Miriam
Municio
Si hacemos
caso de la historiografía burguesa, si nos guiamos por lo que
nos dicen en los libros de texto o en las facultades de
Historia, no iremos mucho más allá de una explicación
superficial, psicológica y, en muchos casos, interesada de lo
que significó el fascismo en los años 30. Nos darán una
explicación ajena a la lucha de clases y ajena al contexto de
revoluciones y contrarrevoluciones que se vivía en ese
período.
Si seguimos esa versión oficial, lo único
que nos queda es asumir como inevitable que, de vez en cuando,
en uno u otro lugar del planeta, aparezca un personaje
sangriento e incontrolado que pueda poner en jaque la
"estabilidad" y la "convivencia democrática y
pacífica" en este sistema y la vida de millones de seres
humanos. Es algo común explicar la II Guerra Mundial como una
guerra de liberación contra el fascismo, en la que la
democracia era el objetivo fundamental de las potencias
enfrentadas a Hitler. Lejos de ser una guerra por la
democracia, la II GM no fue más que una guerra reaccionaria,
en la que se puso de manifiesto una vez más los intereses
contrapuestos de las distintas burguesías a nivel
internacional a la hora de repartirse los mercados. Durante
años, los capitalistas europeos, fundamentalmente los
británicos (interesados en debilitar el predominio francés
en Europa), habían estado armando a Hitler sin ningún
remordimiento de conciencia. De la noche a la mañana,
aparecieron los escrúpulos y se pasaron al bando de la
"democracia".
Sin embargo, ya en los años 30, Trotsky
analizó y explicó de forma brillante ese nuevo fenómeno
político que amenazaba a la clase obrera y que surgía con
fuerza en Europa: el fascismo, "la continuación del
capitalismo, un esfuerzo por perpetuar su existencia mediante
las medidas más bestiales y monstruosas" (La lucha
contra el fascismo en Alemania, Trotsky, todas las citas
están tomadas de la misma fuente). Sólo partiendo de este
análisis era posible armar a la clase obrera para combatir el
fascismo eficazmente.
La revolución en Alemania
Alemania es obligada, tras la derrota en la
I Guerra Mundial y por el Tratado de Versalles, a pagar los
destrozos ocasionados a los países vencedores (Francia, Gran
Bretaña, EEUU) y a reducir su ejército. Se busca humillarla
y evitar su resurgimiento como potencia europea. Esto
significará para su dañada economía más de 6.600 millones
de libras esterlinas, que intentará sacar de los obreros
alemanes. Esa situación abre un periodo revolucionario en el
país.
En el mes de octubre de 1918 los marinos de
Kiel se amotinan, y esta es la chispa para que se desencadene
un movimiento revolucionario que se extenderá por toda
Alemania. Se eligen consejos de obreros y soldados y el 9 de
noviembre las calles de Berlín son tomadas por las masas sin
que nadie pueda frenarlas. El Kaiser (el emperador) cae y hay
una situación de doble poder. Sin embargo, los dirigentes de
la socialdemocracia (con Ebert a la cabeza), que han
abandonado la lucha por la tranformación revolucionaria de la
sociedad, se dedicarán a dinamitar la revolución. La
burguesía utilizará a los dirigentes obreros (se forma un
gobierno del SPD, Partido Socialdemócrata Alemán, y del USPD,
partido socialdemócrata de izquierdas) para frenar a los
trabajadores, boicotear los consejos obreros, recomponer el
Estado burgués, asesinar a la vanguardia del movimiento
obrero alemán (en primer lugar a Rosa Luxemburgo y Karl
Liebknecht) y hacer triunfar la contrarrevolución
capitalista, en enero de 1919. La socialdemocracia una vez
más había sido el mejor aliado del capitalismo.
A pesar de todo la clase obrera alemana
volvió a la carga en 1923. Ninguno de sus problemas
fundamentales habían desaparecido. Además la burguesía
francesa había ocupado la zona del Rühr como castigo al
impago de las indemnizaciones impuestas a Alemania tras la
guerra, lo que agravó la situación de la economía,
empeorando las condiciones de los trabajadores y también de
las capas medias; éstas veían cómo se empobrecían
vertiginosamente. Así, estalló la revolución nuevamente. La
dirección del Partido Comunista Alemán (KPD, creado en
diciembre de 1918), en lugar de preparar la insurrección de
forma decidida, como planteaba Trotsky, frenará a los
trabajadores. Bradler y el resto de dirigentes comunistas,
asesorados por Stalin y Zinoviev, sobrestima la fortaleza del
fascismo y defiende una postura de no provocar a la reacción.
