60 Aniversario del asesinato de León Trotsky.

20  de octubre 2000 

Trotsky y la lucha contra el fascismo

 

 Miriam Municio

Si hacemos caso de la historiografía burguesa, si nos guiamos por lo que nos dicen en los libros de texto o en las facultades de Historia, no iremos mucho más allá de una explicación superficial, psicológica y, en muchos casos, interesada de lo que significó el fascismo en los años 30. Nos darán una explicación ajena a la lucha de clases y ajena al contexto de revoluciones y contrarrevoluciones que se vivía en ese período.

Si seguimos esa versión oficial, lo único que nos queda es asumir como inevitable que, de vez en cuando, en uno u otro lugar del planeta, aparezca un personaje sangriento e incontrolado que pueda poner en jaque la "estabilidad" y la "convivencia democrática y pacífica" en este sistema y la vida de millones de seres humanos. Es algo común explicar la II Guerra Mundial como una guerra de liberación contra el fascismo, en la que la democracia era el objetivo fundamental de las potencias enfrentadas a Hitler. Lejos de ser una guerra por la democracia, la II GM no fue más que una guerra reaccionaria, en la que se puso de manifiesto una vez más los intereses contrapuestos de las distintas burguesías a nivel internacional a la hora de repartirse los mercados. Durante años, los capitalistas europeos, fundamentalmente los británicos (interesados en debilitar el predominio francés en Europa), habían estado armando a Hitler sin ningún remordimiento de conciencia. De la noche a la mañana, aparecieron los escrúpulos y se pasaron al bando de la "democracia".

Sin embargo, ya en los años 30, Trotsky analizó y explicó de forma brillante ese nuevo fenómeno político que amenazaba a la clase obrera y que surgía con fuerza en Europa: el fascismo, "la continuación del capitalismo, un esfuerzo por perpetuar su existencia mediante las medidas más bestiales y monstruosas" (La lucha contra el fascismo en Alemania, Trotsky, todas las citas están tomadas de la misma fuente). Sólo partiendo de este análisis era posible armar a la clase obrera para combatir el fascismo eficazmente.

La revolución en Alemania

Alemania es obligada, tras la derrota en la I Guerra Mundial y por el Tratado de Versalles, a pagar los destrozos ocasionados a los países vencedores (Francia, Gran Bretaña, EEUU) y a reducir su ejército. Se busca humillarla y evitar su resurgimiento como potencia europea. Esto significará para su dañada economía más de 6.600 millones de libras esterlinas, que intentará sacar de los obreros alemanes. Esa situación abre un periodo revolucionario en el país.

En el mes de octubre de 1918 los marinos de Kiel se amotinan, y esta es la chispa para que se desencadene un movimiento revolucionario que se extenderá por toda Alemania. Se eligen consejos de obreros y soldados y el 9 de noviembre las calles de Berlín son tomadas por las masas sin que nadie pueda frenarlas. El Kaiser (el emperador) cae y hay una situación de doble poder. Sin embargo, los dirigentes de la socialdemocracia (con Ebert a la cabeza), que han abandonado la lucha por la tranformación revolucionaria de la sociedad, se dedicarán a dinamitar la revolución. La burguesía utilizará a los dirigentes obreros (se forma un gobierno del SPD, Partido Socialdemócrata Alemán, y del USPD, partido socialdemócrata de izquierdas) para frenar a los trabajadores, boicotear los consejos obreros, recomponer el Estado burgués, asesinar a la vanguardia del movimiento obrero alemán (en primer lugar a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht) y hacer triunfar la contrarrevolución capitalista, en enero de 1919. La socialdemocracia una vez más había sido el mejor aliado del capitalismo.

A pesar de todo la clase obrera alemana volvió a la carga en 1923. Ninguno de sus problemas fundamentales habían desaparecido. Además la burguesía francesa había ocupado la zona del Rühr como castigo al impago de las indemnizaciones impuestas a Alemania tras la guerra, lo que agravó la situación de la economía, empeorando las condiciones de los trabajadores y también de las capas medias; éstas veían cómo se empobrecían vertiginosamente. Así, estalló la revolución nuevamente. La dirección del Partido Comunista Alemán (KPD, creado en diciembre de 1918), en lugar de preparar la insurrección de forma decidida, como planteaba Trotsky, frenará a los trabajadores. Bradler y el resto de dirigentes comunistas, asesorados por Stalin y Zinoviev, sobrestima la fortaleza del fascismo y defiende una postura de no provocar a la reacción. El resultado de esta postura que rehuía la toma del poder y que demostraba, entre otras cosas, la falta de confianza en la capacidad de lucha de la clase obrera, es precisamente un fortalecimiento del fascismo. De hecho, el porcentaje de los votos sumados de SPD y KPD cae del 45% de 1919 al 33% en las elecciones de 1924. En el año 1930 Trotsky avisaba de que "el error contrario, es decir, la subestimación del fascismo por la dirección actual del partido comunista, puede llevar a la revolución a una derrota todavía mucho más grave para muchos años". Desgraciadamente, esta advertencia, se vería confirmada en 1933 con el ascenso de Hitler al poder.

