Corriente Marxista Internacional

El domingo 15 de enero se ha celebrado la segunda vuelta de las elecciones a la presidencia de Chile. En esta segunda vuelta se enfrentaron la dirigente del Partido Socialista (PS), Michelle Bachelet y el candidato de derechas Sebastián Piñera, desta El domingo 15 de enero se celebra la segunda vuelta de las elecciones a la presidencia de Chile. En esta segunda vuelta se enfrentan la dirigente del Partido Socialista (PS), Michelle Bachelet, quien se impuso en la primera vuelta con aproximadamente el 45% de los votos y el candidato de derechas Sebastián Piñera, destacado empresario que cuenta no sólo con el apoyo de los partidos que ya le habían aupado en la primera vuelta sino también de la derecha pinochetista.

Los sondeos más recientes, realizados tres días antes de la elección del próximo domingo, muestran una enorme polarización a derecha e izquierda: un 45% de los encuestados −según la encuesta MORI− manifiesta su intención de votar por Bachelet y un 40% lo haría por Piñera. Según las proyecciones que recoge el diario La Tercera (12-1-2006) el resultado final podría otorgar la victoria a Bachelet por un 53% contra un 47% del candidato derechista.

Polarización en líneas de clase

Desde algunos sectores y colectivos de la izquierda se ha presentado esta pugna electoral de la segunda vuelta de las presidenciales chilenas como algo que a los trabajadores nos trae sin cuidado. Estos sectores denuncian a Bachelet por haber sido ministra del gobierno de Ricardo Lagos y la califican de neoliberal. Según este análisis a los jóvenes y trabajadores chilenos y del resto de América Latina nos da igual quien gane el 15 de enero en Chile. La postura de estos grupos es llamar al voto nulo. En nuestra opinión esta postura es absolutamente errónea.

La realidad es que si algo muestran los resultados de la primera vuelta celebrada en diciembre de 2005 junto a las elecciones parlamentarias y los que anuncian las encuestas para esta segunda vuelta es una profunda polarización social. Esta polarización social no es casual sino que expresa la creciente división de la sociedad chilena en líneas de clase.

No es casual que por primera vez desde el fin de la dictadura la principal confederación empresarial del país, que siempre ha apoyado a los candidatos de la Concertación (coalición del PS, las formaciones socialdemócratas PPD y PRSD y la burguesa Democracia Cristiana –DC-), haya modificado su posición. En estas elecciones la patronal apoya decididamente a Piñera y se ha mostrado preocupada por algunas de las declaraciones de Bachelet en el sentido de revisar la política de privatizaciones.

Giro a la izquierda en toda Latinoamérica

Tampoco es casual que Bachelet (y esta es una de las principales razones de la preocupación empresarial), pese a las vacilaciones, contradicciones en su discurso y dudas acerca de cómo actuará exactamente si llega al poder que generan algunas de sus declaraciones y los dirigentes de la Concertación que la acompañan haya despertado amplias ilusiones entre sectores de la clase obrera y los sectores populares. A diferencia de Ricardo Lagos, que era un independiente y fue aupado a la cabeza de la lista de la Concertación en las anteriores presidenciales con el beneplácito de los dirigentes demócrata-cristianos y de los sectores decisivos de la burguesía, Bachelet fue elegida candidata de la Concertación después de que se presentase, empujada por las bases socialistas, contra la candidata presentada por la DC.

Bachelet despertó un apoyo entusiasta entre sectores de las masas a causa tanto de sus declaraciones contrarias a las privatizaciones como por su apoyo a Chávez y Venezuela frente a los ataques del imperialismo o su promesa de acabar con el binominalismo (antidemocrático sistema que impide la representación de los partidos minoritarios, en particular del PC y el resto de la izquierda, que a pesar de haber alcanzado un apoyo del 8% no tiene un solo escaño parlamentario). Otro factor que incrementa la simpatía hacia Bachelet entre sectores importantes de la clase obrera y los sectores populares es el hecho de que su padre fue un militar afiliado al PS torturado por la dictadura y ella misma estuvo encarcelada y sufrió tortura en las cárceles de Pinochet. El apoyo a Bachelet en las primarias de la Concertación era, de hecho, tan masivo que la candidata democristiana retiró su postulación porque no tenía ninguna posibilidad.