El resultado de esta postura que rehuía la toma del poder y
que demostraba, entre otras cosas, la falta de confianza en la
capacidad de lucha de la clase obrera, es precisamente un
fortalecimiento del fascismo. De hecho, el porcentaje de los
votos sumados de SPD y KPD cae del 45% de 1919 al 33% en las
elecciones de 1924. En el año 1930 Trotsky avisaba de que
"el error contrario, es decir, la subestimación del
fascismo por la dirección actual del partido comunista, puede
llevar a la revolución a una derrota todavía mucho más
grave para muchos años". Desgraciadamente, esta
advertencia, se vería confirmada en 1933 con el ascenso de
Hitler al poder.
Los efectos de la recesión
Las revoluciones de 1918 y 1923 fueron una
oportunidad para sacar a la URSS de su aislamiento y cambiar
la correlación de fuerzas a favor de los trabajadores. Sin
embargo, al haber sido derrotadas, se dio un periodo de
recuperación y de cierta estabilidad del capitalismo, entre
1925 y 1929, en realidad un breve paréntesis que terminó de
forma brusca con el crash del 29 y la recesión
económica.
La economía americana cayó en tres años
un 30%. Este desplome tuvo consecuencias en Europa,
incluyendo, por supuesto, Alemania, que dependía enormemente
de las inversiones de capital extranjero. Entre 1929 y 1932
las exportaciones alemanas pierden el 62% de su volumen y un
45% de su valor, los salarios caen a la mitad. Los parados,
que en 1927 son 2.700.000, pasa a 3.800.000 en 1930, llegando
la cifra en 1932 (en plena crisis económica europea) a
5.200.000. Precisamente en ese año hay un aumento
espectacular de los votos al partido nacionalsocialista, que
pasó de 810.100 votos en 1928 a 6.409.600 en septiembre de
1930 y, en julio de 1932, a 13.745.800 votos.
Es en ese contexto de crisis profunda del
capitalismo cuando el fascismo adquiere importancia. En 1934
Trotsky hablaba del fascismo como el "eslabón final de
un ciclo político", que consistía en " la más
grave crisis de la sociedad capitalista; el aumento de la
radicalización de la clase obrera; el crecimiento de la
simpatía hacia la clase obrera y un deseo de cambio por parte
de la pequeña burguesía rural y urbana; la confusión
extrema de la gran burguesía; sus maniobras cobardes y
traidoras dirigidas a evitar el clímax revolucionario; el
agotamiento del proletariado; la confusión e indiferencia
crecientes; la agravación de la crisis social; la
desesperación de la pequeña burguesía; su disposición a
creer en milagros; su disposición a medidas violentas; el
aumento de la hostilidad hacia el proletariado, que ha
decepcionado sus expectativas. Éstas son las premisas para
una rápida formación de un partido fascista y su
victoria". Esto es lo que vimos en la Alemania de los
años 20 y 30. Nada que ver con la maldad individual de un
personaje, que lo explicaría todo.
El fascismo aparece en escena cuando el
sistema no puede seguir manteniendo su dominación por los
métodos tradicionales, es decir, a través de la democracia
burguesa, y, por su parte, la clase obrera –carente de
dirección revolucionaria– es incapaz de tomar el poder y
derrocar al capitalismo. La única posibilidad que tiene el
capitalismo de seguir existiendo es "liberarse
definitivamente de la presión de las organizaciones obreras,
debe barrerlas, aniquilarlas, dispersarlas" e
"impedir todo renacimiento de las mismas, (...) la única
vía para conseguirlo consiste en oponer a la presión del
proletariado –cuando ésta se relaja– la presión de las
masas pequeñoburguesas abocadas a la desesperación. Es
precisamente este sistema particular de la reacción
capitalista el que ha entrado en la historia con el nombre de
fascismo". Esta es la tarea encomendada al fascismo,
frenar la revolución y sobre la base del aplastamiento y
atomización de la clase obrera recomponer la tasa de
beneficios de la burguesía. De hecho, la producción en
Alemania recuperó en 1936 los niveles de 1929 y en 1939 los
superó un 33%, el paro prácticamente desapareció, pero todo
ello sobre la base de la sobreexplotación de la clase obrera
y de la destrucción del movimiento obrero organizado. Sólo
un dato: el salario medio por hora de un obrero cualificado
pasará de 95,5 pfennings en 1928 a 70,5 en 1933, llegando a
80,8 pfennings en 1942, es decir, todavía muy por debajo de
los salarios de antes de la crisis.
Frente a esto vemos cómo el régimen nazi
se amoldaba perfectamente a los intereses de los capitalistas.