Los efectos de la recesión

Las revoluciones de 1918 y 1923 fueron una oportunidad para sacar a la URSS de su aislamiento y cambiar la correlación de fuerzas a favor de los trabajadores. Sin embargo, al haber sido derrotadas, se dio un periodo de recuperación y de cierta estabilidad del capitalismo, entre 1925 y 1929, en realidad un breve paréntesis que terminó de forma brusca con el crash del 29 y la recesión económica.

La economía americana cayó en tres años un 30%. Este desplome tuvo consecuencias en Europa, incluyendo, por supuesto, Alemania, que dependía enormemente de las inversiones de capital extranjero. Entre 1929 y 1932 las exportaciones alemanas pierden el 62% de su volumen y un 45% de su valor, los salarios caen a la mitad. Los parados, que en 1927 son 2.700.000, pasa a 3.800.000 en 1930, llegando la cifra en 1932 (en plena crisis económica europea) a 5.200.000. Precisamente en ese año hay un aumento espectacular de los votos al partido nacionalsocialista, que pasó de 810.100 votos en 1928 a 6.409.600 en septiembre de 1930 y, en julio de 1932, a 13.745.800 votos.

Es en ese contexto de crisis profunda del capitalismo cuando el fascismo adquiere importancia. En 1934 Trotsky hablaba del fascismo como el "eslabón final de un ciclo político", que consistía en " la más grave crisis de la sociedad capitalista; el aumento de la radicalización de la clase obrera; el crecimiento de la simpatía hacia la clase obrera y un deseo de cambio por parte de la pequeña burguesía rural y urbana; la confusión extrema de la gran burguesía; sus maniobras cobardes y traidoras dirigidas a evitar el clímax revolucionario; el agotamiento del proletariado; la confusión e indiferencia crecientes; la agravación de la crisis social; la desesperación de la pequeña burguesía; su disposición a creer en milagros; su disposición a medidas violentas; el aumento de la hostilidad hacia el proletariado, que ha decepcionado sus expectativas. Éstas son las premisas para una rápida formación de un partido fascista y su victoria". Esto es lo que vimos en la Alemania de los años 20 y 30. Nada que ver con la maldad individual de un personaje, que lo explicaría todo.

El fascismo aparece en escena cuando el sistema no puede seguir manteniendo su dominación por los métodos tradicionales, es decir, a través de la democracia burguesa, y, por su parte, la clase obrera –carente de dirección revolucionaria– es incapaz de tomar el poder y derrocar al capitalismo. La única posibilidad que tiene el capitalismo de seguir existiendo es "liberarse definitivamente de la presión de las organizaciones obreras, debe barrerlas, aniquilarlas, dispersarlas" e "impedir todo renacimiento de las mismas, (...) la única vía para conseguirlo consiste en oponer a la presión del proletariado –cuando ésta se relaja– la presión de las masas pequeñoburguesas abocadas a la desesperación. Es precisamente este sistema particular de la reacción capitalista el que ha entrado en la historia con el nombre de fascismo". Esta es la tarea encomendada al fascismo, frenar la revolución y sobre la base del aplastamiento y atomización de la clase obrera recomponer la tasa de beneficios de la burguesía. De hecho, la producción en Alemania recuperó en 1936 los niveles de 1929 y en 1939 los superó un 33%, el paro prácticamente desapareció, pero todo ello sobre la base de la sobreexplotación de la clase obrera y de la destrucción del movimiento obrero organizado. Sólo un dato: el salario medio por hora de un obrero cualificado pasará de 95,5 pfennings en 1928 a 70,5 en 1933, llegando a 80,8 pfennings en 1942, es decir, todavía muy por debajo de los salarios de antes de la crisis.

