia a la gran producción y a la concentración del capital en todas las esferas productivas.

Aquí, de nuevo, nuestros críticos incurren en una gran confusión e ignorancia. Esta gente identifica la disminución coyuntural de trabajadores empleados en una fábrica, como consecuencia de la sustitución de obreros por máquinas cada vez más perfeccionadas, con un paso atrás en las tendencias de la economía capitalista antes descritas. Al contrario, la sustitución de trabajadores por máquinas (algo que forma parte inseparable de la historia del capitalismo) lleva siempre aparejado un aumento de la escala de producción de mercancías de esa fábrica particular. No hay nada nuevo en este fenómeno. Marx analiza en El Capital, con todo detalle, cómo el aumento de la fuerza productiva del capital se consigue aumentando la parte constante del capital (las máquinas), a costa de disminuir su parte variable (trabajadores). Esta disminución del capital variable puede ser relativa (con el mismo número de trabajadores, o incluso con más trabajadores, producir una cantidad mayor de mercancías por obrero empleado), o absoluta (disminución del número de obreros empleados produciendo una cantidad mayor de mercancías). En cualquier caso la potencia productiva del capital siempre aumenta.

De cualquier manera, el número de obreros es un elemento muy flexible en una empresa, estando indisolublemente ligado a la coyuntura económica. Así, la Seat de Barcelona tenía unos 20.000 obreros antes de la crisis de 1993, cuando la dirección de Volkswagen despidió a la mitad de la plantilla para quedarse con 10.000 trabajadores en su nueva fábrica de Martorell. Ahora trabajan en esta fábrica unos 14.000 obreros, produciendo una cantidad de coches muy superior a la que producía anteriormente con 20.000.

Actualmente existen en el Estado español unos tres millones de obreros industriales fabriles (sin incluir el sector de la construcción, transportes y telecomunicaciones, lo que daría una cifra muy superior), la misma cantidad que hace ocho años.

La disminución de trabajadores en una fábrica choca con dos limitaciones. Por un lado, siempre se necesitará un número mínimo de trabajadores para poder mantener en funcionamiento la producción. Y en segundo lugar, en la medida que el beneficio capitalista proviene de la plusvalía extraída a los trabajadores, siempre necesitará un mínimo de éstos para poder mantener la tasa y la masa de beneficios (por supuesto, a costa de aumentar la sobreexplotación de estos trabajadores) pues, como explica Marx, la máquina no crea plusvalía, se limita a transferir a la mercancía su propio valor.

Aquí el sistema capitalista se enfrenta a una nueva contradicción. Si aumente indefinidamente la fuerza productiva en una rama industrial sustituyendo a trabajadores por máquinas, esto llevaría un descenso paulatino en la tasa de beneficios y, tarde o temprano, en la masa de beneficios, lo que iría contra el interés mismo de la producción capitalista, que es el aumento continuado del beneficio privado. Llegado a un punto tienen que limitar las innovaciones técnicas en el proceso de trabajo, lo que convierte al régimen capitalista en un freno para el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo. El desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo entra así en contradicción con el beneficio capitalista. Por otro lado, si la mayor parte de la clase obrera quedara apeada del trabajo productivo, eso sólo podría conducir a una revolución.

Por eso el capital, so pena de perecer, y espoleado por la búsqueda del beneficio, debe encontrar incesantemente nuevos campos de producción, crear nuevas ramas productivas donde explotar a nuevos trabajadores para producir nueva plusvalía. Así, mientras que por un lado, desciende el número de obreros en determinadas ramas industriales, por otro lado se crean otras nuevas con la ocupación de una masa creciente de obreros asalariados.

Hace veinte años el número de obreros del automóvil era muchísimo mayor que el número de obreros ocupados en el sector de las llamadas tecnologías de información (informática), que era una rama industrial relativamente reciente. Hoy en cambio, en los Estados Unidos trabajan en este sector más de nueve millones de personas, muchas más que en la industria del automóvil.

“La composición de la clase obrera cambia constantemente con cada modificación del proceso productivo. La actual generación de trabajadores de la industria de ordenadores trabajan de un modo diferente al de los trabajadores de una cadena de montaje de la Ford. Pero la diferencia es sólo relativa. No han dejado de ser trabajadores que venden su fuerza de trabajo para poder vivir. Más aún, la diferencia entre las diferentes ramas de la producción se están estrechando continuamente. Las condiciones de trabajo en las grandes oficinas y centrales telefónicas, donde un gran número de trabajadores están concentrados trabajando con ordenadores, se asemejan a las de las grandes fábricas. De hecho, las condiciones entre los primeros son, frecuentemente, mucho peor” (Alan Woods y Ted Grant, La lucha de clases y el ciclo económico).

La llamada descentralización o externalización de la producción en determinadas ramas industriales, que se manifiesta en fenómenos como la subcontratación de determinadas tareas productivas fuera de la empresa o industria matriz, es un instrumento que éstas utilizan para reducir costos y aumentar sus márgenes de beneficio, mediante el abaratamiento de las mercancías producidas por estas subcontratas a través de la sobreexplotación de los obreros que trabajan en ellas. En muchas ocasiones los propios obreros de las subcontratas trabajan, codo con codo, con los obreros de la empresa contratante, formando en realidad una misma masa obrera.

En cualquier caso, la independencia de estas empresas subcontratistas es completamente ficticia. Dependen absolutamente de la gran empresa a la que prestan su servicio, sin la cual no podrían existir. La subcontratación es un disfraz que oculta el dominio absoluto de la gran producción. Si echáramos un vistazo a la composición accionarial de muchas de estas subcontratas veríamos cómo, incluso, el control decisivo lo tienen las grandes empresas para las que trabajan.