Por ejemplo, en plena II Guerra Mundial el grupo de empresas
Flick, dedicado a la producción de obuses y bazokas, sacó
jugoso beneficio de un contrato con el Estado. Este estaba
dispuesto a pagar cada obús a 24 reichmarks (RM), la empresa
pedía 39,25 RM, y finalmente el Estado pagó 37 RM por obus.
El fascismo no es simplemente una
dictadura, sino una forma especial que se caracteriza por el
aplastamiento de todas las organizaciones de la clase obrera.
La apuesta por el fascismo siempre es el último recurso de la
clase dominante, ya que entraña claros riesgos y necesita de
un movimiento de masas en el que basarse para el aplastamiento
físico de la clase obrera. La gran burguesía es una pequeña
parte de la población, por lo que tendrá que apoyarse en la
pequeña burguesía del campo y de la ciudad –arruinada y
desesperada– para mantenerse. Como diría Trotsky, "si
el partido comunista es el partido de la esperanza
revolucionaria, el fascismo, en tanto que movimiento de masas,
es el partido de la desesperación contrarrevolucionaria"
que arrastrará a la pequeña burguesía y a sectores del
proletariado. En la medida en que esos sectores no encuentran
una alternativa revolucionaria giran hacia la reacción.
La pequeña burguesía es una clase
explotada que se encuentra entre las dos clases fundamentales,
burguesía y proletariado, oscilando entre ellas. Y sólo con
una política decidida del proletariado es posible arrancarla
de los brazos de la reacción. Precisamente esto es lo que no
ocurrió en la Alemania de los años treinta.
Frente Único
La pregunta fundamental es ¿cómo es
posible que el fascismo triunfara precisamente en el país
donde el proletariado era más numeroso y estaba más
organizado? En 1930 la federación de sindicatos vinculada al
SPD tenía más de cinco millones de afiliados, y a pesar del
ascenso electoral de los nazis en ese año –6.409.600 votos–
todavía los votos de SPD y KPD, juntos, doblaban a los de
Hitler. La victoria del nazismo se debió a la terrible crisis
económica y social que asolaba Alemania, pero,
fundamentalmente, a la ausencia de un verdadero partido
revolucionario. El proletariado alemán había intentado tomar
el poder varias veces, y siempre la política de sus
direcciones le llevó al fracaso.
El KPD había aumentado en militancia y en
respaldo electoral, pero todavía tenía por delante la tarea
más importante y de la que dependía el futuro de la
revolución: ganar a la base del partido socialdemócrata con
una política revolucionaria.
La socialdemocracia, que ya en 1914 se
había pasado definitivamente a la filas de la burguesía –apoyando
la I Guerra Mundial sin ningún reparo–, mantenía una
enorme influencia entre los trabajadores a pesar de su
política de colaboración de clases y de defensa del
capitalismo. Por ejemplo, el Gobierno regional de Prusia (que
agrupaba a dos terceras partes de la población alemana, e
incluía Berlín) estuvo en manos del SPD prácticamente de
forma ininterrumpida desde 1920 hasta 1932. La
socialdemocracia era la primera fuerza electoral y sindical en
Alemania. Sin embargo, los trabajadores, bajo esta dirección,
que confiaba en la burguesía democrática y en sus
instituciones para frenar al fascismo, no podían hacer frente
a este. La política del KPD debía orientarse de forma
decidida y compañera a la base socialdemócrata para poder
eliminar la influencia perniciosa de los dirigentes del SPD
entre millones de trabajadores. Es decir, el partido comunista
alemán tenía que poner en práctica la táctica del Frente
Único de los trabajadores frente al enemigo común: el
capitalimo y el fascismo. A finales de 1931 Trotsky explicaba
perfectamente esto: "La aplastante mayoría de los
obreros socialdemócratas quiere pelear contra los fascistas,
pero, por el momento, todavía, únicamente junto con sus
organizaciones. Es imposible saltar esta etapa. Debemos ayudar
a los obreros socialdemócratas a verificar en la práctica
(...) lo que valen sus organizaciones y sus jefes cuando hay
una cuestión de vida o muerte para la clase obrera";
más adelante continúa: "los acuerdos electorales, los
regateos parlamentarios concluidos entre el partido
revolucionario y la socialdemocracia suelen servir, por regla
general, a la segunda. Un acuerdo práctico de cara a acciones
de masas, por objetivos de lucha, se hace siempre en provecho
del partido revolucionario. (...) En fin, hay que poner a
punto rápidamente un conjunto práctico de medidas, no con el
fin de "desenmascarar" a la socialdemocracia (ante
los comunistas) sino con el objetivo de luchar efectivamente
contra el fascismo. (...) El programa de acción debe ser
puramente práctico, puramente concreto (...) para que todo
obrero socialdemócrata pueda decirse: lo que proponen los
comunistas es absolutamente indispensable para la lucha contra
el fascismo. Sobre esta base, hay que arrastrar con el ejemplo
a los obreros socialdemócratas y criticar a sus jefes que,
inevitablemente, se opondrán al movimiento y lo frenarán.