Frente a esto vemos cómo el régimen nazi se amoldaba perfectamente a los intereses de los capitalistas. Por ejemplo, en plena II Guerra Mundial el grupo de empresas Flick, dedicado a la producción de obuses y bazokas, sacó jugoso beneficio de un contrato con el Estado. Este estaba dispuesto a pagar cada obús a 24 reichmarks (RM), la empresa pedía 39,25 RM, y finalmente el Estado pagó 37 RM por obus.

El fascismo no es simplemente una dictadura, sino una forma especial que se caracteriza por el aplastamiento de todas las organizaciones de la clase obrera. La apuesta por el fascismo siempre es el último recurso de la clase dominante, ya que entraña claros riesgos y necesita de un movimiento de masas en el que basarse para el aplastamiento físico de la clase obrera. La gran burguesía es una pequeña parte de la población, por lo que tendrá que apoyarse en la pequeña burguesía del campo y de la ciudad –arruinada y desesperada– para mantenerse. Como diría Trotsky, "si el partido comunista es el partido de la esperanza revolucionaria, el fascismo, en tanto que movimiento de masas, es el partido de la desesperación contrarrevolucionaria" que arrastrará a la pequeña burguesía y a sectores del proletariado. En la medida en que esos sectores no encuentran una alternativa revolucionaria giran hacia la reacción.

La pequeña burguesía es una clase explotada que se encuentra entre las dos clases fundamentales, burguesía y proletariado, oscilando entre ellas. Y sólo con una política decidida del proletariado es posible arrancarla de los brazos de la reacción. Precisamente esto es lo que no ocurrió en la Alemania de los años treinta.

Frente Único

La pregunta fundamental es ¿cómo es posible que el fascismo triunfara precisamente en el país donde el proletariado era más numeroso y estaba más organizado? En 1930 la federación de sindicatos vinculada al SPD tenía más de cinco millones de afiliados, y a pesar del ascenso electoral de los nazis en ese año –6.409.600 votos– todavía los votos de SPD y KPD, juntos, doblaban a los de Hitler. La victoria del nazismo se debió a la terrible crisis económica y social que asolaba Alemania, pero, fundamentalmente, a la ausencia de un verdadero partido revolucionario. El proletariado alemán había intentado tomar el poder varias veces, y siempre la política de sus direcciones le llevó al fracaso.

El KPD había aumentado en militancia y en respaldo electoral, pero todavía tenía por delante la tarea más importante y de la que dependía el futuro de la revolución: ganar a la base del partido socialdemócrata con una política revolucionaria.

La socialdemocracia, que ya en 1914 se había pasado definitivamente a la filas de la burguesía –apoyando la I Guerra Mundial sin ningún reparo–, mantenía una enorme influencia entre los trabajadores a pesar de su política de colaboración de clases y de defensa del capitalismo. Por ejemplo, el Gobierno regional de Prusia (que agrupaba a dos terceras partes de la población alemana, e incluía Berlín) estuvo en manos del SPD prácticamente de forma ininterrumpida desde 1920 hasta 1932. La socialdemocracia era la primera fuerza electoral y sindical en Alemania. Sin embargo, los trabajadores, bajo esta dirección, que confiaba en la burguesía democrática y en sus instituciones para frenar al fascismo, no podían hacer frente a este. La política del KPD debía orientarse de forma decidida y compañera a la base socialdemócrata para poder eliminar la influencia perniciosa de los dirigentes del SPD entre millones de trabajadores. Es decir, el partido comunista alemán tenía que poner en práctica la táctica del Frente Único de los trabajadores frente al enemigo común: el capitalimo y el fascismo. A finales de 1931 Trotsky explicaba perfectamente esto: "La aplastante mayoría de los obreros socialdemócratas quiere pelear contra los fascistas, pero, por el momento, todavía, únicamente junto con sus organizaciones. Es imposible saltar esta etapa. Debemos ayudar a los obreros socialdemócratas a verificar en la práctica (...) lo que valen sus organizaciones y sus jefes cuando hay una cuestión de vida o muerte para la clase obrera"; más adelante continúa: "los acuerdos electorales, los regateos parlamentarios concluidos entre el partido revolucionario y la socialdemocracia suelen servir, por regla general, a la segunda. Un acuerdo práctico de cara a acciones de masas, por objetivos de lucha, se hace siempre en provecho del partido revolucionario. (...) En fin, hay que poner a punto rápidamente un conjunto práctico de medidas, no con el fin de "desenmascarar" a la socialdemocracia (ante los comunistas) sino con el objetivo de luchar efectivamente contra el fascismo. (...) El programa de acción debe ser puramente práctico, puramente concreto (...) para que todo obrero socialdemócrata pueda decirse: lo que proponen los comunistas es absolutamente indispensable para la lucha contra el fascismo. Sobre esta base, hay que arrastrar con el ejemplo a los obreros socialdemócratas y criticar a sus jefes que, inevitablemente, se opondrán al movimiento y lo frenarán. Sólo en esta vía es posible la victoria". Esta era la posición de Trotsky y la que los bolcheviques tenían en 1917 para ganarse a la mayoría de los trabajadores y campesinos rusos a las filas de la revolución.