Otro aspecto clave es que la posición de los revolucionarios ante las elecciones chilenas no la podemos plantear al margen de la situación de ascenso de la lucha de clases que se da en todo el continente y del hecho de que las victorias revolucionarias en Venezuela, Bolivia y las serias posibilidades de victoria de la izquierda en otros países latinoamericanos (México, Nicaragua, etc.,) plantean cada vez más claramente la perspectiva de una revolución latinoamericana. Esta perspectiva aterroriza a las distintas burguesías latinoamericanas y al imperialismo y es una de las razones de su virulenta oposición y ataques a dirigentes de izquierdas que aunque en muchos casos tengan un programa confuso y contradictorio expresan de un modo más o menos distorsionado según los casos el deseo de las masas de cambiar la sociedad.

Esta es una razón más para que sectores muy importantes de la burguesía no se fíen de Bachelet y vean el riesgo de que su victoria pueda animar la movilización de las masas. Por todo el país se han creado Comités de Apoyo a Bachelet y una victoria de esta, en las condiciones del capitalismo chileno y en el contexto actual latinoamericano- caracterizado por el ascenso revolucionario de las masas- podría animar la movilización y acrecentar las expectativas de cambio social de las masas.

¿”Milagro chileno”?

Durante los últimos años, Chile ha sido presentado los propagandistas del capitalismo -e incluso por un sector de dirigentes reformistas- como el país más estable y próspero de América Latina y un modelo a imitar. Sin embargo, como en la Argentina de los años 90, el supuesto “milagro chileno” oculta en realidad una de las distribuciones de la riqueza más injustas del continente y una explotación sin límites de los trabajadores y los sectores populares. Todo ha sido privatizado y las principales riquezas del país (especialmente el cobre) han sido entregadas en bandeja a las multinacionales imperialistas.

Los dirigentes del ala derecha del PS han impuesto durante las dos últimas décadas a la base obrera del Partido una política de colaboración de clases con partidos de la burguesía como la Democracia Cristiana −DC− en la Concertación. Lagos, primer presidente socialista desde 1973, ha llegado incluso al extremo de apoyar el golpe de abril de 2002 en Venezuela o auspiciar el nombramiento de connotados represores bajo la dictadura para cargos de responsabilidad. Y todo ello al mismo tiempo que ordenaba reprimir importantes luchas sociales o sigue manteniendo un sistema representativo (binominalismo) absolutamente antidemocrático que permite, por ejemplo, que la derecha pinochetista esté sobre-representada en el Parlamento mientras el frente de izquierdas construido por el PC, el MIR y otros partidos de la izquierda (Juntos Podemos), con un 8% de apoyo en las recientes elecciones parlamentarias haya quedado sin representación.

La política de Lagos y los dirigentes más a la derecha del PS ha dividido a la izquierda, ayudado a la burguesía a mantener el control y con todo ello ha obstaculizado una recuperación más rápida de la clase obrera chilena. Sin embargo, las contradicciones sociales se están acumulando de una manera insoportable y más pronto que tarde estallarán de forma abierta. La memoria y las tradiciones revolucionarias de los años 70 no sólo no han muerto sino que retornarán más pronto que tarde multiplicadas.

Los resultados de las elecciones parlamentarias y la primera vuelta de las presidenciales, como decíamos, reflejan ya una polarización social sin precedentes en los últimos años. La candidata socialista más el candidato del frente constituido por el PC, el MIR y otros pequeños grupos de izquierda (Juntos Podemos) alcanzan algo más del 50% y la suma de los votos de los dos candidatos de la derecha ronda el 48%.

Dentro de la base electoral de la Democracia Cristiana (DC), un partido burgués que históricamente intenta mediante la demagogia mantener una cierta base social entre los sectores populares, hay síntomas claros de división a derecha e izquierda. Mientras una parte de sus electores sí ha votado por Bachelet, sectores importantes de su base de clase media más reaccionaria y una buena parte de dirigentes está apoyando a Piñera. Por contra, muchos votantes de Juntos Podemos, que en las municipales de hace un par de años consiguió un 10% de los votos y ahora en la primera vuelta de estas presidenciales se quedó en un 5%, votará seguramente por la candidata socialista.