Sólo en esta vía es posible la victoria". Esta era la
posición de Trotsky y la que los bolcheviques tenían en 1917
para ganarse a la mayoría de los trabajadores y campesinos
rusos a las filas de la revolución.
Sin embargo, la política dictada por
Moscú y la Internacional Comunista (IC) andaba bastante
alejada de todo esto. Ya en 1924 Stalin estableció la teoría
del socialismo en un solo país, olvidándose del
internacionalismo más elemental. En el Congreso de la IC de
1928, se aprobó la política del "Tercer Periodo".
Tras el primer periodo de crisis del capitalismo y
levantamientos revolucionarios, de 1917 a 1924, y el segundo
periodo, entre 1924 y 1928, de estabilidad capitalista, había
llegado el "tercer periodo", que significaría el
colapso del capitalismo a nivel mundial. De esto los
estalinistas deducían que la socialdemocracia era exactamente
lo mismo que el fascismo, puesto que ambos eran utilizados por
la burguesía para mantener su sistema. Los socialdemócratas
se habían convertido en "socialfascistas" y, por
tanto, eran el enemigo a batir. Trotsky combatió esta locura
ultraizquierdista que sólo llevaba al enfrentamiento y a la
división de los obreros socialdemócratas y comunistas. Pero
en julio de 1929 el XII Congreso del KPD aceptaba la teoría
del "socialfascismo", y a partir de aquí se le
despejaba el camino a Hitler para su definitiva victoria en
1933.
En 1931 los nazis pretendían
desestabilizar la situación, hacer caer el Gobierno y así
obligar a la burguesía (que estaba dividida) a apostar, ya,
por el fascismo. Para ello organizaron un referéndum con el
objetivo de echar del Gobierno de Prusia a los
socialdemócratas. Increíblemente la política sectaria del
KPD les llevó a apoyar este referéndum, que llamaron
"referéndum rojo", votando conjuntamente con los
nazis frente al Gobierno socialdemócrata. No lo consiguieron,
pero esto tuvo un efecto de desorientar a los trabajadores, y
sobre todo lo que consiguieron fue el desprestigio del KPD y
aumentar la desconfianza de los trabajadores socialdemócratas
hacia los comunistas.
La política de frente único no podía
realizarse de cualquier manera. No se trataba de ganar a los
ya convencidos, o de proponer pactos por arriba –sin el
debate y la participación de los trabajadores, por abajo–
que se sabía que iban a ser rechazados, para de esta manera
justificar su posición y reforzar el sectarismo. De hecho,
esto último es lo que hizo el dirigente del KPD, Thaelmann.
Propuso al Gobierno prusiano del SPD una alianza frente al
fascismo. Como era previsible la socialdemocracia lo rechazó,
pero la dirección comunista, lejos de aprovechar esto para
explicar pacientemente a la base socialdemócrata, dio un
bandazo, apoyando a los nazis en el referéndum contra el
Gobierno prusiano. Esto era una aventura, pues, a pesar de la
crisis existente, la situación no permitía que el recambio
de ese Gobierno fueran comunistas, sino que quienes podían
beneficiarse eran los nazis.
El ascenso de Hitler
Mientras tanto la crisis se agudizaba; el
burgués Brüning, que tenía el apoyo de la socialdemocracia,
gobernaba Alemania a través de decretos de emergencia. Sin
embargo, esto no era suficiente para los capitalistas; en
junio de 1932 se ve obligado a dimitir y se nombra canciller a
Von Papen. Será un régimen de dictadura bonapartista, basado
en la policía y el ejército, un último intento de la gran
burguesía alemana por mantener su posición sin necesidad de
acudir abiertamente a Hitler, es decir, por evitar un régimen
fascista cien por cien, que pudiera provocar una respuesta de
las masas y una guerra civil. Las primeras medidas de Von
Papen son levantar la prohibición de que existan bandas
armadas nazis y convocar elecciones para el mes de julio. Los
nazis organizan una provocación, celebran una marcha en
Hamburgo en la que se producen incidentes y hay varios
muertos; esta es la excusa perfecta para que Von Papen
desautorice al Gobierno de Prusia y asuma sus funciones. Los
trabajadores dispuestos a la lucha, una vez más, ven cómo su
dirección mayoritaria (SPD) en el último momento se echa
para atrás, mientras que el KPD hace un llamamiento a la
huelga general que no es secundado, entre otras cosas porque
los trabajadores desconfían de ellos tras el lamentable
episodio del "referéndum rojo".