Sin embargo, la política dictada por Moscú y la Internacional Comunista (IC) andaba bastante alejada de todo esto. Ya en 1924 Stalin estableció la teoría del socialismo en un solo país, olvidándose del internacionalismo más elemental. En el Congreso de la IC de 1928, se aprobó la política del "Tercer Periodo". Tras el primer periodo de crisis del capitalismo y levantamientos revolucionarios, de 1917 a 1924, y el segundo periodo, entre 1924 y 1928, de estabilidad capitalista, había llegado el "tercer periodo", que significaría el colapso del capitalismo a nivel mundial. De esto los estalinistas deducían que la socialdemocracia era exactamente lo mismo que el fascismo, puesto que ambos eran utilizados por la burguesía para mantener su sistema. Los socialdemócratas se habían convertido en "socialfascistas" y, por tanto, eran el enemigo a batir. Trotsky combatió esta locura ultraizquierdista que sólo llevaba al enfrentamiento y a la división de los obreros socialdemócratas y comunistas. Pero en julio de 1929 el XII Congreso del KPD aceptaba la teoría del "socialfascismo", y a partir de aquí se le despejaba el camino a Hitler para su definitiva victoria en 1933.

En 1931 los nazis pretendían desestabilizar la situación, hacer caer el Gobierno y así obligar a la burguesía (que estaba dividida) a apostar, ya, por el fascismo. Para ello organizaron un referéndum con el objetivo de echar del Gobierno de Prusia a los socialdemócratas. Increíblemente la política sectaria del KPD les llevó a apoyar este referéndum, que llamaron "referéndum rojo", votando conjuntamente con los nazis frente al Gobierno socialdemócrata. No lo consiguieron, pero esto tuvo un efecto de desorientar a los trabajadores, y sobre todo lo que consiguieron fue el desprestigio del KPD y aumentar la desconfianza de los trabajadores socialdemócratas hacia los comunistas.

La política de frente único no podía realizarse de cualquier manera. No se trataba de ganar a los ya convencidos, o de proponer pactos por arriba –sin el debate y la participación de los trabajadores, por abajo– que se sabía que iban a ser rechazados, para de esta manera justificar su posición y reforzar el sectarismo. De hecho, esto último es lo que hizo el dirigente del KPD, Thaelmann. Propuso al Gobierno prusiano del SPD una alianza frente al fascismo. Como era previsible la socialdemocracia lo rechazó, pero la dirección comunista, lejos de aprovechar esto para explicar pacientemente a la base socialdemócrata, dio un bandazo, apoyando a los nazis en el referéndum contra el Gobierno prusiano. Esto era una aventura, pues, a pesar de la crisis existente, la situación no permitía que el recambio de ese Gobierno fueran comunistas, sino que quienes podían beneficiarse eran los nazis.

El ascenso de Hitler

Mientras tanto la crisis se agudizaba; el burgués Brüning, que tenía el apoyo de la socialdemocracia, gobernaba Alemania a través de decretos de emergencia. Sin embargo, esto no era suficiente para los capitalistas; en junio de 1932 se ve obligado a dimitir y se nombra canciller a Von Papen. Será un régimen de dictadura bonapartista, basado en la policía y el ejército, un último intento de la gran burguesía alemana por mantener su posición sin necesidad de acudir abiertamente a Hitler, es decir, por evitar un régimen fascista cien por cien, que pudiera provocar una respuesta de las masas y una guerra civil. Las primeras medidas de Von Papen son levantar la prohibición de que existan bandas armadas nazis y convocar elecciones para el mes de julio. Los nazis organizan una provocación, celebran una marcha en Hamburgo en la que se producen incidentes y hay varios muertos; esta es la excusa perfecta para que Von Papen desautorice al Gobierno de Prusia y asuma sus funciones. Los trabajadores dispuestos a la lucha, una vez más, ven cómo su dirección mayoritaria (SPD) en el último momento se echa para atrás, mientras que el KPD hace un llamamiento a la huelga general que no es secundado, entre otras cosas porque los trabajadores desconfían de ellos tras el lamentable episodio del "referéndum rojo".