En las elecciones parlamentarias celebradas conjuntamente con la primera vuelta de las presidenciales, por primera vez desde el fin de la dictadura, el PS y otros partidos de orientación socialdemócrata como el PPD y PRSD (cuyas bases se consideran mayoritariamente de izquierdas) consiguen la mayoría tanto en el Congreso como en el Senado, hasta ahora controlado siempre por la derecha procedente del pinochetismo. En la distribución interna de los votos de la Concertación los candidatos del PS aumentan su apoyo mientras la DC pierde terreno.

Por un frente PS-PC con un programa socialista

El giro a la izquierda en el seno de las masas obreras y populares y el aumento de la polarización social empiezan a tener una primera expresión dentro del PS. Aunque Bachelet fue ministra con Lagos y no se ha enfrentado abiertamente a las políticas de éste sí ha tenido que emplear un lenguaje más a la izquierda en determinados momentos y plantear algunas propuestas que rompen con la línea del PS y la Concertación de los últimos años (compromiso de revertir las políticas privatizadoras y otras). A diferencia del propio Lagos, también ha apoyado a Chávez y Venezuela frente a los ataques de la burguesía. La llegada al poder de Bachelet sería interpretada por las masas como una victoria y animaría la movilización popular. Como en el caso de otros dirigentes reformistas, el principal enemigo de Bachelet es ella misma y la derecha del PS, que insiste en todas las ideas sobre ganar el voto de centro moderando el discurso, etc.

El descontento con la dirección reformista de derechas del PS se ha manifestado en su derrota en varias votaciones importantes en el último Congreso y en el crecimiento de las corrientes que plantean recuperar un discurso y propuestas programáticas izquierdistas (renacionalización del cobre, reforma de la Constitución, recuperación de la figura de Allende, etc.,). Estas corrientes alcanzaron un 47% de apoyo en el último Congreso. Aunque la composición y dirección de estas corrientes es bastante heterogénea, la corriente que más ha crecido en el último período “Socialistas como Allende” se declara marxista y defiende un acercamiento al PC y la ruptura con los partidos burgueses.

Como hemos dicho anteriormente, pese a estos hechos los sectarios y ultraizquierdistas cierran los ojos ante todo este giro ala izquierda entre las bases socialistas y plantean que en la lucha entre la candidata socialista y el empresario de derechas Piñera da igual quien gane. Esta política sólo sirve para aislar a los sectores de izquierda que la apoyen de las bases socialistas compuestas por jóvenes, trabajadores y otros sectores de los explotados. Pero al mismo tiempo en sectores de las bases comunistas también se abre paso la idea de que un frente único con los sectores de izquierda del PS podría cambiar toda la situación social.

Los marxistas revolucionarios genuinos que existen tanto dentro del PS como del PC tienen una oportunidad histórica. Tanto si Bachelet llega al poder como si finalmente el giro hacia una mayor moderación para “ganar al electorado de centro” que están proponiendo muchos de sus asesores -combinado con la propuesta ultraizquierdista de distintos grupos de izquierda que proponen el voto nulo en la segunda vuelta- lo impide, la polarización social que reflejan estas elecciones irá en aumento y buscará un cauce revolucionario. La tarea para los marxistas chilenos es luchar por un frente del PS , el PC y todas las demás organizaciones de izquierda con un programa genuinamente socialista que plantee la nacionalización de los bancos, el cobre, los monopolios y la tierra bajo control obrero y una nueva Constitución que acabe con todos los elementos antidemocráticos contenidos en la actual. La tarea no es simplemente luchar por un candidato o una dirección del partido más a la izquierda sino construir una genuina dirección revolucionaria basada en el programa, las ideas y los métodos del marxismo que conduzca a la victoria a la clase obrera en Chile, en América latina y a escala mundial.

13 de enero de 2006


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