En las elecciones de julio los nazis serán
los más votados, con 13.745.800 votos, y por primera vez
tendrán más votos que los partidos obreros juntos. El tono
que toman los acontecimientos indica un reforzamiento de la
reacción ante la parálisis de la clase obrera. Las cosas
estaban mal, pero la verdad era que la clase obrera no había
entrado en acción. Que esto cambiara estaba en las manos de
los dirigentes del KPD.
En este contexto Trotsky insistía en la
necesidad de un frente único defensivo contra el fascismo, de
hecho existía un sentimiento de unidad entre la base de las
organizaciones obreras. En enero de 1933, cuando Hitler ya
había sido nombrado canciller y había convocado unas elecciones-farsa
(los mítines y la prensa del KPD fueron prohibidos), Trotsky
escribía: "en muchas localidades, los obreros ya han
insinuado la forma de organización del frente único, como
una especie de consorcio defensivo basado en todas las
organizaciones e instituciones proletarias locales. Esta es
una iniciativa que hay que tomar, profundizar, consolidar y
extender hasta cubrir los centros industriales vinculándolos
mutuamente y preparando un congreso obrero alemán de
defensa"; además reivindicaba comités de defensa, armar
a los trabajadores, insistía en que "la lucha por el pan
diario, extendida y agudizada, conduce directamente, en las
condiciones actuales, a la lucha por el control obrero de la
producción, [que] puede y debe convertirse en la consigna del
frente único". Llevar a la práctica esta consigna
significaba crear organismos de doble poder en las fábricas,
que serían un primer paso hacia el derrocamiento del régimen
burgués y su sustitución por un régimen obrero.
Nada de esto pasó y por primera vez el
fascismo pudo llegar al poder sin ninguna resistencia por
parte de los trabajadores. Inmediatamente las organizaciones
obreras fueron machacadas, mientras se preparaba una nueva
masacre: la II Guerra Mundial. Alemania necesitaba aumentar
sus mercados e inició su expansión hacia Austria,
Checoslovaquia... Esta expansión entraría en contradicción
con los intereses del resto de burguesías, que no podía
permitir el crecimiento descontrolado de una gran potencia
hegemónica en pleno centro de Europa.
Del ‘socialfascismo’ a la colaboración
de clases
Volviendo a 1933, la Internacional
Comunista y el KPD, en lugar de sacar la lecciones necesarias
y reconocer la terrible derrota sufrida por el proletariado
alemán, se muestran totalmente incapaces, reafirmándose en
su actuación y lanzado la consigna de "¡después de
Hitler nos toca a nosotros!". Ni un solo partido
comunista contradice la postura oficial de Moscú, no hay ni
una sola crítica: la Internacional Comunista estaba muerta.
Esto es lo que llevará a Trotsky a modificar la posición que
venía manteniendo. Él confiaba en la posibilidad de una
reforma de los partidos comunistas y del régimen soviético.
A partir de 1933, Trotsky concentrará sus fuerzas en poner la
bases para la construcción de una nueva Internacional
revolucionaria, y hablará de la necesidad de una revolución
política en la URSS que devuelva a los trabajadores el poder
y el control de la sociedad , que la burocracia estalinista
–más preocupada en mantener sus privilegios que en el
triunfo de la revolución fuera de la URSS– había usurpado.
De la locura ultraizquierdista del "socialfascismo"
el estalinismo pasó, en el último congreso de la IC, en
1935, a defender la política del Frente Popular. Esta
política consistía en alianzas entre los partidos obreros y
los burgueses. Bajo el manto del frentepopulismo se escondía
el abandono de una política de independencia de clase y la
asunción de un programa burgués. Esto fue lo que ocurrió,
por ejemplo, en la España de la segunda mitad de los años
30. El programa del Frente Popular español, elaborado en
1936, no era más que el programa de la burguesía; los votos
al Frente eran votos obreros que iban a parar a manos de la
burguesía. Una vez más la dirección comunista descarrilaba
la posibilidad de una revolución proletaria, desorientando a
la clase obrera y fomentando falsas esperanzas en la llamada
burguesía progresista.
La revolución española de 1936-37 se
produjo a pesar de esa política. La experiencia del fascismo
en Alemania y Austria impulsó al proletariado español a
levantarse en armas contra Franco. Estos trabajadores
protagonizaron la última oportunidad para evitar lo que
sería la II Guerra Mundial.