En las elecciones de julio los nazis serán los más votados, con 13.745.800 votos, y por primera vez tendrán más votos que los partidos obreros juntos. El tono que toman los acontecimientos indica un reforzamiento de la reacción ante la parálisis de la clase obrera. Las cosas estaban mal, pero la verdad era que la clase obrera no había entrado en acción. Que esto cambiara estaba en las manos de los dirigentes del KPD.

En este contexto Trotsky insistía en la necesidad de un frente único defensivo contra el fascismo, de hecho existía un sentimiento de unidad entre la base de las organizaciones obreras. En enero de 1933, cuando Hitler ya había sido nombrado canciller y había convocado unas elecciones-farsa (los mítines y la prensa del KPD fueron prohibidos), Trotsky escribía: "en muchas localidades, los obreros ya han insinuado la forma de organización del frente único, como una especie de consorcio defensivo basado en todas las organizaciones e instituciones proletarias locales. Esta es una iniciativa que hay que tomar, profundizar, consolidar y extender hasta cubrir los centros industriales vinculándolos mutuamente y preparando un congreso obrero alemán de defensa"; además reivindicaba comités de defensa, armar a los trabajadores, insistía en que "la lucha por el pan diario, extendida y agudizada, conduce directamente, en las condiciones actuales, a la lucha por el control obrero de la producción, [que] puede y debe convertirse en la consigna del frente único". Llevar a la práctica esta consigna significaba crear organismos de doble poder en las fábricas, que serían un primer paso hacia el derrocamiento del régimen burgués y su sustitución por un régimen obrero.

Nada de esto pasó y por primera vez el fascismo pudo llegar al poder sin ninguna resistencia por parte de los trabajadores. Inmediatamente las organizaciones obreras fueron machacadas, mientras se preparaba una nueva masacre: la II Guerra Mundial. Alemania necesitaba aumentar sus mercados e inició su expansión hacia Austria, Checoslovaquia... Esta expansión entraría en contradicción con los intereses del resto de burguesías, que no podía permitir el crecimiento descontrolado de una gran potencia hegemónica en pleno centro de Europa.

Del ‘socialfascismo’ a la colaboración de clases

Volviendo a 1933, la Internacional Comunista y el KPD, en lugar de sacar la lecciones necesarias y reconocer la terrible derrota sufrida por el proletariado alemán, se muestran totalmente incapaces, reafirmándose en su actuación y lanzado la consigna de "¡después de Hitler nos toca a nosotros!". Ni un solo partido comunista contradice la postura oficial de Moscú, no hay ni una sola crítica: la Internacional Comunista estaba muerta. Esto es lo que llevará a Trotsky a modificar la posición que venía manteniendo. Él confiaba en la posibilidad de una reforma de los partidos comunistas y del régimen soviético. A partir de 1933, Trotsky concentrará sus fuerzas en poner la bases para la construcción de una nueva Internacional revolucionaria, y hablará de la necesidad de una revolución política en la URSS que devuelva a los trabajadores el poder y el control de la sociedad , que la burocracia estalinista –más preocupada en mantener sus privilegios que en el triunfo de la revolución fuera de la URSS– había usurpado.

De la locura ultraizquierdista del "socialfascismo" el estalinismo pasó, en el último congreso de la IC, en 1935, a defender la política del Frente Popular. Esta política consistía en alianzas entre los partidos obreros y los burgueses. Bajo el manto del frentepopulismo se escondía el abandono de una política de independencia de clase y la asunción de un programa burgués. Esto fue lo que ocurrió, por ejemplo, en la España de la segunda mitad de los años 30. El programa del Frente Popular español, elaborado en 1936, no era más que el programa de la burguesía; los votos al Frente eran votos obreros que iban a parar a manos de la burguesía. Una vez más la dirección comunista descarrilaba la posibilidad de una revolución proletaria, desorientando a la clase obrera y fomentando falsas esperanzas en la llamada burguesía progresista.

La revolución española de 1936-37 se produjo a pesar de esa política. La experiencia del fascismo en Alemania y Austria impulsó al proletariado español a levantarse en armas contra Franco. Estos trabajadores protagonizaron la última oportunidad para evitar lo que sería la II Guerra Mundial.